Gazeta de Antropología, 2004, 20, artículo 19 · http://hdl.handle.net/10481/7270 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 13 junio 2004    |    Aceptado 12 julio 2004    |    Publicado 2004-08
La paternidad en entredicho
Questioning paternity



RESUMEN
La hegemonía del patriarcado, la nueva cultura de la crianza, las creencias en torno al género, las transformaciones actuales de las familias, etc., han contribuido a la construcción de una imagen diferente de la paternidad, una imagen que no siempre asegura la suerte de los padres de un hoy, en el sentido de hallar serias dificultades en la configuración de su propia identidad. Es así como en este artículo se ofrece un análisis cultural de la paternidad, lo cual supone una revisión minuciosa de las teorías que le acompañan, así como de la voces de los padres de una sociedad que se define como posmoderna. Y es que nuevas prácticas y funciones en torno al padre empujan a una revisión y reconceptualización más amplia de las representaciones que le acompañan y, en concreto, del constructo de la paternidad. La antigua disociación entre lo biológico y lo social se unen, dotando a lo relacional de un sentido mayor que reta a redefinir las vinculaciones y los nuevos roles que se van generando. Se busca así un nuevo sentido a la paternidad, algo que sólo es posible sometiendo a tal constructo a la crítica, a la riqueza del cuestionamiento, entrando ante el panorama de una paternidad dialógica, una paternidad que se construye y de-construye constantemente, lejos de ser una paternidad prescrita y más cercana a la vulnerabilidad de ser pensada.

ABSTRACT
Nowadays a new image of paternity has arisen, having been changed by the hegemony of patriarchy, the new culture of upbringing, beliefs concerning gender, the transformations of contemporary family, and so on. This new image of paternity does always prevent new fathers to construct their own identities. In this article, a cultural analysis has been made of paternity, involving a detailed revision of the theories that follow it and of the fathers’ voices of a society that calls itself post-modern. New practices and functions of the father push for a revision and for a wider re-conceptualization of the concomitant representations and, especially, the construct of paternity. The ancient dissociation between the biological and the social join together, and in this way the relations become different, engaged with creating new links and roles. Paternity enriches itself with new meanings, new criticisms, under the questioning. The paternity becomes a dialogic one, a paternity that is always under construction and deconstruction, in a framework of vulnerability.

PALABRAS CLAVE
patriarcado | paternidad | antropología sexual | crisis de la familia
KEYWORDS
patriarchate | paternity | sexual anthropology | crisis of family


Introducción

El pensamiento posmoderno cuestiona determinadas metanarrativas fijas y discursos privilegiados. Al posmodernismo le interesa el conocimiento entendido como una práctica discursiva, como una construcción social, le interesan los discursos locales. Desde esta posición, proponer en este espacio un acercamiento al entendimiento de la paternidad, supone cuestionarla y ponerla en entredicho.

Es así como, de las narrativas acerca de la paternidad recogidas en los grupos de discusión y en las sesiones terapéuticas (contexto de la investigación que ampara este artículo), me permito, sin reparo, interpretarlas, ya que no me persigue ningún complejo positivista en ello. La idea así de paternidad se irá entretejiendo en los discursos de mis informantes que despiertan al abrir preguntas respecto a la maternidad, respecto a la conyugalidad o la vida en común, incluso, desde la misma idea de familia ideal, ya que considero que las representaciones que surgen del ser padre son el resultado de esa construcción bidireccional entre: el ser padre, el ser madre, el ser pareja y el ser hijo, así como del ser padre y esperar de la madre, el ser madre y esperar del padre y el ser hijo y esperar de los padres.

De este modo, y a través de estos grupos de discusión, creados en dos comunidades terapéuticas y seleccionados previamente de tal modo que diesen una muestra de los padres y madres posmodernos de hoy, he tratado de marcarme un discreto análisis de la paternidad que hoy se piensa y experimenta en vidas concretas, orientado a descubrir los símbolos, categorías o creencias de las que se sirven mis informantes para interpretar y vivir la paternidad. Es así como, mediante el sugerir propio del inicio de estos grupos y mediante la apertura de reflexiones que permite la dinámica de los mismos, se ha conseguido revelar y despertar aquellas míticas y representaciones respecto a la paternidad en estas “microsituaciones” que son entendidas en este artículo como el reflejo de lo que sucede a nivel macrosocial; como aquellos momentos creadores de ese proceso social global del que forman parte. Y por esto he tratado de obviar el hecho de que la paternidad es una realidad social creada, unida y construida bajo los discursos dispares; discursos de expertos, institucionales, incluyendo los medios masivos de comunicación que quedan subyugados a esta cultura oral localista.

Mi objetivo en esta investigación acerca de la paternidad está marcado por ese atender al pensamiento posmoderno, atendiendo también, y no de soslayo, a las perspectivas propiamente interpretativas que lo representan: al movimiento hermenéutico (Gadamer 1992) y al construccionismo social (Gergen 1996) a las que les debo la herramienta y el producto resultante de la comprensión recogida de la paternidad. Desde aquí, el sentido que se le otorga a la paternidad se entiende como una comprensión de la misma, en cuanto proceso sobre el cual influyen determinadas creencias que se crean en las prácticas lingüísticas en las que estamos inmersos. La paternidad resulta ser un producto de las relaciones humanas; un comercio de significado, asignados mediante el lenguaje que usamos. La paternidad entonces trasciende al individuo y se estructura en las interacciones entre individuos, en el diálogo de los mismos.

El énfasis puesto en lo dialéctico es de lo que me sirvo así para rescatar la conciencia paternalde mis informantes, entendida ésta como aquellos significados atribuidos a la paternidad, mediatizados por los diálogos sociales e ideologías culturales respecto a qué es una paternidad adecuada y qué cambios se prevén, derivados de ese intercambio lingüístico. Las narrativas de mis informantes, en principio inocentes, van construyendo y reconstruyendo las representaciones y creencias acerca de la paternidad, demostrando así que no resulta ser una realidad homogénea e invariable, sino una imagen que ha ido cambiando de forma dinámica. Es en esta situación donde me dedicaré a rescatar qué representaciones vienen marcadas en mis informantes en lo que se refiere a la idea paternidad y su vivencia de la misma y, por otro lado, recurrir a mi objetivo de acercarme a una especie de prospectiva de la situación de la paternidad, con el ánimo de que este rol pueda optar por la posibilidad de ser un instrumento para el crecimiento personal. Para realizar esta prospectiva entiendo que el camino iniciático no es más que la revisión de nuestras ideas acerca de dicho rol, así como las polarizaciones subyacentes que mantienen a las ideas oxidadas del mismo. Promover la reconceptualización y la recreación, entonces, es el objetivo, y no se puede llegar a tal meta si no se parte de un previo análisis de esas representaciones, enredadas en las discusiones dialógicas que quizá puedan empobrecer la idea de la paternidad y las posibilidades de ser vivida de mil formas.

La conciencia de la paternidad, entonces, es lo que damos por supuesto en la paternidad, algo semejante a lo que Schütz (1993) entiende como “actitud natural”, que hace que la realidad se evidencie por sí misma. Para rescatar a dicha conciencia el análisis del discurso resulta, a mi entender, la vía certera. Recurrir al estudio del discurso familiar, a la retórica familiar, es decir, a ese considerar aquellos principios cognitivos que subyacen a la familia como una representación colectiva (Gracia y Musitu 2000) Es desde el discurso familiar, desde el cómo construye su realidad -hablando, describiendo, cuestionando, etc.- desde donde la familia asigna significados a las acciones y funciones de cada rol. A partir de este discurso familiar, la tarea de analizar cómo se constituye la conciencia de los miembros familiares respecto a la paternidad – qué categorías utilizan para definir los vínculos o las funciones que definen al padre, cómo han cambiado las imágenes de la paternidad y las ideas acerca de los roles que se relacionan con el mismo- resulta ser algo nada gratuito, sino crucial a la interiorización de este rol en las figuras masculinas de nuestro hoy posmoderno.

 

El vínculo olvidado

“La paternidad difiere mucho de la maternidad. Las mujeres dais a luz. Sale todo de vosotras; tenéis un amor de protección, tenéis un diseño hormonal. La finalidad de la humanidad es procrear y sin la mujer no habría nada. Bueno, ya existe la fecundación in vitro. Siempre he envidiado a la mujer, en cuanto a su sensibilidad, en cuanto a su fortaleza, en cuanto a ese don que yo siempre he apreciado y veo la transformación que tiene la maternidad; cuando el padre parece que se ha caído del segundo piso y, sin embargo, la madre, ahí está, y es todo amor.”

El sagrado vínculo madre e hijo queda hoy todavía patente en nuestra memoria representativa y al que le sigue la imagen de un padre carente, incompleto, prescindible y desvinculado de lo biológico, al que, curiosamente, se le otorgan cualidades que resultan ser sociales (cariño, sensibilidad, amor, etc.). Es esta misma creencia, la creencia de un hombre prescindible y en un segundo plano, lo que sigue alimentando el especial y natural, se entiende, vínculo madre-hijo.

Algunos teóricos apuntan que esta sacralización tiene que ver con una carencia simbólica colectiva (Meler 1998). Esta carencia no es otra que la de entender la representación de la vida como origen del cuerpo y no como el vínculo parental, como el vínculo entre madre y padre. Es esta creencia, la creencia de que nuestro origen lo protagoniza el cuerpo de la madre lo que alimenta de alguna manera esa omnipotencia de la madre respecto a la vida, así como la desestimación y restricción de la figura paterna en ese proceso y el que le sigue a la crianza.

La maternidad es transformación, dicen algunos de mis informantes, es un don otorgado que tiene que ver con esa sensibilidad imaginaria que se adquiere en esa transformación. El dar a luz supone que, mágicamente, se adquieren cualidades que los hombres no pueden adquirir de súbito, sino en el tiempo o, como algunos apuntan: “si se lo curra mucho” y además, si tiene tiempo, si le dedica ese tiempo repetido en las narraciones de mis informantes que se exige hoy a la paternidad; en definitiva, si lo demuestra.

Esta creencia de la transformación y del despliegue súbito del amor incondicional y sensibilidad extrema de la madre, aparta de sopetón al padre en ese proceso de transformación del cual podría ser partícipe si no se partiese de esa creenciatan acérrima del naturalismo del amor materno. Y es que, como repito, esa transformación del padre se entiende, desde esta creencia, que es más volitiva, más dependiente de la elección masculina de ser un “buen” padre o no. De esta creencia derivan muchas otras que tienen que ver con niveles más profundos de significación, de vivencia e incluso de poder. Son aquellas que tienen que ver con quien da el sí a la existencia de un hijo. Es así como lo demuestra este discurso en el que se habla de dos niveles de elección, o dos niveles de poder: uno, el del hombre, al que corresponde la elección, o el poder, insisto, del con quién quiere concebir un hijo; y dos, el de la madre, al que se concede todo el poder de elección de la existencia de un hijo que es de dos.

“Las mujeres elegimos tener hijos, pero lo elegimos porque ese instinto existe. Los hombres también, pero es algo más lejano. Si algo tenemos las mujeres es la elección. El hombre tiene que elegir a la persona con la que quiere tener un hijo, eso es diferente que si yo decido tener un hijo. El hombre tiene que encontrar la persona, es dependiente, pero la mujer no.Yo creo que el hombre no tiene instinto paternal. Sí existe lo que yo llamo maternal.”

La literatura, los estudios de ciencias sociales y las teorías en psicología se han cuidado mucho en mostrar cómo la madre ejerce una importancia relevante sobre el desarrollo físico, psíquico y social, así cómo de qué manera la privación de este vínculo resulta dramática. Este papel crucial de la madre en el desarrollo del niño, esta preocupación desmesurada por la función de la madre en el desarrollo ha tenido también el riesgo de atribuirle la responsabilidad en el destino poco certero de los hijos, creándose así en los discursos de las ciencias psicológicas lo que se ha llamado “culpabilidad materna” (Clare 2002), que no es más que un derivado de lo que anteriormente hemos tratado como el mito de la madre sacrificada, sustentada bajo creencias tales como que el destino de sus hijos depende de ellas y sus sacrificios.

Esta narrativa de la relevancia de la madre ha sumergido la imagen borrosa del padre en un cierto estado sombrío a todo lo que tenga que ver con afectividad, sensibilidad, cariño o amor natural. Es quizá la creencia de que la sensibilidad se adquiere dando a luz, como he apuntado, lo que fomenta que el padre se mantenga en la distancia pormiedo a entorpecer el natural proceso del amor materno-filial:

“La naturaleza es injusta, porque el instinto maternal ¡es tan fuerte! Más fuerte que el del padre. Es más fuerte, porque cuando tú das a luz quieres estar con tu hijo. Hay un instinto paternal menor” (Varón, 32 años). “Qué diferencia hay entre andar y conducir. Qué diferencia hay entre tener un hijo una mujer y un hombre. El hombre engendra; pero el hijo lo tiene verdaderamente la madre (Mujer, 38 años).

Determinadas funciones de la maternidad se han tratado como facultades naturales y sagradas. A la sacralización de la maternidad le han seguido los argumentos del sentido común, sentido común al que atribuimos una carga de realidad mayor por emparentarlo con lo natural. Sacralización y naturalización curiosamente caminan siempre de la mano. El grado de realidad que le atribuimos a lo natural es el nivel más esperado para nuestra lógica. Parece como si lo natural se mereciese más sentido de realidad. La creencia de que lo natural no es construido, o al menos, no es maleable o no es cambiable, a pesar de que tengamos conciencia de que la naturaleza cambia y se permuta, resulta ser obvio a nuestra mentalidad occidental. Cumplir con los atributos que hemos creado de realidad es el juego de la maternidad actual y a él le sigue la idea de la paternidad y prácticas que se entienden adecuadas.

En contra de la versión naturalista resulta común que, cuando se entra en un discurso de simplemente cuestionar algo porque se supone es culturalmente construido, aparezca el asombro de muchos, como si se pretendiese capturar la autenticidad de sus deseos más íntimos. Esto es así porque habitualmente nos ronda la creencia de que lo cultural es algo nada propio, es algo impuesto, sin entender que nosotros vamos construyendo nuestra forma de vida en nuestros discursos y prácticas que realizamos. Es así como entiendo que, hacernos partícipes o entendiéndonos activos en la configuración de nuestros destinos y formas de vida, nos haría menos reticentes a cuestionar creencias que en ocasiones pueden impedir avances más acertados en nuestro contexto sociocultural. Y es que, en ocasiones, tendemos a percibirnos como una pizarra en la que la vida nos pinta sin sentirnos partícipes de esa pintura. Esta visión no ayuda de ninguna manera, quizá sí para percibir las seudoventajas de ser víctimas de las cosas que no nos encajan en nuestra visión del mundo, como si la vida, lo cultural, lo social nos encapsulase sin posibilidad de realizar nada en ello.

En este intento de entrar en el análisis cultural de la paternidad, me resulta significativo recuperar las otras voces de expertos que han contribuido a construir una imagen concreta de la paternidad en nuestro tiempo. En este sentido los discursos del psicoanálisis han contribuido mucho a ello. El padre en psicoanálisis es representado bajo una figura de prohibición, resultado de una referencia hegemónica de autoridad. Freud resaltó más significativamente la función de la madre en el desarrollo del niño; de hecho, la clave en su teoría eran las experiencias tempranas del niño con la madre. Otros autores dentro de la línea psicoanalítica (Bowlby 1999, Lacan 1984) apoyan esta idea del padre como fuente de autoridad y de la madre como fuente de afecto; padre como figura de prohibición, como presencia insoslayable, y madre abocada al cuidado. Y es que las imágenesque constituyen el arquetipo del padre en psicoanálisis entrañan en su fondo un cierto fracaso en la paternidad. Multitud de abandonos se repiten en esas figuras míticas que configuran dicho arquetipo (Moisés, Adán, Noé, etc.). La leyenda de Edipo rey, la más representativa en psicoanálisis, encierra ese drama que recorre las tensiones del arquetipo paterno. Resulta ser un abandono y una prescripción de muerte. De este modo, Laius ordena a su esposa matar a su hijo: la madre, por supuesto, se resiste a la bestial propuesta y decide protegerlo de las intenciones de su padre, abandonándolo fuera de Tebas. Todas estas imágenes míticas que elaboran un anclaje social simbólico de la paternidad no hacen más que reforzar esa representación del padre malo, padre ausente o abandónico. La representación materna ha tenido más suerte en este sentido, ya que, como apuntaba en el apartado de la maternidad, no hay una imagen de madre malvada, o al menos, de madre biológica, ya que quien representa esta imagen de la maldad de la madre es la madrastra.

Todas estas leyendas que son parte del arquetipode la paternidad han influido notablemente, como he apuntado, en ese anclaje social que pone a la paternidad en sospecha. Quizá sea esto uno de los motivos que explican el hecho de haber resaltado de un modo más llamativo, en los estudios sobre la paternidad, los efectos negativos de la privación paterna y no, sin embargo, los efectos positivos de su presencia. Este pasar por alto la presencia del padre y sus efectos positivos y apuntar las miradas a la ausencia paterna ha contribuido según Kyle (2001) a tener una visión un tanto miope y distorsionada del desarrollo infantil y sus posibilidades.

La presencia del padre y su importancia en el desarrollo ha ido en la línea de recientes estudios que refuerzan su interés en el padre como recurso emocional importante. Pero también existe una mayor conciencia de la influencia de la paternidad, de la presencia paterna por parte de los padres posmodernos de hoy, a pesar de que se siga venerando, de algún modo, ese vínculo madre-hijo: “Los padres de hoy arropan más. Para mí es una satisfacción meter a mi hijo en el carrito de la compra. Eso antes lo hacían las madres e iban de aquí para allá. Y luego siento a mi hijo en la cocina y le digo lo que el papá hace de comer para ese día”. Esta presencia todavía del vínculo madre e hijo puede estar escondida muchas veces, cuando invito a mis informantes a reflexionar sobre qué es un padre ejemplar, detrás de un “también”: “Mi marido es una persona muy trabajadora y que utiliza “también” el tiempo para estar con mis hijos”.

Es demostrado ya que la presencia de un padre afectivo, cercano, repercute positivamente en su desarrollo psicológico, cognoscitivo y emocional, lingüístico, sexual, moral, etc. Es así como se habla de que el padre influye notablemente en el desarrollo de la personalidad del niño desde los primeros meses de vida. El padre contribuye a la estimulación temprana del niño en general, le otorga seguridad, no sólo al niño sino a la madre también, lo cual influye en la forma de trasmitir la madre el afecto a los hijos. El padre tiene una importante función en la configuración de la idea de sí del niño, de lo que se llama autoconcepto y de la autoestima. Los padres que valoran a sus hijos, los padres que aceptan las cualidades específicas de sus hijos, en la medida que actúan de esta manera, ellos mismo van aceptándose tal como son, con su amplia especificidad. Los hijos, apunta Rojas (2003), necesitan un modelo paterno para formar su yo, para consolidar su identidad, para desarrollar sus ideales y aspiraciones.

En este sentido, respecto a la influencia o contribución diferenciada del padre, se ha resaltado cómo tienden de modo más significativo a activar las capacidades en los hijos física y emocionalmente. Su competencia como padres se entiende como factor que influye notablemente en el equilibrio de la pareja. Se ha resaltado también su facilidad para imponer la disciplina, su influencia a la hora de promocionar la autosuficiencia de los hijos, la capacidad de los niños y niñas para tolerar la frustración, etc. En definitiva, se empieza a dar el peso debido a las funciones paternas, y algo más significativo, la importancia del componente emocional en el desarrollo positivo de sus hijos.

Las emociones dejan poco a poco de ser cosa de mujeres; ahora se habla, en relación a lo masculino, de ese proceso de “romper la coraza de lo emocional”. Aun cuando muchas mujeres se refieren a que han hecho de padres y madres, todavía le dejan esa parte “fea” de la disciplina al padre “referencia, distancia, disciplina, seguridad, etc., pidiéndole de alguna manera que compartan funciones emocionales de cercanía, propia antes de su rol, y de disciplina.

“Yo, como madre, también tengo que ser un referente para mi hijo, en cuanto a fortaleza de carácter, de opinión, de trabajo, de cercanía de diálogo, integrar los dos roles. Es como un intercambio, dos roles que estaban muy distanciados se entremezclan y se complementan mejor. Yo, en mi caso, no quiero que recojan de mí mis hijos una madre víctima, que chantajea emocionalmente a los otros y los hace dependientes, para adquirir un protagonismo en la familia, porque el protagonismo lo tenga el padre. Una madre luchadora es la que lucha por la estabilidad de la casa, por trabajar, por darles a sus hijos una imagen de seguridad, mucho cariño, también, cariño sano, no el victimario.”

“Me ha tocado la parte de fea, yo soy la mala de la película. Mi rol ha sido casi de padre y madre. Entonces he tenido las ventajas de estar mucho con mis hijos, y la desventaja de ser yo y no el padre la que dice: no salgas, no hagas esto. Se hubiese dado esa simbiosis no habría ni malos ni buenos.”

La ausencia del padre, lo que se ya se ha estado apuntando como característica de nuestra cultura actual como “hambre de padre”, se ha dicho que mueve a buscar en los hijos ciertas compensaciones. Se ha demostrado así en diferentes investigaciones que la tendencia a la competitividad, a la rivalidad, y la inclinación marcada a la perfección física, por parte de las chicas, puede ser el resultado de la privación paterna. Con respecto a los niños, se ha resaltado la probabilidad de que éstos recurran a conductas masculinas extracompensatorias y manifestaciones exacerbadas para demostrar virilidad, indicando así un cierto temor a ser femenino. En general, la ausencia de padre tiene que ver con mayores probabilidades de fracaso y absentismo escolar, precocidad en la actividad sexual, con problemas emocionales, suicidio en los adolescentes, con problemas para manejar la agresividad y la delincuencia juvenil, con problemas de conducta graves, con consumo de droga, alcohol, con un rendimiento pobre a nivel escolar,con las habilidades pobres para relacionarse con los otros, etc., carencias, en cierto sentido, que provienen de esa privación “emocional” del padre, que no tiene que ver con la no presencia en el hogar, con la no cohabitación.

Si embargo, no hay que dejar pasar por alto, en la línea de estas investigaciones que demuestran el peso de la presencia o las consecuencias de la ausencia, el “sentido” propio de estos dos términos ligados al rol del padre: la ausencia y la presencia. Dos términos que entiendo pueden haber cambiado notablemente. Y es que la ausencia entendida en una sociedad patriarcal no tiene nada que ver con la ausencia paterna en un contexto caracterizado hoy por diferentes formas de convivencia. Matizo esto por el hecho de que quizá pueda ser atribuida la ausencia, a la ausencia en el hogar, es decir, a la no cohabitación, emparentando gratuitamente los efectos señalados en el párrafo anterior como resultado de esa falta en el hogar. Entroncar dichos significados puede no apostar por nuevas formas de convivencia que no tienen por qué dejar de sentirse competentes.

El hambre de padre hoy puede estar reclamando una revisión del concepto hasta ahora referido de padre. Hambre, quizá, de una conceptualización más amplia, hambre de un sentido más dilatado, que incluya el elemento emocional, la participación más cercana en la crianza, la negación a sentidos confusos y paradojas tales como: tienes que ser cariñoso-no eres del todo importante porque no concibes, otorga seguridad económica y futuro, tienes que estar presente, colabora con tu pareja- pero de ella depende el destino de tus hijos. Ante tal mezcolanza no queda más que revisar esos límites borrosos de la identidad y funciones que se esperan del padre posmoderno, origen de un pasado hegemónico, como veremos en el siguiente apartado.

 

De la paternidad reproductiva a la paternidad relacional y afectiva
Una paternidad hegemónica

“Los padres de antes eran toda una institución, eran un dios: yo ordeno, yo mando, porque yo traigo el dinero a casa, y tú eres mi mujer y te callas la boca, y me debes un respeto. Todo el mundo le debía obediencia al padre. Ahora está todo más equiparado. Creo que ya los padres son más pareja, deciden las cosas de mutuo acuerdo, hay más comprensión, afecto y entendimiento” (Mujer, 43 años).

“Antes ¿diferencias? Uff, sólo con decir que se hablaba de usted, creo que basta. Nada más que eso, de hablarles de usted, te pone una barrera que te impide mantener una confianza y una amistad” (Varón, 45 años).

La legitimidad del patriarcado resulta crucial en este imaginario tan particular de la paternidad. La figura del padre desde patriarcado emplaza la atención en determinadas funciones que hoy en día se rechazan, y como mi informante, tiende a manifestarse un cierto desprecio. Digamos que desde el patriarcado se sobrestimaban determinadas funciones creadas en orden a la organización social de ese tiempo determinado. Considero, en este sentido, que no es cierto, como apuntan determinados discursos, que el patriarcado disminuyera la figura del padre. El padre, desde el patriarcado, tenía una significación, y soberana, pero no en el contexto de las relaciones interpersonales que se valoran sobremanera hoy en día, y que son fruto también de esa necesidad de organizar nuestro entramado socio-cultural. Hoy en día el espacio del hogar ocupado por completo anteriormente por la madre tiene, de alguna manera, que ser rellenado por otras figuras que reestructuren las funciones clásicas de la maternidad y que desplieguen otras propias de esa figura complementaria: la del padre.

El patriarcado ha funcionado como una estructura básica en todas la sociedades contemporáneas. Su marca personal ha sido la autoridad del hombre, respaldada por otras instituciones, sobre la mujer y demás miembros. Ha resultado ser un verdadero sistema de dominación, el cual subsistía bajo la cara oculta de la naturalización de la dominación tan característica. Se ha hablado de una sociedad patriarcal y de una familia patriarcal en el entramado de estructuras psicológicas derivadas de esta forma de organización, ya no sólo económica o social, sino de organización de la vida íntima y pública.

Sin introducirme de lleno en el recorrido histórico de este sistema, sí que me interesa recalcar en este apartado qué ha aportado el patriarcado al imaginario del padre que todavía, en parte, portamos en nuestras mentalidades. El símbolo propio es el pater familias, el padre padrone, el patrón burgués o el padre-patrón del que Tubert (1997) subraya en su obra “figuras del padre”. Es una especie de símbolo, como apunta la autora, de lo que en el siglo XX entendemos como patria potestad, aunque actualmente no resulta ser social, ni política, ni religiosa, pues ya no queda tan reforzada por el estado.

La representación del pater familiasquedaba bien dibujada bajo su ejercicio de poder en el marco de la industrialización y en las transformaciones que en la familia este periodo indujo. Esta imagen paterna regulaba las relaciones entre el grupo intrafamiliar y el entorno social. Las relaciones interpersonales se caracterizaban por su verticalidad, donde la punta del iceberg era el padre. Como funciones atribuidas a su ejercicio despiertan imágenes en mis informantes, fruto de la educación patriarcal, que tienen que ver con la idea de padre protector y la de representante social y de la norma, ideas que completan la imagen del patriarca que regula el orden familiar y que ofrece información del saber del exterior. Ha sido significativo rescatar lo que más valoran mis informantes del padre patriarca; ese aprendizaje de la vida, la organización, el orden, la disciplina, cualidades que hoy parecen añorarse de alguna manera en forma de miedos hacia la permisividad y el descontrol consiguiente de los hijos:

“Los padres de hoy son demasiado permisivos. El rol del padre de hoy es totalmente diferente. El de ayer tenía que ver con la jerarquía, estaba por encima de ti, utilizaba esa jerarquía de forma autoritaria, pero había ordenY aunque creo que de un extremo se ha pasado al otro” (Varón, 40 años).

Es curioso también cómo se repite el deseo en muchos de mis informantes de que sus hijos no respondan a lo que ellos desean, es decir, que los hijos no tengan que responder a las expectativas que se ponen sobre ellos. Pareciera quizá que la “represión de ser” de un ayer pusiese todo su recelo en estos deseos repetidos a que nada se obligue, y menos a ser: “Yo a mi hija nunca le inculcaré nada, nunca le forzaré a nada; tú tienes que hacer esto o lo otro. No obligarla a hacer absolutamente nada. Que haga lo que a ella se le ocurra y quiera” (Varón, 35 años).

Este sistema de relaciones que derivaban del ejercicio de poder propio del patriarcado (verticalidad) queda perfectamente representado bajo el símbolo del padre sol, que otorga luz, en el sentido platónico del mito de la caverna, y caracterizado por atributos tales como: fuerza, lucidez y ser donador de crecimiento. El pater familiastambién se ha dicho responder a tres imperativos resueltos en lo que se ha denominado las tres “p”: preñador, protector, proveedor (Henao 2002). Dichas cualidades, hundidas en este mito de la masculinidad del patriarcado, han calado notablemente en el modelo de pensamiento de los varones y mujeres, en sus comportamientos, en su propia identidad, como hombres, como padres y en la autoestima tanto masculina como femenina. Estos atributos otorgaban grados de poder tanto al padre como a la madre, reflejándose en símbolos diferenciados que todavía recorren la memoria de mis informantes, hijos del patriarcado: la palabra como el poder del padre y la presencia como el poder de la madre.

“Mi padre, y bueno, los padres de antes, a pesar de no saber quizá lo que ocurría en casa, cuando decía una palabra, pues… a misa. Las madres sin embargo estaban más ahí, sí, la madre no podía faltar ahíY” (Varón, 38 años).

Vuelvo a resaltar que no entiendo, en este abordaje del patriarcado, que se caracterizara por un ataque a la figura paterna. No es exactamente a lo que quiero llegar; sí que insisto en resaltar que la figura paterna era otra, que las funciones paternas quedaban atrapadas en ese rol social de proveedor, autoridad, juez y gobernante, de aquel que fecunda, de aquel que lleva el dinero a casa y mantiene a la familia, del padre que da el apellido. Respecto a la vinculación padre e hijo, la comunicación afectiva era vista como flaqueza, como desprotección (Gómez 2002), asociada a la rígida identidad masculina, con el rasgo distintivo de fortaleza fría y distante que se sostenía bajo discursos orales, tales como: que el hombre no ha de mostrarse vulnerable, que al hombre le representaba el sudor, que el hombre no puede flaquear, que el hombre debe ganarse el honor, etc. En definitiva, casi todos estos argumentos quedan unidos a la creencia de que el hombre no tiene necesidades afectivas como la mujer.

Estudios actuales demuestran que el patriarcado no ha perdido del todo su legitimidad (Alberdi 2002). El código patriarcal no ha perdido su vigencia en nuestra estructura psicológica y prácticas sociales. Estamos más bien en el proceso de deslegitimación del mismo. Aunque, el cambio social señala muy lejos. Y es que, como sugiere Flaquer (1999), la transmutación de las ideas y valores, más que la modificación en determinados comportamientos, es el signo decisivo del cambio social. Este mismo autor indica en sus reflexiones cómo se ha empezado a romper el hechizo que nos impedía ver la injusticia de la situación de dominación que imponía el sistema del patriarcado. Su ideología se ha ido desmoronando con los cambios sociales, con las necesidades de los actores sociales, y esto, considero, es el primer paso, así como el de, al menos, ponernos en la tesitura de hablar de paternidades y cuestionarlas.

 

Nuevas representaciones y prácticas en torno al padre

Cosmovisiones, imágenes culturales, fuerzas sociales, ideas, aprioris históricos (Foucault 1999), ideologías, mitos, representaciones, expectativas, disposiciones psíquicas inconscientes (Jung 2002) han coloreado de alguna manera el significado de la maternidad, convirtiéndolo en algo quieto, inalterable e inevitable, de tal manera que resulta invisible a nuestros ojos hasta que esas funciones que se han asumido como naturales dejan de percibirse, o bien, surgen otras diferentes incompatibles con la previa visión inmutable. Esta inevitabilidad que surge del predominio de estas imágenes toma forma de fenómenos psíquicos, acciones sociales, aptitudes, cánones acerca de cómo hay que sentir, qué hay que decir, y en general, cómo hay que vivir.

No es extraño a nadie caer en la cuenta de que actualmente van tomando forma en el contexto del hogar, nuevas prácticas y representaciones en torno a la paternidad que modifican, de alguna manera, esas imágenes míticas, esa rigidez característica de la sociedad patriarcal, a la hora de mirar al padre, asignándole funciones que, desde el punto de vista emocional, miraban de soslayo a la relación paterno-filial. La presencia cercana del padre es una necesidad básica para las generaciones de hoy y las de mañana. La presencia del padre de hoy ofrece otra cara que enriquece la relación paterno-filial de otra manera. Lo que se llega a cuestionar hoy es el diferente papel del padre en el hogar así como el diferente cariz de la relación paterno-filial. Y es que, empiezan a observarse otras opciones masculinas a favor del ámbito privado, a expensas como apunta Meler (1998) de la alienación en aras del éxito, a pesar de ser esta prescripción el camino de la tradición viril. Mis informantes, representantes de la sociedad posmoderna, los denominados padres posmodernos, parece que lo tienen claro, al menos en su modelo mental, y en las prácticas que ellos mismos dicen que ejercen, aunque se considere que esta posición resulta minoritaria.

“Y yo valoro mucho lo que mi padre me enseñó de chico… el trabajar, el tener unos principios, el saber llevar para adelante a la familia… pero ahora, y no sé si es por mi mujer, por lo que ella me ha enseñado, valoro mucho el tiempo que paso con mis hijos… y no dejo un resto para ellos. Creo que ser un buen padre no tiene nada que ver con lo que ayer era ser un buen padre”.

Hoy la paternidad puede llegar a ser una necesidad en el sentido de que, si no se cambian las coordenadas de lo que es el cuidado paterno -entendido como recurso emocional y seguridad en la crianza infantil-, los hijos de los dos tercios que llegan a la mayoría de edad en una familia no nuclear, pueden perder de vista a su progenitor y su progenitor a los mismos. Es el miedo de muchos padres de hoy que apuntan como desventaja de la paternidad la pérdida de contacto con sus hijos “Yo te puedo decir una desventaja muy clara de ser padre… una desventaja que he vivido, y es que en el momento de separarse de la madre, ésta se queda con todo… tú te quedas en la calle, no sólo en el sentido material. De la noche a la mañana te quedas sin tu casa, sin tu cama, sin tu entorno, tus libros, tus hijos… es una desventaja muy clara”.

Hoy la paternidad resulta ser un ejercicio complejo y todavía parece que queda mucho para conquistar espacios exclusivos otorgados culturalmente y, al trasluz de una gratuita naturalización, a la maternidad. Y puede ser así más complejo si todavía nos guiamos por creencias que apuestan por una idea de hombre como alguien más rígido, sustentada, claro, esta creencia por la natural flexibilidad de la madre. Es esta una creencia que despierta con más facilidad tras entrar en la reflexión de las diferencias de ser padre o madre.

“El padre tiende más a los prejuicios, la madre siempre está satisfecha del hijo, piensa que el hijo está bien siempre. El padre tenderá más a la disciplina, a que el hijo sea como él quiere que sea, como considera que el hijo debe ser…” (Varón 42 años)

Pero parece que la paternidad no se da ya por supuesta, al menos, en el sentido de hacerse día a día, en el sentido de ganarse el rol paternal. Hoy se entiende y se vivencia como un ejercicio consciente y voluntario, desde la visión de las mujeres y la de los hombre. Es así como tras preguntarle a una de mis informantes qué espera de su pareja como padre, queda de alguna manera destapada esta mayor consciencia y ese ir haciéndose poco a poco.

“El padre tiene que ser para su hijo alguien importante, no por lo que tú eres, en el sentido de estar arriba”.

“Yo le pediría a mi pareja, primero, y fundamental, que tenga muy claro que él quiere ser padre. Eso es muy fuerte, es algo que le puede cambiar la vida entera. Es una responsabilidad que tiene tomate. Después, que hablemos mucho, que nos comuniquemos mucho, también una actitud coherente, cariño, afecto, construir, construir, ir construyendo porque él no nació sabiendo ser padre”.

En el panorama de los discursos posmodernos se reclama el buscar un sentido a la paternidad, construir un sentido, tomando como marco de referencia los aspectos femeninos del cuidado. Se habla ya de “contactar con los aspectos maternales” y se anhela compartir aspectos de los dos roles “El padre ejemplar es aquel que asume responsabilidades madre y padre, es aquel que trasmite seguridad y cariño, es aquel que no quiere ejemplificar nada de lo que hace sino que construye con sus hijos”. Hoy es una clave en la identidad masculina y personal y es asumida para muchos como realización personal y como una experiencia enriquecedora personalmente. Pero su socialización es quizá más ardua que la que le toca al rol femenino, y esto quizá tenga que ver con ese que llaman “malestar del padre actual” que, a mi parecer, no es más que esa incomodidad que le sigue al cambio de posiciones rígidas a otras más flexibles y novedosas. Es así como los hombres están dejando poco a poco espacio en su identidad masculina a la paternidad; la feminidad ha venido hasta ahora ligada a lo maternal, cuestión que ha tenido, por su naturalización, y denotación de no-voluntariedad, ciertos costes personales a muchas madres. Pero son muchos cambios los que apuestan por esa socialización ardua pero necesaria del padre. Las transformaciones en las familias actuales, los diferentes modos de convivencia, el peso que hoy tienen el afecto y intimidad, así como las transformaciones en relación a la reproducción, la secularización de las relaciones conyugales, la conquista del trabajo por la mujer, etc., son factores que apuestan por trasladar el lugar que el hombre, el padre tenía en el hogar, que apuestan por subrayar la importancia de las relaciones interfamiliares y lo íntimo como camino hacia el crecimiento personal. Mis informantes también anotan estos cambios, aunque el que más presente hacen es el de la mujer inserta en el trabajo. Refieren sus discursos a que se han recuperado unos valores, estiman que hay una mayor libertad a la hora de elegir tener una familia, una pareja y de lo inapropiado de los vínculos impuestos de antaño: “Si la familia tuviera que estar unida por las circunstancias, como antes, si tuviera que estar unida por narices, llegarían a tenerse un odio increíble”.

Resulta de amplia aceptación por parte de los estudios en psicología la idea de que el hecho de la maternidad tiene un importante peso en la configuración del autoconcepto de las mismas, por ese entroncar lo femenino con la maternidad. La paternidad no queda hoy lejos de ese ligar, con precaución esta vez, lo masculino con la paternidad, para pasar a ser otro atributo clave en la configuración de la identidad de los varones y en su autoconcepto. Digamos que, pudiera ser, como apunta Buxó, que quizá se esté modificando la orientación personal de la felicidad en nuestra época, y en este sentido, también la del padre como padre. La valoración, el peso de lo emocional que expresan mis informantes como padres lo reverbera de una forma significativa. Se percibía vehemencia, cierta emoción al expresar la significación de la paternidad en sus vidas, como vivencia, hablan así de una especie de gozo de “gozo”: “Para mí es un auténtico gozo cuidar de mis hijos, jugar con ellos, dedicarles tiempo”.

Estudios actuales llaman nuestra atención acerca de la influencia notoria que la percepción de autocompetencia de los padres ejerce en el clima tanto cognitivo como emocional de la familia (Méndez 2003). Concretamente, en lo que se refiere a la paternidad, resaltan esa seguridad y confianza claves. Atienden y comprueban la relación entre la autoevaluación positiva como padre y la adecuada adaptación a este papel durante la transición a la paternidad. Distinguen de modo significativo la implicación más activa por parte de los varones, representantes de nuestra sociedad actual, en lo que se refiere a la crianza y el cuidado de los hijos, y la importancia que, en este sentido, tiene la valoración que la madre hace de su pareja como padre. Se atiende a la “alianza parental”, a lo que consideramos como “paternidad compartida”; esa coalición tiene que ver con la imagen y conocimiento de las habilidades que la pareja tiene sobre el otro, en este caso, como padre, así como el grado de respeto y valoración del mismo y de su actuación en dicho rol. Esta alianza parental se entiende que correlaciona de forma positiva con la actuación como padre y su eficacia, así como su grado de satisfacción. Esta paternidad compartida implica el aprendizaje de determinadas funciones que eran “invisibles” (Beck 2000), en un principio. Es así como se ha empezado a entender que el primer lugar de socialización del padre para aprender a ser padre es la pareja. Acerca de este contexto de socialización se ha hablado también del “hombre alumno” (Kauffman 1992), para referirse a ese hombre que se somete al aprendizaje de las tareas domésticas teniendo como instructor a su pareja femenina, quien no siempre colabora en la redefinición de la paternidad: “sí que soy un padre moderno. El problema es muchas veces mi mujer… yo intento colaborar, compartir, repartir el trabajo de casa y el de los chicos, pero no siempre cuento con la colaboración de mi mujer. A veces, se pone nerviosa y no me deja hacer. A veces creo que piensa que no sé hacerlo, quesoy tonto… no sé”.

No quiero dejar de resaltar que esos estudios apuntados anteriormente, procedentes del ámbito de la psicología, se topan prontamente y admiten sus límites en el sentido de la valoración que hay que otorgarle a lo socio-cultural. Es así como no hay que dejar escapar, en este sentido, el hecho de que la significación que rellena esa sensación de autocompetencia de los padres, así como la significación que contribuye a la satisfacción de la mujer, quedan francamente condicionadas por las representaciones culturales en torno a estos roles, es decir, a la importancia otorgada a los mismos y su significación cualitativa. Entre estas significaciones caben las diferencias ligadas al género que he comentado en apartados anteriores.

Desde estas investigaciones, a las que me refiero, se ha dejado constancia de que, ya desde los diez meses, las madres se autoevalúan mejor que los padres y se muestran más satisfechas con su nuevo papel. Quizá las representaciones en torno a cómo se vive la maternidad desde los primeros inicios, pueden ser significativas para explicar estos resultados. Es así como parece que, en los grupos de discusión, determinados informantes, padres jóvenes, contribuyen a la construcción de ese vínculo especial madre-hijo, como he resaltado en apartados anteriores. Es entonces la creencia del amor natural de la madre , el cariño natural que emana de ella por el hecho de dar a luz al hijo, y la creencia de esa incompetencia natural del padre, lo que puede justificar esa menor satisfacción de los hombres en las edades tempranas de los hijos, es decir, en los inicios de la experiencia de ser padre.

De las conclusiones de esta investigación me resultó curioso también el hecho de cómo, ante la valoración que efectuaban las madres de las parejas como padre, en los hogares donde los padres apenas intervenían en la crianza y el cuidado, y, por otra parte, en los que no intervenían nada, la valoración de las madres de sus parejas eran positivas, pero igualmente positivas eran aquellas familias en las que padre y madre se distribuían equitativamente las tareas de crianza. Es así como esto me confirma la no sospecha de que la satisfacción personal, o la satisfacción en un rol determinado, ya sea padre o madre, viene mediatizada por las representaciones de los mismos respecto a ese rol.

Todos estos estudios que nos vienen de la mano de la psicología, estudios que hablan del buen clima familiar, de la cooperación entre los padres, de la satisfacción personal que supone la maternidad, la paternidad, etc., considero que quedan sesgados si no echamos un vistazo al por qué, por ejemplo, puede otorgar satisfacción personal el ser madre o ser padre. Es sabido, en este sentido, que las creencias personales generan determinadas emociones y determinadas conductas. Es sabido también que las creencias personales quedan teñidas por creencias culturales acerca de, en este sentido, roles asumidos en nuestra cultura. Desde aquí, advertir que pasar por alto que asumir un rol que otorga satisfacción no es ajeno a que tipo de creencia pueda tener esa persona acerca de ese rol y lo que supone en su contexto sociocultural, es andar en una cuerda floja, y supone elaborar conclusiones confusas y atreverse a hacer futuribles, de seguro, nada generosos a las paternidades posmodernas.

De estos estudios rescato también otros datos significativos derivados de los resultados que pueden servir para seguir profundizando en la paternidad, sus funciones y las representaciones en torno a ella. Son aquellos que resaltan que los padres que tienden a evaluarse mejor a sí mismos como padres, son aquellos cuyas compañeras trabajan fuera del hogar, ya que, en este caso, el varón tiende a implicarse de forma más activa en las tareas del cuidado y crianza, llevándole a una mayor identificación con el rol de padre que hoy se espera desde el discurso social. Paradójicamente, existe una cierta insatisfacción entre madres trabajadoras, en lo que se refiere a su ejercicio de la maternidad, sigue siendo central el rol maternal en la identificación femenina, el buen desempeño de la maternidad implica en el fondo más dedicación, más tiempo con los hijos. Es esto último un dato que entiendo no debe dejarse pasar por alto, en el sentido de analizar en qué medida la representación tradicional de la maternidad se está despegando a la par, o bien, a desigual ritmo que sus prácticas sociales.

Sin embargo, considero que el hecho de que la mujer trabaje sí que está resultando ser una oportunidad para que los padres conquisten ese vínculo olvidado que resaltábamos en el apartado anterior, así como también y, paradójicamente, resulta una oportunidad para los padres, para ejercer de padres, el hecho de que las separaciones vuelvan a poner esa oportunidad para que el padre ejerza como el padre que hoy se espera, como ya señaló Evelyne Sullerot (1993) en sus estudios sociológicos sobre el nuevo padre de las familias europeas.

Nos vemos ante nuevas imágenes del padre, un padre que ha orientado su felicidad hacia otros espacios, un padre que despliega nuevas funciones en lo privado, un padre al que se le intenta redefinir su sitio, un padre que se siente competente si está cercano a los hijos, si dedica tiempo, si dialoga con su pareja; en definitiva, si consagra su tiempo a lo íntimo, a lo privado, al hogar y a las relaciones que en él se generan. Hoy se habla del padre ausente, pero hoy no se entiende igual al padre ausente de un siglo XIX que se caracterizaba más por un padre que no ejercía la autoridad. El padre ausente de hoy está detrás de esas verbalizaciones que esconden creencias, por lo que motivaciones, emociones, “sentido” de ser padre, tienen que ver con su presencia invisible, con la falta de emotividad, con el cariño privado. Un padre presente es la imagen que han dejado ver mis informantes detrás de esa representación del “buen padre” y tiene que ver con la responsabilidad compartida, con la cercanía, con la coherencia y diálogo próximo. Dejo aquí el reflejo de algunas de las narrativas que hablan de qué sería cumplir con el mandato del buen padre:

“Un buen padre es el que sacrifica su tiempo por estar con los hijos.” “Un padre ejemplar es el que escucha, el que te respeta, el que confía.” “Es un padre cariñoso, un padre que arrope, con una interacción total con la madre, que sea sensible con sus hijos.” “Es un padre que habla con sus hijos, un padre que le hable del mundo, de los peligros.” “Un padre, un buen padre, es aquel que tiene una mayor atención, en el sentido amplio de la palabra; confianza, mayor comunicación, atento a los detalles.”

Plantea Clare (2002) que, hasta hace treinta años, ejercer la paternidad en la literatura de las ciencias sociales y psicológicas quería decir ejercer la maternidad. El padre así jugaba a estar incluido en este término cuya significación se enlazaba más con las funciones de la madre. Digamos que hoy existe aquella creencia de que ser padre significa ser un poco madre. Se aprende a ser padre siendo mujer, interiorizando atributos femeninos. Y es así como lo entienden mis informantes, padres jóvenes de hoy, y que se reduce a una frase: “Hoy los padres son un poco más madres”.

Sobre esta cuestión apuntada de haber ensombrecido el papel del padre a lo largo del tiempo, se me ocurren hipótesis sencillas sobre la misma. Se me ocurre, en este sentido, que quizá este término general de “paternidad”, anteriormente, no escondía la significación de funciones que a la paternidad, como padre, hoy se le atribuyen, sino que, simplemente, se le atribuía al padre la función de progenitor, como hacedor de lazos consanguíneos. Quizá, actualmente, al emparentarlo con las funciones parentales se recurra a matizaciones del tipo “paternidad compartida” o la “co-parentalidad”. Un concepto que desvela la anterior desigualdad en las funciones paternas y maternas.

Esta co-parentalidad hace que los padres, los varones de hoy estén en un importante proceso de aprendizaje, del cual no se excluyen las mujeres. Y es la cuestión que esconde el ¿dónde elaboran este aprendizaje? Alberdi (2002) atiende en sus estudios a lo que denomina la “resocialización de los hombres”, para referirse a esa función tan crucial que la pareja moderna de hoy tiene en la construcción del padre. La autora subraya de forma significativa a la pareja moderna de hoy, como el principal agente socializador de los hombres que empiezan a conquistar el espacio doméstico. Y yo incluyo la idea de que no es exactamente la mujer de hoy ese agente de socialización del hombre, sino más bien la relación que entre ellos van construyendo y definiendo espacios, roles, funciones, etc. En este proceso de resocialización al que se refiere Inés Alberdi, es significativo cómo mis informantes dejan constancia de esa especie de feminización que están experimentando, pareciera como si los hombres introyectaran atributos propiamente de la mujer, los cuales se atreven a defender como propios.

“Se puede aprender a ser buen padre siendo mujer, y buena madre siendo padre.”

“El padre y la madre deben ser dos personas perfectamente intercambiablesY tiene que haber cariño y disciplina, tiene que haber referencia hacia la vida y hacia lo de dentro.”

“Mi pareja, espera de mí que haga el veinticinco por ciento de lo que ella hace, aunque yo creo que hago más, y procuro estar con la niña, contarle cuentos, dialogar con ella, hacer las cosas de la casa, etc. Todo lo que mi pareja espera de mí.”

Desde la Antropología es fácil pensar desde la línea que voy apuntando hasta ahora, es decir, desde la idea de que la paternidad resulta ser un constructo cambiante y poliforme. La idea de la paternidad occidental queda cuestionada como algo unívoco con los estudios etnográficos de la Antropología. Es sabido, desde nuestra disciplina y los estudios de parentesco, que la relevancia del progenitor depende de la noción de filiación, es decir, que hay casos en los que ser el progenitor, por ejemplo, no implica necesariamente ser el padre real, entendiendo aquí como padre real aquel que ejerce sus funciones como padre, que en este caso podría ser la figura del denominado padre social. Dejan también constancia los estudios etnográficos del hecho de la posibilidad también de que el padre no tenga necesariamente que ser uno, sino que varios varones pueden cumplir las funciones paternales. Quizá, nuestra cultura se haya empeñado demasiado en llamar padre, de acuerdo a la imagen de progenitor, al que engendra y hoy nos codeemos con situaciones en las que salen a la luz: progenitor, padre social, y copaternidad, aunque, quizá, en ocasiones adheridos estos roles a la idea tradicional de un padre real progenitor: “La verdad es que, si fuese padrastro, lo que me preocuparía es que me pudiera salir el mismo cariño que pudiese tener con mis hijos. Me preocuparía ganármelos, como hijos… pero un padre siempre es un padre. El padrastro tomaría decisiones respecto a los hijos, luego ya serían aceptadas o no”. Todas estas confusiones y miedos derivan de creencias relativas a este realzar los lazos consanguíneos con lazos afectivos y de la oposición de lo no consanguíneo con el cariño, al igual que de lo no consanguíneo con la autoridad, parece que la autoridad se entiende que se gana con la sangre. Estas oposiciones así acompañan a la creencia de que el cariño está asegurado con el vínculo biológicoy la creencia de que a la sangre le sigue el respeto, y es lo que quizá impulse el despertar de esos miedos de los padres no biológicos a que el cariño no aparezca -porque no se considere natural- y que se resista por esa dicotomía entre lo biológico y lo social.

El peso que hoy se le otorga a lo relacional, permite que el padre social sea una figura menos difusa, más clara, con más sentido. A la vez, el progenitor deja de definirse por atributos consanguíneos, de respeto debido, de amor naturalizado, y se habla más de una conquista de la paternidad. Es la idea de disociar lo consanguíneo con las funciones paternales, de la disociación entre lo biológico y lo social, e incluso de una valoración con más peso de lo social: “Yo creo que el concepto de familia hay que ponerlo entre comillas, porque en cuántas familias los hermanos no se hablan. Muchas veces se cree que la familia son los lazos sanguíneos, pero hay muchas familias sin lazos sanguíneos”.

Quizá, si queremos salir de discursos que apuntan a una “desaparición de la figura paterna” o que abogan por “la crisis del padre”, la idea iría en la línea de despegarnos del padre simbólico, utilizar el instrumento por el cual miramos al padre, y cambiar de enfoque a la hora de nombrarlo. Quizá deberíamos hablar de “función paterna” e ir hacia las representaciones de las mismas, de quién ejerce la función paterna y qué criterios se siguen para hablar de la misma (residencia, tiempo, frecuencia, cuidado…). Quizá deberíamos hablar de “experiencia paterna” e intentar rescatar lo que se entiende por la misma. Es este objetivo lo que hasta ahora estoy rescatando mediante las reflexiones que voy planteando y las verbalizaciones tan ejemplificadoras de mis informantes. De la relación paterna en este sentido hemos visto como mis informantes hablan de afecto, con cierto anhelo a lo que no tuvieron, nos hablan de cotidianidad, del día a día, de comunicación, de contar cuentos, de tiempo y dedicación, en suma, de un tipo de relación paterno-filial diferente con otro cariz.

Al fin y al cabo, lo que se busca es un sentido de la paternidad; el sentido, en tiempos pasados, ya estaba dado de antemano y se entendía que era natural: un destino asegurado. Hoy nos posicionamos por encima de lo establecido siendo la paternidad susceptible de ser pensada, cuestionada, ganada y perdida. De los discursos de mis informantes, padres, la mayoría posmodernos, se ha visto hasta ahora cómo y de qué manera se empiezan a legitimar las expresiones afectivas, antes negadas, cómo el hombre de hoy y su identidad como padre queda entrelazada por la pluralidad y la diversidad de subjetividades. Es así como existen diferentes experiencias de ser padre, diferentes percepciones de ser padre y diferentes formas de vivir la función paterna. Pero lo crucial es que resulta ser una decisión más íntima que social, y por eso existe tal diversidad, se habla así desde lo íntimo y para lo íntimo.

Vemos como lo que se está construyendo es una paternidad que se construye, valga la redundancia; es aquella paternidad que se entiende como experiencia fundamental para la persona, y ya no con motivos de trascendencia en el tiempo o de preservar un apellido. La pobre idea de la paternidad como fecundación, capacidad de sostener, autoridad y apellido, por definición, deja espacio a la paternidad como sentido en el desarrollo del hombre, como contenido clave en su identidad. Para reconocer al hombre de hoy hay que apostar por atributos como la crianza, la nutrición emocional o el seguimiento educacional. A los hombres se les está exigiendo un papel más cercano en las interrelaciones familiares, un papel más activo, más dinámico, más en entredicho, y el primer paso para entrar en esta imagen es ir despegándose de las creencias y mitos que encierran al hombre y al padre en roles distantes, rígidos y autoritarios, y que los confunden hoy cayendo en dinámicas sumamente despegadas de esa disciplina rígida, alimentando creencias tales como que la autoridad significa negar la personalidad y no ayudar a crecer.

La paternidad ha dejado de ser algo prescrito y ha tomado el difícil, pero seguro camino, de pensarse y vivirse por encima de modelos ideales, por encima de esquemas o ideas. Existe hoy una mayor conciencia de la trascendencia de la paternidad y por eso pasa a ser una responsabilidad en la que se pone todo el destino personal. Una nueva conciencia de las funciones del padre, una nueva conciencia de la masculinidad, crea nuevas necesidades, imprime metas, motivaciones, alimenta vivencias y pone los destinos de los hijos y de los mismos padres bajo contextos más liberadores.

 



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