Gazeta de Antropología, 2010, 26 (2), artículo 40 · http://hdl.handle.net/10481/6777 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 24 junio 2010    |    Aceptado 25 octubre 2010    |    Publicado 2010-10
La identidad 'asexual'
The 'asexual' identity



RESUMEN
Existe un grupo de personas, cada vez más numeroso, que se autodefinen como "asexuales". Sostienen que no sienten atracción sexual ni por los varones ni por las mujeres. No se consideran heterosexuales, homosexuales o bisexuales. Se sienten personas corrientes y normales, reclaman el reconocimiento por parte de la sociedad de los derechos de la sexualidad en cualquiera de sus formas, y en consecuencia de la suya propia, es decir, de la identidad asexual. Para conseguir este objetivo han creado un sitio en la red: Asexual Visibility and Education Network (AVEN). Es el foco de una comunidad virtual que se ha extendido por todo el mundo, y aumenta el número de personas que comparten sus opiniones y se apoyan para seguir viviendo sin sexo sin que ello les cause ningún trauma o sufrimiento. La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Es útil la categoría de identidad "asexual" para construir un modelo fértil de las orientaciones sexuales de los miembros de nuestra sociedad?

ABSTRACT
An increasing group of people define themselves as "asexual". They say that they do not feel sexual attraction either for men or for women. They do not regard themselves as heterosexual, homosexual, or bisexual. They feel like normal people and claim the social recognition of the sexual rights in all their variants, including their own, which is the asexual identity. To achieve this, they havecreated a web-page: Asexual Visibility and Education Network (AVEN). This webpage represents a virtual community which has spread all over the world. An increasing number of participants interchange opinions and support each other in order to keep on living without sex while trying not to provoke trauma or suffering. Against this background, we deal with the following question: Is the concept of "asexual" identity appropriate to work out a theoretical model of sexual orientation of the members in our society?

PALABRAS CLAVE
orientaciones sexuales | personas asexuales | comunidad de asexuales en Internet
KEYWORDS
sexual orientation | asexual individual | Internet community of asexuals


Introducción

En las sociedades desarrolladas están emergiendo múltiples formas de interpretar la sexualidad. Se detecta una profunda transformación en las maneras de concebir y vivir este rasgo del ser humano. Nuestra sociedad respira e irradia erotismo por todos sus poros y, al mismo, tiempo emerge la apatía y la indiferencia hacia el sexo. Nunca el sexo ha estado tan omnipresente y, paradójicamente, son cada vez más las personas que renuncian a él. Nos estamos convirtiendo en una sociedad erotizada que, sin embargo, otorga cada vez menos valor al gozo y al placer que proporciona la intimidad sexual. Es el clima cultural en el que se está fraguando un cambio gradual, lento y silencioso cuyo origen se puede situar en las décadas de 1980 y 1990. Es la etapa en la que se inicia un proceso de reensamblaje que poco a poco va modificando y desmantelando muchos de los patrones de conducta sexual vigentes en las sociedades avanzadas. Irrumpen preferencias y comportamientos sexuales muchos de los cuales estaban sumergidos o eran desconocidos y, como cabía suponer, también aparecen nuevos modelos socioculturales de entender la sexualidad. En este contexto hay que situar la aparición de una nueva forma de entender y vivir la sexualidad que agrupa a un conjunto de personas que se identifican como “asexuales”. Han creado un movimiento social que tiene como finalidad el reconocimiento de un nuevo tipo de identidad sexual: la “asexual”.

 

1. La “asexualidad”

El término “asexual” significa literalmente carencia evidente de órganos sexuales y/o ausencia de sexo. En el DRAE se describe esta palabra con los siguientes términos: sin sexo, ambiguo, indeterminado. Como categoría científica ha sido durante mucho tiempo un término usado en dos ámbitos del saber con un significado muy específico. En el campo de la biología para referirse a un proceso de división o reproducción que ocurre sin contacto o apareamiento sexual en plantas y animales, es decir, que se verifica sin intervención de gametos. La reproducción asexual en organismos unicelulares y pluricelulares es un proceso simple en el que interviene solamente un individuo. De él se separa la unidad reproductora -célula o grupo de células- que genera tras el desarrollo un duplicado genéticamente exacto al progenitor. Con la aparición de la ingeniería genética se introduce la clonación artificial que se define como un proceso técnico por el que se consiguen de modo asexual individuos idénticos a un organismo adulto. Y en el campo de las ciencias humanas y sociales la “asexualidad” se predica de personas que renuncian al sexo, no lo consideran importante en su vida o pueden vivir sin sentir su necesidad. Existen personas que por decisión propia y también parejas que de mutuo acuerdo, deciden libremente no tener relaciones sexuales. Hoy se habla de amor platónico para referirse a la relación entre personas de sexo opuesto pero caracterizada por la ausencia de relación sexual. Si en otras épocas esta forma de amor tuvo connotaciones sexuales hoy se empieza a identificar con amistad. En la sociedad actual existen personas a las que les resulta maravillosa esta forma de vivir. No soportan el vivir solas pero tampoco quieren comprometerse con las exigencias, dificultades y obligaciones que conlleva el hecho de mantener relaciones sexuales dentro de una pareja estable. Y se habla de celibato sano y no patológico cuando una persona inhibe o sublima sus deseos sexuales porque no encuentra la ocasión de tener una relación sexual íntima que pueda satisfacer sus necesidades emocionales, o porque no encuentra una pareja que coincida con su forma de entender y vivir las relaciones sexuales. Existen también matrimonios que viven una vida de pareja fundada en la fidelidad, el respeto mutuo, un amor intenso pero sin la práctica del sexo. Pero más conocido por la población es el celibato que existe en el ámbito de la religión. Se predica de personas que asumen libremente la abstención de relación sexual, tanto dentro como fuera del matrimonio. En la Iglesia católica, por ejemplo, se denomina “voto de castidad” a la renuncia de por vida al matrimonio y al sexo de sacerdotes y religiosos.

Es importante subrayar que los asexuales se oponen a que se les encuadre en alguna de estas formas de vivir la sexualidad y sobre todo les molesta que se les coloque la etiqueta de célibes. Recuerdan que el celibato es una elección activa realizada por alguien que desea abstenerse libremente de la sexualidad por razones personales, pero que la asexualidad que ellos viven no es una opción sino más bien una inclinación natural. Sostienen que el término asexualidad tiene para ellos un contenido y un significado radicalmente diferente del de celibato. Algunos dicen poseer un bajo deseo sexual, otros aclaran no tener interés en el sexo, en todo caso no mantienen, rechazan o evitan tener relaciones sexuales. Pero lo más decisivo es que se declaran y autodefinen como asexuales, es decir, elevan la falta de orientación sexual a la categoría de identidad. La conciben como un estilo de vida que se caracteriza por la ausencia de impulsos sexuales y, por tanto, ni los reprimen ni los controlan y tampoco los subliman. Afirman que no es una elección sino una condición y tendencia natural, que es una parte intrínseca de su ser, es decir, que son como son. “No tener impulso sexual, es un estado de hecho, una predisposición genética” (Joosten van Vilsteren 2005). Y al aclarar lo que son explican que no sienten atracción sexual ni por los varones ni por las mujeres. Para ellos el sexo es como si no existiera y por tanto no desean ni soportan que se les tache de enfermos, impotentes, raros, desviados, alienígenas, misántropos, antisexuales, insatisfechos sexualmente, etc. Se consideran personas normales que no tienen miedo al sexo, que no están condicionados por prescripciones morales o tabúes sexuales, pero que no tienen impulsos sexuales y tampoco desean tener pareja sexual ni fundar una familia como la mayoría de la gente. Simplemente no les interesa el sexo y viven bien así. “No se sienten en absoluto enfermos, ni desde el punto de vista psíquico ni desde el somático, cuya orientación no es ni heterosexual, ni homosexual ni bisexual, sino simplemente asexual. El revuelo público que ha provocado la iniciativa demuestra cómo, en una época en que los deseos sexuales apenas se sujetan a yugos sociales o religiosos, parece existir un único tabú: no apetecer el sexo” (Fiedler 2008: 23).

Los asexuales se consideran diferentes y estigmatizados, como en otro tiempo fueron los homosexuales. Se sienten víctimas de la opresión social porque tienen la sensación de que son rechazados por la población que generalmente los cataloga de enfermos o anormales. Para superar esta forma de marginación han creado una comunidad virtual que ya empieza a despertar el interés de la opinión pública a través de los medios de comunicación (Pagán Westfall 2004), han conseguido captar el interés popular a través de las fotografías de Steven Meisel para la revista W, titulada Asexual revolution, a inspirar a artistas como Pamella Cantillana que ha pretendido realizar una recreación digital de cómo podrían ser las personas asexuales, y realizan “eventos” ya que los consideran ocasiones privilegiadas para reforzar la amistad entre sus miembros, compartir experiencias y consolidar la comunidad. A través de estos medios pretenden que se reconozca y valore por parte de la sociedad un nuevo estilo de vida que se condensa en una sencilla frase: vivir sin sexo. Hoy son un grupo minoritario en los foros sociales pero cada vez con mayor presencia y empiezan a tener una enorme popularidad en las comunidades on line.

Lo nuevo de este grupo de personas es que se proclaman representantes y defensores de una identidad sexualdiferente. La consideran tan legítima y válida como las que se sustentan en la orientación heterosexual, homosexual y bisexual. Los “A” se sienten orgullosos de su manera de entender la sexualidad y además piden que se reconozca la asexualidad como una forma de vida tan sana y respetable como otra cualquiera. Exigen el reconocimiento por parte de la sociedad de los derechos de la sexualidad en cualquiera de sus formas y por consiguiente de la suya propia, es decir, de la orientación “asexual”. Reclaman los máximos derechos porque el ejercicio sin trabas sociales de su propia identidad les va permitir formarse una nueva imagen de sí mismos, aumentar la comunicación con su pareja (si la forman), ser aceptados por sus familiares, amigos y compañeros, erradicar la tiranía de la sexualidad genital impuesta por algunos médicos y psiquiatras, romper con el fundamento empírico sobre el que se asientan los modelos tradicionales de sexualidad y, en última instancia, crear un nuevo modo de entender la sexualidad (Melby 2005; Pénochet 2005; Bogaert 2006; De Tonnac 2006; Prause y Graham 2007; Tomás 2007; Radloff 2008; Knudson y Brotto 2008).

 

2. La identidad virtual de los asexuales

La identidad se puede describir como la conciencia y la asunción de unos modos de ser, pensar y actuar que dotan de significado y sentido a la vida de una persona. Ésta no se construye en la clausura y el aislamiento sino en la interacción con los miembros del grupo al que se pertenece y dentro de un medio físico concreto. Pues bien, con la consolidación de Internet se ha creado una nueva manera de entender la identidad que se genera en las comunidades on line o dominios multiuso del ciberespacio. Su rasgo más característico es la de ser deslocalizado, inmaterial, independiente y libre. Se están creando sitios en este territorio que posibilitan una nueva forma de presentación del si-mismo que basa más en las relaciones sociales que allí se construyen que las que una persona vive en la vida cotidiana como sujeto individual. En este nuevo mundo se está configurando un tipo de identidad que todavía no sabemos describir con exactitud. De cualquier manera estamos empezando a entender y aceptar que los referentes de construcción identitaria clásicos pierden fuerza -familiares, institucionales y nacionales- apareciendo otros totalmente nuevos que debemos comprender y explicar. En este nuevo contexto sociocultural constituye un reto para el saber explicar tanto la naturaleza como el alcance de la denominada identidad on line. Es urgente conocer los códigos y las prácticas que allí se realizan para poder anticipar y orientar los que cambios sociales que están transformando nuestra cultura. Una reflexión seria exige que, previa a cualquier crítica o denuncia, exploremos este nuevo territorio que hoy por hoy es y todavía será un mundo bastante desconocido. La tarea es urgente porque desconocemos que impacto y que cambios se están produciendo en el nivel de autoconciencia de las personas.

Son muchas las personas que han recibido con optimismo y entusiasmo las nuevas posibilidades que ofrece esta terra incognita. Pero son también muchos los investigadores que alertan de los peligros que conlleva: la falta de coherencia y autenticidad que generan enajenación, dependencia tecnológica, presente sincrónico, etc. En todo caso existe un acuerdo general sobre la necesidad de conocer el influjo que puede tener en nuestras vidas. Estamos asistiendo a la paulatina digitalización de procesos y actividades en todos los ámbitos de la cultura. Las nuevas tecnologías tienen un profundo impacto en la vida diaria de la persona, tanto en lo relativo a su dimensión interna o privada como en lo referente a su dimensión externa o social. Su uso está propiciando la construcción de una verdadera identidad digital que, de hecho, está pasando a formar parte de la identidad de la persona (Informe Telefónica 2009; Castells 2009; Georges 2009; Bhushan 2009; Boon y Sinclair 2009; Diffus 2008, 82; Faßler 2008; Gluesing 2008; Turkle 2007). Y desde luego constituye un enorme desafío para un antropólogo que hace trabajo de campo en la Red abordar estas cuestiones: ¿Cuáles son las consecuencias de Internet sobre los sentidos de autenticidad y autoría? ¿Cómo se desempeña y experimenta la identidad en ese mundo? ¿Qué grado de realidad se le puede atribuir? ¿Cómo es posible construir una verdadera identidad en la que se prescinde de la personalidad del individuo? ¿Cómo será el futuro de la identidad humana en una sociedad que está siendo transformada por su engarce cada vez más íntimo con la tecnología digital? (Buxo 2010: 126; Dalsgaard 2008; Hine 2000: 15; Wilson y Peterson 2002; Núñez y otros 2004; Mayans y Tubella 2005: 109; Brown 2006; Zhao y otros 2008; Álvarez Munárriz 2001; Cerulo 1997: 396).

Una de esas formas de identidad digital es la identidad sexual que se manifiesta y se vive en la Red. Se encuadra dentro del campo de investigación denominado sexualidad en Internet (Internet sexuality, online sexuality, cybersexuality) que refiere al estudio de los contenidos y actividades de tipo sexual que se realizan a través de esta plataforma. Designa un variado conjunto de fenómenos sexuales (por ejemplo, la pornografía, la educación sexual, los contactos sexuales) relacionados con un amplio espectro de servicios en línea y aplicaciones (por ejemplo, páginas web, chats en línea, peer-to-peer). Para poder organizar y evaluar este inmenso campo se ha propuesto recientemente seis áreas centrales de investigación para cuya clasificación se toma como criterio los usuarios de Internet y la repercusión que tiene en sus vidas esa forma de vivir la sexualidad (Döring 2009: 1090; Albright 2008: 175). De entre ellas nos interesa resaltar el área denominada sub-culturas sexuales en Internet. Agrupa a personas con orientaciones sexuales no convencionales o sujetos con preferencias que tienen dificultades para encontrar personas de ideas afines pero que son fáciles de localizar y además de forma barata en Internet. Existe un déficit en los estudios relacionados con el análisis de la influencia de subculturas sexuales en línea en la cultura dominante. De ahí el interés que tiene seleccionar del amplio espectro de sub-culturas sexuales en Internet la de los asexuales. Las comunidades virtuales de los asexuales se han extendido por todos los rincones del mundo y aumenta el número de personas que comparten sus opiniones y se apoyan para seguir viviendo sin sexo sin que ello les cause ningún trauma o sufrimiento.

El estudio de la identidad virtual de los asexuales es un excelente banco de pruebas para conocer la repercusión que Internet puede tener en nuestras vidas y de un modo especial en el tema de la sexualidad. La demanda de una nueva identidad por parte de los asexuales abre preguntas desafiantes para los científicos sociales: cuál es el significado de la orientación y atracción sexual, la diferencia entre orientación e identidad sexual, la distinción de sexo y género, la transexualidad, la forma determinada y el valor concreto que se debe atribuir a la sexualidad en nuestras vidas, la posibilidad de la intimidad, la pasión y la infidelidad sin que exista atracción sexual, la autoafirmación sexual y la influencia de normas imperativas sobre lo que se considera bienestar sexual, el derecho humano universal al placer sexual, etc. Esclarecer las identidades complejas con las que vive la gente es un objetivo prioritario del investigador social. Analizar la identidad asexual puede ser un buen hilo conductor para entender este lugar ontológico en el que los actores se desterritorializan y cuya inmersión supone un cambio profundo en su modos de ser, pensar y relacionarse con los demás. En cualquier caso merece la pena conocer el significado que tiene esta comunidad, la intención que les guía, el fin que persiguen, el alcance de sus actuaciones, etcétera. Tiene interés científico comprender cómo es la gente que se define como asexual, qué discurso los une y cómo éste se convierte en significativo para su vida cotidiana, y sobre todo qué impacto puede tener este fenómeno cultural en las actuales formas sociales de concebir relación sexual. Tarea necesaria ya que según un prestigioso investigador los asexuales representan y anuncian el final de una concepción de la sexualidad que se inició con la sexología hace unos 200 años: Asexuelle sind ein Anzeichen für das Ende des sexuellen Zeitalters (Sigusch 2005: 1). En estalínea se ha afirmado que la asexualidad está generando en el campo de la sexualidad la primera revolución del siglo XXI. La reivindicación del “no” al sexo como opción ha sido catalogada como la nueva y paradójica revolución sexual de nuestro tiempo (Verdú 2006; Schneider 2007; Hirigoyen 2008; Boffa y Dachy 2010; Sastre 2010).

El escenario de futuro que plantea la identidad asexual no es un escenario de ciencia ficción. La prestigiosa neurocientífica Susan Greenfield sostiene que las tecnologías de la información, la nanotecnología y la biotecnología están difuminando o incluso rompiendo todas las dicotomías que hasta ahora habían trascendido a todas las culturas humanas y se habían mantenido firmes en todas sus sociedades: lo real contra lo irreal, lo viejo contra lo joven; el yo contra el mundo exterior que nos transforma como personas (Greenfield 2008: 15). Propone tres escenarios de futuro para la identidad: a) que la naturaleza humana sea inviolable y que, después de todo, nos quedemos tal como estamos, como individuos que poseen una irrefutable sensación de que somos una consciencia en primera persona única y continua: identidad “Alguien” (Someome); b) que las nuevas tecnologías lleguen a saturar y penetrar el cerebro y el cuerpo como nunca antes y que fuesen capaces de ofrecer alternativas de diversión interminable, de comodidad física y gratificación sensual, como recipiente pasivo de los sentidos: identidad “Nadie” (Nobody); c) finalmente, como alternativa al egoísmo o al hedonismo, una identidad colectiva con una narrativa y una dirección claras podría parecer mucho más atrayente: identidad “Cualquiera” (Anyone). Y ha sido el filósofo P. Sloterdijk quien, desde una optimista aunque discutible Ontotecnología, se ha atrevido a imaginar como podría ser este tipo de identidad: enfrascamiento en la burbuja íntima del yo. Para fundamentar esta tesis parte de la categoría de transmisión de pensamientos que las nuevas tecnologías están haciendo posible. Este concepto permite entender como en un futuro podríamos sumirnos mutuamente, sin encontrarnos físicamente presentes, en estados maravillosos o terribles de posesión telecomunicativa discreta. Nos sumergiríamos unos en otros atravesando grandes distancias por medio de ondas radiofónicas intercerebrales y enviar y recibir representaciones individualizadas y mensajes fechados, concretamente dirigidos, localizados (Sloterdijk 2010: 166). Habla de un futuro lejano pero los asexuales son un caso paradigmático de lo que se está gestando en la Red y síntoma de lo que está por venir. Su estudio nos ayuda a entender cómo las nuevas tecnologías pueden impactar en el cerebro y la mente de la gente transformándolas como personas hasta adquirir la identidad “Nadie”.

 

3. Estado de la cuestión

El tema de la identidad “asexual” es un objeto de estudio reciente. Existen escasas investigaciones científicas sobre los miembros de la comunidad asexual y es un tema bastante desconocido, tanto por el público en general como en el mundo académico. De todas maneras en el campo del saber ya se conocía la existencia de personas que se declaraban asexuales. Los estudios realizados sobre las orientaciones sexuales ya habían constatado la presencia de un porcentaje de población inclinada y comprometida con la inactividad sexual. Alfred Kinsey detectó en sus investigaciones la presencia de gente asexual a los que clasifico como X, pero no los incluyó en su famosa escala de las orientaciones sexuales (Kinsey y otros 1948; Kinsey y otros 1953). El primer estudio sistemático en que se usa como categoría técnica se remonta a los estudios realizados por Johnson que concibe la asexualidad en términos de preferencia. En esta categoría incluye tanto a las mujeres autoeróticas como a las mujeres asexuales (Johnson 1977). Unos años más tarde se propuso un modelo teórico de la sexualidad de corte binario (homoeroticismo-heteroeroticismo) en el que aparecía esta cuarta orientación y se definía a los asexuales como individuos que no son atraídos por uno u otro sexo (Storm 1980). Para investigar la relación existente entre salud mental y orientación sexual un sexólogo comparó grupos que poseían cuatro orientaciones sexuales diferentes: aquellos que prefieren la heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad (ambisexualidad) y todos aquellos que prefieren no implicarse en algún tipo de actividad sexual que denominó asexualidad (Nurius 1983). Pero se prestó poca atención a estas investigaciones y, de todas maneras, a las personas que se autodefinían como asexuales se les calificó como gente enferma y todo caso como anormal. En efecto, inicialmente los asexuales fueron considerados enfermos que padecían la disfunción sexual denominada “deseo sexual hipoactivo”: disminución y ausencia de fantasías deseos y actividad sexual de manera recurrente o persistente. Esta visión fue superada cuando tanto psicólogos como sexólogos reconocieron que se trataba de personas normales que no necesitaban de ningún tipo de terapia (Jutel 2010: 1086). Se reconoció que la distinción entre “normal” y “anormal” no se debe entender como una oposición binaria sino como un continuum en el que es difícil, por no decir imposible, marcar un límite. Y sobre todo porque se reconoció que siempre está condicionada por la cultura de la sociedad. Y también esta orientación asexual ha dejado de ser vista como una enfermedad mental, porque se acepta una noción de enfermedad que proviene del sentido común: lo que provoca una alteración o anomalía en la mente personas y/o en sus relaciones interpersonales. Pasan a un segundo plano los aspectos anatómicos que los avances técnicos van superando para dar prioridad a los aspectos individuales y culturales que propician o impiden la calidad de vida. El modelo biomédico es sustituido por el modelo terapéutico en el que son los psicólogos los que determinan quien es una persona normal (Illouz 2010: 109; Sloterdij 2009: 291). En este nuevo modelo sano se identifica con sentirse bien y socialmente adaptado. De acuerdo con este principio la asexualidad ya no se considera una patología sino una opción personal. Actualmente se les ha quitado la etiqueta de enfermos o anormales y la mayoría de los expertos en sexualidad consideran a los asexuales como personas que no necesitan tratamiento terapéutico. En la actualidad se está revisando el DSM IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) y para su redacción final se está teniendo en cuenta esta nueva concepción de la sexualidad (Brotto 2010). Y en la Red se anima a los asexuales para que participen en su confección con su específica visión de la sexualidad para conseguir un cuadro más preciso y realista de las enfermedades y disfunciones sexuales.

Este cambio ha propiciado que en el campo del saber ya se reconozca la necesidad y la importancia de realizar estudios científicos sobre este grupo social que se diferencia del resto de la población por un modo de entender y vivir la sexualidad que choca frontalmente con el modo como la mayoría de la gente entiende y vive la propia sexualidad. Se ve como un grupo minoritario pero también se acepta que el análisis de sus ideas y propuestas -al margen de cualquier valoración que de ellas se haga- nos ayudará con toda seguridad a comprender mejor la sexualidad humana. En este nuevo clima científico los trabajos más recientes que hasta ahora se han realizado sobre los asexuales se han concentrado en este tipo de cuestiones: ¿Qué rasgos caracterizan a una persona que se autodefine como “asexual”? ¿Es la “asexualidad” tan prevalente como el resto de las típicas orientaciones sexuales o es, por el contrario, rara e inusual? ¿Cuáles deben ser las variables que nos permitan fijar el porcentaje exacto de asexuales en la población? El primer estudio serio se debe a Bogaert experto en sexualidad humana. Partió para su análisis de los resultados de una investigación realizada en Inglaterra en 1994 y analizó las 18.000 respuestas de las personas que fueron encuestadas sobre sus preferencias sexuales. Seleccionó y clasificó como asexuales a todos aquellos que habían respondido: “I have never felt sexually attracted to anyone at all” (Bogaert 2004). Así llegó a la conclusión de que el 1.05% de los encuestados declararon estar de acuerdo con esta opción y fueron considerados como asexuales. Un estudio más directo sobre la población asexual fue patrocinado por el Kinsey Institute for Sex Research. Se usaron técnicas cualitativas y cuantitativas. En la primera fase se hicieron entrevistas en profundidad a cinco personas (tres mujeres y dos varones) que se identificaban como asexuales. Este primer estudio sirvió de base para la realización de una encuesta más amplia en la que se enviaron cuestionarios a 1.146 personas que debían rellenar con el fin de valorar su historia sexual, excitación e inhibición sexual, deseo sexual, umbral sexual, percepción de las ventajas y desventajas de la asexualidad, y su comprensión del término asexual. Son estudios todavía tentativos y provisionales pero fundamentales para futuras investigaciones. El único acuerdo al que han llegado los especialistas es que el 1% de la población mundial puede ser encuadrada en esta forma de vivir y entender la sexualidad. Concuerdan, por otra parte, con estudios realizados en animales en los que se detectado el mismo porcentaje de inactividad sexual. De cualquier manera los trabajos del Instituto Kinsey han ayudado a avanzar en qué se entiende por individuo asexual, han supuesto un avance en la comprensión de este movimiento social y han propiciado que el estudio de la asexualidad haya sido reconocido como un tema de interés científico (Scherer 2008; Brotto y otros 2008). De todas maneras la mayor dificultad con la que se tropieza en el presente es la de llegar a un consenso en la comunidad científica sobre que se entiende por asexualidad, es decir, ponerse de acuerdo en una definición operativa de persona asexual (Hindeliter 2009; Brotto y Yule 2009; Sastre 2010; Scherer 2010a).

 

4. Método y material

Partiendo de este saber acumulado inicie mi estudio sobre el fenómeno de la asexualidad contactando con alumnos de la Universidad donde impartía clases sobre la dimensión cultural de la sexualidad. Me ayudaron a localizar a dos personas que se identificaban asexuales pero ninguno de ellos aceptó ser entrevistado. Uno de ellos me dijo que se había enamorado de una chica y que ya no se consideraba asexual. Más información he recogido en las 12 entrevistas que he realizado a gente que no se considera asexual pero que suscitó su interés cuando le presenté esta cuestión. En esos contactos con la gente me he encontrado con diferentes opiniones. Personas incrédulas que no conciben que una persona normal no tenga deseos, fantasías o aspiraciones sexuales. Me decía una informante: “No me imagino a una nenica de 18 años asexual”. Otro me decía: “Eso es contradictorio porque todas las personas tienen sexo y deseos sexuales ¡Imposible!”. Una persona entrevistada que me pidió que le explicase más detenidamente qué es la asexualidad me dijo: “Si no practicas el sexo acabas mal de la cabeza” Otro en plan irónico me decía: ¿No serás tú asexual?.. Está bien, está bien eso de ser asexual”. Gente que no le conceden mayor importancia: “Bueno, ¿y qué?” me decía una informante para explicarme después que ignoraba que existiesen ese tipo de personas, pero que no le producía ninguna extrañeza, que no le suscitaba ningún interés y que no le causaba ninguna preocupación. Y personas como un homosexual que entrevisté y a quien que le costaba entenderlo pero lo intentaba justificar como un comportamiento normal: “Todas las conductas deberían aceptarse como naturales y considero positivo que los asexuales se sientan atraídos por otras personas sin necesidad de tener relación sexual”. También he realizado tres sesiones de grupos de discusión con alumnos universitarios. Selecciono un trozo de las grabaciones realizadas porque, a mi modo de ver, representa la opinión mayoritaria:

“La asexualidad es algo absurdo, imposible, ya que la sexualidad va ligada al ser humano y solo por nacer con un defecto genético, o que por un experimento científico se haya inhibido el deseo sexual, de lo contrario es totalmente imposible la existencia de esta corriente sexual. Yo no me creo que haya asexuales”.

Esta primera aproximación me aportó escasa pero valiosa información sobre la asexualidad. Me sirvió de base para elaborar una encuesta muy simple que tenía como objetivo calcular el número aproximado de asexuales existente en la población, el grado de conocimiento que se tiene de esta gente y obtener una definición aproximativa de persona asexual. He pasado una encuesta a alumnos de diferentes Facultades de la Universidad de Murcia, tanto en el Campus de Espinardo como en el de la Merced. Me han rellenado 145 cuestionarios de entre los cuales 79 pertenecen a mujeres y 66 a varones. Los apartados clave de esta encuesta referían a estas cuestiones:

a) La categoría de orientación sexual que se enfoca al conocimiento de la relación sexual que establecen los sujetos. El sexo visto como medio de comunicación entre personas: heterosexual, homosexual, bisexual y asexual. No me interesaba por el porcentaje de personas que se adscriben a una determinada orientación sexual. Para mí el interés de esta pregunta residía en comprobar si existían personas en la muestra seleccionada que se definían como asexuales. Y lo más significativo de este item es que ninguno de los entrevistados se autodefine como asexual en sentido estricto. Solamente un entrevistado tacha al mismo tiempo las casillas de heterosexual y asexual.

b) Grado de conocimiento que tiene la gente sobre la asexualidad. En este apartado se confirmé lo anteriormente dicho: el enorme desconocimiento de la gente sobre la existencia de personas asexuales.

c) Definición de asexual desde dos perspectivas diferentes: deseo sexual y respuesta sexual. Aunque en la práctica ambas se confunden, las he separado porque la definición de asexualidad se puede abordar desde estas dos perspectivas. En la encuesta todos los entrevistados manifiestan poseer ambas. Es altamente significativa la coherencia que aparece en las respuestas: todos los que tienen deseos sexuales también manifiestan poseer respuesta sexual.

d) Detectar el grado de interés que se tiene sobre el sexo. Se trata de un grupo de población joven por lo que la mayoría manifiesta tener un alto interés por el sexo. Los resultados que obtuve concuerdan con las estadísticas que se han realizado sobre este tema.

e) Una pregunta abierta para que me diesen sobre su opinión sobre la asexualidad. He recibido bastante información sobre la opinión que tiene la gente sobre los asexuales.

Al mismo tiempo que realizaba este trabajo exploraba el mundo virtual cuya plataforma es Internet. Este trabajo etnográfico estuvo enfocado a conocer como se concibe y se construye esta forma de identidad. El material que constituye la base fundamental de esta investigación ha sido el análisis de los contenidos que aparecen en los sitios que los asexuales han creado en la Red. Resulta meridianamente claro que para desvelar esta compleja identidad se necesita la aplicación de nuevas metodologías porque el territorio donde han situado los asexuales su centro de acción para alcanzar el reconocimiento de su identidad sexual es el “ciberespacio”. Es un término creado por W. Gibson en su novela Neuromante para referirse al espacio virtual constituido por la maraña de conexiones que se establecen dentro de la red. “El ciberespacio es un universo virtual global, formado por el conjunto de datos numéricos transportados por la Red, y que por ser virtual carece de extensión y ubicación física. Pero este espacio virtual de producción digital se manifiesta de modo perceptible y sensorial por medio de los significantes desarrollados a través del interfaz de la computadora, que su usuario puede ver u oír” (Gubern 2010: 98; Maldonado 2010: 15; Friedman 2010: 90). Se trata de un mundo inmaterialpues solo consta y se manejan datos numéricos, inmenso por la cantidad de información digital que contiene, complejo por la cantidad de conexiones y relaciones que se pueden establecer, creciente por el aumento exponencial que se produce en la creación tanto de información como de sitios que se generan, desorganizado porque no existe un núcleo central que lo dirija y controle la creación y gestión de la información, y vertiginoso debido a la velocidad con la que se producen cambios orientados al perfeccionamiento de los dispositivos terminales y el software de los de servidores así como de las herramientas interactivas que se ponen a disposición de los usuarios. El ciberespacio, desde un punto de vista cultural, se puede ver como una cuarta dimensión, una estructura de orden superior que empieza a configurar la vida de los seres humanos. Un mundo donde reina la comunicación abierta y libertad de expresión. Se trata de un nuevo territorio que no solamente sirve y se usa para soñar y crear sino también como un medio para transformar la sociedad. En suma: un espacio que puede alterar de forma sustancial los modos de pensar y actuar de la gente.

El estudio del ciberespacio es un campo de análisis reciente pero de suma importancia pues en este ámbito se están replanteando temas antropológicos de gran relevancia e interés: el cuerpo, la autoconciencia, la sexualidad, la identidad, la poshumanidad, etc. Para el antropólogo es esencial la observación que se realiza sobre la producción de recursos, soluciones y servicios que se ubican en este mundo virtual. Se trata de un nuevo campo de investigación que exige unas nuevas maneras de observación participante. “La producción de material empírico en Internet no se somete, pues, a las reglas con que se realiza cualquier otro trabajo de campo, al menos como pauta generalizable. Si bien, en ocasiones, el hecho de que los contenidos sean accesibles a través de uno u otro medio resulta escasamente influyente, en otras muchas debe realizarse una propedéutica, una reflexión previa que identifique las formas en que el ciberespacio modifica la información, e incluso las prácticas de los agentes implicados” (Francesch 2008; Cuadra 2010; Ruiz Torres 2008; Runnel 2008; Koch 2009; Teli y otros 2007; Kozinet 2006). Reflexión necesaria para poder comprender las nuevas formas de construcción y negociación de la realidad que este inmenso espacio presenta. Es enorme la materia que en forma de información fluye por el Universo digital y pasmosa la facilidad y la rapidez con la que los internautas pueden acceder a ese inmenso flujo. Lo podemos comprobar tecleando la palabra asexual en cualquier buscador. Entonces nos convenceríamos del gran reto que supone para el antropólogo transformar tanta información digital en conocimiento. Para ello se necesita una etnografía específica -etnografía online, ciberetnografía, netnografía, etnografía virtual, ticsetnografía, etc. – que prescinde del lugar y la copresencia para centrarse en el estudio de las comunidades y culturas virtuales creadas y mediadas por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Es la técnica que nos permite solucionar el problema de cómo organizar para poder interpretar los datos que provienen de las opiniones de miles de individuos interaccionando en la Red. Para ello se aconseja llevar un protocolo de los horarios, los días y las épocas de las conexiones para saber cuando y cómo las personas se conectan a la Red. También se aconseja tener en cuenta los tipos de personas y el status que tienen: creadores de sitios, líderes, miembros activos y comprometidos, visitantes habituales o esporádicos, etc. De todas maneras la gran dificultad que tuve que afrontar al iniciar mi trabajo de campo fue ésta: los muchos sitios de la web en donde podemos encontrar información sobre los asexuales. Y por ello mi primera tarea consistió en territorializar el ciberespacio. He acotado los ciberterritoriosde los asexuales a través de sucesivas reducciones basadas en cuatro criterios: la temática, la consistencia, el eco mediático y el idioma.

La temáticarefiere a espacios en la red donde de manera directa o indirecta se aborda la cuestión de la asexualidad: portales sobre sexualidad, redes sociales, publicaciones electrónicas, foros de discusión, blogs, videos, etc. Este criterio está encaminado a explorar y acumular datos de todos aquellos foros y grupos de noticias que tengan relación con el tema de la asexualidad aunque no lo traten de manera exclusiva. El trabajo de campo en este inmenso territorio se inició acopiando toda clase de material sobre las visiones y definiciones de la asexualidad, discusiones que allí se entablan, propuestas sobre los modos de hacer visible la asexualidad, confesiones de los asexuales, respuestas a las críticas y al rechazo de esta orientación, angustias y miedos que manifiestan al sentirse asexuales, etc. Esta diversidad ha permitido recopilar una gran variedad de experiencias y puntos de vista, produciendo una riqueza de información que había que gestionar pero también organizar. Para reducir la complejidad del espacio y así poder aquilatar la calidad de esta primera información me serví del criterio de consistencia. Consideré que una fértil manera de organizar esa enorme cantidad de datos -fragmentarios y difusos- que había obtenido en esta primera incursión en el ciberterritorio de los asexuales era tomar como hilo conductor la categoría de comunidad virtual. Es una abstracción científica que se usa para facilitar la descripción de un conjunto de relaciones complejas en el ciberespacio. Una comunidad virtual es un grupo más o menos numeroso de personas que se comunican entre sí a través de un medio tecnológico, relación que transciende el cara a cara, individuos que pueden pertenecer a cualquier entorno geográfico del planeta, grupo de gente unidos por intereses y/o objetivos comunes. Son espacios sociales en los que un conjunto de usuarios establecen relaciones ágiles y abiertas basadas en diferentes tipos de vínculos. Miles de internautas, con diferentes niveles de capacitación digital, usan y ofrecen información, seleccionan contenidos, comparten experiencias de todo tipo. A través de estas redes virtuales muchos internautas definen su identidad digital pública y en ellas la han construido los asexuales. Ahora bien, son muchas las comunidades virtuales de asexuales que se han creado Internet. De ese mundo inmenso he seleccionado las que tiene mayor impacto mediático. Este lo he medido por el número de personas que las constituyen, la facilidad y rapidez de acceso, la expansión que está teniendo en el mundo globalizado que vivimos y el impacto social que están teniendo. La participación en una comunidad virtual es más interesante cuanto mayor sea el número de gente que la compone y mayor el abanico de posibilidades que en cuanto a recursos ofrece. Con este criterio se eliminan los que no tienen un número relevante de usuarios o presentan un nivel de actividad demasiado bajo en lo referente al número de visitas. Se trata de un filtro selectivo que reduce el número de comunidades a estudiar y poder quedarse con un número manejable pero que al mismo tiempo permita obtener datos que sean representativos de los miembros de la comunidad asexual. Atendiendo a este criterio debo mencionar que el punto de referencia en donde he encontrado datos de mayor calidad y en los que fundamentalmente me he apoyado para describir la comunidad asexual es AVEN. Es un sitio en la web (http://www.asexuality.org/) que se ha convertido en una de las mayores comunidades asexuales on line. Fue creada por David Jay en el año el 2001 como un movimiento que exigía que la “asexualidad” fuera reconocida y catalogada como una verdadera orientación sexual. En la actualidad consta de más de 40.000 miembros y está extendida por todo el mundo. Y finalmente el idioma ha sido el cuarto criterio de ciberterritorialización. Me he centrado en redes sociales en lengua inglesa, española, francesa y alemana. He rastreado y analizado detenidamente los contenidos de AVEN en cuatro países a los que se puede acceder directamente desde su página principal: Inglaterra, Alemania, España y Francia. He completado esta muestra analizando los contenidos que aparecen en los enlaces que posibilitan estos sitios de la Red porque aparecen particularidades e iniciativas propias. Este último criterio acota el espacio pero permite acceder a una amplia cantidad de sitios potenciales donde los asexuales alcanzan mayor visibilidad y, sobre todo, se consigue la cantidad suficiente y necesaria datos para poder conseguir una idea bastante clara de cómo los asexuales se conciben a sí mismos y además qué objetivos pretenden alcanzar.

Al organizar, interpretar y comparar los datos obtenidos han ido surgiendo y me he ido planteando esta serie de cuestiones: ¿son razones suficientes las que esgrimen los asexuales para poder hablar de una nueva orientación sexual? ¿Se está produciendo una verdadera revolución sexual como sostienen muchos miembros de este colectivo? ¿Es necesario introducir en el campo de la sexualidad otra orientación específica, única (asexual) y diferente para poder entender las actuales formas sociales de relación sexual? ¿Estamos entrando en una etapa de desexualización? ¿Es útil la categoría de identidad “asexual” para construir un modelo fértil de las orientaciones sexuales de los miembros de nuestra sociedad? ¿Están produciendo las propuestas de los asexuales cambios significativos en las ideas y los hábitos sexuales de la población? Todas ellas se concentran en esta pregunta: ¿Cuáles son los rasgos que caracterizan la orientación sexual de estas personas, y que efectos pueden tener en nuestra sociedad? De todas maneras el objetivo principal de mi investigación se ha centrado finalmente en intentar esclarecer la naturaleza y el sentido de la identidad asexual.

 

5. Resultados

En la vida cotidiana la gente funciona con la categoría de “dimorfismo sexual aparente” y tiene conciencia, más bien implícita que explícita, de su propia orientación sexual. Ahora bien, cuando se les pregunta sobre ella todas las personas que he entrevistado se adscriben a una de las tres orientaciones sexuales típicas. De ahí que les resulte difícil de creer que existan personas con ausencia de orientación sexual. Son muchos los testimonios de la gente que se pueden aportar. Como botón de muestra la de un estudiante entrevistado que en la encuesta dice conocer el tema de la asexualidad: “Considero que la sexualidad es una parte fundamental del ser humano, es algo natural y lo que permite la perpetuación de la especie. La asexualidad podría relacionarse con el miedo. Quizá miedo a lo desconocido, a los riesgos que puede o no conllevar. No es adaptativo, hablando desde un punto de vista filogenético, por lo que debería indagarse en cuáles son las razones que lleva a alguien a ser asexual”. Al indagar en la Red he podido constatar que en los discursos de asexuales no existen tales miedos y que el género no lo consideran una dimensión constitutiva de la identidad de una persona. Se aborda el problema que supondría la implantación de la asexualidad para la supervivencia de la especie humana y, sin embargo, se rechaza la diferencia de género como explica un asexual. “Masculino y femenino son cosas del sexo. Los dos roles de la función sexual en la mayoría de los seres que así se reproducen. Si no tuviéramos función sexual no habría necesidad de tener esos conceptos en mente”. Este rechazo obliga a preguntar qué concepto tienen en mente cuando hablan de orientación asexual. Difícil respuesta porque la definición de persona asexual que usan los expertos y la que hacen los internautas es extremadamente fluida. Lo ponen de manifiesto estudiosos de esta identidad: “asexuals varied greatly in their experience of sexual response and behavior” (Broto y otros 2008). Asimismo el trabajo de campo en la Red permite constatar que los asexuales exponen muchas y variadas opiniones sobre el modo como entienden su propia identidad sexual. Así lo manifiesta un asexual alemán: “dass hier eine ganze Bandbreite verschiedener ebenswege, Motivationen und Eindrücken vertreten ist“. Ello hace sumamente complicado conseguir una definición que pueda ser aceptada por los mismos asexuales y que tampoco exista acuerdo entre los científicos que investigan este tipo de identidad. Ha sido la interpretación de los datos obtenidos en la Red la que me ha permitido llegar a deducir que existen dos punto de vista desde los cuales se fundamenta la asexualidad. En una de ellas se prima la dimensión biológica y en la otra cultural, en una de ellas lo que se es y en la otra lo que se quiere llegar a ser. Veamos cada una de ellas:

a) La ausencia de deseo sexual. La categoría de deseosexual refiere a la experiencia subjetiva de la persona en la que aparece la tendencia a tener una relación sexual, y se complementa con la atracción sexual que refiere a la excitación sexual afectiva que les pueda provocar otra persona. Ambas son componentes esenciales de la orientación sexual pero que sin embargo están ausentes en estas personas: no existe ni impulso ni respuesta sexual. Es un modo de ser cuyo rasgo más significativo es la falta o el nulo deseo sexual. Un modo de vivir en el que no se mantiene ni se desea establecer relaciones sexuales con otras personas. Confiesan que son seres sexuados y que no sienten ni miedo ni vergüenza de su sexo, pero a renglón seguido confiesan que no sienten necesidad ni desean relaciones sexuales con otras personas. Poseen un cuerpo normal y por tanto poseen órganos sexuales pero no tienen necesidades sexuales y tampoco practican el sexo como explica un asexual español:

“Bueno, pues yo vivo mi asexualidad de esta manera:
no me interesa tener sexo con nadie…
no me interesa producirme placer sexual (masturbación, etc..)
no me gusta el sexo, ni nada que tenga que ver con el, ¡es todo!”

Son personas corrientes que pueden ser objeto de atracción por parte de otras personas, sin embargo ellos no la perciben y tampoco se sienten estimulados sexualmente por las personas con las que conviven. La ausencia de atracción sexual es un rasgo que conforma el ser, el pensar y la conducta de este grupo de personas. En ellos no se despierta excitación sexual afectiva que podría provocar una persona en otra persona.

“Yo soy asexual. Recuerdo que de infante solía pensar, bueno ahora no me atrae nadie, y no me puedo visualizar como madre, pero creceré y luego será diferente. En la adolescencia no me atraían los hombres ni las mujeres, y tampoco la masturbación, pensaba que tal vez era porque no había encontrado a la persona adecuada para enamorarme y comenzar a ser sexual. Pero tampoco cambio mi punto de vista. Hasta que finalmente me di cuanta que soy asexual y no estoy atraída al sexo” (AVEN sp.).

En estas personas el deseo sexual está ausente, la sexualidad no es un medio de comunicación afectiva y no se da en ellos una reacción ni estimulación efectiva, es decir, está ausente la atracción sexual. La definición más rigurosa y estricta es la que se da en “The Official Nonlibidoism Society” de Noruega: Asexual: Born without Sexual Feelings.Es una tesis rotunda pero discutible pues se sigue planteando la cuestión de si la asexualidad es innata o adquirida. Existen escaso estudios científicos que hayan tenido como objetivo encontrar las causas de la asexualidad (Hamilton y Strizhakova 2004). En la Red únicamente he podido encontrar un sitio donde se pregunta sobre este tema pero solamente responden 24 personas. Los ítems de esta encuesta referían a causas como: “Trauma no relacionado con el sexo, Trauma relacionado con el sexo (abusos, violaciones etc), Biológica, Nacimiento, Enfermedad física, Educación antisexual, No tiene causa, No la conozco y no la sospecho”. De mi trabajo en la red he podido constatar que la gran mayoría la consideran un rasgo con el que han nacido. Pero conviene subrayar que también aparecen internautas que no son capaces de responder a esta pregunta, gente que afirma haberse convertido en asexuales con el paso del tiempo, y gente que duda sobre la presencia o el grado de su deseo sexual. En los Foros de Internet, donde se discute no solamente sobre la asexualidad sino también sobre la sexualidad en general, aparecen bastantes personas con esta última característica y se cuestionan si son asexuales. Así explica un asexual alemán cuando expone su caso en una comunidad de asexuales: “Ich frage mich, ernsthaft, ob ich nun auch Asexuell geworden bin oder einfach nur noch nicht den Richtige gefunden habe!” Casos de este tipo me convencieron de que el tema de la asexualidad también se debe abordar desde la intensidad del deseo sexual.

b) El grado de deseo sexual. A pesar de su oposición y rechazo a ser encuadrados en las escalas clásicas que fijan la orientación sexual, como personas de carne y hueso ellos mismos reconocen que poseen un cuerpo sexuado y tienen deseos sexuales. Pero este hecho no supone para ellos caer en contradicción alguna. Así lo argumenta un asexual francés: “L’attirance vers tel ou tel sexe n’est pas l’unique façon de décrire la sexualité des individus, on prend aussi en compte l’intensité du désir sexuel dans cette attraction“. En efecto, existen personas que se autodefinen como asexuales pero algunos sienten el sexo, otros tienen relaciones románticas y practican ocasionalmente el sexo con su pareja e incluso se masturban. Fueron expresamente incluidos en la clasificación inicialmente propuesta por David Jay. Y este hecho ha sido uno de los argumentos en los que se han basado muchos científicos para negar la asexualidad. Lo señala un asexual y al mismo tiempo investigador de la asexualidad: “One thing that’s intriguing is that many asexuals engage in sexual behaviour. They masturbate or engage in sex but don’t feel driven to this behaviour by the heat of passion. Masturbating may be a way of releasing tension, getting to sleep or pleasing their partners“. Para poder incluir a estas personas en la categoría de identidad asexual debemos tener en cuenta la intensidad con la que se vive el deseo sexual. Se ha propuesto el uso de una escala continua que va desde una alta intensidad a una nula intensidad del impulso sexual. Desde esta perspectiva la definición de lo que constituye la asexualidad no se sitúa dentro de las coordenadas de la lógica binaria sino de la lógica difusa. El rasgo esencial que caracteriza a un asexual es el bajo deseo sexual y la baja excitación sexual. Este es el punto de vista mantenido por los miembros de AVEN de Francia: “Avoir une libido, des fantasmes et être asexuel ne me semble pas du tout incompatible“.

Estas dos percepciones que tienen de sí mismos los asexuales se pueden condensar en la siguiente definición: persona que no tiene jamás atracción sexual y/o tiene un bajo deseo sexual. Partiendo de esta descripción de asexualidad podemos establecer una comparación con las ideas que nos proporciona la gente que no se considera asexual. El resultado es meridianamente claro: discordancia total. Este resultado nos obliga a plantear esta cuestión: ¿puede existir orientación sexual pero sin objeto, es decir, hacia ningún sexo? Como hipótesis de trabajo no se puede descartar la ausencia de deseo o atracción hacia otro sexo y, por tanto, la existencia de asexuales no parece irrazonable. Incluso para validar su existencia podemos construir un modelo teórico binario en el que interaccionan como mínimo dos personas. En él 1-1 representaría la presencia de orientación sexual: heterosexuales, homosexuales y bisexuales, y 0-0 representase la ausencia de orientación: asexuales. Pero la ausencia de orientación es precisamente la negación de la misma. No tiene sentido hablar de orientación sexual si no existe un objeto de deseo sexual, ni de atracción sexual si no existe la posibilidad de que haya respuesta sexual. De ahí que no se sostenga la tesis de que los asexuales posean una orientación sexual diferente que sirva de base y fundamento para exigir una identidad específica y diferenciada. De todas maneras es una reflexión puramente teórica porque la verdadera dificultad se encuentra en poder definir de manera precisa a ese grupo de personas que se autodefinen como asexuales. Se ha dado una definición amplia pero debemos añadir que cada asexual experimenta la relación, la atracción y la excitación sexual de manera propia y diferente. Y en la clasificación que ellos se ha hecho se incluye tanto a personas que son asexuales de por vida como a los que han renunciado a su propia sexualidad. En ambos casos no se prescinde del cuerpo sexuado que todos somos y además orienta el comportamiento sexual.

En contra de la opinión manifestada por personas entrevistadas que se definen como seres sexuados y no conciben la posibilidad de sujetos sin impulsos y necesidades sexuales, no podemos cuestionar que existen personas que se autodefinen como asexuales y que viven como tales. No podemos dudar de que la identidad que reclaman es tan real como su cuerpo sexuado que según ellos no inspira ni respira erotismo. Ello es indiscutible. Lo que realmente se puede discutir es que se trate de una verdadera y nueva identidad. En efecto, todo comportamiento, incluido el de los asexuales, tiene un soporte biológico, psíquico y cultural en el que se fundamenta y además es la fuente desde la que emergen las necesidades y aspiraciones sexuales. Tenemos una serie de constricciones que no podemos superar y una de ellas la tendencia sexual que proviene de ser cuerpos sexuados. En contra de cualquier forma de culturalismo parto del supuesto de que el sexo biológico es un componente esencial de la identidad sexual. En el ser humano el sexo se humaniza y adquiere un nuevo sentido y por ello se habla de sexualidad. Todo nuestro ser es sexuado, y no solamente somos cuerpos sexuados sino que también somos conscientes de que lo somos. Es una dimensión humana que involucra todo nuestro ser, es un modo de comportamiento que dimana de la totalidad de la persona y además constituye un rasgo esencial de la identidad de las personas. Si se acepta este principio debemos darnos cuenta que la única manera plausible de explicar la presencia y la fuerza de este grupo heterogéneo es que su fuente de identidad se halla en la Red. No se muestran como son sino como quisieran ser y en consecuencia solamente poseen una identidad ideal: la que pueden imaginar y construir en el escenario de la Red. Solamente en ella adquieren unidad de sentido y es en ella donde forman y funcionan como un grupo homogéneo. La intervención en red es un intento reflexivo y organizador de dar unidad y sentido a sus interacciones e intercambios y en consecuencia el lugar donde los asexuales se fundan a sí mismos diferenciándose de otros y adquiriendo una identidad propia. Conforman su proyecto de vida en otra dimensión de la que no quieren salir porque están fascinados por la creación de un yo fortalecido, más poderoso, perfecto y atractivo que su persona real. Están plenamente convencidos de que en este mundo virtual pueden llegar a ser lo que desean ser. Ahora bien, la identidad puede ser deslocalizada, negociada, reproducida e indexada en la comunicación on line, pero no puede ser plenamente realizada si se prescinde de la base real desde la que emerge. Y surge de un yo corporeizado del cual no nos podemos desprender. Pienso, por tanto, que estamos frente a un yo narcisista que se reafirma expresándose en la Red. Lo condensa un asexual: “Asexual!! Ni hombres ni mujeres!!! Solo yo!”. Ahora bien, los actores son actores en la medida que son reconocidos por otros actores. Pero en la estructura de la red se pierde la conciencia y solo se recupera en un proceso de realimentación que obra sobre sí mismo. Se produce un cortocircuito de corte narcisista: yo mismo como otro (Stiegler 2010: 289; Brea 2010: 109). Se trata de un hiperindividualismo en la medida que me encuentro a través del otro que soy yo mismo. Esta forma de transindividuación monádica nos obliga a hacernos estas preguntas: ¿cómo de en serio nos debemos tomar la identidad asexual? ¿en qué categoría de ser se debe encuadrar la identidad de los asexuales? ¿acaso están haciendo realidad el mito de un espíritu separado del cuerpo?

Se cae en una falsa dicotomía pensando que lo real es lo verdaderamente fáctico por su carácter espacio-temporal y perceptible por los sentidos, y que lo virtual es lo aparente, irreal e inexistente por su carácter inmaterial y solamente pensado (Schachtner 2008: 104; Flichy 2009: 173; Craipeau 2008: 90). Es más riguroso distinguir entre realidad de primer grado para referirse al mundo de lo fáctico, y de segundo grado para referirse al espacio de flujos de la Red. Y partiendo de esta distinción hablar de la identidad auténtica y verdadera que está anclada en la conciencia del cuerpo que somos (persona), y la identidad digital que es la que construimos en la Red (personaje). Ambas son reales y ambas deben ser tenidas en cuenta. Y debe ser así porque la gente todavía las distingue nítidamente. En efecto, diferencian la vida real y su yo real del hecho de conectarse a la red, es decir, yuxtaponen y conjugan pero diferencian lo real de lo virtual. La presencia está diferida pero en manera alguna transformada porque no se pierden las coordenada corporales. Siguen siendo individuos razonables y pragmáticos en su uso de las TIC. La sociedad todavía puede ser vista como un tejido de organismos autónomos y autosuficientes que solamente aspiran a conseguir la felicidad y la seguridad dentro de la sociedad en la que desarrollan su vida cotidiana (Lynch 2010: 85; Blanchard 2008). Sin embargo en los asexuales no se mantiene esa continuidad identitaria sino que se crea una forma de promiscuidad que termina por difuminar su identidad real. Para ellos las fronteras entre la persona que somos y el personaje que creamos en la Red se desvanecen. Dejan de ser un sí-mismo cerrado y centrado en su propia singularidad para identificarse con las creencias y los valores de su comunidad virtual. Para los asexuales su falta de orientación sexual es tan real como su propio cuerpo. Se trata de una identidad colectiva asumida por la pertenencia a la comunidad asexual lo cual supone el acceso a una nueva identidad que surge de la mutua vinculación y participación. Como participantes en la comunidad pueden afirmar que no soy yo sino que soy mi red social. Su verdadero yo no es el fáctico sino imaginario y en consecuencia descorporeizado. Nos ayuda a entenderlo una cita del texto de John Perry Barlow en su “Declaración de independencia del ciberespacio”: “Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Se basan en la materia. Aquí no hay materia. Nuestras identidades no tienen cuerpo, así que, a diferencia de vosotros, no podemos obtener orden por coacción física”. Es un principio clave para entender la identidad asexual puesto que solamente a un sujeto descorporeizado se le podría predicar el rasgo de asexuado. La participación en la comunidad les permite vivir tan intensamente esa identidad imaginada que termina por convertirse para ellos en su verdadera identidad. Las comunidades virtuales son el espacio en el que de forma inconsciente y automática se produce una supresión del yo en aras de la realización intersubjetiva. El sujeto se tiene a sí mismo como referente preferencial en un juego narcisista que da forma y sentido a su vida. En un Foro de la Red lo sintetiza perfectamente una persona que se confiesa asexual: “Ich bin was/wer Ich bin. Nicht mehr, nicht weniger und auch niemand anders“. El sentirse el centro del universo les fascina, satisface y colma todas sus ideales pero la presencia y la relación con otras personas se difuminan y acaban por perderse. Es un perfil de persona que vive en un mundo fantasmagórico que, ciertamente, le proporciona un grado supremo de felicidad al que se tiene pleno derecho y que se la labra cada uno. Pero a costa de renunciar a la propia introspección para ir a lo más hondo de su ser y sobre todo la renuncia a la pregunta quien soy realmente. Solo experimentan como real lo que existe en su mundo interior. El propio cuerpo así como el mundo social no solamente carece de sentido sino que además lo ven como un peligro para su vida. Las personas asexuales se realizan y se constituyen como tales en la medida que intercambian información. Ellos fundamentan su identidad en un principio que ha formulado recientemente un prestigioso sociólogo: “Somos redes conectadas a un mundo de redes” (Castells 2009; García Ruiz 2009; Lewis 2009; Virilio 2005; Eiden 2004). Solamente en la Red su “estar” constituye la base de su “ser”, únicamente en el ciberespacio pueden ser lo que realmente piensan que son. En suma: el “espesor ontológico” de la identidad asexual solamente se puede comprender si entendemos el alcance y el impacto que tienen en su vida los fuertes contactos que establecen en la Red.

 

A modo de conclusión

En nuestro modelo de sociedad neoliberal el respeto por cualquier visión de la sexualidad está garantizada y, en consecuencia, la de los asexuales. El problema estriba en saber si es una verdadera y auténtica identidad sexual que tenga que ser reconocida y aceptada por la ciencia y la sociedad, y en caso de serlo que consecuencias puede tener para nuestras maneras de concebir y vivir la sexualidad. Conviene darse cuenta que al abordar este tema no estamos tratando con problemas que refieren a órdenes de la realidad como se han entendido hasta ahora, sino con la naturaleza humana y el diseño cultural de realidades que en el transcurso del tiempo podrían modificar su estructura. En las sociedades desarrolladas técnica, individuo sociedad y cultura son elementos íntimamente relacionados que evolucionan desde la mutua interacción. Entre ellos se está produciendo un continuo proceso de realimentación en el que se generan cambios que en algunos casos han supuesto radicales transformaciones en los distintos ámbitos de la vida. De ahí que la relevancia de este tema no se halla en discutir lo que las cosas son, sino en lo que pueden llegar a ser, es decir, en como se quiere que estas cosas signifiquen y actúen. El interés de este tema estriba en saber si este movimiento social puede conseguir resignificar el sentido de la identidad sexual y a través de ella los modos de ser y pensar de los miembros de la especie humana.

Los cambios sociales se asumen más fácilmente si se orientan y encauzan por el sentido que indica la cultura del grupo. Si por el contrario chocan, por muy nuevos e innovadores que puedan ser, la dificultad para su aceptación aumenta. Pues bien, la asexualidad choca frontalmente con la manera con la que la mayoría de la gente todavía concibe y vive la sexualidad. Es cierto que en la Red nos podemos convertir en lo que deseamos ser, construir el yo que anhelamos ser, interpretar el personaje que nos gustaría ser, imaginar que somos seres asexuados. Pero una cosa es la persona que somos y otra muy diferente el personaje que interpretamos, una cosa es el ser y otra el llegar a ser. Por mucho que lo queramos en manera alguna nos podemos liberar de lo que somos: una entidad psicobiofísica con muchas posibilidades pero también con muchas limitaciones. Entre ellas la de ser un cuerpo sexuado. Nos podemos ensimismar en el personaje que hemos diseñado para nosotros, incluso considerarlo más real que la persona que somos, pero jamás alcanzará el estatuto de persona real. Ni en el mundo real ni en el mundo virtual nos podemos desprender de nuestra identidad personal. No podemos deshacernos del peso de la realidad, es decir, de la estructura entitativa que cada uno es. Escudarse en la lucha contra el esencialismo para negar su peso en la configuración de lo que somos constituye un error categorial al que ha sucumbido el culturalismo.

La cosmovisión evolucionista nos ha enseñado que no tenemos una esencia inmutable ya que somos maleables y perfeccionables, pero también enseña que ello solamente es posible dentro de los límites y los cauces que nos abre la persona que somos. El hombre no es pura creatividad, no construye de la nada sino desde la base de lo que ya preexiste, es decir, desde lo que somos. El cuerpo que somos es parte constituyente y constitutiva de nuestra identidad. Este cuerpo humano, conformado a lo largo de muchos miles de años de evolución biocultural, tiene sus propias leyes y nadie puede cambiarlas de la noche a la mañana. En efecto, somos conscientes del cuerpo que somos y de que podemos cambiarlo. Pero es una falacia pensar que a través de la cultura se puede someter, vencer y prescindir las constricciones que impone el cuerpo. Podemos suscribir la tesis de que la identidad es algo que se va construyendo y se mantiene en la interacción social. Pero debemos añadir un matiz esencial: desde la base y siempre anclada en nuestra propia identidad personal. La podemos desfigurar, la podemos idealizar pero jamás anular o disolver en una estructura social, ya sea de tipo real o virtual. No podemos desprendernos de la carne y la sangre que somos, es decir, de la conciencia situada del cuerpo que somos.

Es cierto que en la sociedad de la comunicación que estamos construyendo existe el clima social propicio para la recepción de la asexualidad, pero también es cierto que su impacto cultural, hoy por hoy, es muy bajo. Además el modo de entender y vivir la sexualidad que defienden los representantes del movimiento asexual no aporta argumentos suficientes para poder convencernos de que los límites entre el cuerpo real y el cuerpo imaginario se puedan traspasar, diluir o eliminar. No existe base suficiente para aceptar la existencia de una nueva identidad sexual y mucho menos para pensar que desde un punto de vista cultural la asexualidad pueda ser el motor de una verdadera revolución sexual.

 


 

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