Gazeta de Antropología, 2009, 25 (1), artículo 19 · http://hdl.handle.net/10481/6860 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 29 enero 2009    |    Aceptado 15 abril 2009    |    Publicado 2009-05
La 'chavos banda' como forma de organización alternativa a la familia entre los menores en situación de calle en la Ciudad de México
The 'chavos gang' as a alternative form of family organization among the street children in Mexico City



RESUMEN
A partir de la tesis doctoral en antropología social que estoy realizando desde hace algunos años sobre los menores en situación de calle en la Ciudad de México, me propongo reflexionar sobre las "chavos bandas" como formas de organización alternativas a la familia, que sin embargo, asume entre sus funciones la de proveer afectos y cuidados a sus miembros. Practicas de provisión de cuidados que analizo desde una perspectiva de género que en la mayoría de los trabajos ha permanecido olvidada porque se ha considerado un fenómeno eminentemente masculino.

ABSTRACT
Based upon my Doctoral thesis in social anthropology about street children in Mexico, I will reflect on the chavos bandas as an alternative family form which nonetheless takes on the task of providing affection and care for their members, among other roles. I analyse these practices in the provision of care from a gender perspective, generally overlooked by many papers, as it has been considered an eminently male phenomenon.

PALABRAS CLAVE
cuidados | bandas | sexo | menores de la calle | unidad familiar
KEYWORDS
cares | gangs | gender | street children | family unit


1. Introducción

El objetivo principal de este trabajo es conocer a partir del estudio etnográfico realizado con chavales y chavalas de la calle en la Ciudad de México, la banda como forma de organización alternativa a la familia/hogar y por tanto, modelo alternativo al hegemónico que sin embargo, asume entre sus funciones la de proveer afectos y cuidados a sus miembros, características atribuidas siempre a la unidad familiar.

Mi acercamiento a esta realidad la hago desde la disciplina antropológica y por consiguiente, centrándome en el estudio de las prácticas y discursos de los y las chavalas para analizarlas en su contexto y lo que ello significa, comprender e interpretar desde su mirada, las construcciones y significados de sus acciones. Analizando sus vidas desde una perspectiva de género que en la mayoría de los trabajos ha permanecido olvidada porque se ha considerado como un todo dentro del universo masculino, dejando fuera la realidad de las niñas (1) y las relaciones de desigualdad de género al interior de las mismas.

Además, considero que a partir de su análisis no sólo sabremos más sobre sus vidas y las relaciones entre los géneros que las atraviesan, sino también, en el caso que nos ocupa, sobre las prácticas de provisión de cuidados, aportando una mirada distinta que pretende verlos más allá de los prestados exclusivamente por la familia y por tanto, los basados en el parentesco (García Díez 2003). Tratando de contribuir de esta manera a la “desnaturalización de la relación mujer = cuidadora como un hecho dado y enfatizado por los procesos políticos e históricos que construyen cuerpos generizados, racializados y etnizados en su relación con el cuidado y no como categorías preexistentes” (Gregorio 2008: 5).

Tras este primer acercamiento al tema que nos ocupa, en los siguientes apartados trataré, en un principio, de abordar el fenómeno de los niños de la calle desde la disciplina antropológica y las bandas como subculturas de resistencia dirigidas a satisfacer las necesidades de cuidado, problematizando sobre el vacío teórico que existe, sobre todo si además queremos conocer las relaciones de género al interior de las mismas. Aquí como veremos las niñas son las grandes ausentes, contribuyendo de esta forma, una vez más, a su invisibilidad. A continuación, y mediante el análisis de los discursos y prácticas de los chavales y chavalas, mostraré las “chavos bandas” como formas de organización alternativas a la familia/hogar, las maneras de acceder a las bandas y las formas de expresión de los cuidados que como se verá están atravesadas por categorías tales como el género y la edad. Por último, presentaré algunos avances de los resultados a los que he llegado tras el análisis de la información. Pero antes de concluir este apartado me gustaría contar cómo surge mi interés por este tema, así como la forma de acercarme a sus vidas, unas vidas dolorosas que son el fin de mi análisis.

En 1999, recién terminada la licenciatura en antropología social y con escasos años de trabajo como educadora social con mujeres víctimas de violencia de género, decidí iniciar una experiencia de cooperación internacional con la ONG Setem (2) en uno de los distintos campos de solidaridad con los que colabora en Latinoamérica o la India.

En un principio mi destino era Perú, la comunidad chayagüita y la intención era participar en un proyecto sobre prevención de la violencia de género en la zona del Amazonas. Esa idea me entusiasmaba ya que como buena antropóloga iría a trabajar a una comunidad exótica con ese “otro” “otra” de la misma manera en la que tantos “viejos antropólogos” lo habían hecho. Sin embargo, mi proyecto se vino abajo ya que antes del verano la comunidad entró en conflicto por cuestiones territoriales y se suspendió el campo de solidaridad. El único campo en el que aún quedaban plazas libres era en el de México, para trabajar con menores en situación de calle.

Fue, por tanto, de manera casual mi acercamiento a esos niños y niñas de vidas desgarradoras, cuando experimenté lo dolorosa que podía llegar a ser conocer la realidad de los que se “supone” son los más “débiles” y “vulnerables” y por tanto, a los que más debemos proteger; “nuestros niños y niñas”.

A partir de este primer contacto, sorprendida y maravillada por su fortaleza y por la creatividad que tienen a la hora de resolver la cotidianidad, decidí embarcarme en este inacabable y duro proceso que es la tesis doctoral (3). Con esta finalidad y entusiasmada por la idea, me propuse realizar en los años siguientes estancias de investigación más prolongadas para conocer mejor la realidad de estos niños y niñas. En total fueron tres las estancias, dos de ellas como educadora en los centros de acogida para menores que tiene Hogares Providencia I.A.P. (4) y una, la última, en San Felipe I.A.P. como educadora de calle en la zona sureste de la ciudad. En las dos últimas estancias, además colaboré con el CIESAS (5) de Distrito Federal, bajo la dirección de la antropóloga e investigadora Elena Azaola, la cual, fundamentalmente, me ayudó a tomar conciencia del tan necesario “distanciamiento” que necesita “todo buen antropólogo o antropóloga”, especialmente cuando se trabaja con realidades tan complejas y difíciles.

Los métodos utilizados en la investigación han sido principalmente cualitativos ya que considero que a partir de los mismos se puede comprender mejor la realidad de los y las sujetos que están inmersos en ella. Sujetos que tienen una existencia propia como resultado de un proceso histórico, cultural y social. Creo que de esta manera es posible rescatar las “voces alternativas”. La metodología empleada ha sido la observación participante y las entrevistas en profundidad. La observación participante la he usado con la intención de describir y analizar aquellos aspectos relacionados con las formas en las que viven en la calle, cómo se relacionan entre ellos y ellas, así como los roles y funciones según género al interior de la banda. Los lugares de observación han sido aquellos en los que la institución con la que colaboraba como educadora de calle intervenía y eran varios. Uno de ellos, el punto de pernocta situado a la salida del metro observatorio, en el parque que se encuentra al final de los puestos que rodean la estación. Allí, junto a la fuente, los chavales montan sólo por la noche casas con cartones y lonas de plástico. Por la mañana deben desmontar las casitas y apilar todas sus cosas en una de las esquinas, es un acuerdo al que llegó San Felipe con la Delegación a la espera de darles una nueva ubicación. A este lugar acudía con dos educadores más tres mañanas a la semana para hablar con los chavales, saber cómo les había ido el día en el trabajo, para platicar sobre cómo se encontraban, qué iban a hacer o si habían tenido problemas por la noche. También jugábamos con ellos e intentábamos convencerlos para que acudiesen al centro de día Matlapa de esa misma fundación que se encontraba a unos cien metros del punto. El centro Matlapa pasó a ser otro de los lugares de observación, dos días a la semana iba para colaborar con el resto de educadores en las actividades que ofrecían para los niños y niñas y que consistía en darles el desayuno, un lugar en el que asearse y lavar sus ropas. Además realizaban actividades de ocio como malabares, teatro o expresión plástica, así como de formación; lectura y escritura o capacitación informática. Al centro acudían también chicos y chicas de otros puntos de pernocta que no vivían con este grupo, sino que lo hacían en parejas o tríos en las zonas de Tacubaya, Observatorio y Barranca del Muerto.

El contacto continuado con los niños y niñas tanto en calle, como en el centro me permitió con el tiempo no sólo conocerlos sino también establecer relaciones basadas en la confianza y el respeto. Y aunque yo era una figura de autoridad para ellos, estar sólo un período de tiempo determinado, no ser trabajadora sino voluntaria y ser extranjera, me situaba en una posición privilegiada ya que no me consideraban como una figura de control sino como alguien ajeno que estaba interesada en conocer sus vidas, que me preocupaba su situación y que tenía la intención de darla a conocer. De esta manera, con el tiempo pase a ser el referente de algunos niños y niñas, al menos así me lo explicitaron algunos de ellos en el día a día y en las entrevistas.

Las entrevistas en profundidad utilizadas han sido principalmente abiertas y semiestructuradas. Usar este tipo de entrevistas me ha permitido sobre todo obtener información novedosa a partir de la cual iba estructurando los temas de investigación. El lugar en el que las llevé a cabo fue una de las salas del centro Matlapa, concretamente la sala de informática.

Durante el período que realicé mi trabajo de campo me encontré con varias limitaciones. Una primera, y quizás la más difícil de superar, fue el gran estremecimiento que experimenté al acercarme a su cotidianidad y saber sobre su situación, ver las condiciones de pobreza en las que viven y conocer los problemas que tienen en la calle. Poner caras y voces a una realidad tan difícil; conocerlos personalmente, escuchar cómo se sienten y crear lazos afectivos con algunos de ellos y ellas hizo que en muchas ocasiones me planteara seriamente si continuar o no con mi trabajo. Una segunda limitación fue ser “mujer” ya que trabajar en la calle ha supuesto introducirme en los barrios más marginales de la ciudad, barrios que se caracterizan por ser extremadamente peligrosos y a los que no podía ir sola. Esto me coartó a la hora de moverme y también me hizo depender de mis compañeros varones. Además, en el momento que llevé a cabo mi trabajo en la zona de Observatorio y Barranca del Muerto eran pocas las mujeres que realizaban trabajo de calle, lo cual supuso una dificultad añadida en los primeros acercamientos a la población porque algunos chavos creían que por ser mujer y encontrarme sola ya estaba “disponible”. Sin embargo, con el paso del tiempo su actitud cambió llegando al final de mi última estancia a establecer un vínculo muy cercano y una enorme complicidad con una gran parte de ellos y ellas.

 

2. Abordaje teórico

Los estudios que han abordado la realidad de los menores en situación de calle desde la disciplina antropológica (ver entre otros los trabajos de Glausser 1997, Hecht 1998, Sheper-Hughes 1994) han centrado sus esfuerzos en deconstruir conceptos tales como; “infancia”, “menores de la calle”, “casa”, “calle” para problematizar, a su vez, sobre ellos y sobre el gran sesgo etnocéntrico que hay a la hora de utilizar dichas categorías. Desde la antropología además se plantea la necesidad de dar voz a los diversos grupos que no tienen la posibilidad de ser escuchados por carecer del poder necesario para ello. En este sentido Glausser en su investigación sobre menores de la calle en Asunción, Paraguay, realizada en el 1997, señala que las formas de hablar de los niños y niñas de la calle son discursos sobre los “otros”, sobre vidas, problemas y situaciones que simplemente se observan externamente por los sujetos que hablan, no teniéndose en cuenta sus discursos, así como tampoco las formas en las que ellos y ellas perciben su realidad.

En el caso del concepto “menores de la calle” es interesante analizar la relación que se establece entre las categorías “calle” y “niños”, siendo un término que hace referencia a los niños y niñas que se salen de los límites de lo que se considera “normal” ya que utilizan la calle de forma distinta al resto de la población y además contraria a la establecida socialmente. “La necesidad de un nombre parece surgir, por tanto, cuando la situación se aleja de las normas sociales” (Glausser 1997: 152).

Con frecuencia los niños y niñas de la calle son tratados como “víctimas de una transición que consiste en el cambio que se produce al pasar de ser niños dentro de una familia, con una casa y apoyo necesario para tener oportunidades escolares y laborales, a convertirse en niños con ausencia de todo lo mencionado, definiéndose su existencia como una vida cotidiana que carece de orden social” (Magazine 2000: 3).

Desde la antropología se ha cuestionado esta manera de ver a los niños y niñas (ver entre otros Aptekar 1988, Glausser 1990, Magazine 2000, Scheper-Hughes 1997, Hecht 1998) Estos autores y autoras critican la forma de conceptualizarlos ya que son considerados como “sujetos pasivos que necesitan de la ayuda de adultos para retomar el lugar en el que deben estar” (Magazine 2000: 5). Sin embargo, como se mostrará en este artículo, cuando los menores se encuentran una situación de “no protección” tanto por parte de sus familias, como por parte del Estado, van a establecer una serie de relaciones estructuradas según género, con la finalidad de crear su propio hogar (6) que les va a brindar toda una serie de afectos y cuidados y les va a ayudar a satisfacer parte de las necesidades que tienen como personas “adultas” que son o ¿acaso no son adultos en cuerpos de niños porque se ven obligados a llevar una vida adulta, es decir, tienen que buscar trabajo, crear redes de apoyo, generar estrategias de resistencia, buscar cobijo, etc.?

Vivir en grupo es una estrategia de supervivencia para muchos de los chavales, por tanto, hablar de los niños y niñas de la calle supone hacer un análisis de las “chavo bandas” o “bandas urbanas” ya que éstas son una de las formas de organización más frecuentes (7) entre estos menores. Es decir, una vez que deciden salir a la calle, ésta se convierte en un modo de vida donde desarrollan una “cultura callejera” caracterizada por los lugares que buscan para vivir, los trabajos que realizan para obtener recursos económicos y sobre todo, por las distintas estrategias que ponen en marcha para sobrevivir en ella (Lucchini 1999).

Esta visión de las bandas y de los menores que las integran implica considerarlos sujetos activos generadores de cultura desde la marginalidad y con capacidad de acción sobre sus vidas, y no como agentes pasivos receptores de la cultura adulta.

Abordar las bandas como formas de organización entre los niños y niñas de la calle ha supuesto encontrarme con un gran vacío teórico ya que son muy pocos los estudios que nos hablan de las prácticas de estos menores cuando deciden organizarse en las denominadas por ellos mismos “chavo bandas” y más aún, si el interés se centra en cómo se configuran las relaciones para la provisión de cuidados y afectos desde una perspectiva de género. Realidad que sin embargo, nos muestra cómo se reproduce la ideología patriarcal dominante y se perpetúan así las desigualdades de género. En este sentido ya Lucchini señalaba que “no se dispone de ningún estudio sistemático y profundo sobre el tipo de relaciones sociales que se dan entre los niños y niñas de la calle” (Lucchini 1999: 133).

Las bandas entendidas como formas de agrupación juvenil han sido estudiadas desde la disciplina antropológica y sociológica desde principios del siglo XX. Carles Feixa en su libro “De jóvenes, bandas y tribus” publicado en 1998, hace un estado de la cuestión de las principales investigaciones que se han realizado sobre las bandas y las diversas perspectivas que las han abordado desde su surgimiento.

En relación a las relaciones sociales entre los miembros que conforman las bandas, Frederik Thrasher de la Escuela de Chicago, fue uno de los primeros en señalar como una de sus características la solidaridad interna, superando de esta manera los planteamientos desviacionistas que se le habían atribuido al considerarlas como formas de desviación del comportamiento humano. Además, este autor, pone su énfasis en que las bandas “representan el esfuerzo espontáneo de los muchachos por crear una sociedad para sí mismos donde no existe nada adecuado a sus necesidades” (Encinas Garza 1994, citado en OIT 2002, Libro 26: 1). Más adelante, Whyte (1934) en su estudio realizado con una familia de inmigrantes italianos critica la relación que se hace de estos grupos y la delincuencia e incide en que los lazos afectivos que los jóvenes desarrollan al interior de la banda hacen sentirla como su familia, siendo algunas de sus características la solidaridad interna, lo que genera un fuerte sentimiento de lealtad (Feixa 1998: 50).

Posteriormente la escuela de Birmingham incide en la idea que previamente Monod señaló, presentando las bandas como subculturas de resistencia ante un sistema de control impuesto por los grupos de poder, al mismo tiempo que las muestra como formas en las que se agrupan los chavales para dar respuesta a los problemas derivados de la crisis parental (Feixa 1998). Para Monod además, la banda cumple muchas de las funciones desempeñadas por la familia, según este mismo autor: “Es significativo que el vacío entre la familia y la sociedad, en el que los jóvenes edifican su cultura, esté repleto de expresiones calificadoras de las relaciones que los miembros mantienen entre sí, semejantes a las de parentesco y que, en consecuencia, estructuran un grupo teórico limitado de relaciones básicas y enlaces fuertes en los que es posible la comunión” (citado en Feixa 1998: 66).

Aproximaciones recientes dotarán a estos grupos de un soporte afectivo fuerte que ofrece a sus componentes seguridad frente al mundo adulto (Zarzuri 2000: 91) considerándolas como una comunidad de acogida que se convierte en una forma de organización similar a la familiar en la que “sus miembros responden y se defienden de cualquier agresión externa” (Liebel 2004: 96). Son, a su vez, un espacio, un lugar de escucha ante problemas más o menos similares y donde se comparten las vivencias. Según Cerbino (2006: 62) “Ahí es donde el sujeto persona tiene un interlocutor semejante con el que establece una comprensión plena”.

 

3. “Subculturas de menores” Prácticas de prestación de cuidados

A partir de las prácticas observadas y los discursos de los y las menores entrevistados se pueden distinguir cuatro formas de expresión de los cuidados que aparecen atravesadas por categorías tales como el género y la edad.

 

Redes de apoyo y formas de acceder al grupo

Cuando los menores llegan a la calle por primera vez se sienten perdidos, angustiados y desprotegidos, son conscientes de su vulnerabilidad por ser menores y no saber cómo moverse en ese medio. Son niños y niñas que han abandonado sus hogares por diversas causas, algunos me cuentan que lo hicieron por la violencia que sufrían en sus hogares o porque su madre prefería a su padrastro, la calle entonces aparece como una salida a su situación. Pasan por tanto, de estar “protegidos” por sus padres a ser ellos y ellas los que deben generar estrategias para sobrevivir en un medio que desconocen y que está lleno de riesgos y amenazas.

Una practica generalizada entre los menores en situación de calle es la formación de redes entre aquellos que consideran están en condiciones similares, entre sus iguales. Los niños y niñas entrevistados a lo largo de mi investigación señalaron como algo habitual en su primer día en la calle, que si se encontraban solos, sin la compañía de un adulto, acudiesen a ellos o ellas otros niños de la calle para saber si se habían salido de sus hogares. En caso de ser así, con frecuencia les ofrecían su compañía así como un lugar en el que dormir. Así me lo relataba Jesús en la entrevista:

“Cuando llegué a México estaba solito y llorando. De ahí, cuando me quedé llorando pues estaba en la Central (8) y ya de ahí me sacaron ¿no? Los vigilancia me dijeron: no puedes dormir aquí y ya me salí fuera. Hasta las cuatro de la mañana se puede quedar uno dentro de la Central. Y ya que me sacan y que afuera pues veo que me llega un chavito y chavas, con su mona (9) acá y empezaron a decirme: ¿Tú de dónde eres?, ¿te has salido de tu casa? que no se qué y acá. Y ya les empecé a contar: No, que soy de tal lado ¿’Pa’ dónde vas? Y yo llorando ¿no? de niño llorando, y no pues vente ¿Dónde te vas a quedar? No tengo dónde quedarme ¿no? Les dije. Entonces ellos y ellas me llevaron a un lugar donde vivían con otros chavos.”

Ante esta realidad las redes de menores se configuran como imprescindibles para su supervivencia, siendo una estrategia que generan a partir de la construcción de su identidad (10) como niños que se encuentran solos y que están en la calle. Es decir, entre ellos se identifican al sentir que comparten situaciones de partida o experiencias similares y por este motivo se ayudan. El intercambio que se produce a través de las redes “concierne principalmente a información, entrenamiento, ayuda para conseguir un empleo, comida, préstamos de dinero, cobijo, servicios (como el cuidado de niños) y el apoyo emocional y moral” (Lomnitz 1998: 76, citado en Juliano 2008: 1). En el caso de Josué, uno de los niños entrevistados, le ofreció en un primer momento cobijo y protección y más adelante, le aportó la información necesaria para conseguir comida y dinero.

“Cuando me salí a la calle tenía miedo, porque yo cuando llegué a calle viví…, llegué chiquito, yo tenía miedo que me cortaran, que medio me fueran a violar o cualquier cosa. El primer día que llegué a calle si ni comí porque sin saber nada, cómo andan y cómo se alojan y por eso yo tuve mucho miedo. Conocí a un chavo que me preguntó si me había salido de mi casa y que me llevó a donde estaba toda la banda. Y al día siguiente, cuando me levanté me enseñó donde podían darme tacos y cómo conseguir lana (11)“.

Las redes a su vez, aparecen como la puerta de entrada a las bandas. Es decir, con frecuencia los menores que hacen uso de las mismas permanecen un tiempo conviviendo con el grupo. Pero formar parte de una banda, así como “los elementos que la interacción aporta a los distintos sujetos, va a ser diferente en función del género (12), incidiendo en su constitución identitaria, así como en las diversas formas, estrategias, acceso, sentido y utilización de los distintos recursos a los cuales acceden los jóvenes” (Arteaga 2001: 1). María, una de las chicas que entrevisté me contaba que para ingresar y permanecer en las bandas a las chicas se les exigía mantener relaciones con los distintos miembros. Señalaba además que este fue uno de los motivos por los que ella nunca llegó a vivir con un grupo, me decía, porque: “tienes que estar ahí y aflojarle a quien te esté pidiendo”. El sexo como podemos apreciar a partir del testimonio de María aparece en ocasiones como una práctica que se les pide e incluso a veces se les exige a las niñas para formar y permanecer en el grupo, siendo además una estrategia que generan las mujeres para estar protegidas en la calle. El “sexo recompensado” (13)que así se le denomina, consiste en intercambiar “sexo” con alguno de los líderes de la banda, policías, comerciantes o taxistas de la zona a cambio de protección, aunque es un concepto más amplio ya que se realiza además por drogas, comida y compañía. Marta así me lo contaba en la entrevista:

“Había chavos que me decían: ¡Ay! Si quieres que te cuide te tienes que aflojar y si quieres monear igual.”

Es interesante observar que cuando el intercambio se lleva a cabo dentro del grupo, es una relación prolongada en el tiempo o con la finalidad de protegerse está legitimada por todos sus miembros, sin embargo cuando se realiza fuera, no es duradera o tiene un valor de cambio, se hace sólo por dinero, es sancionada por los chavales y denominada por ellos mismos como “prostitución”. En relación a esta idea y según la información etnográfica, tanto niños como niñas la habían ejercido con la finalidad de obtener recursos económicos, pero es interesante señalar que en las entrevistas pocas chicas lo reconocían aunque sí señalaban a aquellas que lo habían practicado, resaltando además el “poco valor” de conseguir dinero mediante esa actividad y la estigmatización de todas aquellas niñas que la ejercían “perdiendo su valor como mujeres”.

Teresa: “Yo he tenido varios, muchos… (se queda pensando) puros señores que me han llegado y que luego me decían: ¡Te doy tanto!, contando que te vas a acostar conmigo. Pero ¡no! prefiero trabajar. Guadalupe sí, ella sí lo hacía, se iba con casi la mayoría de los taxistas hasta por diez, veinte o treinta pesos. Yo pienso que eso es perder el valor de una mujer ¿no? de no valorarte. Mira, yo siempre fui drogadicta y siempre trabajé pami vicio, pa calzarme, pa vestirme… Nunca he necesitado de irme a acostar con un cabrón para que me de una lana. Siempre he tenido lo mío por mí, no porque ¡Ay, ya me fui a acostar con él y me dio tanto!Mira, la mayoría de ellas lo han hecho, yo a lo mejor nunca lo hice porque yo me reflejaba en ellas y pensaba ¡Mira cómo andan! Y uno no sabe ni qué enfermedad traen y vaya a que me vayan a pegar una enfermedad que ni Dios padre me lo quite. Y no, mejor así lo dejamos. Y yo veía a ellas que luego se iban y se iban con unos y con otros, y ya cuando regresaban traían su lana pero de irse a acostar con los señores, no tanto porque lo ganaran por su sudor. Bueno (se queda pensando y se ríe) pues sí lo ganaban con su sudor, pero con su cuerpo ¿no? Pero no, pues yo gracias a Dios, no”.

A partir del testimonio de Teresa se puede observar cómo las niñas de la calle son estigmatizadas por su vida sexual. “La valoración desigual de algo que debería ser común a ambos sexos- la actividad sexual, gratuita o mercantil- es el andamiaje moral que sostiene la vida social. Con una moral distinta para los hombres que para las mujeres se clasifica a éstas como decentes o putas” (Lamas 2007: 313).

Esta forma que tienen los menores de percibir a las mujeres en función de su sexualidad queda manifiesta en las dos imágenes más representativas de las mujeres en México, me refiero a la Malinche y la Virgen de Guadalupe. Modelos opuestos con connotaciones morales diversas que han configurado los mandatos de género. Esta dualidad Malinche/Guadalupe y sus significados opuestos/ complementarios quedan bien reflejados en palabras de González (2002: 161): “Desde su semejanza como mujeres y madres se articulan las oposiciones. Así, la Virgen de Guadalupe es la madre espiritual de los mexicanos, depositaria de virtudes y objeto de veneración, mientras que la Malinche es la madre física, engendradora de conflicto y receptora de hostilidades”.

 

La protección como cuidado

La vida en la calle está llena de amenazas y riesgos, son por tanto, numerosas las situaciones de violencia que los menores deben afrontar, según Lucchini (1999) entre las más usuales encontramos enfrentamientos con la policía, con otras bandas y entre los miembros del grupo. En el caso de las niñas además son constantes las situaciones de violencia sexual a las que están expuestas por vivir en la calle, siendo al mismo tiempo los sujetos sobre los que recaen las agresiones más violentas como símbolo de venganza entre las bandas. En este apartado intentaré mostrar mediante los discursos de los niños y niñas, esas situaciones de violencia y cómo ellos y ellas se organizan para protegerse y cuidarse.

Respecto a los enfrentamientos con la policía, tanto niños como niñas expresaron como algo habitual ser detenidos sin causa justificada, además hay constancia de haber sido golpeados, torturados y amenazados exigiéndoles dinero a cambio de no acusarles de falsos cargos e incluso les han obligado a tragarse las bolsas de resistol (14) que utilizan para drogarse (Casa Alianza 2000). En el caso de la banda estudiada, los menores entrevistados me hablaban de un cuerpo de policía que los agredían constantemente, ellos los llamaban los “lobos” y aunque la gran mayoría me contaba que en los últimos años no eran tan violentos, aún continuaban molestándolos. Dariliz en la entrevista me explicaba alguno de los problemas que tuvo con la policía y cómo los chavos de la banda en esta ocasión acudieron a ayudarla.

“Con la policía también tuve problemas, luego me quitaba mi lata nuevecita. Un día estaba yo moneando y ellos me agarraron, me decían: ¿Qué tienes ahí?y yo: ¡Nada! y me agarraban y con fuerza me quitaban mi lata. Me dijeron que me iban a llevar si no me quitaba de ahí de donde estaba, y les dije: ¡Pues, llévenme! y ya me iban a llevar y les digo ¡No, no es cierto!Me puse a gritar y los chavos vinieron corriendo y les dijeron: ¡Ya, déjenla!

El segundo tipo de situaciones a las que los menores deben enfrentarse son las que se dan entre los miembros del grupo. En el caso de la banda estudiada y según los testimonios de los y las chavales, los principales motivos por los que se originan los conflictos se debe a que alguno de sus miembros no respeta las normas que entre todos han establecido.

Los menores en la entrevista señalaron tres normas existentes: la ley del silencio que consiste en no contar a nadie ajeno al grupo los problemas, episodios puntuales o situaciones personales de alguno/a de sus miembros. La ley del respeto que se basa en respetar a las parejas (principalmente a las mujeres) de los chavos y la ley del robo que trata de no robarse entre ellos. Tres normas que nos muestran la manera de regular las relaciones entre sus miembros para evitar los conflictos, siendo además en el caso de la “ley del respeto” una forma de garantizar el control de las niñas al considerar que si anda con alguno de ellos, nadie más puede hacerlo, es de su posesión. Las sanciones acordadas en el caso de infringirlas eran dos; una golpearlos y otra, expulsarlos del grupo. Jorge así me lo contaba al explicarme en qué consistía la ley del respeto.

“Con las chavas de calle sí hay respeto, por ejemplo si yo tengo mi pareja, mi novia, hay respeto entre nosotros porque es lo que tenemos acordado, a parte de que somos unos drogadictos y alcohólicos tenemos respeto a las mujeres. Si alguien se pasa con una mujer el grupo lo golpea, lo corren (15) entre todos porque tiene que haber respeto entre nosotros.”

Las situaciones de violencia entre las distintas bandas suelen producirse habitualmente por cuestiones de territorialidad, es decir, los amenazan para expulsarlos de las zonas en las que llevan a cabo sus trabajos o actividades y en las que construyen su identidad como grupo (16). También para despojarlos de sus bienes, porque los molestan o porque han golpeado a uno de sus miembros anteriormente. Estas situaciones van a generar enfrentamientos continuos entre los distintos grupos, siendo en muchas ocasiones las mujeres las más afectadas ya que son los sujetos sobre los que se dirigen las formas de violencia más extremas y crueles como signo de venganza entre bandas (17). Mario y otros chicos así me lo contaban en la entrevista al preguntarle por la situación más difícil que habían vivido al enfrentarse con otros grupos:

“Hay muchos problemas en la calle, por ejemplo problemas con otra banda que no sea de ahí del barrio, que son de diferentes lado. Ya nos peleamos con una banda que buscaban de masacrar al Paya, la banda de la “marrana”. Pero últimamente con los que tenemos problemas es con los “mugrosos” esos manchados tienen armas ¿no? A la Guadalupe la violaron. Un día estaba el Monstruo, el Güero, uno que le decíamos el Greña y yo. Estábamos sólo cuatro, yo estaba bien crudo (18) y empiezo a escuchar ruido, yo pensé que eran caminantes pero de repente empezaron a patear las casas, entonces entraron y me sacaron de las greñas arrastrando. ¡Por un cerillo! (sube el tono de voz) la neta, no estuviéramos platicando ahorita aquí, por un cerillo que no encontraron porque si no, nos hubieran quemado vivos. Y es que a uno le quitaron la lata de activo y rociaron todos los cuartos, el activo es como la gasolina en corto, agarra fuego. Pero no encontraron el cerillo y se fueron. De ahí se bajaron y nosotros con trabajo y pena nos pudimos desamarrar. ¡Cámara! estábamos todos golpeados y fuimos a por el resto de la banda. Cuando llegamos les contamos lo que había pasado y cada uno agarró una botella. Entonces se paró un bocho (19), un tipo de taxi pero un bocho y bajaron los mugrosos, ahora con metralleta. Nos gritaron que todos pecho tierra y empezaron a disparar. En eso que se llevaron a las puras mujeres; a la Julia, la María y una chava que se llama Guadalupe y a las tres las subieron al bocho y se fueron. Como a las tres horas llegaron la Juli y la Mari llorando, y dicen: ¿Qué creen? ¡A la Guadalupe se la están violando!(Se produce un silencio, dirige su mirada al suelo y en un tono más bajo continua diciendo.) Al otro día, llegó Guadalupe llorando.”

Si entendemos la protección como una forma de “cuidar y ser cuidado” (20), organizarse en bandas es una manera de cuidar y proporcionar bienestar a cada uno de los miembros que conforman el grupo y por lo tanto, de cuidarse así mismo. Es por esto que uno de los motivos por los que deciden vivir en banda, es con frecuencia, para cubrir esa necesidad de protección que se torna vital en un medio tan hostil como es la calle. Tanto las niñas como los más pequeños son muy conscientes de su vulnerabilidad en la calle, por lo que la edad y el género van a ser categorías que permiten analizar las relaciones entre los miembros y por extensión, las formas de expresión de los cuidados. Es decir, los niños y niñas más pequeños con frecuencia van a recibir la ayuda de los mayores. Estos últimos son conscientes por tanto, de su mayor “vulnerabilidad” por tener menos edad y de la necesidad de su protección. María en la entrevista me decía que como “ella era la más chiquita, pues que la cuidaban más de la cuenta” por ejemplo, para dormir en la casas que se habían hecho de cartón (en cada casita dormían varios chavos) la dejaban del lado de la pared por si entraba alguien para hacerles daño; otros chavos o la policía. Por este motivo era siempre uno de los chavos más fuertes de la banda el que dormía al lado de la entrada, junto a la puerta.

Al mismo tiempo, también los más pequeños son conscientes de los riesgos que corren y de su falta de “experiencia” y con esta finalidad van a buscar la figura del “valedor” para protegerse y para que les ayude a “moverse” en ese medio. El valedor es una persona, normalmente uno de los líderes de la banda que les ofrece protección, información y “ayuda” a cambio de una serie de bienes y servicios.

Pero no sólo la edad, sino que también el género atraviesa sus relaciones, reproduciéndose además la ideología patriarcal dominante al considerar que la protección en la calle la ofrecen “los hombres” por la supuesta fuerza física que se les atribuye de manera “innata”. Blanca, una de las chicas entrevistadas me decía “como era la única así que estaba solita, que no tenía novio…los más grandes se preocupaban por mí”.

Sin embargo, no todas las relaciones que se establecen entre los menores les ofrecen bienestar y protección, las niñas de la calle son muy conscientes también de los riesgos que corren dentro del grupo por el hecho de ser “mujeres” y de las formas de dominación, subordinación y violencia (21) a las que están expuestas sobre todo “si te dejas manejar”. El testimonio de Inés así lo muestra, al mismo tiempo que nos habla de las consecuencias que tiene para las mujeres de la banda no saber establecer límites, estando éstas relacionadas con las tareas asociadas tradicionalmente a las mujeres como son lavar, barrer o hacer de comer.

“La mujer tiene más riesgos, porque desgraciadamente los hombres cuando se drogan ya no miden consecuencias ¿no? si son mujer… la mujer sufre mucho en la calle ¿por qué? Porque desde el primer momento en que empiezas a dejarte manejar por todos bailaste ¿no? ¡Bailaste! ¡ya te jodiste! Este, por ejemplo que venga yo y te diga: ¿sabes que María? vas a hacer esto porque lo vas a hacer. Pero tiene una que tener cuidado… porque es malo, porque si te dejas manejar por todos ellos, al rato ya te van a tener hasta peor. Y que si tú me lavaste ahorita, me vas a volver a lavar mañana y si tú me lavas mañana, me vas a volver a lavar pasado. Entonces te agarran y ahora tu vas a hacer todo, la comida, que si barrer… todo, todo.”

Inés me decía que “la vida en la calle es mala”, según ella las mujeres corren más riesgos que los chicos principalmente por los abusos que pueden sufrir, el peor de todos me cuenta, la violación “ser violada por varios hombres o por la policía”.

Ante estas situaciones, las niñas van a generar una serie de estrategias para protegerse como el “sexo recompensado” del que hablaba en el apartado anterior. Otra práctica que llevan a cabo hace referencia al “modelaje de los cuerpos” y a las formas en las que se expresan, lo que pone de manifiesto los “procesos de producción de cuerpos heterosexualizados -chicos/chicas- y generizados -femeninos/masculinos-dicotómicamente” (Gregorio 2006: 42) Es decir, las niñas de la calle son conscientes de la configuración de “un modelo de masculinidad que potencia el ejercicio del poder mediante el control del cuerpo del otro, de sus movimientos y expresiones haciendo uso de la fuerza física” (Gregorio 2006: 42). Por tanto, algunas de ellas van a adoptar, es decir, van a masculinizar sus cuerpos y comportamientos para poder sobrevivir en la calle y también para revelarse de forma consciente o inconsciente ante la imagen de sumisión y subordinación de la mujer. En relación a esta última idea Valenzuela (1988) en su investigación sobre las “cholas”, “señala que la adscripción identitaria de la mujer al cholismo es una manera de cuestionar la situación de sumisión y autoridad que se le asigna a la mujer. Ser cholo es no dejarse” (en Arteaga 2001: 14).

Una última estrategia que van a generar consiste en mantener una relación “estable” con algún chico de la banda, o como señala Susana, una de las chicas entrevistadas, “tener un novio que te proteja”. Sobre estas dos últimas prácticas Susana me decía lo siguiente:

“En la calle hay que ser dura, hay que saber pelear, comportarse como los más machos si hace falta. Esa es la única forma de hacerse respetar una mujer en la calle, eso o buscarse un chavo o un novio que te proteja.”

 

Cooperación y solidaridad en las actividades cotidianas y ritualizadas

Si entendemos el hogar como un lugar donde los miembros que lo componen ponen en común una serie de recursos que van a explotar, en el caso de los menores de la calle, a veces, en sus formas de “autoorganizarse” comparten los escasos recursos que tienen para cubrir algunas de sus necesidades. La solidaridad es por tanto, una de las características que los define como banda. En el siguiente testimonio Pedro nos cuenta cómo se organizan y cooperan de forma solidaria, en este caso en una actividad cotidiana como es comer, donde cada uno aporta lo que puede, ya sea algo material como puede ser comida o dinero, o colabora en las acciones que requieren su preparación como son; “lavar” y “limpiar”.

“Aquí entre todos cooperamos, no más que un pesito cada quién para una comida; pues vamos a hacer caldo de pollo. Que uno hace la leña, que otro pues va a hacer la comida, que el otro se va por las verduras, que el otro se va por las tortillas al mercado, que el otro va conseguir sal, que el otro pues… va a por agua; cada quien se comparte cualquier cosilla. Y ahora sí, a la grandota empezamos y ahí todos juntos convivimos. Pero cada quien puso su parte ¿no? El que no puso dinero pone algo de su parte ¿no? que lava los trastes, que… que hay que agarrar esto para hacer el pollo, que necesito lavar esto para…Entre todos. Sí, porque aquí no hay jefe ¿no?”

Otro momento en el que los chicos y chicas cooperan, se organizan y ponen en marcha el comportamiento solidario es a la hora de “drogarse”. Las drogas desempeñan un papel muy importante en la vida de los niños y niñas de la calle, ya que con frecuencia hacen uso de ellas con una finalidad lúdica (22), interviniendo de esta manera en las relaciones entre ellos. En este sentido Lucchini (1999: 42) señala que se lleva a cabo de forma colectiva y se relaciona con una dimensión sociocultural puesto que es un ritual para el grupo. Helena a través de su testimonio muestra la manera de cooperar con los chavos para conseguir droga y cómo después, el consumo lo hacen de forma colectiva “para pasarlo chido (23)“.

“Los chavos no tienen lana porque luego se ponen a huevoneary se están ahí moneando, no trabajan y me dicen: ¡Helena, pásate un toque! ¡pues órale! Ahorita ya les di veinte pesos: ¡vayan por ello! y al rato todos nos damos un toque para pasarlo chido, para pasarlo bien con la banda.”

 

La banda como lugar de escucha y apoyo

Los niños y niñas en la calle identificaron en las entrevistas la necesidad de compartir sus problemas, contar lo que les pasa con quienes les pueden entender y esto también lo buscan en el grupo. Marisa en la entrevista me contaba que para ella la banda era “un lugar de comprensión ante problemas que comparten por vivir en la calle”. Buscan en la banda por tanto, un apoyo que la sociedad les niega y que se torna necesario en un medio tan complejo y duro como es la calle. Sin embargo, en las relaciones de los menores también hay problemas, no todo es afecto y comprensión. Marisa me hablaba en la entrevista no sólo del apoyo que se prestan cuando se sienten mal, sino también del malestar que siente por los conflictos que tienen derivados principalmente de las relaciones de dominación entre ellos y ellas, quejándose así de la falta de solidaridad entre muchos de los chavos y chavas.

“Déjame decirte que siempre, bueno cuando tenemos problemas de que llegan otros y se quieren pasar de listos, pues ahí si hay unidad ¿no? por eso también son banda. Ya que le están pegando, por ejemplo a Germán, pues ya llegamos y ¡qué pasó! ¿no? ¡cálmate con mi valedor! o luego, luego nos liamos a trancazos, pero…como les he dicho a ellos, para poder ser una banda necesitamos apoyarnos, para estar bien necesitamos no pelearnos entre nosotros, entendernos. Por ejemplo, con Carlos pues siempre he hablado con él ¿sabes qué mano? pues es que estás mal en esto y en esto, ¡no! pues tienes razón hija, discúlpame y todo no. Germán también; No Marisa, es que la verdad me siento así, me siento bien sacado de onda, me siento solo; no mano, tu no estás solo, siempre que quieras platicar aquí estoy yo. Pues yo trato de escucharlos ¿no?”

También sucede, sobre todo en el caso de los chicos, que cuando se han sentido tristes y han necesitado desahogarse, han preferido no contarlo a todos los miembros del grupo porque cuando lo han hecho, han sido sujetos de burlas. No comportarse de la forma que se espera según los mandatos de género, por ejemplo, que un chico llore es motivo de risas y de insultos por parte del resto, le llamaban “llorica, marica y chillón”. Realidad que nos muestra una vez más, la conformación de un tipo de masculinidad basado en la fuerza no sólo física, sino también moral de los hombres, siendo sancionados en el momento que manifiestan “debilidad” (24).

 

4. Avance de resultados

Las bandas como formas de organización entre los niños y niñas de la calle se configuran como “grupos situados desde la marginalidad que sin embargo, generan sus propias interpretaciones del mundo y que a su vez, cuestionan la cultura o sistema dominante. A este tipo de elaboraciones cuestionadoras por el hecho de existir se las denomina subculturas” (Juliano 1998: 17).

Los menores en situación de calle, desde su posición de marginalidad y desde su acción cotidiana, cuestionan a mi parecer conceptos muy bien armados y naturalizados desde la estructura social como son el concepto de menor y el de familia (25)/ hogar, así como los roles de unos y funciones de otras. Cuestionando a su vez, un sistema que los deja al margen y que sin embargo, ellos y ellas conscientes de esta situación y a partir de diversas estrategias, van a lograr permanecer en él. Sus vidas son por tanto, una lucha constante para sobrevivir en una sociedad que los rechaza de forma continuada.

Tal y como hemos podido ver a través de mi acercamiento a esta realidad, los menores son agentes activos creadores de cultura puesto que generan sus propias prácticas y una manera particular de ver el mundo, así como de moverse en él.

Los niños y niñas entrevistados a lo largo de esta investigación señalaron como algo habitual de la vida en la calle, el establecimiento de relaciones destinadas a satisfacer una serie de cuidados y afectos que se tornan vitales en un medio tan hostil como es la calle. Pueden apreciarse cuatro formas o expresiones en las prácticas cotidianas de los menores con la finalidad de proporcionar bienestar a sus miembros. Una primera, las redes de apoyo, es decir las formas en las que se organizan para intercambiar información, entrenamiento, trabajo, cobijo, dinero y apoyo emocional y moral. Redes que se configuran como imprescindibles para su supervivencia y que en muchas ocasiones, les ofrecerá la posibilidad de formar parte de la banda. Adhesión a la misma que va a ser diferenciada según género, ya que las exigencias a la hora de acceder y permanecer en el grupo, va a ser distinta en función de si son chicas o chicos los que quieren integrarse.

Una segunda práctica la encontramos al agruparse en bandas para de esa manera protegerse de una violencia que forma parte de su cotidianidad. Es decir, formar parte del grupo significa “cuidarse” no sólo a ellos, sino a todas y todos sus miembros. Afectos y cuidados que no sólo van a estar atravesados por categorías tales como el género, sino también por la edad, donde las relaciones de desigualdad de género y es lo interesante, no se van a reproducir sin más. Es decir, hacer de la calle una forma de vida y lo que ello implica, vivir en situaciones extremas, hace que los roles y funciones diferenciados y atribuidos socialmente a “hombres” y “mujeres” en ocasiones, se difuminen o incluso, se transgredan. En este sentido considero realmente valiosas las diferentes estrategias que las niñas van a generar para sobrevivir en la calle y por tanto, para protegerse. Así como a las creadas con la finalidad de revelarse ante las distintas formas de dominación, subordinación y violencia que predominan en sus relaciones y que prácticamente las obliga a “buscarse un hombre que las proteja”. De esta manera las bandas se dibujan como espacio de interacción en el que las identidades de género se producen, reproducen y transforman.

La tercera expresión aparece en las diversas formas en las que los chicos y chicas cooperan y colaboran en las actividades cotidianas y ritualizadas para cubrir sus necesidades más básicas como son comer o drogarse. Formas de autoorganizarse donde comparten los escasos recursos que tienen, poniendo así en marcha, el comportamiento solidario. Una última práctica en la configuración de las relaciones para la provisión de cuidados en este contexto de marginación y subalternidad, la encontramos en los significados que subyacen en el concepto “banda” al entenderla como sinónimo de familia y como lugar de escucha y apoyo. Significados que se muestran en su forma de relacionarse o actuar y que a su vez, aparece reflejada en el lenguaje y expresiones que usan tanto niños como niñas, similares a las utilizadas en las relaciones de parentesco. Llamar “carnal, hermana o mano” a alguno de sus miembros significa ser algo más que amigos, como decía uno de los chicos entrevistados “somos hermanos de corazón”. Sin embargo, no todas las relaciones entre los chicos y chicas van a generarles bienestar. También, como se ha podido apreciar a partir de sus testimonios, existen problemas, conflictos, luchas y relaciones de poder.

 


 

Notas

Este artículo es el resultado del proyecto I+D+I: “Desigualdades en el contexto de la globalización: cuidados, afectos y sexualidad”. Deseo agradecer a todos los miembros del mismo sus sugerencias y comentarios.

1. Ver Espinosa 2006.

2. Servicio de atención al tercer mundo.

3. Tesis que aún estoy realizando gracias a la generosidad y lo digo en todos los sentidos, a la hora de transmitir todo su “saber” y por la forma tan especial de construir las relaciones, de la profesora, investigadora y antropóloga Carmen Gregorio Gil.

4. Institución de asistencia privada.

5. Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social.

6. La casa, el hogar, hace referencia a algo más que un espacio físico en el que tiene lugar “la reunión de personas bajo un mismo techo que se realiza, modifica y perpetúa en función de la explotación directa de unos recursos” (Narotzky 1988: 17). Se refiere, además, a entidades sociales, esferas de acción social. La casa es el entorno de los vínculos de relación, no tanto como lugar para comer y dormir, sino como espacio emocional, el sitio de donde uno viene y donde uno vuelve, por lo menos periódicamente (Scheper-Hughes 1994: 5).

7. Según la información etnográfica, no todos los chavales y chavalas viven en banda, muchos de ellos prefieren hacerlo solos o con algún otro menor.

8. Estación.

9. Drogarse con disolvente.

10. “Identidad social entendida como la constitución de un nosotros diferente a otros, caracterizado de manera particular, en base a diversos atributos” (Arteaga 2001: 6).

11. Dinero.

12. Entiendo el género como una categoría de análisis que nos permite entender las desigualdades. En este sentido Gregorio Gil (2006:18) señala “nos posibilita el estudio de los procesos de construcción de diferencias y jerarquizaciones sostenidos en la existencia de dos categorías diferenciadas de personas: “hombres” y “mujeres”.

13. Esta práctica no es exclusiva de los menores en situación de calle, también “aparece en otros contextos culturales, por ejemplo, en Cuernavaca, México, la encontramos entre mujeres de ámbito rural, casadas y con hijos que intercambian favores sexuales por dinero, alimentos o bienes de primera necesidad para sostener a la familia” (Théodore 2004: 2). Se puede considerar por tanto, como estrategia de sobrevivencia ejercida principalmente por mujeres en contextos de pobreza y que tiene que ver con las habilidades que desarrollan en función de su socialización.

14. Pegamento.

15. Expulsarlo.

16. Según Alarcón, Henao y Montes (1986): “El espacio es uno de los elementos centrales en la constitución de la identidad colectiva no sólo en términos objetivos y materiales, sino también en términos simbólicos que marcan la diferencia entre el grupo y los “otros”. El espacio se constituye en un territorio dotado de una gran carga afectiva, emotiva, simbólica a partir de la experiencia de compartir diversas experiencias en él” (en Arteaga 2001:7).

17. Según un informe realizado por Amnistía Internacional en 2004, la violencia basada en género es muy frecuente en las zonas de conflicto, utilizándose la violencia física y sexual para desmoralizar al oponente, como una forma simbólica de violar al grupo al representar la cultura y como arma de guerra que cobra dimensiones extremas en el caso de las violaciones.

18. Borracho.

19. Tipo de coche, un escarabajo.

20. Ver Bornerman en http://www.unesco.org/issj/rics154/bornemanspa.html

21. Según Cerbino (2006: 55) “En las relaciones de género al interior de las pandillas se puede plantear lo que Bourdieu define como violencia simbólica, esto es “aquella forma de violencia que viene ejercitada sobre un agente social con su complicidad”. Dicho en otras palabras, la presencia femenina en las pandillas contribuye de alguna manera a reproducir el discurso y la práctica de la masculinidad hegemónica”.

22. Según la información etnográfica el consumo también se hace de forma individual, como práctica de los niños y niñas para olvidar las vivencias negativas, para no pensar y para calmar la sensación de hambre y frío.

23. Pasarlo bien.

24. Anna Berga (2003: 131) señala que “en contextos de grupo, los hombres deben responder a las expectativas que derivan de su rol masculino y esto significa que expresar sentimientos de inseguridad, miedo o tristeza, no se considera apropiado por los iguales masculinos.

25. Sobre todo si lo entendemos como lugar en el que se prestan los cuidados.

 


 

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