Gazeta de Antropología, 2000, 16, artículo 23 · http://hdl.handle.net/10481/7518 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 12 octubre 2000    |    Aceptado 28 octubre 2000    |    Publicado 2000-11
Transformaciones recientes en la arquitectura, el urbanismo y el paisaje en la comarca de La Alpujarra
Recent transformations of the architecture, urbanism, and landscape in the district of La Alpujarra





RESUMEN
El importante proceso de transformación que desde hace varias décadas se viene produciendo en la arquitectura tradicional alpujarreña, amenaza en la actualidad con alterar irreversiblemente una de las mayores riquezas patrimoniales de la comarca. El mundo rural se encuentra sometido a un proceso de reconversión que le obliga a adaptar su papel al nuevo marco general de desarrollo socio-económico regional. Un análisis de los cambios en la arquitectura y el urbanismo deberá partir de una aproximación al conocimiento de esta nueva realidad cultural que inevitablemente está transformando las formas de hacer arquitectura.

ABSTRACT
The important transformation process in the traditional architecture of La Alpujarra that has taken place for several decades threatens to irreversibly alter one of the richest heritage sites in the district. The rural world is subject to a conversion process that forces it to to adapt its function to a new system of regional socio-economic development. An analysis of the changes in the architecture and urbanism starts from an analysis of this new cultural reality that is transforming architecture.

PALABRAS CLAVE
arquitectura | urbanismo | paisaje | Alpujarra | Granada | Andalucía | transformación
KEYWORDS
architecture | urbanism | landscape | Andalusia | transformation


El paisaje alpujarreño es producto de la acción antrópica del ser humano. Se ha escrito que “la arquitectura vernácula no es naturaleza, no es parte del paisaje natural: por el contrario, conforma un paisaje tan rigurosamente artificial como lo es el Manhattan de los rascacielos. No sólo ocurre así con lo estrictamente arquitectónico: un campo arado no es más parte de la naturaleza que una calle asfaltada, ni tampoco menos. La intención de los constructores de Manhattan, sin embargo, obedece sin duda a formas de pensar y de ver diversas a las del constructor vernáculo. Pero la actividad de todos ellos pretende la transformación del medio natural para hacerlo más productivo, más habitable…” (1).

Pensemos, en nuestro caso, en los bancales de las laderas, en los balates de piedra y en las acequias de tierra; sus constructores no hicieron más que sacar provecho de los recursos naturales existentes aunque para ello debieron intervenir en las formas del paisaje.

El reconocimiento de esta vieja interacción entre el hombre y la naturaleza como elemento articulador de cualquier transformación del paisaje, será la base sobre la que establecer los cambios en la arquitectura. Nuestras valoraciones deberán situarse dentro de un marco conceptual que entienda a la arquitectura como pieza de un ecosistema abierto y dinámico que ha ido transformándose desde sus orígenes.

No cabe duda que el paisaje y la arquitectura alpujarreña ya han recibido importantes transformaciones. Se puede decir que tan sólo la orografía y la situación de los pueblos han permanecido inalterables en un ecosistema donde la arquitectura debió pasar casi inadvertida, fundida en el cromatismo de las laderas. Las casas de color “triste y gris” que describieron los viajeros del siglo XIX, ya han dado paso a una arquitectura “blanca y luminosa”, que se presenta ante nosotros con pueblos compactos en el paisaje.

Los valores formales de las construcciones alpujarreñas no se manifiestan en los ejemplos aislados. La implantación en el territorio, la agrupación de unidades, y las formas de humanización del paisaje definen las cualidades de esta arquitectura, por lo que sólo analizando el modelo en su globalidad podremos entender los procesos de transformación, sus causas y sus consecuencias.

Arquitectura vernácula, arquitectura popular, arquitectura tradicional…, son distintas formas de denominar al testimonio material de lo construido para mostrarnos arquitecturas vinculadas a un lugar, un pueblo y una tradición…, términos concretos que pretenden definir la identidad regional de la comarca y los factores de diferenciación cultural.

Existe, no obstante, una característica común a todas las arquitecturas populares. Es aquella que la define como la arquitectura de lo disponible, la arquitectura que utiliza en su ejecución materiales de construcción primarios, extraídos directamente del lugar y que sufren muy pocas transformaciones en su puesta en obra. Esta definición nos sitúa frente a construcciones con un alto sentido utilitario; edificios sinceros, exentos de ornamento que nos muestran sin pudor su sistema constructivo y donde los materiales utilizados marcan el carácter y definen la forma.

Profundizar en estos invariantes de la tradición nos ayudará a conocer los primeros procesos de transformación de la arquitectura alpujarreña. Los cambios culturales que introduce el progreso y la mejora en las vías de comunicación, presentan al autoconstructor una oferta indiscriminada de imágenes y de “otros materiales”, que permiten “disponer” de nuevos recursos formales para el mantenimiento y transformación de la vivienda.

Esta circunstancia aumenta el repertorio visual y perceptual del paisaje urbano de la comarca, especialmente en aquellas poblaciones no protegidas por normas de planeamiento. Las transformaciones son parte intrínseca e insustituible de esos procesos espontáneos de humanización del medio natural, convertido ya en artificial. La pérdida de los valores patrimoniales del mundo rural y la puesta en marcha de los mecanismos de globalización cultural como consecuencia de la inevitable y necesaria influencia de los medios de comunicación social, trae consigo la incorporación al lenguaje arquitectónico de “nuevos materiales” que en cualquier caso no hacen más que sustituir los elementos tradicionales por otros que cumplen “conceptualmente” las mismas funciones.

Lo popular, es aquí, aquello que el poblador autóctono decide incorporar a su vivienda, acotando la actuación a su limitada capacidad económica e introduciendo dotes de imaginación que dignifican la intervención y certifican su procedencia. Estamos frente a una arquitectura sin arquitectos, que huye del dogmatismo de la academia y de la innovación de la vanguardia, y que encuentra en la diversidad de soluciones y en la continua renovación de materiales la única posibilidad real de autoconservación.

Pero sería ésta también la arquitectura de la homogeneización, arquitectura mestiza, impura…, contaminada de “uralita”, de tendido eléctrico improvisado y de ventana de aluminio. El comienzo del final de aquella arquitectura que sólo disponía de castaño, pizarra y launa para caracterizar sus construcciones. Sería la pérdida del patrimonio material de la comarca de la Alpujarra, de su supuesta autenticidad y de los elementos diferenciadores de su cultura. Estaríamos frente a la desaparición de valores implícitos a esa identidad paisajístico-ambiental cuya preservación y recuperación es de indiscutible interés para promover el desarrollo socioeconómico y cultural de la comarca.

No resulta fácil definir las características esenciales y los valores semánticos de este mundo rural que hemos decidido perpetuar. La búsqueda de la supuesta autenticidad nos llevaría a la investigación en las fuentes más ortodoxas, en contraposición a la dinámica y destructora actividad vernácula. El modelo podría entonces indagar en las ruinas de la historia y reconstruir un pasado seleccionado por “amantes de lo tradicional” que obligase a los alpujarreños a vestir las ropas de sus antepasados y a posar para la foto delante de la casa a medio encalar.

Por desgracia, la interpretación moderna y actualizada de “lo tradicional” se está limitando, en la mayoría de los casos, a recuperar los supuestos elementos identificadores de la construcción alpujarreña, imponiéndoles funciones epidérmicas y ornamentales, mientras la construcción tradicional conseguía sus cualidades formales mediante la sinceridad constructiva y la inserción en el conjunto. Colocamos aplacados y rejas, confundiendo los verdaderos orígenes de la tradición, Introducimos inadecuados elementos de mobiliario urbano buscando el reclamo publicitario con carteles de madera de cuidados diseños neorurales.

Estamos desarrollando una nueva ocupación del espacio, que nos muestra aglomeraciones monótonas de viviendas con forzado escalonamiento, apiladas en bloques caracterizados hasta donde la rígida cuadrícula de la estructura de hormigón armado lo permite, transformando el carácter ambiguo del espacio urbano tradicional donde lo público se confundía con lo privado, para zonificar y establecer usos urbanos importados del planeamiento.

Por todo ello, conservar la arquitectura popular en su estado primitivo puede llegar a convertirse en un falso cultural. Las construcciones de la Alpujarra tienen su sentido dentro de un contexto ambiental y socioeconómico cuyas modificaciones están inevitablemente transformando los modelos de las edificaciones.

Los valores de la comarca no deben limitarse a la originalidad formal, volumétrica o tipológica de las construcciones, sino al desarrollo de principios consustanciales ligados al paisaje y al nuevo contexto ambiental que se quiere potenciar. Desde esta perspectiva podremos entender la recuperación de las técnicas y materiales tradicionales como uno de los valores culturales intrínsecos a los modos de vida de la comarca, pero no por sus cualidades estéticas sino como elementos simbólicos cargados de valor cultural.

La arquitectura alpujarreña deberá ser protegida y cuando sea necesaria su sustitución, la nueva construcción deberá insertarse en el contexto como elemento neutro, completando los preexistentes que son los que constituyen el verdadero valor. Debemos rechazar el maquillaje de los edificios y la utilización indiscriminada de la piedra y la madera con fines exclusivamente decorativos, apostando en definitiva por la rehabilitación del patrimonio construido, evitando la construcción de edificios de nueva planta y fomentando el alojamiento turístico en casas particulares, lo que potenciaría el contacto del visitante con el entorno urbano y humano de nuestras poblaciones.

La autoconservación, aunque implique la reconstrucción parcial, deberá entenderse como elemento de autenticidad cultural y de regeneración natural de uno más de los elementosvivos del ecosistema, reutilizando la piedra existente o permitiendo la extracción de la misma de forma controlada en el Parque Natural. Es preciso no alterar las texturas y colores existentes con la masiva utilización de piedra procedente de canteras no tradicionales que están modificando sustancialmente el aspecto de la edificación.

La intervención en lo construido deberá investigar en los modelos existentes, aprender la correcta utilización de los materiales autóctonos y conocer los sistemas constructivos originales, fomentando el uso de materiales locales, evitando el acarreo de antigüedades y abogando por la coherencia constructiva. Las nuevas formas deberían rechazar las reconstrucciones miméticas cuando no existan preexistencias determinadas, procurando realizar una integración armónica de las intervenciones de forma que la calidad no dependa del deseo de identificar la arquitectura, sino de su capacidad de pasar inadvertida en un marco expresivo de contrastada fuerza ambiental.

Las nuevas construcciones deberían estar en concordancia con el modelo de desarrollo que deberá ofertar el futuro Parque Nacional, con edificaciones que consigan sus condiciones de habitabilidad aprovechando las cualidades bioclimáticas de la arquitectura tradicional y estableciendo una relación sensiblemente ecológica con el entorno natural.

En cualquiera de los casos, la arquitectura alpujarreña no debe hacer más que integrarse en el proceso global de transformación como uno más de los elementos constituyentes del mismo. Su fuerza en la memoria colectiva, fruto de su presencia material en la comarca, no debe desviar la atención de lo que realmente constituye la clave del desarrollo del Parque Natural y del Parque Nacional, aceptando su función de dar respuesta habitacional a los pobladores de la comarca y alojamiento temporal a ese turismo alternativo que deberá ser el futuro del desarrollo económico regional.

 



Notas

El texto es un resumen de la conferencia que con el mismo título fue presentada en las VI Jornadas de Comarcalización de La Alpujarra: La Arquitectura Alpujarreña. Capileira (Granda), diciembre de 1996.

(1) Mariano Vázquez Espi, “Siete malentendidos alrededor de la arquitectura vernácula”. Navapalos/86, II Jornadas sobre la tierra como material de construcción. Diputación Provincial de Soria, Inter-Acción. Soria 1986.

 


 

ILUSTRACIONES

 


Gazeta de Antropología