Gazeta de Antropología, 2009, 25 (1), artículo 18 · http://hdl.handle.net/10481/6861 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 29 enero 2009    |    Aceptado 24 abril 2009    |    Publicado 2009-05
Comprender el 11 de Septiembre. ¿Y su impacto en el turismo?
Understanding September 11: Its impact on tourism?



RESUMEN
El 11 de Septiembre de 2001, el mundo se paralizó cuando tres aviones tripulados con pasajeros a bordo estallaron contra el WTC y el Pentágono. El impacto del tal evento fue tal, que pronto y por varios días se vieron interrumpidos todos los vuelos. En ese contexto, el siguiente artículo pretende ser una síntesis útil para futuros abordajes, tanto de los trabajos en un nivel macro como micro-sociológico con respecto a las causas y consecuencias del 11 de Septiembre que ayude a los investigadores a comprender el fenómeno de forma integral.

ABSTRACT
Undoubtedly, on September 11, 2001 the world stopped when three airplanes carrying civilian passengers crashed against World Trade Center and the Pentagon. This event promptly interrupted all domestic and international flights for some time. Under that context, the present article is aimed at summarizing critically the limitations and contributions that researchers have made in this matter not only from a macro- but also from a micro-sociological perspective, for which the causes and consequences remain unstudied.

PALABRAS CLAVE
11 de Septiembre | terrorismo | geopolítica internacional | temor | turismo
KEYWORDS
September 11 | terrorism | international politics | fear | tourism


Introducción

Básicamente, escribe el periodista Ashmed Rashid: “El 11 de Septiembre de 2001, el mundo dejó de ser el mismo cuando Afganistán se mostró ante él de una manera brutal y trágica. Los diecinueve terroristas suicidas que secuestraron cuatro aviones, y luego se lanzaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Nueva York, y contra el Pentágono, en Washington, pertenecían a la organización Al Qaeda, dirigida por Osama Bin Laden … su objetivo era golpear tres cosas a la ves: el mundo heredero de la guerra fría, el punto neurálgico de la globalización y los supuestos esfuerzos por hacer de la tierra un lugar más seguro y mejor” (Rashid 2002: 13).

Minutos luego del suceso, en una trágica analogía a los grandes eventos deportivos a nivel mundial, las personas en todo el mundo se predispusieron a conseguir un televisor que asegurara la mejor imagen y perspectiva sobre atentado una y otra vez. El estado general emocional era de estupor, asombro e incredulidad. Dentro de ese contexto, y en los albores de un nuevo milenio, pronto los casos de pánico y miedo, asociados a ideas místicas se propagaron por doquier tanto dentro como fuera de los Estados Unidos.

Un interesante artículo del New York Timespublicado en 2007 y titulado “For Fear of Flying, Therapy takes to the skies”, confirmaba que la fobia a los aviones luego del 11 de Septiembre cambió de forma sutil, con encuestas llevadas a cabos inmediatamente después del evento, mostraron un pico de casos con pánico o fobia a viajar en aviób (1). Pero ¿como definir un acto “terrorista? Según definiciones sobre lo que se considera “terrorismo” tenemos que, “el ilegitimo uso de la fuerza o la violencia contra personas o propiedades para intimidar y coaccionar al Gobierno, a la población civil, o cualquier segmento en fomento de cualquier objetivo social” (Goldblatt y Hu 2005: 142).

En este contexto, el siguiente artículo pretende ser una síntesis útil para futuros abordajes, tanto de los trabajos en un nivel macro como micro-sociológico con respecto a las causas y consecuencias del 11 de Septiembre que ayude a los investigadores a comprender el fenómeno de forma integral. Si bien el código ético mundial para el turismo se refiere al tema de la protección, seguridad y estado indefensión del turista, no todo riesgo tiene la posibilidad de ser evadido; en ocasiones, es el mismo riesgo el que atrae como en el caso de los deportes extremos.

En lo particular, la literatura existente sobre el tema se encuentra altamente fragmentada tanto disciplinar como conceptualmente, con errores metodológicos y teóricos serios en relación a una confusión entre riesgo, temor y pánico como también los verdaderos alcances materiales y psicológicos de tal evento. Por ese motivo, el siguiente trabajo se divide en dos fases, en la primera analizaremos filosóficamente las raíces del temor, la inseguridad y el riesgo, para en una segunda etapa revisar minuciosamente los trabajos previos en materia de seguridad turística y elección de destinos como así también las causas y consecuencias del ataque al WTC. Nuestro interés es proveer al lector un estado del arte sobre esta temática que permita ser usado en abordajes de tipo empírico. La premisa es comprender el 11 de Septiembre.

 

El origen del miedo

La proximidad del riesgo con respecto al sujeto determina la percepción de una amenaza y la posterior reacción la cual puede ser de enfrentamiento o huida. A diferencia del miedo el cual permite articular mecanismos de huida ante determinada amenaza, el terror se opone a ellas paralizando al sujeto. “Estas medidas de impedimento” (rituales) buscan destruir el suspenso y el peligro actuando de una manera imaginaria o simbólica cuya función es manipular la amenaza en un dato manejable y esperable; por ejemplo los amuletos de la suerte. Sin embargo, aún luego de orquestados estos mecanismos regulatorios el miedo puede resultar acechante. En otros casos, la huida puede ser sustituida por una intención imaginariamente construida sobre un potencial peligro. En resumen, si el riesgo habla de una amenaza real o potencial, el miedo es su elaboración simbólico-emocional. Cuando esta elaboración se hace extrema (terror) el individuo pierde su defensa implicando su propio aniquilamiento. En la mayoría de los casos riesgo y miedo van unidos de la mano como ha demostrado la psicología experimental, aunque sólo a veces éstos se transforman en terror.

Finalmente, si bien el miedo remite o sugiere cierta interacción de entes con una igual condición ontológica -o iguales en la imaginación-, el peligro el cual genera la aparición del temor en donde uno de los seres involucrados detenta mayor poder que la otra parte. Así, la otredad construida por el temor no es ubicable en condiciones normales sino extrañas y misteriosas. El ejemplo más claro es la relación entre Dios y los creyentes aun cuando aplica también en otras manifestaciones; en otras palabras si el miedo genera huida el temor implica una posibilidad de libertad en la creación de un lazo duradero con el otro temido fundando una normatividad específica y aplicable a tal relación (Saurí 1986: 21).

Ahora bien, mientras el miedo puede ser condicionado por acción del imaginario (o por lo menos controlado) no exista tal oportunidad para el temor el cual cualquier medida de impedimento es nula. El proceso de normalidad fijado por el miedo delimita un campo en donde la personalización esta protegida de toda destrucción por medio de un vínculo con un “otro absoluto”, más fuerte y poderoso. Fuera de este espacio construido, se encuentra el peligro y la amenaza (Saurí 1986: 23). Es posible que la relación entre el sujeto y el “otro absoluto” quede vinculada por la acción de lo tremendo como categoría destinada a enfatizar esa desigualdad política. El punto central es que lo tremendo crea una dependencia casi absoluta entre el sujeto y el otro inmanente.

En esta instancia, las categorías mencionadas se disocian del terror por cuanto establecen una oscilación entre lo concreto y lo totalmente desconocido. En ese contexto, el peligro no es ni religado y ritualizado (como en los casos anteriores) sino queda en suspenso de toda denominación posible y específica. Si tememos a lo posible, tenemos terror de lo imposible, y así la propia incapacidad de sentir la seguridad de nombrar y representar algo. En sí, el terror trae consigo una incongruencia de tipo lógico-racional por cuanto se remite a una ordenación sólo tenida en cuenta para ser transgredida. En este caso, no existe hábito sino solamente huida, fuga y el sujeto se encuentra constantemente en retirada. Al igual que lo siniestro, el terror tiene como función la despersonalización simbólica del sujeto por parte de la no pertenencia y la destrucción del ámbito. Por lo tanto, queda destruida toda capacidad de encarar un proyecto y una relación. Dice al respecto Saurí: “lo siniestro, ambiguo, vacilante y arbitrario anula toda posibilidad de ser encuadrado. Pero además es imprevisible, por lo cual no cabe precaución; sobreviene, embarga la personalización y la arranca bruscamente así misma. No existe aquí la morosidad de la amenaza: no avisa, irrumpe inopinadamente como un rayo en un cielo sereno y la brusquedad garantiza el surgimiento de la injusta agresión requerida por la arbitrariedad (Saurí 1986: 31).

Asimismo, el miedo y el terror están presentes en casi las mayorías de las mitologías en los inicios del mundo, sin embargo es la greco-romana la que mejor lo simboliza en el acto mismo de creación, principio de castración de Urano, y la culpa sobre el crimen cometido de Cronos contra su padre. En este punto, el profesor Jean-Marie Vernant es más que ilustrativo cuando -con respecto al nacimiento del mundo griego-afirma: “Al meditar sobre el desarrollo de esta historia, se puede pensar lo siguiente: para que exista un mundo diferenciado, con sus jerarquías y su organización, fue necesario un acto inicial de rebeldía, el de Cronos al castrar a Urano. En ese momento, Urano lanzó una maldición contra sus hijos, una imprecación que los amenazó con una culpa a pagar, un tisis. Contrariado así el curso del tiempo, aparecen el mal y la venganza, las Erinias que obligan a expiar las culpas, las Ceres. Las gotas de sangre caídas del miembro cercenado de Urano han engendrado las fuerzas de la violencia en toda la extensión del mundo” (Vernant 2005: 50). Pero las cosas no parecen tan simples, en realidad existe una ambigüedad manifiesta en las fuerzas cósmicas: la concordia y la violencia no sólo coexisten sino son parte misma de los dioses. Y así, continúa nuestro autor: “Caos engendró la noche y ésta engendró a las fuerzas del mal. Esas fuerzas son ante todo la Muerte, las Parcas, las Ceres; el homicidio, la matanza, la carnicería. Son también los males: desdicha, hambre, fatiga y vejez…Todas estas especies de mujeres negras se precipitan sobre el universo, y en lugar de un espacio armonioso, hacen del mundo un lugar de terrores, crímenes, venganza y falsedad” (Vernant 2005: 50).

Si analizamos exegéticamente el texto precedente, obtenemos tres elementos diferenciados, conflicto – culpa – miedo. En parte la misma dinámica ha sido tomada por el psicoanálisis de cuyas contribuciones nos ocuparemos más adelante, lo cierto parece ser que nuestros temores según ésta idea son producto de nuestras propias faltas y culpas derivadas. En tanto que, el constante sentimiento de inseguridad en los pueblos occidentales (y sobre todo dentro de territorio estadounidense) obedece a culpas no asumidas en el pasado, como por ejemplo el bombardeo atómico a Hiroshima y Nagasaki en 1945. En este contexto, el temor a un atentado químico o nuclear cuya obsesión parece apoderarse de la mentalidad americana no es otra cosa que las propias culpas reprimidas o no asumidas -como bien ha estudiado el existencialismo alemán- (Freud 1998; Kierkegaard 2003, 2005, 2006; Korstanje 2009). Aunque de forma polémica, ello explicaría porque a pesar de haber experimentado atentados en sus capitales tanto en España como en el Reino Unido, Egipto o Bali al igual que la Argentina y otros países del mundo, el tema se ha mantenido sin desembocar en una actitud generalizada y paranoica como en los Estados Unidos. No obstante, el miedo no solamente crea y estructura sino que como veremos a continuación es la base de la propia fuerza política y se mantiene latente para construir lo externo en la sociedad.

Sin embargo, sostener una tesis de tal envergadura parece algo complicado si se analiza el problema más en detalle; tanto Reino Unido como España (a diferencia de Estados Unidos) se alinean en su “guerra contra el terrorismo” tras una larga experiencia en tema de atentados, los primeros con IRA, los segundos con ETA e incluso Argentina y Latino-América en la fase 1975-1982 (ya sea de Estado o civil). Por lo tanto, no parece ser el concepto de culpa (no expiada) una razón valedera para justificar la propagación del terror o mejor dicho su escasa tolerancia, sino el lapso en que cada una de estas sociedades se ha sometido a una experiencia similar. La larga paz que gozaron los estadounidenses dentro de su territorio desde el 70 hasta nuestros días, se vio interrumpida por la tragedia del WTC, sin embargo su impacto se triplicó precisamente por ese estadio previo de estabilidad (2). Si suponemos como Hobbes que todo hombre posee una irreconciliable tensión entre la vanidad y el temor, entonces consideramos oportuno -pero no suficientes- sus contribuciones con respecto al Leviatán como mecanismo generador de orden. Pero ¿como definir conceptualmente al miedo en el otro?

 

La posición del otro

Dedicándole una sección al origen mitológico del temor en la cultura griega, es necesario relatar y analizar la narración que hace referencia a la construcción de la otredad, la hospitalidad y el rechazo como ejes discursivos del temor a lo no conocido. Cuenta Vernant que regresado Dionisio, hijo de Zeus y Sémele (un Dios algo difícil de encasillar relacionado al placer o al vino) a Tebas personificado como un sacerdote de su propio culto, es rechazado como extranjero y bárbaro por el Rey Penteo. Por medio de sus diferentes artimañas, Dionisio alborota la ciudad transformando el carácter de las mujeres de simples y pasivas esposas, a salvajes e insaciables seres que abandonan a sus hijos y a sus tareas en el hogar para dirigirse a los campos. Penteo manda a encerrar dos veces al dios quien con sus trucos logra finalmente liberarse, e invita socarronamente a Penteo como observador escondido en un pino, es descubierto por las bacantes y por Agáve su propia madre quienes estaban en un culto orgiástico desenfrenadas y entregadas al deseo de todos los excesos. Las bacantes presas de una ira furiosa por haber sido descubiertas, despedazan vivo a Penteo y le entregan la cabeza a su madre quien orgullosa la muestra como trofeo, pasado el efecto narcotizante y vuelta en sí, Agáve da cuentas del horror, de haber sido participe en el asesinato de su propio hijo (Vernant 2005: 152-157).

He aquí varias interpretaciones, es cierto que Penteo representa al hombre griego en una de sus características más representativas, la capacidad de razonar (logos), mantenerse a raya de cometer cualquier acción indigna, ni ser presa de sus pasiones a la vez que dirige su desprecio hacia las mujeres como portadoras de la pasión (pathos). Incluso, Penteo desprecia al sacerdote en forma simbólica como los griegos despreciaban a todo lo que no era griego (etnocentrismo) y le niega de sí la hospitalidad. Tras su necesidad de mantener el orden jerárquico, Penteo cierra la llave de la hospitalidad del hogar donde se encuentra la mujer (Vernant, 2005: 155-156). En este sentido, no es extraño como viera Friedrich Nietzsche el origen de lo trágico como la confluencia entre el logos y el pathos, una suerte de intento de dominación de la razón por sobre la fuerza de la vida, sobre lo emocional. Para el filósofo alemán, es inútil subsumir el pathos al logos, la vida trasciende en forma horrorosa e implacable como Dionisio lo hizo con Penteo (Nietzsche 2006). Todo lo que hay de terrorífico en el hombre, es el propio intento de hacer humano lo salvaje.

Sin embargo, la interpretación nietzcheana no puede explicar el lugar el otro en la constitución de la propia identidad, es decir el rechazo como forma de muerte. En este sentido, Jean-Pierre Vernant estudia el mito en cuestión como “la pérdida de la identidad”. En efecto, el drama es provocado no por el estado natural de las bacantes sino por la propia incomprensión de Penteo quien niega el vínculo entre lo extranjero y Tebas. Así, escribe Vernant: “Penteo sufre una muerte espantosa: el civilizado, siempre dueño de sí, que cede a la fascinación de lo que pensaba que era el otro y lo condenaba, es desgarrado vivo como un animal salvaje. El horror se proyecta en el rostro de quien no ha sabido hacerle lugar al otro” (Vernant 2005: 161).

Finalmente, el culto a Dionisio (Baco) quedará por siempre en Tebas como recuerdo de la identidad perdida. En resumen y según lo expuesto, el temor y más aún el error actúan en conjunción con la negación del extranjero, del otro diferente, a cuanto más diferente y más negado, mayor es el miedo. Sin embargo, ello no resuelve la posición del miedo en la vida de los hombres; es decir, Penteo reniega de lo extraño por miedo, a la vez que da origen a lo trágico, lo horroroso en sí mismo. Empero, el miedo parece ser interno a la propia comunidad y despierta en situaciones específicas. Si esto es así, entonces deberíamos unir un puente conceptual que focalice en como actúa el miedo dentro de las mismas sociedades en las que se encuentra alojado (como un huésped).

Un interesante artículo de E. L. Quarantelli sugiere la posibilidad de que el pánico no sea necesariamente una cuestión irracional, ni mucho menos disolutiva. Según el autor, el pánico se mantiene en las sociedades como un agente capaz de lograr el orden en momentos de natural desorden. Siguiendo la idea durkheimiana sobre el crimen, Quarantelli asume que el pánico no es ajeno a la sociedad, sino parte constituyente de la misma para mantenerse unida. Los lazos sociales se mantienen inquebrantables gracias al efecto generado por el pánico y el temor (Quarantelli 2001).

Acorde a las observaciones anteriores, otro autor R. Connell sugiere que en momentos de crisis no existe una ruptura de roles, ni de normas aun cuando el concepto de lo que está bien y mal se transforma contextualmente. Por ejemplo, durante el rescate en WTC un grupo de bomberos rompió una maquina expendedora de bebidas para repartir entre los sobrevivientes, en ese contexto de heroísmo esa acción (desviada) era aceptable. Según el autor los momentos de crisis comprenden un tiempo de incertidumbre, seguido e una reevaluación normativa, un liderazgo y una toma de decisiones orientada a escapar o quedarse en el lugar a la espera de un auxilio exterior (Connell 2001). A estas observaciones, agregaríamos -luego de elaborado el duelo por la catástrofe- sobreviene un sentimiento de temor por el cual es necesario efectuar un proceso ritual en aras de prevenir su repetición; lo que duele no es la pérdida sino la posibilidad de volver a perder. Cuando ello atormenta el alma, es necesario expresar la culpa hacia un objeto externo dando origen el principio religioso de la sacralización de los muertos; a grandes rasgos todo parece indicar que el temor es un fenómeno postraumático o un vinculante situacional con aquello que no viven la tragedia sino que observan (Korstanje 2007).

En esa línea de razonamiento, los medios masivos de comunicación juegan un rol importantísimo tanto en la minimización como la exacerbación del evento y su transmisión a los espectadores. M. Hall argumenta que la percepción creada por los medios ya sea en el 11-09 o el brote de SARS no reflejaba los peligros reales del suceso, sino una elaboración e interpretación simbólica específica sobre la opinión pública. Así, es necesario estudiar los efectos de la Agenda-Setting en temas turísticos y de seguridad. Por el contrario, como veremos a en otra sección no necesariamente una transmisión de imagen negativa impacta en los televidentes. Otras variables como los lazos familiares pueden anular (parcialmente) el potencial riesgo (Yuan 2005). Por otro lado, Hall identifica cinco fases en el tratamiento de las noticias: a) un estadio en el cual el problema comienza a definirse, b) una euforia alarmista invade a los televidentes, c) se analizan los costos de una política de Estado sobre la solución al problema, d) declina el interés de la opinión pública sobre el problema, y e) sobreviene un estadio posterior al cual el autor llama “post-problem stage” (Hall 2003). De esta manera, la cobertura del WTC siguió las cinco fases por lo que el autor sugiere es poco probable un estado eufórico de crisis se mantenga en el tiempo. A medida que las autoridades toman cartas en el asunto, la percepción del riesgo tendería a disminuir (Hall 2002).

 

La estructura básica del miedo en Thomas Hobbes

“La sacralidad del poder se afirma así mismo en las relaciones que unen al sujeto con el soberano: una veneración o una sumisión total que la razón no justifica, un temor a la desobediencia que tiene el carácter de una transgresión sacrílega” (Balandier 2005: 179). En cierta forma, el temor a la autoridad no sólo encuentra su origen en la autoridad misma, sino en el miedo al caos que implica su ausencia. Uno de los primeros pensadores en relacionar el temor, el principio de conservación con la organización política fue Thomas Hobbes.

El filósofo británico considera que la naturaleza ha hecho a los hombres iguales en sus facultades físicas y de espíritu; así “de esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos…y en el camino que conduce al fin (que es principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De ahí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre” (Hobbes, I, Del hombre, XVIII: 101).

Inicialmente, Hobbes plantea un tema de debate que no había sido planteado hasta antes de su intervención; una naturaleza dual en el sujeto por el cual por un lado, desea los bienes del próximo a la vez que teme ser otro lo despoje de los propios. Para ello, básicamente los hombres confieren por medio de un pacto de común acuerdo el uso de la fuerza a un tercero que es el Leviatán. El motivo, es claro a grandes rasgos, evitar la “guerra de todos contra todos” y establecer un estadio civil que garantice cierta estabilidad. De esta misma forma, dice el autor: “De esta ley de naturaleza, según la cual estamos obligados a transferir a otros aquellos derechos que, retenidos, perturbaban la paz de la humanidad, se deduce una tercera ley, a saber: que los hombres cumplan los pactos que han celebrado. Sin ello, los pactos son vanos, y no contienen sino palabras vacías, y subsistiendo el derecho de todos los hombres a todas las cosas, seguimos hallándonos en situación de guerra”. (Hobbes, I, Del hombre, XV: 118).

Esta transferencia de derechos que presupone el pacto sugiere la idea que los hombres -a diferencia del estado de naturaleza- no puedan acceder todos a lo mismo; el temor a que el otro rompa con su parte del tratado, se basa en el origen de la justicia por el cual el poder coercitivo del estado interviene. Sin él, los hombres retornarían todo el tiempo a su estado inicial de naturaleza. Asimismo, el miedo continúa por otros canales al ser en este aspecto, utilizado para la obediencia del hombre al servicio del Leviatán. Es decir, que la obediencia se funda en el temor a ser castigado en mayor cuantía al beneficio esperado por esa acción. Hobbes resuelve así el dilema propiedad – Estado – Justicia por la cual deduce que no existe Estado sin propiedad que proteger, a la vez que no existe la propiedad donde no hay justicia. Implícitamente, por lo tanto donde no existe el Leviatán nada es injusto.

“Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En efecto, cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del modo que él se valora a sí mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura naturalmente, en la medida en que puede atreverse a ello …arrancar una mayor estimación de sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás por ejemplo”. (Hobbes, I, Del hombre, XIII: 102).

En este sentido, obtenemos tres causas que explican la naturaleza discordante y conflictiva del hombre en estado natural: a) la competencia, por la cual los hombres se impulsan a atacarse para obtener algún beneficio; en segundo lugar, la desconfianza cuya función se encuentra vinculada a lograr una seguridad interna y por último, la gloria cuya dinámica estima reputación y honor (ser reconocido frente a los demás). Pero en condiciones de constante conflicto, los hombres corren grandes riesgos de perder la vida y con ella la posibilidad de ser estimados dando como origen la necesidad de convenir la paz y gozar de sus beneficios.

El Estado tiene como causa final, el cuidado de sus miembros y el “logro de una vida más armónica” promoviendo el deseo de abandonar la condición de guerra constante por medio de la imposición del temor al castigo. En efecto, si un poder superior a todos los hombres en fuerza no se fijara por encima de todos ellos, éstos se vincularían sólo por la voluntad de poseer lo que tiene el vecino. La confianza es proporcional al temor que tenemos de ser expropiados, expoliados, asesinados por otros semejantes. Pero ese temor, no es un horror generalizado ni un estado de pánico sino sólo un temor regulante y regulado que genera obediencia.

Este mismo análisis se puede observar en John Locke para quien los hombres deben renunciar al estado de naturaleza por la inseguridad que implica ser invadidos, o despojados de sus propiedades. Al efecto que, dice el autor: “Si el hombre en estado de naturaleza fuera tan libre como se ha dicho, si fuera amo absoluto de su propia persona y posesiones, igual al más grande y súbdito de nadie, ¿Por qué renunciaría a su libertad y su imperio, y se sometería al dominio y el control del otro poder? A esto la respuesta es obvia, aunque en el estado naturaleza un hombre tiene semejante derecho, su posibilidad de disfrutarlo es muy incierta y está constantemente expuesta a la invasión de otros, pues al ser todos los hombres tan reyes como él, todo individuo su igual,…lleva a querer dejar una condición que, por libre que sea, está llena de temores y peligros continuos”. (Locke, IX, v. 123: 92). De esta forma, el pasaje del estado natural al civil se explica por medio de la noción de propiedad. Según el filósofo esto se debe a las propias limitaciones de la ley natural por cuanto que:

1. No puede establecer un criterio común para dirimir todos los problemas entre los hombres por tanto que su obligatoriedad puede ser cuestionada.
2. El estado natural no puede proveer un juez que haga respetar la ley establecida.
3. Cuando la sentencia es justa, no existe poder alguno que la haga respetar.

Y entonces, la humanidad a pesar de todos los beneficios que implica un estado de libertad tal como lo es el natural, sacrifica esa libertad por uno que otorgue mayor seguridad y estabilidad para desarrollar el trabajo y el apego a la propiedad. Por otro lado para Locke al igual que para Hobbes, los hombres no sólo garantizan su protección uniéndose a otros hombres, sino también sometiéndose a la autoridad de un poder civil.

En resumidas, cuentas hemos intentado brevemente sumariar la postura de Hobbes con respecto al miedo en su obra póstuma el Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil; y como por medio de la manipulación de este sentimiento los hombres convienen coexistir en paz y armonía sujetos a la autoridad de un Estado administrador. En este sentido, la tesis hobbesiana no sólo ha sido sometida al más detallado escrutinio por los pensadores modernos, sino que además se ha oscurecido el sentido de las contribuciones originales del autor según la perspectiva de cada uno de los intelectuales intervinientes. El temor es el eje estructurante de todo aparato político, pero éste no desaparece cuando se forma el Estado sino que permanece latente como cohesionante del mismo. Luego de esta sucinta introducción sobre el papel del temor en la estructuración hegemónica, es necesario analizar las causas y efectos del 11 de septiembre de 2001 y su impacto psico-sociológico a nivel mundial.

 

El estadio de la inseguridad

Paradójicamente, las sociedades modernas equipadas con todo tipo de bienes materiales y protecciones, son aquellas en donde el sentimiento de inseguridad no sólo que es moneda corriente sino que atraviesa todos los estratos sociales. Esta paradoja, lleva a R. Castel a plantear una hipótesis por demás interesante; la inseguridad moderna no sería la ausencia de protecciones o medios sino todo lo contrario, una obsesiva manía vinculada a la búsqueda incesante de seguridad en un mundo social interrelacionado. Esa propia búsqueda frenética en sí es la que genera el constante sentimiento de inseguridad.

En este sentido, no toda sensación sobre la inseguridad es proporcional a un peligro real, sino mas bien el desfase entre una expectativa desmedida y los medios proporcionados para poner en funcionamiento la protección; en otros términos estar protegido -sugiere el autor-implica estar amenazado; a medida que las sociedad va alcanzando nuevas metas en la materia, otras nuevas surgen dando origen a riesgos que no habían sido tenidos en cuenta plasmado en una especie de aversión colectiva al riesgo.

Luego de su clara presentación del problema, en el primer capítulo Castel analiza comparativamente el rol interno de los grupos que conformaban en la edad media a los entramados sociales con las sociedades modernas. En el pasado, la seguridad estaba circunscripta a una protección por proximidad es decir entre redes asociadas con un fuerte grado de cohesión y dependencia; su fin último evitar una agresión o amenaza externa. Las sociedades construidas en base a un sistema de producción industrial como ha afirmado Hobbes se constituyen para evitar la “guerra de todos contra todos” en una sociedad civil, cuyos resortes continúan siendo manejados por la manipulación del miedo y la seguridad.

El autor en este punto citando a John Locke, explica: “Dado que el individuo ya no está tomado en las redes tradicionales de dependencia y de protección, lo que lo protege es la propiedad. La propiedad es la base de recursos a partir de la cual un individuo puede existir por sí mismo y no depender de un amo o de la caridad del prójimo. Es la propiedad la que garantiza la seguridad frente a las contingencias de la existencia, la enfermedad, el accidente, la miseria de quien no puede seguir trabajando” (Castel 2006: 23). La propiedad es en el génesis de la modernidad, el requisito clave pues asegura un canal para independencia y la emancipación liberal del sujeto; hecho que a su vez los asegura contras todas las inclemencias de la subsistencia.

En detrimento del vínculo social, el ciudadano propietario puede y tiene a su disposición todos los recursos legales del Estado moderno para protegerse así mismo. Y claro, como sólo la seguridad puede ser total en Estados absolutos -mérito hobbesiano-; en la mayoría de los casos estas estructuras no pueden regular en una dimensión total los comportamientos e interacciones individuales. Paradójicamente, un estado de este tipo transgrede los pilares básicos de la sociedad liberal de mercado moderna creando indirectamente una sensación de inseguridad. En su vulnerabilidad, el ciudadano recurre excesivamente a la protección del Estado y este a su vez se complejiza burocratizando sus procedimientos; hecho que resulta de una ambigüedad aún mayor y a vez mayor demanda. Como si advierte Hobbes, la seguridad total viene acompañada de la total falta de garantías y libertades. La constante frustración que sienten los individuos en cuanto a este creciente sentimiento de “estar protegidos” y las carencias de un Estado cada vez menos omnipresente, sugieren la idea de una economía del miedo o mejor dicho una economía de la protección como acertadamente ha sugerido Castel.

Los capítulos subsiguientes del libro serán de capital interés desde el momento en que cuestionan precisamente la necesidad de valoración material e individual por sobre los derechos colectivos. Más específicamente, como el sentido de propiedad afecta, moldea y condiciona el de estatus social. No tener trabajo, caer en la enfermedad no sólo representan para el sujeto una desgracia personal, sino además un retroceso en su estatus por cuanto no puede valerse por sus propios medios. La inseguridad social en aquellos que no tienen accesos a los niveles básicos de materialidad es constante, y hace sus existencias una lucha constantes por la supervivencia. En este sentido y a diferencia de la tesis hobbesiana, la precariedad alude a un Estado que no garantiza la coexistencia de todos sus miembros. Evidentemente, un rastreo historiográfico de los avances en materia salarial, jubilatoria y asistencial muestran una mayor protección del Estado en cuanto a muchos-aunque no a todos- ciudadanos. No obstante, por dos causas principales hoy día la eficacia del Estado está sometida a debate.

En principio, el crecimiento en la productividad económica desde 1953 a 1970 ha generado un alza en el consumo y los ingresos. Este hecho no sólo generó menor desigualdad entre las clases sociales sino además generó lo que Castel llama “principio de satisfacción diferida” referida a la posibilidad o esperanza de vivir en un futuro mejor al presente a la vez que toda privación es entendida como provisional. Al respecto, el autor señala: “Esta capacidad de dominar el porvenir me parece esencial en una perspectiva de lucha contra la inseguridad social. Funciona mientras el desarrollo de la sociedad salarial parece inscribirse en una trayectoria ascendente que maximiza el stock de recursos comunes y refuerza el papel del Estado como regulador de esas transformaciones” (Castel 2006: 49).

El segundo punto se estructura por medio de la pertenencia colectiva al grupo que ha logrado esos derechos, como por ejemplo asociaciones, sindicatos, grupos políticos de presión etc. En este sentido, el empleado queda en inferioridad de condiciones con respecto al empleador precisamente porque la fuerza colectiva lo ha despojado de casi todas sus pertenencias. A diferencia del empresario que no sólo no pertenece a ningún gremio sino que además posee un nivel patrimonial superior, el empleado o trabajador queda sujeto a negociaciones que lo exceden por doquier. Como sea el caso, el ciudadano queda protegido por el colectivo que lo envuelve. Las negociaciones en bloque, y la creciente economía de mercado han debilitado al Estado Moderno confinándolo a una mera función de asistencia residual. Esta idea de descolectivización de la situación colectiva encierra una nueva paradoja o dilema por el cual los sujetos se encuentran insertos en bloques profesionales pero dejados a su suerte en un mercado laboral cada vez más competitivos. De esta forma, grupos marginales quedan excluidos de los beneficios sociales más elementales generando así sentimientos de rencor y resentimiento que no hacen otra cosa que agravar el sentimiento de inseguridad.

La problemática del riesgo, mejor tratada en el capítulo cuarto, nos recuerda que desde 1980 se ha instalado en la sociedad un nuevo problema con respecto a la inseguridad; un aumento en los canales de incertidumbre y una especie de malestar frente al porvenir quedan subordinados a que ocurran posibilidades inverosímiles de manera compensatoria; en otras palabras, hablamos no de inseguridad en sí misma sino de una “problemática del riesgo” o una percepción de que ninguna solución es suficiente frente a lo imprevisto.

En efecto, escribe Castel: “La imprevisibilidad de la mayor parte de nuevos riesgos, la gravedad y el carácter irreversible de sus consecuencias, hacen que la mejor prevención consista a menudo en anticipar lo peor y en tomar medidas para evitar que eso advenga, aun cuando sea muy aleatorio. Consiste en destruir, por ejemplo todo un rebaño de ganado ante la incertidumbre de que haya habido contaminación, al precio de consecuencias económicas y sociales desproporcionadas en relación con el riesgo real” (Castel 2006: 78). En palabras del propio autor, las sociedades modernas se encuentran viviendo una especie de “inflación del riesgo” en donde no existe una solución radical que aniquile el factor ansiogéno. Paradójicamente, a la vez que aumenta la demanda de protección decrece la posibilidad de estar protegido.

La relación entre la explosión de los riesgos y la ultra-individualidad de los actos se encuentran ligadas también a la proliferación de los diferentes seguros que venden seguridad y otorgan una supuesta protección. El sujeto queda así expuesto a asegurarse así mismo en un mercado competitivo que le resta identidad propia. “El individuo se vuelve así, al menos tendencialmente, liberado en relación con ellas, mientras que el Estado se tornó su principal sostén, es decir, su principal proveedor de protecciones. Cuando estas protecciones se resquebrajan, este individuo se vuelve a la vez frágil y exigente, porque está habituado a la seguridad y corroído por el miedo a perderla” (Castel 2006: 85). La falta de un Estado omnipresente y omnipotente en materia de seguridad obliga a los ciudadanos a construirse sus propios mecanismos de protección. Es cierto, que la modernidad ha despojado tanto al Estado como a Dios de su omnipotencia natural en el punto en que ya no se escucha tanto como antes la frase “que Dios lo proteja”. A diferencia de sus ancestros quienes luchaban día a día por su subsistencia, el hombre moderno se encuentra consternado por una búsqueda de seguridad que nunca satisface plenamente.

En este sentido, la inflación de la inseguridad instala el miedo en el seno de la vida social, pero uno que se encuentra sujeto a incontinencias improbables. Así, la exacerbación del riesgo lleva consigo y alimenta a la mitología de la protección. Por lo visto, luego de esta exposición sobre los puntos que nos han parecido más importantes en R. Castel consideramos que el trabajo de referencia resalta la relación entre la estructura de mercado y la sociedad moderna explicando hasta cierto punto como la constante demanda psico-social de protecciones conlleva una constante idea de fragilidad que no puede ser superada. A la vez, el autor establece una ilustrativa clasificación sobre los diferentes tipos de protecciones (sociales o civiles) que aplican sobre los ciudadanos. No obstante, existen dos problemas sustanciales en la obra de Robert Castel que ameritan ser discutidos. El primero de ellos se vincula a una imposibilidad de vencer la paradoja y la complejidad. En efecto, si al comienzo de su trabajo el autor mencionara el dilema entre la materialidad y la inseguridad, en el transcurso del mismo sugiere otras de diferente tipo como el binomio dependencia-independencia; inclusión-exclusión etc. De esta forma, saltamos en el desarrollo de un estado de tensión entre dos irreconciliables a otro, sin una definición exacta del problema. Segundo (y quizás producto del primer escollo), no quedan claras las causas principales por las cuales las sociedades modernas exigen mayor seguridad y de que manera opera la modernidad en esas pretensiones.

 

Contribuciones de la teoría psicoanalítica

Si bien desde épocas remotas ya los hombres se habían ocupado del tema de las fobias (del griego femobai y phóbos) (Domínguez 2003; Gómez Robledo, XIX) (3); es el austriaco S. Freud el primero en describir con lujo de detalles los orígenes y acciones de la fobia en un niño de cinco años llamado Hans. Básicamente, en ese estudio el profesor Freud sostiene que ante ciertos sentimientos ambivalentes hacia el poder paterno, el niño necesita de un objeto externo sobre el cual derivar todo odio y temor para evitar precisamente para la fragmentación de la personalidad. Este esquema teórico ha sido respetado en la mayoría de la teoría psicoanalítica -incluso también para la corriente sistémica) que se ha dedicado al tema de los miedos y las fobias (Freud 1998; Bleichmar 1991; Winnicott 1996; Klein 1987; Ward 2001; Ceberio y Watzlawick 1998; Nardone y Watzlawick 1992).

Uno de los problemas los cuales Freud no continúa analizando es el vínculo y formación entre las fobias “tempranas” (como el miedo a las serpientes y a ciertos insectos) y las fobias producidas en el desarrollo del sujeto. La laguna producida por el estudio freudiano -en el punto anterior- es continuada por M. Klein. Para la autora, toda fobia encuentra su origen en procesos de socialización tempranos y su función es prevenir la desintegración del yo. Por lo tanto, si bien pueden existir manifestaciones fóbicas en la adultez, éstas no son otra cosa que derivaciones surgidas en la etapa oral. Siguiendo este esquema de pensamiento, en Klein los mecanismos intervinientes en la producción de una fobia son: el impulso sexual y su propia pulsión destructiva. El miedo interno a la propia destrucción es desplazado hacia un objeto distante. En otras palabras, la fobia es una forma de preservación ante los instintos auto-destructivos que puedan llevar a una personalidad disociada (Klein 1987).

Pero no todos van a adherir a esta interesante tesis de la misma forma, para Ian Ward si bien existe cierta evidencia que prueba la formación, permanencia y re-aparición de las fobias desde la niñez a la adultez, lo cierto es que los factores culturales no deben ser desestimados. En este contexto, la sociedad ante momentos de incertidumbre, desequilibrio y caos promueve objetos fobígenos cuyo sentido último es regular la ansiedad y retornar al orden tal como ha demostrado la teoría de los chivos expiatorios, por la cual se opta por un grupo minoritario y se dirige sobre ellos toda la agresión contenida. El 11 de Septiembre ha sido testigo de las estigmatizaciones y estereotipos impuestos sobre los estadounidenses de origen árabe o residentes en ese país (Connell 2001).

Por otro lado, desde la posición del psicoanálisis, todo viaje puede ser simbolizado como un posible pasaje a la muerte, como el mismo Freud temía, aquel que teme al viaje en el fondo teme a la muerte. Para ser más específicos, todo viaje es una fragmentación de sentimientos positivos y negativos. Al momento de viajar, las sensaciones son dispersas y diversas; a saber, desde la alegría que implica conocer nuevos lugares y costumbres hasta el miedo de dejar el hogar. En algunos casos, cuando esta tensión se hace insoportable el ego recurre a un objeto en el cual depositar todos los miedos. Simplemente evitando ese objeto la mente evita este estado innecesario de tensión. Por ese motivo, aquellos pacientes caracterizados por casos de fobia a los viajes, en una fase superficial no creen temer en sí al hecho de desplazarse sino al vehículo, al objeto (avión, tren, automóvil o caballo) que van a utilizar en tal empresa. Sin embargo, a pesar de su claridad ilustrativa el psicoanálisis con respecto al tema en la actualidad carece de indicadores empíricos que ayuden a validar o refutar la teoría tanto es su aspecto macro como micro.

Sin embargo, un aporte de Russell Dynes sobre la forma en que las sociedades digieren las tragedias, sobre todo el 11-09, y como superan estadios de trauma parece más que ilustrativo y pertinente en la materia. Según el autor, no es el etnocentrismo o la xeno-phobia la llave que regula la ansiedad sino la sacralización y el culto al heroísmo de aquellos que se han inmolado en el evento (víctimas, socorristas y otros actores anónimos). Luego de analizar comparativamente los casos de Hamburgo (1943), Hiroshima (1945) and New York (2001), si bien Dynes sostiene que en los tres primeros casos, se mantuvieron el orden y la cooperación, los ataques fueron considerados y re-elaborados como un ataque a todos el pueblo y cuya respuesta fue un patriotismo excelso, el miedo se apoderó en Nueva York de la mayoría de los espectadores tanto durante como después de los ataques. Los protagonistas fueron exhibidos por los medios masivos de comunicación como presas del pánico, cuando en realidad hicieron todo lo racionalmente a su alcance para sobrevivir, por el contrario el terror no estaba en ellos sino en los televidentes que miraban pasmados lo sucedido. Toda catástrofe puede ser afrontada si existe el “capital social” necesario para ello; sin embargo, Dynes no niega que el temor ha continuado presente en la sociedad americana y con él se debiliten sus instituciones. En parte ello se debe a la actual discusión acerca de la seguridad interna la cual obedece más a un “paternalismo gubernamental” que a una respuesta eficaz de las instituciones; como resultado un mayor control sobre riesgos futuros implicará “una menor resiliencia” para soportar crisis de esta envergadura (Dynes 2002). Los aportes del autor, nos siguieren una pregunta que debe ser abordada: ¿Cómo persiste el temor luego de los eventos trágicos? y ¿cuáles son sus alcances o funciones más importantes?

 

Economía, terror y orden mundial

Los eventos que analizamos en el siguiente apartado están circunscriptos a coyunturas macro estructurales de gran complejidad como lo es la globalización y el neoliberalismo; y dentro de ello la institucionalización macro-económica y política del terror. El profesor E. del Búfalo de la Universidad de Miami, analiza la doble cara de la globalización en primera instancia como una forma hegemónica e ideológica la cual genera dependencia económica y a la vez una re-territorialización física elusiva. En efecto, mientras por un lado la doctrina del libre comercio promueve la libre transacción entre países “desarrollados y subdesarrollados”, por los otros los Estados Nación desarrollados establecen rígidas barreras étnicas y nacionales a la entrada de inmigrantes y trabajadores temporarios de las zonas periféricas. En ese contexto, surgen nacionalismos y movimientos de reivindicación en los diferentes países donde existe una alta tasa de pobreza o deprivación material. Heredero del mercantilismo y posteriormente de la colonización, el cinismo neo-liberal asume que las fallas económicas de los países emergentes corresponden a malas políticas nacionales internas mientras que los beneficios de la globalización a la circulación “del libre mercado de capitales” (del Búfalo 2002).

En este mismo lineamento, Paul Virilio sostiene las grandes ciudades pueden ser para algunos lugares desconocidos a los cuales temer. La ciudad de mediados de siglo XX se ha transformado en una aglomeración “memorial de un pasajero objetivado”. El hábito de descubrir por un lado orienta pero a la vez promueve una ceguera temporaria. La arquitectura urbana tiende a fomentar la comunicación bajo un clima de indiferencia absoluta. En la era del “conformismo mediático” y la “estandarización de la producción”, los hombres tienden a conformar su mundo en tiempo real. La lógica de la modelización de la globalización lleva a la demagogia del accidente por el accidente mismo (sea este local o global). En consecuencia, existe una dinámica industrial tendente a relegar y controlar las emociones y los sentimientos. Las guerras y los conflictos, son convertidos en temibles dramas pasionales con nuevos episodios cada “tres horas”; la velocidad de propagación de las diferentes imágenes llega en minutos a los hogares de lostelevidentes con el fin de crear un “misterio del miedo”. El miedo pasa a ser así no sólo un mecanismo de control político sino también un bien de consumo o “fetichismo de la subjetividad”. En este sentido, la compleja tesis de Virilio se esmera por probar que la imposición de la imagen informativa genera una psicosis colectiva. El miedo es un ingrediente básico de la fantasía, pero su teatralización persigue fines de hegemonía política. Esta figura de dominio se construye tanto por lo transmitido como por lo excluyente, como las diversas bombas arrojadas por el ejército estadounidense en poblaciones civiles; y cuya constatación se encuentra ausente en cualquier museo. Por ese motivo, Virilio denomina Ciudades-Pánico a las aglomeraciones cuya catástrofe más evidente es su propio existir. El caos y el desorden transmitidos por los medios informativos llevan a la reclusión de los hombres en grandes ciudades, con la esperanza de encontrar seguridad por medio de mecanismos sustitutivos como el consumo generalizado (Virilio 2007).

Una de las mayores limitaciones de Virilio en responder porque las grandes ciudades son o mejor dicho pueden ser presas del terror, es retomado por Glaeser y Shapiro quienes plantean tres posibilidades diferentes: a) la concentración humana física, b) las ciudades son de por sí lugares que atraen a la violencia, y c) la violencia promueve un sustancial aumento en los costos de transporte y a la vez una mayor densidad de transportados. Particularmente, querer causar más daño es apuntar hacia los medios de transporte como en Estados Unidos, Reino Unido y España. Con respecto al análisis y proliferación del miedo, a diferencia de otros casos como Alemania o Japón los cuales reconstruyeron todos sus edificios dañados, los autores sugieren que el hecho de no haber reconstruido las Torres Gemelas constituye en el indicador más vivo del temor que experimentan los estadounidenses con respecto a un nuevo ataque terrorista. Por lo demás, el 11 de Septiembre ha causado un gran impacto en la sociedad estadounidense, generando no sólo temor sino un aumento de un 20% en las tarifas de transporte. En efecto, principalmente los aviones sufrieron una baja en la demanda por el miedo que genera ser presa de un “atentado” pero además debido a los motivos internos de seguridad, un alza en sus tarifas. Esto se vio agravado por el terror que trajo consigo el Ántrax y el reemplazo de las casillas postales por los famosos emails (Glaeser y Shapiro 2001).

A saber, algo tiene en común la globalización que por medio de los diversos medios de locomoción une conceptual, ideológica y físicamente grandes centros urbanos y conecta a regiones antes inexploradas. Este hecho se ve agravado por la manipulación que tanto ciertos grupos islámicos como los gobiernos occidentales hacen de aquello que denominan “terrorismo”. Una suerte de contra-ofensiva contra población civil en donde los medios de locomoción juegan un rol principal. En un interesante trabajo titulado “Economía mundial y América Latina después del 11 de Septiembre”, Jaime Estay propone un esquema de análisis por demás particular. El autor sugiere la idea que el 11 de septiembre no sólo modificó y afectó sustancialmente a las actividades o industrias relacionadas con el turismo y la hospitalidad al incrementar el temor a utilizar medios de transporte públicos, sino que además ha modificado en gran parte la economía a nivel mundial.

En ese contexto de cambio, la situación América Latina, región que ya se encontraba atravesando su propia crisis financiera (1990-1999), requiere un minucioso trabajo de revisión. Según el autor, los atentados al World Trade Center tendrán un mayor impacto en las economías de los países sub-desarrollados debido a la fuga de los inversores internacionales que se repliegan ante escenarios con escasa previsibilidad, pero sobre todo por las barreras migratorias impuestas por los países desarrollados a los ciudadanos provenientes del tercer mundo. Por lo general, la industria de las remesas permite la subsistencia de miles de familias en África, América Latina y El Caribe; en consecuencia, el 11 de Septiembre no ha sido un hecho aislado sino toda una estrategia discursiva de corte hegemónico en donde Estados Unidos se juega la posibilidad de reactivar la industria bélica con miras a un objetivo geo-político más amplio por medio de la manipulación del miedo, la incertidumbre y la falta de señales económicas positivas (Estay 2002).

La hipótesis que apunta al 11 de Septiembre como fortalecedor y oportuno al debilitamiento hegemónico al orden estadounidense está ampliamente difundida en la literatura especializada aun cuando no es compartida por todos los investigadores. El caso de R. Ornelas de la Universidad Nacional Autónoma de México sugiere una posibilidad situada a 180 grados. Según Ornelas, las empresas estadounidenses en recursos estratégicos como petróleo e hidrocarburos, tecnología y comercio antes y luego de 2001 se han posicionado en una posición de jerarquía con respecto a sus competidoras japonesas y europeas. Los trágicos eventos en Nueva York y el Pentágono como así también la guerra en Asia han sustituido las “reglas del libre mercado” características de la década del 90 por una intervención del Estado para afianzar su hegemonía y competencia con respecto a China. En este punto, el autor resalta que “entramos pues, a una nueva etapa de construcción y disputa por la hegemonía mundial, en la cual sólo el poder concentrado del capital pueden diseñar y ejecutar las acciones requeridas para sostener una lucha en los niveles que exige el capitalismo contemporáneo. La guerra en Asia central ha hecho ya miles de víctimas, pero ha regresado a la vida a uno de los fantasmas del pensamiento dominante: el estado” (Ornelas 2002: 105). Pero ¿cómo podemos comprender realmente el 11 de Septiembre? ¿Es que no hubo hechos de mayor dramatismo en la historia de la humanidad como Hiroshima y Nagasaki que no han tenido tal repercusión?

 

El milenarismo como potenciador del World Trade Center

Es cierto que como testigos del cambio de un milenio, estamos en una situación privilegiada con respecto a otras generaciones. Precisamente, esta condición parece haberle dado al imaginario colectivo cierta perspectiva dramática con respecto al 11 de Septiembre, una especie de fin profetizado o guerra natural de las fuerzas del “bien” contra “las fuerzas del mal”. En otras palabras, cada mil años los hombres se cuestionan no sólo sus formas de organización socio-político y económicas sino además sus valores morales y religiosos. En este contexto, el milenarismo se presenta como una ola cuyo objetivo principal es la reforma moral por intermedio de la imposición del temor y la esperanza que un “mundo mejor” es posible.

La mayoría de las sociedades han interpretado a su manera la escatología “del fin de los tiempos”, apoyados en eventos políticos previos cuya simbología y significación se orientaron hacia una dinámica bipolar que apunta a señalar el propio grupo de pertenencia como los “elegidos de Dios” y a los adversarios como los enviados del “Anticristo”. En este contexto, las siguientes conclusiones se presentan ilustrativas para ir resumiendo el trabajo de referencia:

1. Las sociedades se construyen acorde dos fuerzas en oposición; por un lado las fuerzas del orden y el bien situadas en antagonismo con el caos o el mal. En este punto, si el mundo en sus orígenes fue fundado por las fuerzas del orden, en su fin será destruido por las del caos. Pero esta supuesta destrucción implica el renacer de una nueva etapa de prosperidad y entendimiento.

2. La presencia de la muerte en la vida biológica del hombre implica una proyección con miras a una transformación y no a un deceso total. Así, como los hombres las sociedades mueren y se transforman.

3. Los contextos socio-políticos proyectan su telos o visión en las diferentes interpretaciones sobre los mitos escatológicos del fin del mundo. El grupo de pertenencia es afirmado en la creencia de ser los “elegidos” a la vez que los enemigos son denostados y despreciados como “hijos de las fuerzas del mal”.

4. Todo proceso histórico no es ajeno sino que alimenta un proceso que le sucede. En este sentido, el milenarismo ha sido transmitido de generación a generación a lo largo de los años, aun cuando en su superficie parece diferente no ha variado sustancialmente en su contenido.

5. El milenarismo se compone de dos elementos: por un lado, la idea del fin del milenio acompañado de un terror generalizado a la destrucción del mundo como lo conocemos va asociado a la esperanza del advenimiento de “un mundo perfecto”; por el otro, la presencia de la utopía como ideal discursivo que les da a las acciones de los hombres un sentido en el plan divino (o fin último).

6. El posmodernismo, a diferencia de otras épocas carece del elemento utópico y en consecuencia los movimientos milenaristas se ven envueltos en un terror insoslayablemente vinculado al fin sin esperanza. Esta especie de nihilismo existencialista occidental se ve en oposición con respecto a los movimientos nacionalistas y mesiánicos fuera de Europa.

Evidentemente, como señala el profesor M. Bull: “En la historia de occidente, la creencia religiosa acerca del futuro ha consistido básicamente en la convicción escatológica de que la historia llegará a su fin con la llegada, o el regreso, de una figura mesiánica que vindicará a los justos, acabará con los enemigos de estos e imperará sobre un reino de paz y prosperidad” (Bull 1998: 14). Es precisamente, la idea de un el principio y fin como procesos cíclicos renovados que siempre vuelven sobre sí (específicamente donde los extremos se tocan) lo que se ha puesto en duda en el occidente posmoderno y antiutópico, y lo que genera mayor terror y desesperación.

Cabe preguntarse, entonces, ¿cuál es el papel o el sentimiento que predomina en aquellos que se denominan ciudadanos del milenio? Para responder esta cuestión es menester adentrarnos en el segundo de los trabajos llevado a cabo por el profesor Christopher Rowland de la Universidad de Oxford. El autor analiza las doctrinas milenaristas adoptadas en la Europa del siglo XVII de los círculos judeo-cristianos; sobre todo del judaísmo antiguo y primeros cristianos. Más específicamente, Rowland sugiere que las primeras comunidades de cristianos recurrieron al género apocalíptico para reforzar la estima como los “elegidos”, o llegados al fin de los tiempos. En un análisis minucioso de los aspectos principales de los movimientos milenaristas, el autor sostiene que el propósito del Apocalipsis es revelar lo oculto para quien lo lea pueda comprender su situación presente desde una perspectiva que generalmente es otorgada por un poder divino. Así, la aceptación de un salvador se asocia con la lucha entre potestades con contenidos escatológicos. La devastación del mundo actual, corrupto y cuyas costumbres son abominables “ante los ojos de Dios”, viene seguida de una reforma constructiva y regeneradora del mundo caracterizada por una suerte de reforma moral profunda. Pero ¿cual es la diferencia de los milenarismo anteriores con el nuestro?

Por otro lado, el trabajo de Krishan Kumar de la Universidad de Canterbury titulado El apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad, parece ser uno de los intentos más serios para responder a esta cuestión. En este trabajo el autor examina los sentimientos que predominaron en las sociedades europeas por el año 1000 d. C. estableciendo ciertas comparaciones con el fin de nuestro segundo milenio. Aun cuando existían ciertos temores y tensiones años antes y después de esa fecha. En parte debido a las premisas de san Agustín sobre la época sexta y última, y también con la interpretación de algunos monjes medievales como Beda el Venerable, quien afirmaba que el mundo se acabaría en el año 1000, lo cierto parece ser que el 1000 d. C. no representó una etapa de gran cambio o terror para la sociedad europea. En tal contexto, si bien la Iglesia católica de la época consideraba esta clase de vaticinios como herejías, lo cierto es que en la práctica las permitía y las fomentaba sobre todo cuando éstas eran funcionales a sus intereses políticos. De esta forma, la reforma Protestante haría lo propio continuando con las revisiones apocalípticas de la Iglesia romana intentando vincular los diferentes signos a la figura de un anticristo real en la figura del papa.

En la mayoría de los casos, los apocalipsis contienen elementos discursivos tanto vinculados al terror que genera la destrucción de una realidad, pero también asociados a la esperanza que implica la refundación de un orden nuevo y más justo. Mismos sentimientos del fin de milenio en el siglo X, pueden observarse según el autor en nuestro propio mundo actual en los albores de los siglos XX y XXI; nuestro mundo así se torna mucho más peligroso e inestable en que siglos anteriores a la vez que un nuevo desorden mundial parece haber llegado a su punto de clímax. Occidente es testigo de guerras intestinas como así también de los largos períodos de recesión con cifras de desempleo que suben el 15%, generando una parálisis en la economía, el surgimiento de enfermedades mortales de características pandémicas, los desastres de tipo ecológico, etc. Sin embargo, si el milenarismo del siglo X traía consigo la idea de redención, de paz y de esperanza, el actual milenarismo posmoderno parece algo distinto.

Según nuestro autor, estamos en presencia de un milenarismo “de la perdición total” sin esperanzas ni deseos de una renovación moral profunda. El milenio ha llegado pero con él la idea de un futuro deprimente y desolador. El cálculo económico y la economía de mercado han hecho declinar la imaginación combinadas con una sensación de desasosiego y melancolía. Entiéndase ésta última en el sentido freudiano como un estado de “luto crónico”. En el desarrollo de su interesante ensayo, Kumar entiende que si modernidad, de los siglos anteriores, se ha caracterizado por una total negación a todo cierre utópico con una apertura hacia el futuro, la posmodernidad progresista significa una anulación de los tres tiempos (pasado, presente y futuro) generando una falta de alternativa y un vaciamiento de los valores morales; ya no se confía un futuro “siempre mejor” sino en el principio de la “antiutopía”.

Es precisamente, según Kumar la negación de la utopía lo que caracteriza a la sociedad occidental de finales del segundo milenio, por tanto que el supuesto fin del mundo se torna una “llamarada de violencia” o una decadencia moral por medio del hastío sin posibilidad de que la muerte signifique una refundación; al hombre moderno no lo angustia tanto el fin del mundo o la venida del “Anticristo” tanto como los problemas de superpoblación o la recesión económico mundial. En este contexto, Kumar explica que estamos en presencia de un “milenarismo devaluado” desprovisto de visión utópica que compense el inminente terror de la destrucción.

Encaminado el tema en tal dirección, el milenarismo cristiano prepara a los hombres para una “apacible espera” del fin de los tiempos y aun cuando no da fechas ciertas del suceso, esboza una serie de señales que nos llevarían a suponer o a imaginar por medio de la utopía en la prometida resurrección del mundo; empero el sentimiento posmodernista no sólo nos niega esa posibilidad sino además no nos da motivos para creer en ese momento. Como ya se ha mencionado, históricamente la idea de un nuevo milenio ha aportado un mensaje de esperanza a la vez que la utopía provee de un porque debemos cambiar aportando un elemento de deseo por la cual cualquier cambio es factible; aunque factible no es deseable.

Ahora bien, Kumar no niega que la utopía haya desaparecido totalmente de Occidente sino que sólo se ha agotado; los ecologistas por ejemplo siguen creyendo en los métodos para el fin ideal (telos) que persiguen pero sus convicciones no han podido traspasar las rígidas barreras de una sociedad indiferente ancladas en el consumo y el derroche energético; sólo la población se acuerda de los temas ecológicos cuando sobreviene alguna catástrofe de gran alcance. Por último, advierte el autor existen brotes de utopismo fuera de los límites occidentales cuya expresión puede observarse en los mesianismos nacionalistas y religiosos que promueven no la muerte del Estado Nacional (en manos de la globalización) sino su transformación radical en vistas de una emancipación total y purificada por acción divina. Entonces, concluye el autor: “No deseo defender todo lo que se ha hecho en nombre de la utopía. Pero creo que muchos de los ataques contra ella interpretan erróneamente su carácter y su función. Como he tratado de sugerirlo, la utopía no trata principalmente de ofrecernos planes detallados de reconstrucción social. Su preocupación por los fines trata de hacernos pensar acerca de mundos posibles. Trata de inventar y de imaginar mundos para nuestra contemplación y nuestro deleite. Abre nuestro criterio ante las posibilidades de la condición humana” (Kumar 1998: 259-260). En este punto, ¿ha sido el 11 de septiembre potenciado por el fin del milenio? ¿Cómo comprender dicho evento y su influencia en los medios de locomoción a la luz de las disciplinas científicas que lo estudian?

 

Comprendiendo el 11 de Septiembre de 2001

Estadísticamente, el atentado al World Trade Center provocó -aproximadamente- unos tres mil quinientos muertos y desaparecidos generando un sentido de pánico sin precedentes en la población estadounidense la cual inmediatamente recurrió a su recuerdo más cercano el bombardeo japonés en Pearl Harbour, hecho que desencadenó su entrada en la Segunda Gran Guerra; los resultados de esta tragedia se han circunscripto no sólo en atemorizar a la población civil sino en la búsqueda de apoyo político y re-encauzarlo hacia una causa mítico-apocalíptica generando fervor y entusiasmo (Kepel 2002).

Es cierto, que el 11 de Septiembre de 2001 marcó un antes y un después en la vida cultural de Occidente; algunos a favor de una supuesta lucha mítica de los Estados democráticos y libres contra “los autoritarios y fascistas” como escribió Mario Vargas Llosa (Vargas Llosa 2002) o supuestamente predijo el ya fallecido Samuel Huntington (Huntington 2005); o posturas más críticas y realistas contra la propia estructura estadounidense cuya política de manipulación ideológica canalizó el miedo y dolor que causó la tragedia por una embriagante pseudo-realidad (Sontag 2002; Eco 2002; Said 2002). Como sea el caso, a favor o en contra es innegable el efecto psicológico que a corto, mediano y largo plazo ha generado tal evento. Los medios tecnológicos y de transporte públicos se han presentado como los vehículos fundamentales para la concreción de los atentados. Según Jean Marie Dupuy todo sentimiento de pánico colectivo va acompañado de un carácter simbólico interno que le da sentido. Cuenta el autor que durante el terremoto de San Francisco en Octubre de 1989, una multitud de gente se disponía a presenciar un importante encuentro entre San Francisco y Oakland para lo cual las “violentas sacudidas” no generaron el menor pánico; en otras ocasiones el pánico es generado cuando los espectadores se abarrotan en las salidas o las vallas aplastándose entre sí (Dupuy 1999).

Comenzar una guerra es un atentado a la dignidad humana y una forma de generar temor en la ciudadanía nos recuerdan John Holloway y Eloísa Peláez (2002), pero esto dista mucho de ser una frase armada, sino una interesante tesis en el sentido marxiano clásico de la “lucha de clases”. En el mercado, dos empresas no son competidoras directas entre sí sino más bien para adoctrinar internamente a sus miembros y dirigir sus esfuerzos a la propia acumulación capitalista. Al respecto los autores afirman: “En una guerra los estados luchan por intereses particulares, exactamente como lo hacen las empresas en la competencia. Sin embargo el resultado más importante no es la victoria de una empresa u otra, de un estado u otro, sino la re-estructuración de las relaciones sociales que se impone a través de la competencia o de la guerra, a espaldas de los actores …es la guerra la que conduce a una destrucción masiva del capital constante, a un aumento brutal de la tasa de plusvalía, a un disciplinamiento general de toda la sociedad y al refuerzo de todos los valores de hombría, disciplina y nacionalismo que son esenciales para el mantenimiento del orden capitalista” (Holloway y Peláez 2002: 162).

Cualquiera sea el resultado, lo que subyace en el mercado no es la competencia directa, sino la propia reestructuración de la empresa en vistas a la posibilidad de acumular mayor volumen de capital. “Churchill quería vencer a Hitler pero no fue por el estado de bienestar de la posguerra por lo que estaba luchando. Después de todas las guerras, los hombres armados preguntan horrorizados, ¿fue por eso que peleamos? Y claro que no fue por eso, porque el resultado de las guerras no depende de las armas y las bombas. Depende de procesos mucho más profundos, de los cuales nosotros y nuestro grito somos parte activa” (Holloway y Peláez 2002:165).

En este sentido, los autores sostienen que -desde una perspectiva superficial- en una guerra existen dos ejércitos o bandos enfrentados, sin embargo si nos adentramos profundamente en el análisis, nos daremos cuenta que se trata de un conflicto que tiene como objetivo re posicionar el papel hegemónico de los Estados-nación y en consecuencia del capital en contra de la gente. Todo Estado que se precie de tal experimenta una serie de subversiones internas que intentan desestabilizar la estructura capitalista. Esta supuesta guerra contra el “terrorismo” es un intento de los Estados por imponer el orden institucional en forma interna, dirigir las solidaridades individuales hacia “el sentimiento nacional” y en contra de un “enemigo externo” a la vez que consolida económicamente la reproducción capitalista. Una de las tantas formas de insubordinación que los Estados occidentales no han podido controlar en épocas de paz, ha sido la migración ilegal, precisamente atraída por los grandes aglomerados de capital, la migración ilegal se ha transformado recientemente en prioridad de los Estados desarrollados bajo pretexto de promover la seguridad interna.

El trabajo de Holloway y Palaéz de una enorme profundidad intelectual nos permite comprender una parte del problema (la que hace a lo estructural) en donde emerge la imposición del temor como mecanismo profiláctico para evitar los grandes flujos migratorios de los cuales el turismo es parte. Siguiendo esta misma línea de análisis, el miedo se presenta como un instrumento útil a la construcción hegemónica, en dos sentidos principales: por un lado como ya lo ha indicado Hobbes, somete al individuo a la obediencia civil interna mientras por el otro prohíbe y circunscribe a la extranjería fuera de las fronteras geopolíticas pre-existentes. En ese contexto, también ciertos flujos turísticos se ven afectados (como veremos a continuación). En realidad, podemos decir que “son re-adaptados a destinos específicos cuya seguridad inspira y reproduce la transacción capitalista. La simbolización de un evento como divino o catastrófico depende de las circunstancias y la contextualizad política; y en eso sencillamente se han de diferenciar el 11 de Septiembre con Hiroshima; mientras el primero es el comienzo de un proceso, el segundo es el cierre.

Pongamos el siguiente ejemplo, tres puntos comercial entre si A, B y C. Entre A y B las estructuras productivas mantienen cierta semejanza, pero no así con respecto a C. Las desigualdades socio-económicas entre los miembros A-B y C son notables generando una migración constante de C hacia A-B, a la vez que el flujo turístico de los habitantes de A-B se dirige hacia C. El 11 de Septiembre parece haber quebrado esa lógica por cuanto militarmente A-B toma posesión de C mientras por medio de la propaganda ideológica como ser “la seguridad interna” crean una barrera simbólica entre C y A-B. Es exactamente esta dinámica la que parece desconcertar a los investigadores sobre la influencia o alcances del 11 de Septiembre en la industria turística y de los transportes masivos de pasajeros.

En realidad la negación de ciertos destinos considerados como peligrosos sugiere la re-dirección hacia otros nuevos funcionales a una nueva reciprocidad económica. A la premisa el turismo se ha visto afectado por los eventos del 11 de septiembre que promueven la mayoría de la investigaciones (Weber 1998; Domínguez, Burguette y Bernard 2003; Kuto y Groves 2004; Aziz 1995; Castaño 2005; Robson 2008; McCartney 2008; Schluter 2008; Floyd y Pennington-Gray 2004; Paraskevas y Arendell 2007; Sackett y Botterill 2006; Essner 2003; Araña y León 2008; Bhattarai, Conway y Shrestha 2005; Goldblatt y Hu 2005; Tarlow 2003; Hall 2003: Prideaux 2005; Kozak, Crotts y Law 2007;Yuan 2005; Lee 2008), agregaríamos el 11 de Septiembre se ha visto afectado por el turismo y la lógica capitalista. Somnez afirma que por lo general entre los ataques “terroristas” y la contracción de la demanda por la proliferación del temor pasan unos tres meses (Somnez 1998). Sin embargo, Floyd, Gibson, Pennington Gray y Thapa (2003) afirman que el 11-09fue un caso atípico donde los efectos entre los neoyorquinos no se hicieron esperar. En consecuencia, los efectos estructurales no sólo impactan en los agentes sino que se nutren de ellos en forma reflexiva y generar nuevos lazos de solidaridad (nacionalismo). Por lo general como afirma P. Tarlow (2003) asumimos que el turismo es una industria basada en los contra-dones que ofrece la hospitalidad y a la vez que el deber de todo anfitrión es cuidar y proteger a su huésped. No obstante, eso en algunas ocasiones no ocurre y el turismo como fenómeno de atracción masiva se transforma en un blanco de fácil acceso para ataques con reivindicaciones políticas. Como sea el caso, en los últimos años otra hipótesis ha ganado atención en la literatura existente en la materia invirtiendo el eje causal. ¿Es el terrorismo una consecuencia del turismo?

 

Terrorismo y turismo: ¿dos caras de una misma moneda?

Si tomamos en consideración el caso de Kenia analizado por Kuto y Groves, notaremos que como industria principal en ese país los atentados a la embajada de Estados Unidos en Nairobi y un hotel en Mombasa han afectado notablemente su economía; como resultado La Federación de Turismo de ese país suspendió los vuelos internacionales reduciendo hasta en un 90% el acceso de los turistas europeos a esos viajes a la vez que se estima habíanse perdido uno 500.000 puestos directos de trabajo y unos 2,5 millones de trabajos indirectos que dependían del turismo (Kuto y Groves 2004). En este punto, cabe preguntarse por el verdadero efecto de esta clase de eventos, ¿Cuáles son realmente los objetivos de estos ataques, desestabilizar a los gobiernos o la población civil?, o ¿a ambos?

El profesor M. Grosspietsch de la Universidad de Münster (Alemania) analiza la ola de ataques en Bali (para ser más exactos en los balnearios de Jimbaran y Kuta) en octubre de 2002 donde murieron 32 personas, hecho que representó una serie amenaza para la actividad turística en ese país. Como otros investigadores, el autor sugiere que los “atentados terroristas” tienen como objetivo en la mayor parte del mundo lugares turísticos. Según el especialista, el Corán no es contrario a la idea de conocer otros lugares y costumbres bajo el signo de la hospitalidad que podrían suponer sea al turismo objetivo de grupos “fundamentalistas”. Pues, entonces, ¿por qué el turismo es objeto de atentados? Como ya hemos analizado, la explicación no se encuentra en las raíces religiosas. Los cambios que trae aparejado el turismo traen consigo algunos efectos no deseados, como la pérdida de lazos familiares, el abuso y consumo de drogas, el crimen, la explotación infantil y la prostitución entre otros. En ocasiones estos cambios pueden amenazar ciertos valores culturales y religioso aunque no queda claro si es por ese motivo que el turismo se presenta como un objetivo para grupos reaccionarios. En efecto, el autor sugiere comprender el turismo y su adaptación en las sociedades receptores siguiendo el modelo de la “burbuja”. Una combinación de efectos económico-sociales negativos como ser la presencia de multinacionales extranjeras que ofrezcan bajos salarios, en combinación a la expropiación territorial, el uso y consumo de sustancias no permitidas por los valores culturales de la sociedad que los recibe como así también niveles altos de frustración moral, pueden llevar a considerar al turismo como un arma de dominación de las potencias occidentales y explicar el caso de Egipto; pero sin embargo no existe evidencia que pruebe que las mismas variables puedan considerarse en el caso de Bali. Por lo tanto el profesor Grosspietsch considera un análisis caso por caso para arribar a una explicación de mayor alcance sobre el fenómeno (Grosspietsch 2005).

Por otro lado, Jonathan Essner analiza el caso de Egipto considerando una hipótesis contraria a Grosspietsch; los terroristas eligen centros turísticos de gran concurrencia por la atracción que ello genera de puertas al mundo occidental. La tesis central del autor, no va -en realidad- orientada a los destinos turísticos, sino más a la nacionalidad de las víctimas. En este sentido, los grupos fundamentalistas no eligen los destinos turísticos en sí mismos, sino aquellos a los que concurren americanos, europeos cuyas naciones se encuentran políticamente enemistados con la suya. Obviamente, la posibilidad de que los países con escasos recursos como Kenia sufran un revés mayor en su economía producto del “terrorismo” en comparación con Estados Unidos parece evidente pero a la vez polémica. En primer lugar debido a que el autor no clarifica si se está refiriendo a la demanda internacional del país o a la demanda interna. Segundo, los indicadores-de revisión histórica- que presenta para medir ese impacto son espurios; mediante la construcción de un modelo que clasifica en a) terrorismo de baja, media y alta densidad, el autor supone una correlación entre los atentados, la atención recibida y el daño potencial a la economía local (Essner 2003). Para Bennet y Bray, los atentados (en Egipto) han buscado indudablemente perjudicar la economía precisamente porque se sabe de la elasticidad del turismo para buscar otros destinos. En efecto, cuando un destino es percibido por la opinión pública internacional como peligroso, otros emergentes se reubican en la mente de los consumidores. Por lo tanto, además del ataque a la forma de vida occidental y a los códigos visuales y éticos que promueve el turismo, existe un componente que busca dañar económicamente al país anfitrión (Bennet y Bray s/f).

En concordancia con Essner, un completo abordaje de A. Paraskevas y Arendell (2007) confirman que los atentados terroristas no sólo afectan seriamente a la industria turística, sino también contraen la capacidad de su mercado arruinando las economías de los países receptores. Por ese motivo, es necesario que el Management se preocupe de articular una estrategia anti-terrorista que lleve como objetivo la revitalización, minimizando las consecuencias negativas. La nacionalidad del turista en el destino es representada por la misma pertenencia a un Estado el cual se considera enemigo del grupo insurgente. En este contexto, las disputas de tipo político entre los Estados y ciertos grupos minoritarios escogen a los turistas por su indefinición y por su alto impacto emocional sobre la opinión pública mundial. ¿Cómo afecta el riesgo en la toma de decisiones?

La percepción sobre el riesgo parece ser un tema que ha atraído a varios investigadores que intentan aclarar los efectos y consecuencias sobre el discurso demonificado que hacen los grupos “fundamentalistas” sobre consumo turístico. En parte los riesgos son consecuencia de la ansiedad que genera la incertidumbre frente a la toma de una decisión específica. Como bien sugieren Touzet et al un riesgo debe comprenderse como el producto entre la magnitud de un daño que puede derivar de un evento y de la probabilidad de que ese hecho ocurra; en este punto la percepción del riesgo se desdobla en dos componentes diferenciados: la evaluación racional del sujeto llevada a cabo con técnicas específicas y la evaluación subjetiva construida por emociones internas y sugerencias externas (Touzet et al, 2000). La intuición y el afecto juegan un rol primordial en la toma de decisiones en momentos de incertidumbre o riesgo. En este sentido, los procesos mentales pueden ser estudiados desde dos paradigmas, a) asumiendo la racionalidad riesgo beneficio del sujeto o b) considerando la intuición y las emociones como atajos mentales que llevan a una decisión segura de forma automática, rápida y fácil (Bohm y Brun 2008).

Con respecto a la función que tienen las emociones en el proceso de toma de decisión, Zeelenberg et al han sugerido que su rol depende en gran medida del objetivo que se deba cumplir. La motivación humana prioriza ciertos aspectos y desestima otros en la concreción de los objetivos que persigue. Ante determinados eventos, surgen sentimientos que a veces no son del todo claros. En ocasiones, el miedo se contrapone a la esperanza, o el amor al odio, por lo que según la opinión de nuestro especialista, el sentimiento más fuerte tiene como función ordenar la mente Huacana y evitar la fragmentación. Los sentimientos y emociones parecen (según esta postura) unidos a las diferentes metas que se propone el sujeto. Así, el miedo se vincula con el escape o la huida mientras el enojo hace lo propio con la agresión (Zeelenberg 2008). Ahora bien, al final del trabajo el autor sugiere la posibilidad de existan emociones que no necesariamente estén vinculadas a las metas, como por ejemplo la tristeza. Este punto deja abierto el tema a la interpretación de cada lector, y sugiere una revisión de la hipótesis introductoria.

Por otro lado, es de notar que cada grupo funda en sí mismo valores algunos de ellos sagrados y otros seculares. Según los investigadores Hanselmann y Tanner de la Universidad de Zurich, los valores sagrados tienen como función facilitar la toma de decisiones por cuanto deshabilita las angustias internas del sujeto. En este contexto, los problemas en la toma de decisiones con respecto a los valores sagrados dan origen a sentimientos negativos considerados tabú. Un valor sagrado debe ser comprendido como un aspecto irrenunciable e innegociable en la vida emocional del sujeto; aquello que contradice en algún punto el valor sagrado es un tabú. Básicamente, cuando la decisión está sujeta a dos valores sagrados antagónicos (tragic trade-off), el ego experimentará emociones asociadas a la angustia y la pesadumbre mientras que cuando la decisión involucra sólo un valor sagrado, la gente percibe la tarea como negativa (taboo trade-off) pero de mayor facilidad en su resolución (Hanselmann y Tanner 2008). Uno de los problemas que posee este experimento no es la escasa representatividad muestraria ya que fue compuesto por 130 personas, sino que son estudiantes de la Universidad de Zurich; además de la descompensación a favor del género femenino con 90 participantes contra 40 masculinos. En consecuencia, la homogeneidad de la construcción asociada a un desfasaje en cuanto la composición de la muestra pone en duda los resultados obtenidos.

 

El riesgo/temor en el turismo

La imagen destino ha sido un tema obligado de muchos investigadores en turismo de los últimos años, por no decir décadas. Al respecto, el profesor G. McCartney desde 1971 hasta la actualidad existe aproximadamente 65 estudios sobre las dimensiones y los factores que influyen en la construcción de un destino turístico. Sin embargo, no fue hasta el 11 de Septiembre, reforzado por los atentados un año después en Bali que el cuerpo de conocimientos disponibles en la materia fue puesto en duda (McCartney 2008).

Para Regina Schluter, es necesario considerar la posibilidad que el Turismo sea un fenómeno retráctil. Es decir, que se contraiga ante eventos y situaciones que impliquen cierto peligro para los viajeros como ser atentados, robos, asesinatos, crímenes u actos de otra naturaleza. Según nuestra autora, el protagonismo actual de la actividad puede verse condicionado por variables que el propio mercado no puede controlar. El consumo, y sobre todo el turístico, es un “acto voluntario” sensible por demás a la publicidad negativa de los destinos. La idea de hacer del viaje un momento memorable y positivo como recuerdo es el factor principal por el cual una persona elige (generalmente) un destino seguro (Schluter 2008: 147-150).

Esta interesante hipótesis es respaldada por un estudio empírico llevado a cabo por Domínguez, Burguette y Bernard en donde se demuestra que los viajes de placer presentan una sensibilidad mayor a los eventos trágicos en comparación con aquellos llevados por negocios. Según los investigadores esto se debe a la gran dependencia que tiene la economía turística mexicana de los viajeros o turistas estadounidenses (Domínguez, Burguette y Bernard, 2003:336). Con un manejo de literatura suficiente sobre el tema, los autores preparan el estudio en base a las ciudades de Cancún, Puerto Vallarta, México, Monterrey, Puebla, y Los Cabos. La información por último es sometida a un índice estadístico P. Value (regresión múltiple binaria de 0 a 1). Según los hallazgos, los autores sostienen que el mercado de negocios parece menos sensible a los atentados o eventos negativos en comparación a los viajes de placer o vacacionales (Domínguez, Burguette y Bernard 2003).

No obstante los alances de la investigación llevada a cabo por Domínguez, Burguette y Bernard (2003) merecen ser reconsiderados nuevamente. En primer lugar, los autores no detallan de qué manera han compuesto su muestra y los métodos de recolección de datos. En segundo lugar, según los datos presentados la variación en porcentaje de ocupación del destino negocios es del 2% con respecto al destino vacacional del 6%. Esta diferencia parece no ser sustancial para afirmar que el turismo vacacional posee mayor sensibilidad al vacacional. Asimismo, la variación con respecto a la tarifa efectiva en el destino negocios es de 12 dólares mientras que la variación en el destino vacacional es de 14 dólares. Por último, los autores sostienen arbitrariamente que destinos como México deben ser considerados de negocios mientras otros como puerto Vallarta de placer o vacacional. Esta división ad-hoc no sólo invalida y dificulta establecer relaciones fiables entre un segmento y otro, desde el momento que la ciudad de México concentra ambos tipos de segmentos, sino que también muestra serias dificultades para ser replicadas y repetidas en otros contextos. Por ese motivo, los autores deben admitir (de hecho lo hacen) que los datos no son tan claros como se esperaban.

Ahora bien, en 2006 se publicó un interesante trabajo de H. Sackett y D. Botterill en donde se reveló que de dos muestras de 39 (Estados Unidos) y 59 (en Reino Unido) respectivamente, que la percepción de riesgo aumenta con respecto a la lejanía y proximidad de un destino. Para ser más exactos, el estudio ha medido la percepción de dos muestras de turistas cuya nacionalidad es estadounidense (n= 39) y británica (n=59) considerando la posición de riesgo con respecto a una batería de destinos turísticos. Como se ha demostrado en otros estudios, un mayor porcentaje de americanos (72%) responden que el riesgo ha crecido luego del 11-09 en los británicos (42%); asimismo los americanos perciben de mayor riesgo los viajes internacionales (28%) que los británicos (12%). Por último, ambos grupos acuerdan con un 46% que sin importar la distancia geográfica con respecto a su destino turístico, un inminente acto terrorista puede disuadirlos de realizar su viaje de vacaciones o placer (Sacket y Botterill 2006). Si bien los resultados del estudio concuerdan con las observaciones de Schluter (2008) y Domínguez, Burguette y Bernard (2003), lo cierto es que existen fallas metodológicas en cuanto a que Sacket y Botterill no dan datos específicos de cómo se ha seleccionado la muestra: a) la cantidad de integrantes en la muestra americana y británica es desproporcionada (n= 39-59), hecho que afecta notablemente los porcentajes de respuesta; b) no existe información de los criterios usados por los investigadores para la selección de las mismas, c) las muestras no parecen estadísticamente representativas, y d) no existen datos sobre los atributos de los participantes (género, edad, educación). Por estos motivos, los resultados del trabajo deben ser seriamente cuestionados.

Sobre los efectos específicos que las tragedias aéreas o los atentados provocan en la percepción de los turistas, un reciente trabajo de J. Weber sobre una encuesta de 520 personas de 62 países diferentes demostró que existe un gran contraste entre el género, edad y país de origen de los participantes sobre el riesgo a volar luego de los eventos sucedidos el 11 de Septiembre. La muestra se llevo a cabo en dos momentos, uno antes del 11-09 (mayo y junio) y el otro después (febrero y marzo de 2002). Validando otros hallazgos, Weber sugiere que los hombres consultados con una educación superior tienen menos probabilidades de dejar de volar en comparación con aquellos que no tienen títulos universitarios mientras que los estadounidenses tienen más probabilidades de dejar de volar que los no americanos. En este sentido, el comportamiento de los consumidores en los vuelos parece no estar afectado por los programas sensacionalistas de la TV (Weber, s/f). No obstante, la línea causal aquí se confunde. Otros estudios en la materia apuntan a que personas desarrolladas en medios rurales tiene menos probabilidades de verse afectados que aquellos residentes en áreas metropolitanas. Así lo demuestra el profesor Michael Yuan con su estudio sobre la percepción de sectores rurales canadienses y sus niveles de satisfacción al viajar a los Estados Unidos. La hipótesis del trabajo sugiere que estos viajeros no se han visto influenciados por los atentados al WTC en la medida de otros segmentos, lo cual a su vez parecería ahondar en la hipótesis que en contextos de urbanidad los impactos son mayores que en contextos de ruralidad; no obstante el autor asume que los niveles de satisfacción positiva se deben a los lazos familiares que unen a unos y a otros -ya que su motivo principal es la visita a familiares y amigos (Yuan 2005).

Un extenso trabajo sobre 348 hogares clasificó a los consultados según el riesgo percibido a la hora de elegir un destino turístico. En forma general, los tipos con mayor ponderación fueron el riesgo a sufrir un accidente (3,5-2,95) y a sufrir un atentado (3,45-2,61). Pero en lo particular, el cluster 1 varía en consideración con el 2. Si bien, se acuerda que el viaje es un factor de riesgo y la seguridad es un aspecto más que importante a la hora de vacacionar en el primer grupo (cluster 1), el segundo grupo (cluster 2) la percepción del riesgo es notablemente menor. El grupo número 1 estuvo formado en su mayoría por jóvenes, mujeres y personas semi o desocupadas mientras el segundo se conformaba con personas de mayor edad, jubilados o empleados full-time. Dentro de estas consideraciones, Floyd y Pennington-Gray (2004) sugieren que la edad, la ocupación y el género son variables influyentes en la percepción de riesgo. Pero nuevamente, el trabajo muestra fallas epistemológicas serias que sesgan los resultados. En primer lugar, las dos muestras (clusters) son desproporcionadas (n1= 134 y n2= 214). Aun cuando los autores den detalles sobre su conformación etárea y generacional, el método de recolección de información parece poco fiable. Los investigadores han recolectado la información por teléfono, y no especifican cuantas personas se han negado a participar.

Inmediatamente luego del atentado al WTC Floyd, Gibson, Pennington-Gray y Thapa midieron la percepción de riesgo entre los habitantes de Nueva York encontrando las siguientes características: a) los ataques o episodios trágicos interrumpen enseguida el tráfico aéreo, b) los riesgos en viajes de negocios son menores en comparación a los viajes de placer, c) los viajes y el turismo decrecen por la pérdida de confianza en la seguridad, d) la experiencia pasada moldea y reconfigura la percepción del riesgo, e) los viajes internacionales poseen una mayor percepción de riesgo, f) los encuestados no manifestaban intenciones de viajar en los próximos 12 meses, g) existen diferencias sustanciales con respecto a como los consultados perciben el riesgo y h) la renta y el ingreso condicionan las respuestas, aquellos con mayor ingreso mostraban mayor intención de viajar que los de menos ingresos (Floyd, Gibson, Pennington-Gray y Thapa 2003). Uno de los mayores problemas de esta investigación fue el método de acopio de información. En efecto, los autores dicen haber recolectado las respuestas por medio de llamadas telefónicas. Cabe aclarar, que si bien esta metodología puede ser válida para ciertos temas, parece algo inocente que se pueden bucear en la profundidad del temor (y la vergüenza que ello implica) por un medio tan impersonal. Pero no todos los abordajes han ido por este rumbo.

Dentro de este contexto, un ejemplar estudio sobre una muestra de 1.180 viajeros internacionales de 14 países diferentes (con encuestas dirigidas en los Aeropuertos), revela que el riesgo es parte inherente en la toma de decisiones en cuanto a los destinos turísticos. Si bien los Kozak, Crotts y Law comprenden que las tragedias externas como el SARS, los ataques terroristas y las guerras condicionan los flujos turísticos, parece haber destinos inmunes a esta clase de eventos como el caso de Hong Kong. Tomando como marco referencial los aportes de G. Hofstede en cuanto al estudio de la cultura, los autores esbozan las siguientes conclusiones: a) un 83,8% respondieron que los riesgos elevados hacen cambiar los destinos, b) Aquellos que desean no cambiar de destino son hombres, mayores y catalogados en la escala de Hofstede con una tolerancia media a la incertidumbre; c) entre los riesgos percibidos primero está las enfermedades infecciosas y luego el “terrorismo”, d) la percepción negativa en caso de desastre natural o atentados también afecta a los países vecinos, e) los riesgos no recaen los países sino sobre regiones geográficas como un todo homogéneo y f) mientras los casos de terrorismo pueden ser identificados geográficamente países industrializados, el riesgo a una pandemia es focalizado en países subdesarrollados o del tercer mundo; g) los desastres naturales parecen no ser causales de cambio o cancelación de viajes; finalmente los autores invitan a complementar los estudios sobre las preferencias demográficas y sociológicas que podrían llamarse macro y su influencia sobre la percepción del riesgo/temor con las micro psicológicas estructuradas como las de Plog en la personalidad (Kozak, Crotts y Law 2007).

 

La personalidad y el riesgo

Conviniendo el rol que toma el turista, su estructura psicológica y la actividad, ciertos destinos serán percibidos como más peligrosos que otros sin importar la nacionalidad del viajero. En formas de turismo alternativo como el que llevan a cabo los mochileros el temor a un ataque terrorista tiene una menor incidencia en comparación a un turista estandarizado que se aloja en un Resort exclusivo (Reichel, Fuchs y Uriely 2007). Otro experimento llevado a cabo sobre dos grupos compuestos por 246 australianos y 336 extranjeros persigue la hipótesis de que la ansiedad, la personalidad y las intenciones de viaje son variables significativas para la percepción del riesgo. Por medio de complejos métodos econométricos y correlación, los autores confirman que existe una relación notable entre ansiedad y la percepción de un riesgo a la hora de elegir un destino. En parte, el sujeto se encuentra condicionado por su historia, su cultura y su personalidad; si bien los investigadores concuerdan en que la juventud de los participantes sesga los resultados y en parte no permite mayores alcances, consideran en forma general los siguientes alcances: a) el miedo al terrorismo y sus efectos se potencia o debilita según las personalidades de los viajeros, b) los turistas extranjeros con un mayor grado de motivación con respecto al viaje experimentan menor grado de ansiedad, c) los turistas extranjeros sólo se desplazan a destinos que perciben como seguros, c) los destinos percibidos como seguros tienen mayor propensión a ser elegidos por los extranjeros, d) los turistas australianos evalúan sus vacaciones en materia de excitación y no de riesgo, y entonces e) aquellos que se autodefinen como aventureros demuestran menor ansiedad frente a un viaje lleno de emociones (Reisinger y Mavondo 2005).

En Psicología social de los viajes y el turismo, José Manuel Castaño presentando estadística comparativas a nivel mundial entre 2001 y 2002, pone realmente en duda que el turismo háyase visto afectado por los atentados en Nueva York, Bali, Madrid y Mombasa o Egipto; como ya hemos sugerido sus bajas luego de un lapso tienden a repuntar o dirigirse hacia otros puntos. Si bien el autor reconoce los efectos adversos de este tipo de eventos, sostiene la OMT ha registrado en 2002 un total de 715 millones de llegadas por turismo internacional, unos 22 millones más que en 2001. En España según datos del IET a lo largo de 2002 arribaron 79,9 millones de visitantes extranjeros superando al año anterior en un 4,3%. Asimismo, escribe el autor: “respecto a las repercusiones del atentado en Madrid (11 de Marzo de 2004), no parece que hayan tenido una gran significación en las cifras de visitantes” (Castaño 2005: 2).

La postura del autor suscita el debate por cuanto no siempre los destinos colapsan por motivo del riesgo y el peligro, sino por motivos de saturación visual y ambiental que derivan en pérdidas del interés. En otras ocasiones, el famoso Dark Tourism enfatiza en la observación y visita de hechos históricamente trágicos. Por este motivo, analizar el impacto que ha tenido el 11 de septiembre en la opción de tal o cual medio de transporte como el destino turístico no siempre resulta sencillo y va acompañado de la incidencia de la actividad al PBI (u otros indicadores económicos). En ciertas circunstancias, cuando un destino es percibido como riesgoso o peligroso la demanda turística se re-encauza hacia otros destinos o regiones. En sí, los flujos turísticos no decaen sino que cambian. Por otro lado, para Aziz (1995) el capitalismo y el consumo parecen inscriptos en el turismo moderno occidental hecho por el cual los “atentados” como formas reaccionarias de protesta extrema hacia turistas se comprenderían desde una perspectiva simbólica como un ataque hacia los atributos distintivos de occidente.

La posibilidad de definir al turismo y a su evolución ayuda a Castaño en su tercer capítulo dedicado íntegramente al turista, viajero y a la teoría de los roles. Pertinentemente, el autor se pregunta ¿es todo viajero un turista?; y sobre esa cuestión basa todo el desarrollo posterior. En consecuencia, Castaño considera que para responder esa pregunta es necesario adentrarse en la teoría de los roles en Pearce (1982) por el cual se establecen diferentes parámetros de comportamiento y reacción en los viajes en concordancia con el rol ejercido. Bajo una tipología de 15 categorías que van desde el turista clásico hasta el antropólogo, Castaño sugiere que las conductas humanas en y hacia los viajes se encuentra relacionada con el rol del viajero.

De particular interés, asimismo, es el modelo de Plog (1972) (1991) por el cual los viajeros se dividen según el tipo de personalidad que representan. Estos constructos pueden clasificarse en tres alocéntricos, mid-céntricos y psico-céntricos. Por medio de un continuum los tipos alocéntricos buscan variedad y aventura, son seguros de sí mismos y no necesitan de viajes organizados; por el contrario, los psicocéntricos se mueven acorde a normas establecidas, son en ocasiones miedosos o nerviosos y necesitan de un viaje organizado. En trabajos posteriores Plog (1991) enumera 28 características que son extraídas de tres rasgos dominantes en la personalidad, a) la limitación del territorio, b) la ansiedad y c) el sentido de la impotencia. A estas dimensiones les agrega la energética/no energética como categorías anexas. El objetivo de Plog (cuyo proyecto fue financiado por compañías aéreas) llevaba como objetivo demostrar que aquellos con un alto poder adquisitivo que no deseaban volar (non-flyers) en sus viajes desarrollaban una personalidad de tipo fóbica con un alto tradicionalismo, y dependencia con “fuertes vinculaciones territoriales” a los cuales encasilla dentro del tipo psico-céntrico (Plog 1973; 1991).

En este contexto, se podría afirmar la siguiente hipótesis de trabajo, las personalidades psico-céntricas posee un mayor grado de sensibilidad y reclusión a los eventos negativos (riesgo) como atentados y/o similares en comparación a las personalidades de tipo alo-céntrico. Sin embargo, con respecto a estos trabajos Castaño (2005: 84) sugiere irónicamente: “Stanley Plog, uno de los psicólogo del turismo cuya popularidad tal vez no se corresponda, creo, con el rigor científico que presentan algunos de sus trabajos”, da que pensar sobre los resultados de tales abordajes. Más específicamente, los resultados de Plog fueron seriamente cuestionados por los hallazgos de Hoxter y Lester por el cual los destinos caracterizados por tipos alo o psicocéntricos no se corresponden en nada con las tipologías psico-gráficas de ese tipo (Foster-Lee y Lester, 1988; Castaño 2005: 89).

 

Conclusiones

Hasta aquí hemos intentado reseñar en forma lo más objetiva posible todos los trabajos teóricos y empíricos relacionados al origen y efecto del 11 de Septiembre. En lo particular, comenzamos sugiriendo la idea que si bien el milenarismo, la creciente ola de percepción de la inseguridad que trae consigo la modernidad, o la culpa de acciones no asumidas son aspectos importantes a la hora de establecer las causas de esta nueva época que nos toca vivir, no parecen ser las causas principales. En concordancia con Holloway y Peláez sugerimos que toda guerra o estado de inestabilidad tiene como objetivo el adoctrinamiento interno de las poblaciones. El turismo y la migración moderna desafían no sólo la lógica misma del capitalismo sino además de los propios Estados Nación. Dentro de este contexto, los atentados y las ofensivas bélicas tienen como función lograr el equilibrio del propio sistema manteniendo las cadenas de solidaridad hacia la propia estructura nacional y excluyendo hacía los límites externos al extranjero. Si bien es cierto, que estos estadios implican sobre los ciudadanos una creciente inseguridad e inestabilidad cuya respuesta se encuentra orientada en la manipulación político-ideológica de lo que se denomina “el bien” y el “mal”. Siguiendo los aportes freudianos, surgen diversos grupos minoritarios sobre los cuales se depositan diversos estereotipos negativos con el fin de reducir la angustia y la ansiedad. Así como los inmigrantes representan un grupo fácil de identificar, por su parte, los turistas también parecen blancos fáciles en el extranjero para cualquier ataque cuya reivindicación geo-política busque la atención de la opinión pública internacional. El enemigo externo permite la consolidación hegemónica de la autoridad y la reproducción de la legitimidad.

En este sentido, coincidimos con el profesor Grosspietsch (2005) en que no existe una línea clara causal entre terrorismo y turismo; desde su perspectiva, la desigualdades económicas en combinación por otro tipo de deprivaciones provocadas por el turismo se ubican como la causa por la cual los turistas se ubican como blancos para los atentados políticos; sin embargo, también en cierto que en destinos como Bali donde existe una reproducción y distribución de la riqueza en la población local asociada a un efecto multiplicador del empleo, los atentados también son comunes. Tal vez, habrá que pensar seriamente que el Islam no es contrario a la idea de conocer otras culturas y gentes como tampoco a las excursiones, pero que en el turismo moderno sea vinculado al capitalismo occidental. Asimismo, cabe cuestionarse como bien lo hacen Paraskevas y Arendell, cuales son las construcciones que se hacen en torno al “terrorismo” y a la “violencia”. Ideológica y discursivamente en el caso del consumo turístico, en ocasiones el fin de milenio predispone para considerar la costumbre del otro como “corrupta y maldita” y por tanto plausible de ser castigada.

Desde una perspectiva micro-sociológica, diversos investigadores se han preguntado sobre los efectos que el 11 de Septiembre ha traído tanto para al transporte masivo como para el turismo, entre ellos podemos señalar los siguientes: a) las mujeres tienen una mayor percepción del riesgo que los hombres, b) los hombres mayores tienen una menor percepción del riesgo que los jóvenes, c) los vínculos familiares disminuyen la posibilidad de experimentar riesgo en los destinos turísticos, d) los medios de comunicación son un interesante comunicador y transmisor de los eventos trágicos, en ellos el riesgo se transforma en temor, e) existen estructuras psicológicas que evaden el riesgo y otras que se ven atraídas por éste, f) la ansiedad y el pánico aumentan cuando no se muestra una salida clara al conflicto, g) entre los riesgos percibidos primero está las enfermedades infecciosas y luego el “terrorismo”, h) la percepción negativa en caso de desastre natural o atentados también afecta a los países vecinos, i) los riesgos no recaen los países sino sobre regiones geográficas como un todo homogéneo y j) mientras los casos de terrorismo pueden ser identificados geográficamente países industrializados, el riesgo a una pandemia es focalizado en países subdesarrollados o del tercer mundo; k) los desastres naturales parecen no ser causales de cambio o cancelación de viajes, y l) los viajes de placer parecen ser más sensibles a los riesgos que los de negocios.

Sin embargo, la mayoría de los estudios reseñados confunden morfológicamente riesgo, miedo y pánico. En ese contexto, las técnicas utilizadas para medir el riesgo/temor que puede experimentar un sujeto a la hora de elegir un destino turístico se hacen con una rigurosidad cuestionable. A este problema se le suma que las composiciones muestrarios son desproporcionadas para realizar comparaciones deductivas pertinentes o no estadísticamente representativas, y las pre-concepciones occidentales adquiridas (prejuicios) con respecto a la “violencia y el terrorismo”; estos estudios focalizan sobre los efectos negativos de un “enemigo externo” ajeno y enemigo de la cultura occidental. Si partimos de la base que el impacto negativo del terrorismo es transitorio en los destinos turísticos (Paraskevas y Arendell 2007), también debemos comprender el mantenimiento implícito de sus usos discursivos. Durante mucho tiempo, a pesar de los esfuerzos de Irlanda del Norte por mejorar la imagen de Belfast, Londres había creado diferentes estereotipos, prejuicios y construcciones que vinculaban al irlandés con el vocablo “terrorista” y de esa forma perpetuar el orden socio-político británico dentro y fuera de la misma Irlanda del Norte (Korstanje 2008). Por lo tanto, no queda del todo claro las direcciones que van tomando las diferentes percepciones de los consumidores y los usos que de ello pueden hacerse.

Es posible que la relación entre el sujeto y el “otro absoluto” quede vinculada por la acción de lo tremendo como categoría destinada a enfatizar esa desigualdad política. El punto central es que lo tremendo crea una dependencia casi absoluta entre el sujeto y el otro inmanente. En esta instancia, las categorías mencionadas se disocian del terror por cuanto establecen una oscilación entre lo concreto y lo totalmente desconocido. En ese contexto, el peligro no es ni religado y ritualizado (como en los casos anteriores) sino queda en suspenso de toda denominación posible y específica. Si tememos a lo posible, tenemos terror de lo imposible, y así la propia incapacidad de sentir la seguridad de nombrar y representar algo. En sí, el terror trae consigo una incongruencia de tipo lógico-racional por cuanto se remite a una ordenación sólo tenida en cuenta para ser transgredida. En este caso, no existe hábito sino solamente huida, fuga y el sujeto se encuentra constantemente en retirada. Al igual que lo siniestro, el terror tiene como función la despersonalización simbólica del sujeto por parte de la no pertenencia y la destrucción del ámbito. Por último cabe destacar que las posiciones que cada ciudadano experimenta con respecto al temor pos-evento (traumático) son subjetivas, pero tienden a reproducir y perpetuar el orden político y económico del capitalismo moderno. Por lo general, las consecuencias negativas de los “atentados” tanto en pérdidas materiales como humanas son usadas para generar lazos de solidaridad que pueden o no ser políticamente manipulados. Esperemos, no sea el turismo o mejor dicho el daño que sobre él genera el terrorismo una excusa para otro tipo de prácticas cuya naturaleza no queda del todo clara. Porque en definitiva, el 11 de Septiembre no sólo ha representado un cambio cualitativo en como percibimos el mundo que nos rodea, sino también los límites que separan nuestra mismidad identitaria de la otredad; y es específicamente sobre ello que el fenómeno amerita seguir siendo investigado en forma interdisciplinar. Todo parece indicar, que desde los griegos la construcción o la versión del otro no ha cambiado mucho como así tampoco esa obsesión paranoica por el orden y la seguridad.

 


 

Notas

Agradecimientos: Principalmente quisiera agradecer a todos aquellos que han hecho posible el siguiente trabajo, entre ellos a quienes tan amablemente han cedido sus investigaciones y material la confección del mismo en forma desinteresada como ser la prof. Ivette Reisinger de la Universidad de Temple, Alexandros Paraskevas de la Oxford Brookes University, Metin Kozak de la Mugla University, Turquía, y Regina Schluter del CIET, Argentina.

1. Fuente: Tim Murphy, “For Fear of Flying, Therapy takes to the skies”, New York Times, 24 de Julio de 2007. Disponible en:
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2. Es cierto que ya los Estados Unidos habían tenido atentados como los de Oklahoma y el unambomber, pero ninguno del impacto del WTC.

3. La palabra fobia viene del griego phóbos que significa terror y miedo a la vez. Un sugerente rastreo historiográfico en Vicente Domínguez (2003) sugiere la idea de que el miedo tiene en la literatura homérica un tratamiento diferente al dado por Aristóteles en su Ética Nicomaquea. En Homero, para ser más exactos phóbos deriva de phemobai que significa huir. En este contexto, su aplicación a fines bélicos puede verse plasmado en la figura de Phóbos, hijo del dios de la Guerra Ares, terrible y temido por todos los mortales. Luego de Homero, dice el autor, el sentido de Phóbos adquiere un matiz más vinculado al miedo que al terror anterior (Domínguez 2003: 662). Según lo expuesto para Aristóteles, comentado en su prólogo inicial por el catedrático A. Gómez Robledo la virtud se encuentra a mitad de camino entre los dos tipos de vicios más comunes entre los hombres el exceso y la carencia. El punto medio (y no así la mediocridad como comprendieron algunos) de todas las pasiones cólera, temor, audacia, concupiscencia y otras, es la virtud. En relación al temor, la falta total de él sería la imprudencia mientras su exacerbación el terror, ambas pasiones negativas para el alma. La valentía según el filósofo de Estagira sería entonces una virtud (Gómez Robledo XIX).

 


 

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Gazeta de Antropología