Gazeta de Antropología, 2010, 26 (2), artículo 42 · http://hdl.handle.net/10481/13865 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 15 octubre 2010    |    Aceptado 16 diciembre 2010    |    Publicado 2010-12
La subjetividad de género. El sujeto sexuado entre individualidad y colectividad
Gender subjectivity. Thesexed identity betweenindividualityandcommunity



RESUMEN
El presente artículo propone una reflexión acerca de la dimensión de género que permita cuestionar la validez analítica de la dicotomía normativa clásica (masculino/femenino) y poner en relieve la importancia de la acción social del sujeto y la consecuente producción de nuevas subjetividades. Los individuos, siendo seres de razón y agentes empíricos, logran modificar la estructura social dominante, lo que conlleva un continuo reposicionamiento del sujeto sexuado entre los modelos identitarios. En un intento de establecer puentes entre el feminismo de Butler y la sociología de Bourdieu y Dubar entre otros, el artículo pone de manifiesto la aparición de nuevas identidades de género entre subjetividad y colectividad, entendiéndolas como algo constantemente mutable que surgen a partir de la acción colectiva y dentro de esta. Finalmente, el objetivo es comprender cómo un individuo se individua a sí mismo en la dimensión de género y en el espacio personal colectivo.

ABSTRACT
This article discusses how the gender dimension lead to a questioning of the validity of the classical rules dichotomy (male / female) trying to underline the importance of social action of the subject and the consequent production of new subjectivities. The individuals, beings of reason and empirical agents, manage to change the prevailing social structure, involving to a continual repositioning of the subject through the sexed identity models. In an attempt to build bridges between Butler's feminism and the Bourdieu and Dubar’s sociology among others, the article highlights the emergence of new gender identities between subjectivity and community. Those are understood as something that changes constantly from collective action. Finally, the goal is to understand how an individual establishes gender individuality in the personal as well as collective sense.

PALABRAS CLAVE
género | acción social | subjetividad | individualización | pluralidad
KEYWORDS
gender | social action | subjectivity | individualization | plurality


1. Introducción

El propósito de este trabajo es reflexionar acerca de la dimensión de género a través de un discurso sobre las formas de identificación social y los procesos de subjetivación. Un intento de interpretar las diferentes formas identitarias respecto al género y al sexo que no encajan con el esquema clásico y dicotómico de masculino/femenino. El género es aquí concebido, por un lado, como una norma sociocultural que construye unas categorías específicas de sujetos sociales y sexuados, y por otro, como un ámbito de acción donde poder contestar esta norma, para explorar la más amplia variedad de posicionamiento y formación del sujeto.

A partir de los años ochenta, se introduce en las investigaciones el concepto de género como categoría de análisis social (1). El objeto de estudio deja de ser la “mujer” como categoría homogénea y el interés se centra en las relaciones de género de las diversas sociedades. Hasta entonces, los argumentos feministas habían examinado la posición socialmente y universalmente inferior de las mujeres, con el propósito de dar visibilidad a tale condición y a la supremacía del patriarcado, como forma política de dominio de un sexo sobre otro. Este enfoque tenía el inconveniente de elaborar un modelo de estatus universal de la mujer que no se correspondía con la realidad femenina. Con las críticas de los “feminismos autóctonos” y las aportaciones de la investigación antropológica, se introduce la noción de género como categoría analítica que va más allá de la identificación de una exclusiva condición femenina. Así, mediante esta herramienta explorativa, se emprenden nuevos estudios acerca de los sistemas socioculturales de diferenciación sexual. Es decir, acerca de las normas específicas que en cada sociedad determinan la identificación de los individuos con un género: lo que significa ser hombre y ser mujer.

Estos tipos de estudios (Strathern 1980, Collier y Rosaldo 1981, Goodale 1980, Mathieu 1985, Scott 1986, Moore 1991) permiten, en primer lugar, mostrar las desigualdades reales entre las mujeres en función de los múltiples contextos socio-históricos: no es lo mismo ser mujer entre los Pigmeos que serlo entre los Hindúes, así como no es lo mismo ser una mujer europea de clase obrera que ser una mujer europea aristocrática.

En segundo lugar, demuestran que en todas las sociedades existen mecanismos de manipulación cultural que, según la pertenencia sexual (macho/hembra), determinan los roles y los estatus sociales de los individuos. A partir del hecho biológico cada sociedad construye un sistema cultural que define lo que tiene que hacer cada sexo, cómo tiene que hacerlo, lo que no puede hacer y, en base a esta regulación de roles, sitúa los individuos en una escala valorativa. Un ejemplo se encuentra en la sociedad llamada occidental donde, hasta hace poco, se relegaban las mujeres al rol de esposas, madres y amas de casa, mientras que a los hombres se asignaba el rol de breadwinner, trabajador y dueño de los espacios públicos.

En este contexto, las investigaciones insisten también en la separación entre las calidades humanas biológicas (el sexo) y las calidades humanas sociales (el género). Con “sexo” se refieren a las características anatómicas del cuerpo, incluidas aquellas morfológicas del aparato reproductor y las diferencias hormonales y cromosómicas: se reconocen solamente dos sexos, macho y hembra. Con “género” se entiende una creación exclusivamente social: los atributos socioculturales que se asocian a cada sexo biológico; aquello que las representaciones colectivas interpretan como ser socialmente hombre o mujer. En fin, la construcción sociocultural del masculino y del femenino. En realidad, existen estudios anteriores a los años ochenta que introducen el concepto de género en estos términos, definiéndolo como “identidad genérica” (Millett 1995). Sin embargo, parecen basarse en un enfoque psicosocial que explora el aprendizaje personal del género dentro de un sistema de dominio patriarcal, más que su manifestación en las relaciones sociales.

Ahora, no se preguntan si existe una construcción sociocultural del género a partir del sexo. Las preguntas principales son: ¿Todas las sociedades mantienen un sistema de género y simbolismo sexual? Entonces ¿cómo se configuran y se presentan las relaciones entre hombres y mujeres en diferentes sociedades? ¿Se trata siempre de relaciones de poder patriarcales?

En los años noventa las reflexiones de la antropología de género y del feminismo van más allá y ahondan en las teorías post estructuralistas y queer, contribuyendo de forma determinante en la redefinición del concepto de género a través de nuevas posibilidades analíticas. Las investigaciones de los años ochenta han supuesto un avance importante, sin embargo se erigen en la dicotomía sexo/género, binomio que surge de la base estructuralista naturaleza/cultura y del pensamiento binario. Examinan las relaciones de género a través de esta lente clasificatoria, por lo que tienden a establecer nuevas categorías contrapuestas (hombre/mujer; femenino/masculino) en el intento de explorarlas más profundamente.

A partir de los años noventa, se enfatiza el carácter analítico y abstracto de la categoría de género con el objetivo de romper con el sistema lógico binario. Dentro del feminismo se retoma el pensamiento de importantes filósofos como Derrida, para dar vida a nuevas teorizaciones que sobrepasen el dualismo heteronormativo. En este sentido trabaja la teórica Judith Butler cuando habla del cuerpo material y del género preformativo (Butler 1990, 1993, 2004).

 

2. La importancia del pensamiento post estructuralista

El mérito de los pensadores definidos post estructuralistas, y/o post modernistas, es haber desmitificado la idea de que el intelecto y la vida humana son universalmente binarios. Derrida en particular cree que los sistemas de pensamiento son relaciones de poder que actúan más allá de la voluntad de los individuos. Por tanto, el sistema de pensamiento occidental es el resultado de particulares vínculos de dominio que conducen a pensar en términos binarios. Esta forma de razonar ha generado con el tiempo éxitos y resultados, entre los cuales están el hombre y la mujer, siempre en una contraposición dual. Para que desaparezcan las determinaciones de roles y estatus en base al género, es necesario desmontar la práctica que ha generado tal resultado. Es necesario deconstruir nuestro sistema de pensamiento binario para comprender mejor la multiplicidad de la realidad humana (Derrida 1967).

En la misma línea se encuentra Foucault cuando habla de la construcción cultural de la sexualidad (Foucault 1976). El filósofo sostiene que el discurso sobre ella es en realidad un asunto construido culturalmente en base a los intereses políticos de la clase dominante. La clase hegemónica, en cada sociedad y en cada época, determina las normas relativas al sexo y a la sexualidad. Para poner fin a las categorizaciones de los roles y los estatus sociales, es necesario deconstruir los discursos normativos, es decir los dominantes, que se encuentran en las relaciones del sistema sexo/género.

En ambos filósofos se halla la exigencia de romper con los esquemas de pensamientos dominantes que dan lugar a categorías dualistas. Solamente alejándose de un análisis binaria es posible explorar la variedad de realidades en la vida humana en general y en la dimensión de género en particular. Es necesario tomar en consideración aquellos discursos reprimidos que representan la existencia de prácticas identitarias que están fuera de la norma. Si el discurso dominante, en la dimensión de género, es lo que define lo que hay o no hay que hacer para ser hombre o mujer, el pensamiento post estructuralista reivindica la importancia de lo que está fuera de este discurso. Todo lo que se encuentra en la frontera del hacer o no hacer, que la traspasa, se mueve de un lado a otro, que no es ni masculino ni femenino, no se identifica ni con su sexo ni con su género, muestra la nulidad de la sincronicidad estructural y la presencia de la diversificación dinámica en la vida humana.

El discurso filosófico post estructuralista influye pronto en el pensamiento más sociológico acerca de la acción social del sujeto. Se pasa de analizar el sistema ideológico binario a explorar su materialización en una estructura social objetiva: como las ideas han generado hechos. Los individuos se encuentran cerrados en una estructura social que no les permite desarrollar su acción social subjetiva. Bien porqué tienen tal estructura tan asimilada que ni se cuestionan si realmente se asemeja a su subjetividad, bien porqué, aunque conscientes de que no es así, no se sienten capacitados para saltar fuera de la norma. En este último caso el sujeto entra en crisis. Un ejemplo podría ser la situación de las personas homosexuales que tienen bien asimilado el un sistema heteronormativo en lo que viven. Chocarse con la estructura social dominante determina una crisis de identidad en el sujeto: siente que su subjetividad no se corresponde con la norma heterosexual pero, al mismo tiempo, considera que no puede salir de ella.

La crisis del sujeto no es propia de la dimensión de género, más bien está presente en todos los espacios y tiempos sociales, siempre cuando la subjetividad no equivale a la objetividad colectiva. O sea, al discurso dominante. En época contemporánea, la necesidad de dar visibilidad a aquellas diferencias imposibles de resumir en una estructura binaria, hace más manifiesta la crisis del sujeto.

Así, se ponen las bases para la constitución de un nuevo modelo de subjetividad. En las argumentaciones teóricas y en la vida social, toman espacio nuevas categorizaciones que superan las estructuras duales (hombre/mujer; femenino/masculino; sexo/género; etc.) y aparecen nuevas subjetividades que se liberan de las normas socioculturales dominantes para reconocerse en una multitud de espacios, tiempos y diferencias. La palabra “mujer”, por ejemplo, ya no define una única posición objetiva. Ya no puede ser entendida exclusivamente como una entidad que se contrapone a otra, el hombre, y se caracteriza por un rol y un estatus especifico. Ahora se configura como un contenedor general que reúne diversos tipos de mujeres: diferentes identidades y diferentes niveles de experiencia.

Refiriéndose a la crisis de la modernidad y de su sujeto, la filósofa feminista Rosi Braidotti habla de “subjetividad nómada” o de “sujeto nómada” (Braidotti 1994): el nomadismo es la estrategia utilizada para atravesar y solucionar el dilema. El nómada no es un sujeto sin hogar, más bien es una subjetividad que ha decidido abandonar cualquier idea de estabilidad para dedicarse a la búsqueda de una identidad hecha de transiciones. Todo esto sin perder su propia unidad, ya que se mueve por recorridos que, al fin y al cabo, están siempre establecidos. Es exactamente esta continua dislocación que permite al sujeto resistir a la asimilación y a la homologación de las modalidades dominantes de representaciones del yo. El individuo ya no está cerrado en una estructura binaria donde solamente se le permite estar en un bando o en otro. Ahora tiene la posibilidad de ejercer su subjetividad y construir su identidad moviéndose de un lado a otro, reutilizando y reapropiándose de categorías, roles y estatus ya constituidos para crear nuevas identidades.

Judith Butler, cuyo libro Gender trouble (1990) supuso una novedad provocativa en las investigaciones de género, funda su reflexión en la critica al discurso dominante heteronormativo que no toma en consideración otras formas de comportamiento sexual que no sean hetero. Sostiene que el discurso dominante se erige sobre un dualismo que contrapone lo heterosexual al homosexual, obligando así los individuos a eligir entre uno y otro. En este caso se excluye del discurso, y por ende de la vida social, las demás formas sexuales. Todo lo que es queer: transexual, transgender, bisexual, intersexuales, etc.

Además, Butler afirma que no existe una oposición clara entre sexo y género, ni se puede pensar que el sexo sea la base biológica sobre la cual se construye el género. El sexo también es una construcción sociocultural que, al nacer, se otorga al individuo independientemente de su voluntad. Y el género es el punto de apoyo de la heterosexualidad: un artificio que reproduce la norma heterosexual a través del lenguaje, de los gestos y de las acciones.

Las nuevas argumentaciones se componen de tres aspectos fundamentales. Primero, rompen con la dualidad del género: se demuestra que dicho concepto ha sido constituido de forma binaria (género masculino/género femenino) y por esto no permite analizar y tomar en consideración otras prácticas identitarias que están fuera de la norma.

Segundo, rompen con la dualidad sexual: hasta entonces el sexo se consideró como la parte biológica de la persona, pero ahora se comienza a pensar que el sexo también es una construcción sociocultural y que, por lo tanto, conduce a una nueva definición del género y de la relación entre sexo y género.

Tercero, rompen con la heteronormatividad: la visibilidad de las múltiples prácticas y orientaciones sexuales permite reconsiderar el dominio del discurso heterosexual, ya que eso no es capaz de regir la realidad contemporánea de los sujetos.

Este trabajo es un intento de reflexionar sobre el género de una manera que permita cuestionar la validez de las dicotomías normativas en la época actual, poniendo de relieve la importancia de la acción social del sujeto dentro de la sociedad. Al mismo tiempo, tiene el propósito de interpretar diversamente la variedad de lugares de actuación y condiciones de las prácticas de los individuos, en tanto que agentes empíricos y seres de razón (Dumont 1970: 12).

 

3. La subjetividad en la relación entre individuo y sociedad

A causa de la diversificación de las complejidades personales y sociales y de la interdependencia entre las relaciones sociales, económicas y políticas, numerosos estudiosos contemporáneos (2) han trabajado sobre la importancia del sujeto en la acción y en la formación del individuo. En varios ámbitos de investigación, han permitido derrotar el enfoque sociocéntrico de la persona (Pazos 2005) y las teorías culturistas que ven el individuo como un sujeto pasivo de su cultura. Dichos enfoques definen la cultura como el carácter monolítico de la estructura social: una sociedad se determina y se distingue a través de los aspectos y las normas dictadas culturalmente, por lo que el individuo está totalmente ligado a la cultura de su sociedad y a su posición social. Por tanto, es posible determinar y explicar sus acciones en base a su pertenencia a una categoría o una clase sociocultural.

Si tratamos la dimensión de género, podríamos afirmar que el pertenecer a la categoría de mujer o de hombre ya de por sí explicaría determinados comportamiento y fenómenos. Fuera del contexto de género, pertenecer por ejemplo a la clase obrera determinaría, y al mismo tiempo permitiría comprender, actos y conductas. Esta tesis se presenta totalmente indiferente a la existencia y a la importancia de la acción subjetiva del individuo.

Sin embargo, los agentes empíricos de Dumont no pueden ser pensados como meros agentes pasivos, ni como simples peones con una posición establecida y estable dentro de la estructura social.

“la atención etnográfica a la subjetividad y a la relación de los sujetos con lo concreto social (los otros) en lugar de con lo sociocultural reificado, permite acceder a unas problemáticas que los análisis culturalistas, para los que los sujetos se adecuan y desaparecen en la adecuación a pautas de representación, desconocen” (Pazos 2005: 4).

El sujeto es un agente social que toma parte, una parte muy importante, en las prácticas sociales y en los procesos de construcción de la persona, dado que “persona” y “agente social” son las dos caras, a diferentes niveles, del mismo ego. La acción social no puede ser entendida como una acción mecánica que responde a un papel concreto del individuo y a una serie de reglas que pretenden definir este papel. Además, la pertenencia del sujeto a una comunidad no agota su identidad, ya que esta identidad es compleja y singular y cada persona no puede identificarse con un único dato: “una mujer es una mujer pero no es solamente una mujer, y no es mujer de la misma manera que todas las demás mujeres” (Collin 1995: 91).

Dentro de este marco, las cuestiones actuales más relevantes se han desarrollado alrededor de las problemáticas afloradas a causa de los cada vez más numerosos y heterogéneos flujos migratorios: se han puesto en juego todos los conceptos de ciudadanía, Estado Nación, derechos y deberes, cultura, sociedad, igualdad, libertad, etc. En fin, todos aquellos conceptos que se rigen sobre la dicotomía estructural “nosotros/los otros” y que permiten, de una forma u otra, dibujar unos confines bien definidos entre lo que está dentro y lo que está fuera. Entre un “común” (social, cultural, político, económico, religioso, etc.) que concreta lo nuestro (de nosotros) y lo ajeno que es de los “otros” y no puede hacer parte de lo “común”. Una vez demostrado que estos conceptos ya no son totalmente validos para el contexto transnacional contemporáneo, el “nosotros común” empieza a despedazarse en una multitud de subjetividades que actúan como agentes sociales en este espacio casi ilimitado, donde lo nuestro y lo ajeno están continuamente en contacto y los confines entre el uno y el otro ya no son tan nítidos. La realidad contemporánea ya no se puede explicar a través de oposiciones tan exactas. Si por un lado es inevitable considerar las diferencias como base de lo social (si no hubiera diferencia no existiría lo social), por otro lado es necesario pensar en estas diferencias como mucho más numerosas e imprecisas, ya que proceden de la multitud de subjetividades que se dan y actúan en el mundo real.

Por lo tanto, hoy día es difícil concebir el mundo como si fuera una estructura organizada entorno a las posibles, y por ende limitadas, articulaciones de sus partes concretas y dicotomicas. Es necesario pensarlo como una continua combinación de acciones colectivas e individuales, dentro de un espacio social y un espacio cognitivo/simbólico, que permite la incesante renovación de identidades, de estructuras y de simbolismos alrededor de los sujetos y sus dimensiones.

Lo “nuestro” y lo “otro” seguramente seguirán existiendo, para que siga existiendo aquella diferencia que da lugar al social. No obstante, este “nuestro”, y este “otro”, será incesablemente reorganizado y, a lo mejor, permitirá la formación de diferencias no desiguales.

Ahora bien, dentro de esta configuración del espacio-tiempo contemporáneo, el género puede ser entendido como una parte de este nuestro sociocultural que se contrapone a lo ajeno y crea (y está creado por) diferencias. Actualmente, estas diferencias en la dimensión de género crean desigualdades, ya que están percibidas dentro de una estructura jerárquica que concede valores simbólicos, positivos y negativos, a las diferentes posiciones de los sujetos. Se trata de una combinación entre la estructura, el simbolismo y las identidades de género.

La contraposición del “nuestro” y lo “otro” se puede dar en dos formas: por un lado, dentro del mismo “nuestro”: las normas socialmente mantenidas contraponen un masculino a un femenino (que desde diferentes ángulos pueden ser entendidos como “nosotros” o como “otros”) que proporcionan rasgos específicos a cada parte. Además, estas normas tienden a crear un nuevo binomio entre la dicotomía masculino/femenino, concebida como “nosotros”, y todo lo que está fuera de esta dicotomía, que no se ajusta perfectamente ni con lo masculino ni con lo femenino, pensándolo como “otros”.

Por otro lado, estas dicotomías “nuestras”, pensadas como universales, se oponen a las normas ajenas de los otros sobre el género, como bien demuestran las polémicas sobre el velo, el burka, o el machismo de los “demás”, y como bien han señalado los estudios feministas sobre todo en antropología (3).

En este trabajo, la intención es reflexionar solamente acerca del primer nivel relativo a “nuestra” normativización, que concierne una estructura y un simbolismo específicos alrededor del concepto de género. La intención es comprender cómo se forma y se manifiesta una subjetividad, dentro de una relación individuo/sociedad, que no responde a la norma general. Bien porque se sitúa en un espacio que socialmente y culturalmente “no le pertenece”, bien porque no se le permite situarse en ningún espacio.

Sé que la dimensión de género es solamente una parte de todo el universo vinculado a la formación de la persona, pero creo que es una parte tan normativizada y construida en el curso del tiempo (de forma distinta en cada espacio social) que tiene un rol fundamental en la individualización del sujeto, sobre todo hoy en día cuando su norma está siendo fuertemente criticada por las nuevas subjetividades andróginas.

 

4. La aparición de nuevas subjetividades en el espacio societal

Si nos apoyamos en Dubar (2002) y en su interpretación de la crisis de las identidades, podemos afirmar que, dentro de un contexto comunitario, la forma reflexiva subjetiva de la identidad está totalmente absorbida por la forma cultural (si eres mujer, eres mujer y te “portas como una mujer” (en cada contexto específico) para ti misma y para los demás, y lo mismo vale para los hombres). Eso significa que existe un “modelo” del ser mujer y del ser hombre fuertemente asimilado por el sujeto, al cual se ajusta completamente, que no le permite reflexionar sobre si mismo. Sin embargo, en un espacio societal donde el sujeto recibe estímulos exteriores, su forma identitaria estatuaria (lo que debería ser y cómo debería comportarse por ser mujer u hombre) no siempre coincide, o coincide en diferente medida, con su forma reflexiva. El sujeto es capaz de pensarse a si mismo, de oponerse a su forma estatuaria y cultural y actuar así de distinta manera. No significa que en el espacio societal se de el triunfo del individuo sobre lo colectivo, ya que, reitero, no hay identidad del yo sin identidad del nosotros, pero se crea un proceso de individualización que permite considerar las identidades personales en las decisiones colectivas.

El sujeto, en el momento en que no encaja en la norma sociocultural dominante, se está definiendo (hacia sí y hacia los demás) como una subjetividad mutable en constante devenir y como un agente social que participa en el mundo común y, gracias a sus experiencias sociales, se dota de capacidades y de reflexividad. En un espacio societal, gracias a la acción reflexiva de los agentes sociales, los sujetos se encuentran con un abanico cada vez más amplio de posiciones que pueden asumir o rechazar, en su totalidad o en parte. Por ejemplo, las mujeres en la sociedad contemporánea occidental tienen en frente diferentes “modelos” identitarios estatuarios con los cuales relacionarse y confrontarse: mujer ama de casa; mujer trabajadora; mujer objeto; mujer activista; madre; no madre; femenina; no femenina; etc. En la realidad, a causa del simbolismo valorativo que rodea la dimensión de género, una de estas formas identitarias puede valer más o menos que otra. No obstante, son todas formas legitimadas que permiten el continuo reposicionamiento del sujeto (en este caso sexuado) y que, al mismo tiempo, han surgido de este continuo reposicionamiento. Para Butler, la construcción del género tiene unos límites proporcionados por estos reposicionamientos, o resignificaciones, que se dan dentro de los modelos culturales dados. A diferencia de Simone de Beauvoir, que sostiene que la persona es proyecto de ser, es libertad y, por ende, elije e inventa su ser, Butler afirma que el sujeto tiene menos márgenes de maniobra porqué se encuentra obligado a ejecutar una y otra vez, modificándolas, las normas de género recibidas.

“Si el género es construido por el lenguaje y la cultura y la forma predominante de generización es la de la heterosexualidad obligatoria, no obstante, es posible construir otras formas de género mediante la resignificación (…) se nos invita a subvertir los géneros deshaciéndonos de rasgos de los géneros ya establecidos culturalmente y redistribuyéndolos para así constituir unas subjetividades genéricas diferentes” (López Pardina 2002: 8-9).

Para Butler, las “nuevas” identidades de género se construyen a través de unos modelos ya existentes que se resignifican. A mi aviso, esta postura se acerca al discurso de los habitus de Bourdieu (2007), entendiendo por habitus aquel sistema de disposiciones que permite la sobrevivencia del pasado en el actual y en el porvenir, al mismo tiempo que se actualiza. Butler piensa el género como una construcción que se renueva y reposiciona continuamente, deshaciendo antiguos modelos legitimados y legitimantes y dando lugar a la formación continua de nuevas subjetividades. Los habitus de Bourdieu permiten pensar en una producción de subjetividades, en este caso no solamente relativas al género, que es libre pero al mismo tiempo tiene unos límites determinados por las características de la propia producción.

Puesto que el habitus es una capacidad infinita de engendrar, con total libertad (controlada), unos productos -pensamientos, percepciones, expresiones, acciones- que siempre tienen como limite las condiciones históricas y socialmente situadas de su producción, la libertad condicionada y condicional que él asegura está tan alejada de una creación de novedad imprevisible como de una simple reproducción mecánica de los condicionamientos iniciales. (Bourdieu 2007: 90)

Volviendo a Dubar, podemos proclamar que en la esfera societal se instaura una modificación de la estructura misma de la identidad personal, que permite la aparición de nuevas formas de subjetividad:

“la identidad personal: no es una pertenencia “heredada” a una cultura fijada, como tampoco está asociada a una categoría estatutaria “dada” e inmutable, sino que es un proceso de apropriación de recursos y de construcción de referencias, un aprendizaje experiencial, la conquista permanente de una identidad narrativa (Sí en proyecto) a partir de y en la acción colectiva junto con otros que se han escogido” (Dubar 2002: 227).

Este modelo analítico permite dar cuenta de cómo, hoy en día, la tradicional dicotomía heteronormativa masculino/femenino ha entrado en crisis. Han surgido nuevos modos de pensarse a sí mismo y de constituirse como persona, como identidad reflexiva y narrativa, que ya no encajan ni con la forma cultural ni con la forma estatuaria. Con todo, es inevitable que el sujeto se relacione con estas formas, aunque solamente sea para enfrentarse a ellas o rechazarlas.

El sujeto llega a una nueva identidad de género, una nueva subjetividad de género, gracias a sus experiencias en el mundo social y su capacidad de reflexión. Un varón que se ocupa de las tareas domésticas o un varón al que le gusta vestirse de mujer y actuar en un escenario como drag queen, solamente por poner algunos ejemplos, representan la formación de nuevos sujetos que se distancian de las formas y de los modelos culturales/comunitarios y se posicionan en nuevos y diferentes lugares, dentro y a través de la experiencia social. La diferencia es que estas “nuevas” subjetividades, aunque se hayan hecho más visibles, todavía no están legitimadas en el espacio social. Las subjetividades legitimadas son las que se encuentran dentro de la heteronormatividad, o sea masculino/femenino, y que, dentro de esta heteronormatividad, reflejan modelos identitarios, o parte de ellos, socialmente reconocidos. Como, por ejemplo, el caso del abanico de modelos identitario por las mujeres, aunque siempre hay que tener en consideraciones todas aquellas subjetividades de mujeres que no corresponden a modelos legitimados.

Sin embargo, en el caso de los varones, aunque sea dentro de la norma heterosexual, todavía no existe una correlación entre formas identitarias societarias legitimadas y formas identitarias reflexivas, lo que conlleva, la mayoría de las veces, a un proceso de identificación y subjetivación mucho más complejo.

Más allá de la legitimación y la formación de desigualdades, si consideramos los sujetos como formas identitaria subjetivas en un espacio social heterogéneo y como agentes sociales que permiten la modificación de estas formas identitarias y del espacio social mismo, podemos preguntarnos si, en la sociedad actual societal con unos posicionamientos de los Egos tan diversificados, van apareciendo también “nuevos modelos identitarios” de género que permiten a cada sujeto elegir y posicionarse siguiéndolos en parte o totalmente. O si estos “nuevos modelos identitarios”, para ser “modelos”, necesitan ser legitimados convirtiéndose así en formas identitarias estatuarias en un espacio societal.

Lo único que en este momento podemos decir es que no es posible cerrar los ojos frente a la importancia de las acciones de estas subjetividades, como agentes sociales, para la transformación de los espacios sociales en sus estructuras y en sus simbolismos.

 

5. La manifestación de la subjetividad en el género

El género es también parte de aquel espacio cognitivo/simbólico a través del cual el individuo (en posición continuamente instable) piensa a si mismo y establece relaciones (continuamente fluidas) con las formas de identificación para sí y las formas de identificación para los demás. También es parte de aquel espacio de las prácticas sociales donde la persona es un agente social en constante e indeterminada relación con los demás y con las demás formas sociales. Este es el modelo de la construcción sincrónica de la experiencia social del sujeto, en constante relación fluctuante con los dos niveles de acción (cognitivo/simbólico y social) y todas sus partes. ¿Cómo se posiciona en todo esto el sujeto varón que en su trayectoria se encuentra a ser parte de un mundo que “tradicionalmente” no es el suyo? ¿Cómo se subjetiviza? ¿Cómo se crea a si mismo como persona, a través de sus actos, en tanto que agente social y en relación con el espacio exterior de la sociedad? ¿Cómo se sitúan todas las demás subjetividades en un espacio sociocultural normativizado en el que no coinciden y que por esto las rechaza? Y por último, ¿cómo influye la acción de los agentes sociales/sexuados, considerando sus relaciones con el conjunto de la sociedad, en las modificaciones de esta sociedad?

Dado que estoy tratando un espacio y un tiempo bastante concretos, la sociedad contemporánea denominada occidental, y estoy tomando en consideración exclusivamente la dimensión de género, es necesario recordar que en realidad difícilmente se puede separar el género de los demás marcos sociales (religioso, político, económico, generacional, etc.) ya que en efecto no existe ningún sujeto reducido al sólo componente de género. Del mismo modo, no se puede anular la parte diacrónica de la formación de la persona. Sin embargo, he querido centrarme en esta única dimensión de género para ver si es posible trasplantar el modelo general de creación de la experiencia social a sus particulares marcos sociales. A lo mejor, se podrían incluir estos marcos dentro del espacio social, que estaría entonces dividido por su marco religioso, político, económico, etc. en tanto que no se trata de un espacio homogéneo. Pero creo que estos marcos se encuentran también en el espacio cognitivo/simbólico, ya que la forma en la que la persona se identifica a sí misma y se identifica para los demás, también se “subdivide”, aunque de manera imprecisa, en diferentes marcos. Efectivamente, todo está en continua relación, pero opino que el modelo, trasladado a las singulares dimensiones/marcos, permite analizar con mejor precisión cada una de ellas y el posicionamiento del sujeto. De esta forma, es posible entender mejor la experiencia social en su conjunto, relacionando las diferentes formas de reflexión de la persona y de la acción del agente social, dentro de cada marco y en su totalidad.

El sujeto se encuentra en una posición, que se redefine el transcurso del tiempo, respecto a un sistema normativo que puede ser exterior y/o interiorizado. Desde esta posición dinámica actúa y constituye la experiencia social concreta a través de un proceso intersubjetivo. ¿Qué quiere decir? Por ejemplo, pensamos en un varón (heterosexual, con pareja e hijos, con trabajo asalariado). Podríamos decir, remitiéndonos a algunos estudios sobre la masculinidad (4), que nuestro sistema normativo lo ubica en una posición dominante y con determinados rasgos característicos que especifican cual debería ser su rol dentro de la sociedad, en la esfera pública y en la privada, y su forma de identificación: para los demás debería representarse a si mismo como una “identidad masculina” fuerte, sostén de la familia, trabajador incansable, etc. Él mismo acabaría pensándose y advirtiéndose de este modo. No solamente este sujeto se verá a si mismo, se representará a los demás y actuará de tal manera, sino que los demás querrán que así tenga que identificarse, representarse y actuar, porque es la única condición para ajustarse a la forma social normativizada y dominante. Este ejemplo hace pensar en un espacio relacional comunitario donde las diferentes formas de identificación concilian, y el trabajo del sujeto está totalmente sometido a su rol dentro del espacio social. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el sujeto se subjetiviza fuera de esta norma? El varón del ejemplo podría decidir no respectar su “forma de vida” (identificación más acción) normativa y querer “pasar” al otro extremo del binomio: el femenino. ¿Cómo se subjetiviza en estas condiciones? Seguramente este sujeto pasará por cambios individuales y sociales que permitirán reubicar su ego en diferentes posiciones en el transcurso de su trayectoria personal. Una trayectoria inmersa en el movimiento diacrónico colectivo de su sociedad y de su mundo.

En esta intersección entre la dimensión diacrónica y la sincrónica tiene lugar la individuación del sujeto a través de una prueba, como diría Martucelli, que para el ejemplo en cuestión podría ser el pasaje del “mundo masculino” al “mundo femenino”. Su individuación no corresponde al individualismo, concebido como formación de una individualidad totalmente autónoma, ni a la individualización:

“la individualización es una condición social no alcanzable por libre decisión de los individuos. (…) Uno de los rasgos más decisivos de los procesos de individualización es, pues, que éstos no sólo permiten, sino que también exigen una activa contribución por parte de los individuos. A medida que se amplia la gama de opciones y que aumenta la necesidad de decidir entre ellas se hace mayor la necesidad de acciones realizadas individualmente, de ajuste, de coordinación, integración” (Beck y Beck-Gernsheim 2003: 42).

La individualización indica un proceso de posicionamiento y particularización del sujeto a través de su acción social dentro de la sociedad. De manera distinta, el individuo se individua a sí mismo a través de la prueba, en la intersección entre tiempo y espacio personal/colectivo (individuación).

El sujeto se encuentra a repensar su identidad personal, la cual ya no coincidirá con la forma que los demás se esperan de él, ni con la forma de sí que él mismo representa a lo demás. Su acción social también se transformará y a lo mejor entrará en discordancia con la forma social. El sujeto, entonces, asumirá una nueva configuración a través de una estrategia (aquí concebida como una respuesta “inconsciente” de adaptación) de subjetivación dentro de la sociedad y dentro de si mismo, que en la mayoría de los casos será compleja y discordante.

En un estudio sobre “padres en casa” (Merla 2006) se presentan las problemáticas existentes en el cambio de las dinámicas identitarias de estos hombres. En el momento en que se apropian del espacio “femenino” (la casa y su cuidado) por un lado se enfrentan a reacciones negativas por parte de los demás en su espacio social, lo que demuestra la falta de legitimidad de ser un hombre en casa; por otro lado, generan diferentes estrategias y dinámicas identitaria para gestionar esa falta de legitimidad. La autora individua tres maneras principales de situarse e identificarse frente a la denominación de “padres en casa”: identificación total; identificación/distanciamiento; rechazo (Merla 2006: 121).

Este estudio antropológico nos permite demostrar cómo, en el caso concreto de los padres en casa de Bélgica, el proceso de identificación y de singularización del sujeto puede llevar a distintas estrategias y consecuencias, bastante complejas, dentro de un espacio societal. El mismo proceso de subjetivación se daría en todos aquellos sujetos que no son dados (aunque en realidad ningún sujeto es estático) dentro de la norma, que “no son pensados” dentro de la regla social de género (homosexuales, bisexuales, transexuales, transgenders, intersexuados, drag queen, etc.) y que, en esta dimensión, se encuentran a reflexionar sobre sus identidades (mismidad e ipseidad: ¿qué soy y quien soy?). Dichos sujetos descubren sus singularidades en los momentos de subjetivación (Corcuff 2005), donde el “yo” se manifiesta en la puntualidad de las acciones y, al mismo tiempo, despliega su singularidad en una identidad hecha de lo colectivo. Pero, en estos casos, sin legitimación en el espacio social.

De hecho, ningún sujeto puede crear desde cero, ya que lo social siempre está presente en lo individual. No obstante, si se habla de la legitimidad de las singularidades y de las identidades, podemos alegar que más distante se encuentra el sujeto de la norma comunitaria, y por ende de la “legitimación” de su singularidad, más complejo y largo será el proceso de subjetivación e individualización.

 

6. Conclusiones

El sujeto puede ser concebido como un conjunto de elementos integrados en una individualidad que actúa en el mundo porque está en constante relación con este mundo. Como afirma Dubar, el individuo, a la hora de “arreglar” sus pensamientos, aunque tenga un cierto margen de maniobra, lo hace siempre partiendo de categorías ideológicas que están dadas socialmente (Dubar 2002: 9). Al mismo tiempo, esta relación y su acción están en constante modificación, prosiguiendo y promoviendo la continua metamorfosis de su espacio simbólico/cognitivo y de su espacio social.

“Las formaciones subjetivas deberían ponerse en relación, de manera compleja y no mecánica, con las formaciones sociales y con las condiciones históricas de las problemáticas especificas de la reproducción que en ellas se plantean. (…) una perspectiva sobre la persona que pretenda abarcar el entrelazamiento de lo socio subjetivo, habrá de exponer la relación entre producción y reproducción subjetiva, y producción y reproducción económica y social” (Pazos 2005: 8-9).

El “hombre plural” de Lahire, “inmerso en una pluralidad de mundos sociales” y “sometidos a principios de socialización heterogéneos y, a veces, incluso contradictorios, que él incorpora” (Lahire 2004: 47), es un sujeto que, en una trayectoria diacrónica personal y colectiva, se construye, por una parte, a través de la sucesión de los diferentes momentos sincrónicos de experiencia social general; por otra, a través de la “convivencia”, en el mismo periodo, de las experiencias sociales particulares dentro de diferentes dimensiones (religioso, político, económico, de género, generacional, etc.). Percibirlo de esta manera, permite valorar cuales son los marcos que más importancia tienen en el proceso de subjetividad de un individuo en concreto, en un contexto concreto y en relación también a su pasado, su presente y su futuro. También, permite valorar la importancia de la acción social y la capacidad de reflexión del sujeto, en un espacio común, que vinculan entre sí diferentes dimensiones de la experiencia social.

En dicha experiencia social, el sujeto se encuentra obligado a superar momentos de crisis que su propia presencia y actuación origina. Momentos de crisis que se dan cuando el sujeto está enfrentado, como hoy en día, a numerosas posibilidades de posicionamiento dentro de los diferentes marcos y espacios sociales: más posibilidades existen, más actúa la subjetividad para encontrar su posición y todo esto produce un mayor número de crisis y de consecuentes reposicionamientos del sujeto en la misma vivencia.

El sujeto se define como una subjetividad en constante devenir y, al mismo tiempo, como un agente social que participa en el mundo común y que, gracias a sus variadas experiencias sociales, es capaz de pensarse a si mismo reposicionándose y resignificándose, modificando así la estructura social y el sistema de pensamiento.

Resulta imposible “cerrar” un individuo dentro de una específica clase o categoría social a partir de la cual establecer y analizar sus acciones. No existe una relación univoca entre posición social y acción social. De la misma manera, no se puede categorizar al sujeto social y sexuado en base a categorías de género delimitadas y homogéneas, las cuales pretenden definir la acción del sujeto y al mismo tiempo negar los demás “sujetos ajenos”. En este caso, tampoco existe una relación univoca entre categoría de género y acción social.

 


 

Notas

1. La mayoría de la bibliografía consultada señala Gayle Rubin como la que introdujo el concepto de sex/gender system in “The traffic women: notes on the political economy of sex”, en Rapp Reiter Rayna, Toward an anthropology of women, Monthly Review press, New York, London, 1975:157-210. Martín Casares (2006) señala que fue el medico John Money quien utilizó por primera vez el termino genderen sus estudios acerca del hermafroditismo humano en el 1955 con el articulo “Hermaphroditism, gender, and precocity in hyperadrenocorticism: Psychological findings”, Bulletin of the Johns Hopkins Hospital, 96: 253-264.

2. Ver entre otros los trabajos de Bourdieu 2007, Corcuff 2005, Dubar 2002, Martucelli 2006, Beck 2003 y Appadurai 2001.

3. Ver Ortner y Whitehead 1981, MacCormack y Strathern 1980, Harris y Young 1979.

4. Ver por ejemplo los trabajos de Gilmore 1994, Héritier 2000.

 

 

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Gazeta de Antropología