Gazeta de Antropología, 2011, 27 (2), artículo 35 · http://hdl.handle.net/10481/18783 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 14 junio 2011    |    Aceptado 5 diciembre 2011    |    Publicado 2011-12
Trazos fronterizos. Representación de la frontera sur con el indio durante el siglo XIX en la historieta argentina. Algunas reflexiones desde la antropología y la arqueología histórica
Border strokes. Representation of the southern border with the Indians during the nineteenth century in Argentinian cartoon stories. Some insights from anthropology and historical archeology




RESUMEN
A lo largo de su configuración como espacio artístico, la historieta argentina desarrolló relaciones temáticas de revisión crítica respecto de procesos que conformaron el pasado nacional. La historieta se erigió por medio de soportes estéticos de divulgación masiva, en una aproximación alternativa a dicho pasado. Dentro de este marco, resulta posible plantear un espacio de reflexión en torno a la forma en la cual la historieta se ocupó de la cotidianidad en la frontera decimonónica establecida entre el estado-nación argentino y las parcialidades indígenas que ocupaban y controlaban el espacio comúnmente denominado "desierto". Con este objetivo buscaremos articular aportes significativos de la moderna producción científica nacional e internacional sobre fronteras con aquellas realizaciones de la historieta nacional que se ocuparon de los contactos entre criollos e indígenas.

ABSTRACT
Throughout its configuration as an artistic space, Argentinean cartoon stories have developed relationships, establishing a critical approach to the way that the historical narratives were shaped. The comic books were built through aesthetic mass media as an alternative approach to the national history. Within this framework, it is possible to build a place for reflection regarding the way in which comic books dealt with the everyday life in nineteenth century frontier established between the Argentine nation-state and the indigenous groups who occupied and controlled the area commonly referred to as the "Desert". With this objective in mind, we seek to coordinate the most significant contributions of modern scientific output on the subject of frontiers with the national comic productions that dealt with the contact between Creoles and Indians.

PALABRAS CLAVE
historieta | frontera sur | antropología | arqueología histórica | Argentina
KEYWORDS
cartoon story | southern border | anthropology | historical archeology | Argentina


El papel de las fronteras y las fronteras de papel

Un segmento importante de la producción historietística realizada durante la segunda parte del siglo XX en la República Argentina planteó una aproximación particular hacia los procesos socio-históricos que tuvieron lugar durante el siglo XIX en las fronteras establecidas entre el estado nación en proceso de afianzamiento y los grupos indígenas con diferentes grados de autonomía respecto del poder criollo en expansión. Anticipándose a los debates teórico-conceptuales que tuvieron lugar dentro de las ciencias sociales y las humanísticas sobre las dinámicas sociales de las fronteras, el escenario donde se ubicaron los desarrollos argumentales de obras como Cabo Savino, Lanza Seca, El Huinca, Martín Toro, Capitán Camacho(por sólo nombrar algunos títulos entre la nutrida producción artística argentina) presentaron en toda su complejidad las distintas vinculaciones sociales, intercambios culturales y dependencias económicas recíprocas existentes entre los grupos blancos e indios. De esta forma, la historieta nacional -mediante la utilización de un canal de difusión alternativo a las sendas académicas convencionales- introdujo elementos de reflexión relativos a los procesos de contacto, diálogo y conflicto intercultural que recién fueron incorporados en la década de 1980 como paradigma de referencia común dentro de los ámbitos de discusión antropológico-histórica. A fin de ilustrar lo hasta aquí expuesto resulta pertinente sintetizar los derroteros conceptuales que transitó la noción de frontera para luego tensionar su acepción actual con la evidencia recuperada en diferentes capítulos de los títulos anteriormente enumerados deteniéndonos particularmente en el tratamiento que allí le reservaron al proceso de militarización masiva de los gauchos como parte de la estrategia estatal para conformar un ejército profesionalizado que obrase como instancia previa a la incorporación de los individuos dentro del mercado laboral regido por las modernas pautas capitalistas.

La moderna genealogía del concepto de frontera se remonta hasta los trabajos presentados por Frederick Turner en su obra, The Significance of the Frontier in American History presentada originalmente en 1893 (en Clementi 1968). En su exposición, el autor planteaba que la configuración del espíritu norteamericano había tenido lugar en vinculación con la expansión de la soberanía nacional hacia el oeste durante la segunda parte del siglo XIX. El motor de este proceso se situaba en el espíritu emprendedor de los pioneros norteamericanos cuyo ímpetu y decisión materializaron el anhelo social de colonizar las regiones que aún se mantenían ajenas al control estatal y simultáneamente, crearon las condiciones objetivas para el surgimiento de la identidad nacional. El entramado argumental sostenía que las sucesivas generaciones de pioneros blancos (los protagonistas principales de los acontecimientos caracterizados por ser intrínsecamente emprendedores y tenaces) trasladaron sistemática y exitosamente la frontera hacia el oeste abandonando en el ínterin las prácticas y concepciones europeas que resultaban obsoletas frente a los obstáculos planteados en los nuevos territorios. Con el transcurso del tiempo se produjo una alteración -paulatina en su ritmo pero definitiva en sus consecuencias- de los actores sociales centrales en el proceso de expansión blanca sobre el oeste hasta transformar completamente la racionalidad de según la cual regían sus actos.

El abandono gradual de los rasgos culturales europeos dio lugar a la aparición de un nuevo pool de diacríticos ético-conductuales -informalidad, rudeza, violencia, iniciativa individual y democracia- que en conjunto llegaron a representar por antonomasia la esencia de una “americanidad” original nacida de los propios rigores que el avance hacia el poniente le impuso a aquellos que lo emprendieron. Como consecuencia, se habría generado una matriz que propiciaba la aparición de un nuevo tipo de ciudadanía cuyo ethosarraigaba en su capacidad de domesticar lo salvaje (esta última categoría constituía una noción ideológico-política que se oponía diametralmente a la civilización y donde, merced de su ambigua condición polisémica, ingresaban tanto la naturaleza inhóspita como los grupos indígenas reacios a los beneficios que traería aparejado el progreso) que a la vez era potenciado por el fortalecimiento de carácter que confería la superación del propio desafío que fundaba esa idiosincrasia.

El correlato conceptual que este planteo sociológico tuvo para la idea de frontera la definió como una línea divisoria que separaba a los grupos indígenas de aquellos blancos y cuya vinculación se regía exclusivamente por la rivalidad en la disputa por las tierras y los recursos allí disponibles. La lógica del proceso de avance del pionero blanco hacia el oeste implicaba una correspondiente retirada de las parcialidades indígenas ante el empuje proveniente del este. En términos conceptuales, la frontera se erigía como una línea (en el más estricto sentido de la palabra por ser definida como un clivaje unidimensional) que se desplazó unidireccionalmente como saldo de la perduración trans-generacional de la conflagración entre poblaciones indias y la sociedad blanca. La imagen de dos mundos culturales esencialmente separados e irreductiblemente enfrentados -fragmentación indígena basada en la existencia de estructuras tribales jerárquicas y anacrónicas frente a la cohesión blanca fundada en el contrato entre un grupo de sujetos iguales entre sí, hermanados a causa de los desafíos de la tarea colonizadora- constituyó una imagen solidaria con el modelo de maniqueo sobre el cual se cimentó la interpretación histórica de los acontecimientos. Como resultado, el proceso de avance de la frontera quedaba reducido a una representación binaria de indios contra blancos donde los matices internos en ambos grupos quedaban velados bajo un manto de homogeneidad. En otras palabras, los indios eran todos indistintamente salvajes y operaban de acuerdo a los impulsos dictados por su propio salvajismo mientras que los blancos actuaban en función de una agenda compartida y sintética cuyas particularidades les imprimieron el mismo conjunto de rasgos a todos sus protagonistas.

El juicio que Arturo Seelstrang tenía sobre este particular concurre a arrojar luz sobre la virtuosa relación que existía a finales del siglo XIX entre los Estados Unidos, sus pobladores y la problemática del avance de la frontera, aunque anticipa en casi dos décadas la aparición de los postulados turnerianos:

“Estados Unidos, cuyos ciudadanos hicieron y hacen grandes avances al desierto sin casi ninguna protección de fuerza armada, porque los guardias avanzados de la civilización norteamericana se componen en su mayor parte de hombres aguerridos en la vida de la frontera y criados desde la niñez en continua lucha con los elementos y fieras de sus bosques natales” (Seelstrang 1977 [1878]: 88).

La coincidencia entre la descripción del explorador argentino y el historiador norteamericano, señala que este último, antes que exponer un sistema de opiniones rupturista con el paradigma previo al instaurar un imaginario innovador, simplemente condensaba a nivel discursivo el producto de un proceso de sedimentación ideológica que alcanzó la jerarquía de meta-relato social de carácter hegemónico, comprendido y compartido de forma tentativamente homogénea por agentes geográfica y temporalmente distanciados.

La noción de frontera como una línea divisoria entre entidades separadas, enfrentadas y esencialmente en conflicto permaneció vigente hasta la década de 1980 cuando distintos pensadores y científicos sociales cuestionaron la validez analítico-conceptual de esta visión. Si bien la idea tradicional de frontera ordenó las aproximaciones científicas sobre la temática, los desarrollos posteriores problematizaron el fundamento dicotómico del contenido conceptual tradicional y propusieron sustituirlo por una definición complejizada que lograse dar cuenta de la multiplicidad de matices socio-culturales que tuvieron lugar en los ámbitos de contacto. Las renovaciones en torno a los estudios de frontera se centraron en la producción de diversos historiadores y etnohistoriadores. Entre estos cabe destacar las obras de Raúl Mandrini (1987, 2000), Miguel Ángel Palermo (1988), Marta Bechis (1989), Crivelli Montero (1994), Lidia Nacuzzi (2005 [1998]), Carlos Mayo (2000) y Mónica Quijada (2002). Si bien con diferencias en torno a las perspectivas teóricas y metodológicas empleadas en sus estudios, en términos generales todos coinciden en entender a la frontera y a sus diversos actores sociales como parte de un proceso histórico dinámico y cambiante (específicamente haciendo hincapié en aspectos demográficos y económicos, en la emergencia del estado-nación argentino y en la complejidad de las diversas parcialidades indígenas, sus identidades o adscripciones étnicas, sus interacciones con otros actores sociales y el activo rol jugado por estas en las fronteras).

Raúl Mandrini, quien desde hace más de dos décadas dedica sus estudios a temáticas vinculadas con diversos grupos indígenas, considera a la frontera como “un área de interrelación entre dos sociedades distintas, en las que se operaban procesos económicos, sociales, políticos y culturales específicos” (Mandrini 2000: 63). Por su parte, Carlos Mayo y su equipo comprenden a la frontera como “esos espacios marginales, en donde gente de distintas culturas interactuaba en el marco de condiciones particulares (militar, comercial, religioso, social y político) y se desarrollaban instituciones específicas (la misión, la encomienda, la milicia y el poblado)” (Mayo 2000: 16). La investigadora Marta Bechis, expresa que “frontera significa contacto, intercambio, aculturación recíproca, modificaciones y cambios de unos por la presencia de otros” Bechis (1989: 11).

La resignificación del enfoque conceptual sobre la frontera impactó en todo el espectro disciplinario donde dicha temática constituía un eje de análisis privilegiado (antropología, historia, arqueología, etc.) revolucionando los fundamentos mismos sobre los que se levantaban los edificios argumentales de las investigaciones. Empero, la evidencia indica que dentro de un amplio conjunto de las historietas argentinas el tratamiento de los acontecimientos y procesos históricos propios de la frontera en la segunda parte del siglo XIX los nodos centrales de la discusión científica poseían larga data. Una de las manifestaciones más visibles del cariz cultural netamente dialógico que poseía la frontera se observa en los procesos de mestización social que protagonizaban los individuos que migraban desde un grupo a otro por razones de fuerza mayor. Entre el amplio espectro de causas que movilizaban a los sujetos a radicarse entre aquellos que tradicionalmente son vistos como sus adversarios, podemos señalar los procesos de mestización asociados a la deserción de los soldados acantonados en los fortines y su posterior relocalización en las tolderías indígenas.

Los hombres de armas que huían de los establecimientos militares de fronteras generalmente eran antiguos gauchos compulsivamente militarizados que rebelándose contra la disciplina militar. Nicasio Oroño describió en 1864 los rasgos propios de la situación. “Se arrebata a los pobres paisanos, cuyo delito es haber nacido en la humilde condición del gaucho, para llevarlo a servir sin sueldo, desnudo y muchas veces sin alimento necesario; porque para ellos el campamento es la cárcel, y si nos aprehendidos, se les devuelve en azotes las horas de libertad que han ganado” (citado en Gómez Romero 2007: 93). Y las penas derivadas de la transgresión a las normas castrenses, de las cuales la deserción era una de las afrentas más graves, conllevaban un amplio repertorio de castigos y suplicios corporales.

En consonancia de opinión con Oroño -aunque en una vereda ideológica opuesta- Leandro Alem promovía hacia mediados de 1870 la creación de los clubes “Igualdad” y “25 de mayo” donde las discusiones políticas se realizaban en el marco de un acuerdo programático que luego fundó las bases de la Unión Cívica Radical. En su carta orgánica se aprecian las temáticas sociales más relevantes de la época, “Imperio del sufragio popular, autonomía de la provincia de Buenos Aires; la reforma de la Constitución provincial; elección provincial de los Jueces de Paz”, entre las cuales se destaca la problemática de la militarización del hombre de campo: “abolición de los servicios de frontera hecho por el desgraciado habitante de la campaña” (Alem citado en Bordi de Ragucci 1987: 37). El problema de la militarización compulsiva de un segmento específico de la población de campaña revistió un frecuente protagonismo en los debates parlamentarios de la época, aunque poseía larga data como eje de discusión legislativa. Adolfo Alsina planteó como un pivote central de su programa político-social la desarticulación del injusto gravamen “de sangre” que pesaba sobre los sectores rurales más desposeídos. Adolfo Alsina, en el ejercicio del cargo público, se solidarizó marcadamente con los pesares del soldado de frontera a causa de la obligación desigual que estos recibían en relación al servicio en los fortines. Indignado por la ominosa sentencia que pesaba exclusivamente sobre los gauchos, el tribuno hizo un llamado de conciencia ante sus pares solicitando la desarticulación final de un sistema cuyo diseño perjudicaba con el servicio en la frontera a los estratos más humildes del campo. En uno de sus discursos describió sin tapujos la composición del esquema que garantizaba el ingreso excluyente del “paisanaje pobre” como tropa fortinera:

“haciendo uso de las facultades que tengo, como administrador, he de procurar mejorar la condición del pobre paisano, dándole un hogar que no tiene, proporcionándoles una vida estable de que carece, y; yo os declaro que no concibo hogar ni vida estable para el paisano, mientras pese caprichosamente y sobre él solo la carga del servicio de frontera. Yo pido desde ahora vuestro apoyo, HH. SS. Y RR., para llevar a cabo el pensamiento humanitario de suprimir los contingentes, y os lo pido, porque para ello tal vez tenga que hacer la Provincia sacrificios pecuniarios” (Alsina 1867 citado Sánchez 1878: 25).

La crudeza de la cotidianidad fortinera fue retratada tempranamente en las historietas argentinas mediante la articulación argumental del tema dentro de un entramado de relaciones sociales específicamente contextualizado en la frontera. El número 3 de Facundo Cruz Cuchillero (Andrada y Magallanes 1983) titulado “El fantasma del cepo” caracteriza el costado más brutal del disciplinamiento que la estructura militar le imprimió a la díscola población de gauchos levados y destinados al servicio de las armas en la frontera. La temática recibió un tratamiento similar en publicaciones vinculadas a la vida de los gauchos/soldados como Juan Montiel, soldado de la libertad (Aguiles de Rainieri, en Ping-Pong durante la década de 1950); El Sargento Montiel (Almendro y Cataldo, aparecido en La Razón durante la década de 1980), Capitán Camacho (Cao, Merel y Casalla, aparecido en Nippur durante las décadas de 1970 y 1980) y El Capitán Ontiveros (Nella Castro y Arancio, aparecido en Clarín durante las décadas de 1960 y 1970).

La visión de los autores transmitía una perspectiva íntimamente vinculada con los desarrollos conceptuales tardíamente relacionados dentro de las investigaciones científicas contemporáneas al poner en vinculación la conformación del ejército de frontera con la incorporación forzada del paisanaje pobre. Por otro lado, la estructuración de una narrativa fundamentada propiamente en las fuentes históricas relacionadas con los acontecimientos militares más relevantes vino de la mano de historietas como Lanza Seca (Roux, aparecido en Patoruzito durante la década de 1940 y 1950); La guerra del desierto (Breccia, aparecido en Super Humordurante la década de 1980); Fuerte Argentino (Porta y Ciocca, aparecido en Misteryx durante la década de 1950). La postura historicista como base de la composición del relato consiguió des-higienizar la realidad de la frontera sin por ello renunciar a establecer visiones heroicas de los sujetos particulares que se retrataban. Tal es el caso de El Huinca yFabián Leyes (aparecidos en Patoruzito y el diario La Prensa respectivamente, durante la década de 1970) quienes se mostraban proclives a asistir a todos aquellos que así lo necesitaran pero que también eran contratados alternativamente como guías para las partidas exploratorias que circulaban en torno a los fortines; destacando tácitamente que aún así la necesidad de contar con los recursos que garantizasen la reproducción de su modo de vida.

 

Arqueología histórica y la materialidad de la frontera en la historieta

La frontera del sur, entendida como un espacio construido socialmente, un ámbito de fluidas y múltiples interacciones entre diversos grupos sociales, poseyó su propia materialidad. Los arqueólogos, en sus trabajos de campo, se topan con gran cantidad de objetos, artefactos, utensilios, herramientas, estructuras arquitectónicas, etc. Los mismos poseen historias particulares, que los investigadores deben reconstruir y narrar. Sin embargo, la materialidad no refiere solamente a estos restos materiales construidos, obtenidos y usados por los grupos humanos, sino también al espacio en el cual habitan (su concepción, percepción, apropiación, uso, explotación, ritualización, etc.). No interesan los objetos y los espacios en sí mismos sino la manera en que los mismos componen parte intrínseca y activa de las prácticas sociales de dichos grupos. El estudio de la materialidad implica entonces analizar los vínculos establecidos entre los hombres, las cosas y su entorno así como las relaciones sociales que entre ellos median y los constituyen. Es a partir de las prácticas, sus representaciones e historicidad en donde la materialidad adquiere significación. La arqueología considera que la materialidad es indispensable para rastrear, pensar y comprender las relaciones sociales de los grupos humanos del pasado y del presente. Su investigación sociológica, histórica, arqueológica, etnohistoria o antropológica puede y debe llevarse a cabo a pesar de la fragmentariedad de los registros empleados.

Los diversos autores de historietas vinculadas al espacio rural y fronterizo establecido en las regiones de Pampa y Patagonia durantes la segunda mitad del siglo XIX, parecieron intuir esto. Sus producciones sorprenden por la rigurosidad histórica -no sólo en cuanto a hechos y aconteceres historiográficos- sino, específicamente a la “materialidad” o “cultura material” perteneciente al mundo fronterizo que sus protagonistas transitaron. Por ejemplo en una entrevista realizada por el diario El Litoral, Jorge Claudio Morhain, guionista de Martín Toro, ante la pregunta en relación a su forma de ambientar dicha publicación, respondía:”Cuando me dijeron en Columba que Casalla (autor de Cabo Savino) necesitaba guionistas y que yo podía hacer una buena gauchesca, no sabía nada del tema. Así que chapé los libros. Todos los que pude. Mi colección de Todo es Historia. Y después montones, hasta armar una biblioteca que debe tener unos 500, calculo. El coronel Walter, Mansilla, Ebelot, etc.”. Estas fuentes primarias editadas a lo largo del siglo XX, son las mismas que utilizan continuamente historiadores, etnohistoriadores, antropólogos y arqueólogos para abordar temáticas vinculadas a diversos procesos intrínsecos a los ámbitos de fronteras como el mestizaje, la etnogénesis, el conflicto, las identidades, entre otros. Durante la misma entrevista, Morhain destacaba que “escribí historias absolutamente documentadas. Incluso lo digo en mi curso de historieta: el escritor y el dibujante deben saber cómo es la silla, la cama, el cuadro, la alfombra, la lámpara”. El énfasis puesto en la materialidad no es casual ni azaroso, los artefactos crean y recrean los escenarios, disponen al lector a adentrarse en otro tiempo, en otro espacio y en otro mundo, que sin embargo tiene un dejo de cercanía.

Los autores mencionados no solo abrevaron en fuentes primaras editadas con el fin de recrear el contexto histórico y material de sus obras. Las fotografías de época y las colecciones de museos y privadas -específicamente los artefactos militares e indígenas vinculados a los armamentos y a la vestimenta- debieron haberles resultado de extrema utilidad para tales fines. Un ejemplo de ello es el caso de las corazas de cuero implementadas en las tropas de frontera por el ministro Alsina. Si bien el uso de las mismas se encuentra documentado (Ministerio de Guerra y Marina 1876 y Servicio Histórico del Ejército colección Lucha con el indio), su apariencia y forma de uso, sólo pueden apreciarse en fotografías o en las exposiciones museográficas (Álbum Antonio Pozzo 1879 en Museo Roca y Museo de Armas de la Nación). Carlos Casalla, en Cabo Savino Nº 3 (1975), presenta al protagonista enlazado en un entrevero a sable con un indígena, en donde puede apreciarse el uso de la coraza de cuero endurecido (imágenes 1 y 2).

Imagen 1. Soldados con coraza de cuero (Pozzo 1879 en Museo Roca).

 

Imagen 2. Cabo Savino con coraza de cuero (Casalla 1975).

 Algo similar ocurre con el armamento, el caso de la incorporación del fusil Remington Patria calibre 43, al Ejército Nacional resulta paradigmático. Diversos guionistas y dibujantes de historietas se interiorizaron, no sólo en el aspecto de este armamento, sino en sus formas de uso y en sus municiones. Por ejemplo, siguiendo con el Cabo Savino Nº13 (1975), puede apreciarse en esta tapa como el protagonista inserta en su fusil Remington, un cartucho metálico de retrocarga. Por otro lado se puede observar a otro soldado golpeando con su arma a un indígena, práctica de combate referenciada en las fuentes de frontera (e.g. Prado 1967 [1902] y 1974 [1892]) (imágenes 3 y 4).

Imagen 3. Remingtons y vestimentas de soldados (Casalla 1975).

 

Imagen 4. Fusil y carabina Remington Coli (Settel 1984).

 A su vez, el dibujante Cesar Spadari y el guionista Enrique Rapela, dan cuenta del uso de un tipo de Remington denominado Coli (Settel 1984), solo usado por las tropas de caballería (imagen 5). Este dato denota un conocimiento pormenorizado del armamento de frontera para comienzos de la década de 1870.

Imagen 5. Soldado de infantería con Remington Coli (Spadari 1973).

Algo similar sucede en lo que refiere a la vestimenta de la tropa fronteriza. Los guiones y dibujos de las historietas que caracterizan la vida fortinera de frontera son ricos en detalles que sólo conoce aquel que ha ahondado en las fuentes documentales de la época. Entre estas fuentes destacan los partes del ejército nacional (Colección Lucha contra el indio en el Servicio Histórico del Ejército) y múltiples bibliografías de científicos, militares y viajeros que transitaron los ámbitos fronterizos.

Esas fuentes destacan que la administración institucional militar, desde la Comisaría de Guerra, era la encargada de importar o confeccionar y enviar a los distintos cuerpos los vestuarios castrenses. Este aprovisionamiento distaba de ser perfecto. Numerosas son las fuentes que mencionan sus fallas y la ausencia o la mala calidad de los componentes del uniforme. Llegando al fortín Timote (que guarnecía a la línea de Lavalle a Trenque Lauquen), el entonces Alférez Prado observó que:

“El depósito de guerra del regimiento 3º de caballería de línea, destacado en la frontera norte de Buenos Aires (…) cabía en una carpa mugrienta y reducida. Es verdad que tampoco era gran cosa: un par de cajones grandes con kepis usados, con botas deshechas y deshermanadas, con algunas camisas y calzoncillos, milagrosamente sin usar, unas cuantas chaquetillas y pantalones de sospechosa limpieza, y luego un montón de carabinas, de sables, de cajas de munición: una trapería y no un depósito” (Prado 1960 [1907]: 51). “No había dos soldados vestidos de igual manera. Éste llevaba de chiripá la manta; aquél carecía de chaquetilla; unos calzaban botas viejas y torcidas, otros tenían envueltos los pies con pedazos de cuero de carnero; aquellos otros descalzos” (Prado 1960 [1907]: 59).

Esta referencia ilustra la forma en que llegaba el material hasta los soldados fortineros y la ausencia de los mismos. Este pésimo aprovisionamiento de vestuario implicaría que el gaucho-soldado, debía suplir la falta de vestimenta castrense con sus prendas particulares, mucho más efectivas para el ambiente pampeano, que las importadas y diseñadas para los contextos europeos (Landa 2010).

Esta situación se encuentra perfectamente representada en los exponentes del genero gauchesco, de frontera, fortinero e indígena. En las imágenes 1, 2 y 3 pueden apreciarse la combinación de ropas militares con las típicas del habitante rural de la pampa: el gaucho. Así el quepí, la coraza de cuero y la chaqueta conviven con el pañuelo, la bota de potro y el chiripá dentro de un contexto en el que el hambre, la suciedad y el peligro era una constante permanente.

Además de las referencias documentales escritas que detallan las características de la vestimenta provista por el ejército a los integrantes de las diferentes unidades militares, otra vía de indagación en las que debieron haber abrevado los guionistas y dibujantes de las historietas fronterizas fueron las fotografías de las tropas de la “Guerra del Paraguay” y de la “Conquista del Desierto” (imágenes 1 y 8) y en la provista por las colecciones de museos (Museo del Ejército Nacional, Museo de Armas de La Nación y diversos museos locales).

Sorprende el grado de detalle de conocimiento de múltiples fuentes documentales. En algunos casos su indagación ha hondado en epistolarios privados cuya búsqueda no resulta sencilla. En base a estos documentos no sólo pueden representar la cultura material de un contexto histórico en particular o el paisaje en donde se desarrollo un episodio específico, sino incluso acciones relevantes de sus protagonistas que pasaron inadvertidas para la historiografía tradicional. Un caso que permite ejemplificar lo manifestado es el de la batalla de La Verde (Partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires), recientemente bajo investigación arqueológica (Landa y otros 2011). En este episodio bélico, acaecido el 26 de noviembre de 1874, se enfrentaron las tropas gubernamentales al mando del teniente coronel José Inocencio Arias contra el ejército revolucionario Mitrista, en el cual militaba buena cantidad de efectivos aborígenes y gauchos-soldados de las dotaciones de los fortines. Esta revolución o intento de golpe de estado (los discursos varían de acuerdo a la perspectiva que toma cada emisor) se debió al rechazo del general Bartolomé Mitre a la designación de Nicolás Avellaneda como presidente electo de la nación.

La importancia de este evento histórico reside en que su concreción produce un auténtico cambio en las estructuras de poder “blanco”: el paso de las jerarquías militares que respondían al general Bartolomé Mitre a las jerarquías militares que quedarían bajo el mando de Julio Argentino Roca (Viñas 2003). Estas últimas llevarían a cabo las postreras campañas castrenses contra las sociedades indígenas autónomas de Pampa y Patagonia.

La historieta que en 1974 realizaron para la revista El Huinca Leonardo Wadell y Carlos Magallanes -un siglo después- narrará los diversos episodios de la revolución, incluido la batalla de La Verde. Desde su tapa ya se evidencia el trabajo de investigación historiográfico llevado a cabo por sus autores (Wadell y Magallanes 1974). En ella se reproduce una imagen de la publicación El Mosquito (contemporánea a los acontecimientos mencionados, imagen 6). Esta revista se caracterizaba por relizar mordaces sátiras a los personajes políticos de la época. En la portada puede apreciarse a los protagonistas de la revolución de 1874: los mencionados Mitre y Avellaneda así como a Domingo Faustino Sarmiento (presidente saliente) y a Adolfo Alsina (prestigioso caudillo bonaerense). Su reproducción implica una búsqueda que solo puede remitir al relevamiento de repositorios con hemerotecas, como el Archivo General de la Nación, o a coleccionistas privados.

Imagen 6. Tapa de El Mosquito reproducida en El Huinca (Wadell y Magallanes 1974).

Un detalle sumamente interesante plasmado en el trabajo de Wadell y Magallanes, consiste en el dato referido a la muerte de tres caballos del coronel Benito Machado durante la carga efectuada por su batallón el Sol de Mayo (imagen 7). Dicha información solo se encuentra en los intercambios epistolarios realizados entre un sobrino de este y el vencedor de “La Verde”, el teniente José I. Arias (ubicables en el Archivo Mitre) o en una publicación de difícil acceso como el libro Recordando el pasado, campañas por la civilización, de Del Valle (1926). Así este episodio de coraje extremo es rescatado y representado gráficamente para un público mucho más amplio y numeroso que el de los círculos académicos de historiadores que estudiaron dicho acontecimiento político-bélico de fines del siglo XIX.

Imagen 7. Muerte de caballo del coronel Machado (Wadell y Magallanes 1974).

Paralelamente y para finalizar, como vinimos evidenciando en los párrafos anteriores, resulta imperioso destacar y resaltar el trabajo de archivo y repositorio implícito en algunas de las obras vinculadas a la temática de frontera, sin embargo siempre resulta útil considerar que “es necesario recordar que una lectura del pasado, por mas controlada que esté por el análisis de los documentos, siempre esta guiada por una lectura del presente” de Certeau (1993: 37).

A partir de lo expuesto resulta evidente la necesidad de continuar reflexionando sobre las estrechas relaciones que vinculan a la historieta argentina (en su calidad de producto cultural netamente interpelado por la historia y la antropología) con las ciencias sociales (cada vez más conscientes del impacto que tienen los canales de difusión masivos heterodoxos -como la historieta- en el proceso de construcción de conocimiento). Los aportes consignados representan un intento preliminar de señalar la fertilidad de un campo de estudio que hasta el momento ha recibido una atención minoritaria en los programas de investigación académicos. La propuesta dista de hallarse en una instancia conclusiva. Muy por el contrario, el presente artículo busca operar como un disparador de inquietudes antes que representar el cierre de una temática. Confiamos en que la sumatoria de nuevos esfuerzos en las actividades de pesquisa motive la aparición de escritos temáticamente convergentes y, de manera concomitante, se inicie un proceso que progresivamente configure un espacio de análisis científico exclusivamente ocupado de la historieta argentina.

Imagen 8. Carta de visita de oficial y tropa durante la Guerra del Paraguay (Toyos y otros 2001).

 


 

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Gazeta de Antropología