Gazeta de Antropología, 2012, 28 (2), recensión 02 · http://hdl.handle.net/10481/21961 Versión HTML  ·  Versión PDF
Publicado 2012-10
Roberto Augusto:
El nacionalismo, ¡vaya timo!
Pamplona, Editorial Laetoli, 2012

Pedro Francés Gómez


RESUMEN
Recensión del libro de Roberto Augusto: El nacionalismo, ¡vaya timo! Pamplona, Editorial Laetoli, 2012 (133 páginas).

ABSTRACT
Book review of Roberto Augusto: El nacionalismo, ¡vaya timo! Pamplona, Editorial Laetoli, 2012 (133 pg.).

PALABRAS CLAVE
nacionalismo, etnicismo, ideología política
KEYWORDS
nationalism, ethnicism, political ideology

Se dice que el oficio de los filósofos es descubrir una y otra vez el Mediterráneo.  Algo de ello hay en esta enésima reflexión filosófica sobre el nacionalismo. Casi nada nuevo bajo el sol. La información básica sobre el fenómeno no es nueva: el nacionalismo es un modelo de pensamiento que nace en el siglo XIX; es lógicamente incoherente; está basado en sustancializar o sacralizar un ente inventado, la nación, a partir de sucesos y hechos contingentes y heterogéneos (cuestiones históricas, geográficas, culturales, lingüísticas, religiosas, políticas, etc.); su origen se sitúa en la filosofía idealista del romanticismo alemán. La caracterización de la ideología no es nueva tampoco: el nacionalismo se basa, primero, en la identificación de la nación con algún elemento pretendidamente objetivo, según la conveniencia del grupo nacionalista relevante (puede elegirse la historia, el territorio, la cultura, el idioma, la religión, la voluntad común de constituirse en pueblo, o varias de estas descripciones, o alguna otra); y, segundo, en la alegación de un derecho a la autodeterminación de los pueblos que incluye la opción por la secesión (o unión, anexión, o lo que se pretenda) unilateral de las naciones y la consiguiente creación de Estados nacionales independientes. Y finalmente el diagnóstico tampoco es en extremo original: el nacionalismo es quizá la ideología política que mayores males ha traído a la humanidad (aunque en esto hay una dura competencia); está basada en una serie de engaños o manipulaciones, que incluyen siempre un memorial de agravios pasados y presentes; y, sobre todo, en los tiempos multinacionales y globales que corren, el nacionalismo es una ideología que tenderá a la decadencia –el subtítulo del libro es “La decadencia de una ideología”. Esta última opinión es controvertida. Pero desde luego no es nada sorprendente. Cualquiera que no esté atrapado por el pensamiento nacionalista, ha de encontrar plausible, y desde luego deseable, la idea.

La originalidad no es la virtud principal de este ensayo. Pero un ensayo divulgativo, quizá no aspira a ella. El objetivo de la colección “¡Vaya timo!”, de la editorial Laetoli –dirigida por el astrofísico Javier Armentia– es fomentar el pensamiento crítico y desmontar creencias mágicas, supersticiosas y sin fundamento científico. No es una colección del interés, por tanto, de quien crea que el discurso científico es eso, un discurso más, a la par con los mitos y religiones, el vudú, las diversas artes adivinatorias, las medicinas alternativas, la parapsicología o el psicoanálisis. Para los demás (una minoría, me temo), los datos y los argumentos racionales deberían tener peso, con independencia de que sean novedosos o reiterados. En este caso, los datos y argumentos que aporta Roberto Augusto, aunque no sean completos ni perfectos, refuerzan la advertencia sobre la naturaleza supersticiosa, interesada y falaz de esta ideología política.

Roberto Augusto realiza su tarea crítica de un modo mejorable: el argumento resulta un tanto entrecortado, porque introduce dos temas –la política lingüística en Cataluña, y una discusión contra el nacionalismo español de Gustavo Bueno– que distraen de la línea argumental principal, si bien permiten situar el compás ideológico del autor. Por otro lado, el libro es de profundidad variable. Se presenta como un análisis conceptual, filosófico, de la ideología nacionalista, pero en realidad contiene elementos histórico-jurídicos, posee una clara intención política, exhibe con frecuencia un estilo periodístico, y emplea recursos panfletarios, como reducir el nacionalismo a un decálogo de mentiras. Quizá la variedad forma parte de cierto estilo ensayístico. En todo caso, sospecho que puede resultar irritante tanto para el no especialista como para el conocedor. El primero puede sentirse abrumado por consideraciones conceptuales y ontológicas, como cuando Augusto afirma que el “concepto nacionalista de nación” es insostenible y, por tanto, que “la opción más higiénica desde un punto de vista ontológico sería renunciar totalmente a esta idea…” (p. 20). El segundo podría juzgar superfluo, o superficial, la inclusión de meras opiniones pegadas a sucesos o debates coyunturales, como ha escrito, por ejemplo, Fernando Savater (El País, 8 de mayo de 2012) en referencia a la crítica de Augusto hacia Gustavo Bueno.

Con todo, la disposición del ensayo es, en general, eficaz. El capítulo primero se centra en criticar “el concepto nacionalista de nación (CNN)”. Esto del “CNN” es una creación ingeniosa porque, naturalmente, la “nación” no se puede definir. Es un concepto que se escapa entre las manos. Es casi imposible encontrar un elemento objetivo, o conjunto de ellos, capaz de definir sin ambigüedad, y de modo general, “la nación”. Por eso, lo único que cabe aclarar es qué entienden los nacionalistas por “nación”. Y, con cierta ironía, Roberto Augusto concluye que “una ‘nación’ es lo que los nacionalistas creen que es una ‘nación’. El CNN no significa nada fuera de la teoría que lo ha creado para sus propósitos” (p. 19).

El capítulo segundo bucea en los orígenes, no de la “nación”, una vez aclarado que se trata de un concepto inventado, sino de la teoría nacionalista misma, aquella en la que el concepto de “nación” juega un papel. Esta teoría se remonta al romanticismo alemán y, en particular suele citarse a Fichte y sus Discursos a la nación alemana. Roberto Augusto añade como referencia a Ernest Renan, por la influencia de su famoso discurso “¿Qué es una nación?”. Naturalmente se trata de dos autores, estilos y niveles de discurso muy diferentes. Sirven a Roberto Augusto para enfatizar, por un lado, el papel cuasi-mítico que adquiere la lengua para los nacionalistas y, por otro, el papel de la decisión en la creación de una ideología nacionalista, y aun de la idea misma de nación, a partir de la construcción de una memoria común.

El capítulo tercero constituye un pequeño ensayo independiente, centrado en la discusión de la política lingüística de Cataluña. Es uno de los dos excursos que distraen un tanto del argumento principal. Inicialmente el tema parece central: el problema de la diversidad cultural y el nacionalismo, es decir, si las creencias nacionalistas implican, o no, uniformidad cultural. Pero pronto la cuestión se centra en la política lingüística catalana. Un tema muy discutido cuando Augusto comenzó a investigar para preparar este ensayo, en 2006 (según él mismo afirma en una entrevista publicada en su blog http://www.robertoaugustoblog.com el 28 de septiembre de 2012), mientras se debatía un nuevo estatuto de autonomía para Cataluña. El tema sirve para que Roberto Augusto establezca un vértice para delimitar su propia y moderada posición ideológica, ya que, ante las posturas radicalizadas propias de aquel debate, el autor se declara no-nacionalista y, sin embargo, respetuoso con la opción democrática elegida en Cataluña: la llamada inmersión lingüística, o la discriminación positiva del catalán.

El capítulo cuarto retorna en parte al argumento central, discutiendo los problemas de derecho y de hecho relacionados con el principio de autodeterminación de los pueblos y sus implicaciones. En el caso catalán (y vasco): la pretensión de un derecho a la declaración unilateral de independencia, y la secesión. Posteriormente expone en una página cómo combatir eficazmente al nacionalismo y llega a su tranquilizadora conclusión sobre la ideología nacionalista. De hecho, este capítulo finaliza el argumento central del libro, quedando el quinto –dedicado a polemizar con Gustavo Bueno– como una especie de apéndice. El núcleo del capítulo es el análisis de lo que denomina “principio nacionalista de secesión” (PNS), que es una versión del principio de autodeterminación de los pueblos, concebido como derecho universal. Augusto señala aquí algunos de los problemas conceptuales y prácticos de este principio. Dado que el caso español no encaja en los supuestos en que la secesión estaría justificada y sería aceptable para la comunidad internacional, ésta ha de descartarse en la práctica, lo que convierte al nacionalismo en una ideología minoritaria que emplea recursos dudosamente democráticos para obtener ventajas políticas. Y por tanto, el sentido común exige combatir esta ideología. Augusto da muestra de su talante al proponer una estrategia moderada y mixta de resistencia al nacionalismo: desnaturalización y oposición (p. 86): “oponerse al nacionalismo en sus planteamientos centrales pero asumir parte de su discurso, como la defensa de las culturas o lenguas minoritarias” (p. 87). Finalmente, este capítulo concluye con la siguiente predicción: “Es posible que el nacionalismo, una ideología nacida a finales del siglo XVIII, pierda gran parte de su protagonismo en la primera mitad del siglo XXI, convirtiéndose en un fenómeno marginal de corte violento y radical, incapaz de recuperar el protagonismo que tuvo una vez.” (p. 89).

El capítulo quinto, como ya se ha apuntado, es una discusión con la visión anti-nacionalista de Gustavo Bueno. Augusto argumenta que Bueno, lejos de evitar el nacionalismo –al oponerse al separatismo catalán o vasco– representa otra forma del mismo: el nacionalismo español. La discusión es esclarecedora. Augusto describe con inteligencia los rasgos de ese nacionalismo español, que niega serlo mientras cae en errores análogos a los que critica. El debate sirve de excusa para discutir qué clase de “nación” sería España, en caso de ser una sola, y exponer así que las contradicciones de esta ideología no afectan sólo, como quisieran sus opositores, a los nacionalistas que reclaman la secesión, sino también a quienes se oponen a ella por motivos nacionalistas.

En definitiva, se trata de un ensayo un tanto misceláneo, que contiene una mezcla de análisis conceptual, argumentación política, discusión estratégica simple, y ligera interpretación histórica. Todo ello expuesto con sentido común y con algo que si no lo es, se parece mucho a lo que los ingleses llaman “wishful thinking”: pensar que lo que uno desea es lo que ocurre. Esto, junto con la resumida receta para combatir el nacionalismo, es la parte que más merece la pena discutir.

Algo que no favorece  la causa del autor, es que el lenguaje en varios momentos del libro, y en especial al hablar de estrategia política, es bélico. El nacionalismo ha de ser combatido, hay que luchar contra él, se ha de “batallar frontalmente contra él, sin ceder nunca” (p. 86, referido a la estrategia de oposición, que Augusto no suscribe), hay que vencerlo (p. 87). Es un error táctico importante, porque lo que Augusto defiende, precisamente, es una vía moderada, que mezcla oposición y desnaturalización. Veamos en qué consiste.

Del par oposición/desnaturalización, el segundo término significa asumir parte de los postulados nacionalistas (por ejemplo el valor de la diversidad cultural, la importancia de proteger las culturas y lenguas minoritarias, el respeto escrupuloso a las decisiones democráticas dentro de los límites legales, etc.) y conducirlos a un marco de pensamiento no-nacionalista. Posiblemente, diríamos, aunque Augusto no emplea este lenguaje, integrarlos como parte de los valores comunes de una sociedad libre y abierta. El ingrediente de oposición implicaría rechazar completamente el núcleo del pensamiento nacionalista, que según los primeros capítulos, es el CNN, el concepto nacionalista de nación, y ciertas ideas periféricas que, pese a la retórica, implican cercenar la diversidad y la libertad individual y conferir un poder especial de control sobre el pueblo a la élite nacionalista.

La estrategia no está bien detallada en el libro, y por tanto quizá es injusto criticarla. Pero desde luego plantea muchas dudas. Lo primero es preguntarse si evita los peligros de las estrategias puras que la componen. Según Augusto la pura oposición fortalece al nacionalismo, pues éste se alimenta con el enfrentamiento, en particular si es con un Estado o sociedad más poderoso (ya que refuerza el argumento del agravio permanente de la nación). Por su parte, la desnaturalización tiene el riesgo de que, a base de asumir ciertos postulados nacionalistas, se acepte inadvertidamente también la idea de nación, y así se haga el juego al nacionalismo. Augusto piensa que la combinación de estrategias suprimiría ambos riesgos; pero también podría combinarlos. Y de hecho esa es la sospecha que uno tiene ante la evolución de los partidos nacionalistas en las últimas décadas en España. Se diría que la actitud mayoritaria de la sociedad civil no-nacionalista (tanto en los territorios con partidos nacionalistas como en el resto de España) ha sido precisamente esa mezcla estratégica, expresada casi literalmente en la Constitución del 78. La Constitución reserva el término “nación” para la española, con lo que rechaza de hecho la posibilidad de un concepto de nación que cumpla las condiciones del CNN. Pero por otro lado, se reconoce la existencia objetiva de identidades particulares y se da cauce a una voluntad de autonomía (aunque no se emplee el término “autodeterminación”); con ello se reconoce legalmente el valor de la diferencia, y se asegura el respeto y protección de la misma. Esta letra constitucional ha sido asumida al menos por los discursos oficiales y por los discursos más razonables de oposición al nacionalismo; y sin embargo el efecto parece que ha sido, por un lado exacerbar a los nacionalistas más radicales, y por otro incrementar el número de los moderados, así como generar una complacencia general hacia todos ellos, si exceptuamos el efecto de rechazo que causa la violencia terrorista. Tanto los nacionalistas radicales como los moderados han visto en la estrategia mixta de oposición/ desnaturalización tanto la excusa como la oportunidad de hacer del nacionalismo un buen negocio electoral, económico y político. Para ver cómo esa estrategia podría cambiar las cosas, serían necesarias cualificaciones que Augusto no ofrece.

       El segundo aspecto discutible del libro es la idea final de que el nacionalismo es una ideología plagada de debilidades –inconsistencias conceptuales y teóricas, ausencia de un programa político viable, contradicciones prácticas–, que se sostiene sobre la base de engaños, y que, debido a los factores externos (internacionalización y globalización económica y cultural), está poco adaptada a la realidad y quedará en los márgenes de la política, convertida en un movimiento minoritario y radical.
Esta predicción es lo que lo no-nacionalistas querríamos, desde luego. Pero no está nada claro que sea así. El ensayo de Augusto es, con sus deficiencias, un ensayo filosófico-político en el mejor sentido: está basado en la lógica, la razón, los hechos, el sentido común. Mientras que las ideologías políticas, y sobre todo el nacionalismo, están basadas en las emociones. Si todos fuésemos capaces de atender a razones, las predicciones de Augusto se cumplirían como la predicción de un eclipse. Pero lamentablemente hay motivos para dudar. Las decisiones humanas, individuales y colectivas, no se caracterizan, por ser siempre racionales o razonables. Muchas veces no desean serlo. Así que, por muy adverso que sea el contexto internacional al nacionalismo, éste renace, alimentándose de un suelo de emociones, adhesiones e identificaciones. Puede que en términos estadísticos, el nacionalismo vaya siendo un problema político cada vez menor en todo el mundo ¡Ojalá! Pero eso no quiere decir que cada caso concreto de nacionalismo haya de evolucionar hacia una menor virulencia. Y en todo caso, el tipo de identidad que supone la pertenencia a una nación o grupo político (sea éste grande o pequeño, con Estado o sin él, poderoso o humilde) forma parte de nosotros mismos de un modo que es imposible de eliminar. Con Hume podríamos decir que a esa pasión sólo podemos oponerle otra pasión: la pasión por los individuos humanos concretos, libres, iguales. Desde luego no podemos pretender que el análisis conceptual la suprima.

La duda sobre esta aventurada predicción está confirmada implícitamente por el propio manifiesto de Augusto. Si realmente el autor creyera que las debilidades internas del nacionalismo acabarán con él ¿por qué esforzarse en combatirlo? La necesidad de resistir al nacionalismo es prueba suficiente de que no es una ideología decadente. O, de otra forma, su debilidad teórica no implica debilidad política.

En definitiva Roberto Augusto se incorpora con este ensayo a un debate que no parece en absoluto pretérito ni superado. Las identidades nacionales –o como queramos llamarlas– y su forma de organización política son uno de los ingredientes ubicuos de la política moderna. Aunque el CNN sea una invención, tiene un sustrato sentimental real, y por eso el debate es inacabable. En este contexto, el ensayo de Augusto tiene la virtud de molestar tanto a los nacionalistas como a algún no-nacionalista (la reacción de Savater en la nota citada arriba no es complaciente). Esto suele ser indicio de acierto y de independencia. En mi opinión, el acierto consiste en dibujar un tablero del discurso claramente opuesto a las falacias nacionalistas, pero a la vez acogido al sentido común, al respeto democrático de las minorías, y a una cierta moderación pragmática.


Gazeta de Antropología