Gazeta de Antropología, Sin categoría · http://hdl.handle.net/10481/63745 Versión HTML
Recibido 1 junio 2020    |    Aceptado 26 junio 2020    |    Publicado 2020-06
El paisaje cultural de los Montes de Pas. Cuando la piedra es la memoria del tiempo
The cultural landscape of the Montes de Pas. When the stone is the memory of time





RESUMEN
Desde que en el año 2003 se instituyera la denominada Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, a instancias de la UNESCO, esta vía ha sido ampliamente transitadas por los Estados integrantes de la organización para salvaguardar aquellos bienes culturales más desprotegidos, especialmente cuando podían producir importantes réditos económicos. Sin embargo, los complejos procedimientos establecidos para llevar a cabo las declaraciones, tanto por la UNESCO como por los propios Estados, no siempre garantizan la eficacia de los resultados. La decisión adoptada por la organización en 2018 en relación con las técnicas de la de la piedra seca constituye un significativo ejemplo. El objetivo del presente artículo es mostrar, a título de ejemplo entre otros posibles, la relevancia que adquieren las técnicas constructivas de la piedra seca en un singular paisaje cultural, localizado en la Comunidad Autónoma de Cantabria, la cual, sin embargo, no se halla entre las que obtuvieron el reconocimiento de la UNESCO en aquella ocasión.

ABSTRACT
Since the establishment of the Representative List of the Intangible Cultural Heritage of Humanity in 2003, at the request of UNESCO, this route has been widely travelled by the organisation's member states to safeguard the most vulnerable cultural assets, especially when these could produce significant economic returns. However, the complex procedures established to carry out the declarations, both by UNESCO and by the States themselves, do not always guarantee the effectiveness of the results. The decision taken by the organisation in 2018 regarding dry stone techniques is a significant example. The aim of this article is to show, by way of example among others, the importance of dry stone building techniques in a unique cultural landscape, located in the Autonomous Community of Cantabria, which, however, is not among those that obtained recognition from UNESCO on that occasion.

PALABRAS CLAVE
Lista Representativa del PCI | piedra seca | paisajes culturales | paisajes rurales | salvaguardia del PCI
KEYWORDS
Representative List ICH | dry stone | cultural landscapes | rural landscapes | safeguarding ICH


1. Introducción

Siguiendo el procedimiento establecido en la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, celebrada a instancias de la UNESCO en 2003, el Comité Intergubernamental instituido al efecto, en su reunión correspondiente al año 2018, tomó el acuerdo de incluir los llamados conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La candidatura conjunta, suscrita por Croacia, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Eslovenia, España y Suiza, optaba por la cooperación internacional para lograr su objetivo. Paradójicamente, en la candidatura no estaban presentes otros países europeos en los cuales la construcción a canto seco tiene una extraordinaria importancia, empezando por Portugal, en la propia Península Ibérica. Más aún, tampoco había sido impulsada la candidatura por todas las Comunidades Autónomas españolas, a pesar de la importancia que poseen en todas ellas las técnicas constructivas relativas al uso de la piedra seca, sino que se limitaba a nueve de las mismas: Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Cataluña, Extremadura, Galicia y Valencia. Significa esto que estamos ante un fenómeno común de patrimonialización cultural que pone en cuestión la representatividad, la cual cede en aras del procedimiento jurídico empleado. Es importante señalar que, en última instancia, la competencia de elevar a la UNESCO las propuestas para la inclusión de los bienes culturales en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad le corresponde exclusivamente a la Administración General del Estado, de acuerdo con el mandato del artículo 11 de la Ley 10/2015 de 26 de mayo, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que atiende al precepto contenido en el artículo 149.1 de la Constitución Española.

El objetivo del presente artículo es examinar las técnicas constructivas de la piedra seca en el espacio geográfico de la Montaña Cantábrica central, correspondiente a los Montes de Pas y su entorno, que, en su conjunto forman los denominados valles pasiegos. De este modo, se pretende mostrar que más allá de las regiones autónomas del Estado español que suscribieron la candidatura para la inclusión del arte de la piedra seca en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, existen otras, con análoga riqueza en este conjunto de técnicas, que muy bien pudieran haber engrosado la citada nómina. Dicho de otra manera, la pregunta de investigación sería la siguiente: ¿existen otras regiones, en el ámbito del Estado español, con espacios geográficos o culturales en los que la relevancia del uso de técnicas seculares de piedra seca sea comparable a la de las regiones españolas ya incluidas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO? En el presente texto se realiza, en primer lugar, un aproximación somera acerca de la emergencia y la cristalización de un sistema de explotación de los recursos ganaderos, como es el propio de los Montes de Pas y de su entorno, que acabó fecundando un paisaje cultural de acusada personalidad, para pasar seguidamente a realizar un breve análisis de las técnicas que han hecho posible la configuración de un enorme paisaje de cercas de piedra seca, que permita realizar una reflexión final sobre el futuro de este paisaje.

 

2. Los valles pasiegos: la construcción de un paisaje cultural

En el transcurso de los últimos siglos, los Montes de Pas han cobijado formas de vida, íntimamente unidas al aprovechamiento de los recursos ganaderos, cuya característica ha sido la de su particular idiosincrasia (Ortega 1974, 1975 y 1987). Los pasiegos de los Montes de Pas tienen el mérito de ser los colonizadores de un sector de la Cordillera Cantábrica, y tienen en su haber un largo recorrido histórico, primero como pastores que explotan periódicamente los recursos y, a partir del siglo XVI, como ganaderos permanentes. Con la denominación de Montes de Pas se alude a un espacio geográfico e histórico constituido en torno los pasos que comunican el norte burgalés con los valles altos de los ríos Miera, Pas y Pisueña, en el sur de Cantabria. En consecuencia, no es el río Pas el que da nombre al territorio, sino que son los citados pasos los que proporcionan un nombre a este espacio, en el cual se incluye el río que recibe este mismo nombre. Será en el siglo XVI cuando las poblaciones de pastores que realizan los aprovechamientos ganaderos periódicos se establezcan con carácter permanente, como se evidencia en el hecho de la erección de iglesias y parroquias en esta parte de la Montaña Cantábrica. Entre los siglos XVI y XVIII se gestará, progresivamente, un modo de vida, alrededor de la ganadería extensiva, asentado sobre la especialización bovina, aunque sin renunciar estos ganaderos al rebaño heteróclito.

Mapa: Localización de los Montes de Pas y los valles pasiegos.

El despegue de la ganadería pasiega se halla asociado al pasto de la brena, esto es, la hierba fresca de las alturas que se produce en las brenizas o branizas comunales (véase Penny 1969), especialmente en los meses estivales y otoñales, donde, además, los ganaderos disponen de cabañas de brena y de seles o refugios para el ganado. El aprovechamiento que realizan las familias, a título particular, de los espacios comunales revela el cuarteamiento que se está produciendo de estos últimos, que anuncia una nueva concepción de la explotación ganadera. Tanto es así, que en los siglos XVI y XVII se deben producir los primeros cerramientos en espacios comunales, al principio de manera accidental y, paulatinamente, de manera decidida. En lugares concretos de los Montes de Pas se levantan cabañas, en espacios previamente cerrados, y estos serían los casos de Estallo, Brenacabrera, Rellano, Alar y San Pedro del Romeral (fig. 1) en los que ha creído verse la emergencia de una explotación de los recursos muy similar a la desempeñada por los pasiegos a partir del siglo XVIII con carácter general (García Alonso 1997: 35-52). Por esta época, como seguirá sucediendo todavía durante algún tiempo, los pasiegos realizan una trashumancia estacional, de modo que mientras el verano transcurre en las tierras altas, de la vertiente norte o de la vertiente sur de los puertos cantábricos, cuando llega el invierno se trasladan a las tierras bajas de Trasmiera, cercanas a la costa. Se trataba de un característico régimen de estivage, muy similar al practicado en las áreas alpinas, pirenaicas y cantábricas.

Así como en los siglos XVI y XVII la ganadería, siendo predominantemente extensiva, acoge manifestaciones que sugieren la emergencia paulatina de la intensificación de los aprovechamientos, en el siglo XVIII la ganadería ha avanzado desatadamente hacia un régimen intensivo que encierra la cristalización de un sistema nuevo y distinto, al cual, a partir de entonces, se le puede denominar pasiego. Los prados cerrados, sobre los que se yerguen cabañas de dos plantas, destinadas a la convivencia de los ganaderos con sus animales, son un hecho ya por entonces. Da la impresión de que toda la familia ganadera trasiega con sus animales, en una suerte de nomadismo que difiere, sustancialmente, de la trashumancia que había sido propia de los Montes de Pas hasta entonces. La intensificación ganadera da lugar a que las cabañas se vean recrecidas en su estructura, mediante la creación de anexos desconocidos hasta entonces y con los cuales se está tratando de hacer frente a las necesidades de los nuevos usos económicos.

Fig. 1. San Pedro del Romeral. Característica organización del espacio en los Montes de Pas.

El triunfo de la explotación del ganado vacuno se llevó a cabo mientras se producía una intensa colonización de los montes pasiegos, que finalmente quedaron reducidos a un continuum de aprovechamientos pratenses, en el contexto de un asalto generalizado a unos comunales ya afectados por una deforestación histórica. En estas condiciones, la vieja práctica de la ganadería extensiva, que había tenido tanta importancia hasta entonces en los valles pasiegos de la Cordillera Cantábrica, se vio reducida a la mínima expresión, pero no desapareció, como ni siquiera lo ha hecho por entero en el presente. Ahora bien, mientras que el ganado vacuno se convirtió en el centro y en la clave del sistema, el ganado caprino y el ovino pasaron a jugar un papel adjetivo, pero no insignificante, debido a la importancia que adquiere entre los pasiegos la búsqueda de una optimización de los aprovechamientos, la cual es lograda mediante el rebaño heteróclito.

De este modo, los valles pasiegos se fueron convirtiendo progresivamente en un paisaje singular, desconocido anteriormente, presidido por la belleza cromática de los tonos verdes de sus prados. Sin embargo, para lograrlo hubieron de cargar con el pecado de haberse convertido en eficaces deforestadores de una cubierta boscosa que hasta el siglo XVIII, fue de una riqueza extraordinaria. Aunque es cierto que estas montañas, especialmente en el sector del río Miera, fueron las grandes abastecedoras de madera, desde el siglo XVI, para el Real Astillero de Guarnizo ubicado en la bahía de Santander, y, asimismo, entre 1622 y 1835, con destino a los altos hornos de Liérganes y La Cavada (Alcalá-Zamora y Queipo de Llano 1974), los pasiegos llevaron a cabo, con toda la tenacidad a su alcance, la tarea de eliminación de todo rastro vegetal, con el fin de que el prado fuera la auténtica divisa de la vida pasiega. Eran prados ganados al bosque a golpe de azadón, lejos de lo que hoy se estima como un valor ecológico, pero teniendo en cuenta lo mucho que cambian los valores inherentes al paisaje en el transcurso del tiempo (Antrop 2005). Y cada prado, perimetralmente cercado con pared de piedra seca, siempre albergando una cabaña, se iba a convertir en la expresión viva de una manera sorprendente de entender la ganadería. Antes de que se inicie el siglo XIX, la ganadería intensiva, fundamentalmente vacuna, practicada sobre grandes pendientes, lejos de los cánones habituales en este tipo de ganadería, reinaba con todo su esplendor sobre los valles pasiegos.

Para que este paisaje se hiciera realidad, la cerca, como expresión certera de la ganadería intensiva, debió propagarse por los valles pasiegos, gracias a una estrategia consistente en un incesante asalto a los montes comunales, que, de esta manera, fueron privatizados, al tiempo que cada una de estas cercas albergaría en su interior la correspondiente cabaña. El prado, la cerca y la cabaña se constituirán poco a poco en la trinidad característica del paisaje pasiego, la cual se presenta bajo el signo de una unidad inconfundible (fig. 2), hasta el extremo de convertirse no solo en la expresión manifiesta del modo de vida de los pasiegos sino, también, en uno de los elementos de su identidad.

Fig. 2. Cabañal en el puerto de las Estacas de Trueba.

La esencia del sistema pasiego de explotación de los recursos agrarios reside en que cada ganadero dispone de un cierto número de prados, que se hallan distribuidos por las laderas de los valles, desde el fondo hasta las cumbres, y por tanto a distintos niveles, abarcando espacios ecológicos variados, a fin de lograr la mayor eficacia productiva, a través de los cuales se va desplazando la familia ganadera a lo largo del año. El paisaje de los valles pasiegos nos muestra una constante continuidad de prados, cada uno de los cuales, de forma irregular, se halla rodeado por un muro perimetral de mampostería tosca, levantado sin argamasa alguna, de una altura que es cambiante aunque por regla general esta se halla en torno al metro. El prado cerrado, de una extensión variable, viene a ser algo así como la esencia de un sistema ganadero profundamente intensivo, puesto que cada uno de estos cierros, que es el nombre con el que se denominan estos cerramientos en los Montes de Pas y su área de influencia, entraña un pequeño universo ganadero (Terán 1947). El cierro viene a ser la metonimia del prado, puesto que la parte, esto es, el cerramiento, realizado en un espacio originariamente comunal, designa al todo, esto es, al propio cerramiento y al prado que se encuentra en su interior.

Cada traslado, o muda, implica la complejidad derivada de la puesta en movimiento de personas, animales, enseres y cuantos bienes resulten indispensables para el común desenvolvimiento de la familia. Cuando, en su periplo, han alcanzado la cabaña que se encuentra en el nivel más alto, inician el descenso que supone un nuevo recorrido por todos los prados que dejaron atrás, que concluirá con el retorno a la cabaña vividora al final de la otoñada. La estrategia económica que caracteriza a los valles pasiegos y su área de influencia se define, en suma, por la intensidad de los aprovechamientos en una topografía accidentada y compleja.

En consecuencia, cada cambio de lumbre (expresión habitual para denominar a la muda) supone el traslado íntegro de la familia entera de una cabaña a otra, a través de una densa red de caminos locales de herradura, que ellos denominan camberas, en una suerte de nomadismo. A pesar de que resulta frecuente que estos movimientos de los pasiegos se clasifiquen como trashumancia, o también como trasterminancia, los mismos se hallan mucho más cerca del nomadismo. Ciertamente, pudieran confundirse con la trasterminancia, debido a que se trata de movimientos de corta distancia, dentro de un valle, pero la nota distintiva reside en que el traslado, en el caso de los pasiegos, alcanza a la totalidad del grupo familiar. La trashumancia, con sus variantes, como sucede con la trasterminancia, implica el hecho de que una parte de los miembros del grupo, generalmente la parte mayor, permanece en las bajuras de los valles, ocupada en la dedicación a la agricultura, al tiempo que los ganados constituyen la ocupación de alguno de los miembros de la familia, directamente o a través de un encargo a persona o personas ajenas, como son los pastores profesionales, mientras se realiza el aprovechamiento de los pastos de las alturas en los meses de primavera y de verano. Sin embargo, en el caso pasiego, la totalidad del grupo se desplaza en cada una de las mudas que tiene lugar a lo largo del ciclo anual, en ocasiones realizando estancias que pueden ser mensuales.

Fig. 3. Paisaje de cabañas y cercas en el puerto de la Braguía.

No obstante, hay épocas del año, como es la del verano, en las que es posible que la muda no afecte a la totalidad del grupo doméstico, porque este se dispersa para atender la recogida del heno que alcanza la sazón simultáneamente en varias de las cabañas. Mas este cambio de estrategia estival es oportunista y muy limitado en el tiempo, y, por lo tanto, no niega la estrategia realmente general y dominante, que es la caracterizada por el permanente nomadismo de los pasiegos. Solo en contadas ocasiones los pasiegos llegan a practicar una auténtica trashumancia, sencillamente porque la agricultura la han abandonado casi por completo y, en consecuencia, no es necesario que una parte del grupo permanezca en las bajuras para dedicarse a este menester. En consecuencia, es evidente que la estrategia pasiega responde a la aplicación de lo que los ecólogos han venido denominado como forrajeo óptimo. Estos ganaderos de los valles del Pas explotan la hierba de los prados que circundan las cabañas hasta agotarla (fig. 3), mientras permanecen con los ganados en estas últimas, evitando los desplazamientos. Una vez optimizado el beneficio del recurso, se trasladan a la siguiente cabaña, y así sucesivamente. En este sentido, obtienen el mejor resultado posible de la explotación centrándose en el recurso más seguro, que es el de la hierba que alimenta sus ganados, frente a otros recursos de rendimiento aleatorio que desechan en principio. Asimismo, conceden primacía a la especie, la vacuna, que les procura el máximo rendimiento, tratando de obtener el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo (Pyke y otros 1976).

Por su parte, el éxito de la estrategia de los ganaderos de los valles pasiegos de Cantabria se hubo de producir a partir de ganados muy bien adaptados. La especialización ganadera se simultaneó con otra especialización que fue la de la producción lechera, tal como se ha adelantado, aunque de forma nada semejante a los modos de explotación adoptados en el siglo XIX por los ganaderos de las tierras costeras. Antes de la introducción en Cantabria de las razas de ganado bovino foráneo, en este último siglo, en los valles pasiegos se hallaba impuesta una raza autóctona, denominada precisamente pasiega, cuyas reses eran de pequeño tamaño, con cabeza de cornamenta fina, con la piel rojiza y capaces de producir leche, en cantidad moderada, de buena calidad. Al revés de lo que sucedió en otras partes de la Montaña Cantábrica, en los valles pasiegos el cambio ganadero se inició muy temprano, orientándose desde el principio a la intensificación de la producción lechera.

Efectivamente, en los años sesenta del siglo XIX se introducen en Cantabria los primeros ejemplares pardo-alpinos, que muy pronto penetran en los valles pasiegos. La gran capacidad lechera de estas reses permitiría a los pasiegos asimilar inmediatamente este préstamo cultural, para el cual el medio no comportaba limitación alguna. La estabulación y los cuidados a que se hallaban sometidas las vacas suizas, tal como las denominaban los ganaderos, aseguraban un período de lactación en buenas condiciones, con unos rendimientos lecheros óptimos, de más de tres mil litros anuales, que empezaron a suponer el paulatino desplazamiento de la vieja pasiega. A pesar de que tanto la raza local como la exógena eran reses de montaña, la segunda ofrecía unos resultados incomparablemente superiores, lo cual hizo que los valles pasiegos se poblaran muy rápidamente de las reses pardo-alpinas.

Sin embargo, esta sustitución parcial motivada por la incorporación de las reses suizas a la cabaña pasiega se vería muy pronto interrumpida. A comienzos de los años setenta del siglo XIX, apenas una década después de la llegada de la raza pardo-alpina, tiene lugar la introducción en Cantabria de la raza frisona, Holstein, la misma que en la actualidad cubre casi por entero el territorio regional, debido al enorme éxito que alcanzó de forma inmediata. Los valles pasiegos, que habían iniciado la gradual sustitución de su ganado autóctono por las reses suizas, acometieron enseguida el nuevo cambio que suponía la incorporación de la raza frisona, pasando a ser beneficiarios madrugadores de su aptitud lechera. Tal aptitud se manifiesta en el hecho de que se multiplique por cuatro o cinco la producción de las vacas pasiegas. La neta orientación bovina de la ganadería de estos valles impulsó una modernización que, además, abrió la senda de una nueva especialización lechera, que constituye la prueba insoslayable del espíritu innovador de los ganaderos pasiegos.

Fig. 4. Característico paisaje pasiego en el Puerto del Escudo.

El progreso en la introducción de ganados que poseían cada vez mejor aptitud lechera, que culmina con la llegada a las tierras pasiegas de la raza frisona, provoca un crecimiento rápido y casi desbocado de la cabaña bovina, y empuja a los ganaderos, sedientos de prados con los que alimentar a un número de cabezas cada vez mayor, a progresar en esa colonización insaciable del territorio que supuso la desbocada creación de cierros y cabañas (fig. 4). Entre las repercusiones de esta colonización se halla el aumento del número de mudas, que pasa en un breve intervalo de tiempo de ser discreto a ser notable, debido a que desde finales del siglo XIX las cabañas pasiegas, encerradas antes, durante gran parte del año, en los fondos de los valles y en las laderas medias y bajas, se distribuyen ahora desde el fondo hasta la cima de los valles. Más aún, el sistema pasiego, claramente desbordado en la primera mitad del siglo XIX, terminó por extenderse sobre zonas importantes de los valles próximos, hasta llegar a la comarca costera de Cantabria.

Caracterizado así el uso del territorio, la nota más distintiva del paisaje pasiego es la ultradispersión del hábitat (véase Rivas 1991). Las construcciones se reparten generando un efecto de atomización sobre el territorio, y no dando lugar, más que excepcionalmente, a asociaciones de viviendas. Solo la iglesia y alguna de estas agrupaciones denotan vagamente el núcleo del lugar. Son las cabeceras municipales, las llamadas villas, y sobre todo las cabeceras comarcales, las que acogen las áreas de servicios, de forma que las mismas se convierten en auténticos centros que atraen toda la actividad económica que se produce en su entorno. Estas villas de los Montes de Pas (Vega de Pas, San Pedro del Romeral y San Roque de Riomiera), son también espacios de la moderada sociabilidad pasiega, en los que se producen los encuentros esporádicos de los lugareños. En este caso, los pasiegos designan a la villa, como cabecera municipal, con el nombre de la plaza, producto de una nueva metonimia, que les permite designar a la parte, que en este caso es el epicentro del lugar, por el todo que es el conjunto de la villa, sin duda debido al extraordinario papel que cumplen estos espacios nucleares del territorio en las características relaciones socioeconómicas de los lugareños.

 

3. Los valles de piedra

Los valles pasiegos constituyen un magno paisaje compuesto por prados cercados y cabañas. Curiosamente, y contra lo que pudiera pensarse, no estamos ante un paisaje antiguo, sino que la configuración actual del mismo es el resultado de una economía ganadera que emerge lentamente en el siglo XVI y que cristaliza en el siglo XVIII. Desde este punto de vista, no es exagerado decir que es un paisaje moderno, aparte de extraordinariamente singular. Mucho antes de que, en el siglo XVIII, en el Reino Unido, las cercas se convirtieran en la expresión de una nueva concepción de la economía agraria, estas cercas eran parte inequívoca de los valles pasiegos del sur de Cantabria y del norte burgalés. Esto es ya muy evidente desde el siglo XVII, cuando las cercas constituyen la expresión más evidente del desmoronamiento de los bienes comunales y de la decidida emergencia, en su lugar, de la privatización de los mismos. No se trata de un fenómenos aislado y localizable en un momento temporal concreto, porque el apoderamiento de los comunales y la construcción de cercas fueron una constante en los últimos siglos, que aún perduró en la primera mitad del siglo XX. A salvo de este persistente asalto, únicamente quedaron algunas áreas de pasto, verdaderas reservas colectivas, de uso temporal, sometidas al control de la comunidad, y las umbrías, incompatibles con los aprovechamientos ganaderos, donde siguió localizándose, de manera invariable, el bosque caducifolio, cuyo papel en la economía local ha sido tradicionalmente muy relevante. En suma, los espacios comunales fueron reducidos a la mínima expresión, en la misma medida en la que se produjo la expansión de la propiedad privada.

 

3.1. Cercas amuradas para un paisaje rural

Dado que la frecuencia con la que se realizaron estos cierros fue, todavía, muy intensa en el primer tercio del siglo XX, y que aún continuaron realizándose cerramientos en toda la primera mitad del siglo pasado, conocemos el procedimiento más habitual para realizarlos. Tras localizar el lugareño un espacio, cuyo requisito fundamental era que no hubiera constancia de que contaba con propietario conocido, se procedía a la realización del acotamiento, de manera que se evidenciara que había comenzado el apoderamiento de lo que era percibido como una especie de terra nullius. Después de realizar esta operación, la familia interesada procedía a deforestar el espacio, y, posteriormente, a rozarlo y a despedregarlo, sirviéndose para realizar estas operaciones de herramientas, tales como azadones, rozones, picos, palas, mazos, guadañas y otros por el estilo. Eran quehaceres que se realizaban a veces durante años, aprovechando los recesos del trabajo. A medida que fue pasando el tiempo, el asalto a los espacios comunales se llevó a cabo en condiciones cada vez más difíciles, generalmente debido a la presión demográfica. Fue necesario realizar un esfuerzo cada vez mayor para acondicionar unos espacios progresivamente más intrincados, para los cuales eran necesario construir, además, unas infraestructuras mínimas que permitieran el acceso de las personas y del ganado.

Fig. 5. Detalle de una cerca en Pandillo (Vega de Pas).

Por supuesto que el cierre de un espacio no era otra cosa que una roturación arbitraria, de modo que no convertía en titular de la propiedad a quien había practicado el cerramiento, sino en usuario que ostentaba la posesión. Solo corriendo el tiempo, y aprovechando el reconocimiento legal que se hizo de estas roturaciones arbitrarias por parte del Estado, podía producirse algo similar a una atribución de la propiedad. En este sentido, resulta sorprendente que fueran acotados los espacios ganados a los comunales en los valles pasiegos, entre una altitud que se halla entre los 300 metros sobre el nivel del mar, aproximadamente, y otra altitud que se halla en torno a los 1.000 metros, y, ocasionalmente, por encima de esta cota, en un área de montaña, acusadamente escarpada, con pronunciadas pendientes que, con mucha frecuencia, superan el 50 por ciento.

El despedregado de las áreas roturadas daba lugar a una acumulación importante de piedras, que durante la roza se apilaban en determinados lugares del prado. Algunos de estos montones, ocasionalmente, han permanecido en el transcurso del tiempo, generalmente porque se trataba de áreas tan pedregosas que provocaron un exceso de materiales. En la mayor parte de las áreas roturadas, la piedra resultante de la operación era destinada a la construcción del muro perimetral (fig. 5), que, además de permitir el aprovechamiento de un material abundante, consumaba la ocupación del espacio. Este muro era, antes que nada, una especie de reivindicación privativa de la familia ganadera, es decir, un derecho a usar ese espacio, a la vez que una comunicación a la comunidad de la modificación que se producía en el uso del espacio, que, de este modo, y a partir de ese momento, quedaba particularizado. Por tanto, la cerca venía a simbolizar el derecho al uso exclusivo del espacio amurado, lo cual explica la importancia que se le concedía, y el hecho de que cada uno de los prados cerrados fuera dotado de la cerca pétrea.

Fig. 6. Cerca de cantos rodados en San Pedro del Romeral.

La realización del muro, por tosca que fuese la mampostería, como era el caso de la mayor parte de los construidos, suponía una tarea importante, que se alargaba durante meses. Son muros, bien conservados aún en el presente, levantados con piedra seca del entorno, y con la mayor economía de medios posible, tratando de optimizar los recursos (fig. 6). Los quehaceres que afectaban al levantamiento de cercas y al de cabañas se llevaban a cabo frecuentemente en los meses invernales y en algunos de los de comienzos de la primavera, cuando las labores agrarias eran todavía livianas. La realización de la cerca no precisaba de conocimientos especializados, por lo que era habitual que participaran los miembros disponibles de la familia. Eran conocimientos de transmisión oral, que habían corrido a través de las generaciones precedentes, con lo cual se cumple con uno de los requisitos exigibles para que podamos considerar la dimensión cultural e inmaterial de este patrimonio. La parte más compleja era la relativa a la cimentación, que conllevaba la realización de una pequeña zanja, la justa para que las piedras que conformaban la base quedaran asentadas veinte o veinticinco centímetros por debajo del nivel del suelo. Era, justamente, el sitio que ocupaban las piedras más grandes, y, a menudo, las únicas que recibían una pequeña labra, con la ayuda de cinceles y martillos, con objeto de que el asentamiento sobre el terreno fuera óptima. Lo más habitual era realizar el muro de dos hojas, tendiendo al estrechamiento a medida que ganaba en altura. Cada pequeño tramo se colocaban trabas o tizones que ataban las dos caras del muro, a fin de que este último adquiriera la necesaria consistencia.

Fig. 7. Cabañas y cercas en Pandillo (Vega de Pas).

Existe una marcada diferencia entre los muros construidos con piedra calcárea y los levantados con piedra arenisca. Los primeros están compuestos por una mampostería tosca, de una gran irregularidad, que es lo que sucede en una parte de Vega de Pas. Por el contrario, donde domina la piedra arenisca, y San Pedro del Romeral (fig. 7) constituye una excelente muestra, la mampostería es de una mayor calidad, generalmente careada. También en las áreas de piedra arenisca no es raro que se construya calzando las piedras de mayor tamaño mediante ripios, obteniendo como resultado una mampostería enripiada, con un llamativo efecto estético (fig. 8). En cualquier caso, las piedras de mayor tamaño se reservaban tanto para la cimentación como para las esquinas, las cuales están sujetas a grandes presiones, tanto mayores cuando se trata de esquinas en pendiente.

Fig. 8. Muro enripiado en San Pedro del Romeral.

Precisamente, debido a las pendientes que deben salvar las cercas, los pasiegos han aprendido a construir sus muros de piedra seca con una gran pericia. Aunque los muros que levantan miden con mucha frecuencia en torno al metro de altura, tal como se ha dicho, la altura de los mismos puede ser mucho mayor por causa de la pendiente, a la cual se asocia una erosión mayor de los suelos y frecuentes desprendimientos. Este hecho hace que, junto a la función de delimitación que tiene la cerca de piedra seca, posea otra que en los valles pasiegos alcanza una gran trascendencia, y es la de constituir un muro de contención. De ahí que en las partes bajas de los prados se descubran muros de gran anchura, extraordinariamente reforzados, que, además, suelen alcanzar una considerablemente altura, debido que la tierra arrastrada por las lluvias se concentra en estas partes ejerciendo una fuerte presión. También es la razón de que los muros, en vez de ser verticales, se construyan con una acusada inclinación hacia el interior. De este modo se explica que estos muros se rehagan con mayor frecuencia.

Todos los muros de las cercas, armados con piedra seca, dejan visibles intersticios, y ello no solo debido a la tosquedad de los materiales utilizados, sino también al interés que guía la permeabilidad en su ejecución. Ello es más notorio en los muros de contención, en los cuales interesa que el agua que resbala por las pendientes puedan fluir con facilidad. En estos últimos es muy frecuente que se emplee mampostería ciclópea, que además de realizar una labor de retención de la tierra efectúa otra de filtración. Pero en todas las cercas, en mayor o en menor medida, es notoria la evitación de la estanqueidad. Tanto es así, que en las cercas de piedra no solo no se emplea argamasa, por razones obvias, sino que tampoco se emplea la tierra, debido al riesgo de que esta última evite el filtrado del agua y provoque el derrumbe.

En algunas áreas de los valles pasiegos es muy común que en la construcción de la pared seca se empleen cantos rodados, con tanta mayor frecuencia cuando pueden extraerse del lecho de los ríos y arroyos cercanos. Estos cantos rodados se combinan asiduamente con piedra arenisca o con piedra caliza. Es en las partes bajas de los valles donde más habitual es el uso de cantos rodados, que llegan a ser el único material empleado en la construcción de los muros perimetrales. Así sucede, por ejemplo, en Candolías (Vega de Pas), y en Ríoluengos (San Pedro del Romeral) (fig. 9), así como en Entrambasmestas (Luena), que se hallan en el curso del río Pas. Las cercas levantadas con cantos rodados adquieren en todos estos lugares una gran vistosidad, a pesar de que, básicamente, se emplean técnicas de apilado que anteponen la función a cualquier otra preocupación.

Fig. 9. Paisaje de cercas en Rioluengos (San Pedro del Romeral).

Los artífices de estos muros han formado parte de distintas generaciones de lugareños, dedicados a tiempo parcial a estos menesteres, como aún sucede en la actualidad, aunque cada vez más raramente. En la división del trabajo al uso, han sido los hombres, fundamentalmente, los que se han dedicado al amurado. La mejor garantía de la construcción venía dada por la combinación de hombres jóvenes que actuaban con mayor dinamismo, y hombres mayores que estaban en posesión de la experiencia. Solo ocasionalmente estas técnicas se han profesionalizado, dando lugar a una cantería especializada, llevada a cabo por artesanos a tiempo total. Así sucede en el valle de Toranzo, debido, entre otras causas, a la gran acumulación de cantos rodados que se produce en esta parte del curso del río. Naturalmente, al no poder ser transportado el caudal sólido por el agua, este se queda en el curso alto del río, mientras que los materiales menos pesados son transportados al curso bajo, donde quedan depositados. Localmente, a estos guijarros se le da el nombre de cudones. En estos lugares, en los que los cantos rodados o cudones eran muy abundantes, los lugareños acudían con las parejas de bueyes o de vacas para extraer del río los materiales que precisaban con destino a la construcción, convirtiéndose los cudones en elementos fundamentales de las cercas, de las cabañas, de las casas y de las edificaciones complementarias.

A propósito de los cudones, el repertorio de herramientas es similar al que se emplea con calizas y areniscas, si bien, como en los otros casos, la labra solo alcanza a la cimentación. Los cantos rodados, salvo excepciones, no se trabajan. Y la técnica constructiva también es análoga, es decir, una cimentación de grandes piedras colocadas a tizón, y dos caras que se levantan simultáneamente, siempre tendiendo al estrechamiento, y dejando los cantos rodados más pequeños para la parte superior. En Villasevil de Toranzo, en Santiurde de Toranzo, y en otros lugares donde los cudones son muy abundantes, pero de pequeño tamaño, se sigue la técnica de levantamiento de muros de dos caras, simplemente recurriendo a las piedras grandes y planas para realizar la cimentación (véase San José 1999). La cara única es poco frecuente. En el caso de las areniscas y las calizas, como he indicado, es también usual levantar los muros de dos caras. Sin embargo, cuando se trata de piedras calizas ciclópeas, de vez en cuando, se ven muros levantados con una sola cara, puesto que el gran peso de las piedras proporciona la seguridad de que no serán removidas por el viento. No obstante, en Cantabria existen paisajes de cercas realizadas con cantos rodados de gran tamaño que, en ocasiones, pueden ser también de una sola cara, como sucede con los paisajes rurales del valle del río Saja, lo cual es poco frecuente en los valles pasiegos. Sea como fuere, y salvo que se trate de muros de contención, la altura de las cercas se halla también en torno al metro de altura, por cuanto proporciona la seguridad de que, incluso, cuando se realizan mediante el simple apilamiento, cuentan con la suficiente solidez. La forma caprichosa de los cudones impide que estos muros de canto seco ofrezcan resistencia al agua y al viento, facilitando, por el contrario, la permeabilidad y la plasticidad de las construcciones (fig. 10).

Fig. 10. Muro de cantos rodados en Villasevil de Toranzo.

Por lo demás, en estas cercas de cantos rodados se sigue el mismo procedimiento que en las calizas y en las calcáreas, esto es, las piedras de las hileras superiores tapan las juntas de las hileras inferiores, a modo de tapajuntas. Los lugareños denominan a esta técnica con el nombre de mata-juntas. Y cuando son de dos caras, el uso de las trabas en cada tramo es imprescindible para conferir firmeza a la cerca. Si la construcción se realiza con cierto esmero, aun tratándose de canto seco, es habitual colocar machones, a veces algo más altos que el muro, en las portillas de acceso, de tipo pilar, es decir, cuadrangulares, o de tipo columna, esto es, de planta redondeada. En los muros de piedra seca estos machones han sido labrados rudimentariamente. Sin embargo, en Toranzo, en el valle medio del Pas, estas técnicas carentes de especialización conviven, o han convivido, con las realizaciones esmeradas de canteros diestros en el uso de cantos rodados, dedicados al levantamiento de todo tipo de construcciones, pero no ya de piedra en seco, sino de mampostería de cudones con argamasa. En todo caso, es obvio que se trata de técnicas tradicionales que han adquirido un alto grado de especialización en el transcurso del tiempo.

La piedra calcárea, la piedra arenisca y los cantos rodados, lejos de ser incompatibles, conviven, muy a menudo en las cercas, como cabría esperar de paisajes tradicionales que han combinado la funcionalidad con la economía y, siempre que era posible, con el efecto estético. En el caso que nos ocupa, el resultado final del paisaje de cercas de los valles pasiegos es de una sorprendente belleza. Los materiales extraídos del medio han sido utilizados y reutilizados a lo largo de la historia incesantemente, para crear un paisaje cultural de cercas que alcanzan una longitud de cientos de kilómetros. A pesar de la relativa modernidad de este paisaje, de orígenes tardomedievales, la configuración del mismo no habría sido posible sin la intervención de unos conocimientos que no han sido patrimonio de nadie en particular, sino propiamente colectivos, cuya nota distintiva ha sido la pericia para lograr la articulación del medio natural y del medio cultural.

 

3.2. Cabañas de piedra seca y otras construcciones

Sin embargo, estos pasiegos, colonizadores de los Montes de Pas y espacios aledaños, hicieron de la cabaña el epicentro de su mundo (véase García Lomas 1960). El prado y la cerca resultaron muy pronto inseparables de la cabaña. Las inscripciones de algunos dinteles revelan que en el siglo XVI se estaba colonizando el espacio de los Montes de Pas mediante la construcción de cercas y de cabañas de piedra seca. Son de esta época, precisamente, las cabañas más antiguas que se conservan, y en ellas están presentes la mayor parte de los cánones que van a caracterizar la existencia de estas construcciones. Es muy posible que el antecedente de estas cabañas naciera de la necesidad de los pasiegos de aprovechar la hierba fresca de las brenizas que se hallaban en las alturas, bajo los altos puertos. Estas brenizas eran pastizales susceptibles de aprovechamiento por el ganado en determinados momentos del año, en los que debieron construirse también los primeros cabaños (García Alonso 1997: 56-57), que es la denominación local de las cabañas de un solo suelo, es decir, de aquellas que no poseen la planta superior para la habitación de la familia ganadera. Estamos refiriéndonos en todos los casos a construcciones a canto seco, como se evidencia en los restos conservados.

Cuando se generalice el sistema de cerramientos, estos se acompañan del levantamiento sistemático de cabañas, en las cuales late, desde muy pronto, el estilo que caracteriza en el presente a las cabañas pasiegas. Las cabañas de finales del siglo XVII y del XVIII poseen una planta rectangular, con muros levantados con la técnica de canto seco, mediante una mampostería muy irregular, y con una cubierta a dos aguas que, por regla general, es de lajas de piedra, es decir, de lastras, de acuerdo con la terminología local. Son cabañas en las que la fachada se halla en uno de los lados cortos del rectángulo de la planta, justamente en el hastial, bajo el caballete de la cubierta de dos vertientes. La cabaña pasiega de los siglos XVII y XVIII constituye la materialización de una estrategia extraordinariamente apta para el despliegue de una ganadería que se está intensificando sin parar, y que cristalizará en el mismo siglo XVIII, para continuar su andadura hasta llegar al presente. En el siglo XVIII se habían introducido algunas pequeñas novedades en la morfología de las cabañas, como las colgadizas o pequeños cobertizos adosados a uno de los lados largos de la cabaña, techados con voladizos de una vertiente (García Alonso 1997). El ganado permanece durante gran parte del año estabulado, mientras la familia ganadera aprovecha hasta la última yerba del prado, gracias al uso de la guadaña. Este ganado estabulado produce el estiércol que fertiliza los prados y optimiza la producción de la hierba. Las cabañas, de dos plantas, acogen al ganado en su planta inferior, y a la familia ganadera y al pajar o payo en la planta superior. Todo ello constituye la imagen paradigmática de esa sorprendente ganadería intensiva de altitudes medias y bajas de los valles pasiegos.

Fig. 11. Muro de carga con piedra seca en Rucabao (Vega de Pas).

Prendidas en el paisaje pasiego, aún existe un buen número de cabañas levantadas en el siglo XVIII, construidas a canto seco. Son cabañas con muros de doble paramento, de alrededor de setenta centímetros de anchura, en los que se descubren las trabajas o piedras pasaderas cada poca distancia. El espacio que resultaba entre paramentos se rellenaba con cascajo a medida que se progresaba en el levantamiento de la cabaña. Son técnicas constructivas que han sobrevivido en un paisaje rural como el que nos ocupa, reproduciéndose en el tiempo. Todas las cabañas están construidas mediante sucesivas hiladas sujetas al criterio de que cada piedra debe superponerse sobre la junta de la hilada inferior, mediante el procedimiento de mata-junta. Las cabañas que se levantaron en los siglos XIX y XX siguieron idénticas pautas constructivas (fig. 11). En todas ellas las piedras de mayor tamaño se reservaban para la cimentación, los esquinales y los vanos. Siempre presentan planta rectangular, con fachada, en el lado corto, orientada al Sur o al Este, y dos plantas. Aunque en el siglo XIX es muy frecuente el uso de argamasa local de barro, o de barro y cal, no es raro que algunos de los muros se construyan con piedra seca. Ni siquiera ha sido raro el hecho en el siglo XX. Por supuesto, en los casos de aparejos de piedra caliza (fig. 12), los cantos son de mayor tamaño que en el caso de las areniscas. Y, como sucedía en las cercas, los cantos rodados son empleados con una gran frecuencia cuando las construcciones se levantan cerca del curso de los ríos, aprovechando la cercanía de la materia prima.

Fig. 12. Cabañas pasiegas en el puerto de las Estacas de Trueba, en la cota de los 1.000 metros.

En los últimos siglos, los afloramientos de piedra existentes en los valles pasiegos han sido suficientes para abastecer la construcción de miles de cabañas. Estos afloramientos, conocidos como garmas por los lugareños, eran abundantes, lo cual explica que fueran relativamente cercanos al lugar de construcción. El trabajo de acarreo de la piedra, en casos extremos, era realizado, por carreteros profesionales hasta entrado el siglo XX, que, aprovechando la débil infraestructura local, realizaban el transporte siguiendo los caminos de rueda existentes. Sin embargo, fuera de las vías que comunicaban localidades, en los Montes de Pas el carro no ha sido un instrumento de transporte al uso, lo cual hacía que las piedras hubieran de ser transportadas, desde la orilla de los caminos de rueda, mediante animales de acarreo, o valiéndose de instrumentos de arrastre, como las corzas, o, incluso mediante el porteo humano, por medio de ballartes (especie de parihuelas), y otros medios por el estilo. En el paisaje local, el camino de herradura destinado al tránsito individual de personas y animales, es decir, la cambera, ha constituido tradicionalmente la vía de comunicación por excelencia.

Fig. 13. Detalle de un arquetípico tejado de lastras,
en Yera (Vega de Pas).

Mientras que la mampostería que se precisaba para la construcción de la cabaña procedía de afloramientos cercanos, la piedra de sillería que se precisaba para los esquinales y los vanos procedía de canteras locales, situadas, a veces, a una importante distancia que era necesario salvar. El esfuerzo realizado para disponer de la piedra necesaria para la construcción de una cabaña, sin embargo, no concluía con el levantamiento de los muros, frecuentemente, como se ha explicado, a canto seco. Aún faltaba la cubierta, que en el canon local, ha sido mayoritariamente pétrea. Las cabañas pasiegas poseen tejados de lastras (fig. 13), es decir, de lajas de piedra, que eran extraídas en pequeñas lastreras locales, que eran más escasas aún que las de la piedra de sillería, y, en ocasiones más distantes. De estas últimas procedían no solo las lastras de las cubiertas sino también los enormes lastrones de los rellanos de las escaleras de patín, de grandes dimensiones, que alcanzan frecuentemente los 2 o 2,5 metros cuadrados, y aún mayores magnitudes. Las lastras de la cubierta exigían un potente sistema de pares o cabrios y de ripias, para apoyar las primeras. Después se procedía a la colocación de las lastras, empezando por el alar, esto es por la fila bajera, sobre la que montaba la fila superior. Así se producía un juego en el que las tercias (filas de lastras en las cuales el borde grueso es el superior) y de medias superpuestas a las anteriores, en las cuales la parte ancha es la parte inferior de la lastra, y siempre siguiendo el procedimiento de tapajuntar la inferior con la superior. La parte más delicada era, quizá, la colocación del cumbre del tejado, compuesto por una fila de lastras que remontaba las filas superiores de las dos vertientes del tejado.

Fig. 14. Cabaña de piedra seca en Rioluengos
(San Pedro del Romeral).

En los últimos dos siglos no se han producido cambios notables en la morfología de las cabañas pasiegas, como tampoco se han producido en el tamaño de las mismas. Desde mediados del siglo XVIII se impuso una cabaña, muy extendida por la Vega de Pas, San Pedro del Romeral y San Roque de Riómiera, especialmente, de entre 10 y 11 metros por 6,5 o 7 metros de planta. Al tratarse de cabañas construidas en pendiente, la cabaña se halla, por lo regular, recostada en el terreno, de modo que el acceso a la planta alta se realiza mediante un sencillo patín exterior (fig. 14), tal y como se aprecia mayoritariamente en el presente, que conduce a un rellano, después de salvar unos pocos escalones. De hecho, esta liviandad en el acceso encierra una economía de medios, y una búsqueda de la funcionalidad. A veces, el rellano del acceso da lugar a una pequeña balconada, que terminó por hacerse común en las cabañas vividoras levantadas desde el siglo XIX. Esta cabaña que estamos denominando canónica no es propia de las cabeceras de los ríos pasiegos, donde estas construcciones son bastante más pequeñas, ni tampoco de la vertiente Sur de la Cordillera, donde la cabaña espinosiega (de Espinosa de los Monteros y su área de influencia) es de dimensiones más reducidas (García Alonso 1999). La cabaña decimonónica recoge tan solo pequeñas modificaciones funcionales y estéticas con respecto a la propia del siglo XVIII, entre las cuales estarán la introducción, a pequeña escala, de la cubierta de teja árabe, sustituyendo a la tradicional de lastras.

Fig. 15. Cabaña vividora en Candolias (Vega de Pas).

En el transcurso del siglo XIX, en los fondos de los valles, se produce una proliferación de cabañas denominadas vividoras (fig. 15), es decir, de cabañas mucho más confortables, con chimenea y solana, en las cuales la familia ganadera deja transcurrir la invernada. Algunas de estas vividoras adquieren rasgos semiurbanos. El sistema ganadero pasiego, basado en una compleja explotación intensiva de un espacio de montaña, definido por el trasiego constante de la familia ganadera, acabó desparramándose en sucesivas fases sobre los valles anexos a los Montes de Pas, sobre una superficie que podemos estimar en seiscientos kilómetros cuadrados, aproximadamente, conformando el paisaje que caracteriza actualmente, en distintos grados, a la comarca de los valles pasiegos. El crecimiento demográfico que estaban experimentando los valles pasiegos debió actuar como impulsor. Pero, al mismo tiempo, la progresiva imposición del modo de vida propio de los ganaderos pasiegos dio lugar a una extraordinaria colonización del espacio. Cada familia pasiega acabaría por disponer, al menos, de ocho o diez cabañas, que le permitirían llevar a cabo una rotación permanente.

Fig. 16. Cabaña en Guzparras (Vega de Pas).

Las numerosas cabañas levantadas a canto seco, o con morteros de barro, o de barro con cal, presentan una singular fidelidad a los cánones constructivos, tanto en lo referente a la ubicación, como a la estructura, a la morfología y al tamaño (fig. 16). Esta fidelidad alcanza a los pequeños detalles, los cuales, por cierto, poseían a veces una fuerte significación identitaria. Un ejemplo puede ser el uso de la piedra posadera a un lado de las puertas, esto es, de una piedra plana y prominente que, tradicionalmente, ha hecho las veces de lugar donde se apoyaban productos, como la leche o el queso, que precisaban una temperatura fresca. Muchas de estas pautas se integraron con tanta fuerza en la arquitectura local que trascendieron la misma, por desborde, generando un estilo arquitectónico que reproduce muchos de los cánones de la cabaña pasiega. Así sucede con las características arquetípicas casas de patín del valle de Soba, que reproducen muchos de los rasgos de la vecina cabaña paniega.

Fig. 17. Cuvío en el puerto de las Estacas de Trueba.

La construcción a piedra seca no solo la hallamos en la generalidad de las cercas amuradas que recorren el paisaje, y en un alto número de cabañas, sino también en numerosas construcciones auxiliares que motean el paisaje rural pasiego. Este es el caso de los bodegos o pequeños almacenes que se hallan adosados a la casa, o en las proximidades a la misma. También es el caso de los cabaños o construcciones destinadas, exclusivamente, a dar cobijo al ganado, y a los cuales me he referido. Y, asimismo, de unas construcciones, que reciben el nombre de cuvíos. Los cuvíos (fig. 17) son construcciones, generalmente de piedra seca, con cubierta de dos aguas, o de simple aproximación de hiladas, que ponen una nota más de singularidad en el paisaje cultura pasiego. Ubicados en lugares frescos y húmedos, a veces aprovechando los manantiales existentes, en los mismos se depositaban los productos, como la leche o la nata, que precisaban las oportunas condiciones de conservación.

 

4. Un paisaje histórico en espera

Después de lo dicho hasta aquí, es evidente que estamos ante un paisaje que nació a expensas de unas motivaciones que han declinado progresivamente en el transcurso del tiempo hasta desvanecerse. Es un paisaje, que, a pesar de su relativa modernidad, puede clasificarse como tradicional (véase Antrop 2005: 21-34), porque su lenta emergencia a partir del siglo XVI, y, en consecuencia, no estuvo motivado por la industrialización. En estas condiciones, cabe que nos preguntemos por el futuro de un paisaje, casi periclitado, como el que hemos examinado en este artículo. Y la pregunta, además de ser pertinente, es trascendente, porque, en realidad, el caso no es muy diferente del de muchos otros espacios culturales, en los cuales los muros de piedra seca cumplieron a la perfección durante largo tiempo con las funciones que les fueron asignadas, entre las cuales se hallaba una tan imprescindible como la del desarrollo sostenible del territorio. El levantamiento de estos muros en los paisajes agrarios contribuye a paliar los efectos de la erosión y a la conservación la biodiversidad, y en el caso que nos ocupa vino motivada por la práctica de una ganadería de alta y media montaña que está en vías de desaparecer. La reciente reflexión realizada por R. Grove et al. (2020) sobre el interés que posee la conservación de estos paisajes, tomando como referencia en su artículo los de Galicia y Cornualles, es de una gran utilidad. Sin embargo, no debemos olvidar el hecho de que todos los paisajes han cambiado mucho a lo largo de la historia, debido a que la relación entre la naturaleza y los seres humanos se ha ido transformado (véase Lindholm y Ekblom 2019) de acuerdo con las necesidades de cada época. Precisamente, esta es una de las razones más poderosas que encierra un paisaje cultural, reductible al hecho de que guarda en sus entrañas una memoria privilegiada de su pasado natural y cultural.

Al poco tiempo de superar el ecuador del siglo XX, este paisaje cultural pasiego empezó a mostrar signos inequívocos de agotamiento, que no hicieron más que agrandarse a partir de entonces. El viejo paisaje evidenciaba el enorme sacrificio realizado durante sucesivas generaciones por los pasiegos, con unos resultados, ciertamente, sorprendentes. En un medio inmisericorde habían introducido grandes innovaciones, con vistas a la conquista de una ganadería intensiva desconocida por entonces. Los cercados, la construcción de cabañas, el nomadismo familiar, la introducción de razas de ganado exógenas, la permanente implementación de la eugenesia ganadera, y otras innovaciones, habían servido para llevar a cabo una progresión exitosa. Sin embargo, todo ello había sido posible con un desmedido esfuerzo, gracias al cual habían obtenido unos resultados que, siendo muy apreciables en un medio tan abrupto, no dejaban de ser modestos en términos generales (Gómez-Pellón 2003 y 2013). Tanto es así que, a lo largo del siglo XIX y del XX, la emigración de quienes trataban de hallar una vida mejor que la que les había tocado en suerte originariamente llegó a ser preocupante para el mantenimiento del sistema, muy necesitado de brazos que permitieran alcanzar niveles aceptables de subsistencia.

El paisaje pasiego fue construido, especialmente entre los siglos XVIII y XX, a partir de su lenta transformación previa, con un ímprobo e incesante número de unidades de trabajo invertidas. La optimización de los recursos ganaderos supuso la renuncia progresiva a la agricultura, hasta el extremo de relegar el cultivo de los cereales. En un medio tan hostil, hubieron de prescindir de la posibilidad del uso de la rueda. Los medios de transporte no fueron, por lo general, ni siquiera en el siglo XX, rodados, sino de arrastre, de acarreo y de porteo, puesto que estos eran los únicos que podían usarse para superar las grandes pendientes de sus valles. A mayores, los pasiegos hubieron de darle alas a la individualidad y desechar, o al menos atenuar, formas de sociabilidad que son de curso común en cualquier sociedad, como la vecindad (Tax 1976 y 1979, Gómez Pellón 2005a y 2013). Su constante migración familiar les impedía establecer las relaciones que son habituales en todas partes. Difícilmente podremos encontrar un paisaje con un grado de dispersión, o mejor de ultradispersión, mayor (fig. 18). Frecuentemente, cuando una familia realizaba el cambio de lumbre y se establecía en una cabaña, debía enfrentarse al hecho de que las cabañas más cercanas estuviesen sin ocupar en ese momento, acaso porque los usuarios de las mismas habían realizado la explotación de los recursos con anterioridad o, tal vez, porque lo harían con posterioridad. El patrimonio familiar, compuesto frecuentemente por ocho o diez cabañas con sus respectivas fincas, era plenamente compatible con una pobreza material de medios difícil de hallar en otras sociedades campesinas europeas. Cabañas sin separación de dependencias en el espacio humano, y en las que el único retrete era el establo, han sido habituales en pleno siglo XX. Incluso, cabañas sin puertas ni ventanas, en las que la familia ganadera dejaba transcurrir el mes que mediaba entre muda y muda.

Fig. 18. Paisaje ultradisperso de cabañas pasiegas
en el Portillo de Lunada.

Sin embargo, todo ese paisaje fue construido durante varios siglos pensando en la explotación de la ganadería, fundamentalmente vacuna, aunque complementariamente cupieran otras especies. Ese aprovechamiento de los recursos ganaderos, en un medio tan fragoso y áspero, generó un paisaje de cercas de piedra seca y cabañas pétreas que terminaron por difundirse sobre varios cientos de kilómetros cuadrados, casi siempre de reducido tamaño y siempre dispuestas para la vivencia compartida de la familia ganadera y sus animales. Por decirlo de alguna manera, el paisaje de los valles pasiegos fue puesto íntegramente al servicio de la explotación ganadera, y solo de esa manera. Pero ¿cómo se puede conservar este paisaje rural tan singular cuando el sistema ha entrado en un declive imparable? En el pasado, cada familia ganadera realizaba el mantenimiento de sus cabañas destinadas a la actividad ganadera. Pero, en la actualidad, las mudas están al borde de la desaparición, entre otras cosas porque se trata de una forma de vida incompatible con los niveles de bienestar y de dignidad alcanzados por la generalidad de la sociedad. La propia instrucción escolar de los pequeños no podría satisfacerse en el contexto de una vida nómada y errante como la que se está describiendo. Es evidente que no es una tarea fácil pensar en el pasado de un paisaje con los valores del presente, pero es mucho más compleja la de reflexionar acerca del futuro de un paisaje pretérito, y, por tanto, con valores que aún no han sido creados. Sin embargo, existen numerosas experiencias que ponen de manifiesto la conveniencia de proteger los paisajes rurales (véase Scott y otros 2018), solo por el hecho de lo que pueden representar en términos de desarrollo.

Los síntomas del declive no son muy distintos de los de otros paisajes rurales de montaña, los cuales, con mucha frecuencia, se hallan en una difícil encrucijada (véase Delgado 2003). Así, la despoblación es alarmante, el envejecimiento de la población es muy acusado, y el desequilibrio demográfico es notorio, al tratarse de poblaciones con elevadas tasas de masculinidad y de celibato. Estas apreciaciones son muy evidentes en las áreas medias y altas de los valles pasiegos, puesto que, en el fondo de los valles, y sobre todo en las localidades mejor comunicadas, una vida cada vez más urbanizada ha provocado cambios sociales muy visibles y, por supuesto, muy alejados de los tradicionales. Estas últimas áreas han acogido residentes nuevos, a veces con ocupaciones urbanas, que han provocado la ficción de la recuperación del número de habitantes de los valles pasiegos, en su conjunto. Sin embargo, se trata de una población ajena a la práctica de la ganadería pasiega, y a lo que han sido los usos de su vida cotidiana, que sirvieron para crear un paisaje y para mantenerlo. El retroceso de la densidad de población, los crecimientos vegetativos negativos que se está produciendo en los valles medios y altos, y la merma continua del número de explotaciones, con la consiguiente pérdida de la actividad agraria, constituyen la mejor evidencia del problema que afecta al área pasiega más tradicional.

Fig. 19. Vacas de explotación cárnica en el puerto
de las Estacas de Trueba.

En las últimas décadas, en los estertores del sistema, se ha tratado de encontrar soluciones que permitan la conservación de este paisaje, destinándolo a otros usos diferentes de los que se llevaron a cabo en el pasado. En general, en los valles pasiegos se aprecia el leve progreso de la actividad terciaria, en correspondencia con la demanda urbana, la cual se evidencia en el establecimiento de segundas residencias y en el crecimiento de los usos turísticos, mientras que las actividades secundarias son de un efecto mucho más reducido. Por otro lado, la ganadería sigue teniendo todavía una importancia manifiesta en el conjunto de la actividad económica, aunque la práctica de la ganadería tradicional se halla en situación cada vez más declinante. La dedicación a la ganadería intensiva mediante el sistema de mudas se ha reducido sin parar, dejando paso a una ganadería progresivamente más extensiva, con una intensa reducción de la estabulación. El aprovechamiento de los prados es mucho más pascícola que pratense, de modo que el abonado tradicional que cerraba la estancia en cada cabaña está en trance de desaparecer. Las razas exógenas, de vocación cárnica, son cada vez más habituales pastando en los prados pasiegos (fig. 19). La dificultad insuperable para mantener el sistema ganadero tradicional constituye el indicativo de que pudiéramos hallarnos ante una crisis irreversible que se está haciendo manifiesta en el paisaje (fig. 20). Pero ¿sería posible proteger y conservar el paisaje pasiego de cercas y de cabañas si faltara la actividad agraria que lo hizo posible?

Fig. 20. Cambios en la fisonomía de una casa tradicional y en su entorno (La Pedrosa, San Roque de Riomiera).

Estamos ante un paisaje de más de diez mil cabañas y muchas más cercas, en parte en desuso, y en otros muchos casos yaciendo en el más absoluto de los olvidos. Gran parte de las cabañas existentes carecen de unas infraestructuras mínimas, acordes con los estándares de la vida moderna, tales como los accesos para el transporte rodado, el abastecimiento de agua y el suministro de corriente eléctrica. A mayores, el área presenta deficiencias notables en la recepción de la señal de televisión, de la del teléfono móvil y en la conexión a Internet. Precisamente, la ausencia de estos estándares hace inviable la vida de los lugareños dedicados a la actividad tradicional. Los problemas de accesibilidad y de conectividad tienen causa en el hecho de tratarse de un paisaje con enormes dificultades para el cambio. Es un paisaje de rasgos radicales, producto de soluciones extremas, entre las cuales se hallan la adopción de un poblamiento que solo podemos calificar como ultradisperso, en el que los intereses comunales fueron reducidos a la mínima expresión, en aras de un apoderamiento individualizado de la tierra. Así, el paisaje no fue la consecuencia del sometimiento a unos intereses colectivos, sino de la mera coincidencia de los intereses privativos, de modo que la ferocidad cotidiana fue atenuada mediante acuerdos de mínimos.

Fig. 21. Transformación de una cabaña pasiega en Vega de Pas (puerto de la Braguía).

Considerando los valores etnográficos asociados a este paisaje, y teniendo en cuenta la peculiaridad y la sensibilidad del paisaje cultural pasiego, el Gobierno regional llevó a cabo, mediante el Decreto 39/2014, una regulación de los usos turísticos en las cabañas pasiegas, de manera separada de la general de la Comunidad. Se persigue, mediante el citado instrumento normativo, el seguimiento de la actividad empresarial ligada al alojamiento turístico en las denominadas cabañas pasiegas, haciendo compatible la explotación de estas con sus valores tradicionales, en un momento en el que se está produciendo una rauda transformación de este paisaje cultural (fig. 21 y fig. 22). De esta manera, dos grupos de emprendimiento local han puesto en explotación un número de cabañas que, por el momento, es reducido, mediante técnicas empresariales que, básicamente, consisten en el alquiler temporal. Asimismo, al menos uno de estos grupos realiza labores de intermediación y asesoramiento en la rehabilitación de cabañas para usos residenciales, susceptibles de crear alternativas viables a la actividad agraria.

Fig. 22. Evolución de una cabaña vividora en San Pedro del Romeral.

Una norma como la señalada trata de realizar una labor de protección del patrimonio cultural que pudiéramos llamar puntual. Por de pronto, es importante saber que la protección debe recaer sobre el paisaje de cercas, en el cual la piedra es un elemento definitorio. A una escala superior, una protección general de gran interés para los valles pasiegos podría ser su declaración como reserva de la biosfera por parte de la UNESCO. Se trata de una propuesta impulsada por la Asociación para la Promoción y el Desarrollo de los Valles Pasiegos, que cuenta con un gran apoyo institucional. Una declaración como esta formaría parte del Programa Man and Biosphere (MaB) de la UNESCO. Si bien la declaración va dirigida al medio natural, y concretamente a la conservación de la biodiversidad, también contempla el apoyo a la educación y a la investigación científica, así como la atención al desarrollo sostenible, situando en primer plano los problemas derivados de la interacción del ser humano con el medio. El establecimiento de estas reservas de la biosfera corresponde a los respectivos Estados, de modo que la función de la UNESCO es de mero reconocimiento. Más todavía, ni siquiera, estas declaraciones, implican un régimen jurídico especial. Las declaraciones no conllevan restricciones, sino que han sido concebidas como una especie de certificado de calidad ambiental. Sin embargo, hasta el presente no se ha logrado el impulso unánime de las instituciones que actúan en el territorio, lo cual es una condición indispensable para alcanzar una declaración de una reserva de la biosfera que se añadiría a las 42 existentes en España.

En este sentido, cerca de la cuarta parte de las reservas de la biosfera existentes en Europa se hallan en España, como buena prueba del interés existente nuestro país en el reconocimiento de sus paisajes, a los que se asocian notables valores naturales y culturales. Pero no solo por razones de conservación de los paisajes, sino también debido a la búsqueda desesperada de soluciones satisfactorias para los problemas inherentes a muchos de nuestros paisajes, en ocasiones periclitados, como es el caso que nos ocupa. Ese certificado de calidad ambiental que se acaba de referir, y esto es lo realmente importante, puede tener repercusiones muy favorables en materia de desarrollo y de empleo. Al no tratarse de declaraciones comparables con las de las reservas naturales y con los parques naturales, no implican limitaciones para las actividades económicas y para la cotidianidad de las personas, sino una gradación en los usos (zonas-núcleo, zonas tampón y zonas de transición), lo cual abona la compatibilidad del reconocimiento de estos espacios como reservas de la biosfera con los usos relativos al turismo y a la segunda residencia.

Por tanto, una declaración como reserva de la biosfera no constituye la garantía inequívoca de la conservación de un paisaje cultural de carácter agrario. Los paisajes, sujetos a los efectos antrópicos, cambian por servidumbre al tiempo. En el caso de los valles pasiegos, estamos ante lo que he preferido denominar en este breve ensayo como un paisaje histórico en espera, dispuesto a acoger usos distintos a los precedentes, como ya hizo en otros momentos del pasado. Es obvio que la mejor solución sería aquélla que permitiera la conservación del patrimonio cultural, sin menoscabo del patrimonio natural, haciéndola compatible con la acomodación a usos como los turísticos o los de segunda residencia, que, ciertamente, por definición, resultan problemáticos en términos generales (véase Gómez-Pellón 2004 y 2005b), tanto por su marcada estacionalidad como por la diversidad que conllevan. Esta problematicidad reside en que las potenciales soluciones provocan, a menudo, una pérdida de diversidad, pero, por si fuera poco, también introducen rupturas en términos de coherencia e identidad. Más aún, si estamos ante un paisaje histórico especialmente sensible al cambio, es debido, en buena medida, a que encierra un fuerte carácter identitario, que define una manera de entender la relación entre la naturaleza y el ser humano, pero cuya sustancia trasciende los valles pasiegos, puesto que esta identidad de los pasiegos, en el caso de Cantabria, constituye una reserva de la propia identidad regional.

 

5. Conclusión

El caso de los Montes de Pas y de su entorno constituye el ejemplo meridiano de la importancia que adquieren en una región española, que en este caso es la de Cantabria, los conocimientos y las técnicas del arte de construir muros en piedra seca. En otras comarcas de esta misma región existen otros ejemplos, asimismo significativos, en los que los citados conocimientos constituyen la clave que nos permite entender la fisonomía de los diferentes paisajes rurales, al igual que sucede en otras regiones de la Península Ibérica. Se trata de conocimientos y de técnicas tan generalizados que difícilmente sería posible introducir un deslinde de carácter regional. Sin embargo, contradictoriamente, la inscripción en la Lista representativa del Patrimonio de la Humanidad de los llamados conocimientos y técnicas del arte de construir muros en piedra seca, acordada en el seno de la UNESCO en 2018 a solicitud de un grupo de Estados, entre los que se hallaba el español, en aras de la competencia que tienen atribuida los Estados para realizar peticiones ante el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. De ello se deduce que estamos ante un procedimiento de patrimonialización que pone en cuestión el criterio fundamental de la representatividad.

¿Por qué es tan importante la salvaguardia de un paisaje cultural como el que nos ha ocupado en el artículo? En el presente texto se evidencia que se trata de un paisaje muy afectado por los procesos de despoblamiento, de envejecimiento de la población y de desequilibrio demográfico, pero que también porque se trata de un espacio agrario que se halla incurso en un proceso de decadencia de la actividad ganadera, que no solo era el auténtico soporte de la economía local sino también de este paisaje cultural. En esta situación de declive generalizado, la apertura de este espacio a demandas de origen urbano presenta un interés evidente, aunque también entraña riesgos que deben ser tenidos en cuenta. Por de pronto, la cadena de transmisión de los conocimientos comunitarios, en relación con el tema que nos ha ocupado en este texto, se ha roto por dos razones fundamentales. En primer lugar, porque el trabajo con la piedra seca ha dejado de ser una prioridad, debido a que las familias ganaderas prefieren invertir el tiempo en actividades que reporten beneficios inmediatos, y que permitan la capitalización de sus explotaciones, antes que actividades magras. En segundo lugar, porque este elenco de conocimientos adjetivos ha sido relegado en las últimas décadas, hasta el extremo de que ya no se reciben en la cadena de la transmisión oral. En esta situación, parece inviable que las explotaciones, inmersas en una crisis generalizada de la actividad ganadera, detrajeran una parte de su beneficio para dejar estos quehaceres en manos de operarios asalariados. Finalmente, aunque así fuera, los conocimientos y el arte de construir mediante la piedra seca ya no estarían residenciados en la comunidad, y en los conocimientos atesorados por la misma, sino en un quehacer especializado y profesional.

Como se ha explicado en el artículo, se están dando pasos tendentes a la protección de este paisaje secular, concediéndole especial prioridad a las formas de salvaguardia y de protección reconocidas en las instancias internacionales. Sin embargo, cualquiera de las mismas, incluida la solicitud para su inclusión en la Lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, y la solicitud para su declaración como Reserva de la Biosfera, choca con un problema fundamental, cual es la de la desaparición paulatina de las causas que dieron lugar, históricamente, a la emergencia de este paisaje. Así como durante largo tiempo los ganaderos pasiegos actuaron movidos por los intereses idénticos o análogos, propios de su mundo y de una comunidad con un alto grado de homogeneidad, en el futuro, los nuevos usuarios del paisaje, es muy posible que actúen impulsados por motivaciones no coincidentes, de manera que los intereses generales sean rápidamente sustituidos por los particulares de cada uno de los residentes. 


 

Nota

Todas las fotografías han sido realizadas por el autor del artículo, Eloy Gómez Pellón.


 

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Gazeta de Antropología