Gazeta de Antropología, 2000, 16, artículo 04 · http://hdl.handle.net/10481/7498 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 13 enero 2000    |    Aceptado 31 enero 2000    |    Publicado 2000-02
Sexualidad e identidades. Identidades homosexuales
Sexuality and identity: Homosexual identities



RESUMEN
Durante el siglo XIX se construyó una identidad homosexual particular, medicalizada y estigmatizada .En los años 60, la existencia de esa identidad fue negada por el movimiento gay aunque con su sola existencia parecía confirmar esa especificidad. En la actualidad siguen coexistiendo estos dos discursos, un discurso mayoritario que condena y estigmatiza la homosexualidad, y un discurso politizado que lucha por su normalización. El individuo que se reconoce como homosexual ha de enfrentarse, en primer lugar, a la compensación del discurso estigmatizante, lo que le será más fácil si tiene acceso a los diferentes mecanismos legitimadores. Pero, en este artículo también se consideran otros aspectos que son relevantes para la construcción de una identidad homosexual personal, subalterna o dominante, como son las formas de sociabilidad, la imagen del individuo (afeminado/viril) y su posición socio-estructural, entre otros. Por último, se considera también la dialéctica entre visibilidad y ocultación y la fragmentación existente entre los homosexuales. En consecuencia, resulta difícil hablar de la existencia de una identidad homosexual que incluya a todos los individuos.

ABSTRACT
The stigmatized and medicalized homosexual identity was created during the 19th century. In the sixties, the existence of this identity was denied by the Gay Movement, although its negation reinforces its existence. Nowadays these two discourses still coexist, a majority that condemns and stigmatizes homosexuality and a politicized minority that supports its normalization. Persons identifying as homosexual have to contend with the stigmas reinforced by the majority, this process is easier in the presence of legitimating mechanisms. However, in this article I also consider other important questions for the construction of a dominant or secondary homosexual personal identity: forms of sociability, personal image (effeminate/virile), and socio-structural positioning, among others. Finally, I consider the dialectics between visibility and concealment and the fragmentation that exists among homosexuals. This fragmentation makes it difficult to talk about the existence of a homosexual identity which includes all the people involved.

PALABRAS CLAVE
sexualidad | homosexualidad | género | virilidad | feminidad
KEYWORDS
sexuality | homosexuality | gender | virility | femininity


En una sociedad compleja como la actual, no se puede hablar de una identidad única e inmutable sino que más bien se debe hablar de una pluralidad de ámbitos de identificación. Estos ámbitos cristalizan en identidades personales cambiantes, polivalentes e influidas por las relaciones sociales del individuo. La noción de una identidad única, relacionada en nuestra opinión con la de la existencia de una única alma inmutable a través del tiempo, ha de ser, por tanto, abandonada. Un mismo individuo puede adoptar distintas identidades desde los puntos de vista diacrónico y sincrónico, en función del momento personal que esté atravesando o del contexto social en que se halle inmerso. Esto es así porque la identidad no es un hecho dado sino un proceso que se construye partiendo del individuo y estableciendo una relación dialéctica con su cultura comunitaria. Según Erikson (1990: 19-20), al hablar de identidad “nos enfrentamos con un proceso “localizado” en el núcleo del individuo y, asimismo, en el núcleo de su cultura comunitaria, un proceso que establece, de hecho, la identidad de estas dos identidades”. Es interesante destacar, pues, en primer lugar la identidad como proceso; en segundo lugar, su carácter dialéctico.

Este proceso puede ser analizado básicamente desde dos perspectivas distintas: desde la perspectiva individual y desde la perspectiva social, puesto que consideramos, con Berger y Luckmann (1984: 216) que “las estructuras sociales históricas específicas engendran tipos de identidad”. Las identidades personales son una función del propio sentimiento de identidad y de la percepción por parte del individuo de que los otros reconocen su mismidad y continuidad (1). De ello deriva la gran importancia que tienen las relaciones sociales que el individuo es capaz de establecer a lo largo de su vida para la formación de la identidad. A nivel personal es posible que un individuo tenga una identidad homosexual. Pero dicha identidad no necesariamente ha de ser su única identidad: el individuo es también hombre, obrero, amigo, esposo. Es pues, una identidad más entre sus múltiples identidades, y puede tener, entre ellas, un carácter subalterno o dominante.

La existencia de una identidad homosexual-dominante o subalterna- depende pues, como cualquier otra, de la coherencia que los significados internalizados por el individuo tengan entre sí y, en un momento posterior, de que el individuo posea una red social que le permita identificarse como homosexual. En esta sociedad, en general, la homosexualidad masculina, como otras conductas sexuales no reproductivas, ha sido condenada, y quienes la practican, estigmatizados. Por esta razón, los significados asociados a la homosexualidad que el individuo recibe durante su proceso de socialización primaria son, en general negativos o muy negativos. Recordemos que entre niños, llamarse “marica” es un insulto habitual. Consecuentemente, el individuo que no ha conseguido superar esta negatividad asociada a la homosexualidad será más propenso que otros a la construcción de una identidad homosexual subalterna y oculta, caso de producirse esta construcción. Existen otros individuos que, en cambio, han conseguido neutralizar el estigma y que, en consecuencia, pueden construirse una identidad homosexual positiva, no estigmatizante y que puede llegar a ser dominante entre las otras facetas de su personalidad. La cuestión básica a tener en cuenta es que el individuo es múltiple y funciona con distintos registros en distintos momentos. En ocasiones, puede no disponer de legitimaciones para todas sus facetas, pero aún en estos casos la negación de una de sus facetas puede formar parte de su identidad.

Cuando hablamos de coherencia de significados nos estamos refiriendo básicamente a la información que el individuo recibe durante su proceso de socialización primaria puesto que en nuestra sociedad el comportamiento homosexual es una conducta estigmatizada. Si el individuo no aprende a neutralizar dichos conocimientos adquiridos es difícil que pueda llegar a construir una identidad homosexual dominante. Sin embargo, ello puede no repercutir en su vida cotidiana, puesto que la homosexualidad, por tratarse de un atributo no visible, ofrece múltiples posibilidades de ocultación.

Desde la perspectiva social, en general, se suele considerar que la identidad es la capacidad del individuo para identificarse con otros. La identidad social se fundamenta en la identificación. Pero con este término también se hace referencia al etiquetaje de un determinado grupo de individuos basándose en ciertas características que se les suponen particulares. Es desde este último punto de vista desde el que vamos a comenzar nuestro análisis.

Durante el siglo XIX, y como resultado de un largo proceso histórico de categorización, a la edad, el sexo, la clase y el estatus de las personas, se suma la orientación sexual como mecanismo de diferenciación social. En un contexto marcado por el ascenso de la burguesía y el afianzamiento de la revolución industrial que la convirtió en clase dominante, se consolida la construcción de la categoría de desviado como un mecanismo funcional para el mantenimiento del poder en manos de una clase dominante. La medicina se erige en sucesora de la ideología religiosa y la desviación es explicada en términos médicos, lo que confiere a la clase médica poder político: entre 1870 y 1900 casi un tercio de la cámara de diputados francesa estaba ocupado por médicos (2).

Como resultado de este proceso de clasificación social basado en lo científico y legitimado por la medicina, que se amparaba en una pretendida “objetividad”, en 1869 Karoly M. Benkert acuña el término de homosexual para hacer referencia a un comportamiento específico que hasta ese momento no había tenido más que nombres genéricos. Sin embargo, la atención médica hacia la homosexualidad data de bastante antes: ya en los siglos XVII y XVIII los jueces europeos comenzaron a pedir a los especialistas en medicina forense o psiquiátrica que les ayudaran en los casos de travestismo y homosexualidad, inicialmente para determinar a través de un examen físico si se había producido coito anal. Hacia mediados del siglo XIX, la homosexualidad ya está bien caracterizada como enfermedad, por lo que hay que considerar la definición de Benkert como la culminación de un proceso y no como el inicio del mismo.

A partir de esos momentos, se consideró al homosexual como una especie particular caracterizada

“no tanto por un tipo de relaciones sexuales como por cierta cualidad de la sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino y lo femenino. La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie” (3).

Con ello, se construye una identidad estigmatizada, medicalizada y marcada por la ambigüedad cuyo objetivo principal es diferenciar y situar cognoscitivamente a los individuos, es decir, establecer límites entre ellos. Para ello, se utilizan referentes diversos, como los roles asumidos, el comportamiento sexual, la apariencia o la adecuación a los estereotipos existentes sobre el grupo o individuo objeto de etiquetaje (4). Desde este punto de vista, esta identidad conferida es un locus en el que se articulan procesos de dominación puesto que aquello que se conoce, que puede ser identificado, puede ser controlado.

Sin embargo, nosotros vamos a considerar la identidad desde otro punto de vista, desde la perspectiva de su construcción en interacción, retomando la idea de proceso; esta identidad no aisla al individuo relegándolo al papel de sujeto paciente, sino que lo integra en la realidad otorgándole la capacidad para manipular los procesos de dominación y responder a ellos.

 

El proceso de etiquetaje

Hemos considerado la definición de Benkert como un punto destacable del proceso de etiquetaje, pero no es el único. En 1897 Magnus Hirschfeld funda en Alemania el Comité Científico-Humanitario, considerado como el primer movimiento gay organizado (5). En lugar de rebatir la conceptualización social al uso sobre la homosexualidad, dicho movimiento la aprovecha. Considerando al homosexual como un alma de mujer recluida en un cuerpo de hombre, según las teorías de Ulrichs, se acepta la existencia de una base biológica definida considerando que ello redundaría en una mayor aceptación social de la homosexualidad.

Este comité siguió funcionando, según las bases expuestas, hasta la llegada del nazismo. El nazismo supone un punto de ruptura en este proceso al ilegalizar el movimiento y castigar la homosexualidad con la reclusión en campos de concentración. La situación se estanca y no aparecen nuevos movimientos hasta la segunda mitad del siglo XX.

Durante la segunda mitad del siglo XX se produce un viraje ideológico que tiene como consecuencia la derivación hacia las explicaciones de tipo social en detrimento de las biológicas. A este viraje hay que añadir la serie de movimientos sociales que tuvieron lugar en los años sesenta, el feminista y el hippy por ejemplo, cuya consecuencia directa es el cuestionamiento de las definiciones rígidas del género y de los roles sexuales. Los gays aprovechan la ocasión y como resultado de unas revueltas que tienen lugar en Nueva York en 1969 se funda el Frente de Liberación Gay. Esta segunda fase del movimiento gay es radicalmente distinta de la primera puesto que ahora no se reivindica la femineidad del homosexual sino que se busca compatibilizar masculinidad y homosexualidad. Se intenta construir una identidad positiva basada en el “orgullo de ser gay”, sin que ello suponga la renuncia del homosexual a su identidad de género, a su identidad masculina (6). En última instancia, lo que el movimiento gay pretende es desligar el comportamiento homosexual del concepto de identidad que, en nuestra cultura y aplicado a la cuestión homosexual, es una identidad estigmatizada. Un buen ejemplo de ello es la siguiente cita, extraida de la entrevista con un militante: “no somos una categoría especial de personas a las que haya que normativizar… lo único específicamente propio es el mantenimiento de relaciones sexuales con personas del mismo sexo”. Sin embargo, a pesar de que a nivel discursivo, el movimiento propugna la inexistencia de una identidad homosexual y la posibilidad de cualquier persona de mantener relaciones sexuales con alguien de su mismo sexo, con su mera existencia y su nivel de organización, en cierto modo afirma la existencia de una identidad distintiva. Sin embargo, esta otra identidad que surge del movimiento gay es una identidad positiva, orgullosa y, sobre todo, masculina.

Es en este contexto en el que hay que enmarcar al individuo que se enfrenta a sí mismo y a la construcción de su identidad. Tengamos en cuenta que durante su socialización primaria el individuo ha internalizado unas definiciones sociales que condenan el comportamiento homosexual. Consecuentemente, es posible que el individuo, ante la primera sospecha, borre la homosexualidad de su mente y ni siquiera llegue a plantearse la cuestión. Puede que no lo haga y en este momento devienen cruciales las redes sociales del individuo y su acceso a mecanismos legitimadores, puesto que una identificación continuada en situaciones de exclusión depende casi únicamente de la fantasía (7).

El acceso a mecanismos legitimadores, cuando no entran en contradicción con la posición estructural (es el caso, por ejemplo, de posiciones estructurales que no permiten la expresión de la homosexualidad, especialmente el disfrute de un estatus elevado que teme perderse si seconoce la homosexualidad), puede tener como consecuencia la conformación de una identidad homosexual no subalterna. Los individuos cuya posición en la estructura social no es relevante, que no gozan de un estatus elevado que hay que proteger o que desempeñan una profesión que “permite” la expresión de la homosexualidad y que, además, tienen acceso a mecanismos legitimadores -en especial, los militantes- probablemente construirán una identidad homosexual positiva y dominante. Sin embargo, para quienes gozan de un estatus privilegiado que podría peligrar caso de conocerse su orientación sexual, el mantenimiento de este estatus prevalece sobre cualquier otra variable e incluso sobre la militancia en el movimiento gay.

Al margen de que el individuo siente una atracción que es condenada socialmente, otro de los grandes problemas para el manejo de la identidad del homosexual es la asociación cultural entre homosexualidad y afeminamiento, conducta esta última que ya de por sí es estigmatizada en nuestra sociedad. Sin embargo, aunque estigmatizada, la homosexualidad afeminada, por categorizable y coherente con el sistema de roles, es también la más aceptada aunque se arguyan para ello razones de carácter biológico: “ha nacido así”. La asociación entre homosexualidad y afeminamiento está plenamente asentada y ello conlleva, en ocasiones, la no identificación del individuo como homosexual si no se autopercibe como afeminado. También es posible que su reticencia hacia la homosexualidad y los homosexuales no se base en el comportamiento puramente sexual sino en el afeminamiento.

A pesar de que el discurso gay actual se fundamenta sobre la idea de que el homosexual es tan masculino como el heterosexual, y de que en el mundo homosexual, como estructura analógica del mundo heterosexual que es, se margina y condena la pluma o afeminamiento con igual fuerza, el necesario afeminamiento del homosexual sigue siendo una creencia difícil de erradicar. Si el individuo conoce otros homosexuales que no son afeminados o incluso tiene acceso a algún grupo del movimiento gay, probablemente esto redundará en una mayor autoaceptación de sí mismo como homosexual y facilitará la construcción de una identidad en términos positivos.

La asociación de afeminamiento y homosexualidad es importante porque, en nuestra opinión, la clave de la estigmatización del homosexual se encuentra en su no adecuación al género masculino según las atribuciones culturales de éste. Ello puede provocar en el sujeto fuertes tensiones en el manejo de su identidad de género y, a nivel personal, muchas más tensiones que la condena social, puesto que ante esa condena se puede optar por la doble vida o doble moral; de ahí que el movimiento homosexual se haya preocupado principalmente por afirmar la masculinidad del homosexual.

Hasta el momento hemos hablado de una identidad medicalizada y estigmatizada, a la que hay que añadir la identidad positiva y masculina que propugna el movimiento gay y de la identidad en el ámbito individual que, en función de la posición socio-estructural del individuo, puede ser subalterna o dominante o, incluso, no existir en relación con las otras identidades del individuo.

Si utilizamos el concepto goffmaniano de itinerario, habría que situar el inicio del proceso en la fase de autorreconocimiento del individuo como homosexual. Después de un período de reflexión y evaluación que puede ser más o menos largo en función de los significados internalizados y de las características de la red social del individuo, éste probablemente acudirá a los bares de ambiente, puesto que estos son los lugares en los que se concentra buena parte de la sociabilidad homosexual. Los sitios de ambiente son lugares, generalmente de carácter comercial (bares, discotecas y saunas, principalmente) en los que la clientela es, o así se considera, únicamente homosexual. Los sitios de ambiente son consideradoscomo una etapa indispensable pero que necesariamente ha de ser superada, puesto que el tipo de relaciones que en ellos se establecen -relaciones sexuales rápidas y anónimas- son consideradas por la mayoría de nuestros entrevistados como insuficientes para la realización personal del individuo. Sin embargo, los sitios de ambiente son importantes por dos razones: por una parte, muestran al individuo que no es el único, que existen muchos hombres como él. Por otra parte, le enseñan que hay muchas maneras de vivir la homosexualidad, aunque en los sitios de ambiente es donde más afeminamiento existe, puesto que en este contexto el afeminamiento funciona como una defensa territorial.

En ellos, el individuo acabará conociendo a otros homosexuales con los que establecerá una relación de amistad y que acabarán formando parte de su red social, a pesar de que, en principio, son un contexto hostil para establecer ese tipo de relaciones. Al mismo tiempo, la red del individuo se habrá ido depurando incluyendo principalmente a las personas ante las que el individuo se puede expresar tal como es.

El proceso puede ser justo el contrario: es bastante más frecuente que un amigo te lleve a los sitios de ambiente que encontrar un amigo en los sitios de ambiente. Sea de una forma u otra, desde el punto de vista emicse considera que los sitios de ambiente son una etapa pasajera y que se deja de asistir a ellos cuando se encuentra pareja.

Si bien esto no es rigurosamente cierto, sí lo es que la mayoría de la gente que acude a ellos es bastante joven, predominantemente hasta los 35 años. Esto no quiere decir que no haya personas mayores de esta edad en ellos, sino que se considera que después de esa edad, en ellos se buscan otras cosas, probablemente charlar con los amigos o tomar una copa, puesto que en este contexto, con la edad aumenta la dificultad para encontrar pareja sexual. Los sitios de ambiente, por tanto, pueden funcionar como un lugar en el que se legitima la opción sexual del individuo debido a que en ellos se concentra buena parte de la sociabilidad del homosexual en cuanto tal. Se pueden convertir así en un contexto socializador y en un marco instrumental al servicio del individuo.

Otra instancia de legitimación, esta vez más marcadamente ideológica, puede ser la participación del individuo en el movimiento gay. Hay que tener en cuenta que sólo una mínima parte de la población homosexual participa en dicho movimiento y que el hecho de participar no significa que automáticamente se asuman sus postulados. También es cierto que se puede tener acceso al discurso gay sin participar en el movimiento, pero en nuestra investigación hemos descubierto que, incluso cuando se conoce dicho discurso, su incidencia en el comportamiento real de la población homosexual es escasa.

Se pueden distinguir tres factores que influyen poderosamente en la construcción de la identidad personal del individuo y en los términos-positivo o negativo- en que esta construcción se lleva a cabo. En primer lugar, puede hablarse de la organización de la sociabilidad y cómo las redes sociales pueden reforzar o inhibir al sujeto respecto de su sexualidad. En segundo lugar, hay que tener en cuenta la auto-imagen del individuo bien como homosexual afeminado, como homosexual viril o como “normal”. Y en tercer lugar, es necesario tener en cuenta la posición socio-estructural del individuo y el estatus social del que goza.

Hasta el momento hemos comentado cómo determinados tipos de sociabilidad, y en particular aquellas formas de sociabilidad organizada en torno a las instancias exclusivamente homosexuales (el movimiento gay y los sitios de ambiente), pueden legitimar la opción sexual del individuo. Sin embargo, recordemos que es posible que el individuo ni siquiera se identifique como homosexual. Puesto que en nuestra cultura existe una separación, típicamente masculina, entre el sexo y la afectividad, y ambos pueden ser separados de la vida cotidiana, para muchos hombres la homosexualidad es simplemente una práctica sexual que, en su opinión, no influye en ninguna otra esfera de su vida. Es curioso que la mayoría de estos hombres, como alternativa a la etiqueta de “homosexual” propongan la de “vicioso” o “pervertido”. Desde este punto de vista podría decirse que existe una homosexualidad autorreconocida y una homosexualidad sin ese componente.

 

La construcción de la identidad y los anclajes sociales

Recordemos que en el caso del individuo que se autoetiqueta como homosexual, se puede decir que esta identidad, que coexiste con muchas otras, puede ser subalterna o dominante respecto a sus otras identidades, en función principalmente de dos factores: que el individuo tenga o haya tenido acceso a mecanismos legitimadores y, sobre todo, en función de la posición estructural del individuo y, en particular, del rol profesional que desempeña.

No es ninguna novedad afirmar que en nuestra sociedad existen algunas profesiones que son consideradas adecuadas para los homosexuales, o dicho de otra manera: cualquier hombre que las detente, es considerado homosexual hasta el punto que incluso muchos que no lo son, exhiben en dichos roles un comportamiento afeminado. Entre estas profesiones destacan la de peluquero, modisto, diseñador, escaparatista, y otras profesiones relacionadas con el mundo del arte. Estas profesiones pueden ser consideradas como ámbitos de tolerancia controlada, de asignación institucionalizada de roles profesionales en un contexto en el que se neutraliza el género y se puede admitir la ambigüedad sin detrimento de la eficacia en su desempeño. Se trata de profesiones poco marcadas por el género o marcadas por el género femenino, lo que es coherente con la asociación del homosexual al afeminamiento. En consecuencia, un peluquero tendrá bastante más fácil identificarse como homosexual sin detrimento de su estatus, que un abogado, por poner un ejemplo de profesión fuertemente marcada por el género masculino. En este punto, podemos introducir los conceptos de visibilidad y ocultación que nosotros consideramos básicos. A pesar de que su relación no es siempre directa respecto a las identidades dominantes y subalternas, es de esperar que sí lo sea la mayoría de las veces.

Pongamos un ejemplo: un militante en el movimiento gay que ocupe una posición social privilegiada, a pesar de que el discurso gay propugna la visibilización (uno de los eslógans utilizados fue “descubre tu rostro”) optará por la ocultación llevando a cabo lo que se llama doble vida. Su situación personal, el deseo de mantener el estatus de que goza, primará sobre su condición de militante. Se establece así una dialéctica entre lo personal y lo social que puede, incluso, llegar a ser atípica pero que es funcional. Puesto que existen diferentes identidades sociales, el individuo tiene distintas oportunidades cuya adopción estará determinada, más que por ninguna otra cosa, por su posición socio-estructural y su estatus. Ello es así porque el mundo homosexual y la adopción de unos roles particulares no modifican los anclajes básicos del individuo cuyos roles como homosexual suelen ser coherentes con los que desempeña habitualmente.

Hasta el momento hemos dejado al margen una cuestión que es fundamental para la construcción de la propia identidad: el enamoramiento. Si bien un individuo que considere las relaciones homosexuales como algo desligado de su vida cotidiana podrá adoptar sin mayores problemas la doble vida, el caso del individuo que se enamora de otro hombre es radicalmente distinto. Sin embargo, el hecho de estar enamorado y no simplemente buscar relaciones sexuales furtivas puede ofrecer cierta legitimación al individuo.

En definitiva, nos encontramos ante un comportamiento que socialmente ha sido históricamente condenado, a lo que el movimiento gay ha respondido de dos maneras: con la afirmación de unas determinadas bases biológicas y con un viraje hacia lo social que pretende desligar la homosexualidad de una identidad estigmatizada. Ante ello, el individuo tiene varias opciones, partiendo de la base de que se autoidentifique como homosexual. Puede realizar su homosexualidad e integrarla totalmente en su vida cotidiana o no hacerlo. Lo primero es posible si el individuo no goza de una posición socio-estructural relevante, es decir si su homosexualidad no supone una pérdida considerable de su estatus social y si ha tenido acceso a mecanismos legitimadores. En ambos casos, el individuo se enfrenta ahora al manejo de su identidad de género, puesto que la homosexualidad está estereotípicamente asociada al afeminamiento. Se trate de una identidad subalterna o dominante, los problemas de coherencia y manejo de esta identidad por parte del sujeto sólo pueden entenderse por referencia a su identidad de género, puesto que su autoimagen será distinta si se considera afeminado. Podemos afirmar que, en un primer momento, es relevante la autopercepción como homosexual; después, deviene importante el grado de afeminamiento, el tipo de homosexual que uno es.

Tanto la actividad, como la fuerza física, como el dominio sobre uno mismo y sobre los otros, son atributos culturales asociados al género masculino. El homosexual que quiera restaurar su imagen de “hombre” lo hará, básicamente, haciendo uso de ellos. Por esta razón nos encontramos que es mucho más fácil que un homosexual se identifique como activo que su identificación como pasivo, puesto que los homoxuales pasivos son, aunque no se reconozca, equiparados a las mujeres. También los afeminados son estigmatizados: “creen que como les gustan los hombres han de comportarse como mujeres”. Teniendo en cuenta que la carga de machismo entre los homosexuales es igual o mayor que entre los heterosexuales, el homosexual viril auto-etiquetado como masculino domina lo femenino rebajándolo y rechazándolo como algo inferior. De ahí que siempre sea el otro quien tiene pluma y nunca uno mismo. Por ello, el homosexual que adopta una conducta masculina y que racionaliza sus relaciones sexuales como si él fuera siempre el elemento activo, tiene menos problemas en el manejo de su identidad de género que quienes que adoptan la postura contraria, que son relegados a jugar el papel de “divertidos” y “exóticos”. Puesto que el rol sexual activo es un atributo masculino (siendo la pasividad un atributo femenino) quienes se identifican y actuan como activos, sufren un deterioro de su identidad masculina menor al de aquéllos que adoptan un rol pasivo. Asimismo, el homosexual viril puede mantener el poder masculino, un poder que no duda ejercer sobre los afeminados, que además son estigmatizados por estar asociados, en el imaginario homosexual, a las clases sociales menos favorecidas.

Si se pregunta a los propios implicados encontraremos respuestas para todos los gustos: para algunos es indudable que existe una identidad homosexual y para otros lo indudable es lo contrario. Negar la identidad homosexual para afirmar la identidad gay supone una simplificación de la cuestión reduciéndola a una de sus expresiones. Tal como hemos visto, socialmente se ha construido una identidad homosexual, medicalizada y estigmatizada, que engloba a todos los individuos. El problema aparece cuando se descubre que todos aquellos individuos homogeneizados por un discurso de poder no son en absoluto homogéneos, existiendo entre ellos diferencias que dificultan la identificación de unos con otros, una identificación que es básica para la construcción de una identidad.

El discurso gay, así como la mera existencia de un movimiento gay, son un claro ejemplo de estas contradicciones puesto que a nivel ideológico, las contradicciones alcanzan un mayor grado de significatividad. La existencia de colectivos organizados, con un discurso ideológico que los sustenta, afirma una diferencia que el propio discurso niega.

Igualmente se puede afirmar que, hasta el momento, la adopción de una homosexualidad viril parece ser la única posibilidad de coexistencia entre el poder masculino y el deseo homosexual. Sin embargo, hay que esperar algunos años para ver qué proporción de moda y qué proporción de auto-aceptación de uno mismo como hombre homosexual existe en dicha postura.

 



Notas

1. Erikson define el sentimiento de identidad como “el sentimiento subjetivo acerca de una vigorizante mismidad y continuidad” (1990: 16).

2. Cfr. Greenberg (1988).

3. M. Foucault, Historia de la sexualidad (I). La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI, 1978: 59.

4. Uno de los estereotipos más importantes en nuestra sociedad sobre el homosexual es el de su necesario afeminamiento: se considera que todo homosexual ha de ser afeminado y todo afeminado es, necesariamente homosexual. Este estereotipo data al menos del siglo IV a. C. (Foucault 1987a) y su existencia responde a una necesidad de dar coherencia, dentro de nuestro sistema de roles de género, al comportamiento sexual del homosexual: puesto que le gustan los hombres, ha de tratarse de una mujer, y si biológicamente no lo es, se trata de un afeminado.

5. En Alemania, y sobre todo en Berlín, ya en el siglo XVIII existían lugares de reunión para los homosexuales y hacia 1914 se podían contar cuarenta bares para homosexuales en Berlín. Por ello no es casual que el primer movimiento organizado surgiera en este país (vid. Enríquez 1978).

6. A pesar de que en Estados Unidos se utiliza el término “gay” para referirse a cualquier persona que tiene relaciones sexuales homosexuales, nuestra utilización del término es más restringida. Utilizamos el término “homosexual” para designar a las personas con dichas prácticas reservándonos la utilización de “gay” para referirnos a los homosexuales con una conciencia política clara, generalmente militantes en el movimiento gay.

7. Por mecanismos legitimadores entendemos aquellas instancias cuyo efecto es la legitimación de la opción sexual del individuo: el hecho de encontrar, por ejemplo, otros individuos que actúen como uno, puede ser una legitimación de cara a uno mismo.

 


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