Gazeta de Antropología, 2014, 30 (1), recensión 02 · http://hdl.handle.net/10481/31816 Versión HTML  ·  Versión PDF
Publicado 2014-05
José Antonio González Alcantud (dir.):
Elementos de cultura y transculturalidad para usos militares y civiles.
Universidad de Granada, 2013.

José Luis Solana Ruiz


RESUMEN
Recensión del libro de José Antonio González Alcantud (dir): Elementos de cultura y transculturalidad para usos militares y civiles. Universidad de Granada, 2013.

ABSTRACT
Book review by José Antonio González Alcantud (dir.): Elementos de cultura y transculturalidad para usos militares y civiles. University of Granada, 2013.

PALABRAS CLAVE
cultura | transculturalidad
KEYWORDS
culture | transculturality

 

El libro que reseñamos se enmarca en un proyecto de colaboración establecido entre la Universidad de Granada y el Mando de Adiestramiento y Doctrina (MADOC) del Ministerio de Defensa. A instancias del Mando Conjunto de los Estados Unidos (USJFCOM), España lidera en el marco de las misiones de paz de la OTAN en el extranjero un objetivo de “concienciación intercultural” (cross cultural awareness). En el año 2008 la OTAN, a través del Ministerio de Defensa de España, encargó a la Universidad de Granada una investigación sobre el peso de los factores culturales en las operaciones militares que sus tropas estaban llevando a cabo en varios países, Afganistán entre ellos.

La investigación venía motivada por la idea de los altos mandos de la OTAN de que las guerras no son solo cuestión de intervenciones militares, sino también “guerras de ideas”, “lucha ideológica”, “dominio” de “los corazones” de las personas y no solo de los territorios donde estas habitan (p. 2). En ese marco estratégico, los altos mandos de la OTAN habían cobrado conciencia de la importancia que el conocimiento y el correcto manejo de los factores culturales (por ejemplo, en el caso de Afganistán, las divisiones tribales, el poder de los ancianos, el código moral pajtún basado en la hospitalidad, el honor y la venganza) tienen para lograr el éxito de las intervenciones militares (p. 3).

El libro consta de tres partes, que vienen precedidas por dos prólogos, uno del Rector de la Universidad de Granada y otro de Francisco Puentes Zamora, Teniente General del MADOC, así como por un preámbulo y una introducción a cargo de José Antonio González Alcantud, Catedrático de Antropología Social en la Universidad de Granada y director de la obra.

En la introducción al libro, José Antonio González Alcantud, quien defiende, “frente a todo antimilitarismo primario, tan prodigado en medios intelectuales”, la participación de las Fuerzas Armadas españolas “en procesos de paz” y la colaboración de las ciencias sociales en esas participaciones (p. XV), refiere algunos antecedentes contemporáneos del interés de los mandos militares por conocer la cultura de las poblaciones objeto de sus intervenciones, con el fin de conseguir el éxito de estas.

Recuerda la obra de Ruth Benedict El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa, que tuvo como fin comprender la cultura japonesa para facilitar la victoria de los Estados Unidos en su conflicto bélico con Japón durante la Segunda Guerra Mundial; y presta una atención especial a los trabajos del lugarteniente francés David Galula y del general también francés Hubert Lyautey. El primero, basándose en su experiencia en la guerra de Argelia y en la lucha contra las guerrillas comunistas en Grecia, diseñó una teoría de la contra-insurrección que tiene como uno de sus pilares la “penetración entre la población” (p. 8), teoría que ha ejercido una notable influencia entre los altos mandos militares estadounidenses. El segundo, que intervino en las guerras coloniales en Indochina y Argelia, comprendió que “la misión colonial” y “civilizatoria francesa” “no se podía llevar a cabo sin el concurso de un programa de contacto con la población [colonizada]”; sus teorías estaban basadas en la sociología de Gustave Le Bon, con quien Lyautey compartía “el temor a las masas” (pp. 10-11). González Alcantud recuerda también el caso de los interventores españoles en el protectorado de Marruecos, que pretendieron conocer la cultura y las prácticas cotidianas de la población marroquí con el fin de “ganarse” a esta (p. 11).

El prólogo de Francisco Puentes Zamora contiene algunos inquietantes planteamientos en los que se revela una concepción bélica del conocimiento y de la investigación social. El Teniente General del MADOC entiende el libro que prologa, al igual que la “conciencia intercultural” que se supone que este debería contribuir a promocionar entre la tropa, como instrumentos al servicio de la conquista militar, la manipulación ideológica y “la guerra entre la gente” (una gente, además, concebida como “campo de batalla”): “Hemos pasado de la guerra de la era industrial, a la guerra entre la gente, de IV generación o de la era de la información. La gente en cualquier parte es el campo de batalla y conquistar sus percepciones se nos muestra como el camino correcto para convencer y ganar su apoyo” (p. XIII). Para lograr la conquista pretendida y con ese fin, los militares habrán de apoyarse “en el método de investigación analítico experimental y científico” (p. XIV). Según el alto mando militar, la investigación llevada a cabo por los expertos en antropología social, psicología y ciencia política con quienes han contado ha permitido constatar “cómo la fricción y a veces el enfrentamiento de valores culturales puede conducir a conflictos”. Además, ha permitido a las Fuerzas Armadas españolas instaladas en Afganistán “ganar la confianza de la población, contribuyendo a que su percepción hacia nuestra presencia se positiva” (p. XIV).

Por fortuna, la finalidad que los autores del libro le han conferido a este y a la investigación en que se basa difiere bastante de la anterior concepción bélica de las ciencias sociales.

En uno de los capítulos de la obra, el director de la misma, José Antonio González Alcantud, se interroga sobre las posibilidades y potencialidades de las ciencias sociales, y en particular de la Antropología Social y Cultural, para ayudar a resolver conflictos militares. Concluye señalando que las ciencias sociales pueden contribuir a la resolución de conflictos bélicos a partir de su capacidad para asesorar sobre los asuntos relacionados con la legitimidad, la reciprocidad y la justicia; y ello sobre la asunción de “los principios humanitarios y democráticos sostenidos por las culturas occidentales” y sobre la base de la escucha de los planteamientos culturales vigentes en las sociedades no occidentales. Es a partir de esa creencia que los autores del libro asumieron la realización de la investigación que el ejército español y la OTAN les propusieron (p. 55). En su opinión, el saber antropológico producido en la universidad, si mantiene su entidad de conocimiento científico, “es capaz de contribuir a un nuevo diseño internacional del poder, bajo el dictado democrático” (p. 55).

La investigación realizada por José Antonio González Alcantud y su equipo ha revelado cómo los soldados y los mandos militares en misión en Afganistán portan visiones estereotipadas y maniqueas, construidas sobre una división irresoluble entre “nosotros” los occidentales (civilizados, modernos, demócratas, humanitarios, defensores de los derechos humanos, ciudadanos de sociedades “abiertas”) y “ellos” los afganos (incivilizados, primitivos, pertenecientes a tribus “cerradas”) (pp. 4-6). El libro tiene entre sus finalidades la de corregir esas visiones que lastran, tergiversan o impiden una mediación socio-cultural correcta y eficaz.

La mediación socio-cultural en situaciones de conflicto político-militar, estudiada a partir de las experiencias de los militares españoles en misiones de paz en países extranjeros, ha sido uno de los ejes de la investigación realizada por los/las autores/as del libro. Es por ello que la primera parte de la obra (“Cultura y civilización, entre el símbolo y la identidad”, pp. 13-76) recoge en sendos capítulos un conjunto de elementos teóricos de índole socioantropológica adaptados a la mediación socio-cultural y una serie de herramientas antropológicas prácticas para dicha mediación.

El primer texto de la primera parte (“Elementos teóricos adaptados a la mediación socio-cultural”, pp. 15-55) está centrado en la noción antropológica de cultura. Su autor, José Antonio González Alcantud, efectúa un recorrido por las principales concepciones socioantropológicas sobre la cultura, desde Edward Burnett Tylor, James Frazer y Franz Boas hasta el materialismo cultural de Marvin Harris y la antropología simbólica de Clifford Geertz, pasando por la corriente de “cultura y personalidad” (Linton, Kardiner), por Ruth Benedict (patterns culturales) y por referentes clásicos insoslayables de la disciplina como Bronislaw Malinowski, Edward Evans-Pritchard o Claude Lévi-Strauss. No se trata de una mera sucesión o yuxtaposición de autores, pues José Antonio González Alcantud tiene la habilidad de ilustrar cómo y por qué evolucionaron las concepciones antropológicas sobre la cultura, y de revelar los elementos del debate antropológico que impulsaron los cambios en la conceptuación de la cultura.

Como cabe suponer, el recorrido es necesariamente básico, pero el amplio y profundo conocimiento de la historia de la Antropología Social y Cultural que González Alcantud atesora le permite configurar una excelente síntesis en la que expone con precisión las concepciones sobre la cultura de los distintos autores y las diferentes corrientes antropológicas. Merced a sus enciclopédicos conocimientos, el recorrido por las concepciones antropológicas de la cultura que nos ofrece tiene también la virtud de incluir a autores y corrientes que se obvian con frecuencia en los recorridos de ese tipo, como Edward T. Hall o la psiquiatría cultural o etnopsiquiatría (Roger Bastide, Georges Devereux). Además, José Antonio González Alcantud trae a colación de manera muy pertinente, en relación a los temas que aborda, autores y libros poco conocidos que, sin embargo, suponen aportaciones de gran interés. Un ejemplo de esto lo tenemos cuando al hilo de su exposición de la relevancia de las emociones en la cultura cita la Semiotique des passions de A. J. Greimas y J. Fontaille. Es algo que forma parte del particular estilo del autor, quien, por fortuna, nos tiene a sus lectores acostumbrados a ese tipo de enriquecedoras revelaciones bibliográficas.

Tras el recorrido histórico por las concepciones antropológicas de la cultura, González Alcantud expone las principales dimensiones del concepto de cultura. Define y clarifica los conceptos de aculturación, transculturación, desculturación, enculturación, multiculturalidad, interculturalidad e hibridación cultural. Su exposición de esos conceptos fundamentales no puede ser sino sintética. Pero, al igual que ocurre en su recorrido histórico por las distintas concepciones de la cultura, dicha exposición no está exenta de interés, pues las caracterizaciones y explicaciones que nos ofrece de los referidos conceptos, por básicas que sean, tienen la virtud de revelarnos nuevos matices semánticos de los mismos. Además, siempre nos aporta alguna información relevante, algún dato de interés poco conocido (por ejemplo, cuando en las páginas 32-33 nos muestra cómo B. Malinowski tomó la idea de transculturalidad del etnólogo e historiador cubano Fernando Ortiz).

José Antonio González Alcantud considera que los conceptos de interculturalidad e hibridación cultural adolecen del defecto de no integrar “la idea de una ciudadanía universal” y, en línea con las propuestas de Bernard Lahire (L’Homme pluriel), defiende lo siguiente: “La identidad plural, donde se combinen las singularidades históricas y los intereses generales es el único medio de nuevo pacto social en la era de la globalización cosmopolita. No es una hibridez ni una interculturalidad. Es un ‘hombre plural’ el que está en la base de todo ello” (p. 36). A esta propuesta suma la idea, relativa al proceso y al modo de construcción y establecimiento de pertenencias e identidades culturales, de la adscripción a una cultura, de la asunción de una identidad cultural, como “un acto de voluntad”, como una asunción voluntaria, “por adopción”, de elementos, valores y pautas culturales (no ya como un hecho resultado de un proceso de socialización o enculturación previo generado a raíz del nacimiento en el seno de una determinada sociedad); la idea de una configuración de “nuevas identidades queridas volitivamente” (p. 36).

Insiste en la no homogeneidad de las culturas, pues toda cultura presenta diversidades internas. Resalta la cultura material, las matrices lingüísticas y los valores compartidos como constituyentes fundamentales de las culturas. Admite la posibilidad de discernir, “aunque sea de una manera arbitraria”, entre alta cultura y baja cultura o cultura popular (p. 38). Destaca la dimensión simbólica de la cultura (el ser humano como homo simbolicus). Refiere la importante función que la narración histórica, al vincular el presente con el pasado y proyectar un futuro acorde con esa vinculación, desempeña en la constitución de las identidades colectivas. Critica los términos y las ideas de etnia y etnicidad como poco adecuados para analizar y explicar las peculiaridades (identidades, diferencias) culturales de una sociedad. Aboga por el fomento de la actitud crítica hacia la cultura propia y de la empatía hacia otras culturas, pues esas actitudes fomentan a su vez la conciencia de la pluralidad cultural. Subraya la dimensión política de la cultura.

En el segundo texto de la primera parte (“Herramientas antropológicas prácticas para la mediación socio-cultural”, pp. 57-77), José Antonio González Alcantud comienza exponiendo, a partir de una consideración de la antropología social y cultural como una “disciplina de ingeniería cultural” en la resolución de conflictos militares (p. 55), un conjunto de conceptos socioantropológicos elementales que considera como “ideas-fuerza” que deberían tenerse en cuenta en la “ingeniería cultural para mediaciones culturales”. Explica dichos conceptos (familia, matrimonio, símbolos, religión, edad, ley, educación reglada y enculturación, alfabetización, poder coercitivo y legitimidad, liderazgo, género, honor, lealtad, interés y reciprocidad, códigos normativos y pragmáticos, valores, tiempo histórico, comunitarismo frente a individualismo, ritualidad, conflicto) de manera muy sintética, con el fin de que los militares adquieran conciencia de su complejidad. Posteriormente, expone y explica, igualmente de manera sintética, varios métodos de análisis socioantropológico (observación participante, etnología a distancia, historia oral, fotografía y cine etnológicos). El capítulo concluye con una selección de películas etnográficas brevemente comentadas.

La segunda parte (“Afganistán como caso de pluralidad cultural compleja”, pp. 79-121), compuesta por tres capítulos, está centrada en el estudio de la identidad cultural de la población afgana.

En el primer capítulo, Juan Ignacio Castién Maestro expone una serie de conclusiones sobre la identidad cultural de los afganos obtenidas a partir de entrevistas a afganos/as residentes en Madrid. Referiré varias de esas conclusiones que me parecen de especial interés.

El autor constató la marcada secularización que presentaba la población entrevistada (por ejemplo, a pesar de ser musulmanes, consumían en privado carne de cerdo y bebidas alcohólicas). Igualmente, constató la marcada identidad nacional afgana que las personas entrevistadas manifestaban por encima de su pertenencia regional y étnica.

Señala la necesidad de identificar, criticar y eliminar los falsos tópicos y los estereotipos que existen sobre Afganistán, difundidos por los medios de comunicación social. Entre esos tópicos se encuentra la caracterización de los pajtunes (el grupo étnico más importante del país) como gentes bárbaras, belicosas e indómitas.

Igualmente, señala la necesidad de prestar una atención especial a determinados aspectos de la historia de Afganistán que son obviados o poco considerados, como la función unificadora que desempeña en el país el islam sunní frente a los divisiones étnicas y tribales (pajtunes, tadjiks, uzbekos, hazâras). Función integradora que opera también en tanto que dicha religión desempeña para la población afgana una función  de diferenciación frente a los pueblos (hindúes y sij, Irán shíi, imperios cristianos ruso y británico) con los que a lo largo de su historia los afganos han mantenido conflictos bélicos.

Castién considera necesario comprender el rechazo que amplios sectores de la población afgana manifiestan hacia los procesos de modernización, por considerarlos como anti-islámicos, y comprender las actitudes reaccionarias frente a estos como una reacción defensiva de la población afgana ante la expansión imperialista de las potencias occidentales, iniciada en el siglo XIX por rusos y británicos. Esa expansión habría generado un cierre cultural de los afganos sobre sí mismos y el referido rechazo de los elementos culturales occidentales. Conscientes de la precariedad de su orden social, los afganos albergarían un gran temor a que los procesos de modernización u occidentalización pudiesen desestabilizar dicho orden y favorecer la dominación extrajera.

En el segundo capítulo, José Antonio González Alcantud presenta un conjunto de informaciones socioantropológicas sobre Afganistán, las cuales, en su opinión, contribuyen al conocimiento, la explicación y la comprensión de la situación actual del país. Se sirve para ello de los estudios de Pierre Centlivres y Michèline Centlivres-Demont (Et si on parlait de l’Afghanistan? Terrains et textes, 1964-1980), de varios estudios sobre la teoría de la segmentación en linajes, de la teoría socioantropológica sobre el clientelismo o patronazgo y de los análisis que Fredrik Barth realizó sobre los pajtunes a finales de la década de 1950 (la sociedad pajtún como patriarcal, patrilineal y basada en un sistema de castas).

Con respecto a la teoría de la segmentación en linajes, González Alcantud considera que podría aplicarse a los pajtunes, pero que no resulta válida para describir la estructuración social de otras etnias afganas, como los tadjiks. Juzga acertadas las comparaciones que David M. Hardt estableció entre los bereberes y los pajtunes (en su obra Hombres de tribu musulmanas en un mundo cambiante: bereberes de Marruecos y pajtunes de Pakistán, islam tribal y cambio socioeconómico). (Ya Evans-Pritchard, el padre de la teoría de la segmentación en linajes, extendió esta teoría, gestada originariamente en relación a los nuer del Sudán, a tribus del mundo islámico mediante su estudio etnohistórico de los sanusi de la Cirenaica libia: The Sanussi of Cyrenaica, Claredon Press, Oxford, 1954).

Al hilo de su análisis del clientelismo político en Afganistán, refiere y critica las relaciones que determinadas ONG de cooperación internacional, ante las dificultades que han encontrado para desarrollar sus actuaciones benéficas, han establecido con líderes tribales afganos, relaciones que han contribuido a reforzar el clientelismo local.

Finalmente, diseña un prontuario de “buenas maneras” que los militares deberían observar de cara a poder establecer relaciones amistosas con la población afgana, el cual está basados en una actitud de respeto hacia la cultura afgana: respeto a la religión musulmana, a las normas culinarias y a los usos del cuerpo que existen entre los afganos, y a los hombres de autoridad afganos, que deben ser respaldados cuando su liderazgo impulsa virtudes políticas, pero privados de apoyo cuando muestren comportamientos despóticos o corruptos.

El tercer capítulo de la segunda parte (pp. 117-121), a cargo de Juan Ignacio Castién, recoge varias fuentes documentales y referencias bibliográficas sobre Afganistán, en especial sobre dos fenómenos de la sociedad afgana que a los autores del libro les resultan de particular interés: la segmentación tribal y el fundamentalismo religioso (talibanes, yihad). En relación al primero, citan entre otros los importantes estudios de Ahmed Rashid (publicados en español por la editorial Península); con respecto al segundo, los estudios de David Montgomery Hardt y Fredrik Barth; y sobre la historia de Afganistán y las características de la sociedad afgana destacan de manera elogiosa las obras de Pierre y Michèline Centlivres.

La tercera parte del libro, “Trabajos de campo” (pp. 123-218), está compuesta por los análisis de entrevistas grabadas a informantes pertenecientes a distintos colectivos civiles y militares relacionados con Afganistán: miembros (inmigrantes y refugiados) de la comunidad afgana afincada en la Comunidad de Madrid, militares españoles que han participado en misiones de paz en Afganistán y en otros países (realizadas en Pontevedra, Valencia, Líbano, Granada y Almería), y militares griegos que igualmente han estado en misiones en Afganistán (estas a cargo de la antropóloga griega Lila Katsatou).

Las personas afganas residentes en la Comunidad de Madrid que han sido entrevistadas (por Juan Ignacio Castién) reconocen una identidad nacional afgana, que valoran positivamente y con la que se sienten identificas. Esta reconocimiento choca con la imagen bastante difundida de Afganistán como un país fragmentado en grupos étnicos enfrentados entre sí y carentes de una identificación nacional común. (Pierre y Michèline Centlivres, en su fundamental estudio histórico y socioantropológico sobre Afganistán, señalaron que los afganos priorizan su identidad étnica o tribal infranacional y su identidad religiosa supranacional, su pertenencia a la comunidad islámica, frente a su identidad nacional. La pertenencia nacional solo es priorizada por determinados sectores sociales intelectuales y de clase mercantil urbana.)

Los informantes afganos se quejan de la imagen estereotipada y negativa que los medios de comunicación social trasmiten de su país y de la escasa o nula información veraz que los españoles tienen de la realidad de Afganistán. Y explican la problemática situación de Afganistán apelando tanto a factores externos (injerencia colonialista de determinados Estados interesados en dominar su país dada la relevante posición geoestratégica del mismo y sus riquezas minerales) como a causas internas (rivalidades interétnicas, ambiciones de los señores de la guerra).

Frente a la imagen de Afganistán como un país bárbaro y primitivo (guerras tribales, fundamentalismo islámico, burka, talibanes…), los informantes reivindican la riqueza y los aspectos positivos de las tradiciones culturales afganas. Además, se desmarcan del islamismo radical y reivindican un “islam verdadero” alejado del movimiento talibán y sustentado en una serie de valores morales generales (no violencia, respecto a la vida…) compartidos con el cristianismo. Según Juan Ignacio Castién (p. 148), ese énfasis en determinados valores generales compartidos, esa constitución de un “islam liberal”, podría ser un modo de adaptar la religión islámica al modo de vida occidental y moderno.

Por su parte, las entrevistas realizadas a militares españoles giran en torno a las percepciones que estos tienen sobre las poblaciones locales con las que han intervenido y a las vivencias que han tenido con dichas poblaciones.

En mi opinión, los/las autores/as de los análisis de las entrevistas realizadas a militares españoles (Mercedes Vilanova, José Antonio González, Manuel Lorente y Marta Santana) podrían haber acometido un análisis más extenso y profundo de los materiales recopilados. No obstante, los comentarios que realizan contienen elementos de interés.

Las entrevistas nos aportan información sobre las motivaciones que llevan a los soldados a apuntarse como voluntarios en las misiones en el exterior, entre otras: romper con la rutina diaria que presenta el ejercicio de su profesión en España y hacer méritos para lograr ascensos y promociones.

En las entrevistas se ponen de manifiesto las actitudes de aislamiento con respecto a las poblaciones locales y las escasas relaciones con estas que mantienen los soldados españoles en misiones en el extranjero, algo generado en buena medida por el ambiente de alta peligrosidad en el que los militares desarrollan su misión y por el miedo que este ambiente les suscita.

Los informantes han constatado directamente y critican las manipulaciones políticas que se hacen de las situaciones conflictivas que padecen los países donde intervienen: “cómo los políticos y no solo los políticos, sino los elementos de poder de la zona, manipulan a la gente utilizando la religión u otros, para obtener sus objetivos políticos o económicos” (p. 170); cómo a través de sus manipulaciones los políticos han convertido relaciones vecinales amistosas de años entre personas de grupos distintos (serbios, croatas) en relaciones hostiles. Del mismo modo, han constatado y critican las falsas e interesadas ONG (“tapaderas de otras cosas”) que operan en las zonas de conflictos donde ellos han realizado o cumplen su misión (p. 184).

Señalan el conocimiento básico del idioma y de la religión de las poblaciones locales como la enseñanza fundamental que debería dárseles antes de emprender una misión en el extranjero. En su opinión, el hecho de que el ejército español lleve a cabo en Afganistán fundamentalmente labores de reconstrucción (instalación de luz eléctrica, de canalizaciones de agua), mientras que las tropas estadounidenses destacadas en ese país llevan a cabo operaciones bélicas, explica que el primero tenga una mejor acogida entre las poblaciones locales que las segundas.

En sus últimas páginas, el libro incluye tres anexos (cartografías étnicas de Afganistán; indicaciones para la realización de buenas fotografías con valor etnográfico, seguidas de  reproducciones de fotografías sobre Afganistán realizadas por militares franceses; preguntas de la encuesta del prontuario de buenas maneras), unas conclusiones generales, un glosario y una bibliografía socioantropológica elemental.

En el capítulo de conclusiones generales, los autores recuerdan uno de los presupuestos con el que han afrontado el estudio efectuado, a saber: que cualquier uso de la Antropología Social para finalidades exclusivamente militares “es éticamente inmoral y distorsiona los fundamentos mismos de la disciplina” (p. 252). A partir de este presupuesto, el libro y el proyecto de “antropología aplicada” del que es resultado tienen la virtud de recordarnos que la Antropología Social puede realizar aportaciones importantes a la resolución de problemas socio-políticos y cumplir relevantes funciones sociales más allá de las aulas universitarias y de la academia.

 


Gazeta de Antropología