Gazeta de Antropología, 2010, 26 (1), artículo 04 · http://hdl.handle.net/10481/6773 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 3 noviembre 2009    |    Aceptado 14 enero 2010    |    Publicado 2010-01
¿Es la ausencia del padre un problema? La disociación de los roles paternos entre las madres solteras por elección
Is the absence of the father a problem? Dissociation of paternity roles among single mothers by choice




RESUMEN
Las madres solteras por elección están dando soluciones muy diversas a la cuestión de la ausencia del "padre" en sus proyectos familiares. Se trata de una diversidad que depende de múltiples factores (condición socioeconómica, nivel de estudios, etapa de desarrollo de dichos proyectos, la generación, etc.) pero, principalmente según se desprende de nuestro estudio, de las vías utilizadas de acceso a la maternidad en solitario: adopción internacional, reproducción asistida o relaciones sexuales con fines reproductivos. Sin embargo, los profesionales y expertos que intervienen en este colectivo, en diferentes momentos de sus proyectos, no toman en consideración esta pluralidad de experiencias, sino que parten de presupuestos y concepciones relativamente prefijados y homogeneizadores que provienen, principalmente, de los enfoques psi. Este discurso experto no incorpora las experiencias y vivencias de las madres solteras por elección en lo que se refiere al abordaje de la ausencia del padre, sino que deja marcas y consigue constreñir su discurso, generando en ellas sentimientos ambivalentes y contradictorios.

ABSTRACT
Single mothers by choice are finding diverse solutions to the question of the absence of the father figure in their family arrangements. This diversity depends on many factors (socio-economic situation, level of studies, stage of development of these projects, the generation, etc.) but, mainly, according to the results of our study, the ways used to attain single motherhood: international adoption, assisted reproduction, or sexual relations intended for reproduction. However, the professionals and experts involved in this sphere, at different points of their projects do not take into consideration this plurality of experiences, but rather start from relatively fixed and homogenizing presuppositions and preconceptions which come primarily from the psy- approaches. This expert discourse does not incorporate the experiences and situations lived by single mothers by choice, including the way of facing the absence of the father but that leaves marks and ends up constraining discourse and generating ambivalent and contradictory sentiments in the mothers.

PALABRAS CLAVE
madres solteras por elección | monoparentalidad | maternidad | ausencia del padre | disociación de roles
KEYWORDS
singles mothers by choice | monoparentality | maternity | father absence | role dissociation


1. Introducción

Durante el periodo 2008-2009 realizamos una investigación etnográfica, centrada en la Comunidad de Madrid, sobre las madres solteras por elección. En dicho estudio, titulado precisamente Madres solteras por elección. Proyectos familiares y políticas públicas, recurrimos a diferentes técnicas de producción de datos, entre ellas la observación participante en distintos espacios virtuales (sobre todo foros de Internet frecuentados por este colectivo, como Adoptarsiendosoltero y Madres solteras por elección) y presenciales (kedadas, reuniones de amigas, sesiones de formación postadoptiva, etc.), el análisis de documentos de diverso tipo, así como entrevistas cualitativas, de las cuales 52 fueron realizadas a madres solteras por elección, en tanto que el resto, hasta un total de 60, se efectuaron a varones solteros que habían iniciado o culminado un proyecto familiar, a hijos adolescentes de familias monoparentales de esta índole y a profesionales que trabajan con ellas. Entre los objetivos del proyecto estaba el de conocer las problemáticas específicas de las familias constituidas por madres solteras por elección, una de las cuales es, sin duda, la ausencia del padre, que nos propusimos analizar teniendo en cuenta las diferencias que se pudieran encontrar en función de las distintas vías de acceso a la maternidad en solitario que las propias madres solteras por elección identifican, esto es, la adopción (que lo es principalmente internacional), la fecundación asistida con donante anónimo y la fecundación sexual planificada (que tiene dos variantes: la que se denomina “el engaño”, por no declararse al partenaire la intención de quedarse embarazadas, y la del “donante conocido”).

Los resultados que se presentan a continuación tienen que ver con el mencionado objetivo; resultados que difieren o, más bien, contrastan con algunas de las tesis que autores como Beck y Beck-Gernsheim (2001), Hertz (2002) o, en España, Jordana (2007) manejan con respecto a los procesos de elaboración de la identidad y la imagen del “padre” dentro de este colectivo de mujeres. La primera de estas tesis es la que plantea Hertz (2002) para el caso de las madres solteras norteamericanas por ella entrevistadas, quienes dependiendo de la vía de acceso a la maternidad que han seguido (donante conocido o donante anónimo) se afanan por construir una imagen del “padre” que supla lo que perciben, por contraste con las familias biparentales tradicionales, como ausencia de esa figura en sus familias. En unos casos, los de aquellas que han utilizado a un donante conocido, la autora mantiene la idea de que tanto la madre como el niño tienen físicamente presente al padre genético, que generalmente permanece en la sombra de la vida familiar; en los otros casos, los de quienes han utilizado a un donante anónimo, argumenta que imaginar que los rasgos físicos y psíquicos del niño provienen del donante es una vía por la que estas madres crean un padre genético para el niño con la finalidad de afirmar en él el sentido de sí mismo.

La segunda tesis, común a Hertz (2002) y a Jordana (2007) -quien estudia a mujeres catalanas-, es la de que las madres solteras por elección se esfuerzan duramente por levantar y proteger las fronteras entre el parentesco genético y social en la creencia, primero, de que sólo un hombre puede ser el padre del niño y, segundo, de que este hombre -un papá social- puede llegar en forma de pareja, casarse con ellas y adoptar a sus hijos, reconstruyendo así la familia de dos padres heterosexuales y, con ello, el modelo familiar convencional de acuerdo a los cánones patriarcales, que dictan la necesidad de una sola madre y un solo padre, de la maternidad/paternidad vinculada a la pareja y de la reproducción sexual asociada al matrimonio.

La tercera tesis, proveniente del trabajo de Hertz (2002), sostiene que el lugar que estas mujeres asignan al “padre” de sus hijos en su vida familiar, así como la atribución de una imagen e identidad a esta figura, es precisamente una estrategia de normalización de sus situaciones familiares, con la que se busca minimizar las diferencias respecto a la familia biparental, reconocida socialmente aún como la “familia normal”.

La última tesis que vamos a considerar es formulada por Beck y Beck-Gernsheim (2001) en su análisis sobre las repercusiones del proceso de individualización (1) en la familia, el matrimonio y la pareja, y plantea la relación materno-filial en solitario como sustituto de la relación de pareja. Estos autores aseguran que, en un contexto en el que los vínculos tradicionales -incluidos los del matrimonio y la pareja- se vuelven cada vez más frágiles, inestables e inseguros, el hijo se convierte en la última relación primaria irrevocable y no intercambiable que queda. El amor por el hijo vendría a ocupar el lugar del amor de la mujer por el hombre, vínculo cada vez más difícil de lograr y conservar en una situación en la que cada miembro de la pareja lucha denodadamente por su autonomía personal, autorrealización individual y autodeterminación biográfica; valores asumidos hasta ahora por los varones, pero que hoy en día, cuando el proceso de individualización ha alcanzado a las mujeres, han sido también interiorizados por éstas, lo que ha provocado un conflicto de intereses entre hombres y mujeres, afectando especialmente a las relaciones de pareja, a partir de ahora intercambiables, revocables e inseguras. Frente a esta situación, el hijo prometería una unión tan elemental e indisoluble como ninguna otra en esta sociedad, quedando la nueva pareja configurada, por tanto, por la díada madre-hijo en lugar de hombre-mujer.

Es decir, el análisis de los autores mencionados se caracteriza por destacar, en primer lugar, la importancia que para estas mujeres, independientemente de la vía utilizada para acceder a la maternidad, tiene la figura del “padre”, sea éste el genético y/o el social, de ahí su empeño en elaborar una representación del mismo; y, en segundo lugar, la asociación que, según esos mismos autores, dichas mujeres seguirían estableciendo entre el “padre” y la pareja o acompañante sexual, y consecuentemente, entre relación filial y relación de pareja: en unos casos, separando la paternidad genética y la social, que les permitiría atribuir un solo padre legal a sus hijos/as que coincida con su pareja aunque no con el progenitor; en otros, sustituyendo la relación de pareja por la relación filial, como si se tratase de relaciones incompatibles cuando ambas no coinciden. El trabajo de disociación que, en un primer momento, hacen de los elementos constituyentes de la concepción bio-genética del parentesco (pareja/filiación) parece terminar reforzando el núcleo de la familia biparental-heterosexual, porque al fin y al cabo la naturaleza de la paternidad frente a la maternidad siempre ha sido más jurídica que genética, de modo que la única diferencia con respecto a la ideología convencional consistiría en que el cambio en el orden de los factores-los hijos no serían el fruto de la pareja, sino ésta el resultado de aquéllos- no alteraría el producto: pareja heterosexual con una sola madre genética y un solo padre legal por la relación con la madre, o bien mujer sola que al optar por el hijo renuncia a la pareja, cuando ésta no puede ser permanente ni estable.

Las mujeres que han participado en nuestra investigación, quienes han optado por la maternidad en solitario a través de donante conocido, de donante anónimo o de adopción, establecen una escala de distinciones referidas a la figura del “padre” como resultado también de la tarea de disociar y separar los elementos que, hasta ahora, configuraban la representación del mismo de acuerdo al paradigma biologicista del parentesco y a la ideología convencional de familia biparental y de matrimonio heterosexual, pero no para dejar intacto el producto final tras al cambio en el orden de los factores, sino para posibilitar la aparición de un nuevo tipo de familia en que los hijos/as no tienen “padre”, ni social ni legal ni genético, aunque la madre sí tiene o no renuncia a tener pareja. No se trata de separar al padre genético del padre social para que la pareja de la madre pueda asumir luego el rol de padre, sino de realizar, primero, un proyecto familiar en el que de entrada no existe la figura del padre y, segundo, un proyecto de pareja en el que el partenaire de la madre no tiene por qué asumir necesariamente el rol de padre, sino que se piensa en él como una figura con rol y estatus diferentes.

“S (hija menor de la entrevistada) llegó a decir: “Y cuando tengas novio, nos lo tendrás que presentar”. Digo: “¡Anda!, ¿y eso?” Dice: “Porque tenemos que opinar nosotras, porque si va a ser nuestro padre…”. Y digo: “Mira, guapa, habéis vivido durante muchos años sin padre. Podéis seguir viviendo sin él. Si es mi novio, es mi novio, y tú no tienes que decir nada”, “Pues, entonces, cuando tenga novio, tampoco te diré nada”. Y digo: “¡Ah!, no, eso no, porque yo soy tu madre, tengo que saberlo todo. Eso cambia”. ¡Nos estuvimos riendo! (Victoria, 45-50 años, estudios secundarios, administrativo, dos hijas adolescentes adoptadas en China y Vietnam) (2).

Pese a lo anterior, como veremos, no dejan de desplegar estrategias de normalización de sus familias en busca de una legitimación y aceptabilidad social que saben que pasa aún por la familia nuclear, biparental y heterosexual, y para ello se apoyan en componentes ideales pero también “reales” de una pareja convencional. Por un lado, idealizan al donante como persona generosa y altruista, que ha querido ayudar a una mujer en su deseo de ser madre, lo que unido a la noción de que la decisión adoptada por la mujer de acceder a la maternidad en solitario es un acto guiado por el deseo de querer a (y hacerse cargo de) un hijo/a, facilita la explicación del nacimiento de la criatura como fruto del amor de dos personas a pesar de que éstas no hayan tenido ningún vínculo ni contacto sexual, lo que responde a la idea romántica del hijo como fruto del amor de un hombre y una mujer. Por otro lado, desmitifican la idea de que la pareja es el mejor estado para tener un hijo/a, que se apoya en la creencia de que, al ser dos, las tareas de crianza, cuidados y educación se pueden repartir y llevar más desahogadamente. Por el contrario, demuestran con casos conocidos por ellas cómo hay mujeres que, aun viviendo en pareja, han tenido que hacerse cargo solas de sus hijos/as por la ausencia real de los correspondientes padres.

Encontramos en sus discursos el establecimiento de las siguientes diferencias en la figura del “padre” que van más allá de la simple separación entre parentesco genético y social: 1) genitor, hombre con el que una mujer mantiene relaciones sexuales con fines reproductivos conociendo o no la intención de ésta; 2) donante, hombre que dona su material genético a través de relaciones sexuales o mediante técnicas de reproducción asistida, de modo consciente y voluntario; 3) padre, hombre al que la ley reconoce el deber y el derecho de ejercer la paternidad por su relación jurídica con la madre, presuponiéndose que es la pareja de la mujer y, por tanto, el genitor del hijo de la misma; 4) padre real, el hombre que siendo o no el genitor/donante, e independientemente del vínculo jurídico con la madre, ejerce las funciones asignadas al rol paterno de acuerdo al modelo tradicional de familia nuclear, biparental y heterosexual; 5) progenitor opadre biológico, hombre que ha procreado al hijo/a, e incluso en algún caso ha podido ejercer la paternidad durante cierto tiempo, generalmente antes de dar al niño/a en adopción y/o haber sido éste abandonado; 6) referente masculino, hombre que se erige como modelo de las atribuciones asignadas socialmente al género masculino, y que es independiente de las figuras de genitor/donante/padre/padre real/padre biológico; puede ser un pariente materno (hermano, tío o abuelo, por ejemplo), un amigo cercano a la madre o la pareja de la madre; 6) pareja, acompañante sexual de la madre con el que se puede tener o no un proyecto común de vida a corto o largo plazo, en donde cabe o no la asunción del rol paterno del hijo/a de la mujer.

 

2. La figura del genitor o la relación genitor/donante

El primer término, el de genitor, es utilizado por las madres solteras por elección para referirse al caso de mujeres que mantienen relaciones sexuales con un hombre para quedarse embarazadas pero sin declararle sus intenciones. Al no haber contactado con ninguna mujer que haya utilizado esta vía para ser madre (que no respondieron a nuestra llamada a participar en la investigación), sólo hemos podido contar con la valoración que hacen las madres solteras por elección que han elegido otras formas de acceso a la maternidad, ya sean las relaciones sexuales con un “donante conocido”, alguna de las técnicas de procreación asistida (inseminación artificial o fecundación in vitro, sobre todo), o la adopción internacional. En este apartado, nos centraremos en las ideas que dichas mujeres manejan sobre esa forma de acceder a la maternidad en solitario.

Las razones que aducen para rechazar esta vía, tanto las que han ido por adopción como por reproducción sexual con “donante conocido” como las que lo han hecho por reproducción asistida, son de varios tipos: en primer lugar, morales, por utilizar a un hombre como un simple medio para alcanzar un objetivo, despojándole así de su dimensión humana al no tener en cuenta ni su voluntad ni su libertad y valorar tan sólo su material genético, como si de unsemental se tratase. Ello explica la metáfora de la cazaque utiliza la siguiente informante:

“No tengo pareja. No sé si alguna vez la tendré o no. He tenido relaciones, pero la maternidad es algo que tengo muy interiorizado, y ¿por qué voy a dejar de vivirlo? Quiero vivirlo”. Y entonces valoré varias opciones. La de que sea a través -como digo yo-de semental, pues, es que es peligroso, ¿vale?, para la salud, para todo. [E: ¿Sí?]Sí, yo entiendo que sí, o sea, que no sabes con quién estás, si es un desconocido. (…) Y que te puedes volver majara. Yo entiendo, sobre todo por mi experiencia, después de 3 años intentando quedarme embarazada estando casada, que te puedes volver majara, ¿sabes? O sea, si es así teniendo ya, digamos, a tu pareja, que estáis los dos intentando tener un hijo, pues, ¡imagínate tener que salir de caza! (risa). (Norma, 35-40 años, divorciada, estudios secundarios, directora de entidad privada, en proceso de reproducción asistida).

De índole moral es también la reprobación de este método por acudir al “engaño”, puesto que supone no comunicar a la pareja la intención de embarazarse:

“Cuando te planteas esto, piensas todas las opciones habidas y por haber. Lo de engañar a un hombre lo descarté inmediatamente porque no me parecía ético. Creo que si defendemos nuestros derechos, tenemos que defender nuestras obligaciones y las de ellos. Creo que tener un hijo es una cuestión de dos y si la otra persona no está de acuerdo, ¡no está de acuerdo! Y más hoy en día que tienes tantas facilidades. Entonces, no tienes por qué. Además, eso va en tu contra. A mí me gusta ir siempre con la verdad: ¿cómo le cuentas a un niño que engañaste a una persona? Éticamente no me parecía correcto” (Rosaura, 40-45 años, soltera, estudios universitarios, periodista, una hija de 5-10 años por reproducción asistida).

Esta condena moral es lógica en mujeres que tienen una alta autoestima y conciencia de sus derechos como ciudadanas y como madres, derechos que son reivindicados y reclamados bajo los principios de la libertad y de la igualdad. Negar a otros lo que reclaman para ellas sería deslegitimar la aspiración de reconocimiento social para sus propios proyectos familiares.

En la cita anterior aparece otra de las razones que manejan las madres solteras por elección para justificar su vía de acceso a la maternidad en solitario y su rechazo de la fecundación sexual intencional no declarada: es la mayor o menor dificultad para explicar al hijo/a cómo ha sido concebido. Todas contemplan la necesidad de disponer de una historia que puedan contar a sus hijos/as, un relato de su nacimiento que los ayude a situarse en un entorno en donde, pese a la diversidad familiar emergente, aún subsiste como norma el patrón de familia nuclear, biparental y heterosexual. Explicar a sus hijos/as que fueron concebidos a través del “engaño” y del aprovechamiento de una persona como genitora hace aun más rara la situación, en primer lugar, para la madre, que se quedaría sin criterios para exigir a los demás el respeto y la consideración social hacia su opción, pero también para el hijo/a cuando a su vez tenga que dar razón de su vida familiar a sus amigos, compañeros o desconocidos, como se aprecia en el siguiente caso:

“Mira, un detalle: cuando A. (su hija) tenía tres años, estábamos en V, un pueblo de Salamanca perdido del mundo, ¿vale?, pues, entonces la iba a recoger al cole C., el hijo de mi amiga J., de 16 años, y estaba con C. en la plaza del pueblo, -tenía tres años, ¿eh?- y entonces vino un señor de boina, un señor mayor de éstos de toda la vida, y le dice: “Hola, bonita, ¿cómo te llamas?”, “A.”, “¿Y qué?, ¿dónde está tu mamá?”, “Mi mamá está ahí abajo en casa”, “¿Y tu papá?”, “No, yo no tengo papá”; y, entonces, le dice el señor: “¡Ay, pobrecita!, ¿se ha muerto?”, y dice: “No, es que no tengo papá. No se ha muerto, es que no he tenido papá nunca porque, mire usted, mi madre fue a un médico…” y entonces cogió C. y dijo: “¡Hala, vámonos! (risas), ¡que le va a dar algo!, ¡al abuelo le va a dar algo!” (Angelina, 45-50 años, soltera, estudios universitarios, empleada, una hija de 5-10 años por reproducción asistida).

Las razones sanitarias también son esgrimidas a la hora de descartar esta opción, por el riesgo que se corre al desconocer el estado de salud de la pareja sexual, que sitúa a la mujer y a su futuro hijo/a en una situación de vulnerabilidad impredecible:

“Ese periodo de luto fue desde que decidí hacerlo, desde esa noche que hablé con mi amiga, hasta que lo conseguí. Mientras tanto, pues, pensaba en esto y en lo otro: en buscar, por ejemplo, a una persona e ir así de loca por una noche. No me atreví. Otras amigas lo han hecho, pero no me atreví por el Sida. [E: ¿Más con un desconocido?] Sí, pero con el problema del Sida no están las cosas como para hacerlo” (Lali, 40-45 años, soltera, estudios secundarios, trabajo en consultoría; hijos mellizos de 0-5 años por reproducción asistida).

Las motivaciones económicas que pueden barajarse, al ahorrarse el gasto de la clínica y de las técnicas de reproducción asistida, se puede conseguir también con un donante conocido -amigo, ex pareja-, por lo que aprecian más inconvenientes que ventajas en esta vía de acceso a la maternidad.

 

3. La figura del donanteo la relación donante/padre

El término más utilizado por las madres solteras por elección que han acudido a la reproducción sexual con un “donante conocido” y/o a la procreación asistida es el de donante, quien a diferencia del primero, el genitor, es un hombre que ha accedido voluntaria y libremente a donar parte de su material genético. El matiz que marca la diferencia cualitativa es que no ha mediado “engaño” ni manipulación de persona alguna en la decisión y/o en la acción de la mujer, tratándose de un “donante conocido” cuando la pareja sexual ha tenido conocimiento del propósito de la mujer y, por tanto, también ocasión de negarse a ello si no estaba de acuerdo y, si acepta, de poder negociar su futuro papel con el niño/a; y tratándose de un donante anónimo cuando la mujer hace uso de un material genético depositado en un banco de semen, cuyos fines son reconocidos por la ley y de cuyo destino son conscientes los hombres que acuden a él. Otra cosa son las interpretaciones que las madres hacen de esta donación, que -como ya hemos indicado- revisten de generosidad y altruismo, es decir, de una cierta idealización, para poder crear así una historia de amor como origen del nacimiento del hijo/a. Ahora bien, al contrario de la tesis, que Hertz (2002: 7) infiere de sus entrevistas con mujeres norteamericanas, de que las madres solteras por elección utilizan el término donantesimplemente para reforzar la idea de que crean una familia como cualquier otra, nuestras entrevistadas acuden a ese mismo término precisamente para marcar la diferencia de su variante familiar, en la que hay “donante” pero no “padre”:

“Esas conversaciones, pues, cuando el niño empiece a entender, se acabaron. Como el otro día, que estaba mi tía y empieza (pone voz melosa como para hablar con un bebé): “¿De quién será hijo este niño?, ¡porque qué guapo es!”. No sé qué, y tal. Y digo: “Tita, eso de: ¿de quién será hijo este niño?… Este niño es hijo mío, y delante del niño no se habla de: ¿de quién será hijo?, ¿quién será el padre? Como mucho puedes hablar del donante, y como del donante no os gusta hablar, porque os cuesta mucho” (Eulalia, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, mundo del espectáculo, un hijo de 0-5 años por reproducción asistida).

Así como distinguen entre genitor y donante, también distinguen entre donante y padre: sus hijos tienen un donante que es su progenitor, pero no necesariamente su padre; y de igual modo -como se verá más adelante- diferencian al genitor/donante/padre del compañero de la madre, puesto que este último, exista o no, no se convierte en “el padre” por el mero hecho de que sus hijos no lo tengan, situación que no suelen vivir como problemática, lo que explica quizá que no se empeñen en atribuir ese rol ni a la pareja ni a un pariente ni a un amigo.

 

3.1. El donante conocido

Las madres solteras por elección que se han decantado por el “donante conocido”, dos en nuestro estudio, plantean esta opción como algo “arriesgado” y “complicado” en la medida que interviene una tercera persona, cuya indefinición y ambigüedad respecto al rol que va a asumir una vez nacido el hijo/a, les impide controlar totalmente su proyecto familiar, porque pese a las negociaciones previas que se puedan hacer, nunca hay seguridad de que lo acordado se mantenga y de que el donante no reclame posteriormente su paternidad; paternidad que se separa de su papel en la procreación. Se trata de una vía de acceso a la maternidad en solitario que presenta ventajas e inconvenientes, identificados del modo que se expone a continuación por una participante en el foro Madres solteras por elección (3) que eligió este método y que, al mismo tiempo, no deja de describir cómo fue su proceso:

“Voy a ver si hago un esfuerzo de síntesis y de redacción y os cuento mi historia, que si bien, en lo esencial, yo considero que es igual que la del resto de vosotras, en un aspecto es diferente: yo me quedé embarazada de un padre conocido (o donante conocido). / Yo siempre he tenido claro que quería ser madre, con o sin pareja. Un amigo sabía esto y hace años me haba dicho que si yo lo seguía teniendo claro, me ayudaría. Llegado el momento en el que yo decidí que quería tener a mi bebé, hablé con él despacito, teniendo claro que ésta era solo una opción. / Discutimos o aclaramos varias cosas: / – 1. El proceso podía ser largo, pero si empezábamos era para dar un margen de aciertos (días fértiles de aprox. un año). / – 2. Posibilidad de cambiar de idea al ver al bebé. Es una opción que hay que tener en cuenta, yo asumí la posibilidad de criarlo como una pareja que se separa. Es mejor pensarlo que llevarte la sorpresa de que te reclaman la paternidad. Esa idea no era mi objetivo, pero también le veía aspectos positivos. / – 3. Tener amistad y confianza con el padre biológico, pero al margen de ideas de pareja. / Estábamos de acuerdo y nos pusimos a la tarea. / Tras unos meses me quedé embarazada y 9 después nació Tortuguita. / Después del nacimiento volvimos a hablar, el bebé está registrado como mío y sólo mío (dentro de lo que permite la ley retrógrada). / A esta posibilidad yo le veo ventajas e inconvenientes. / Ventajas: / El proceso es menos frío. / Se pueden realizar pruebas médicas durante el embarazo, o previas. / En el futuro pueden buscar sus raíces (este punto también lo hemos hablado). / Inconvenientes: No siempre hay un amigo desinteresado dispuesto a darte un hijo. / Puedes tener problemas legales. / Puede hartarse de intentarlo y dejarte tirada a mitad de camino. / En general, creo que es una opción arriesgada, pero que a mí me ha dado la felicidad” (Tortuga, foro Madres solteras por elección, 21 diciembre 2004).

En este post, la autora plantea las cuestiones fundamentales que esta opción exige abordar. En primer lugar, elegir al donante, que puede ser un amigo o una ex-pareja como ocurre en los dos casos de nuestra investigación; en segundo lugar, negociar con la otra persona el rol y papel que va a asumir en un futuro respecto a la criatura, es decir, el tema de la paternidad; y, por último, el protagonismo de la madre y el control sobre su familia, que se plasma, en parte, en el tema del registro. En cuanto a la elección del candidato, la tendencia es, como se acaba de indicar, elegir a un amigo o a una ex-pareja, esto es, a personas con las que se tiene la suficiente confianza como para hacerles una propuesta que implica aceptar ser sólo donantesin exigir el ejercicio de la paternidad, planteamiento que desafía doblemente el mandato ideológico que vincula reproducción sexual a pareja y progenitor a padre. Ello explica algunas reacciones negativas, calificadas de “shock” por la autora del siguiente post:

“Pregunté al primero de mis candidatos (lo digo con cariño para ponerle humor, no quiero que suene a concurso ni a nada comercial) que me dijo enseguida que no lo veía. Pasados unos días de recuperación, ante la decepción, pregunté al segundo, que fue mucho más asertivo y cuidadoso; después del shock, me dijo que él no estaba seguro de ser capaz de ser sólo donante, que igual querría implicarse al conocer al niño; me pidió pensarlo, y al cabo de una semana me dijo que no, que él no se ha planteado nunca ser padre -es gay con pareja- y ahora tampoco se lo plantea, y como donante no lo ve, pues, que no. (…) Cuando me recuperé, me fui a ver al tercero. / Después del shock, (y es que es muy difícil plantearlo, al menos a mí me ha costado mucho-mucho las tres veces llegar a articular mi propuesta, y es muy fuerte que te lo planteen, claro; ellos tardan en digerirlo), lo primero que me dijo es que se sentía honrado, halagado, muy agradecido; me empezó a hacer preguntas, a plantear dudas que le surgían en el momento. Sobre todo que él no sabe si será capaz de ser sólo donante, que imagina que querrá ver al niño/a, y que igual se encariña. Yo le dije que estaba abierta a hablar de todo eso, que no le pedía ser necesariamente sólo donante. Así que le seguían surgiendo dudas, me decía que le asaltaba la responsabilidad, que él veía que es mi proyecto, es mi hijo o mi hija, y él no quiere pedir derechos, pero sí asumir las responsabilidades que sean necesarias. (…) Me pidió pensarlo, y hablarlo con sus seres cercanos. Yo le dije que sí, claro, y que además yo me daba cuenta que también lo necesitaba. / Por cierto, él es gay, sin pareja, y nos conocemos hace como 15 años. / Y hace unos días sentí que sí, que prefiero que sea él, si es que ha decidido que sí. Pues, bien, le he llamado, y sí, él lo ha hablado, y me dice que sí, que le hace ilusión. Que entiende que será MI hijo, o hija, y que él no va a pedir nada, que entiende que yo quiera inscribirlo como mío sólo, y que él no tiene derechos, que las miles de situaciones que puedan ir dándose en la vida, las irá viendo y resolviendo cuando surjan” (Paulalegre, foro Madres solteras por elección, 18 noviembre 2007).

Además de confianza, el “donante conocido” ofrece mayor seguridad en las condiciones sanitarias y de salud, porque hay un conocimiento directo, de primera mano, que no ofrecen las clínicas de reproducción asistida:

“Es decir, si va a ir una carga genética de alguien, pues, me gusta saber qué es. (…) A mí, me parece que es mejor un amigo. (…) Sí, me parece que es una posibilidad que aporta una ventaja respecto a la reproducción asistida, vamos, respecto a la inseminación, que es ésa: la de poderle conocer” (Nora, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, trabajo en intervención socio-educativa, una hija de 0-5 años con “donante conocido”).

El calificativo de “opción arriesgada” utilizado por una informante más atrás deriva, sin embargo, de la ambigüedad y ambivalencia de la figura del “donante conocido” que si bien ofrece la posibilidad de que el niño/a pueda “buscar sus raíces” y “conocerle”, al mismo tiempo genera incertidumbre porque pueden surgir “problemas legales”, en caso de que el donante quiera solicitar su papel de padre, es decir, hacer uso de las funciones atribuidas según la ley al progenitor de una criatura, lo que a su vez cuestionaría el protagonismo de la madre en el proyecto familiar por ella iniciado y planificado en solitario. Una manera de tratar de evitar legalmente esta posibilidad es registrar al niño/a como hijo/a exclusivamente de la madre, en una demostración de responsabilidad exclusiva de ésta en su crianza:

“Bueno, lo hablé con él unos meses antes de cuando tenía pensado iniciarlo, y luego lo hablé con él unos meses después, no fuera a ser algo pasajero… pero, bueno, sí que le vi bastante convencido de que… vamos, la idea era que yo iba a tener un niño, del que me iba a ocupar yo, iba a registrar yo a nivel legal y que su papel era el del donante, y que la niña se iba a criar conociendo que ella no tenía un papá, puesto que era un donante, no un papá. No obstante, si en el futuro ella quería o él quería investigar, pues, un poco sobre sus orígenes biológicos y eso, pues, que él estaba abierto a hablar con ella (Nora, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, trabajo en intervención socio-educativa, una hija de 0-5 años con “donante conocido”).

Cuando no ocurre así, pueden darse “complicaciones” entre la madre y el “donante conocido”. Por mucho que se negocie, es imposible garantizar que el donante se atenga a lo acordado explícita o implícitamente en el contrato, y que en algún momento, durante el embarazo o después del parto, no solicite una mayor participación en la vida del niño/a:

“Y sí, sí genera problemas. [E: ¿A qué te refieres?] Pues, porque el proyecto es mío, porque mi hijo vive conmigo pero, al estar reconocido, hay… [E: ¿Lo reconoció?] Claro. Yo creo que de todo el proceso eso sería lo único que cambiaría. Pero, bueno, lo reconoció y al niño lo ve. Y la buena relación que tuvimos, ¿no?, se rompió, porque es muy duro. Entonces, en el caso de la adopción, si adoptas sola, cuentas contigo misma. Es muy difícil también, pero no tienes a esa tercera persona que está ahí y que hay que tenerla en cuenta y, bueno, ¡ya veremos! (Esmeralda, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, técnica en empresa privada, un hijo de 0-5 años con “donante conocido”).

Aunque es muy difícil zanjar de una vez todas las cuestiones que intervienen en el proceso, fundamentalmente el pacto de no ejercer de padre de la criatura, lo que sí se puede hacer es prever posibles situaciones y tener pensadas algunas soluciones. Hay que tener en cuenta que se trata de mujeres que han planificado su proyecto previendo los problemas sociales y económicos que su decisión les podría acarrear y acogiéndose a los derechos que las leyes les conceden, por lo que son conscientes del riesgo que asumen al aceptar un contrato sin garantía de cumplimiento. Sin embargo, parece compensarles la ocasión que ofrece este método para que los hijos/as conozcan a sus progenitores, en el caso de que deseen hacerlo, lo que evidencia la importancia que dan a los “orígenes biológicos” como componente de la identidad de sus hijos/as, creencia que se inscribe en el paradigma biologicista que asocia la paternidad al vínculo biogenético, lo que también explica que pese al acuerdo de no reclamación del rol paterno por parte del “donante conocido”, contemplen la posibilidad de que éste cambie de idea porque, como dice Esmeralda en el anterior verbatim, después de todo es “su derecho”, pero un derecho que amenaza permanentemente el proyecto y la experiencia familiar que ellas han conformado.

 

3.2. Donanteanónimo

Esta amenaza de una ausencia relativa de la figura del padre, que pende como espada de Damocles sobre las mujeres que han optado por “donante conocido” y que pone en peligro la autonomía y autogestión en la dirección de sus proyectos, es lo que buscan evitar las madres que prefieren ir por adopción o bien por reproducción asistida con donante anónimo:

“[E: ¿Lo pensaste en algún momento, el pedírselo a un amigo, por ejemplo?] No, eso no, fíjate. Tampoco se me ocurre a quién podría habérselo pedido, ¿sabes? (risa). Pero no, me parece muy complicado, ¡eh! Me parece que eso puede dar lugar a complicaciones y problemas que ahora mismo igual no te das cuenta, porque el otro te puede decir que: “No, no, no. Yo no voy a querer saber nada de él”, y luego ¡vete tú a saber! En el foro sí que hay gente que se lo plantea y me parece muy bien, ¡eh! Si ellos están de acuerdo !ojalá les salga bien!” (Loren, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, cargo medio; reproducción asistida en proceso).

Al erradicar cualquier posibilidad de identificación del donante, el anonimato elimina el riesgo de que el padre se cuele en la vida de la madre y del hijo/a por voluntad propia o inducido por la madre, quien puede requerirle ayuda en el cuidado del hijo/a, creándole falsas expectativas:

“Y si tienes algún problema económico, a la larga también dices: “Échame una mano y tal”. Y luego él, aunque no tenga ninguna responsabilidad… pero un niño engancha y se va a ir enganchando, y te va a pedir más y, al final, vas a tener problemas: “¿Y cómo están los abuelos y tal?”. En fin, no sé, lo veía complicado. Con lo cual al haber esa facilidad (de hacerlo con donante anónimo), que tú escribes un contrato, lo veía como lo más cómodo, lo más sano para el donante, para la madre biológica y para el niño” (Rosaura, 40-45 años, soltera, estudios universitarios, periodista, una hija de 5-10 años por reproducción asistida).

Esto no quiere decir que no se planteen la cuestión del padre, primero, porque siendo mujeres previsoras como son, saben que tarde o temprano deberán abordar el tema con sus hijos/as, quienes viven en un entorno en el que la familia biparental sigue siendo la dominante:

“Hay más preguntas luego, claro, y siempre el tema del padre, ¿no? O sea, en el nivel afectivo, en el nivel psicológico de cara al niño, ¿sabes?, es: ¿cómo lo afrontaré?, ¿cómo se lo voy a explicar a él? Piensas: ¿y cuando sea adolescente me lo echará en cara? Luego, cuando lo comentas con otras personas, dicen: “Sí, seguro que te echa en cara eso, pero si no, otra cosa” (risas)” (Carmela, 35-40 años, divorciada, estudios secundarios, analista informático, una hija de 0-5 años por reproducción asistida).

Y segundo, porque aunque desafían abiertamente con su opción a la familia convencional, la fuerza de la ideología familiar tradicional pesa de tal manera que acaba generando en ellas sentimientos de culpabilidad en lo que interpretan como “privar” a los hijos/as de algo, porque si bien ellas han elegido ser madres solteras (y, por tanto, tienen a sus hijos/as), no pueden decir lo mismo de éstos/as, que no han elegido no tener padre:

“Antes de tomar la decisión, las cuestiones que te planteas son: ¿será egoísta tener un hijo yo sola y privarle de un padre?, ¿será un capricho que yo tengo y estaré haciendo algo injusto con una persona que estoy creando?” (Carlota, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, relaciones públicas, una hija de 0-5 años por reproducción asistida).

A estos sentimientos de culpabilidad y a la posibilidad de que las acusen de egoísmo (algo común en estos casos, como pone de manifiesto Strathern, 1995) se oponen insistiendo en mostrar su opción como “una elección de amor”, tal como asegura la siguiente informante:

“Le intentaré explicar que en un momento dado, en el que no había una persona que yo considerara que podía ser su padre, la opción que elegí…-porque al final es una elección de amor, tener hijos para mí es una elección de amor, ya sea de dos personas o de una-, pues, elegí optar por él con una persona que también hizo una cosa muy importante que fue donar. Y le diré que no tiene padre, pero tiene una madre que lo ha traído como los dos” (Crista, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, ingeniera, en proceso de reproducción asistida).

Presentar el suyo como un acto “de amor” y el de los donantes -tal como se ha señalado también más atrás- como un acto “de generosidad”, pues nada dicen de las posibles motivaciones económicas de éstos, constituye una estrategia narrativa con dos objetivos claros. Uno es reclamar, para su opción familiar, la legitimidad social de la que gozan otras familias, atribuyendo la creación del hijo/a si no al amor entre un hombre y una mujer, como es lo convencional, sí a la concurrencia de los sentimientos de dos personas que, a pesar de no conocerse, contribuyen altruistamente a su nacimiento. Así, el niño-como se viene repitiendo-sigue siendo “fruto del amor”, con lo que se participa de la ideología romántica acerca de la procreación humana, pero separando los sentimientos hacia el hijo/a, esto es, hacia el resultado del engendramiento, de los sentimientos mutuos que, según dicha ideología, se supone que se profesan los progenitores. El otro objetivo es componer una historia que contar a sus hijos acerca de cómo han sido concebidos, y explique al mismo tiempo la diferencia que su familia presenta con respecto a las demás.

“Que, aunque rara, era una historia también bonita para ella, es decir: los dos hemos querido que nazcas, y hemos pensado que ésta es la mejor familia para ti, y así” (Nora, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, trabajo en intervención socio-educativa, una hija de 0-5 años con “donante conocido”, embarazada de su segundo hijo del mismo donante).

Los casos de donante desconocido presentan, no obstante, un aspecto distintivo relevante, que consiste en que la ausencia del padre se presenta en una doble vertiente, pues ya no es sólo que no hay varón que desempeñe el rol de padre (algo que comparten con otras familias monoparentales por elección, se hayan constituido mediante adopción o mediante “donante conocido”), sino que -como se ha indicado más atrás- ni siquiera existe la posibilidad de conocer la identidad del progenitor. Es por ello por lo que esta opción, aunque se considera preferible a la de “donante conocido” por cuanto -como se ha visto- se piensa que conlleva menos riesgo de que la mujer pierda o vea disminuido su control sobre el proyecto familiar, tiene también desventajas con respecto a otras vías de acceso a la maternidad en solitario, sea la recién mencionada o la de la adopción, porque lleva a privar a un niño/a de lo que se concibe como un “derecho”: el de saber quién es su padre (entendido aquí como su progenitor). De hecho, es una de las razones que otras madres solteras por elección, principalmente las adoptantes, dicen tener para desechar la reproducción asistida:

“Luego, ¿qué le dices al niño? M. (su hijo) me pregunta por todo, todo, y ha preguntado también por el padre. Bueno, yo le cuento toda la verdad. La madre a los dos días le abandonó. Bueno, no le abandonó, le dejó en el orfanato y escribió una carta diciendo que le dejaba por aspectos culturales y económicos. Yo tengo sus datos. (…) Bueno, entonces, hay una historia ahí, pero lo de la inseminación lo veo como que de repente quiero ser madre, me pongo ahí algo, me quedo embarazada y tal, y no sé ni de quién” (Geli, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, profesora, un hijo de 0-5 años kafalado en Marruecos).

Las madres solteras por elección que han optado por la reproducción asistida con donante anónimo, además de contar con un foro on line muy activo, han constituido una asociación de ámbito estatal que las agrupa. Ambas entidades han dotado de importantes recursos a las mujeres que emprenden y/o han culminado esta vía de acceso a la maternidad en solitario, entre otros, de estrategias narrativas para contar la propia historia familiar ante las preguntas (más que probables, si no han sido ya efectuadas) de los hijos/as y/o de otras personas del entorno acerca de la ausencia del padre; unas estrategias narrativas, legitimadas por su alto grado de generalización/consenso dentro del colectivo y, a la vez, legitimadoras de esta opción familiar de cara al exterior, que generadas a partir de las experiencias de algunas de estas mujeres, se ponen a disposición de las demás mediante su difusión a través de esos espacios. Por ello es por lo que, cuando se analizan los relatos que han elaborado acerca de los orígenes de sus hijos/as, sorprende la gran homogeneidad que presentan, ya no sólo porque todos inciden en los dos objetivos mencionados, sino también porque comparten estructura, cadencia, figuras retóricas… y el núcleo fundamental de la historia narrada:

“En eso me ha ayudado mucho el foro, porque empecé leyéndolo, y vas leyendo cosas, vas leyendo cosas… e incluso, hasta cierto punto, no me lo había planteado hasta que empecé a leerlo en el foro. Y contaban dos chicas que lo explican como un cuento, y que hay que contárselo al niño desde pequeñito, o sea, tampoco esperar a que el niño te lo pregunte de repente: “¿Y por qué no tengo papá?”. No. Entonces, desde pequeñito, pues, inventarte un cuento. Hay un cuento muy bonito, que lo escribió MamáFeliz (administradora del foro), que le explica a su hijo: “Mira, ¿sabes cómo crece una flor, que necesita una semillita para crecer? Pues lo mismo: mamá encontró un médico muy bueno para que le pusiese una semillita, y de esa semillita naciste tú. ¿Y esa semillita dónde se encuentra? Pues en los bancos. ¿Qué bancos? Pues, bancos hay: bancos de dinero, bancos de sangre… Pues, de un banco de esto, de semillitas”. Entonces, hacer un cuento para que él, desde pequeño, vaya creciendo en una comprensión normal, en una normalidad, de que no tenga un padre” (Kora, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, trabajo en consultoría, reproducción asistida en proceso).

O más bien los núcleos -en plural- de esa historia, porque el relato de “los bancos de semillitas” suele ir acompañado de un énfasis especial en la idea de que la ausencia del padre es compensada por la presencia de un gran número de parientes varones en el entorno del niño/a:

“Le estoy escribiendo un cuento que quiero… [E: ¿Ahora?] Sí. Bueno, ya lo he escrito, pero quiero ahora hacer hincapié en otras cosas. Bueno, primero, es que están como jugando en el parque, y un niño le pregunta: “¿Y tú por qué no tienes padre?”, o sea, como haciéndole ver que es algo malo. Y él expresa todo lo que tiene: “Vale, no tengo padre, pero tengo unos abuelos, tengo unos primos, mira, y juego con ellos en el parque”, o sea, como algo positivo, porque hay otras personas que no tienen tanta red familiar” (Norma, 35-40 años, divorciada, estudios secundarios, directora de entidad privada, en proceso de reproducción asistida).

Idea-esta última- que aparece también en las narraciones debidas a las madres solteras por elección que se han decantado por la adopción:

“A (su hijo), cuando me oye llamarle a mi padre “papá”, hay veces que él también se lo llama, y yo le insisto en que no, que para él es su abuelo y lo tiene que llamar así. Entonces, le explico que él no tiene papá, que sólo tiene mamá y le digo que hay niños que sólo tienen papá y otros tienen las dos cosas. Le suelo poner ejemplos de otros niños que conoce que también son familias monoparentales. Como podéis imaginar, no me entiende, porque es muy pequeño, pero yo intento que crezca sabiendo que él no es diferente, sino que hay un montón de opciones de familia. Y sobre todo recalco que a pesar de no tener papá, tiene a sus tíos y abuelos, que de momento no tiene que compartir con nadie más. Y eso yo creo que a cualquiera le haría sentirse especial” (Foro Adoptarsiendosoltero, 24 de abril de 2009).

Hay madres solteras por elección que comienzan a escribir los cuentos o a idear lo que van a narrarles a sus hijos/as antes de que éstos/as nazcan, incluso antes de que hayan sido concebidos, como es el caso de Norma, por ejemplo -citada más arriba-,y otras lo hacen en forma epistolar, como sucede con Carmina y sus “Cartas a un hijo que está por concebir”:

“Yo también le he dejado muy claro desde el principio que ella no lo tiene. ¡Y ya está! Ahora, cuando me pregunte: ¿y por qué no? Entonces ya tengo yo ahí la documentación preparada (ríe). [E: ¿Qué documentación?] Pues, es un diario de todo lo que me pasó. Yo tengo un diario para dárselo a ella. [E: ¿Pero desde cuándo?] (…) Desde el principio de los principios. [E:¿Y por qué escribiste el diario?] Bueno, lo llamé “Cartas a un hijo que está por concebir”. Lo tengo ahí. Fíjate, y pienso: “Bueno, esto puede ser hasta material cinematográfico”, la verdad, porque, en fin, es todo, está todo contado, hasta cuando nace” (Carmina, 45-50 años, soltera, estudios universitarios, profesora, una hija de 0-5 años por reproducción asistida).

Y también las hay que, además de relatos, tienen prevista una visita con su hijo/a al laboratorio donde se sitúan sus orígenes, uniendo así la narración de estos orígenes a la materialidad de los medios clínicos que han intervenido en el proceso de reproducción asistida (4). Esto sucede, por ejemplo, en el caso de Mariona, a quien dicha visita le permite desdibujar al padre rescatando la única realidad que merece tal nombre, la científica, a través de los espermatozoides del donante:

“Yo se lo expliqué de una forma que él podía entender: que mamá tenía muchas ganas de tener un bebé, y entonces fue donde el tío K. (nombre de un médico)… [E: Claro, porque, además, él los conoce, claro] Claro, y nada: “…y el tío F., que era el biólogo, pues, entre el tío K. y el tío F. me ayudaron y, mira, nos prestaron un papá por un rato, ¡y ya está!” (risa). Y lo primero que le dije fue eso: que nos habían prestado un papá por un rato, y ya está. Cuando ya fue más grande, pues, ya me lo traje un día a la clínica, y entonces vio el laboratorio. De hecho, cuando rodamos lo de la tele, lo volví a traer, que ya era más mayor, porque eso fue a primeros de este año. “Entonces, me pusieron los espermatozoides…”. Yo se lo había explicado, ya mejor, pero el hecho de verlo, pues…. Y, además, a él le encanta la ciencia, le encanta; bueno, le encantan los bichos, la ciencia y tal. Y de alguna manera él entiende que ésos son sus orígenes. Allí estuvo, le pusieron con el microscopio viendo los espermatozoides, y bueno, se lo pasó pipa. Se lo contó a todo el colegio. Yo creo que eso es importante, ¿sabes?, porque es muy difícil para un niño entender que no tiene padre, es difícil. Pero yo creo que… fíjate, no lo había pensado, se me esta ocurriendo ahora, que no sería ninguna tontería, en un momento dado, que un grupo de madres se juntaran y acordaran, por ejemplo, ir a una clínica” (Mariona, 40-45 años, divorciada, estudios secundarios, gestora comercial, un hijo de 5-10 años por reproducción asistida).

Es de destacar el esfuerzo que hacen estas mujeres para hacer comprensible a sus hijos/as la diferencia de sus experiencias familiares y no se sientan discriminados no sólo con respecto a otros niños/as, sino tampoco con respecto a futuros hermanos, de manera que, por ejemplo, si no hay padre, no lo haya para ninguno.

“De un mismo padre biológico y por el mismo camino. Si hubieran sido, por ejemplo, de donante anónimo pero de diferente donante, pues, ¡bueno! O sea, también hubiera preferido que fueran del mismo donante pero, si no, sería la misma forma: ni uno ni otro iban a poder conocer al donante, pero que uno tuviera una oportunidad que el otro no la tiene, pues, no” (Nora, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, trabajo en intervención socio-educativa, un a hija de 0-5 años con “donante conocido” y embarazada de su segundo hijo del mismo donante).

Por ello, en el caso de que proyecten un segundo hijo/a, ya sea de “donante conocido”, donante anónimo o por adopción, procuran hacerlo de modo que los orígenes de los hermanos/as sean los mismos, pudiendo así compartir una misma historia y memoria genealógica (o geográfico-cultural, en el caso de las adopciones, pues intentan adoptar en el mismo país, cuando no en la misma región y/o orfanato y/o familia):

“Digo que ha sido (el elegir China para su segunda adopción) porque tengo a S. (su hija primogénita), porque conozco China y porque de alguna forma ya me tira mucho el corazón. ¡Hombre! Si no hubiera podido entrar, porque yo entré de las últimas, si no hubiera podido entrar, hubiera ido seguramente a Kazajstán o Vietnam, que sale ahora. Pero en principio, yo siempre que pueda quiero repetir. Y entiendo que para ella será más fácil. Eso sí es por ella. Para ella yo creo que será más fácil que encuentre una similitud y que, además, viva el mismo proceso de ella en primera persona, que lo viva con la hermana. Todo eso me parece importante” (Francisca, 40-45 años, soltera, estudios universitarios, directora de entidad privada, una hija de 0-5 años adoptada en China y en proceso de una segunda adopción).

 

4. El padre biológico: sobre cómo hablar de él a un/a niño/a adoptado

Las madres solteras por elección que optan por la adopción (que lo es, sobre todo, internacional) se plantean tres cuestiones principales con relación al tema del padre: 1) qué nombre utilizar (cuando se habla con el hijo/a, pero también con otras personas) para referirse al padre biológico; 2) qué historia contarle sobre sus orígenes, es decir, en este caso, cómo hablarle de “su abandono” y, por ende, de sus progenitores; 3) y, por último, cómo responder (y dotar de respuestas al niño/a) ante las preguntas indiscretas de la gente acerca de la ausencia de la figura paterna.

En lo que se refiere a la primera cuestión, la de qué término emplear con relación al progenitor o padre biológico, no se trata en absoluto de un tema baladí, sino que constituye algo muy significativo tanto por lo que transmite al hijo/a acerca de cómo debe/puede relacionarse, en la práctica y en su imaginación, con quien le engendró (o, en general, con quienes le dieron la vida) como por lo que refleja acerca de la ideología sobre el parentesco y la familia que maneja cada mujer. Evidentemente, no es lo mismo usar los términos “el señor que te engendró”, “tu progenitor”, “tu padre biológico”, “tu padre (o papá) de Etiopía (o Haití o China o Nepal…)”, el vocablo nativo para referirse al padre en el país de origen del niño (“buba” en nepalí o “abat” en amárico, por ejemplo) y/o su nombre propio (Resham, Ashenafi…), en los casos en que los niños lo recuerdan cuando se integran en sus familias adoptivas, o simplemente “tu padre (o papá)”, pues el orden mismo de esta lista va señalando un progresivo reconocimiento de la existencia de un vínculo de parentesco entre el progenitor y el niño/a, a través del marcaje explícito de una progresiva cercanía social pero también geográfico-espacial entre ambos, siendo los de “progenitor” y “padre biológico” los términos considerados más neutros, de ahí que las madres solteras por elección recurran principalmente a ellos para hablar sobre el tema, aunque no sean los que empleen, ni recomienden emplear, con sus hijos/as.

“Aunque mi hija es tan pequeña que aún no entiende que su abuela, además de “abuela”, sea la mamá de mamá o que “tía” sea la mamá de sus primas (para ella ahora mismo no hay más que una mamá, y punto), yo siempre le hablo de su madre etíope como tu “mamá de Etiopía” o como “Frehiwot, tu mamá de Etiopía”. Y cuando ha visto fotos de las dos juntas, ella me reconoce y dice “¡mami!” y yo le digo que la mujer de al lado es su mamá de Etiopía. Y cuando, en el futuro, comience a preguntar por su padre, le llamaré también padre o papá de Etiopía. No sé si haré bien, pero creo que llamarle “progenitor” quizás le sea aun más lioso, porque en la calle le preguntarán por su “mamá de verdad” o por su “papá”, no por madre biológica, progenitora o primera madre, como dicen los americanos” (Foro Adoptarsiendosoltero, 2 de octubre 2008).

Entre nuestras entrevistadas, el que se recurra a uno u otro término para referirse al progenitor de un/a hijo/a adoptivo/a depende, al menos, de tres factores principales: 1) la ideología sobre el parentesco y la familia manejada por cada madre soltera por elección; 2) lo que se conoce de la historia del niño/a anterior a la adopción; y 3) la edad del niño/a. En cuanto a la ideología sobre el parentesco, ésta se refiere, en primer lugar, a la aceptación o no por parte de las mujeres de la pluriparentalidad, esto es, de la posibilidad de que haya más de una madre o más de un padre, porque no en vano -como dice la autora del siguiente verbatim-admitir que el hijo/a tiene “un padre” en su país de origen obliga a admitir al mismo tiempo que también tiene “una madre”, y entonces -como ella misma se pregunta- ¿en qué situación queda la madre adoptiva? En efecto, -como decíamos más atrás- el servirse de uno u otro término supone otorgarle y/o negarle a dicho progenitor un determinado rol parental con respecto al hijo/a, pero no hay que olvidar que ese reconocimiento o esa negación implica, además, a una tercera (o, más bien, a una cuarta) persona: a la madre biológica, en la medida en que, en los casos de adopción, la interrogación sobre uno es indisoluble de la interrogación sobre la otra, lo que añade nuevas dimensiones (como es el grado de amenaza de su posición como madre que puede experimentar la mujer) a las diferentes perspectivas acerca de cuáles son los términos más adecuados para referirse al padre biológico.

“A mí también se me ha recomendado a veces (por parte de amigos o familiares bienintencionados) que diga que sí tiene padre y es negro, o es etíope, pero yo creo que, a diferencia de lo que pasa con vuestros casos, para mis hijos no sirve: ninguno de los dos conoció a sus padres, ni sus padres a ellos (…), por tanto, creo que hablar de un padre en Etiopía (o en Marruecos, cuando sea el caso) es confuso para ellos y también para el resto de la gente. Si su padre está en Etiopía, también está allí su madre, y entonces ¿yo quién soy?, ¿la canguro? (Foro Adoptiva, 23 de julio 2009).

Pero una ideología sobre el parentesco conlleva asimismo una determinada concepción acerca de qué es “un padre” o “una madre”, esto es, de qué es lo que hace que se le pueda llamar de ese modo (¿la procreación?, ¿el cuidado y la educación?, ¿la provisión económica?, etc.):

“Todos nuestros hijos son hijos de monoparentales y, por tanto, sólo tienen un padre/madre. Evidentemente todos nacemos de hombre y mujer; mientras no se invente nada más, todos salimos de una pareja, pero yo me niego a llamar padres a los simples progenitores. Para mi hija, la única madre que tiene y tendrá soy yo. Ella por madre entiende aquella persona que la cuida, la regaña, la da de comer y la lee cuentos. Y decirle que tiene otra madre en China creo que sólo confundiría conceptos. Yo no la puedo llamar madre aunque le haya dado la vida. No me da miedo la palabra, simplemente creo que no lo es. Es una madre biológica. Y yo la respeto por haberla dejado en un lugar donde ser encontrada, nada más” (Foro Adoptarsiendosoltero, 2 de octubre 2008).

En todo caso, tanto la amplitud de la concepción que se maneja sobre estos vínculos parentales como la predisposición a aceptar una situación de pluriparentalidad no dejan de estar relacionadas con la edad a la que los niños han sido adoptados, aunque sólo sea porque la madre adoptiva tiene que lidiar con los recuerdos y con los sentimientos que el hijo/a alberga con respecto a sus padres biológicos.

“Si fuera como en muchos de vuestros casos, que conocéis a los padres o tenéis referencias, o los niños tienen recuerdos, por supuesto que creo se les debe llamar así o al menos contar lo que se sepa de ellos. Pero yo no sé nada y no tengo posibilidades de saberlo” (Foro Adoptarsiendosoltero, 2 de octubre 2008).

En segundo lugar, el término que se usa (y cómo se usa) no es independiente de lo que se conozca de “los orígenes” del niño/a y de si, en función de éstos, se considera al progenitor (/a la progenitora) merecedor o no de la etiqueta de “padre” (/de “madre”), toda vez que siempre hay involucrada una dimensión moral en el acto de otorgar o denegar dicha etiqueta a una persona, que depende sobre todo de cómo se interpretan las condiciones del “abandono”. Ser considerado “padre” (o “madre”) es, desde esta perspectiva, algo de lo que hay que ser merecedor, que es necesario haberse ganado, que no se consigue por el mero hecho de estar ligado con lazos de sangre a un niño/a (5).

“Mi hijo sabe perfectamente que en Etiopía hubo un señor y una señora que fueron sus progenitores (es decir que le dieron la vida), y que esa señora, además, fue (y es todavía) su madre etíope, su otra madre. No sólo le gestó y le parió sino que cuidó de él hasta los dos años, le entregó en adopción de la forma correcta, dejó sus datos (gracias a lo cual yo pude localizarla) y sigue preocupándose por él. De hecho, yo tengo relación epistolar con la madre biológica de mi hijo (y me repatea llamarla madre biológica, porque fue su madre, a todos los efectos, durante tanto tiempo como lo he sido yo), y por su deseo expreso le mando de vez en cuando fotos y noticias del hijo que compartimos. Ella también me envía noticias suyas, y fotos que por supuesto le enseñaré a mi hijo. Mi hijo sabe esto, sabe de ella, y la llamamos por su nombre o bien decimos “su mamá de Etiopía”. Creo que progenitora o madre biológica son palabras ajenas a un niño de cuatro años, y además, no creo que se correspondan con la realidad de nuestra familia. Ella fue y en cierta manera todavía es su madre. Su padre nunca fue su padre. Fue un tipo que después de dejar embarazada a su madre, desapareció, que no le ha dedicado a mi hijo (que no suyo) ni un solo minuto de su vida y que no creo que se haya preocupado jamás de él. Lo siento pero no, no es su padre: sólo su progenitor” (Foro Adoptarsiendosoltero, 1 octubre 2008).

Y, por supuesto, una variable importante a la hora de comprender de qué términos se sirven para referirse al padre biológico es la edad del niño, entendida ahora como la que tiene cuando se aborda con él este tema, como se puede apreciar en los verbatimsexpuestos más atrás, en los que las madres solteras por elección citadas afirman que usan los términos “papá” o “papá de Etiopía” (o -en el verbatim anterior- “mamá” o “mamá de Etiopía”), por ejemplo, cuando hablan con sus hijos, por considerar “palabras ajenas” a niños pequeños las de “progenitor” o “padre biológico” por mucho que sean más asépticas.

Así, hay veces en que al progenitor sólo se le concede que ha desempeñado esa función, es decir, que ha contribuido a la vida del niño/a engendrándolo/a; en otras ocasiones, sin embargo, se le reconoce una contribución más amplia y, con ello, el rol de “padre” (o el de “madre” a la progenitora). No obstante, esto último no significa que no se disocie asimismo la figura paterna, sino que dicha disociación, en lugar de ser funcional, se produce en el tiempo, esto es, se piensa que el “padre” ha ejercido (o ha podido ejercer) ese papel en el pasado pero ha dejado de hacerlo en el presente, desde el momento en que dio a su hijo/a en adopción.

En cuanto a la segunda cuestión planteada al comienzo de este apartado, es decir, a la que alude a qué historia contarle al niño/a sobre sus “orígenes”, en este caso se concreta -como se ha dicho- en cómo hablarles de sus progenitores (y, por tanto, también del progenitor) y de lo que se denomina “su abandono”. Dentro de estos relatos, el asunto de por qué ahora no tienen padre es algo que se suele solventar fácilmente, introduciendo alusiones a la situación personal y afectiva de las madres en el momento en que optaron por adoptar, esto es, subrayando que cuando comenzaron el proceso de adopción, no estaban casadas ni tenían pareja:

“No me lo he planteado todavía pero seguro que me va a salir de lo más natural. (…) Y mi hermana me dice que a los niños hay que darles respuestas muy sencillas para que se queden tranquilos. Pues, en su momento diré: “Cuando decidí este proyecto, no tenía una pareja, y además está el tío L (su hermano), el tío N (su cuñado), está C…”, porque hay otros que pueden estar” (Gladis, 40-45 años, divorciada, estudios universitarios, trabajo socio-educativo, en proceso de adopción en Vietnam).

A pesar de lo cual decidieron seguir adelante con su deseo de maternidad, un deseo que, en el caso de las madres solteras por elección adoptantes/adoptivas, se hace coincidir con la necesidad que tiene un niño/a (en este caso, el propio hijo/a) de tener una familia. De hecho, estas madres solteras por elección suelen valorar que esta cuestión, la de por qué no hay un varón conviviente que desempeñe las funciones paternas (o, si se quiere expresar de otro modo, la de por qué adoptaron solas sin tener una pareja que asumiera dicho rol), es menos trascendente para los hijos/as adoptivos/as que aquella otra señalada antes, esto es, la que hace referencia a “la historia del abandono” y, de esta manera, también al tema de los padres biológicos.

“A. (su hija biológica) ha tenido muy claro siempre que había un padre que no figuraba, y se le ha hablado abiertamente del tema. No lo hemos sacado a colación nunca… o sea, me refiero que ha sido siempre a través de las preguntas que la niña hacía. Un niño adoptado es distinto, claro, pero partiendo de la base de que el niño primero tiene que asumir lo suyo, que ya es bastante, o sea (risa): que ha sido abandonado y que tiene una familia nueva. Ya, una vez que tiene una familia nueva, ahora ya explicarle que no tiene padre o ocuparse de…” (Carolina, 35-40 años, soltera, estudios secundarios, trabajo en el mundo del espectáculo, adopción en proceso en Etiopía, más hija biológica adolescente).

Tanto es así que, por ejemplo, cuando los niños/as-comúnmente pequeños- les “piden un papá”, suelen enfrentar estas demandas con más sentido del humor que preocupación, atribuyéndolas a la ingenuidad de los chicos/as y, sobre todo, a la presión de un entorno social en el que la familia biparental-heterosexual sigue siendo predominante, más que a la eventualidad de que estén sintiendo una carencia. Se trata de una actitud, bastante generalizada, que hemos encontrado también en algunas madres solteras por elección que han acudido a la reproducción biológica:

“Entonces, yo a D (su hijo) siempre se lo he planteado como una cosa normal: “Yo no tenía un papá (para ti) e hicimos eso”. Ahora me dice: “¡Jo! ¡Pues, yo quiero un papá!”. Digo: “Pues, vale. Buscamos uno, pero nos tiene que gustar a los dos, ¡eh! ¡Que yo lo tengo que aguantar!” (Risa)” (Mariona, 40-45 años, divorciada, estudios secundarios, gestora comercial, un hijo de 5-10 años por reproducción asistida).

En cuanto a qué y cómo contar la historia del “abandono”, en los casos de las mujeres que han optado por la adopción se aprecia asimismo una cierta tendencia homogeneizadora de los relatos, que -desde nuestro punto de vista- proviene principalmente de la incidencia que sobre los mismos tienen las valoraciones y recomendaciones de los expertos (Ehrenreich y English 1990); expertos con los que las madres solteras por elección adoptantes/adoptivas se ponen en contacto sobre todo a través de la literatura especializada y, de modo obligado, durante el proceso de adopción, en especial cuando llevan a cabo los cursos de formación preadoptiva establecidos por cada Comunidad Autónoma (que es el órgano político-administrativo que asume esta competencia en España) y el denominado estudio psicosocial, realizado por psicólogos y trabajadores sociales, que ha de culminar con la obtención del certificado de idoneidad para ser padres adoptivos.

[E: Esto de que es adoptada y lo de no tener padre ¿tienes pensado hablarlo de alguna manera?] ¿A la niña? Pues, claro, desde el primer día. Vamos, de hecho, las niñas de mis amigas, que son chinitas de dos años y medio, ya lo saben. ¡Vamos a ver!, yo lo que no le voy a contar a la niña es una historia de éstas para no dormir, ¿sabes? Por supuesto, le voy a contar que ella ha tenido unos padres, una madre que la ha querido muchísimo, ¿sabes?, lo que pasa es que ellos económicamente no podían tenerla, y la dejaron en una casita, y me llamaron a mí y como yo sí podía, pues, yo fui a buscarla. Le contaré algo así. No le voy a contar ni que la ha traído la cigüeña ni que una semillita… O sea, una cosa que ella pueda entender, y cuando vaya siendo más mayor, ya le iré contando otras cosas” (Lidia, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, secretaria, adopción en proceso en China).

Los trazos comunes y homogeneizadores de estas narraciones se detectan en aspectos tales como que los padres biológicos les sean presentados al niño/a de una forma sumamente benigna, esto es, sin cuestionar en absoluto ni sus decisiones ni a ellos mismos, sino dando a entender que fue el amor que le profesaban el que los llevó a pensar que otras personas podrían ocuparse mejor de él/ella. A pesar del surgimiento ocasional de alguna que otra voz crítica a este respecto (6), se trata de una tendencia a la edulcoración de la historia sobre “los orígenes” que es mayoritaria entre las madres solteras por elección adoptantes/adoptivas.

“Le iré contando las cosas conforme las pregunte, pero le contaré todo. Explicar la maternidad en solitario hoy en día es muy fácil: “No todas las familias son mamá, papá y niño. Hay familias en las que son dos mamás, son dos papás, familias que son mamá e hijo, o papá e hijo, o simplemente familias donde no hay hijos, y no dejan de ser familia por no tener hijos”. Con respecto a lo de ‘en solitario’, ¿por qué en solitario?: “Porque en un momento determinado quise quererte y te tuve sola. Si hubiera estado acompañada, te hubiera tenido acompañada. Fue porque lo quise así, porque te traje a mi vida en el momento en que consideré mejor traerte”. Con respecto a su historia de ser adoptado, (…) él tiene sus fotos de antes y después de venir a casa, y las vamos viendo y las vamos repasando, y él sabe que es adoptado. La historia de los padres biológicos se la contaré cuando la pregunte, porque la conozco; entonces, se la iré contando conforme él la pregunte de la manera menos dañina posible. En ese sentido, hay suerte porque la historia es bastante benigna, quiero decir que la historia de J (su hijo) no es una historia de maltrato. (…) Entonces, digamos que la madre le demostró el amor suficiente a J (el hijo) como para darlo en adopción. Es una historia muy buena para él, muy fácil de asumir. Lo del padre biológico es peor porque él se lavó las manos, pero yo ahí sí que he tomado una decisión: que, en principio, el padre y la madre tendrán la misma historia. Ya más adelante, cuando sea mayor, le contaré y él decidirá, pero ahora: “Tu padre y tu madre biológica no podían cuidarte y te dieron en adopción”" (Petra, 40-45 años, soltera, estudios universitario, psicóloga, un niño de 0-5 años en acogimiento preadoptivo).

Son narraciones en las que, como se pude ver nítidamente en el anterior verbatim, se abordan casi todos los aspectos que se estiman significativos para que el niño/a viva con normalidad la ausencia de un padre. Algunos de estos aspectos coinciden con los que son también relevantes para las madres solteras por elección que han tomado otras opciones para llegar a ser madres, como ocurre con el hecho de haber emprendido un proyecto familiar “sin tener un papá” para el hijo/a (lo cual -tal como se ha visto- se resuelve de una manera sencilla: se debe a que no tenían pareja en esos momentos) aunque sí una extensa y rica red familiar, en la que pueden hallar “referentes masculinos”, o con el énfasis en presentar su modelo familiar como uno más entre una amplia gama de posibilidades o, por último, con la idea de que el amor es el que está en el origen de su llegada a la familia, sólo que aquí ese amor no proviene de un “donante”, además de provenir de la madre, como en los casos de fecundación sexual con “donante conocido” o de fecundación asistida, sino de unos “padres biológicos” que, tal como se le transmite al niño/a a través de las historias edulcoradas recién aludidas, ante las dificultades para cuidarlo/la y educarlo/a, renunciaron a él/ella para que otra persona lo pudiera hacer en su lugar, es decir, prefirieron darlo/a en adopción para asegurarse que tendría una vida mejor.

Finalmente, otra cuestión que preocupa a las madres solteras por elección, en general, y a las adoptantes/adoptivas, en particular, es cómo deben responder tanto ellas como sus hijos/as a las preguntas, más o menos indiscretas, de quienes (pequeños o mayores) preguntan por el padre. Las posturas a este respecto de las madres solteras por elección que han optado por la adopción varían desde quienes proponen que simplemente se responda que el niño/a “no tiene padre”, reivindicando así la legitimidad del modelo familiar monoparental, hasta las que consideran que es perfectamente legítimo y, sobre todo, práctico contestar que “tiene (o tengo) un papá en Nepal (o en Etiopía o en Rusia…)”, puesto que así se satisface la curiosidad de la gente y se evita nuevas retahílas de preguntas.

“Alguna vez he sido testigo de preguntas de los niños: “¿Y tu papá?”, y ella (su hija) contesta, con seguridad y naturalidad: “Yo tengo un papá y está en Etiopia”. Y los demás niños no preguntan nada más, no les resulta necesario. / Bueno, a esto tengo que apuntar que en el caso de mi hija, esto es cierto, es decir, sé positivamente que tiene padre y madre porque estoy de vez en cuando en contacto con algún miembro de su familia; lo que no sé es, si en el caso de que no se conozcan los orígenes del niño, esto es también aplicable” (Foro Adoptarsiendosoltero, 25 abril 2009).

Indudablemente esto último es posible en la medida en que estas mujeres, directamente o a través de sus hijos/as, juegan con la ambigüedad del término “padre”, con la que se origina por no aclarar a qué significado del mismo se alude en cada caso (a la pareja de la madre, al progenitor, al proveedor y/o al padre social, por ejemplo). Ahora bien, si pueden jugar, y juegan de hecho, con dicha ambigüedad es precisamente porque antes han disociado estratégicamente esos significados.

 

5. La figura del padreo la relación padre/pareja/referente masculino

Las madres solteras por elección que hemos entrevistado declaran abiertamente que sus hijos/as “no tienen padre”, tanto las que han ido por “donante conocido” o por reproducción asistida:

“Yo tengo claro que mi hija no es inferior a nadie por el hecho de no tener un padre. (…) Ella sabe que no tiene papá. Lo sabe, pero no pregunta: “¿Por qué no tengo papá?”. No. Todavía no me lo ha preguntado. Y, además, ella sabe que otros niños tienen papá y que ella no tiene papá. Es perfectamente consciente de su diferencia respecto a eso” (Carmina, 45-50 años, soltera, estudios universitarios, profesora, una hija de 0-5 años por reproducción asistida).

Como las que se han decidido por la adopción:

“Se da cuenta de todo y todo lo pregunta: “¿Y mi papá?”, “Pues, tu papá… No tienes papá. Nosotras no tenemos papá”. Y ella ya sabe que no tenemos papá, pero tenemos abuelo, tíos… [E: ¿Y cómo reacciona ella?] Totalmente normal. Lo ve natural. Lo ha visto de siempre. Es que era muy pequeña, entonces, me imagino que más adelante empezará con el: “¿Y por qué no tenemos papá?”, o el “¿Por qué…?” Pero, vamos, de momento es muy pequeña todavía” (Francisca, 40-45 años, soltera, estudios universitarios, directora de entidad privada, una hija de 0-5 años adoptada en China y en proceso de una segunda adopción).

Pero parece que también los niños/as tienen asumida esta idea, de ahí la necesidad de hacer comprensible a sus hijos/as la historia de sus orígenes a través de recursos narrativos y experimentales como los que hemos visto.

“Mi madre no se ha casado y por eso no tengo yo padre, pero tengo una abuela, tengo a mis primos, tengo a mis tíos…”, como diciendo: yo no tengo padre pero tengo mogollón de gentepor ahí. Lo dice él así. Yo no sé ahora por dónde tirará. Pues, a lo mejor le preguntaron…,porque preguntan, ¿eh?, porque ¿cuándo fue que me preguntaron a mí? ¡Ah!, un niño del parque el otro día me dice: “¿Por qué A (nombre de su hijo) no tiene papá?”. Dice: “Claro, tú has ido a buscarlo y has ido tú a por él”. Y digo: “Efectivamente”. [E: ¿Te lo dijo un niño?]Un niño de siete años que es amigo de A. Seguro que le preguntó a A y él se lo dijo, y luego vino a preguntármelo a mí” (Chavela, 40-45, soltera, estudios universitarios, profesora, un hijo de 5-10 años adoptado en Etiopía).

Es decir, sus hijos/as no tienen padre en el sentido tradicional que aúna en una misma figura funciones y roles como la de genitor, proveedor económico, compañero sentimental y referente masculino. El padre no existe en la medida que estas funciones y roles se distribuyen y son desempeñadas por diferentes personas: el niño no tiene padre, sino que tiene un donante (un genitor o un progenitor), una madre proveedora con o sin pareja y uno o varios referentes masculinos. La diferencia es que si en la familia convencional la misma persona, el padre, cumple diferentes funciones, en las familias de madres solteras por elección, esas mismas funciones son ejercidas (y sus atribuciones asumidas) por diversas personas, parientes o no del niño/a. La figura del padre se descompone, de tal modo que se le vacía de contenido genético, económico, social y cultural; en una palabra, se desvanece. Así, el genitor/progenitor/donante no es el padre porque, como dice Angelina en el siguiente verbatim, “padre no es el que pone el semen”:

“Es que lo sabe de siempre. No ha habido lugar a que ella preguntara ¿dónde está mi padre? Cuando ya fue más mayor sí que me preguntó una vez si ella iba a poder alguna vez acceder a la identidad del padre. Y ya le expliqué que las leyes protegían el anonimato, y aproveché para decirle también: “Un padre no es el que pone el semen, sino que un padre es el que quiere tenerte, el que decide tenerte, y que ese señor que puso el semen ni siquiera sabe que existes, ni ha querido tenerte ni nada. O sea, nos ha hecho el favor de ayudarme a mí a tener el hijo. Entonces, este señor está al margen, es ajeno a…”. Y lo entendió perfectamente” (Angelina, 45-50 años, estudios universitarios, empleada, una hija de 5-10 años por reproducción asistida).

Pero el proveedor económico tampoco es el padre. La única fuente de ingresos en estas familias es la de las madre, que poseen un perfil socioeconómico elevado como muestran, para el caso de España, las investigaciones de Jordana (2007), González et al. (2008) y la nuestra misma (Jociles y Rivas 2009; Jociles, Rivas, Moncó y Villaamil s/f). De hecho, la estabilidad laboral y la solvencia económica son cuestiones que estas mujeres tratan de resolver antes de decidirse a ser madres en solitario.

La tercera asignación que se suele hacer a la figura del padre es la de pareja o compañero sentimental y sexual de la madre, que tampoco se cumple en estas familias; lo que no quiere decir que las madres solteras por elección renuncien a emparejarse (en algunos casos, con otra mujer, como ocurre con dos de nuestras entrevistadas, que declararon ser lesbianas), sino que separan la relación de pareja de la relación de maternidad. Frente a la tesis de Beck y Beck-Gernsheim (2001), que plantean el lazo materno-filial (considerado más duradero y sólido) como sustituto del que une a la pareja sentimental (valorado como más inestable y provisional), las madres solteras por elección estudiadas por nosotras no establecen oposición alguna entre ambos tipos de vínculo, a pesar de compartir la valoración sobre cada uno de ellos, sino que les asignan estatus diferentes. Así, -según se desprende de sus discursos y del proceso que han seguido para constituir sus familias monoparentales- el primero, es decir, el vínculo materno-filial, tiene que ver con un proyecto familiar que se va afianzando a medida que la experiencia demuestra que pueden sacar adelante solas a sus hijos/as, mientras que el segundo, el vínculo de pareja, es más bien una faceta individual que atañe a la mujer, e indirectamente a los hijos/as, pero que inicialmente no forma parte de dicho proyecto.

“A él (su actual pareja, sobrevenida tras iniciar un proceso de adopción) lo que le gustaría es tener un hijo pero, a ver, es que va a ser mi hijo, no va a ser de los dos. Pero él se lo está tomando muy bien, y tiene mucha ilusión: ¡si ya tengo cosas que ha traído para el niño! Yo creo que (al niño) le va a venir bien, porque una figura masculina también viene bien. Quiero decir que a mí me parece estupendo que él también esté ilusionado con el tema, ¡aunque no a ser su padre! (…) De momento no vivimos juntos ni eso. Yo no sé después de todo lo que pasará, ¿sabes?, pero, vamos, esto es un proyecto mío, que estoy yo en él y lo llevo yo adelante. Y luego cualquier ayuda que me venga del exterior, bienvenida sea. Entonces, yo lo considero como una ayuda, digamos (Alicia, 45-50 años, soltera, estudios universitarios, ingeniera, adopción en proceso en Nepal).

Se trata así de dos proyectos diferentes que no dependen el uno del otro, razón por la cual uno no es visto por las madres solteras por elección (aunque tal vez sí por ciertas personas de su entorno) como sustituto del otro sino, si acaso, como posible complemento del mismo: uno el de maternidad/filiación y el otro -como se ha repetido-, el de emparejamiento/ matrimonio.

“O sea, amigos cercanos que te dicen: “Es que tú has tirado la toalla muy pronto”. Digo: “Pues, no, no creo”. “Has cerrado ya la puerta al amor”. Digo: “No”, ¿sabes? Que igual que lo puedo encontrar ahora…, o si no, pues, a esa persona puede que la encuentre dentro de un tiempo, ¿sabes? Que no sé. Yo no he cerrado ninguna puerta, simplemente he abierto otra” (Soraya, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, maestra, en proceso de reproducción asistida).

En todo caso, si en la fase inicial el hecho de no tener pareja para concebir un hijo/a por los cauces convencionales no es óbice para cumplir su deseo de maternidad, tampoco lo es más tarde, cuando han alcanzado su objetivo de ser madres. Es más, aunque comiencen luego una relación de pareja (a la que, como se aprecia en el verbatimanterior, confiesan no renunciar), marcan muy bien las distancias entre ambos proyectos. De hecho, 6 de las 52 madres solteras por elección entrevistadas establecieron una relación de pareja después de ser madres en solitario sin otorgar el rol de padre, solicitado en 2 casos (los de Norma y Mariona) por el nuevo compañero:

“Luego cuando yo ya tenía al niño, que tenía dos años, conocí a un hombre y me casé. Y, bueno, estaba empeñado en casarse, y al final me casé. Quería adoptar al niño, afortunadamente le dije que no, y duramos tres años y medio. Primero, me parecía precipitado. A mí lo de casarme no me hacía especial ilusión, pero me daba igual, ¿sabes?, porque lo de casarte (es que) firmas un papel, te divorcias ¡y se acabó! Pero lo de la adopción era para toda la vida. Entonces, yo le dije: “Bueno, cuando llevemos tres, cuatro, cinco años, si vemos que la cosa va bien, pues, ya vamos viendo, ¿no?”. Y me alegro muchísimo; si no, creo que hubiera sido una tortura” (Mariona, 40-45 años, divorciada, estudios secundarios, gestora comercial, un hijo de 5-10 años por reproducción asistida).

No estamos de acuerdo -como hemos resaltado en otros lugares (Jociles, Rivas, Moncó y Villaamil s/f; Jociles y Villaamil s/f)- con la idea de algunos autores, entre ellos Jordana (2007: 129), acerca de que las madres solteras por elección, cuando culminan su proyecto de maternidad en solitario, emprenden “un proyecto de paternidad no descartando la posibilidad de encontrar pareja en un futuro con la que compartir su descendencia (7)“. Si bien reconocen que hacerse cargo solas de la crianza, cuidados y educación de sus hijos/as es una gran responsabilidad que les resta tiempo para dedicarse a ellas mismas, desmitifican la idea de que por tener una pareja estas actividades se vayan a compartir entre dos. Al igual que -como hemos visto- idealizan al donante/progenitor para crear con él un relato de los orígenes de sus hijos/as, también des-idealizan la imagen de la pareja convencional que comparte las tareas familiares y domésticas:

“Es entrega total (al trabajo) en cuanto a horarios, pero ¡como yo estaba mentalizada, que yo sabía que era así. Entonces, es más un show para las madres en pareja cuando se encuentran con cómo reacciona su pareja, que hay hombres que están ahí y hombres que no. Ésas sí que lo pasan mal de verdad. Nosotras es que ya sabemos lo que es. ¡Es que ya lo tenemos previsto!” (Eulalia, 35-40 años, soltera, estudios universitarios, mundo del espectáculo, un hijo de 0-5 años por reproducción asistida).

Por último, la idea del padre como referente masculino se diluye también al disponer de otras personas -no se debe olvidar que son mujeres que, en general, cuentan con redes sociales amplias- entre las que elegir a alguien que pueda desempeñar este papel.

“Ahora estoy pensando: “Bueno, va a haber bautizo. Bueno, ¿y quién elijo de padrino?”, “Me hace ilusión que sea mi abuelo. ¡Ya!, pero se muere el abuelo y, entonces, no tiene ni padre ni abuelo ni padrino. Entonces, estoy buscando una figura de padrino como referencia masculina, pero ¿cuántas veces se toman referencias masculinas de profesores o de amigos, seas niño o niña, seas hombre o mujer?” (Norma, 35-40 años, divorciada, estudios secundarios, directora de entidad privada, embarazada por reproducción asistida).

Así, si el progenitor es el padre biológico o el donante-conocido o anónimo-, la proveedora la madre, el referente masculino un pariente o amigo de la madre y la pareja tampoco se identifica con ninguna de estas atribuciones sociales, ¿qué sentido tiene la figura del padre? o, más bien, ¿qué necesidad hay de tener un padre?

“No sé, hacerle ver que él vive, ¿sabes?, su propia familia, que es la suya propia, ¡no? O sea, yo creo que de lo que no se carece no se puede echar de menos. O sea, va a vivir su vida (Soraya, 30-35 años, soltera, estudios universitarios, maestra, en proceso de reproducción asistida).

“(Aquello) de lo que no se carece no se puede echar de menos”, sentencia Soraya en el anterior verbatim, y los hijos/as de las madres solteras por elección, al no carecer de ninguna de las funciones y roles asignados al padre por la ideología convencional sobre la familia, ni tienen padre ni es probable que lo echen en falta, como afirman sus madres.

 

6. Conclusiones

La hipótesis que manejamos es, entonces, que la disociación de los roles vinculados a la figura del padre constituye una estrategia, entre otras, de la que se valen las madres solteras por elección para afrontar de manera eficiente las cuestiones relacionadas con la ausencia de esa figura en sus hogares. De hecho, las madres solteras por elección le hacen frente como un tema al que hay que prestar atención, porque por algo los expertos y la sociedad, en general, ven en él una fuente potencial de problemas para los hijos/as, pero que ellas, basándose en sus propias experiencias y en las de otras madres solteras por elección u otras familias de su entorno, tienden a desproblematizar, a considerarlo un asunto a tener en cuenta pero que no es ni el más importante para la vida de sus hijos/as ni debe absorber más energías y tiempo que los estrictamente necesarios. Por ello, llama la atención que algunos expertos en temas de familia le otorguen lo que, a ojos de ciertas mujeres, no deja de ser una relevancia desmesurada:

“La psicóloga (que le hizo el estudio psico-social) también iba en la misma línea. (…) Yo no sé qué ideas tenía pero, ¡vamos!, se lo dije al final; digo: “¡Mira! Me he tragado todas las citas que me has puesto, que han sido mogollón”, “¡Es que quería hacerte una buena valoración y no sé qué!”. Digo: “Pero es que yo no sé si me estabas valorando a mí o a mi madre, que ya no existe. Siempre preguntas de mi madre, y si no le reprochaba no tener padre”. Pero era como sólo ese aspecto… Ya sabes que los psicólogos, cuando les da por un aspecto, pues, ¡se enfilan, se enfilan!, y parece que encuentran ahí un filón. Y yo se lo dije a ella: “Mira, no sé si me has valorado a mí, porque no te has cuestionado si soy una borracha, una drogadicta…”. Y dice: “¡No, hija!, eso se nota”. [E: ¿Por el hecho de ir como monoparental?] No. Su empeño era mi madre, que yo no la hubiera cuestionado a ella nada, ¿sabes? Hombre, a lo mejor cuando eres pequeña sí que te interesa tener padre, pero te lo cuestionas así como muy por el colegio y tal, ¿sabes? Y a ella le extrañaba que yo no hubiera tenido ese interés, es decir, como que yo no le cuadraban en los libros, ¿sabes? Y ella ¡otra vez y otra vez!” (Irene, 40-41 años, soltera, estudios secundarios, conserje, una hija de 1-5 años adoptada en Nepal).

Lo anterior -como se ha dicho- no quiere decir que no consideren la ausencia de una figura paterna como un tema digno de reflexión. Es más, no pensar sobre ello iría en contra de su ethos y, sin duda, de la imagen que desean construir de sí mismas como mujeres previsoras y responsables, que sitúan en el primer término de sus preocupaciones el bienestar de sus hijos/as:

“A mí, la doble referencia me parece importante en cuanto considero que hay ciertas diferencias entre ambos sexos a la hora de relacionarnos e, incluso, de sentir. Y “mamar” esa referencia en casa, pues, nos va preparando para nuestras futuras relaciones sociales, porque con todo nos enriquecemos, pero si yo creyese realmente que mi hija [de la que está embarazada] iba a tener problemas graves por faltarle esa doble referencia, pues, ni me plantearía tenerla, pero considero que lo que dice Noemí es mucho más importante que tener la doble referencia, y que nosotras estamos cambiando el hecho de que esta doble referencia sea tan importante (…). Así que volvemos a lo de siempre: las familias están cambiando y nosotras tenemos la responsabilidad de que el que haya una o dos referencias se vea como una opción y no como una carencia” (María, Foro Madres solteras por elección, 18 septiembre 2007).

Sí se resisten, en cambio, a convertirlo en un problema social de primer orden; bien es cierto que su posición a este respecto depende de la perspectiva desde la que lo abordan en cada momento. Así, no dejan de estimar importante la presión social que se puede ejercer sobre sus hijos/as como consecuencia de que el suyo sea un modelo familiar alejado del predominante en nuestra sociedad. Por ello es por lo que, entre sus estrategias de afrontamiento del tema, se encuentren las narraciones y las acciones -descritas más atrás-tendentes a que los niños/as primero y, después, su medio social vivan con normalidad la situación de monoparentalidad “real”, es decir, la no existencia de un padre en sus familias. De este modo, tienen que dotarse a sí mismas y, en especial, a sus hijos/as de explicaciones y respuestas referidas al hecho de “no tener papá”. Sin embargo, ya no tienen tan claro que ello tenga consecuencias directas en la estabilidad psíquica y/o social de los mismos, si bien están dispuestas a admitir que tal vez eso pudiera ocurrir cuando sean adolescentes:

“La edad infantil de los niños fue estupenda, lo que pasa es que, al entrar en la adolescencia, te encuentras con los problemas propios de la adolescencia, y no dejas de preguntarte si parte de sus problemas están condicionados por su situación de no tener padre o no tener esa figura masculina. El problema de G (su hijo mayor) era que había dejado de estudiar ¡pero de una forma absoluta! Era un niño brillante, que estudió durante siete años, pero dejó completamente de estudiar. Entonces, claro, no dejas de preguntarte si ésa puede ser una causa” (Camino, 50-55 años, soltera, estudios universitarios, negocio propio, dos hijos jóvenes: uno por reproducción asistida y el otro por adopción en país latinoamericano).

En este proceso de desproblematización social de la ausencia del padre, las madres solteras por elección se dotan de diferentes recursos, uno de ellos es -como se ha subrayado- la disociación de los roles implicados en la figura del padre, las acciones dirigidas a la normalización de sus modelos familiares o, igualmente, la apropiación por su parte de ciertas teorías psicológicas, como la que sostiene la necesidad de un “doble referente”, uno femenino y otro masculino, para el correcto desarrollo del niño/a, pero que no necesariamente tiene que coincidir con el constituido por los padres biológicos y/o sociales, de manera que el “referente masculino” podría ser, por ejemplo, cualquier varón del entorno que el niño/a tomara como modelo. Sin embargo, a la que vez que se apropian de estas teorías socio-psicológicas, las madres solteras por elección son interpeladas y cuestionadas en su decisión de conformar una familia sin padre por un conocimiento experto (en temas de familia, de adopción, de reproducción asistida, de género…) encarnado sobre todo por profesionales, principalmente psicólogos y trabajadores sociales, con los que entran en contacto en diferentes momentos de sus vidas y quienes, por lo común, no están predispuestos a reconocer como un “saber” válido el que procede de la experiencia y autorreflexión de las propias mujeres. Así, por ejemplo, aseguran que el “referente masculino” tiene que convivir en el hogar para que pueda cumplir su función como tal, contradiciendo de este modo la idea más generalizada a este respecto entre las madres solteras por elección:

“Una psicóloga infantil en su momento me habló de la importancia de esa doble referencia. Yo le comenté mis ideas acerca de las otras referencias cercanas: tíos/as, abuelo/a, amigos/as cercanos/as… Ella hablaba de la importancia de que esa referencia estuviera en la casa, que si las personas de las que yo hablaba no eran como la madre en cuanto al peso que tenían para el niño/a, no tendría la referencia de dos iguales, que sí tendría si tuviera dos madres, dos padres o una madre y un padre. / Por supuesto, ella comentó que familias con una madre o un padre ha habido siempre y han salido adelante (nunca he sentido que juzgara nuestra opción y, de hecho, es de las que dicen que a la psicología le queda mucho por descubrir y aprender, y las familias marentales son y serán toda una escuela). Yo he seguido dándole vueltas a esta cuestión. Y por ahora lo que me late es que: es lo que hay. Es decir, en la actualidad lo que puedo ofrecer a mi hijo/a es una madre en casa (que le querrá con todo su corazón) y un abuelo y una abuela, un tío y una tía y amigos/as (unos padres/madres y otros/as no) que estarán ahí de distintas maneras. Pero no la doble referencia en casa. Y siento que lo importante es que se sienta querido/a, cuidado/a… por cuanta más gente mejor. Y si no hay doble referencia en casa, pues no la hay” (Eba, Foro Madres solteras por elección, 17 septiembre 2007).

O confunden los roles de pareja de la madre y de padre del hijo/a en las intervenciones clínicas y/o socio-educativas con los niños/as, cuando estas mujeres tratan, por el contrario, de separarlos como estrategia para normalizar su modelo familiar y para evitar que los hijos/as se creen falsas expectativas con respecto a los compañeros sentimentales de sus madres:

“Ha habido épocas donde parecía (que) tenía muy asumido lo de la familia monoparental, pero ha habido otras (sobre todo cuando se acerca el día del padre, o hablan en la escuela de las familias) donde sí me ha preguntado y expresa su tristeza. En nuestro caso ella es consciente que tiene un padre, porque hasta casi los cuatro años él la estuvo visitando de vez en cuando (en el orfanato) y le llevaba caramelitos. / Hemos llevado el tema con la psicóloga, hemos hablado de las diferentes clases de familia que hay: familias que sólo tienen madre, familias que sólo tienen padre, familias que tienen a los dos, familias con dos madres o dos padres, familias de diferentes razas, con hermanos, sin hermanos… Todo esto se ha hecho de una manera pedagógica, con recortes de revistas y tratando de que así asimile mejor la información para su edad. / (…) Hubo una época (la psicóloga le dijo que cuando yo conociera el día de mañana a un buen hombre, éste podría ser su padre), que me reclamaba (un padre) como si se compraran en el súper. Es más, me hizo una lista de cómo lo quería: simpático, chistoso, que no la regañara, de pelo corto y sin barba, que trabajara de noche (esto me sorprendió: me dijo que así ella podía seguir durmiendo conmigo; jejé). Hombre que veía, si le caía en gracia, lo primero que le preguntaba era: “¿Tú trabajas de noche?” (Suwa, Foro Adoptiva, 21 julio 2009).

O, por último, desaconsejan decir a los niños/as que “no tienen padre” (a diferencia de lo que es el parecer de la mayoría de ellas), bajo el supuesto de que hay que dejarles fantasear en torno a la figura paterna.

“Yo al principio le decía: “Tú, hijo, no tienes padre. Mamá y tú, ¡y ya está!”, pero este psiquiatra infantil me dijo que a un niño es imposible hacerle admitir que no tenga padre, porque como todo hijo de vecino ha de entender, aunque sea pequeñito, que procede de un padre y una madre, de un señor y una señora, porque lo van entendiendo así desde pequeños y que, además, como viven en el mundo de la imaginación, en el mundo de la fantasía, cuando son pequeños, necesitan proyectarse. Por un lado, necesitan proyectarse en una situación normalizada, o sea, un hombre y una mujer aunque no estén presentes. Claro, como viven en un mundo de fantasía, su padre no tiene por qué estar presente. Él lo idealizará” (Camino, 50-55 años, soltera, estudios universitarios, negocio propio, dos hijos jóvenes: uno por reproducción asistida y el otro por adopción en país latinoamericano).

En suma, es como si los expertos se resistieran a otorgar el reconocimiento de “saberes” válidos a aquellos que -para utilizar la expresión de una de nuestras informantes- “no cuadran en sus libros” y/o no provienen de sus respectivos campos disciplinares, a pesar de estar enfrentándose (y/o buscar dar cuenta de) fenómenos sociales que, como la monoparentalidad electiva (o “la familia marental”, como prefieren decir las participantes en el foro Madres solteras por elección), tienen un carácter emergente y sobre los que se dispone, por tanto, de escaso conocimiento “científico” contrastado, y a pesar también de que algunos de esos expertos estén dispuestos, con todo, a admitir que “a la psicología [por ejemplo] le queda mucho por descubrir y aprender, y las familias marentales son y serán toda una escuela”, para acudir esta vez a las palabras de una psicóloga infantil que es citada en uno de los verbatims precedentes.

 

 

Notas

Está prevista la publicación en Portugal de otra versión de este artículo: en P. Silva y O. Sacramento (eds.), Antropología de problemas sociais: contribuíos para una intervençao social densa (Ed. Colibrí), en un libro sobre antropología aplicada.

Esta investigación consiguió apoyo económico en la convocatoria Santander/Complutense para proyectos de investigación durante el periodo mencionado. Los miembros del equipo, aparte de las dos autoras de este artículo, han sido Beatriz Moncó, Fernando Villaamil y, como colaborador, Pablo Díaz. En estos momentos el equipo (ampliado a nuevos miembros: David Poveda, Raquel Medina, Ariadna Ayala e Isabel de la Cruz), está desarrollando otro proyecto en torno al mismo colectivo, titulado “madres solteras por elección: Estrategias de autodefinición, distinción y legitimación de nuevos modelos familiares” (FEM2009-07717), que ha recibido el apoyo del Ministerio de Ciencia e Innovación.

1. Para estos autores, el proceso de individualización, que se inicia a finales del siglo XIX y culmina en la segunda mitad del siglo XX, significa la ruptura de la biografía del ser humano de los modelos y de las seguridades tradicionales, de los controles ajenos y de las leyes morales generales, y como consecuencia, es adjudicada a la acción y decisión de cada individuo. La biografía normal se convierte en una tarea de autoconstrucción y de elección permanente, por el número de posibilidades de vida crecientes que obligan al individuo a construirse una existencia propia a través del mercado laboral, de la formación y de la movilidad y, si fuera necesario, en detrimento de las relaciones familiares y de la pareja (Beck y Beck-Gernsheim 2001: 19-20).

2. Nuestras entrevistadas son identificadas con seudónimos con el objeto de salvaguardar su anonimato y la confidencialidad de los datos. En el caso de postsen foros, las personas aludidas son identificadas mediante sus nicks, cuando se usan en el texto, o letras mayúsculas, cuando en el original se recurre al nombre real.

3. Este foro de Internet, como su propio nombre indica, les está expresamente dirigido. Lo mismo sucede, en lo que respecta a las madres solteras por elección adoptantes/adoptivas, con el denominado Adoptarsiendosoltero.

4. En el ámbito de las adopciones internacionales, esas visitas se llevan a cabo a los países de origen de los niños/as.

5. Cuando no se conoce la historia del “abandono”, hay veces en que el propio hecho de que éste haya tenido lugar hace desmerecedores a los padres biológicos de la condición de “padres”, por mucho que, como veremos un poco más adelante, en los relatos sobre “los orígenes” lo más común es que se intente presentar una visión benigna de ellos.

6. Como es el caso de una participante en el foro Adoptarsiendosoltero, quien asegura lo siguiente: “Mi hija tampoco va a poder (saber quiénes son sus padres biológicos). Por tanto, me niego a inventarme una novela o una película romántica sobre sus orígenes. Por supuesto que sabrá que ha nacido de 2 personas de China, ¡y punto! No voy a inventarme historias de sacrificios ni de nada, porque lo desconozco. / Si conociera su historia y fuera bonita, se la contaría; si fuera dura, se la suavizaría en la medida de lo posible, pero sin mentir. / Pero si no sé nada de nada, no me voy a meter a creadora (…)”. [Foro Adoptarsiendosoltero, 2 de octubre 2008).

7. Énfasis añadido.

 


 

7. Bibliografía

Beck, Ulrich (y Elisabeth Beck-Gernsheim)
2001 El normal caos del amor: las nuevas formas de la relación amorosa. Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica.

Ehrenreich, Bárbara (y Deirdre English)
1990 Por su propio bien. Ciento cincuenta años de consejos de expertos a las mujeres.Madrid, Taurus.

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2008 Madres solteras por elección. Análisis de la monoparentalidad emergente. Madrid, Instituto de la Mujer, Secretaría General de Política de Igualdad, Ministerio de Igualdad.

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2002 “The Father as an Idea: A Challenge to Kinship Bounderies by Single Mothers”, Symbolic Interaction, vol. 25 (1): 1-31.

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2009 “Entre el empoderamiento y la vulnerabilidad: la monoparentalidad como proyecto familiar de las madres solteras por elección por reproducción asistida y adopción internacional”, Revista de Antropología Social,18: 27-170.

Jociles, María Isabel (y otros)
s/f “Entre el ‘engaño’ y la solidaridad: el discurso de las madres solteras por elección sobre las motivaciones para seguir una u otra vía de acceso a la maternidad”, Aibr(en proceso de publicación desde agosto 2009).

Jociles, María Isabel (y Fernando Villaamil)
s/f “‘El engaño’ y la imprevisión: representaciones sobre las madres solteras por elección que optan por la fecundación sexual”, Papers, Revista de Sociología (en proceso de publicación desde septiembre 2009).

Jordana, Óscar
2007 “La maternidad voluntariamente sola en Barcelona: una aproximación antropológica”. Tesis doctoral inédita. Departamento de Antropología Social. Universidad de Barcelona.

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1995 “Necessidade de pais, necessidade de mães”, Estudos Feministas, 3 (2): 303-329.


Gazeta de Antropología