Gazeta de Antropología, 1987, 05, artículo 00 · http://hdl.handle.net/10481/13755 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 5 junio 1987    |    Aceptado 5 junio 1987    |    Publicado 1987-06
La cuestión amerindia ante la 'Expo 92'
Amerindian question in the face of Expo '92



RESUMEN
Artículo editorial con motivo del Quinto Centenario del descubrimiento de América y la Exposición Universal 1992.

ABSTRACT
Editorial on the occasion of the quincentenary of the discovery of America and the World Expo 1992.

PALABRAS CLAVE
problema amerindio | quinto centenario del descubrimiento de América | eurocentrismo | diferencia cultural
KEYWORDS
Amerindian problem | quincentenary of the discovery of America | euro-centrism | cultural difference


Las Exposiciones Universales fueron el escaparate de los avances mecánico- industriales de la segunda mitad del siglo XIX. Las Exposiciones Coloniales acompañaron la expansión imperialista entre 1885 y 1914. España, siempre tardía, se propuso emular ambos tipos de exposiciones con la celebración, en 1929, de una magna Exposición Iberoamericana en Sevilla. En su perspectiva ideológica estaba la pronta conmemoración de los cuatro siglos y medio transcurridos desde el descubrimiento. Tras esta coartada, un objetivo eminentemente económico: recuperar para Sevilla un lugar similar al ocupado por esta ciudad en sus relaciones con América durante los siglos XVI-XVII. Como se ve, un espejismo histórico, que vino al corroborar la depresión económica subsiguiente de los años treinta. En todo caso, allí estuvo representada la sociedad criolla americana y sus gobiernos. El indígena ni siquiera destacó en calidad de exótico.

El ritual occidental de hoy rememora los hechos notables en décadas, cincuentenarios y centenarios. No hay día sin su efemérides, sin su delectación en el pasado. Esta limitada recuperación de la memoria histórica es tamizada, sin embargo, a través de rigurosos controles ideológicos. Es una evidencia que el poder extrae de la historia sólo aquello que le permite perpetuarse.

En el actual proyecto conmemorativo Expo 92, coinciden factores económicos y especulativo-urbanísticos, que constituyen el grueso de la crítica de izquierda a su celebración. En los círculos donde se cultiva la rara especie de la antropología, las críticas se dirigen más lejos, hacia la componente eurocéntrica de la exposición. Las interrogantes no son nuevas: ¿Qué papel tiene reservado el indio en la Expo? ¿Acaso el de reliquia histórica? ¿O el de integrante de los conjuntos folclóricos?

No estaría de más volver sobre el tema inconcluso del etnocidio americano. Como tampoco lo estaría reflexionar renovadamente sobre Bartolomé de las Casas y otros paternales defensores del indígena. Ahora bien, nada de esto nos resolvería las interrogantes sobre la situación actual de los pueblos amerindios.

Los demógrafos calculan entre 16 y 40 millones de indígenas para todo el continente. En unos países son residuales, casi souvenirs (Estados Unidos), en otros se encuentran en fase de extinción genocida (Brasil), y finalmente en algunos han fortalecido su conciencia étnica a la par que su conciencia social (México, Perú). En las clasificaciones étnicosociales de América, los indios siempre han constituido el fondo de las mismas. Ni la participación indígena en la revolución mexicana de 1911 ni la política indigenista de un puñado de países latinoamericanos han rehabilitado siquiera parcialmente al indio.

Los ideólogos de la asimilación del indígena olvidan un hecho esencial: su radical diferencia, de donde obtienen y han obtenido en el pasado fuerzas para resistir los embates de Europa. Pocos fueron los que, obsesionados por blanquear su piel y sus pensamientos, llegaron a integrarse en la sociedad criolla.

Desde los años veinte, hubo un fluir de intelectuales europeos a México. Iban algo deslumbrados por el indio de los pintores muralistas. Unos, como D. H. Lawrence, buscaban el latido de la sangre; otros, como A. Artaud, buscaban una radical contestación a la patológica racionalidad de occidente. Con sus aportaciones y las de algunos etnólogos, una minoría de europeos comenzaron a comprender la naturaleza de las sociedades amerindias. Contemporáneamente, la antropología cultural nos ha confirmado un dato esencial: la similitud estructural entre pensamiento salvaje y pensamiento científico.

Decía Artaud que la mayor revolución posible sería reintegrarse a la edad media, es decir, a los estratos prerracionalistas de la sociedad y del pensamiento. El indio americano representa esa edad media trastocadora de los valores establecidos por el mundo occidental y de las operaciones ideológicas eurocéntricas. Escuchar al otro, al amerindio diferente, portador de otras cosmogonías, de otros rituales, de otras formas de vida, ni más justas ni más injustas, simplemente distintas. En su existencia diferenciada y orgullosa reside buena parte de nuestro futuro, hoy eclipsado por la debacle del pensamiento racionalista.

Dudamos que el poder vaya más lejos de un pasadismo historicista o de un folclorismo rancio en relación con la cuestión india, en las celebraciones del V Centenario. Algunos intelectuales y políticos de izquierdas hablarán de la problemática social del indio. Pero muy pocos serán capaces de reclamar silencio para oír lo para la mayoría inaudible, la voz de Quezaltcoalt, la diferencia fundadora, nuestra salvación.


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