Gazeta de Antropología, 2010, 26 (1), artículo 17 · http://hdl.handle.net/10481/6797 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 8 enero 2010    |    Aceptado 29 abril 2010    |    Publicado 2010-05
Observaciones de la vejez en familia. Una aproximación desde la corresidencia intergeneracional
Observations of old age in the family: an approach from intergenerational co-residence





RESUMEN
El envejecimiento en Chile se constituye como un proceso en desarrollo, que no sólo se hace visible en el aumento demográfico de las personas mayores, sino que también incide en los ámbitos más íntimos de la sociedad, como en la conformación de la familia. Es en consideración de lo anterior, que este artículo tiene como objetivo dar cuenta de las observaciones sobre vejez que se realizan en un contexto familiar intergeneracional. Para ello abordamos las percepciones, proyecciones e imágenes de vejez de los integrantes de cuatro familias extensas de clase media baja de la comuna de La Granja, en Santiago de Chile.

ABSTRACT
Aging in Chile is a process in development that is visible not only in demographic increase of old people, but is also having an impact in the smallest spheres of society, as in the conformation of the family. Considering these factors, this paper presents observations about old age that occur inside an intergenerational family context. For this purpose, we approach the perceptions, projections, and images about old age of members of four extended families, who are from middle-low class and live in the area of La Granja, in Santiago de Chile.

PALABRAS CLAVE
adulto mayor | corresidencia intergeneracional | familia extensa | vejez
KEYWORDS
older adults | intergenerational coresidence | extended family | old age


Introducción

El siguiente artículo forma parte de una investigación llevada a cabo durante el año 2009, con el financiamiento del fondo de iniciación Pulso-MaSS de la Facultad de Ciencias Sociales, de la Universidad de Chile.

Teniendo en cuenta el impacto que implica en una sociedad el envejecimiento de su población, se aborda en este estudio el fenómeno de la vejez desde una perspectiva cualitativa. El objetivo planteado, apunta a describir las observaciones sobre la vejez que realizan los miembros de familias extensas de tres o más generaciones que viven en corresidencia. Consideraremos como observaciones las percepciones, proyecciones, expectativas e imágenes que surgen de la experiencia de cada una de las generaciones con la etapa de vejez. De esta forma, buscaremos establecer si existen relaciones significativas entre las experiencias de vejez que se dan en el ámbito familiar y aquellas imágenes que surgen en torno a esta etapa.

 

Antecedentes contextuales: envejecimiento de la población y familia en Chile

Desde hace al menos cuarenta años, se han venido sucediendo en nuestro país una serie de fenómenos demográficos que han afectado estructuralmente su conformación poblacional. El aumento de la esperanza de vida, y especialmente la disminución de la tasa de natalidad, han tenido como consecuencia un aumento sostenido de personas de sesenta años y más con respecto de la población total. Según datos del Censo 2002, existe un 11,4% de personas mayores en relación a la población total chilena, alcanzando un total de 1.717.478 personas, lo que implica un aumento de más de un 3% en el curso de 20 años (Rivadeneira y Villa 2003).

En la medida en que la población ha envejecido, se ha experimentado un aumento en el número de hogares con personas mayores. Según cifras del Censo 2002, tres de cada diez hogares tienen entre sus miembros a una persona mayor, y el 60% de los adultos mayores encuestados actúa como jefe de hogar. La conformación de estos hogares suele ser nuclear o extendido, y se relaciona directamente al estado civil de la persona mayor. En la vejez se constata la asociación entre género y viudez, siendo las mujeres las que enviudan en mayor porcentaje y se mantienen en este estado, mientras que los hombres suelen volver a emparejarse. Así se observa en las mujeres la tendencia a incorporarse a redes familiares extensas, lo que también se da en caso de los hombres, que además conforman familias nucleares (Huenchuan y otros 2007).

Como vemos, existe una relación significativa entre la conformación de familias extensas y la presencia de adultos mayores, adquiriendo relevancia el hecho de la corresidencia intergeneracional. A nivel cuantitativo, existen datos que indican que la corresidencia en algunos países de América Latina, África y Asia se ha mantenido, aunque se observan cambios en su configuración. En este sentido, las familias donde el jefe de hogar pertenece a la generación mayor habrían aumentado, disminuyendo concomitantemente aquellas donde el jefe de hogar corresponde a la generación menor (Ruggles y Heggeness 2008).

Según Ruggles y Heggeness (2008), este aumento de personas mayores como jefes de hogar responde especialmente a razones de tipos socioeconómico. La corresidencia sería una medida de solidaridad intergeneracional desplegada por las familias, para hacer frente a la escasez de vivienda y al estrés económico que actualmente enfrentan las generaciones más jóvenes. Los ingresos de los miembros en edad laboral se suman entonces a las pensiones de las generaciones mayores, y de esta forma se asegura la supervivencia del grupo doméstico.

 

Conceptos de la investigación

La investigación se estructuró en torno a los siguientes conceptos: vejez, observación, percepción, proyección, imagen y familia extendida, los cuales definiremos sucintamente a continuación, para consensuar y delimitar el ámbito de nuestra problemática.

La vejez es la última etapa de nuestro ciclo vital. Algunos autores recomiendan abordar el proceso de vejez desde al menos cuatro aspectos: cronológico, biológico, psicoafectivo y social. Cronológicamente se ha establecido un consenso mundial en considerar el inicio de la etapa de vejez a los 60 años, tanto para hombres como para mujeres. Biológicamente, indica los deterioros que sufre el organismo con el paso del tiempo. Sicológica y emocionalmente la vejez implica, entre otras, la experiencia de la pérdida tanto de seres queridos como de ciertos roles ligados a la esfera productiva. Y socialmente, alude a los roles que asume la persona en esta etapa, por ejemplo, el rol de abuelo y de jubilado (Mishara y Riedel 1996; citado en Belloccio y otros 1999).

Entendemos aquí la vejez en tanto realidad social sostenida en la experiencia personal del paso del tiempo (Osorio 2006: 14), con lo que debemos reconocer que, como plantea Bazo (1992: 77), se trata de “una realidad que se crea y se recrea en función de los cambios que operan en el resto de las estructuras y en el conjunto de la sociedad”. Y en tanto experiencia personal, implica prestar especial atención a los aspectos subjetivos de su configuración. En suma, la vejez debe ser entendida “como una construcción biográfica-individual e histórica-cultural” (Osorio 2006: 12).

La observación ha sido definida como el acto mismo de trazar una distinción o diferencia en la realidad (Luhmann 1992), marcando sólo uno de los lados de esta distinción. Por ejemplo, si comprendemos el concepto de familia como unidad, no la entenderemos como separación; vale decir, se traza la distinción unidad/separación y sólo marcamos el lado de la unidad. En este sentido, estamos realizando una observación de primer orden, pues nosotros somos los observadores que aplicamos la distinción sobre la familia como hecho. Un segundo tipo de observación son las de segundo orden, que implican una observación de observaciones, lo que consiste en distinguir la forma en que observan los sujetos, comunidades u organizaciones, entendiendo estas formas de observar (o distinguir) el medio por el que se constituyen las experiencias de conocimiento en cada una de estas unidades (Arnold 2003).

Es el concepto de observación el que contiene las percepciones, proyecciones e imágenes de vejez. Abordaremos las percepciones, en tanto distinciones, que las generaciones adulta y joven realizan sobre la vejez de sus padres y abuelos respectivamente. Las proyecciones y expectativas serán entendidas como aquellas distinciones que las tres generaciones abordadas realizan sobre la vejez en un tiempo futuro, lo que se cree que sucederá y lo que se espera que suceda respecto de la posibilidad de la misma (en el caso de las generaciones adultas y jóvenes) o de su prolongación (en la generación adulta mayor).

En lo que respecta al concepto de imagen, este surge de la articulación de los dos aspectos de la vejez que fueron mencionados anteriormente: lo social y lo personal. Las imágenes son construcciones simbólicas dinámicas, que surgen en el espacio social producto de la necesidad de explicar y dar sentido a ciertos fenómenos, como la vejez. A través de las imágenes es posible identificar un orden, donde cada elemento tiene su propia identidad y razón de ser (Belloccio y otros 1999). Podríamos decir entonces que la imagen de vejez, es el lugar que la sociedad asigna a quien se encuentra en esta etapa de la vida. Ahora bien, una imagen social, no necesariamente determina las imágenes individuales, aunque efectivamente si pueda existir una correspondencia entre ellas.

Ahora bien, respecto al concepto de familia, diremos en primer lugar que se le ha considerado un hecho universal, pero con distintos arreglos según las sociedades estudiadas. Se trata de un término polisémico, que considera tanto sujetos como relaciones, conjuntos amplios y restringidos de personas, relaciones entre sujetos o unidades familiares (Segalen 1992).

Específicamente en este estudio, adquiere relevancia la conformación de familia extendida, que según Jelin (1994), predomina en América Latina por sobre la familia nuclear. La familia extendida se define como un grupo de personas emparentadas entre si, que habitan en una misma unidad doméstica y que está conformada por parientes pertenecientes a generaciones distintas. Ahora bien, cabe mencionar que “el grado de coincidencia entre la unidad doméstica y la familia, y más aun, la definición social de la amplitud (en términos de lazos de parentesco) del grupo co-residente, varían notoriamente entre sociedades y a lo largo del ciclo de vida de sus miembros” (Jelin1994: 20).

En el marco de la familia extendida, el hecho de la cohabitación o corresidencia, resulta ser un aspecto fundamental a considerar. Compartir un espacio físico se relaciona con el compartir otro tipo de recursos, por lo que la corresidencia puede entenderse como una estrategia de solidaridad intergeneracional, que entre otras ventajas, puede implicar la “reducción del gasto en vivienda por persona, el ahorro en la compra y preparación de los alimentos y el apoyo directo a parientes con necesidades especiales” (Hakket y Guzmán 2001: 7). Por lo mismo, la conformación de familias extendidas suele asociarse a contextos de crisis y/o a estratos socioeconómicos bajos.

También adquieren importancia en estos contextos las “transferencias integeneracionales”, que corresponden al intercambio de recursos económicos y de algún otro tipo entre los miembros de la familia; cabe mencionar que las transferencias pueden ser recibidas también desde miembros de la familia externos al grupo doméstico. Resulta importante recalcar que la comprensión del concepto de “transferencia”, tal y como explica Pal (2007), excede en muchos casos el ámbito económico abarcando, por ejemplo, el cuidado personal y el apoyo emocional a miembros de la familia que lo necesiten.

 

Sobre la metodología

De acuerdo a los objetivos de la investigación, nuestra búsqueda estuvo centrada en las percepciones y proyecciones que realizan los individuos sobre la vejez, en el marco de sus relaciones de corresidencia con distintas generaciones dentro de la familia. De acuerdo a este cometido, la investigación se llevó a cabo con una metodología cualitativa, utilizando como técnica de recolección de datos la entrevista semiestructurada. El análisis se realizó distinguiendo las tres generaciones consideradas: generación mayor o adulta mayor, generación intermedia o adulta y generación menor o joven.

Los criterios utilizados en la selección de las familias participantes fueron la corresidencia de tres o más generaciones familiares en una misma vivienda, y la mayoría de edad y autovalencia de todos los entrevistados. De esta forma, la unidad de estudio quedó conformada por cuatro familias extensas de la comuna de la Granja, de la ciudad de Santiago. Según el último Censo, correspondiente al año 2002, esta comuna posee un nivel socioeconómico “D” , descrito como medio-bajo, que corresponde al segmento de mayor presencia en Santiago (34,5%), así como también en el conjunto del país (34,8%) (ADIMARK 2004). Este segmento de la población, se caracteriza por tener jefes de hogares con un promedio de educación de 7,7 años y un rango de ingresos de entre 200.000 a 300.000 pesos chilenos por hogar (1) (ADIMARK 2004).

Como mencionáramos anteriormente, la elección de este nivel socioeconómico en particular, responde a la idea de la familia extendida como estrategia de solidaridad intergeneracional en contextos de crisis (Jelin, 1994). Particularmente la corresidencia sería una de las practicas de este tipo más extendidas, debido a la serie de ventajas que implica especialmente en términos económicos (Hacket y Guzmán 2001).

 

Corresidencia intergeneracional: descripción de los casos abordados

A continuación, presentamos una breve descripción de la corresidencia en el contexto abordado. En todos los casos que aquí se presentan, la corresidencia familiar implicaba la existencia de más de un hogar en la vivienda, lo que se traducía en un reparto diferenciado del espacio habitable. Así, resultó ser usual que cada hogar contara con uno o más dormitorios y un baño propio. La cocina se constituía como un espacio compartido, aunque no siempre implicaba el cocinar ni comer en conjunto.

La vivienda, en todos los casos, era propiedad del adulto mayor. Respecto del ingreso monetario se observaron tanto situaciones en las que el adulto mayor era el jefe de hogar aportando el principal ingreso familiar, como también en las que el adulto mayor aportaba ingresos secundarios. En dos de los casos, también resultó ser significativa la presencia del adulto mayor en el hogar, específicamente de mujeres dueñas de casa, pues esto permitía que otros miembros de la familia pudieran producir ingresos.

En general se da una situación de dependencia de la generación intermedia o adulta en relación a la mayor, tanto en términos habitacionales como de reproducción doméstica. Se observan dos factores determinantes en el hecho de que la generación adulta viva con sus padres. Primero, la precariedad laboral, que se traduce en períodos de cesantía prolongados y bajos sueldos, que les impiden sostener económicamente una vivienda propia; y relacionado directamente a esto, la necesidad de apoyo en el cuidado de los hijos, precisamente para poder trabajar. Segundo, los quiebres conyugales, que tienen un fuerte impacto en la estabilidad económica y emocional del hogar, también implican un retorno al hogar paterno y/o materno de la generación adulta. Sólo en uno de los casos, el motivo principal de la corresidencia fue la necesidad de compañía del adulto mayor, que había enviudado hace algunos años y necesitaba apoyo emocional y práctico, por ejemplo, en las labores del hogar (limpiar, lavar, cocinar, entre otras).

Es preciso destacar que en todos los casos la corresidencia implica transferencias intergeneracionales no solo económicas, sino también de tipo emocional y afectivo, las que en mayor o menor medida, benefician a todos los integrantes de la familia. De esta forma, todas las generaciones cumplen un papel determinado dentro del grupo familiar en términos de los aportes que cada una esté en condición de realizar. Así los adultos mayores contribuyen con sus pensiones y con el cuidado de los nietos y de la casa. La generación adulta aporta principalmente en términos monetarios, aunque también contribuye en ciertas labores domésticas. La generación menor, es en este caso la que se encuentra en una condición de dependencia más explícita respecto de las otras generaciones, pues se trata en su mayoría de estudiantes. Su aporte se identifica más bien en el ámbito doméstico, aunque en general, se les exime de estas tareas en pos de las responsabilidades asociadas a los estudios.

 

El adulto mayor en la familia

Siendo el objeto de este artículo el estudio de las observaciones de vejez que surgen en familias extensas, resulta necesario abordar el papel que juegan las personas mayores en el hogar. Según lo que pudimos constatar, la generación mayor ocupa una posición central y determinante dentro de las dinámicas familiares, siendo ellos los dueños de casa y/o jefes de hogar en todos los casos abordados.

“Principalmente aquí están los roles de los papás, ellos son los que llevan la batuta. Nosotros somos anexos, tal vez cuando ellos no están, pero en general ellos toman decisiones (…) por lo general, mis papás son los que toman las decisiones, lo que ellos dicen se hace, es como una regla” (Mujer, generación intermedia).

Una de las consecuencias del aumento de la esperanza de vida en la población es que las etapas de la vida sufren también un cierto alargue y con ello la prolongación de determinados roles (Huenchuan y otros 2007). Mientras que para los hombres, el rol de trabajador y proveedor del hogar sufre un quiebre con la jubilación, en el caso de las mujeres, estas viven una continuidad en el desempeño de su rol de madre y posteriormente de abuela, que además se asocia al rol de dueña de casa.

“Cuando ella no está (la abuela) no funcionan las cosas. Andamos todos para cualquier lado (…) ella es la dueña de casa aquí, ella es la que siempre está, ella es la que nos cocina, es que mi mamá trabaja (..). Por eso de repente mi abuela sale y se nota el cambio, todos andan como para su lado” (Mujer, generación joven).

En especial para las mujeres de la generación mayor, esta continuidad de roles resulta ser muy pesada, tanto en términos físicos como emocionales, pues en mayor o menor medida, implica una preocupación constante por el bienestar del grupo familiar.

“Mi abuela es abuela, esposa, bisabuela, mamá, tiene miles de roles. Sobre todo ella anda pendiente, de que te falta esto, te falta eso otro, no tan sólo de mí sino que de todos. Para mi tiene muchos papeles, mamá abuela, y de todo” (Mujer generación joven).

En el caso de los hombres, estos suelen realizar ciertas labores domésticas, como por ejemplo, hacer compras o trámites, actividades que se desarrollan fuera del espacio hogareño propiamente tal.

Como vemos, el género resulta ser un condicionante de la experiencia de vejez en familia, pues mientras que para los hombres, la vejez implica muchas veces un quiebre respecto de su rol protagónico de proveedores y de su vinculación con el espacio público, para las mujeres, esta etapa sigue trayendo obligaciones ligadas a la esfera de la maternidad y de lo doméstico. Las mujeres adultas mayores se ven determinadas por sus roles de madre y de abuela, lo que muchas veces no les deja espacio para ensayar otras alternativas de sociabilidad ligadas a la recreación o simplemente para descansar.

La percepción que tiene la generación intermedia de los adultos mayores con los que convive se condice con esta diferenciación de roles. Así, el hombre adulto mayor, es visto como una persona tranquila e incluso pasiva, mientras la mujer mayor, es percibida como una persona dominante e inquieta. En general ven a sus padres como personas activas y vitales, y como principales articuladores de la vida familiar.

“Igual mis papás pese a la edad que tienen ellos, son unas personas muy activas, en comparación a otros abuelitos que conozco que son muy enfermizos. La soledad, tal vez la tristeza, los absorbe, los deprime. Pero mis papás son tantas cosas que tienen que hacer, o será que somos tantos hermanos, que están bien preocupados de todos los problemas que hay en la casa. Tal vez eso los mantiene como activos” (Mujer generación intermedia).

La percepción que tiene la generación menor de la mayor, está supeditada a la relación de “abuelazgo” que han establecido entre ambas partes. La crianza y el cuidado de los nietos han estado en tres de los cuatro casos asociados a la figura de los abuelos maternos, por lo que existen sentimientos de gratitud y de gran afecto en estas relaciones. En todos los casos de “abuelazgo”, los nietos se refieren a sus abuelos como “mami” y/o “papi”, y los consideran fundamentales para el desarrollo de la vida familiar.

“Aparte de sostenedor, igual lo veo como que él no es mi abuelo, es mi papá, la palabra abuelo no le viene, pero papá si. Él ha estado conmigo siempre, me ha comprado todo, yo le he contado muchas cosas, es como mi papá” (Mujer, generación joven).

 

Proyecciones de la vejez

Considerando las distinciones acerca de la vejez que las distintas generaciones realizan en un futuro, a continuación describimos las proyecciones sobre esta etapa, desde la perspectiva de cada una de las generaciones. Con ello, se desarrollan tanto las proyecciones de vejez que los sujetos hacen sobre sí mismos, como las que hacen sobre los integrantes de sus familias.

Las mujeres adultas mayores en general proyectan la vejez de sus hijos/hijas de manera poco auspiciosa, y con una menor calidad de vida que la experimentada por ellas mismas en esta etapa, pues en general, los consideran como personas más bien débiles.

“No creo que lleguen a la edad mía, ninguna, son muy dejadas, no son activas. Entonces yo me imagino que cuando la persona es dejada y no tiene actividad, se avejenta más. Entonces por eso te digo yo, no creo que duren, porque son todas flojas” (Mujer generación adulta mayor).

Los hombres adultos mayores proyectan la vejez de sus hijos de manera más positiva, en lo que expresan un deseo de bienestar para ellos. En cuanto a los nietos, les resulta difícil proyectarlos en esta etapa, y si es que lo hacen, esta proyección proviene de la propia experiencia de vejez, así como también del deseo de que esta sea una buena etapa para ellos. Respecto de si mismos, los adultos mayores se visualizan cumpliendo las mismas rutinas que actualmente realizan y esperan estar lo más saludables posible. Hay una proyección de la propia autonomía en el tiempo, que se espera conservar hasta el momento mismo de la muerte.

La generación adulta, particularmente las mujeres, proyectan en la vejez de sus padres la posibilidad de enfermedades invalidantes y la cercanía inminente de la muerte. Ante esta situación, asumirían la responsabilidad de cuidarlos y de sostener el hogar.

“Bueno, yo por eso me quiero preparar más, en el sentido de que me gustaría hacer muchos cursos acerca del adulto mayor, de cuidado de enfermos. De hecho estoy esperando un curso, quiero aprender para cuidarlo a él. O sea yo tengo toda la disponibilidad de que hasta cuando Dios me tenga con vida de cuidarlo, de no dejarlo nunca solo” (Mujer generación intermedia).

En cuanto a la vejez de los hijos, también les resulta difícil de imaginar y se traduce más bien en expectativas de una buena vejez. La proyección de la propia vejez en los adultos, tiene que ver con las expectativas que se tengan de esta etapa y está en relación a la necesidad de seguir en actividad y de contar con compañía familiar. La salud también aparece como una preocupación y un factor determinante de una buena o mala vejez.

En el caso de la generación joven, proyectan el futuro de sus abuelos en relación a su situación actual, es decir, en un estado no muy distinto al que se encuentran en este momento, personas de buena salud y activas. Respecto de sus padres, también los proyectan con una vejez activa y en general saludable. Asimismo, dicen verlos acompañados ya sea por ellos mismos, como por otros familiares. Sobre su propia vejez, en general no logran visualizarse en esta etapa de la vida e incluso algunos dijeron esperar no tener que llegar a ella. Las proyecciones que realizan se relacionan con la vejez que ven en sus abuelos, y que se asocia a un buen estado de salud y a la autonomía; esperan ser felices, realizados e independientes, y conciben ésta como una etapa para el descanso y el disfrute de la vida, en contraste con lo que en algunos casos se observa en los adultos mayores de la familia.

“Yo soy bien alegre, me gusta tirar la talla. Yo creo que hasta viejo voy a ser un abuelito tallero, chistoso, como él también. Yo me río con él, es re chistoso mi abuelo. Así que igual me veo como él (…) lo que más quiero (en la vejez) es estar con mi familia, nietos, hermanos, para tener contacto con ellos y también para poder aportar con lo que uno sabe, porque los años dan experiencia” (Hombre, generación joven).

 

Imágenes de vejez: el “viejo” y el “adulto mayor”

En todas las generaciones presentes en las familias existen dos imágenes asociadas a la etapa de vejez. Una de ellas, es la del “viejo” y se asocia a las ideas de enfermedad, fragilidad y dependencia, con lo que se define el estado vejez desde la condición de ancianidad (Osorio 2006). La otra imagen es la del “adulto mayor”, en la que caben todas aquellas personas mayores que siguen siendo activas, independientes y sanas.

Calificar a alguien de “viejo” es a juicio de los entrevistados, algo peyorativo y una falta de respeto si se dirige directamente a un otro. Aunque en el contexto más cercano, de familiares y amigos, la carga negativa de este apelativo disminuye. Por ejemplo, cuando los hijos se refieren a sus padres como “viejitos” lo hacen de una forma cariñosa, o cuando los mismos adultos mayores se llaman a si mismos viejos, lo hacen para referirse a una condición vital auto reconocida.

Todas las personas mayores entrevistadas, se definieron a si mismos desde la imagen de “adulto mayor”, pues si bien reconocen que experimentan enfermedades, destacan y valoran sobre todo el hecho de seguir siendo autónomos e independientes, a diferencia de otros “viejos” que están más “enfermos, acabados y dependientes”.

“Eso de la vejez más adelante (…)La vejez que uno no pueda hacer nada y tenga que valerse por otra persona y dar quehacer a otros, que uno no pueda valerse sola” (Mujer, generación mayor).

Casi todos los adultos mayores entrevistados participaban de actividades sociales, aunque no muy frecuentemente, debido a la gran demanda de tiempo que implica la corresidencia para ellos. Especialmente las mujeres mayores manifestaron que les gustaría disponer con mayor libertad de su tiempo, para realizar actividades de tipo recreativa y para descansar.

Para las personas mayores entrevistadas, la vejez se define como el ocaso de la vida, siendo uno de sus aspectos más significativos la proximidad de la muerte. La vejez se asocia al estado de dependencia que pueden llegar a generar ciertas enfermedades, tanto físicas como mentales; se le entiende como una especie de agonía, la cual se espera sea lo más corta posible. La cara positiva de la etapa de vejez se ve en la conceptualización de adulto mayor, que se diferencia tajantemente de la figura del viejo. El adulto mayor es una persona autónoma, independiente, de aspecto jovial, que suele participar en distintas actividades sociales y recreativas. En estos casos, la generación mayor se determinaba dentro de este grupo más bien por el rol central que cumplían en la reproducción de la familia, en el caso de las mujeres, o por la capacidad para mantener su tiempo ocupado, en el caso de los hombres.

“¿Usted se considera adulta mayor?- Si, pero vieja no. Eso es feo. Los adultos mayores no son viejos, hay personas súper activas. Yo a veces voy a unas comidas bailables que hacen ahí en el 14, y súper bien, son entretenidos. Almorzamos y después de almuerzo hay baile. Pero yo no encuentro que sean viejos” (Mujer, generación mayor).

La generación adulta se relaciona con otras personas en etapa de vejez en sus respectivos trabajos o en el contexto vecinal. También en este caso la distinción entre viejo y adulto mayor resulta significativa. Los primeros se definen por el estado de dependencia, vulnerabilidad, enfermedad y abandono, tanto material como emocional en el que se encuentran. Mientras que el adulto mayor se define como una persona activa, con buena salud y que se puede desenvolver de manera independiente en su medio.

“La vejez es una etapa que a todos nos tiene que llegar y que ojalá que cuando esté vieja, no esté tan achacosa y pueda valerme por mí misma, y no de mucho que hacer no más” (Mujer, generación intermedia).

La relación de la generación joven con adultos mayores suele estar circunscrita a su grupo familiar y/o a la comunidad vecinal. Definen la vejez como una etapa de fragilidad y deterioro físico, siendo el aspecto corporal central en esta concepción. Por otra parte, la vejez se asocia a la sabiduría, así como también a la realización personal, al sentimiento de satisfacción por lo que se haya hecho en la vida. Los adultos mayores son definidos como personas responsables y activas tanto a nivel social como laboral.

“Vejez… experiencia, sabiduría, harta familia… igual un poco cuerpo deteriorado, son hartas cosas, es bien amplio para mí. Ojalá satisfacción de haber conseguido algo en la vida, ya sea tanto económico, como social… en todos los ámbitos… poder haber dado buen ejemplo a los hijos, a los nietos, eso” (Hombre, generación joven).

Como hemos visto, las imágenes de vejez que poseen cada una de las generaciones resultan ser centralmente las mismas, siendo la distinción entre el sujeto “viejo” y el “adulto mayor” transversal a todas ellas. Uno de los aspectos mas significativos que constituyen esta distinción es la alta valoración de la autonomía funcional y la independencia, cualidades que se asocian a una vida saludable y satisfactoria.

 

Conclusiones

La corresidencia intergeneracional se ha entendido en este estudio como una estrategia de solidaridad intergeneracional, que implica transferencias tanto de tipo económico, como emocional y de servicios. Llama la atención que en todos los casos abordados, los adultos mayores hayan sido los dueños de la vivienda, desempeñando además un papel central en la articulación de la vida familiar.

Los roles asumidos por las personas mayores en sus respectivos grupos familiares se encuentran determinados en gran medida por el género. En el caso de las mujeres, existe una marcada continuidad en sus roles de dueña de casa y de crianza de los niños, que en la vejez se da en la forma de abuelazgo. Los hombres también mantienen su rol principal en relación al aporte monetario que realizan al hogar, pero en estos casos, la vejez marca un quiebre respecto de las tareas que se desempeñaban en la etapa laboral. Esta continuidad de roles implica una sobrecarga en las responsabilidades que asume la mujer mayor, lo que se traduce en el cansancio y estrés físico y psicológico de las adultas mayores. Ante esta situación expresan la necesidad de espacios de recreación y descanso, lo que no es compatible con la cantidad de actividades que desarrollan en el hogar.

La percepción que tienen la generación adulta y la joven sobre la vejez de la generación mayor, va en directa relación a los roles que desempeñan las personas mayores dentro del hogar. De esta forma, la mujer mayor suele ser vista como una persona dominante y activa, mientras que el hombre mayor suele ser visto como una persona más bien tranquila y pasiva. Ahora bien, en general y para ambos géneros, la generación mayor es considerada como el pilar fundamental de la familia, y de hecho resultan ser los principales responsables del bienestar familiar.

En cuanto a las proyecciones y expectativas que se tienen de la etapa de vejez, todas las generaciones coinciden en la esperanza de una vejez saludable y activa. En el caso de la generación mayor existe una proyección ligada a la expectativa de mantenerse en un estado similar al presente. El advenimiento de la muerte es uno de los aspectos más significativos para ellos, y en general esperan que llegue de forma repentina, sin pasar por enfermedades largas o invalidantes. La generación mayor y la menor hacen proyecciones de vejez basados en la experiencia de sus padres y abuelos respectivamente. En el caso de la generación menor, la tarea de proyectarse en esta etapa de la vida resultó un ejercicio muy dificultoso.

Ahora bien, respecto de las imágenes que pudimos identificar, existen dos que caracterizan la etapa de vejez y la polarizan en tanto vivencia positiva o negativa. Por una parte, tenemos la imagen del sujeto “viejo”, caracterizado como enfermizo, dependiente y abandonado; por otra parte, encontramos al sujeto “adulto mayor” que alude a personas mayores saludables, autónomas e independientes. La existencia de estas dos imágenes, permiten pensar la etapa de vejez aludiendo a experiencias diametralmente opuestas, lo que nos lleva a identificar como distinción central de la etapa de vejez al par dependencia/independencia.

De acuerdo a lo anterior, existiría una correspondencia entre la experiencia de la vejez en el contexto familiar y las imágenes que existen en las distintas generaciones sobre dicha etapa. La autodefinición que realizaron las personas mayores entrevistadas, así como la percepción que tenía el resto de la familia sobre ellos, se correspondía con la imagen de adulto mayor, siendo esta una forma positiva de considerar la etapa de vejez. La autonomía resulta ser entonces la cualidad central que significa la etapa de vejez; el valor de la autonomía de los adultos mayores, se observa en el rol esencial que juegan en sus respectivos grupos familiares, lo que resulta ser el hecho central sobre el que se realiza esta identificación con la imagen de adulto mayor.

 


 

Agradecimientos

En primera instancia, queremos agradecer a las cuatro familias que abrieron las puertas de su hogar y colaboraron amablemente con esta investigación. También agradecemos a la Dirección del Consultorio de La Granja que nos permitió el uso de sus instalaciones para aplicar instrumentos de terreno y realizar contactos para nuestras entrevistas; agradecemos especialmente a la señora Lidia Gutiérrez, quien nos contactó con la dirección del Consultorio y colaboró activamente con la investigación.

 


 

Notas

El artículo está dado en el contexto de la investigación patrocinada por el centro de investigación PULSO, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, y refleja los resultados de la misma.

1. Correspondiente a un rango de entre 395 a 593 dólares estadounidenses, aproximadamente.

 


 

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Gazeta de Antropología