Gazeta de Antropología, 2008, 24 (1), artículo 12 · http://hdl.handle.net/10481/7066 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 8 febrero 2008    |    Aceptado 17 abril 2008    |    Publicado 2008-04
Etnógrafos en el ciberespacio. Apuntes para la investigación en la red y un poco de globalización
The ethnographers in the cyberspace. Notes for research in the Web and a bit of globalization



RESUMEN
Internet es, tal vez, el ejemplo más claro de lo que se ha dado en llamar "globalización". Sin embargo, tanto la globalización como Internet vienen a ser más bien un cajón de sastre en el que todo cabe, que términos claros con referencias precisas, a la hora de emprender una labor analítica. Además de estos problemas, aunque los trabajos sobre Internet son muy abundantes, el caso no es el mismo sobre la etnografía llevada a cabo en la Red. El presente artículo trata de presentar algunas propuestas para una metodología de "lo global" y también para la práctica etnográfica del trabajo de campo en el ciberespacio, como forma de producción de material empírico.

ABSTRACT
Internet is, perhaps, the clearest example of what has been called “globalization”. However, both the globalization as well as Internet come to be more a catch-all for everything rather than clear terms with precise references in order to undertake an analytic work. In addition to these problems, although works on the Internet abound, the case I not the same with regard to ethnography on the net. The present paper presents some proposals for a methodology of what is “global” and also for ethnological practice of the field work in cyberspace, as a way to produce empirical material.

PALABRAS CLAVE
globalización | Internet | etnografía | metodología | ciberespacio
KEYWORDS
globalization | Internet |ethnography | methodology | cyberspace


1. Lo global y lo local

Al hojear los periódicos, escuchar emisoras de radio, echar un vistazo a ciertos éxitos editoriales, se diría que hay dos modalidades fundamentales de enfrentarse a ese fenómeno un tanto indefinible que ha dado en llamarse “globalización”. La primera, un acercamiento a la globalización en términos morales, valorativos, de enjuiciamiento. La globalización como algo ante lo que se adopta y se debe adoptar una u otra postura: se es partidario o no se es. Este tipo de acercamiento bajo modalidades valorativas cuenta con enorme fuerza expansiva. Se encuentra con facilidad en libros que han sido grandes éxitos editoriales (1) y cuyos contenidos se basan de forma sucinta en el análisis del fenómeno en sí, pero cargan las tintas en esa toma de postura, a modo de fundamento contextual implícito desde el cual encararse con el fenómeno.

Una segunda modalidad consiste en la aproximación con una estrategia genealógica, histórica. Del mismo modo que la pauta ya vista se construye en dos direcciones, adopción o rechazo, la estrategia histórica se modula también sobre una dicotomía. Por un lado, la globalización como una manifestación más de recurrentes fenómenos históricos o, incluso, una muestra más de un único proceso histórico con manifestaciones múltiples: imperialismo, colonialismo, globalización… La otra cara de la moneda la presenta una consideración más proclive a lo novedoso. La globalización es un fenómeno único que no puede vincularse a otros hechos históricos más que de forma superficial, pues su naturaleza lo configura como algo novísimo y sin paralelo. Todas estas formas de acercamiento son compatibles y aceptan combinaciones: nuevo y rechazable, nuevo y deseable, histórico y rechazable, histórico y deseable.

Es cierto que las dos modalidades son propias de los medios de comunicación a los que me he referido, de lo que podríamos deducir que existen otro tipo de textos analíticos más rigurosos o más sutiles en el tratamiento de estas cuestiones. Sin embargo, que los medios de masas no se hayan hecho eco de otro tipo de estrategias para aproximarse al fenómeno, pone de manifiesto que no hay una cimentación teórica generalizada ni una metodología consensuada que hayan ido filtrándose desde la literatura más especializada (Castells 2000).

Acaso la razón de ello estribe en que buena parte de los planteamientos tienden a omitir o soslayar los niveles empíricos, deslizándose más hacia lo que podemos llamar mera especulación. Como recuerda Díaz de Rada (2004), lo global va adquiriendo características de panacea explicativa, pero sin un análisis suficiente de su elaboración local, de los contextos en los que los sujetos sociales producen vida social. En este sentido, según Bonfil:

“Si la antropología se dedicara más (…) a conocer cómo los otomíes del Valle del Mezquital interpretan los mensajes de la televisión, o cómo los grupos populares urbanos descodifican la información extranjera que reciben diariamente, podríamos tener una visión menos estereotipada y alarmada de la globalización” (Bonfil 1991, en García Canclini 2006: 51).

La señal distintiva de la globalización puede ser un conjunto de flujos de capital, personas, bienes, información, en volúmenes, velocidad y distancias sin parangón, pero debe apuntarse que un conjunto del que son elementos seres humanos, capital, bienes e información, en tanto que todos ellos se caracterizan por la deslocalización, lo transnacional, el tránsito, exhibe un aspecto algo carente de rigor, más se asemeja a un batiburrillo que a un conjunto. El flujo de información que circula por Internet no admite sin cierta violencia ser categorizado junto a los flujos humanos de migración, y se me antoja muy artificioso situar junto a ellos los movimientos transnacionales financieros que supone, por poner algún ejemplo, el que se produzca un ataque especulativo a la baja sobre una divisa. Los constructos teóricos son útiles como herramientas conceptuales, pero se diría que para ello requieren contener algún concepto, con algún grado de precisión.

Incluso el mero hecho de que los agentes humanos participen en todos estos procesos no implica en lo más mínimo que todos ellos lo hagan de manera idéntica o tan sólo parecida. La movilidad, el acceso a la información y los bienes que perforan fronteras, no son iguales para todos los seres humanos, que, consecuentemente, proveen para todas estas situaciones de disímiles sentidos, conforme a su propia percepción y a sus posibilidades analíticas. Como señala Friedman (2003), “académicos, artistas, intelectualesmediáticos y otros, que se identifican como viajeros, han sido utilizados en la producción de discursos de transnacionalismo e hibridación, cruce de fronteras y varias representaciones anti-esencialistas de la realidad”. Frente a tal estado de cosas, las corrientes migratorias experimentan trabas, que tampoco coartan en modo alguno a las estrellas del rock en gira internacional o a los comisarios de la Unión Europea.

Sea como fuere, es ineludible considerar el marco global en la disciplina antropológica (afirmación ésta sólo subrayable por su manifiesta obviedad) y mantener a la vista los fenómenos de flujo transnacional, deslocalización, las conectividades remotas. Ahora bien, este marco sólo es inteligible en la medida en que los agentes producen vida social, y esta producción se lleva a cabo no sólo encuadrada en contextos al macro nivel, sino en condiciones cronotópicas concretas que se despliegan de formas variadas, en lugares y momentos, del tipo que sean, pero lugares y momentos; en condiciones socioculturales de permeabilidad desigual, mediante y a través de vínculos de órdenes diversos. La consideración de estas variables, consecuentemente, es requisito para el análisis de lo global, por cuanto son las modalidades específicas que lo global adopta en prácticas sociales determinadas de grupos sociales determinados.

No pretendo proponer una articulación teórica en la cual lo local, lo micro, se oponga a lo global, lo macro. Tampoco postular que lo global, lo macro, sea un agregado de interacciones locales y micro. Realmente, lo global y lo local no existen, al igual que no existen los géneros ni las especies zoológicas, constructos humanos para clasificar. Lo que existe son producciones sociales, a las que se atribuyen gradaciones de lo más local a lo más global, en función de su fluidez topológica, su expansión territorial, su movilidad, su ámbito. Consecuentemente, no existen entidades globales opuestas a, o compuestas por, entidades locales, sino dos categorías muy distintas de entidades: una, las producciones socioculturales humanas, otra, una tipología que recorre el espectro que va desde lo más global a lo más local. Lo global y lo local son caracterizaciones posibles y no excluyentes, por tanto, no forman compartimentos estancos, sino más bien un campo continuo.

Ilustremos estas afirmaciones. El reggae era música local, en principio. Experimentó procesos de globalización y se puede advertir reggae en las composiciones de músicos ingleses o brasileños. Sin embargo, estos compositores relocalizan, por así decirlo, sus producciones artísticas. El reggae que se percibe en la música de Policeo de Daniela Mercury no es el mismo reggae, ni es el jamaicano. Productos sociales locales se globalizan y vuelven a hacerse locales para, en una última fase, reglobalizarse a través del mercado discográfico o de Internet y sus espacios peer to peer. Un hipotético aficionado indonesio a la música, digamos, que descargue de Internet música de Policeo Daniela Mercury opera en un marco global que la Red simboliza a la perfección, pero la potencia simbólica de la Red no debe cegarnos. Es imprescindible considerar la situación de este internauta aficionado al reggae, su acceso a equipos telemáticos, su conocimiento de esas composiciones musicales, su conexión virtual con otro remoto aficionado que le suministra la música deseada, a través de un servidor, etc. Lo global y lo local se desdibujan con facilidad, sin que podamos considerar lo primero como simple efecto de una multiplicidad de interacciones locales. En consecuencia, tratar los procesos y fenómenos propios de la globalización con indiferencia de las posiciones socioculturales que ocupan sus agentes, haciendo meramente referencia a flujos de las más variadas cosas se muestra claramente insatisfactorio.

Ahora bien, como ya he dicho, la globalización no es sólo un marco de fondo, no es únicamente esa ficción holística de la que hablaba Marcus (1998) (2). Sin duda, es la forma en que se configura un aspecto de la experiencia que no se puede eludir, en una buena parte de cuantas investigaciones sociales se emprendan. Pero su proyección sobre las producciones sociales de los individuos se materializa pautando, dando ciertas formas, modificando aspectos conductuales concretos, no sólo como postulación teórica previa para el investigador.

Parecería, por tanto, necesario perfilar los marcos holísticos y los contenidos pragmáticos de las conductas de los sujetos, cada uno de estos elementos por separado, demarcar qué es cada cosa, cada entidad. No en cuanto cosa en sí, cosa sustancializada, cosa aristotélica, compuesta de sustancia y accidentes, sino como elementos referencialmente vinculados y sistémicamente jerarquizados. Lo global no es lo local, ni lo local es lo global, salvo que hayamos perdido la razón. Ambas entidades son perceptibles aunque sean confusas, pero no hay entre ellas una relación uniforme, homogénea, sólo porque podamos etiquetar los fenómenos como “globales” y/o “locales”. Es más, acaso la relación estratégicamente menos correcta sea la disyuntiva.

Propongo, sencillamente, postular la ficción holística de “lo global” y la ficción epistémica de “lo local” como un campo continuo de entornos jerarquizados, en el cual “lo global”, ejerce el papel de postulado previo, entorno de subentornos, entornos estos a su vez de las actividades pragmáticas, expresivas y simbólicas de los sujetos. Esto es, entidades todas ellas epistémicamente considerables como “reales” -no ficciones-, pero con distintas categorías de inteligibilidad, entendiendo por “categorías” su forma clásica en filosofía: “modos del ser”. Quiero decir con ello que no es menos real el entorno que el sujeto, ni el sujeto que el entorno, sino que su realidad es epistémicamente distinta. El número pi, el malvado Sauron, mi tía de Lugo, el cardinal de muertos del Titanic, son completamente reales todos ellos, pero en diferentes categorías, en diferentes modos del ser.

Lo “local”, el entorno conductual, material, simbólico, de las producciones sociales de cada individuo, se debe hilvanar con entornos más y más amplios, cuyo término de máxima amplitud vendría a ser lo “global”: el entorno de producciones sociales no principalmente conductuales, a efectos analíticos, sino referenciales, contextuales, tal vez incluso míticas o legendarias. Lo que se da, en la práctica, es que ese entorno conductual y ese entorno referencial están ínsitos entre sí, perforando distintos niveles jerárquicos. Y aquí lo relevante es el grado en que estén más o menos ínsitos ambos y distintos fenómenos: en un extremo, conductas, producciones sociales relacionables y relacionadas, sucedidas en entornos; en el otro, producciones sociales que configuran entornos de sucesos, pero que no son principalmente conductuales, porque su principal valor analítico es referencial y porque con frecuencia no hay agente claramente demarcable al que se pueda atribuir conducta.

Hablo, en resumen de “local” y “global” como rótulos expresivos para los extremos de una escala de entornos jerárquicos. Conforme a la manida metáfora de la cebolla, hablo de una sucesión de entornos, de capas, que, si se tratan de aislar por completo, llevaría al asombroso resultado de desaparecer entre nuestras manos.

En consecuencia, términos como “glocal” son, sin duda, simpáticos, pero sólo conducen a mitad de camino de ninguna parte. Los requerimientos analíticos, a mi juicio, se centran en la necesidad de fijar los vínculos que relacionan lo global y lo local en cada producción social concreta, dentro de un campo continuo, cuyas demarcaciones habrían de señalarse en virtud de las necesidades de la investigación. Hablar de lo “glocal” no es más que hablar de hibridaciones entre lo local y lo global, pero, sin determinar cuándo, dónde, cómo, en qué medida tienen efecto tales hibridaciones, lo “glocal” concluye en ser un término sin mayor referencia, mayor extensión, mayor sentido o mayor intensión. Algo así como hablar de “belleza”, “progreso” o “naturaleza”. El término “glocal” vendría a significar “lo que hay a todos los niveles de análisis”. Demasiadas vueltas para acabar en el punto de partida. Alforjas innecesarias para este viaje circular.

Con independencia de los términos al uso, trato de proponer que existen “globalidades” y producciones determinadas de conducta social, que, si pueden anudarse analíticamente, lo será en función de los tipos de vínculos y los tipos de conductas, desde la estrategia seleccionada para la investigación. Con todo, parece ya imprescindible demostrar en un territorio concreto las jerarquías de las que hablo. Las breves muestras que presentaré, apenas examinadas más que de forma superficial, nos situarán ante cuestiones que ni mucho menos pretenden ser ratificaciones de cuanto he expuesto, sino tan sólo escasos ejemplares, pero que no pueden ser soslayados, desde luego.

 

2. Trabajo en el cibercampo

Tratemos el caso de Internet, que viene a ser, en definitiva, el buque insignia de la llamada “globalización” (Díaz G. Viana 2003). Internet es, de manera intuitiva, un canal, un medio, a través del cual fluyen contenidos informativos. Pero no es sólo el canal de flujos informativos estandarte de la globalización, es también un dispositivo que cataliza, facilita, engrasa un cuantioso cauce de flujos humanos, flujos de capital, de bienes y servicios. Por ello, el espacio idóneo donde materializar mis anteriores afirmaciones (3).

Para el etnógrafo, es un vivero de material empírico, al que puede acudir con comodidad. Aquí la cuestión es: ¿las características “globales” de Internet actúan en el campo como variables operantes? Y, cuestión complementaria, ¿son estas variables pasibles de aislar? ¿Es perceptible la presencia de esas jerarquías de entornos de la que vengo hablando? No se trata de hacer etnografía de la Red, sino enla Red, y, con ese propósito, testar la validez de los cimientos metodológicos planteados en §1.

Imaginemos, previamente, una situación convencional: el etnógrafo en observación participante, off-line, un etnógrafo que se encuentra entre un cierto número de informantes que debaten cualesquiera asuntos. La comunicación oral es fluida y, en ocasiones, sincrónica, varias personas hablan a la vez. En contraste, es claro que en un foro de Internet la comunicación resulta más espaciada y, desde luego, en ningún caso sincrónica. Incluso mediante sistemas más ágiles, como un chat en programas de mensajería instantánea, está por debajo de los ritmos de una conversación cara a cara. Lo relevante, desde mi punto de vista, es que aquí no sólo hay distintos canales, sino que deben considerarse nuevas variables originadas por el canal. En principio, acaso desdeñables, pero que deben evaluarse. La falta de un tempo compartido en las comunicaciones puede desequilibrar el peso de los argumentos y de la conversación hacia el participante más hábil tecleando, el que mejor utilice abreviaturas propias de estos espacios, o cuente con una conexión más rápida. Por otro lado, aquellos con más lentitud muchas veces verán cómo sus temas de conversación se han disipado en el tiempo, sin que puedan añadir aportaciones complementarias, desviándose hacia temas nuevos.

Por mostrar otras situaciones posibles en un mismo terreno: el canal puede hacer las intervenciones más reflexivas, puesto que un texto escrito puede corregirse; o debe hacer el humor más claro y menos sutil, para evitar equívocos que no serían factibles cara a cara y así evitar conflictos o roces por un mero malentendido; la hipertextualidad de la red, que brinda la oportunidad de colocar vínculos, permite eludir digresiones, o que el receptor las postergue para mejor ocasión; o para rematar con uno de tantos ejemplos posibles, esta facultad de incluir vínculos permite ilustrar el discurso propio incluso con imágenes o sonidos, algo difícilmente factible de viva voz. Es más, el chato el foro permiten el registro exacto de las aportaciones de cada cual, lo que no se da en una situación cara a cara, salvo que se registren las conversaciones. Pero, incluso aunque se graben, es muy probable que los participantes sean más cuidadosos a la hora de escribir -al saber que quedará un registro- que a la hora de hablar, aun cuando esa conversación quedara no menos registrada, y ello por los propios contextos, las connotaciones de la escritura. La escritura es, por así decirlo, más seria (Goody 1985, 1990).

Como es lógico, algunos de los problemas de mantener una relación dialógica tradicional desaparecen. El informante, en la red, puede hablar con más libertad y con menos miedo a represalias laborales, sociales, familiares, etc., amparado en el anonimato (hipotético, relativo) que suministra la Red. Pero, por contrapartida, ese mismo anonimato le suministra una total impunidad para lanzar la información más absurda. Las cautelas habituales en cualquier entrevista (recibir información absurda siempre es probable) tal vez deban aquí incrementarse. Sin embargo, simultáneamente, puede ser que estas informaciones absurdas pongan en juego distintos materiales valiosos (por poner un ejemplo: ¿por qué el informante mistificador propaga en la red ciertas informaciones, pero no otras?). Ventajas, inconvenientes, situaciones en una balanza que el investigador debe sopesar y evaluar.

Yendo más allá, la propia figura del observador se enfrenta a condiciones y contextos que dan cabida a la innovación. Cuando aparece personalmente ante un grupo de informantes, puede trabajar su aspecto físico o cuidar su vocabulario, de acuerdo con el momento y el lugar y según le parezca conveniente (4), aunque no hay duda de que su anatomía, sus rasgos, su perfil intelectual, etc., se mostrarán más o menos claramente y sin gran posibilidad de maquillarlos o vestirlos ad hoc (salvo caso de etnógrafo con facultades de espía o de actor). La aparición del mismo observador en un chat o en un foro ofrece muchísimas más posibilidades para la creación de personalidades. La expresión puede reflexionarse más, se puede adoptar o no la ortografía de estos espacios, se pueden utilizar o no emoticons… Las posiciones y rangos sociales son pasibles de camuflar con mayor éxito. Algo tan definitorio, tan denotativo como el nick que adopte el observador se puede seleccionar, con intención de ofrecer unas u otras connotaciones.

Las posibilidades van más lejos. El investigador puede desdoblarse con distintos nicks y asumir un conjunto de personalidades distintas, que le facilite hacer surgir ciertos temas de conversación o estimular polémicas sobre asuntos concretos. Esta contingencia sobrepasa las condiciones normales de la observación participante, y plantea incluso dilemas éticos, puesto que, en general, se supone que el etnógrafo se presenta claramente y no oculta sus propósitos (por lo menos, tal es la regla etnográfica en vigor). Generando roles que él mismo interpreta, el etnógrafo podría abrir territorios inusuales, que exigen cierta meditación previa, a mi entender. Si se aceptara la validez ética de este procedimiento, habría que llevar a cabo una planificación estratégica de los roles que el etnógrafo va a componer y de sus acciones concretas, de los momentos en que unos y otros actúen, etc. En último término, este modo de actuar pone al etnógrafo en una tesitura comprometida, puesto que no sólo sus habilidades en el trabajo de campo se ponen a prueba, sino también sus dotes como ciberactor. En cierto modo, también como ciberdetective, porque, ¿alguien puede asegurar que los demás no utilicen el mismo truco de usar múltiples personalidades? (5).

La producción de material empírico en Internet no se somete, pues, a las reglas con que se realiza cualquier otro trabajo de campo, al menos como pauta generalizable. Si bien, en ocasiones, el hecho de que los contenidos sean accesibles a través de uno u otro medio resulta escasamente influyente, en otras muchas debe realizarse una propedéutica, una reflexión previa que identifique las formas en que el ciberespacio modifica la información, e incluso las prácticas de los agentes implicados.

Los medios técnicos propios de las tan traídas y llevadas autopistas de la comunicación han modificado aquí una buena parte de las conductas y discursos observados. Pero ningún agente concreto parece ser causa de ello, por lo menos en términos de inferencia lógica, por lo que sólo dispondríamos de un complejo y difuso conjunto de agentes que nos llevan finalmente a uno de los extremos de la jerarquía de entornos, al más global, hasta el extremo de lo ficticio, a la ficción de Marcus, como propuesta teórica, como postulado holístico previo, para un examen comprensivo de estos sucesos discursivos experimentados en la Red.

 

3. Prácticas y ciberprácticas

Cuando Internet ofrece espacio para prácticas muy concretas, acaso dichas prácticas experimenten fuertes cambios. Por ejemplo, existen portales especializados en ajedrez, a los que cualquiera puede acceder, donde se juegan partidas y torneos, a primera vista correlato on-line de un club de ajedrez tradicional. Ahora bien, las diferencias entre estos ciberespacios y la imagen preconcebida de un club de ajedrez son notables. Por ello no he utilizado la expresión “remedo” o “versión”, cuando he dicho que estos portales son un “correlato” del club tradicional. Trataré de mostrarlo con claridad.

En principio, este juego evoca de inmediato la imagen de dos rivales meditando pausadamente sus movimientos, en una atmósfera silenciosa, en la que incluso los mirones se abstienen de opinar en voz alta (al menos eso exigen las normas de educación ajedrecística). Los jugadores no deben dirigirse la palabra, salvo para ofrecerse el empate (e incluso en ocasiones esto se realiza a través del árbitro) o en otros momentos excepcionales. Un denso ambiente de cálculo y competición inunda la sala ajedrecística, aunque posiblemente el estereotipo que presento pertenezca a los tiempos de un ajedrez soviético, estalinista, patriarcal y de la Guerra Fría, algo trasnochados.

Pues bien, en violento contraste con tal panorama, estos portales presentan un menú con diversas modalidades de chat y, en pantalla, en la práctica, el chat general de socios suele ser animado y ágil -y, frecuentemente, muy ajeno al ajedrez en los temas de conversación-.En definitiva, se contempla la posibilidad de comunicaciones de diversos tipos entre los presentes, que pueden comprender desde el más estricto análisis ajedrecístico a intentos de flirteo. Incluso se practica la comunicación entre los jugadores que se baten en una partida, lo cual viola todas las normas del ajedrez off-line, se da el diálogo. Más aun, y esto ya es completamente inimaginable en el club patriarcal, de aire soviético y clásico, uno puede enfrentarse a rivales groseros que traten de quebrar la concentración mediante insultos, provocaciones y mordacidades.

En paralelo a esta animada atmósfera -aunque reconozco que silenciosa-, aparece otro rasgo notable y espectacularmente distinto al estereotipo convencional de los ajedrecistas. La lenta reflexión de los participantes es muy escasa. Esto se debe a que los programas comerciales especializados en este juego cuentan con una enorme capacidad de cálculo y una habilidad muy por encima de la del jugador corriente. Cualquier persona puede instalar uno en su ordenador y consultarle las jugadas. Con toda probabilidad, su rival será incapaz de vencer a la inteligencia artificial. Pero, naturalmente, ese rival dispone del mismo recurso, con lo cual la partida finalmente se vería transformada en un duelo entre programas con enorme y más o menos idéntica facultad de victoria: una situación realmente absurda (6).

Para evitar esto, es posible jugar con conocidos, previo acuerdo. También y más frecuente, enfrentarse a cualquier desconocido, pero, con antelación, establecer reglas de tiempo que impidan la consulta al programa, esto es, que cada jugador deba completar la partida en uno o dos minutos. Bajo esta norma, la velocidad de la partida es vertiginosa y los jugadores realizan sus movimientos sin apenas reflexionar más que unos segundos, o de manera automática: conforme en su pantalla aparece el movimiento de su contrincante, realizan el suyo. Y ésta es la modalidad de juego más común, completamente opuesta a la del imaginario social, que ve en el jugador de ajedrez un tipo casi cubierto por telarañas, sumido en prolongados cálculos y cuyas sesudas reflexiones lo aíslan del exterior. En las nuevas condiciones de velocidad centelleante, la tecnología en sí se constituye como factor influyente: un ratón más preciso, una mejor conexión a la red, dan ventaja al jugador que cuenta con ello.

El club on-line, de manera visible, no es un remedo en el ciberespacio del club tradicional; las características propias de Internet han influido de manera profunda en las prácticas y contenidos del portal. No sólo se trata de que el observador se tope con la peculiar ortografía del ciberespacio, no sólo se trata de que pueda presenciar partidas en las que un contrincante se encuentra en España y otro en Argentina, no sólo de que pueda, si le place, fumar en su casa pero no en el local del club: el canal modifica el contenido, las conductas, las prácticas.

Como hemos visto, los meditabundos jugadores en la sala silenciosa se han convertido en frenéticos esgrimistas, que intercambian acelerados clicsde ratón en medio de un concurrido chat, y que incluso pueden recibir no sólo comentarios de los testigos, sino también, mediante mensajes privados, insultos de un contrincante insolente durante la partida. Normas protocolarias propias del ajedrez de competición off-line se han volatilizado, como el análisis conjunto después de la partida o el obviamente imposible apretón de manos. Personajes como los árbitros se han esfumado y los gestores de estos espacios deben mostrar habilidades distintas y complementarias a las tradicionales, como es la necesaria capacidad técnica para administrar un servidor y sus usuarios.

Los comportamientos y las funciones de los agentes, los contenidos y las prácticas de su agencia, las relaciones e interacciones entre ellos han experimentado relevantes modificaciones, debidas al medio. Este tipo de sistemas socioculturales, redes de agentes congregados para prácticas concretas, manifiesta una elevada sensibilidad hacia este entorno tecnológico. De hecho, si se recorren distintos sitios weborientados a la misma actividad, es fácil percibir la acción equifinalista del medio, que se transforma, por así decirlo, en algún tipo de atractor y concluye por provocar efectos muy similares en todos ellos, sea cual fuere el propósito inicial.

Otros portales ofrecen otros juegos (de cartas, de tablero, etc.). Lo relevante en toda esta materia es ver cómo lo “global” modifica de forma concreta actividades concretas, no el extraer de estos espacios un conjunto borroso (fuzzy) de características comunes, en función de su conectividad a la red, o elementos de este tipo, sino, y esto es lo que pretendo subrayar, porque pueden identificarse aquí entornos de rango menor que la postulación de lo global. Estos espacios ajedrecísticos on-line están sometidos a reglas de conducta, controles sobre esas conductas regladas, constricciones técnicas, abanicos de actividades posibles, que son, por supuesto, variables según el espacio en concreto. Agentes, así pues, perfectamente identificables, se constituyen en productores de entornos de rango intermedio entre la postulación holística y las conductas de los sujetos. Probablemente un examen de estas actividades en este medio no necesite tanto para su comprensión de un trasfondo holístico como de una definición razonada de los propósitos, facultades, condiciones, en las que un conjunto de agentes crea y gestiona los espacios. Que en estos cibertopos los sujetos empleen la peculiar ortografía de un chatacaso no tenga la menor importancia analítica, pero sí la tengan las normas de comportamiento establecidas por los propietarios materiales del dominio en cuestión. Lo máximamente global, pues, se difuminaría en relevancia, frente a la necesidad de perfilar las características de agentes de rango intermedio.

 

4. Formas y fondos

El análisis de estos fenómenos, las modificaciones que Internet provoca en determinadas producciones socioculturales, pone de manifiesto dos estados de cosas un tanto contradictorios. Por un lado, aunque entidades como la Organización Nacional de Indígenas de Colombia, la revista Playboy y la fundación FAES -por sugerir casos claramente heterogéneos- se dan a conocer en sitios web, parece claro coincidir en que muestran escasos puntos de contacto, como tales entidades. Sin embargo, por otro lado, las reelaboraciones del discurso adquieren una configuración que sí vincula a tan distintos agentes, generada en el único hecho de que esos agentes despliegan el discurso y las representaciones de sí mismos en un único lugar, en el ciberespacio.

En este punto, de nuevo entran en juego distintos niveles de vinculación, acordes con los distintos rangos jerárquicos que sean analíticamente pertinentes. Las conexiones que se puedan percibir entre agentes tan distintos no lo serán a todos e idénticos niveles de entorno. Por ello, encontrar similitudes y diferencias entre ellos, achacar estas últimas a lo intrínsecamente local de la ONIC, Playboy y la FAES, y dar razón de sus semejanzas en virtud de lo global, sería lo mismo que no decir nada. Cada semejanza, cada diferencia, debería situarse en niveles jerárquicos y sólo aceptar similitudes ante rangos similares. Que estos sitios web -como tantos otros- aporten imágenes o cuenten con un enlace rotulado “contacte con nosotros” -o parecido- vinculado a una dirección de correo electrónico, no aporta absolutamente nada. Las similitudes, de haberlas, y las diferencias deberían tratarse de manera distinta. ¿Qué se busca con el contacto? ¿Una suscripción de pago u otro tipo de relación? ¿Qué proporción de imágenes y de qué tipo son las que puedan encontrarse?

Pero, además, desde el momento en que las constricciones técnicas, las rutinas dadas por convención, etc., propician una reelaboración tendente a la uniformidad en el nivel de los discursos, se pone en juego un nuevo componente, especialmente delicado para el antropólogo. Pues, en efecto, ocurre en ocasiones que los tres lenguajes clásicos de la antropología, el lenguaje objeto del nativo, el propio del investigador y en ocasiones incluso el correspondiente a la teoría antropológica, caen en una confusión que exige un esfuerzo complementario del analista para distinguir el material con el que opera (Cruces 2003). Necesariamente un ejemplar arrojará claridad sobre esta afirmación.

Pongamos por ejemplo un sitio web, http://www.maasai-association.org (7). De súbito, topamos con que aquí el lenguaje nativo no es exactamente un lenguaje nativo, esto es, la asociación que a sí misma se denomina “masai” no utiliza la lengua ma. El plexo de identificaciones que asocia etnónimos, poblaciones, lenguas, ha sido volatilizado. La identidad colectiva presupuesta, lo masai, se deshace de uno de los elementos identitarios supuestamente imprescindibles: el idioma común. Ni siquiera existe la posibilidad de elegir entre ma e inglés. Sólo el inglés es posible.

Y no sólo es que la lengua ma haya cedido el espacio a la lengua inglesa, sino que el coordinador de la asociación cuenta con estudios de economía política y de cooperación internacional, lo que conduce, inevitablemente, al dominio de los códigos propios de sistemas expertos. El lenguaje nativo es aquí un lenguaje con propósitos globales, universales -lo que no es idéntico-, y esto lleva al uso del inglés y también de otros tópicos que veremos a continuación. El lenguaje objeto nativo coincide en cierto grado con el lenguaje del investigador (8) y además aparecen códigos comunes, expresamente colocados en el sitio web en aras de crear vinculaciones sobre criterios universalistas, como es el mero hecho de que el cibernauta se encuentre con un currículum vitae, el del coordinador, que le resultará familiar en sus formas. Imaginemos, por contraste, un currículum vitae construido bajo criterios coincidentes con la vida tradicional entre los masai: figurarían diversos ritos de paso, los momentos en que fueron llevados a cabo, la identidad de grupo de edad (olporror), la identidad clánica (olgilata, también engilata) y de “sección” (oloshon), las cabezas de ganado en propiedad, el número de hijos y esposas, etc. (9).

Las intenciones explícitas del colectivo presentado en http://www.maasai-association.orgse centran en la preservación de la cultura masai; su traducción, en la práctica, es la búsqueda de recursos que faciliten la vida de algunas comunidades. Los medios para ello, la presentación de algunos rasgos culturales de las comunidades masai, que puedan despertar la empatía del cibernauta y estimularle para que coopere en el proyecto. Medios y fines se articulan de forma muy estereotipada, pero de nuevo bajo estereotipos universalistas. La proyección internacional y la vocación universalista proporcionan una configuración muy definida: se construye un discurso montado sobre ítems que puedan atraer al usuario de Internet, cuyo perfil se identifica con el del usuario occidental (un término poco preciso, pero que espero me perdone el lector).

Así, pueden encontrarse secciones dedicadas al turismo, ofreciendo al internauta vacaciones en convivencia con la población local. También se encuentran secciones con llamamientos a las donaciones de ganado, o peticiones de ayuda para la creación de centros escolares. Una vez más, espacios familiares para el internauta, en estos tiempos en el que las ONG dedicadas al desarrollo han eclosionado en los media, tratando de hacerse con recursos mediante la propaganda.

Por supuesto, en cuestiones como la escolar se diría enormemente importante conocer las modalidades concretas de educación que los centros escolares producirían, saber en qué lengua se realizarían las enseñanzas, qué religiones serían materia curricular, de serlo alguna, etc. Tales datos se exponen. Pero es siempre difícil saber cómo se podrán hilvanar de forma más o menos conciliable, desde el punto de vista occidental, conocimientos con elevados grados de abstracción (por ejemplo, ecuaciones de segundo grado, enlaces moleculares, sintaxis de cualquier lengua) y un futuro probable de práctica ganadera tradicional, extensiva y seminómada (que excluye esa abstracción científica y racional, desde el mismo punto de vista). Informaciones de este tipo son inexistentes, como es razonable. Pero también son inexistentes otras precisiones relevantes, como podrían ser las relativas al ganado. En este último detalle lo que prima, a mi juicio, es la escasa relevancia que, en principio, puedan tener los detalles sobre la cabaña ganadera para el cibernauta “occidental”, frente al hecho de “ayudar”, en abstracto, a “los masai” (para los que, con certeza, las características del ganado sí que son de enorme importancia) .

En cuanto a los rasgos culturales que se presentan al internauta, tal vez lo más señalado sea el que todas las ceremonias que jalonan tradicionalmente el ciclo vital de varones y mujeres masai (y son un buen número) ocupen, en conjunto, menor espacio en el sitio web que la más espectacular y conocida actividad masai: la caza del león, sin armas de fuego (olomanyo). En este punto, el discurso universalista se pliega para acoger una nota de color local. Una nota, eso sí, sumamente espectacular: ciertamente, abatir leones a lanzazos no es cosa que uno haga todos los días. Pero no creo difícil convenir en que, de hecho, esta espectacularidad de una práctica local la globaliza, puesto que la ha convertido en magnífica materia prima para documentales o soportes de difusión similares.

Y respecto al citado catálogo de ceremonias, si bien es cierto que en él figura la circuncisión, resulta llamativo que la más extensamente tratada sea la masculina, prescindiendo de suministrar informaciones sobre las prácticas de ablación de clítoris a las niñas y adolescentes, más que apenas unas breves alusiones. Un rito de paso especialmente odioso para los occidentales ha sido pudorosamente velado, nuevamente en aras de esa tentación, de esos propósitos universalistas.

Todos estos plexos de elementos que he apuntado ofrecen, en su conjunto, un doble semblante jánico: por un lado, lo universalista (turismo, escuelas, respeto a la integridad clitoridiana), por el otro, una cantidad necesaria de color local (ganado, actividades turísticas con personas masai, caza del león). La irrupción de este colectivo en el ciberespacio ha pautado de manera manifiesta su discurso, al desplegarse con arreglo a las reglas propias de los sitios web. Realmente, conforme a los contenidos de su sitio web, si la organización lograra realizar sus propósitos nos veríamos ante comunidades de ganaderos que abatirían leones, no practicarían la clitoridectomía y obtendrían títulos académicos, conviviendo en los meses de vacaciones con turistas (10). Un sistema sociocultural perfectamente plausible, pero relativamente nuevo, que rompería, desde luego, la imagen ancestral que sin duda habrá percibido el internauta en su examen del sitio web y tratará de mantener con su apoyo. Es decir, el éxito de la organización imposibilitaría sus propósitos iniciales.

Pero, además, se ha usurpado, por así decirlo, parte del lenguaje propio de la disciplina antropológica. O tal vez se haya producido más bien una recuperación. En cualquier caso, lo cierto es que rituales, ceremonias, etc., parecen dominio propio del etnógrafo. Pues bien, siendo innegablemente propio de la disciplina antropológica que, por ejemplo, la actividad llamada enkipaata se categorice como “rito de paso”, así es como está etiquetada en http://www.maasai-association.org. La presencia del etnógrafo -de los etnógrafos, durante décadas- provoca, por así decirlo, un efecto Molièrey desencadena en el sujeto la conciencia de que habla en prosa, de que sus costumbres son “rituales”.

Lenguaje objeto, lenguaje universalista propio de los sistemas expertos, lenguaje de teoría antropológica, se han unido en una compleja mixtura dentro un sitio weby precisamente por serlo. Esto no sólo incrementa las precauciones necesarias para el análisis, sino que resulta también enormemente denotativo del tipo de estados de cosas que trato de mostrar. En este ejemplar, los entornos acaso más visibles se construyen cimentados sobre el discurso, sobre un discurso además de carácter universalista, en consecuencia, muy del corte dieciochesco, ilustrado. La posición jerárquica de este entorno es de naturaleza muy diferente a la vista en el caso anterior. Por añadidura, se debe considerar que si aquí hay mayores tintes de “lo global”, es porque en último término se busca desde la página webdesviar hacia sí la mayor cantidad posible de todos esos recursos que fluyen por el indefinible postulado holístico global, materializado en forma de ayudas financieras, número de turistas, etc.

Es por todo ello que localizar conexiones entre portales dedicados a jugar al ajedrez y http://www.maasai-association.org, sólo porque estén localizables en el ciberespacio, sean accesibles por los mismos medios tecnológicos, etc., no aportaría nada relevante en absoluto a la comprensión de absolutamente nada. Tratar Internet como un estado de cosas o un fenómeno representante y representativo de la globalización y hacer comentarios del tipo de “muy distintos agentes de muy distintos orígenes experimentan una homogeneización que es producto inevitable de los procesos globales” son actividades vacuas. Los elementos que verdaderamente inciden en las configuraciones de cada uno de los ejemplares que hemos expuesto se sitúan a niveles jerárquicos distintos. La generalización sin consideraciones se limita a arrasar, como el carro de Krichna, cuanto se ponga por delante, en aras de un reduccionismo inoperante desde el punto de vista analítico. Lo mismo daría decir que los ciberjugadores de ajedrez y el gestor de http://www.maasai-association.orgson semejantes porque son seres humanos coetáneos.

 

5. Conclusión

En resumen, propongo que debe mantenerse respecto a estas condiciones de vida que han dado en llamarse “globalización” una estrategia consistente en concebir lo “global” como un conjunto de situaciones, de condicionantes, de vectores que modifican de manera concreta y determinada las producciones sociales de los sujetos y que tal conjunto debe aislarse, precisarse y reconocerse, en tanto que escenario que se constituye como conjunto jerarquizado de entornos, a tratar analíticamente por vía referencial, en el último de sus extremos, como consideración teórica, como escenario, como totalidad, como constructo o postulado holístico, previo, por así decirlo, a la realidad experiencial.

Como he escrito anteriormente, un enfoque posible sería considerar lo “local” como un entorno conductual de producciones sociales y lo “global” como un entorno referencial de producciones sociales, pero no principalmente conductual, entre otras razones porque es difícil atribuir agencia concreta a agentes concretos en fenómenos de gran magnitud. He tratado de ilustrar las vinculaciones entre ambos entornos, jerárquicamente construidos, con breves muestras recogidas en la Red, que fácilmente podían haber sido otras.

Una cosa es dar por sentado que tras ciertos sucesos o estados de cosas hay canales que los vinculan directamente a las facetas más manifiestas de la globalización, y otra, definir cuáles son esas facetas y cómo actúan en el campo, de la misma manera que una cosa es disponer de información genómica y otra, definir cómoel material genético se expresa. Todo ser vivo está modulado por su herencia biológica, pero esta aseveración es completamente vacua para, sin ir más lejos, un etólogo, salvo que podamos precisar exactamente qué aspectos de conducta podemos vincular a esa herencia.

Naturalmente, cuando el marco del dominio de la investigación es rotundamente global, como en el caso de los movimientos migratorios o el turismo, tal vez estas advertencias resulten un tanto superfluas. Pero otra situación muy distinta se produce cuando el dominio es más local y, a un tiempo, las expresiones, conductas, imaginarios, se ven muy influidas por lo global. Hace ya bastantes años que Geertz (1987: 33) advirtió que los antropólogos no estudian aldeas, sino enaldeas, con todas las consecuencias metodológicas que este breve juego de palabras implica, pero, ¿en qué aldea se encuentra http://www.maasai-association.org? (cf. Clifford 1997.) La irrupción de las reflexiones de los llamados posmodernos en torno a la posición del etnógrafo en el campo y a sus relaciones con sus informantes hizo tambalearse algunas cuestiones consideradas tradicionalmente a priori, pero ni de lejos pudieron imaginar el potencial para la producción de material empírico que suponen las tecnologías de la comunicación. No es difícil percibir que el campo ha experimentado una incuestionable transformación y, ante él, el etnógrafo se encuentra en una posición similar a la de los primeros navegantes europeos que costeaban África o abrían rutas hacia América, territorios no completamente desconocidos, pero conocidos sólo de oídas.

Todo ello tal vez sea más visible en la práctica de una etnografía concéntrica (Velasco 1992), una etnografía en casa. Lo más destacable, lo más destacado para nuestros propósitos, en definitiva, es que una etnografía que se practique en un campo local, concéntrica, occidental (término usado con las excusas que ya presenté), posiblemente estará afectada con gran intensidad por las llamadas “nuevas tecnologías” y los fenómenos globales; irremediablemente, los agentes involucrados dominarán sin duda, en distinto grado, saberes expertos: el etnógrafo por fuerza se verá obligado a discernir la capacidad de estos elementos para jugar un papel de peso y deberá hacerlo, a mi juicio, en mayor medida que otro tipo de investigaciones. Nada tiene esto de novedoso. El artillero que calcula la trayectoria de un proyectil considera la fuerza gravitatoria, por supuesto, pero desprecia la que ejercen los satélites de Júpiter, fuerza realmente ejercida pero cuya influencia se puede ignorar (11).

Sea como fuere, el etnógrafo recaba, en principio, información -aunque no sólo información-. Esa información se transmite por medio de canales determinados. Acostumbrados a operar con elementos informativos muy heterogéneos, canalizados de maneras muy diversas, bajo muy distintos códigos, los etnógrafos hemos acometido nuestras tareas mediante procedimientos rutinarios, acaso sin aplicar cautelas metodológicas que tal vez sean necesarias por la novedad que suponen los nuevos canales. Hace ya tiempo que sabemos que los canales modifican los contenidos de las informaciones. Prensa o televisión, por citar un par de medios, han sido analizadas hasta la saciedad y conocemos las formas en que el canal se hace presente en el contenido de la información.

Sabemos que los canales no son medios inanes, por los que circulen los mensajes sin experimentar la influencia del propio canal. Los medios de comunicación ya tradicionales han sido examinados desde todos los puntos de vista imaginables y es sabido por todos que su propia naturaleza modifica el contenido de los mensajes que circulan a través suyo, repito. Pero otros recursos técnicos, no necesariamente medios de comunicación, presentan similares características. Por ejemplo, el uso cotidiano de aparatos reproductores de música, del tipo que sean, nos ha habituado a la recepción del sonido en dos canales, lo que, evidentemente, poco tiene que ver con la masa sonora de una orquesta clásica, pongamos por caso, o de una banda de jazz. El contenido, la pieza musical, ha sufrido modificaciones que la cotidianidad nos vela hasta cierto punto. Por mencionar otro caso, el doblaje de películas modifica de manera clarísima el contenido del trabajo original; en la prosa envenenada de Borges, se trata de un “maligno artificio”, el cual “propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo” (12).

A mi modo de ver, la influencia del medio ha sido vista con una cierta superficialidad, concediéndole la facultad de actuar sobre las formas, sobre el continente, pero no sobre el fondo, el contenido, y, aunque esta distinción no deje de ser un punto grosera, creo que bien sirve para plantear cuestiones de principio. Pongamos un ejemplo. A finales de 2006, el Instituto Cervantes publicó Saber escribir, un manual de intenciones prácticas que, según la noticia que pude ver en televisión, recoge las abreviaturas y modalidades expresivas propias de los mensajes SMS en teléfonos móviles. Siempre sobre la base de esa noticia, el Instituto Cervantes ha redactado una especie de diccionario, mediante el cual el usuario puede traducir estos mensajes al castellano académico, convencional, y a la inversa. La presunción, evidentemente, es que los contenidos no cambian, sino exclusivamente las modalidades formales de la escritura (insisto en que me baso sólo en noticias televisivas).

No pretendo entrar en esta cuestión concreta, sino plantear lo que se postula de forma apriorística: una correspondencia de fondo entre mensajes, que tan sólo experimenta modificaciones a nivel formal. No obstante, en este tipo de comunicaciones, que también se dan en Internet, aparecen signos que difícilmente podemos traducira la lengua koiné. Los emoticons, por ejemplo, vienen a ser algo así como la irrupción del gesto en el lenguaje escrito. Desde mi punto de vista, afirmar que cierto emoticonno es más que un signo que representa un guiño o una sonrisa cómplice sería incompleto e insuficiente. La traducción de algunos de ellos a un lenguaje escrito sería labor verdaderamente ardua. Personalmente, he podido ver el resultado del trabajo de verdaderos virtuosos, capaces de diseñar en un emoticon algo tan complejo como un chiste obsceno.

En definitiva, la Red provee al investigador de un amplio territorio para complementar sus prácticas tradicionales, pero, desde el momento en que accede al ciberespacio, ha de cartografiar tal territorio, puesto que es muy posible que las características propias de Internet se impriman en los contenidos. La suposición previa de identidad entre cuestiones que se expresan, por así decirlo, al mismo tiempo on-line y off-line, no es permisible. Aquí, la necesidad de una teoría previa a lo empírico se agudiza, teoría con suficiente capacidad heurística para abarcar muchas y muy distintas eventualidades, y no meramente metodológicas.

Porque, en la práctica, el trabajo en el cibercampo pone incluso reparos a tradicionales conceptos de “cultura”, como algo que existe dentro de, inmerso en, un espacio físico determinado. Los esfuerzos de autores como Marcus o Clifford por romper este tipo de cauces epistémicos encuentran un respaldo preciso en una etnografía enla Red, espacio caracterizado por su indefinición topográfica (cf. Hine 2004: 74 y ss.). Los elementos constitutivos de http://www.maasai-association.org no están exactamente en la sabana de África Oriental, en una aldea: sin embargo, paradójicamente, yo dispongo de ellos en mi ordenador. ¿Cómo localizar, cómo ubicar representaciones culturales como ésta?

Si al principio de estas líneas se comentaba que lo global se reelabora a escala local, las formas en que se expresan determinadas producciones sociales no pueden por menos de adoptar modalidades propias, locales, aunque fluyan a través de canales globales. Recortándose contra un telón de fondo holista, se siguen encontrando agentes que operan en cronotopos precisos y reelaboran prácticas y discursos de acuerdo con las características que definen tales cronotopos, estableciendo vínculos conductuales, dialógicos y categoriales con otros agentes. El marco globalizador, tecnológico, no desvirtúa esto, mas puede en determinados casos transformar las condiciones del mundo de la vida de manera muy concreta, por lo que el etnógrafo ha de atender cuidadosamente a estas modificaciones.

En último término, esta atención rigurosa que reclamo, vigilante a los contextos de producción de vida social, no es más que la continuidad de la tradición etnográfica, desde que el cuidado por los datos de Franz Boas desbancó a la antropología de altos vuelos del estilo de La rama dorada -por ejemplificar con dos nombres-. Lo novedoso que pueda tener esta exigencia no es, consecuentemente, la práctica en sí. La novedad de la práctica reside hoy, tautológicamente, en que los contextos locales son también globales en diverso grado y, por consiguiente, el esmero boasiano por el dato se construye bajo el requisito de una antropología translocal. Al parecer, el holismo, desideratum a mi entender irrenunciable, acaba siempre encontrando un resquicio por el que colarse.

 

 

Notas

1. Por citar alguno, El malestar en la globalización (Stiglitz 2002), No Logo (Klein 2001), Informe Lugano (George 2001). La Agencia Española del ISBN recoge casi cuarenta títulos publicados a lo largo del año 2007 que incluyan en su título el término “globalización”, esto es, salió al mercado aproximadamente un libro por semana sobre estos temas.

2. Tal vez el término “ficción” sea algo exagerado y esa globalidad quede mejor descrita como “constructo” o “postulado previo”… En este sentido, hay que recordar que “el todo, la totalidad y el holismoson categorías a definir en el nivel de la teoría y el método, no en el nivel del objeto, entendido como realidad pre-teórica” (Díaz de Rada 2003).

3. ¿Internet es un espacio? Se me antoja demasiado metafórico conceptualizarlo así. En este sentido, puede verse Echeverría (1999).

4. Pudiendo, así, representar el papel de: “un afable camarada de la persona a la que se examina, un amigo distante, un extraño severo, un padre compasivo, un patrón preocupado; un traficante que paga por las revelaciones una por una, un oyente que afecta distracción ante las puertas abiertas de los misterios más peligrosos, un amigo obsequioso que muestra un vivo interés por los más insípidos relatos familiares, el etnógrafo hace desfilar por su rostro una colección tan excelente de máscaras como las que puede poseer un museo” (Griaule 1933: 10; 1952: 547; 1957: 59; apud Clifford 2001:100).

5. Puede verse en lo relativo a ética la propuesta del Grupo de Trabajo sobre Ética de la Association of Internet Researchers en http://www.aoir.org. Existe también una buena cantidad de artículos accesibles en la Red en la revista The Information Society, así como en
http://www.nyu.edu/projects/nissenbaum/projectsethics.html.

6. Algunos de estos portales disponen de capacidad para detectar tales procedimientos fraudulentos

7. Los contenidos han ido cambiando con el tiempo, incluso sólo en meses. No puedo asegurar que cuanto mencione pueda encontrarse en el sitio weben el momento de la publicación de estas páginas

8. Complicaría más todavía las cosas entrar en que, en mi propio caso (y el de muchos otros), el inglés no es mi lengua materna, porque entonces contaríamos con un idioma más que computar: una lengua franca. Para rematar, supongo que la lengua materna del gestor de la página es la lengua ma, por lo cual nuestra lengua franca no es la misma lengua franca.

9. Para los términos en lengua ma véase Hollis (1905) o Mol (1996).

10. Para rizar el rizo, no es despreciable contar con el hecho de que las poblaciones masai siempre han tenido estrechos contactos con poblaciones vecinas no masai, para el intercambio de bienes y servicios. Sus contactos con los turistas no difieren de estas pautas (Bruner 2005: 69), así que tampoco deberían diferir estas nuevas ciberpautas.

11. He tomado este ejemplo de Aleksandrov, Kolmogorov, Laurentiev y otros (1994), si bien el texto original lo utiliza en relación con las relaciones entre sucesos en el cálculo de probabilidades.

12. En Discusión.

 

 

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Gazeta de Antropología