Gazeta de Antropología, 2009, 25 (1), artículo 17 · http://hdl.handle.net/10481/6863 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 25 enero 2009    |    Aceptado 23 abril 2009    |    Publicado 2009-04
Silvia, ¿quizás tenemos que dejar de hablar de género y migraciones? Transitando por el campo de los estudios migratorios
Silvia, perhaps we need to stop talking about gender and migrations? Through the field of migration studies



RESUMEN
Las aulas de las universidades en las que he impartido docencia en diferentes posgrados en los últimos diez años sobre migraciones internacionales y cuestiones de género y ciudadanía, se han convertido en un escenario privilegiado para la observación de los temas que preocupan a quiénes buscan en la investigación una manera de acercarse al análisis y al cambio de la realidad social. Fue precisamente la discusión con una alumna sobre la formulación de su posible problema de investigación lo que me llevo a plantearle: Silvia, ¿quizás tenemos que dejar de hablar de género y migraciones? Pregunta que rescato para el título de este trabajo que concibo como un ejercicio genealógico y reflexivo mediante el que me propongo resituar enfoques analíticos y etnográficos en el análisis de las migraciones en el contexto de la globalización desde una perspectiva feminista.

ABSTRACT
The university lecture halls where I have taught for the past ten years, various postgraduate courses on international migration and questions of gender and citizenship have become a unique scenario for investigating issues concerning those who see research as a way to approach analysis and change in social reality. It was, in fact, a discussion held with a student about the different ways she could possibly draw up the subject of her research that prompted me to suggest: "Silvia, perhaps we need to stop talking about gender and migrations?". I have used this question as the title of this article, which I think of as a reflective and genealogical exercise through which I intend to relocate ethnographic and analytical approaches to the analysis of migrations in the context of globalization from a feminist perspective.

PALABRAS CLAVE
migraciones | etnografía | perspectiva feminista | cuidados | género
KEYWORDS
migrations | ethnography | feminist perspective | social care | gender


Las aulas de las universidades en las que he impartido docencia en diferentes posgrados en los últimos diez años sobre migraciones internacionales y cuestiones de género y ciudadanía, se han convertido en un escenario privilegiado para la observación de los temas que preocupan a quiénes buscan en la investigación una manera de acercarse al análisis y al cambio de la realidad social (1). La aparente ingenuidad con la que los y las futuras investigadoras plantean sus preguntas y las formas de conducir los intereses diversos en su carrera académica se conforma como marco etnográfico excepcional para indagar en las prenociones que conforman la formulación de nuestras preguntas y las dinámicas político-institucionales mediante las que la inmigración se ha venido construyendo como problema para las ciencias sociales en general y la antropología social en particular. Por mi parte, en este campo, tanto en el Estado español como en América Latina me he ido convirtiendo en un referente en problemáticas que venimos enunciando como “género y migraciones”, “mujer/es e inmigración” (2). Fue precisamente la discusión con una alumna sobre la formulación de su posible problema de investigación lo que me llevo a plantearle: Silvia, ¿quizás tenemos que dejar de hablar de género y migraciones? Pregunta que he rescatado para el título de este trabajo concebido como un ejercicio genealógico y reflexivo mediante el que resituar enfoques analíticos y etnográficos en el análisis de las migraciones desde una perspectiva feminista (3).

La producción teórica sobre cuestiones de género y migración internacional (4) aunque reciente (5), se nos muestra muy prolija, fruto, sin duda, de la implantación que han ido tomando los estudios de género y feministas en la academia y de la incidencia del ‘movimiento amplio de mujeres’ a nivel global (6). Las categorías de análisis propuestas desde enfoques feministas para restituir la agencia a las mujeres y el hecho de que las mujeres engrosan las filas de ciudadanas del mundo que atraviesan fronteras materiales y simbólicas cada vez mas fortificadas está contribuyendo al desmantelamiento de las representaciones de las migraciones internacionales como un asunto de hombres, “de trabajadores inmigrantes y sus familias”. En el momento actual en casi todas las temáticas de estudio sobre migraciones internacionales encontramos alguna referencia especial a las relaciones de género: Transnacionalismo, globalización, etnicidad, desarrollo, integración, identidad, derechos culturales, multiculturalismo, cambio cultural, salud, mercado de trabajo, por mencionar algunas de ellas. Y contamos con importantes obras monográficas sobre la materia, que tratan de erigirse desde una centralidad incuestionable en la teorización acerca de las migraciones, como advierte Hondagneu-Sotelo en su conferencia con el elocuente título “Gendering Migration: Not for “feminists only” – and not only in the household” haciendo referencia a los trabajos del volumen editado por la autora en el año 2003 “Gender and U.S. Immigration: Contemporary Trends”: “El género es una de las relaciones sociales fundamentales, que asienta y conforma patrones de inmigración, y la inmigración es una de las fuerzas más poderosas que interfieren y reorganizan la vida diaria” (2005: 2).

Debemos congratularnos de que ya nada parezca incólume al género y que esta categoría de análisis haya desterrado la especificidad ‘de mujer’ con la que se marginaban compilaciones de trabajos que abordaban problemáticas de género en la década de los 80: “International Migration. The Female Experiencia” de Simon y Brutal (1986) o “Comen in the cites os Asia. Migration and Urbana adaptación” de Fact., Khoo y Smith (1984) o el número especial de 1984 de International Migration Review, “Comen and Migration”. Desde uno de los enfoques teóricos y metodológicos más novedosos y productivos en las últimas dos décadas, el denominado transnacionalismo, Pessar y Mahler (2001) señalan: “La tarea de llevar el género a una perspectiva transnacional sobre la migración fue suscitada por nosotros (Patricia Peddar y Sarah Nahler) comenzando en 1996 y culminando en un volumen especial de la revista Identities: Global Studies in Culture and Power, publicado en abril de 2001″ (2001: 4).

Así como al inicio de la década de los 90 la localización de fuentes bibliográficas fuera de nuestras fronteras era imprescindible, dado que los trabajos existentes en el Estado español en ese momento se contaban apenas con los dedos de una mano, ahora, al retomar después de 13 años este ámbito de teorización con ocasión del proyecto de investigación financiado por el Plan Nacional de Investigación, Desarrollo e Innovación tecnológica de la Secretaria de Estado de Universidades e Investigación “SEJ2005-06393 Desigualdades en el contexto de la globalización: Cuidados, afectos y sexualidad (7) el panorama con el que me encuentro parece haber dado un vuelco sustancial. Con motivo de la realización de mi tesis doctoral entre el periodo 1991-1996 llevé a cabo un exhaustivo estado de la cuestión sobre los trabajos que abordaban las relaciones entre género e inmigración (8), en aquel entonces los monográficos sobre la temática eran prácticamente inexistentes y un reducido grupo de autoras de universidades anglosajonas que habían trabajado sobre todo en el contexto latinoamericano y asiático y en menor medida africano comenzaban a destacarse por su abordaje de las migraciones desde el enfoque de la mujer o del género, sin embargo el género aun no se contemplaba como principio de organización social fundamental en la comprensión de las migraciones (9). Es por ello, que he de reconocer que me ha resultado apabullante la extensa producción científica con la que me he encontrado al retomar este campo de teorización, aun sin sorprenderme del todo, dada la relevancia política y social y la demanda institucional consecuente que toma la conjunción de estos dos asuntos -las mujeres y la inmigración o las relaciones de género y las migraciones internacionales- en la última década a nivel mundial. Preocupaciones que se vienen reflejando en muchos de los informes de organismos internacionales que se centran específicamente a esta cuestión, como por ejemplo el que publica anualmente el Fondo de Población de las Naciones Unidas (United Nations Population Fund, UNPF) desde el año 1978 y que en el año 2006 llevó por título Hacia la esperanza: Las mujeres y la migración internacional, o el que elaboró Amnistía Internacional en noviembre de 2007, titulado Más riesgos y menos protección. Mujeres inmigrantes en España frente a la violencia de género. La violencia y el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual ocupan las agendas de las organizaciones de defensa de los derechos humanos de las mujeres inmigrantes.

En el Estado español aparecen los primeros trabajos de investigación en la década de 1990 coincidiendo con la llegada de población inmigrante no comunitaria y la construcción de esta nueva categoría de ciudadanos y ciudadanas como ‘problema’, un problema sociopolítico al tiempo que área de investigación. Desde el inicio de la década de 1990 a la actualidad la producción científica en este campo ha sido inmensa por parte de un abanico de disciplinas. Esta producción se refleja en la publicación de cientos de libros sobre la materia, revistas y monográficos especializados, centros de documentación, institucionalización de congresos nacionales, autonómicos, provinciales y locales, creación de grupos e institutos de investigación en diferentes Universidades y programas específicos de financiación de investigación y docencia. En el caso de la disciplina antropológica su entrada en escena se ha debido fundamentalmente al lugar que ocupa en el campo de las Ciencias sociales en la teorización sobre la diferencia y diversidad cultural. Con la llegada de población inmigrante no comunitaria al Estado español a finales de la década de los 80, la asunción de la existencia de un ‘Nosotros’ y un ‘Otros’ se erigirá en frontera diferenciadora hacia el ‘otro’, el y la ‘inmigrante’, un ‘Otro’ que será culturizado, convirtiéndose la diferencia cultural del ‘inmigrante’ en discurso justificador de la necesidad de conocerlo. Conocimiento y control de una inmigración que se prefigura como amenaza a la supuesta homogeneidad cultural del estado-nación (10). Por ello, no sorprende que la demanda institucional hacia la antropología social se haya concretado en asuntos relacionados con la llamada ‘mediación intercultural (11)‘ o en la gestión de la diversidad cultural en diferentes ámbitos: Salud, educación, vivienda, violencia, servicios sociales, asociacionismo, mujer (12).

Por lo que se refiere al ámbito de investigación en el conjunto de las ciencias sociales la producción en estas dos últimas décadas es inconmensurable, algo de lo que sin duda nos debemos congratular, si bien, estando de acuerdo con Enrique Santamaría se observa una “desatención epistemológica rampante” (2008: 8). La lectura de muchos de los trabajos publicados o presentados en congresos, pero sobre todo la certeza con las que me plantean sus presunciones el alumnado al que vengo impartiendo docencia me parece, cuanto menos, preocupante. La ausencia de reflexión teórica y metodológica con la que se construyen los problemas, asumiendo no pocas verdades y categorías incuestionables reclama a nuestra responsabilidad y compromiso como docentes. Igualmente debería ser motivo de reflexión la carencia de datos etnográficos contextualizados. Muchos de los trabajos realizados desde la antropología social terminan cayendo en descripciones con propósitos de generalización de determinadas características culturales de grupos concretos definidos por su origen nacional (peruanas, marroquíes, colombianas, rusas…) en localidades concretas (Madrid, Huelva, Barcelona, Totana, El Ejido…). Como apunta Danielle Provansal al referirse específicamente a la excesiva generalización que encontramos en los trabajos sobre mujeres migrantes: “A pesar de que algunos trabajos hacen hincapié en su papel de actoras sociales y en su capacidad de emprender iniciativas, estas afirmaciones no se apoyan siempre en ilustraciones convincentes sino en pinceladas que revelan un déficit de trabajo de campo” (2008:342).

Me situaré desde las aportaciones de la crítica feminista en antropología social para llevar a cabo un análisis de las propuestas teóricas y metodológicas que se proponen interrelacionar la cuestión migratoria con los asuntos de género. Como he planteado en otro lugar (Gregorio Gil 2002:10-13) el diálogo mantenido desde la antropología social con los movimientos sociales de transformación de las desigualdades entre hombres y mujeres es un hecho que sin duda aporta un constante dinamismo a la disciplina (13). En la permanente crisis mediante la que podríamos definir a las ciencias sociales, y a la antropología en particular, con respecto a su papel en la contribución al cambio social, es importante señalar, siguiendo a Teresa del Valle que su relación con el feminismo como movimiento político constituye un elemento que contribuye al carácter novedoso y dinámico de la disciplina y, aun más importante, le otorga “credibilidad social” (Del Valle, 2000: 10). El acercamiento a los problemas de las agendas feministas nos conduce a teorizar sobre realidades cambiantes, complejas y heterogéneas que tocan de lleno en lo que la antropología ha entendido desde siempre como su problema central, a saber, la unidad humana en la diversidad cultural, sin embargo, esta aportación no es reconocida desde las demandas de un tipo de ‘Ciencia’, hegemónica, cuyos finalidad autorreproductiva y distante de los proyectos de transformación social se cuestiona desde la crítica feminista. Es precisamente la asociación con el “feminismo”, con un feminismo que se singulariza, feminiza y mutila en su riqueza conceptual y heterogeneidad política, lo que ha llevado a diferentes voces dentro de la disciplina antropológica a rechazar sus contribuciones u ocultarlas. Marilyn Strathern atribuye este tipo de “resistencias masivas contra el esfuerzo de las investigadoras feministas” a que sus aportaciones constituyen un desafío al cuestionar los marcos de referencia disciplinarios fundamentales “desafían creencias sagradas (…) desafían intereses ocultos, arrancan perspectivas que son familiares y por ello confortables” (1987: 280).

Desde esta perspectiva encuentro dos ejes de teorización en los que las aportaciones de la crítica feminista en antropología social han sido centrales y que a mi juicio se hace necesario revisitar en su aplicabilidad al campo de los estudios migratorios: la reproducción y el cambio social. Mostrar que la reproducción social se asienta en las desigualdades de género y que éstas no son inmutables, sin duda, sigue formando parte de nuestra empresa feminista. Nuestro cometido como antropólogos y antropólogas será hacerlo desde la etnografía, aunque sea un método de acercamiento que no responda a las demandas institucionales de las que dependen, en definitiva, la financiación de nuestras investigaciones. El camino por el que trato de discurrir en el campo de los estudios migratorios me lleva a resignificar la categoría reproducción social en todo su potencial cuestionador y a restituir el valor de la etnografía en su capacidad para mostrar de forma contextualizada los procesos mediante los que se producen las diferenciaciones, así como la multiplicidad de significados de las prácticas sociales. Trataré de problematizar acerca del uso de la categoría reproducción social al observar que en los trabajos en los que se utiliza queda reducida en su potencial cuestionador por la dificultad que parece entrañar la superación, de las dicotomías analíticas: producción/reproducción, ‘mercado/hogar’, ‘público/doméstico’ y ‘sistema de género de la sociedad de origen/sistema de género de la sociedad de llegada’ ‘hombre/mujer’. Trabajos realizados desde el enfoque transnacional en su intento de superar la dicotomía país de origen/país de destino centran su atención en las llamadas ‘prácticas transnacionales’ de la población inmigrante pero terminarán ‘naturalizando’ y reificando las categorías ‘mujer=madre’ y ‘familia’, como trataré de poner de manifiesto. Por su parte, los estudios que focalizan su atención en mostrar las triple discriminación género-clase-etnicidad o la estratificación étnica en el mercado de trabajo, dejarán de lado el trabajo ‘reproductivo’ no pagado para centrarse en el sector denominado ‘servicios de proximidad (14)‘ desvelando la dominación supuestamente ejercida por parte de las mujeres nacionales hacia las extranjeras o denunciando los problemas de conciliación que encuentran las mujeres inmigrantes para compatibilizar su trabajo fuera y dentro del hogar, como un grupo que mantiene la denominada ‘doble presencia’ desde sus posiciones de triple discriminación.

Desde la crítica feminista pretendo hacer una invitación a la elaboración de propuestas conceptuales y metodológicas que traten de superar las dicotomías producción/reproducción, público/privado, hombre/mujer mediante las que seamos capaces de mostrar cómo se construye el género, en su imbricación con la raza, la etnia, el parentesco, la cultura y otras diferenciaciones sociales que suelen asumirse en muchas de las investigaciones como realidades pre-existentes. La perspectiva emic salvo contadas excepciones, lamentablemente brilla por su ausencia en las investigaciones, al ser fagocitadas por la generalización y encorsetadas en demarcaciones étno-nacionales -la mayoría piensa’, ‘las pautas reproductivas de las mujeres peruanas’, ‘las mujeres extranjeras en el servicio doméstico’ ‘la mujer índigena andina’…-de un campo de estudios que surge aparejado con la demanda de las instituciones públicas y en disputa por parte de diferentes disciplinas del saber científico.

 

Desigualdades de género y reproducción social

Sin duda, la organización del trabajo doméstico y de cuidados como eje de construcción de las desigualdades de género, es uno de los asuntos que concita mayores acuerdos entre las diferentes posiciones feministas, no ocurre lo mismo con el trabajo sexual, que desde posiciones abolicionistas de la prostitución será negado como trabajo (15). Es un hecho indiscutible que en las sociedades capitalistas su invisibilización, su naturalización como tarea ‘femenina’ y su espacio de definición -doméstico frente a público- ha privado de derechos y falta de reconocimiento social y económico a quiénes se han dedicado a éste en mayor o menor exclusividad desde las prescripciones del parentesco. Sin embargo, bajo mi punto de vista, aunque este análisis ha ido calando en los diferentes acercamientos disciplinares -economía, sociología, antropología, historia- y es un hecho reconocido en la comprensión de la desigualdad de género y en algunas de las formulaciones políticas para enfrentarla, llevar a cabo un giro de 180 grados para situar el trabajo de cuidados en el centro de nuestros análisis sigue siendo un ejercicio de subversión que movería quizás demasiados cimientos.

Desde los años 1970 las propuestas analíticas y debates suscitados tratando de superar analíticamente la diferenciación conformada culturalmente entre lo que es trabajo y lo que no lo es, o dicho de otra forma entre la producción de mercancías y la re-producción de la vida, ocupan numerosas páginas que no podemos traer aquí. Si bien, en lo que deseo insistir aquí con Moore (1994) es en la necesidad de considerar la reproducción social no como un acto de reproducir individuos biológicos o incluso reproducir la fuerza de trabajo, sino como un acto de producir conjuntos particulares de personas con atributos específicos en la forma en que son congruentes con los patrones de poder establecidos socialmente.

A partir del análisis de los trabajos realizados sobre género y migraciones observo múltiples bifurcaciones que dan cuenta del debate desde el feminismo en relación a la dicotomía producción/reproducción, pero que en sus acercamientos teórico-metodológicos terminan de una forma u otra reificándola.

El discurrir en la investigación que se presenta desde perspectivas de género a mi juicio se sitúa en dos vías complementarias y paralelas que nunca llegan a cruzarse: Por un lado, la visibilización de las mujeres inmigrantes trabajadoras en los circuitos del mercado -servicio doméstico, trabajo sexual y en menor medida agricultura y comercio-, en algunos casos destacando su posición como únicas ‘jefas de hogar’ y por otro su visibilización como ‘madres transnacionales’ dentro de las denominadas ‘cadenas mundiales de afecto y asistencia’. A ello habría que añadir un conjunto de trabajos que al centrarse en el cambio social focalizan su atención en los cambios en las relaciones o sistemas de género. Por cuestiones de espacio me centraré en los trabajos que se proponen la visibilización aludida de las mujeres inmigrantes como trabajadoras y madres transnacionales en tanto actoras sociales.

En la literatura producida en el estado español las relaciones establecidas entre la categoría género, reproducción social y migraciones internacionales arrancan con los trabajos de Gregorio (1996, 1997, 1998 (16)) desde su propuesta de un marco analítico que incorpore la diferenciación de género como un principio estructural en el análisis de las causas y del impacto de las migraciones. Como señala la autora en la introducción a su tesis:

“La literatura sobre inmigración cada vez es más numerosa en España, sin embargo, los modelos teóricos adoptados para explicar los procesos migratorios en pocas ocasiones han contemplado los aspectos de género implicados en ellos. Y esto, a pesar de que en los últimos años se vienen hablando a nivel internacional de la presencia cada vez mayor de mujeres procedentes de países en desarrollo en las migraciones internacionales (Instraw 1994) y de que, en España la población inmigrante represente una proporción similar a la masculina” (Gregorio 1996: 2).

A partir de la revisión que la autora lleva a cabo de la literatura sobre migraciones producida fundamentalmente en el contexto anglosajón y en América Latina y las relecturas desde la crítica de género, plantea la necesidad de comprender las migraciones como “procesos generizados” (Gregorio 1996: 6), tratando de poner en el centro mediante su acercamiento etnográfico las relaciones de poder y los trabajos de las mujeres, negados y denostados en su consideración de seres meramente reproductivos y con ello restituir su cualidad de sujetos agentes. Como señala en un trabajo posterior:

“La prioridad dada desde enfoques histórico-estructurales a la categoría clase y la comprensión de las migraciones laborales en tanto formas de transferencia de mano de obra al sector capitalista de los países desarrollados (receptores), ha hecho que la categoría género haya estado relegada en los análisis de las migraciones. Con ello, no sólo se ha restado importancia a la participación de las mujeres en las migraciones en tanto que trabajadoras con sus proyectos propios (17), más allá de meras seguidoras de los hombres “productores”, sino que también se ha invisibilizado la trascendencia social y económica del trabajo “reproductivo” y dejado al margen del análisis los significados y diferenciaciones de género y parentesco que se muestran centrales en la división del trabajo y la composición de las migraciones” (Gregorio 2007).

Mediante su acercamiento etnográfico la autora dará cuenta de los trabajos de mujeres de carne y hueso en sus diferentes localizaciones, evidenciando las implicaciones que ello tiene para las teorías de las migraciones: Su protagonismo en la reproducción social como trabajadoras en sentido amplio y su protagonismo como constructoras de redes migratorias, de parentesco y de comunidad, en definitiva como agentes sociales y políticos. Tratará con ello de superar la subalteridad en las que son colocadas las mujeres desde los acercamientos que se resisten a incorporar las críticas feministas a las visiones androcéntricas que fragmentan el hecho de la reproducción social en dimensiones económicas, sociales, políticas o culturales.

Otras aportaciones, tratando de restituir el lugar que toma la provisión de afectos y asistencia en la reproducción social en el orden global y desde planteamientos que tratan de superar el nacionalismo metodológico (18) han señalado siguiendo a Arlie Russel Hochschild la existencia de “cadenas mundiales de afecto y asistencia” entendidas como “una serie de vínculos personales entre gente de todo el mundo, basadas en una labor remunerada o no remunerada de asistencia” (2001:188). Sin embargo, a pesar del potencial teórico-político que parece tener este concepto, teniendo en cuenta la generalización de su uso en diferentes trabajos, dicha categoría se ha dirigido a evidenciar las desigualdades entre las mujeres partiendo de la descripción del mismo que lleva a cabo Hochschild, inspirada en el trabajo de Pierrete Hondagneu-Sotelo y Ernestine Avila (1997): “Estas cadenas, muchas veces conectan tres series de cuidadoras: una se encarga de los hijos de la emigrantes en el país de origen, otra cuida de los hijos de la mujer que cuida de los hijos de la emigrante, y una tercera, la madre, emigrante, cuida de los hijos de las profesionales en el Primer Mundo. Las mujeres más pobres crían a los hijos de las mujeres más acomodadas mientras mujeres todavía más pobres -o más viejas, o más rurales- cuidan de sus hijos” (2001: 195). Presentándose además esta cuestión de las jerarquías entre las mujeres como un asunto característico de la globalización de finales del siglo XX y principios del XXI, cuando ya sabemos que desde el siglo XVII según Badinter (1981) las mujeres más pobres se han dedicado a la crianza de la prole de las clases más pudientes (19).

Si bien, las jerarquías en la organización de los cuidados desde una mirada transnacional es un asunto que no pasó desapercibido en mi trabajo etnográfico (20), la oportunidad para teorizar sobre la interseccionalidad de la categoría género con otras categorías de diferenciación debería permitirnos en términos analíticos ir más allá de la afirmación de la opresión ejercida por “mujeres profesionales del Primer Mundo” hacia otras mujeres “las inmigrantes o las del Tercer Mundo”, explicitando en todo caso el objetivo teórico-político que nos llevaría a construir desde las ciencias sociales estas categorías diferenciadoras al tiempo que homogenizantes de las mujeres, evitando con ello caer en esencialismos, en este caso hacia las mujeres como seres afectivos y asistenciales en su presunta relación con la procreación y la crianza.

Desde una perspectiva etnográfica y feminista propondría enfatizar en la comprensión de la organización social de los cuidados en todas sus dimensiones emocionales, sociales, económicas, políticas y éticas como eje de nuestra existencia en el sentido de ‘sostenibilidad de la vida’ planteado por Carrasco (1991) tratando de comprender situacionalmente sus propias lógicas de jerarquización y tramas de significación. La naturalización de los cuidados a partir del supuesto sentimiento de ‘amor de la cuidadora’, como parece subsumir Hochschild cuando plantea que “sea lo larga que sea la cadena, dondequiera que empiece y acabe, muchos de nosotros, si nos fijamos en un eslabón y otro, vemos el amor de la cuidadora por el niño como una cosa privada, individual e independiente del contexto” (2001: 189), desde mi perspectiva afirmar esta cuestión implicaría poner en el mismo plano todos los cuidados y en relación con ello a las mujeres, opacando las múltiples significaciones del cuidado y el marco de las relaciones económico-políticas en las que tendrían lugar: A quién se cuide, por qué, a cambio de qué, si es un trabajo pagado y/o reconocido, si es a mis parientes o no, expectativas y demandas de quién cuida o de quién es cuidado, etc. Al mismo tiempo que sigue circunscribiendo los cuidados al estrecho marco de los principios de descendencia y afinidad (matrimonio y familia) ratificados en las prácticas políticas y el derecho (21). La transferencia de amor al hijo ausente que ha quedado en el país de origen de la mujer inmigrante, en caso de darse, no tiene porqué hacerse con el hijo de la empleadora, o porqué no empleador, a quién cuidará la empleada de hogar como asume Hochschild (2001) cuando insiste en la ‘plusvalía del afecto’ de la que se beneficiaría el hijo ajeno y su madre en tanto empleadora de una mujer inmigrante.

Otro de los conceptos planteados desde la perspectiva transnacional es el de “maternidad transnacional” (22). En su propósito por mostrar prácticas sociales de la población inmigrante que traspasen las fronteras, no pocos estudios han encontrado en los vínculos afectivos y en las obligaciones derivadas de la maternidad un campo para restituir la agencia a las mujeres migrantes como constructoras de cadenas, redes o comunidades, en definitiva creadoras de “vida transnacional”. El potencial que podría tener este concepto como forma de operar una politización de la maternidad a mi juicio queda reducido al esencializar el hecho de ser mujer a partir de la asunción de patrones supuestamente universales de las mujeres como madres. En vez de observar dichas prácticas como intersticios en el sentido de ‘locusheurísticos’ que plantean Provansal y Miquel (2005) (23) que nos permitiesen indagar en las formas de producción de la maternidad, dichas prácticas quedan reducidas a hechos esenciales que toda mujer en tanto madre biológica supuestamente mantendrá a pesar de la distancia física de sus seres queridos que supone su emigración. En este sentido propondría situar nuestra atención en la observación de las prácticas maternales o paternales desterritorializadas y cómo a partir de ellas se define y redefinen identidades y subjetividades de género, parentesco y sexualidad en el nuevo contexto transnacional, huyendo de relatos culpabilizantes, victimizantes o de heroicidad hacia las mujeres-madres o convirtiendo las prácticas maternales en artificios metodológicos en nuestra pretensión epistemológicamente fundamentada de superar el ‘nacionalismo metodológico’.

Que todas las mujeres inmigrantes que han dejado hijos biológicos en su país de origen se guían en sus prácticas y sentimientos por el vínculo amoroso madre-hijo más que un hecho dado debería ser un hecho a indagar. En esta dirección es interesante el trabajo de Heike Wagner “Maternidad transnacional y estigmatizaciones de mujeres ecuatorianas en Madrid: Una investigación más allá de estereotipos” en el que además de recordarnos que no todas las madres han ejercido el papel principal en la crianza y cuidado de sus hijos biológicos, tratará de mostrar las múltiples formas de ser madre de las migrantes ecuatorianas en Madrid con el objetivo de contrarrestar las imágenes estigmatizadas acerca de que la migración ‘destruye la familia’ cuando son mujeres y madres que dejan a sus hijos en el país de origen. Wagner centrará su análisis en la renegociación de los roles de género de estas mujeres en tanto cuestionamiento de la restricción de un “ser-para-otros” y “ser-a través-de otros” (Wagner 2007).

Es pertinente recordar aquí los esfuerzos de la etnografía feminista por mostrar las múltiples formas en las que se expresa el amor maternal y las prácticas de cuidado hacia los menores tratando de desesencializar el supuesto vínculo universal madre-hijo que tan presente ha estado en la teoría antropológica (24).

Desde la etnografía considero que tenemos mucho que aportar a la revisión de las categorías ‘mujer’, ‘inmigrante’, ‘madre’ ‘inmigrante’, ‘africana’ ‘latinoamericana’ ‘pobre’ … en las que encorsetamos a los sujetos con los que realizamos nuestras investigaciones, convirtiéndolos en compendios de alteridad que legitiman nuestra investigación antropológica. El debate teórico sobre la doble o triple o quíntuple discriminación en función de diferentes variables y la interseccionalidad de todas ellas para comprender mejor la experimentación y vivencia de las diferentes formas de opresión se hará poco fructífero, si no nos permitimos interrogarnos sobre dichas categorías, operando un giro radical que vaya de la confirmación de su existencia a la interrogación constante sobre su construcción y utilización, tanto desde las prácticas de poder institucionales, económicas y científicas, como desde las prácticas cotidianas y discursos de los y las sujetos, convertidos en actores en nuestros objetos de estudio. En esta dirección es donde veo imprescindibles los acercamientos etnográficos que contribuyan a describir situacionalmente la organización de los cuidados en el contexto global de crisis, tratando de contribuir con ello a la desnaturalización de la relación ‘mujer = madre = cuidadora’ como un hecho dado, enfatizando en los procesos políticos e históricos que construyen cuerpos generizados, sexualizados, racializados, etnizados y desterritorializados en su relación con el cuidado.

El trabajo de Sandra Ezquerra presentado en el V Congreso de Migraciones celebrado en Valencia (España) constituye a mi juicio una aportación fructífera en este sentido, al mostrar a partir de su ‘etnografía institucional’ cómo el Estado a través de sus diferentes políticas trata de construir los cuerpos de las trabajadoras filipinas como cuerpos dóciles, sin deseos sexuales, responsables de procurar el bienestar a su familia y por extensión a su país. El Estado para esta autora es incorporado en su análisis a partir de la identificación de sus prácticas de poder para “racializar y feminizar a las trabajadoras migrantes filipinas” (2007: 2).

También en nuestro trabajo etnográfico (Gregorio, Álcazar y Huete 2003) nos propusimos indagar acerca de los significados de género, raza y etnicidad mediante los que se ‘produce’ el servicio doméstico en el contexto actual, huyendo de la consideración de estas categorías como realidades fijas y preexistentes dimanadas del hecho de que las sujetos que trabajan en el servicio doméstico sean ‘mujeres inmigrantes, extranjeras y de orígenes nacionales diversos’. En nuestra investigación conceptualmente partimos de la consideración del trabajo en el sector servicio doméstico como una producción histórica enmarcada en prácticas de poder, por lo que tratamos de indagar en las lógicas de diferenciación y jerarquización que subyacen a lo que se nos presentaba como algo obvio y naturalizado, a saber, su ocupación por parte de ‘mujeres inmigrantes’. Como la literatura etnográfica ha dado, quizás no tan sobrada cuenta, la variabilidad de condiciones y de diferenciaciones -género, edad, etnicidad, raza, clase y estatus migratorio- en las que se produce el trabajo en el servicio doméstico es enorme. En el contexto del Estado español podemos mirar apenas unos años atrás para observar quiénes eran los grupos sociales que se encargaban entonces del trabajo de servicio doméstico en los núcleos urbanos (25). Concebir de esta forma el servicio doméstico pasa por entender este trabajo desde la estructura de relaciones y significados cambiantes que devienen del contexto económico y político en el que se produce, pero también de las prácticas y significaciones de los diferentes actores que intervienen en su reproducción y transformación. Como plantean las autoras:

“Más allá de dar cuenta de las diferenciaciones y jerarquizaciones que incorpora como consecuencia de las condiciones económicas y políticas estructurales en las que se produce -segmentaciones de extranjería y de género en el mercado de trabajo como consecuencia de las políticas de extranjería e inmigración o la permanencia de un Régimen especial regulador de este trabajo discriminatorio-, nos proponemos dar cuenta de los significados que subyacen a las prácticas de los actores implicados en su producción, para preguntarnos acerca del peso que toman las representaciones feminizadas y domésticas, al mismo tiempo que su desvalorización e invisibilización como trabajo” (Gregorio, Alcázar y Huete: 2003, 218-219).

La necesidad de otorgar al trabajo ‘reproductivo’ un lugar central no ha pasado desapercibida en los trabajos sobre el sector ‘servicio doméstico’ (Escrivá 2000, Herranz 1998, Oso 1998) o los llamados ‘servicios de proximidad’ (Parella 2005) entendidos como sectores del mercado de trabajo feminizados que están siendo ocupados por mujeres extranjeras no comunitarias en el contexto del Sur de Europa. Sin embargo, desde una perspectiva en la que nos propusiésemos superar la dicotomía producción/reproducción desde la centralidad del eje de ‘sostenibilidad de la vida’, otorgar en exclusiva centralidad a los empleos relacionados con el trabajo doméstico podría llevarnos a reafirmar la dicotomía producción/reproducción en la vida de las mujeres. O como agudamente ha señalado Provansal caer en una ‘naturalización científica’:

“El hecho de que los sectores en que trabajan mayoritariamente las mujeres inmigrantes sean el trabajo doméstico y el cuidado de niños y ancianos, induce lógicamente a orientar gran parte de los estudios en éstos mismos campos, lo que en mi opinión contribuye involuntariamente a la naturalización científica de lo que es visto comúnmente como especialidades femeninas…”(Provansal 2008: 342) (26).

A lo que añadiría, las consecuencias epistemológicas y políticos que supondría la creación de un campo de estudios específico -el de la “mujer o las mujeres inmigrantes”- que nos ocuparía a “nosotras”, a las investigadoras, como parece estar ocurriendo dentro del ámbito de las migraciones en el Estado español. Como he planteado en otro lugar (Gregorio 2008) no pueden dejar de llamarnos la atención hechos como el observado en el último Congreso Nacional sobre migraciones celebrado en la Universidad de Valencia en febrero de 2007. En la mesa denominada “Economía y Mercado de comercio” las dos ponencias invitadas presentadas por dos economistas, centraron el debate en la creación de un servicio exterior de empleo en el marco del debate de las autonomías en el Estado español (Rojo 2007) y en el marco legal y la “problemática de empleo de los extranjeros en España” (Pérez 2007), en la primera ni tan siquiera se hace mención al servicio doméstico ni a los servicios de proximidad a pesar de ser los sectores que más ocupan a la población inmigrante no comunitaria y en la segunda se hará una mención al servicio doméstico a la hora de cuantificar este sector de ocupación. Quizás el título de ‘Mercado de comercio’ trata de justificar esta importante ausencia. Huelga decir que en ambas la crítica feminista desde la economía brilló por su ausencia. Por lo que se refiere a las comunicaciones libres presentadas en esta mesa sólo una de las 18 publicadas abordará la situación de las mujeres inmigrantes en el servicio doméstico (Aguilar 2007). El debate sobre la dicotomía producción/reproducción si tenía, sin embargo, en el marco de este Congreso un espacio de expresión previsto: La mesa denominada “Género e Inmigración” donde todas las participantes éramos investigadoras.

 

Revisitar la categoría género a la luz de divisiones de clase, étnicas y “raciales”

Como hemos planteado diferentes autoras si la proporción de mujeres que emigran es ahora mayor que años o siglos atrás es un asunto que no podemos afirmarlo sin tener en cuenta que, las representaciones que dispondríamos de estas mujeres viajeras o emigrantes serían consistentes con los modelos de feminidad definidos desde occidente y por tanto nos mostrarían una realidad deformada desde una mirada androcéntrica y etnocéntrica (27). El demógrafo Ravestein (1989, en Gregorio 1992) en sus ‘Leyes de inmigración’ nos indica que siglos atrás las mujeres de todos los continentes han participado en mayor medida en las migraciones de distancia corta que en las de distancia larga, ¿pero qué nos aportan estas leyes en el momento actual donde las distancias, al tiempo que se acortan se hacen insalvables para algunos ciudadanos y ciudadanas del mundo?; ¿Al tiempo que el desarrollo de los medios de transporte y comunicación han hecho posible llegar a cualquier rincón del planeta para algunos de nosotros, y sin embargo, distancias muy próximas que se harían a nado o a pié se hacen infranqueables en los espacios fronterizos entre el ‘Norte’ y el ‘Sur’, entre Oriente y Occidente? Me gustaría por tanto enfatizar en el asunto de la feminización de las migraciones, más allá de cifras y de la búsqueda de las motivaciones que mueven a las mujeres a emigrar, para observarlo desde el alcance teórico y político de sus movimientos, en tanto suponen la visibilización de un fenómeno que sí considero nuevo en la vieja Europa: la llamada “crisis de los cuidados” (28). La creciente sociedad de consumo, la flexibilización del mercado de trabajo con la consiguiente pérdida de derechos sociales, la conformación de un sistema de bienestar familista en los países del sur de Europa, junto con la creciente incorporación de las mujeres españolas al mercado de trabajo, ha sacado a la luz el trabajo no pagado y fuertemente naturalizado que venían realizando las mujeres como madres, esposas, hijas o vecinas, haciéndose visible en los circuitos del mercado. Trabajo de cuidado, en todas sus dimensiones afectivas, materiales y sociales, y porque no decirlo sexuales, pasando esta última dimensión a ser objeto de lucro del mercado capitalista (29).

Mi definición de cuidado desborda su localización desde delimitaciones familiares y de parentesco, para entenderlo como responsabilidad social -’social care‘ (Daly y Lewis 1999, Letablier 2007)- y ética (Gilligan 1982) y como un continuo que incluiría dimensiones materiales, emocionales, afectivas, sociales y éticas difícilmente separables (Carrasco 2003, del Valle 2003, Pérez Orozco 2006). Sin embargo, la naturalización de este trabajo se ha constituido en un eje demarcador de género central y la asunción del mismo dentro de las relaciones familiares y de parentesco, fundamento de lo que, en su denuncia a la subordinación de las féminas, Carol Pateman (1995) denominó ‘contrato sexual’. Las mujeres salen del hogar para incorporarse a la vida considerada ‘productiva’, al mercado de trabajo y el equilibrio social mantenido mediante la diferenciación y jerarquización genérica se rompe dejando al descubierto la provisión de cuidados. Ante esta circunstancia la lógica del mercado capitalista neoliberal actúa produciendo sujetos consumidores -menos el tiempo de vida todo parece ser comprable: El sexo, la protección, la comunicación, el apoyo emocional y psicológico (30), la atención a las necesidades de la vida diaria, etc.- y sujetos generadores de plusvalía, en tanto su lugar de expresión, realización y reconocimiento social y político serán las actividades insertas en relaciones de mercado. Paralelamente los estados, aparentemente debilitados en el control del mercado, concentran sus fuerzas en el reforzamiento de sus fronteras, convirtiendo la inmigración en una amenaza para el bienestar, precisamente del mismo que se exime en proveer, y, estableciendo alianzas supranacionales para controlar que la mano de obra inmigrante sea sólo eso, mano de obra ajena a los beneficios sociales del estado de derecho y excluida del ejercicio de la ciudadanía. En este nuevo contexto global las fronteras de género producidas mediante la separación de la esfera reproductiva entendida como doméstica (31) y la esfera productiva (32) entendida como laboral fruto del ‘contrato sexual’ del modelo capitalista se complejizan apareciendo nuevas lógicas de dominación. Asistimos a la producción de cuerpos-máquinas masculinizados, en tanto son requeridos para producir plusvalía en el marco de relaciones de mercado, cuerpos sexuados en su relación con el empleo e imposibilitados para cuidar y autocuidarse desde relaciones sociales no mercantilizadas y cuerpos feminizados, etnizados y proletarizados que transitan entre el hogar y el mercado y necesarios en la producción de plusvalía como proveedores de cuidados.

La crisis de los cuidados emerge con la des-territorialización de la vida productiva y reproductiva en los cuerpos de las mujeres. La lógica de desigualdad de género en la reproducción social se mantiene en el nuevo contexto en tanto la feminidad sigue sujeta a la producción de beneficios para el mercado, tanto dentro como fuera del hogar mediante la desvalorización de los trabajos considerados femeninos. El trabajo de cuidados ocupará en lugar liminar en las relaciones de mercado al incorporar los significados del ‘hogar’, de ‘la casa’ (33), en la naturalización que entraña su cualidad de afecto o amor feminizado. No es casualidad que en una ley recientemente aprobada y presentada como el IV Pilar del estado de bienestar, la “Ley de dependencia”, se formalice un nuevo sector de trabajo precarizado, el ‘cuidador familiar’ o el ‘cuidador de dependientes’ -que como bien sabemos con toda probabilidad será cuidadora-,reapropiándose del trabajo de las llamadas ‘cuidadoras informales (34)‘, sin mejoras sustanciales en sus derechos y reconocimiento como trabajadoras y ciudadanas (35) y pasando las mujeres de esta forma, eso sí, de la invisibilidad a la hipervisibilidad, pero una vez más como objetos de discurso de las políticas públicas. Como nos recuerda Virginia Maquieira la presencia de las mujeres no siempre lleva aparejado un reconocimiento de su protagonismo, incluso en ocasiones el exceso discursivo puede constituir un medio de control y ejercicio del poder: “El problema de la invisibilidad de las mujeres y de otros grupos sometidos a una situación de mutismo es algo mucho más complejo que la mera constatación de su presencia en el discurso porque, como ha señalado S. Ardener, la visibilidad de las mujeres en determinados contextos comunicativos no necesariamente da la voz a las mujeres (1986)” (1997: 10).

Por otro lado, el capital internacional y los estados necesitan cuerpos disponibles a tiempo completo para maximizar sus beneficios en industrias como la del sexo, la construcción, la agricultura intensiva, el sector servicios o la naciente industria de los llamados ‘servicios de proximidad’, ahorrándose los costes sociales que implicaría atender el cuidado que las personas necesitamos para nuestra existencia dentro de un proyecto sostenible de humanidad a nivel planetario. El llamado biopoder (Foucault 1979) o política sobre los cuerpos, actuará desde la hipersexualización, etnicización y racialización en la industria del sexo, a la asexuación y des-etnicización o des-racialización (36) en el mercado de los cuidados domésticos. Si marcas sexuales y raciales son realzadas como valor en el campo de la sexualidad no reproductiva en el mercado del sexo, en el ámbito del servicio doméstico los deseos sexuales de las trabajadoras constituyen una amenaza y deben por tanto carecer de ellos, ser dulces y cariñosas pero reafirmando su cualidades maternales de servicio o sometimiento al otro, en definitiva no ser demasiado ‘diferentes culturalmente’ al imaginario de la ‘buena madre y esposa’ (37). De esta forma el modelo de feminidad a partir del que construimos las diferencias étnicas de las ‘otras’ bascula en la polaridad puta-madre, calle-casa o mala-buena mujer. Las relaciones laborales que tienen lugar dentro de la ‘casa’ -servicio doméstico, pero también por extensión ciertos trabajos en la agricultura que suponen una extensión de la ‘casa’ de quién emplea (38)-, se producen en un marco de relaciones (ma)paternalistas, de ‘intimidad o privacidad’ y de preservación moral en las que se imbrican representaciones étnicas y de género en la reproducción de ‘buenas mujeres’, sustitutas de las buenas ‘madresposas’ (39).

El mercado sexual y de cuidados en el que se emplea la mano de obra extranjera requerirá de cuerpos disponibles a tiempo completo para sustituir a las mujeres que han venido cuidando a sus parientes, para que a su vez ellas también puedan emplearse a tiempo completo. Llamadas telefónicas, cartas, chats, remesas, viajes de ida y vuelta, obsequios forman parte de las expresiones de cuidado hacia parientes y amigos de cuerpos sexuados y desplazados, mientras que la contratación a bajo coste de trabajadoras domésticas y de todo tipo de servicios de provisión de cuidados, afectos y sexo será el camino que tengan que seguir otros cuerpos sexuados para garantizar el cuidado y el autocuidado. En definitiva, el mercado capitalista continúa reafirmando las diferencias de género al no poderse permitir perder la “plusvalía genérica” (40), mediante dos procesos simultáneos: La desterritorialización de los cuerpos sexuados de un espacio doméstico, construido desde los significados de afecto y cuidado supuestamente al margen de las relaciones de mercado, para ponerlos a producir plusvalía; Y la mercantilización de atención a la vida diaria mediante procesos racialización, etnicización y proletarización. La imbricación de las desigualdades -género, etnicidad, extranjería- en las que se apoyan la lógica capitalista posfordista nos obliga por ello a repensar las construcciones genéricas desde las dicotomías doméstico/público y hogar/fábrica, en la medida en que el ámbito productivo coloniza el reproductivo. Como ha señalado Álvarez en su trabajo sobre mujeres migrantes procedentes de Rusia y Ucrania:

“En el capitalismo informacional y cognitivo, la producción radica en los flujos simbólicos (Marazzi 2003), donde se produce una apropiación y explotación de los saberes, deseos y subjetividades que generan beneficios no reconocidos. Se puede afirmar que en el presente, la vida social está puesta a producir, algo que observamos en la externalización del trabajo doméstico, donde la línea divisoria entre trabajo y no-trabajo es prácticamente inexistente, y las dimensiones comunicacionales son estratégicamente negadas y explotadas” (Álvarez 2008: 201).

Desde mi propuesta analítica plantearía el estudio de las desigualdades a partir del análisis de la producción de relaciones, ideologías y representaciones de género, edad, parentesco, sexualidad, raza o etnicidad en los diferentes contextos de reproducción social en donde la categoría inmigrante es tematizada -Escuela, trabajo, comunidad, instituciones políticas, religión, tecnologías y medios de comunicación, etc.- como forma de desnaturalizar las categorías sustancializadas de ‘mujer’, ‘familia’ ‘maternidad’, donde las mujeres de la supuesta cultura ‘X’ o ‘etnia X’ dejen de ser representadas como colectivo mudo, unitario y homogéneo, para observarlas como actoras sociales que “asumen, negocian redefinen, cuestionan y seleccionan los rasgos de diferenciación frente a otros grupos” (Maquieira 1998: 183). Todo ello tratando de ampliar la mirada a la totalidad del trabajo de reproducción social, restituyendo el lugar que ocuparía el trabajo de ‘atención de la vida diaria’ y reivindicando con Borneman “la prioridad de un proceso ontológico (cuidar y ser cuidado) como necesidad humana fundamental y derecho naciente del sistema internacional (1997: 17).

 


Notas

1. El alumnado a quién imparto docencia proviene en su mayor parte del área de antropología social y del campo profesional del Trabajo social, la Educación social, el Magisterio o la Psicología.

2. He sido invitada a impartir cursos sobre la materia en la Universidad Veracruzana en Xalapa, en la Universidad Nacional de México, en la Universidad de Buenos Aires y Comahue en Argentina y en la Universidad Politécnica de Nicaragua. Por lo que se refiere al Estado español en las Universidades de Barcelona, Lleida, Huelva, Cádiz, Almería, Sevilla, Córdoba, La Coruña, Vigo, Asturias, Navarra, Murcia, en la Universidad Autónoma de Madrid y en la Universidad del País Vasco.

3. En un trabajo anterior que preparé con ocasión de la VIII Jornada de Antropología ANKULEGI sobre el tema de Migraciones celebrada en abril de 2004, cuyo título fue “Migraciones internacionales y relaciones de género: De su construcción como objeto de estudio a su deconstrucción” apuntaba algunos de los caminos por los que iban discurriendo mis investigaciones en este campo en ese momento (Gregorio Gil 2004). Quiero agradecer a Teresa del Valle su invitación a estas jornadas y que me haya compartido sus sabias impresiones, lo que sin duda me ha procurado el ánimo que necesitaba para revisitar esta problemática de estudio.

4. Utilizo el término migración y no e-migración o in-migración con la intención de incluir el campo de estudios que analiza los procesos migratorios sin priorizar necesariamente el contexto en los países de llegada (inmigración) o en los países de origen (emigración). Me refiero por tanto, a los trabajos que se han centrado en las poblaciones inmigrantes en los contextos de recepción, en las sociedades de origen en relación con los problemas de desarrollo y cambio, así como a los que se proponen la incorporación de ambos contextos o disolución de los mismos desde la llamada perspectiva transnacional.

5. Se observa la producción de un corpus significativo de literatura sobre la materia en el ámbito nacional a finales de la década de los 90 y en el ámbito internacional a comienzos de los 80. Véase un estado de la cuestión en Gregorio Gil (2007).

6. Maquieira (1995:268-69) plantea la categoría ‘movimiento amplio de mujeres’ como nuevo espacio teórico y práctico, para referirse siguiendo a Vargas (1991:195) a un movimiento cuya presencia, junto con la de otros movimientos sociales, resquebraja viejos paradigmas de la acción política y de las ciencias sociales poniendo en cuestión la centralidad discursiva y política del sujeto unificado mujer.

7. Quiero agradecer la lectura y comentarios realizados a un primer borrador de este texto a Txemi Apaolaza, Maggi Bullen, Begoña Pecharromán, Carmen Díez, Herminia Gonzálvez, Maria Espinosa, Ana Alcazar, y Ana Rodriguez.

8. Véase Gregorio Gil (1996, 1997).

9. Para un análisis crítico de las propuestas desde el enfoque de género que en estos años derivaban de las teorías dominantes de las migraciones – dependencia, modernización y articulación – y de la ya emergente teoría transnacional, véase Gregorio Gil (1996, 1997, 1998).

10. Para un análisis crítico de los procesos de construcción cultural del ‘otro’ desde las instancias públicas que intervienen en asuntos migratorios véase Gregorio & Franzé (1999).

11. Ejemplos de ello ha sido el Servicio de Mediación Intercultural ofrecido por el Departamento de antropología social de la Universidad Autónoma de Madrid al Ayuntamiento de la capital, Madrid o los Cursos de Experto/a y Master en Mediación intercultural organizados por el Departamento de Antropología social de la Universidad de Granada junto con la Junta de Andalucía.

12. Yo misma como antropóloga social tuve la experiencia de dirigir en esos momentos -entre 1994-1997- en los que se comenzaban a plantear desde las instituciones públicas planes y proyectos de integración dirigidos a la población inmigrante, dos proyectos de intervención social para el Área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid: “La Oficina Comunitaria Intercultural (OCI). Proyecto de Intervención social con la población inmigrante de Aravaca-Moncloa” y “El Proyecto de prevención e inserción de menores hijos de inmigrantes y otras familias de los distritos de Centro y Arganzuela” y participar en el diseño de Plan de integración social para la población inmigrante en el Ayuntamiento de Parla desarrollando la “Investigación-acción con el colectivo de inmigrantes del Municipio de Parla”.

13. Me refiero al diálogo por el que ha venido configurándose la denominada corriente o crítica feminista en antropología social.

14. Incluye todos los trabajos relacionados con el cuidado de personas, limpieza y el servicio doméstico que habitualmente tienen lugar dentro del domicilio por los que se percibe un salario.

15. En la investigación “Desigualdades en el contexto de la globalización: Cuidados, afectos y sexualidad” financiada por el Plan Nacional de Investigación, Desarrollo e Innovación tecnológica de la Secretaria de Estado de Universidades e Investigación recientemente concluida hemos tratado de interrogarnos acerca de la separación establecida entre el trabajo doméstico y el sexual que realizan las mujeres, a partir de diferentes contribuciones teóricas y etnográficas que tratan de contextualizar las razones de su demarcación, invisibilización y negación al tiempo que mostrar la continuidad desde el eje de la reproducción social de los cuidados, en sus dimensiones relacionales, simbólicas, emocionales y subjetivas. Véase el informe final de investigación (Gregorio Gil 2009).

16. Tratando de despojarme de cualquier clase de narcisismo académico, la genealogía que trazo me obliga a hacer un ejercicio autorreferencial.

17. Exceptuando diferentes trabajos como los de Annie PHIZACKLEA & Robert MILES: Labour and Racism. London, Routledge& Kegan Paul, 1980 y Annie PHIZACKLEA: One Way Tiket. Migration and Female Labour, London, Routledge & Kegan Paul, 1983, que desde perspectivas marxistas feministas han resaltado no sólo los beneficios que reporta al sistema capitalista internacional la mano de obra femenina extranjera, sino identificado los mecanismos de “producción” de trabajos específicos para ser ocupados por mujeres inmigrantes racializadas.

18. Implica configurar el objeto y contexto de estudio a partir de las demarcaciones del territorio nacional, bien de forma unitaria, el contexto de llegada de la población migrante (nación o país destino) o de forma binaria (nación de origen y destino), problema epistemológico que la ‘perspectiva transnacional’ ha convertido en una de sus señas de identidad. Desde los años 1980 la antropología social ha venido encarando el problema de la des-territorialización de los sujetos y con ello la necesidad de plantear marcos conceptuales, metodologías y técnicas de investigación que posibiliten aprehender, representar e interpretar estas realidades, por lo que considero que no deberíamos perder de vista el preguntarnos sobre el objetivo teórico-político que estaría detrás del surgimiento de este nuevo concepto en la teoría sobre migraciones.

19. Debo a Txemi Apaolaza el que traiga aquí el trabajo de Badinter.

20. Madres, suegras, hermanas, otras parientes y las denominadas despectivamente ‘chopas’, a las que se remunera su trabajo doméstico o intercambia por bienes de subsistencia -cobijo, alimentación, vestido-, conformarían eslabones de la cadena de reproducción social de las migrantes trabajadoras en el servicio doméstico y de los hogares de clase media en Madrid (Gregorio Gil 1996, 1998).

21. Para una crítica acerca de cómo el conocimiento antropológico ha reducido el estudio de las formas de cuidar y ser cuidado véase Bonerman (1997).

22. Entre otros véanse los trabajos de Parella (2007), Pedone (2006), Golaños et al, (2008), Suarez (2004).

23. Las autoras en su propuesta de entender ciertas dinámicas sociales como locus heurísticos se inspiran en Alain Tarrius (1989) para quién “los fenómenos y comportamientos microsociales tienen un valor heurístico y anticipatorio de las transformaciones que actúan en el cuerpo social” (2005:120).

24. Una buena revisión de esta literatura al respecto se incluye en el trabajo de Nancy Sheper-Hughes (1997), constituyéndose además en una excelente etnografía para plantearnos el cuestionamiento del tan naturalizado y moralmente incuestionable ‘instinto maternal’.

25. Para este asunto véase el trabajo de Sarasúa (1994) en el que diferencia a los sirvientes hombres, entre los que estarían los mayordomos, con funciones que incluyen la gestión económica de la casa y a los que están subordinados los/as otros/as criados/as, y las sirvientas mujeres, donde estarían las camareras, que son las criadas de confianza de las señoras, que ayudan a éstas en el cuidado de su aspecto físico.

26. La autora en esta dirección ha centrado su investigación con mujeres inmigrantes en aquellas actividades en las que las mujeres son minoritarias -comercio y empresariado artesanal-. Véase Provensal y Miquel (2005).

27. Véase el apartado del libro “las que saben” de Dolores Juliano dedicado a este asunto (1998:99-102). Por lo que se refiere a la crítica de cómo la teoría antropológica ha transferido modelos de feminidad occidentales a la hora de llevar a cabo interpretaciones de las ‘otras sociedades’, de las ‘otras’ mujeres, existen multitud de trabajos, véase por ejemplo los compilados en Harris & Young (1979) en la década de la naciente antropología feminista, entonces ‘Antropología de la mujer’, para trabajos más recientes véase los citados en Gregorio (2002).

28. Ver el apartado especial “la crisis de los cuidados” del Periódico Diagonal, 3 al 16 de marzo de 2005, pp:12-13 y los trabajos de precarias a la deriva en la web de Eskalera karakola http://www.sindominio.net/karakola/

29. Como es bien sabido la industria del sexo constituye uno de los negocios más lucrativos a nivel internacional.

30. Cuestiones que ya comienzan a ser objeto de ensayos filosóficos, véase por ejemplo “Amor líquido” de Zygmunt Bauman o periodísticos como “Sexo global” de Dennis Altman.

31. Esfera de la reproducción de relaciones centradas en la provisión del bienestar material, social, afectivo, sexual dentro del ‘hogar’ y espacio femenino por excelencia.

32. Esfera de la reproducción de las relaciones insertas en la lógica del mercado fuera del ‘hogar’, centro de la vida política y masculina por excelencia.

33. Para ver los significados de la “casa” como manifestación del universo sexuado ver Alvarez (2007).

34. Las mujeres que en el marco de las obligaciones y deberes prescritos por el parentesco dedican gran parte de su tiempo al cuidado de sus familiares.

35. Para una crítica a la Ley ver CGT (2006).

36. Me refiero al proceso de asignación y reasignación de características consideras valiosas para el desempeño del trabajo que se hacen derivar de un supuesto origen ‘etnonacional’, ‘etnoracial’ o ‘etnolingüístico’.

37. Ver entre otros los trabajos etnográficos que muestran estas construcciones culturales Gregorio, Alcazar & Huete (2003), Martín & Sabuco (2006), Reigada (2007).

38. Me refiero al empleo en la agricultura generalmente de temporada cuyo contrato incluye la provisión de vivienda y manutención por parte del empleador.

39. Para el análisis de los significados que toma el trabajo en el hogar ‘en casa de familia’ como garante de la moral sexual del las mujeres véase el trabajo de Gregorio Gil (2007).

40. Anna Jónasdóttir utiliza el concepto de ‘plusvalía de dignidad genérica’ para referirse a las raíces profundas del ‘impuesto reproductivo’ que han de pagar las mujeres como cuidadoras y domésticas. La autora plantea que los varones en las relaciones familiares se apropian de los poderes de cuidado y amor de las mujeres sin devolver equitativamente aquello que han recibido, explotación que les dejaría incapacitadas para reconstruir sus reservas emocionales y sus posibilidades de autoestima y autoridad (Jonasdottir 1993:128 en Cobo 2005:288). Aunque no estaría de acuerdo con el lugar que otorga a los varones como principales beneficiarios y del lugar en el que quedarían las mujeres después de ser ‘explotadas’, hablar de plusvalía genérica me parece adecuado para referirnos al trabajo sexuado de cuidado y amor, trabajo intangible, pero generador de plusvalía en un contexto de mercado capitalista.

 


 

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Gazeta de Antropología