Gazeta de Antropología, 2004, 20, artículo 14 · http://hdl.handle.net/10481/7265 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 21 mayo 2004    |    Aceptado 31 mayo 2004    |    Publicado 2004-06
Jarramplas. Tiempo de fiesta en Piornal. La construcción de identidades colectivas en torno al ritual
'Jarramplas': a celebration time in Piornal. The construction of collective identities around a ritual



RESUMEN
Piornal es un pueblo de la provincia de Cáceres que vive los días 19 y 20 de enero de cada año la fiesta de Jarramplas, mascarada estrechamente vinculada a la devoción a San Sebastián. El artículo presenta una descripción de esta fiesta y plantea un análisis sobre la construcción de identidades colectivas en torno a ella.

ABSTRACT
Piornal is a small village in the province of Cáceres (Spain), where every 19th and 20th of January, people celebrate Jarramplas day. This is a festive celebration closely related to Saint Sebastian’s worship. This paper describes this particular fiesta and outlines an analytical study on the relationship between Jarramplas and the establishment of group identities depending on this rite.

PALABRAS CLAVE
fiesta | ritual | religión popular | Jarramplas | Piornal
KEYWORDS
fiesta | rite | folk religion | Jarramplas | Piornal (Spain)


Jarramplas: tiempo de fiesta en Piornal

Es tiempo de fiesta en Piornal, pequeña localidad de la Alta Extremadura, en el cerecero Valle del Jerte, tiempo de fiesta grande, de esas de las que los lugareños definen como “la mejor de todas sus fiestas”, la que reproduce y reafirma identidades colectivas como ninguna otra y, ante todo, la que hace a los piornalegos ser más piornalegos si cabe.

En Piornal, el calendario ha parado su cronómetro de la cotidianidad en los días 19 y 20 de enero, porque, como cada año, cuando arrecia el frío, cuelgan de los tejados los carámbanos de hielo y muchas veces se tiñen de blanco de nieve las calles del pueblo, es tiempo de fiesta, es tiempo de Jarramplas.

Los preparativos que se iniciaron allá por el mes de octubre, están ultimados, lo que confiere a la casa del Mayordomo ese aspecto de museo etnográfico temporal, puesto en marcha para la ocasión. Ya están listas las cinco máscaras de cartón, reforzadas con fibra de vidrio, cónicas, pintarrajeadas, con indudables rasgos animalescos (cuernos, mandíbula con prominentes colmillos, crines de caballo), otros tantos tamboriles, y el traje, con chaqueta y pantalón blancos de los que penden cientos de cintas, y trozos de trapo y ropa usada, confeccionado para cada edición de la fiesta. Ésta, además de algunas piezas protectoras internas (peto, espinilleras, musleras, coderas, etc.) constituye la esencia de la indumentaria del personaje central del ritual: Jarramplas, que en estos días habrá de soportar sobre su cuerpo el lanzamiento de miles de kilos de nabos por parte de los lugareños y forasteros que se encuentren haciendo turismo etnológico en este pueblo.

Con varios años de antelación, un joven -a veces dos, incluso tres-, siempre hombre, al menos hasta hoy día, se apunta para ser Jarramplas en una lista que tiene el cura para tal efecto. Quiere desempeñar este papel protagonista en la principal fiesta de su pueblo, aunque ello le suponga tener que invertir gran parte de su tiempo en los preparativos de la fiesta, poner su cuerpo para soportar los casi cuarenta kilos de su indumentaria y el impacto de cientos de nabos, y ofrecer su mente para sobrellevar la presión que la comunidad y las ganas de hacerlo bien ejercen sobre él. Al menos la financiación de la fiesta no es cosa suya, sino del Mayordomo, persona o grupo de personas -hombres y/o mujeres, piornalegos y/o forasteros-que lleva el peso de los preparativos y la organización central de la fiesta. Al final, la ilusión por el trabajo bien hecho, el aplauso de los miembros de la comunidad y el privilegio de haber sido Mayordomo y Jarramplas, compensa con creces el dinero gastado, el esfuerzo desplegado, los momentos de tensión vividos y los golpes recibidos.

Sólo una importante motivación puede haber llevado a esta gente a tomar la importante decisión de apuntarse para ser Mayordomos y Jarramplas. Para Isidoro Moreno el estímulo más frecuente surge de un intento de defensa y conquista del prestigio social (1989); pero si ha habido y hay una motivación por encima de todas las demás para ser Mayordomo y sobre todo Jarramplas, ésta ha sido la manda o promesa. Bajo la manda, vocablo comúnmente utilizado en Piornal, subyace un compromiso entre cada una de las personas que quiere protagonizar estos papeles rituales y San Sebastián, santo mártir que se festeja estos mismos días, establecido en los siguientes términos por parte del humano mandante, que se dirige al ser sobrenatural: “Si tú me ayudas en tal situación problemática en la que me encuentro o se encuentra un familiar mío, yo soy Jarramplas y/o Mayordomo”.

Ya quedan muy lejos aquellas mandas echadas en tiempos de guerra por los propios combatientes o por las madres de estos, para que el Santo les devolviera a casa vivos y sanos. También han perdido vigencia las mandas para que el Santo protegiera al mozo piornalego que se encontraba realizando el servicio militar. Muchas coplas cantaban algunas de estas mandas:

 

En Carabanchel Bajo
se hizo esta manda
que si no le mataban
era Jarramplas.
El amigo cayó
y él quedaba,
por eso se ofreció
a ser Jarramplas.
El día diez de agosto
fue hecha esta manda
cuando la guerra andaba
por toda España.

 

Aún hoy día están vigentes las mandas, aunque con otro contenido diferente al expuesto, algo que si bien no podemos constatar con las coplas que se cantan durante el ritual, ya que la costumbre de abrir a la comunidad y cantar las motivaciones para ser Jarramplas y Mayordomo se ha perdido, un intensivo trabajo de campo en Piornal, nos ha permitido acceder a información relativa a este hecho, con comentarios, auténticas confesiones en algún caso. Como ejemplo recogemos en contenido de la manda formulada por un joven que va a ser Jarramplas en una de las próximas ediciones de la fiesta:

“Cuando lo de mi madre (enfermedad grave) lo pasamos muy mal, yo pensé que se moría. En esos momentos echas mano de todo lo que tienes a tu alcance, y en mi caso acudí a San Sebastián y me dije que si se curaba mi madre, yo era Jarramplas. Yo no es que sea muy religioso, de hecho nunca voy a misa, pero en estos casos…”.

Las que no han faltado nunca, asociadas a San Sebastián, han sido las mandas por enfermedad.

Ciertamente hay que señalar la presencia de motivaciones diferentes a las mandas para ser Jarramplas y/o Mayordomo, pero siempre en muchísima menor proporción. Señalamos casos como los de piornalegos que se apuntaron en la lista del cura por tradición familiar:

“Mi abuelo fue Jarramplas tres años, mi padre otros tres, yo llevo dos y me gustaría serlo otra vez como ellos, por no romper la tradición. La primera vez fue por manda, pero luego es por cosa familiar. Es que esto lo ha vivido uno desde que era un crío en su casa, y claro, tira mucho”.

No podemos pasar por alto aquellos años en los que el estado español en general vivió un proceso de decadencia de la conducta ritual y la cultura popular tradicional, instaurándose en él una actitud antirritualista (Ariño 1996: 5-6; Velasco, Cruces y Díaz de Rada 1996: 148). La modernidad llegó antifestiva a Piornal en los años setenta, lo que acompañado de la fuerte emigración sufrida en este pueblo, y en general en toda la España rural desde los años cincuenta (Velasco, 2000: 33-36), puso en peligro un ritual festivo de gran arraigo popular como era Jarramplas, de ahí que fueran estos años en los que las motivaciones de las que venimos hablando tuvieran más que ver con ese sentimiento de “hay que salvar la fiesta”. Hay que señalar que, por suerte, estamos ante una fiesta que a pesar del alto componente de violencia que lleva aparejado, como describiremos más adelante, no sufrió además las envestidas de los que erigiéndose defensores de la paz y la no violencia niegan y denuncian el binomio fiesta-violencia (Nieto 1980: 59). Posiblemente el aislamiento en el que se encontraba Piornal hasta no hace muchos años (en pleno altiplano de la sierra de Gredos, a casi mil doscientos metros de altitud, con escasas y deficientes vías de comunicación) y la presencia protagonista en la fiesta de un icono y símbolo religioso como San Sebastián, al que se sometía Jarramplas de una manera incondicional, pudieron ser decisivos para que sobre Piornal y su fiesta no cayeran agrias críticas de salvajismo, como ocurrió con otros pueblos y las suyas, caso del encierro del Cascamorras en Baza-Guadix (Brisset 1983).

Llegados a este punto no podemos dejar de hablar de San Sebastián, el otro gran protagonista de la fiesta de Jarramplas y del importante grado de religiosidad popular de los piornalegos, aún en tiempos de cierto grado de irreligiosidad en los que la teoría de la secularización se considera como una de las claves hermenéuticas de la modernidad (Rubio Ferreres 1998). Es cierto que la gente en Piornal apenas va a misa, o casi no cumple con los sacramentos de la confesión y la comunión, es verdad que cada vez son más las parejas que conviven sin haber pasado por la vicaría o que comienza a verse en el pueblo a niños no bautizados, pero también se ponen de manifiesto en el Piornal del nuevo milenio, la fuerza que en el ideario de este pueblo aún mantiene la religiosidad popular, puesta de manifiesto, como hemos dicho, en echar mandas, pero también en encargarse de mayordomías de santos (San Roque, San Cristóbal o el propio San Sebastián), del Cristo o de la Virgen, asistir a ritos festivos sacros, en las que no sólo participa tanta gente como en otro tiempo, sino que se han visto fortalecidas, como en el caso de la Semana Santa, con nuevas cofradías de gente joven, antes no existentes,

Este mantenimiento de la religiosidad popular en Piornal se pone especialmente de manifiesto en fiestas como Jarramplas, con una participación masiva de personas en la Procesión de las Alborás (Alborada), la asistencia a la Misa Mayor del día 20, y posterior canto de la Rosca, a San Sebastián o en los ritos de Bajar y Vestir al Santo, el Besapiés o la Subida del Santo al Trono que acontecen dentro del templo, aunque no se vuelva a entrar en la iglesia en todo el año. Se trata éste de un comportamiento de religiosidad popular no exclusivo de los piornalegos, que se manifiesta en muchas otras comunidades (Moreno Navarro 1990: 269; Mandianes 1989: 50).

Como veremos en la descripción de la fiesta que vamos a realizar seguidamente, el vínculo entre Jarramplas y San Sebastián es incuestionable, y aunque pueda pensarse que se trata de un caso de intento de asimilación de los símbolos y los rituales sociales, colectivos y populares por parte de la iglesia (Moreno Navarro 1989), lo cierto es que hoy por hoy en Piornal es impensable la existencia de Jarramplas sin San Sebastián.

El tiempo de fiesta, tiempo de Jarramplas para toda la comunidad, echa a andar en Piornal con las primeras luces del día 19 de enero, cuando se sale a realizar el rito de la Petición de Ofrendas para San Sebastián. Un Jarramplas con su traje multicolor, aunque sin máscara, que recibe los saludos de la gente y los deseos de que todo le vaya bien en estos dos días, el o los Mayordomos con bandejas para que la gente deje su ofrenda monetaria, y algunos acompañantes, constituyen la comitiva que al son de cohetes y un tamboril que no para de sonar, recorren la mayor parte de las calles del pueblo.

Tras unas dos horas de recorrido, todos se recogen en la llamada casa del Mayordomo, que no es su vivienda habitual, sino un local habilitado para realizar los preparativos y vestir a Jarramplas, rito al que se procede seguidamente y que conlleva colocar a la persona que va a desempeñar este papel las correspondientes protecciones en brazos y piernas y el peto para pecho y la espalda, todas ellas con un importante componente de resistente fibra de vidrio (producto utilizado a partir de los años noventa, ya que antes las protecciones se limitaban a dos o tres pantalones, jersey, bufanda y una fuente chaqueta o pelliza). A continuación se procede a ponerle el traje policromado de cintas y trozos de ropa usada y sujetarle convenientemente un tamboril, tras los pertinentes consejos y palabras de aliento, Jarramplas esconde su rostro dentro de la máscara, último y decisivo paso del proceso simbólico de deshumanización del hombre y su transformación en diablo, y se apresta a salir a la calle donde una masa enfervorecida, constituida fundamentalmente por hombres y mujeres jóvenes, le espera entre cánticos y sonsonetes, mostrando en sus manos los nabos que en cuanto esté frente a ellos le van a lanzar sin contemplación alguna, como si del personaje diabólico más perverso se tratara.

El último de una terna de cohetes coincide con la salida de Jarramplas y con una espectacular lluvia de nabos que caen sobre su cuerpo con toda la fuerza que la mano de origen ha podido imprimirles. Mientras, él, trata de resistir las acometidas, sin dejar de tocar su tamboril, sin abandonar su aire altivo y provocador, iniciándose a partir de ese momento un periodo de persecución huida entre la gente instigadora y el Jarramplas que se defiende atemorizándoles con su presencia, su cercanía y dos gruesas cachiporras que en un momento dado pueden dejar de percutir el tamboril y salir disparadas hacia alguno de los fustigadores. Para la gente se trata de unos minutos de buscar nabos y un lugar idóneo para lanzárselos a Jarramplas, de gritos, carreras, risas nerviosas; para el hombre que va dentro de aquella máscara y aquel traje, golpes, cansancio, falta de aire para respirar, y una sensación inexplicable de felicidad al ver que está dando fiesta a su pueblo, el cual se lo premiará cuando tras un rato de andar, correr, ponerse de rodillas, bailar o apoyarse en una pared o un árbol, el hombre decide humanizarse nuevamente, quitándose la máscara. En este momento los jóvenes que más cerca se encuentran de él, lo levantan, casi a hombros, para que con su rostro demacrado por el cansancio, el sudor y los restos de nabos que han penetrado por los más pequeños orificios de la máscara, a la vista de todos, sea aclamado cual héroe de la comunidad.

Es la máscara el símbolo del mal, la que deshumaniza al hombre, transformándole en bestia maligna, donde focalizan los piornalegos sus iras y donde centran sus lanzamientos, la que confiere a Jarramplas ese carácter de ser monstruoso al que hay que castigar con saña, el origen en definitiva de todos los comportamientos violentos que se suceden durante la fiesta.

Hasta el mediodía y por la tarde del día 19, se van a ir vistiendo de Jarramplas, uno a uno, amigos y familiares del Jarramplas oficial, así como el Jarramplas del año anterior y el del próximo. Son unos minutos de gloria para cada uno de ellos, que considera un orgullo y un auténtico privilegio, por muchos deseado y por muy pocos conseguido, poder ser Jarramplas aunque sólo sea por un rato.

Tras la comida, a las cuatro se inician los actos religiosos en torno a un santo, San Sebastián, que aunque ha recibido velas y flores (generalmente a cargo de la mayordomía), se va a convertir ahora en el centro neurálgico de templo, tras ser bajado de su hornacina, colocado en las andas que le soportarán estos dos días y engalanado con más flores, pañuelos de cien colores y la banda que cruza su pecho en bandolera, además de las simbólicas tres saetas clavadas en su cuerpo y la mata de rusco atrás junto al tronco al que el Santo permanece atado, simulando hundirse en su espalda con sus seudohojas lanceoladas. Es el rito de Bajar y Vestir al Santo, siempre amenizado con el solemne y modal canto de las Alborás, que toda la comunidad entona dentro de la iglesia con el único acompañamiento del tamboril que toca Jarramplas.

Tras este acto nuevamente sale Jarramplas con la máscara a recibir el castigo del lanzamiento indiscriminado de nabos hasta la caída del día, momento en el que, mientras la gente va a los bares a tomar algo o a su casa a descansar un poco del ajetreado día, los organizadores de la fiesta y algunos allegados van a llevar a cabo una serie de ritos, en los que no ha de faltar Jarramplas, participando en todos ellos, eso sí, sin máscara. El primero en la secuencia temporal consiste en un aviso a la comunidad, un grito a los cuatro vientos para recordar a sus miembros que mañana es día de fiesta, el día de San Sebastián. Al son del tamboril, el repicar de las campanas y el estruendo de los cohetes, el grupo, generalmente acompañado de niños, realiza un corto trayecto que se inicia en la puerta de la iglesia y en ella termina, entonando un sonsonete monótono, repetitivo y pegadizo, con el único apoyo vocal de la sílaba “le”: Es el llamado Regocijo.

Tras el Regocijo que apenas dura cinco minutos, es el momento de realizar la cuestaciónpor los Bares. Es un momento de descanso, de distensión, en el que Mayordomo, Jarramplas y amigos van por cada uno de los bares, restaurantes y cafeterías del pueblo, donde además de obsequiarles con algo de beber en el momento, les ofrecen botellas para que se lleven a modo de contribución con los que están organizando una fiesta cuyos principales beneficiarios en el ámbito económico, son precisamente los propietarios de estos establecimientos.

Se han hecho casi las doce de la noche y es el momento señalado para vivir uno de los momentos de mayor emotividad de todos los que se pueden vivir en esta fiesta. Podríamos denominarlo el rito entre ritos, dada la especial significación que este tiene para los piornalegos, y su impresionante carga de lirismo, puesta de manifiesto en el solemne canto con el que se acompaña el recorrido que se realiza. Se trata de las Alborás, procesión nocturna, popular, sin cura, sin autoridades ni jerarquía alguna, sin el mismo icono religioso, en la que no cabe ordenamiento alguno en función de desigualdades sociales, de género o de edad, a la que muy pocos piornalegos faltan aún encontrándose enfermos o siendo adversas las condiciones meteorológicas. De este tipo de procesiones en otros lugares también nos hablan Moreno Navarro (1990: 100) y Honorio Velasco (1992: 19), entre otros.

Tras las Alborás, la gente se va a descansar hasta la llegada del nuevo día, excepto los jóvenes y algunos adultos que aprovechan en los bares el ambiente festivo que se respira en el pueblo, y la comitiva organizadora con Jarramplas y Mayordomo a la cabeza que continúan con su particular paseo ritual, en este caso por las casas de algunos amigos y familiares que han tenido a bien ofrecerles un chorizo, unos dulces o unas botellas de vino o de aguardiente, además de convidarles en el momento para ayudarles a sobrellevar lo que resta de noche. Es el acto de la Petición del Chorizo.

Vienen a ser en torno a las dos de la madrugada cuando concluye este recorrido que habrá de llevarles uno de los locales de la cooperativa del pueblo (económicamente Piornal está inmerso en un sistema cooperativo de producción a nivel de Valle del Jerte, donde la cereza es el producto principal, aunque también se comercializan las castañas, las frambuesas, las aceitunas y las ciruelas entre otros productos. Cada pueblo de la comarca tiene una cooperativa a la que pertenece la mayor parte de las familias del pueblo, la cual depende de una central que coordina y controla en funcionamiento de todas). Allí, durante gran parte del día, un grupo de hombres de edad avanzada ha preparado unas migas (con más de cuatrocientos panes los últimos años) que se van a ofrecer a la comunidad, en un acto de indudable comensalismo que se extiende igualmente al piornalego que al turista. De esta manera, toda esta gente que se había quedado por los bares, ahora acude a la cooperativa a degustar un plato de migas con unas rodajasde chorizo y una pequeña botella de vino; incluso se llegan a repartir parte de los dulces que se han sacado en la petición de ofrendas, por los bares o al pedir el chorizo en casa de amigos y familiares.

Concluido este acto, muchos de los jóvenes vuelven a los bares mientras otros y los organizadores de la fiesta se van a descansar un rato, poco, si tenemos en cuenta que estos últimos inician temprano el nuevo día (entre las siete y las ocho), repitiendo nuevamente el Regocijo anunciador del día de fiesta.

En torno a las diez y media sale nuevamente Jarramplas con su máscara en dirección a la iglesia. Al llegar allí se la quita, y se inicia la Procesión oficial, diurna, que precede a la popular, con la presencia del icono religioso, presidida por las autoridades eclesiásticas (el cura y el sacristán), Jarramplas que camina de espaldas a la imagen, en señal de sumisión y devoción, el Mayordomo que cuida de que éste no tropiece y un grupo que a partir de ahora va a cobrar un protagonismo especial: las Cantoras y el Niño que repite. Se trata de unas doce mujeres jóvenes (entre los quince y los treinta años aproximadamente), perfectamente uniformadas con la indumentaria tradicional de este pueblo, en la que no faltan las medias, el refajo, el jubón, el pañuelo de ramo, además de diversos abalorios, que van a ser participantes e intérpretes principales en el importante componente musical de este día. Junto a ellas, ejerciendo el contrapunto musical, de género y de edad, el Niño que repite que también con la camisa,chaleco, el calzón corto, los madroños, las medias y el pañuelo, de la indumentaria tradicional masculina, se encargará de sustituirlas en el canto en ciertos momentos.

Esta procesión que como la anterior sale de la puerta de la iglesia y a ella llega, aunque haciendo un recorrido más corto, siempre con la misma música de la procesión de la noche, o que pudo escucharse durante el acto de Bajar y Vestir al Santo, concluye con una subasta para meter al Santo en la iglesia. Se puja cada brazo de las andas y los mejores postores serán los que llevarán a San Sebastián hacia el altar, para, de cara a la nutrida concurrencia, asistir primero a la Misa, una ceremonia normal, como la dedicada a cualquier otro santo y luego al hondo y entrañable canto de la Rosca. Se trata de un canto modal, a capella, que sólo el grupo de Cantoras y el Niño que repite interpretan al Santo, situados junto a él, dándole la cara, siendo interrumpido por el tamboril, que toca Jarramplas desde lo alto de la tribuna de la iglesia, sólo entre copla y copla. Es un canto a la vida de San Sebastián y a su martirio, que concluye con las peticiones al Santo por todos los piornalegos, especialmente por Jarramplas, por el Mayordomo y por el propio grupo de intérpretes.

Tras el canto de la Rosca, la espectacular salida de Jarramplas de la iglesia con su máscara más hermosa, decorada para la ocasión, supone una intensificación del castigo infringido a este ser, que estoicamente, debe resistir las envestidas de la muchedumbre enfervorecida que no para de lanzarle nabos. ¿Qué extraño impulso será ese que mueve a los piornalegos a lanzar nabos a Jarramplas como si estuvieran poseídos por una diabólica fuerza que les obliga a castigarle sin descanso?; más aún, ¿cómo puede explicarse que lo hagan aún sabiendo que es un hombre el que va dentro del traje y la máscara: su paisano, quizá su amigo, o su primo, quizá su mismo hermano?. Una pregunta sin respuesta, aunque algo sí tienen claro los piornalegos: no se tira a la persona, se tira a Jarramplas, que es bien distinto.

Nuevamente el mediodía ofrece una tregua en el terrible castigo al ser demoníaco. Jarramplas, sin la máscara, acompaña a su séquito en una ronda diurna por las calles del pueblo, comandada musicalmente por el canto de las mismas mozas de la Rosca, y algunos instrumentos tradicionales que generalmente portan los hombres (tamboril, caldero, botella, guitarras y laúdes), mientras alegre y orgulloso se muestra a la comunidad, tras el duro momento vivido, exhibiendo su entereza, caminando altivo y seguro, incluso arrancándose a bailar una jota con una de las mujeres cantoras, cuando lo más normal es que estuviera fatigado, extenuado casi por el esfuerzo realizado. Pero cumplir con la comunidad y con el Santo confiere esa fuerza inexplicable, aunque real.

La ronda da paso a una comida multitudinaria, últimamente con no menos de cien comensales, invitados por el Mayordomo, que en última instancia es el que paga, tras la cual una nueva salida de Jarramplas, con máscara, va a llevarle otra vez a la iglesia para el denominado Rosario, momento en el que van a tener lugar dos momentos de gran significado religioso: el Besapiés y la Subida del Santo al Trono. El primero de ellos supone una corta peregrinación dentro de la iglesia, que ha de llevar a los devotos de San Sebastián, y a todo aquel que desee un pequeño contacto con él, hasta su imagen, para besarle uno de sus pies o la rodilla, acompañando este gesto del correspondiente óbolo que habrá de dejarse en la bandeja que hay junto al ella. Mientras dura este acto, que concluyen Mayordomos, Jarramplas y el grupo de Cantoras, estas últimas no paran de iniciar coplas de las Alborás, que son interpretadas por toda la concurrencia, con el incesante tocar del tamboril. Una vez concluido, da inicio la subasta para subir el Santo hasta el trono en el que permanecerá el resto del año, hasta la próxima edición de la fiesta. En este caso, sólo una persona se convertirá en el mejor postor y tendrá el privilegio de coger al Santo en sus brazos y subirlo a la hornacina. Se trata de pujas que sólo se explican por la presencia de una manda subyacente.

Tras una nueva salida de Jarramplas de la iglesia y ya van tres, tras recibir los últimos coletazos de un castigo que parece no querer remitir, Jarramplas se dirige a la casa del Mayordomo de la próxima edición de la fiesta. Es la puerta de ese local o garaje el que, irremediablemente para los piornalegos y visitantes, se traga definitivamente a este personaje dando por finalizada una fiesta que, si bien ha resultado intensa, muy intensa, llegados a este punto, parece haber sabido a poco. Es momento de despertar de ese hermoso sueño que es la fiesta, de volver a pensar en el día a día que nos espera, la cotidianidad, los problemas y el trabajo, hasta la próxima fiesta, que aún sirviendo de corte en esta rutina, no será ni con mucho, la de Jarramplas, única y especial en el calendario festivo del piornalego.

Pero a los organizadores aún resta un acto más: la Entrega de la ropa del Mayordomo de la edición que acaba de concluir, Mayordomo saliente, al que toma el testigo y se encarga de la mayordomía para la organización de la fiesta del próximo año, Mayordomo entrante. Este momento supone una continuación del tiempo ritual, su no fragmentación, en tanto en cuanto Mayordomos y Jarramplas inician su cometido el día mismo que concluye para los que lo tomaron hace ahora un año; es lo que Marcos Arévalo señala como la previsible no interrupción de “el continuum cultural que constituye el proceso festivo” (2000: 203), aunque siempre podemos mencionar interpretaciones más funcionalistas como las que hablan de aprovechar lo viejo, la conocida reutilización de los materiales en las sociedades rurales o el apoyo en su labor al nuevo Mayordomo, y otras más entroncadas en el simbolismo, como las que hablan de conferir a los objetos entregados y, por ende a su nuevo portador, un sentido protector auspiciado por el buen desarrollo de la fiesta del año anterior (ibíd.). La entrega supone el paso del uno al otro Mayordomo de una máscara y del traje de Jarramplas, a cambio, en Mayordomo entrante agasajará a Mayordomo y Jarramplas salientes y a la cohorte de estos, a un suculento convite, de viandas y bebidas, aunque hoy muy concurrido, antiguamente a base de pan, vino, queso y lomo de cerdo, de ahí que a este convite aún se le denomina: el Lomo.

Es en definitiva la de Jarramplas una fiesta para todos, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y mayores, piornalegos y forasteros, con un algo grado de participación en los actos que en ella acontecen, que si bien constituye una posibilidad de reproducción de identidades colectivas, entre otras cosas, es, sin duda, una recreación para los sentidos de los turistas. La vista, aún sin mostrarnos ese colorido propio de los típicos días de fiesta, materializado en banderines, adornos en ventanas y balcones, etc., recibe el estímulo de la seducción del traje multicolor de Jarramplas y su enigmática y aterradora máscara, de las gentes que se mueven a oleadas de un lado para otro con una vestimenta que poco recuerdan a las ropas nuevas recién estrenadas, del misterioso atavío de puertas, ventanas, cristaleras y algunas fachadas a partir de maderas, cartones y mantas de recoger aceitunas, cientos de fragmentos de nabos esparcidos por doquier y en muchas ocasiones el blanco manto de la nieve compartiendo protagonismo con las viviendas de piedra. El oído recibe mil impresiones diversas en forma de sugestivos cantos modales a San Sebastián, alegres tonadas de ronda, el quejido del parche del tamboril, el sonido de los nabos al romperse en pedazos tras cada impacto, además del griterío, los cohetes y las campanas que tiñen el ambiente de sonidos festivos. Al olfato llega sobre todo ese característico olor a nabo roto que apenas percibe el piornalego y tanto impresiona la pituitaria del turista. Sabe en estos días Piornal a migas que, recién estrenado el día 20, se reparten a todo el que tenga a bien ir a degustarlas, acompañadas de dulces, chorizo y vino. Por fin el tacto genera inicialmente sensaciones de frío, propias de esta época en Piornal, que poco a poco se van suavizando mientras se focaliza la atención en otras sensaciones más fascinantes y atractivas, impregnadas de indudable sabor a fiesta.

 

Construcción de identidades colectivas en torno al ritual de Jarramplas

Decir que la fiesta reproduce, legitima, reafirma, refuerza identidades colectivas de pueblo, de género, de clase o de edad, no es aportar nada nuevo. De ello ya han escrito autores como Barrena (1985), Roma (1996), Moreno Navarro (1990), Velasco (1982, 1991), Escalera (1996), Briones (1991) y aún podríamos citar un largo número de ellos.

Durante los días centrales de la fiesta de Jarramplas, y los otros, anteriores y posteriores, en los que emerge el proceso ritual propiamente dicho, en Piornal, unos y otros aprovechan para mediante cantos y sonsonetes, comportamientos hacia Jarramplas y San Sebastián, ocupación de los espacios rituales, o simplemente en el marco de un discurso natural y espontáneo, generar una separación entre el piornalego y el forastero, el hombre y la mujer, el niño, el joven y el adulto, las diferentes clases sociales, manifiestas o latentes, reales o percibidas.

Todos los piornalegos participan de alguna manera en la fiesta de Jarramplas, lo cual, entre otras cosas, les ayuda a construir activamente su identidad local, a renovar la condición de miembro de la comunidad.

Pero hablar de piornalegos es hacerlo también de los emigrantes que continúan vinculados a su lugar de origen. La participación en fiestas locales de gran calado popular como esta que nos ocupa, permite renovar la condición de miembros de la comunidad tanto a los que viven en ella de manera permanente como a los que tienen su residencia habitual en otros lugares; como señala Isidoro Moreno “Aunque no se viva en el pueblo, si se vuelve a él para celebrar la fiesta que represente de una forma más clara la ocasión ritualizada de reproducir identidad comunal, se seguirá siendo, sin lugar a dudas, miembro de la comunidad” (1990: 96). Algunos de estos piornalegos, para reforzar aún más ese piornaleguismo, recurren a ser Mayordomo, incluso Jarramplas, en alguna edición de la fiesta. Por poner un ejemplo, en las últimas veinticinco ediciones ha habido participación en la mayordomía de piornalegos residentes en otras localidades, en dieciséis de ellas.

Pero también tenemos que señalar el caso de los emigrantes que sin venir a su pueblo natal en Jarramplas, quieren mantener esa identidad a partir de una performance de dicha fiesta en su lugar de trabajo y de residencia habitual. Es el caso de la celebración de Jarramplas en Barcelona, como caso de construcción de la identidad cultural piornalega por emigrantes, similar por ejemplo al de la reproducción de la identidad cultural andaluza en Cataluña (Martín Díaz 1990; Delgado Ruiz 1996) y en Madrid (Jiménez de Madariaga 1991).

La otra gran categoría de actores participante en Piornal es la de los forasteros, los turistas, frente a los cuales y por diferenciación con ellos los piornalegos construyen su identidad, muchas veces echando mano de determinadas expresiones que se pueden escuchar durante el ritual. En el análisis de estos textos sociocéntricos que contienen mensajes de identificación y diferenciación entre comunidades rurales, Honorio Velasco nos habla de la persistencia en “una orientación cognitiva a la bipolaridad (…). Se entiende así bipolaridad en doble sentido: Nosotros-ellos (indiferenciados). Nosotros- ellos (en particular)” (1981: 91). En Jarramplas la oposición con los demás en general, se exterioriza con el sonsonete “El que no bote, forastero es”. Para los vecinos próximos en particular, se utiliza este otro “El que no bote, de Valdastillas es”. Ambos sonsonetes se pueden escuchar en voz y gestos de gran parte de los piornalegos, especialmente los más jóvenes y los niños, momentos antes de las salidas de Jarramplas.

Pero aún hay más expresiones para reafirmar la identidad local, como los tres ¡vivas! rituales que se escuchan al concluir los cantos de las Alborás y la Rosca: “¡Viva San Sebastián!”, “¡Viva Jarramplas!” y “¡Viva Piornal!”, que vienen a equivaler a un ¡Viva nosotros!, un ¡Vivan todos los piornalegos!, por encima de diferencias sociales, políticas, económicas, religiosas, de género, de edad, y cualquiera otra existente en el marco de una sociedad heterogénea como la piornalega, además de una de las coplas finales de la Rosca que queda bien claro que la intersección del santo para con la gente se limita a los piornalegos: “También al Mayordomo / y a todo el pueblo, / danos salud y gloria, / paz y consuelo.”.

Las misma Alborás y la Rosca, en su conjunto, contribuyen al reforzamiento de esta identidad. Dentro del campo de la música de tradición oral podemos definir a estas dos canciones como músicas “nuestras” frente a esas músicas de “todos” constituidas por las canciones del repertorio tradicional popularizado, especialmente puesto de manifiesto en el cancionero infantil, o músicas de “ellos”, dónde entrarían las canciones que aunque se pueden cantar o tararear en Piornal, existe la conciencia de que son externas a la comunidad (ponemos como ejemplo las tan extendidas formas musicales del folclore andaluz). Sin duda las Alborás y la Rosca constituyen un referente identitario para las gentes de Piornal, por lo que, siguiendo a Joseph Martí (1996) estaríamos ante un caso de música étnica piornalega, en tanto que tienen como elemento característico diferenciador el hecho de que les otorgamos en primer lugar y de manera claramente predominante sobre otras alternativas, el valor de expresar etnicidad.

El personaje de Jarramplas es de por sí un elemento generador de identidad para los piornaleos, porque, como dicen algunos de ellos “Sansebastianes hay muchos, pero Jarramplas solo hay uno, el nuestro”. Puede haber habido y haber hoy día muchas botargas y mascaradas como Jarramplas por la geografía española; con ropas en las que el colorido sea el principal atributo, como Jarramplas; con máscaras cónicas con rasgos animalescos, como la de Jarramplas, pero se trata de las botargas o mascaradas de Retiendas, de los Zamarrones, de El Vado, de Montarrón, de Robledillo de Mohernando, de Carboneras, de San Blas de Peñalver, del Txerrero, del Zamalzain, del Zancarrón, del Cascamorras, del Cipotegato, etc., etc., pero no de Jarramplas, éste es sólo piornalego y su festejo contribuye a la construcción de identidad local en este pueblo.

Para concluir estas referencias a la reproducción de identidad local en Jarramplas, no queremos dejar de hablar del valor identitario del icono de San Sebastián. Aún siendo éste uno de los santos más habitual en la iconografía española, de culto muy antiguo, al que se le tiene mucha devoción en todo el estado español, la indudable significación religiosa que éste santo tiene en el ideario piornalego, se complementa con una dimensión que trasciende a lo puramente religioso y que se convierte en reproductora de la identidad para las gentes de este pueblo. Esa dimensión a la que nos referimos tiene que ver con el valor simbólico del San Sebastián, es decir su carácter de emblema, de símbolo de identificación de los piornalegos, de referente tanto para creyentes como para no creyentes, algo que expresan algunos de ellos con frases como: “Nuestro San Sebastián es el más bonito de todos”.

Tradicionalmente la fiesta de Jarramplas ha supuesto asimismo una reafirmación de las clases bajas frente a las clases altas. Tanto Mayordomos y Jarramplas como el grupo de Cantoras, el Niño que repite y la mayor parte de los participantes en la fiesta han pertenecido generalmente al estrato socioeconómico de los«pobres».Podríamos señalar que el personaje de Jarramplas, en cierto modo, siempre ha simbolizado para los miembros de una clase, el representante prototípico de la clase antagónica. De esta manera, cuando la gente menos pudiente, de clases subalternas, mostraban su agresividad hacia Jarramplas lanzándole nabos incesantemente, es como si vieran en él al rico hacendado, al miembro de la clase alta, al que debía casi sumisión, respeto y obediencia, teniendo que mantener siempre ocultos esos otros sentimientos negativos y de oposición a éste que sin duda muchas veces le producía. Lanzar nabos a Jarramplas era de alguna manera, dejar salir durante dos días esos sentimientos negativos hacia alguien que se consideraba opresor.

En la actualidad con la práctica desaparición en Piornal de las clases sociales con base económica, Jarramplas no es fiesta «de pobres» ni «de ricos», es una fiesta de todos y para todos. Hoy día Jarramplas habría adquirido un carácter simbólico para todos, pero frente a la homogeneidad anterior, ahora estaríamos ante una expresión antagónica muy heterogénea. De esta manera, es posible escuchar a piornalegos: “Yo veo en Jarramplas a un etarra”, “… a un violador”, “… a uno de esos políticos mangantes”, “… a los maestros”, “… a todo el que no puedo ver”, etc. Jarramplas simboliza pues lo que se detecta, lo que se evalúa como negativo, lo que te puede hacer o haber hecho algún daño, de manera individual o colectiva.

Esta idea de asociar Jarramplas con el «otro detestable», es similar a la que exponen autores como Díaz de Rada (2002) o García Gavidia (2002) cuando hablan del demonio (personaje, por otro lado, con el que frecuentemente se ha vinculado a Jarramplas).

La fiesta de Jarramplas constituye también un momento especial para que hombres y mujeres reproduzcan su identidad de género. En la misma organización de la fiesta desde la mayordomía se dan manifiestas asimetrías en las estructuras de género, tanto en lo referido a la división del trabajo, como a la toma de decisiones y al prestigio. Es cierto que en los últimos años se viene observando la puesta en marcha de un leve proceso de simetrización, que se observa en determinadas situaciones de la fiesta, si bien éstos aún se pueden considerar prácticamente inexistentes para la participación en dos de los papeles rituales protagonistas, como son el de Jarramplas y el de Cantora, en los que estas asimetrías aparecen muy marcadas y con manifiesta proyección de futuro. Lo que no debemos olvidar es que aún existiendo las asimetrías de género, éstas no son percibidas por hombres y mujeres piornalegos como ejemplos de discriminación, sino asumidas por ambos grupos como una realidad social normal, que complementa por un lado el mantenimiento de los cánones marcados por la tradición, y por otro las tendencias actuales a la igualdad de género.

En lo referido a la presencia de hombres y mujeres en la organización de la fiesta, en su relación con los dos personajes centrales de ésta, Jarramplas y San Sebastián, constituye una realidad ciertamente manifiesta la tendencia de los hombres a «servir a Jarramplas», y de las mujeres a «servir al Santo», tanto en pautas de comportamiento directamente observables, como vestir a uno u otro, como en otras más latentes, asociadas por ejemplo al mundo de las mandas y los contactos con seres sobrenaturales.

A la hora de participar en la fiesta, hemos de decir que es ésta fiesta igualmente de hombres y mujeres, si bien también en este caso se observa una mayor presencia de hombres en el espacio ritual más próximo a Jarramplas, y de mujeres en el espacio ritual generado por San Sebastián. Bien es cierto que existen otros espacios rituales igualmente ocupados por unos y otros, caso del rito de comensalidad de las migas.

De igual manera, especialmente en personas de mediana edad en adelante, podemos decir que esa ruptura en la cotidianidad que supone todo tiempo de fiesta Honorio Velasco (1982), Carmelo Lisón (2000), resulta ciertamente evidente para el caso de los hombres, aunque no para el de las mujeres, que aún siendo los dos días de Jarramplas un tiempo manifiestamente de fiesta, deben llevar a cabo muchas de las tareas que realizan cualquier otra jornada no festiva: arreglar la casa, hacer las comidas, etc.

También constituye esta fiesta un momento muy apropiado para la construcción de identidades de edad, de tal manera que en el ideario piornalego se mantienen como pautadas, adecuadas/inadecuadas, ciertas conductas asociadas a cada grupo de edad respecto a la participación de sus miembros en ella. A rasgos generales con relación a los diferentes grupos de edad, podemos decir que conductas de máximo acercamiento a Jarramplas correlacionan positivamente con conductas de máximo alejamiento de San Sebastián, caso paradigmático de los jóvenes, y viceversa, conductas de mayor alejamiento de Jarramplas, correlacionan con conductas de mayor acercamiento a San Sebastián, caso paradigmático de la gente mayor.

Los niños aman y a la vez temen a Jarramplas, desean fervientemente que llegue la fiesta, quieren verle con la máscara y lanzarle un nabo, aunque sea de lejos, pero también quieren acercarse a él cuando no lleva la máscara puesta, ya que de esta manera consiguen sentirse cerca de lo que para ellos es un auténtico héroe. Jarramplas constituye sin duda el elemento motivador por excelencia en la escuela, tanto para escribir, dibujar, realizar construcciones pláticas, escenificar, cantar o cualquier otra actividad que tenga a éste como base. Pero los días centrales de la fiesta no está diseñada para ellos, sino para otros grupos de edad; para los pequeños están los días previos con las actividades del colegio, la visita a éste de Jarramplas, y la salida de Jarramplas exclusivamente para ellos (performance relativamente moderna que acontece el día 18 de enero) y también los días posteriores, con la puesta en marcha de uno de sus juegos favoritos: jugar a Jarramplas.

Los jóvenes hacen de Jarramplas su fiesta y de éste su personaje central. Son ellos los grandes protagonistas en las calles del pueblo y los que principalmente ocupan los espacios rituales cuando éstos se sitúan en ellas; de la misma manera, suelen ausentarse de actos en los que el protagonista es San Sebastián, y de espacios rituales en los que el icono religioso es central, y si asisten y los ocupan, frecuentemente se mantienen cercanos a Jarramplas. Para este grupo de edad es ésta, por encima de todo, la fiesta de Jarramplas, la fiesta de todas las fiestas.

Aún podríamos incluir en este colectivo tan cercano a Jarramplas a ese grupo de lo que podríamos dar en llamar, primera edad adulta (veintena avanzada y treintena), si bien la frecuente presencia de hijos pequeños en ella tiende a modificar notablemente este acercamiento, de tal manera que se da en este margen de edad una amalgama de conductas que tienden a mantener por un lado comportamientos de años anteriores, de su juventud, que tratan de complementar con otros fundamentalmente dominados por procesos de enculturación hacia sus hijos.

A partir de estas edades, muchas veces coincidiendo con la llegada de los hijos a la adolescencia y su presencia manifiesta y separada de los progenitores en los dos días de fiesta, comienza una progresiva separación física de Jarramplas, a la vez que una tendencia a hurgar en la memoria y recuperar vivencias de ediciones pasadas de la fiesta. Se inician así, por un lado, incipientes conductas de nostalgia, de valoración suprema de las ediciones pasadas, y por otro, de crítica hacia algunos aspectos actuales del ritual, generalmente asociados con la carga de violencia que éste conlleva, que se reavivaran a medida que pasan los años. Por otro lado, como ya hemos dicho, esta separación física de Jarramplas va acompañada de un acercamiento a San Sebastián, hasta tal punto que a veces incluso sólo se participa en ritos en los que la imagen del santo esté presente, implícita o explícitamente. Es el momento de hablar de la fiesta, muchas veces no como la fiesta de Jarramplas, sino como la fiesta de San Sebastián.

 



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