Gazeta de Antropología, 2009, 25 (2), artículo 56 · http://hdl.handle.net/10481/6903 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 5 noviembre 2009    |    Aceptado 28 diciembre 2009    |    Publicado 2009-12
La muerte como límite antropológico. El problema del sentido de la existencia humana
Death as an anthropological limit. The problem of the sense of human existence




RESUMEN
La muerte es el gran proyecto y el fin totalizador. En la muerte acaba la conciencia del hombre, diluyéndose en lo desconocido. La muerte es en parte metafísica, pero también es acontecimiento, aleatoriedad, focalización, accidente, la muerte es hegeliana, pero también es nietzscheana; es dialéctica y eterno retorno de lo mismo al mismo tiempo. Es el punto cero de nuestro mundo, es el momento que no podemos aprehender. La muerte es el infinito horizonte que se nos escapa a cada instante, desorden y orden sintetizados, fragmento dislocado que se diluye en la historia, en la vida, en nuestro ser.

ABSTRACT
Death is the great project, the final ending. Death ends the consciousness of man, fading into the unknown. Death is, in part, metaphysics, but also an event, randomness, focus, accident. Death is Hegelian, but also Nietzschean; it is dialectical and eternal return at the same time. It is the zero point of our world, time that we cannot grasp. Death is the infinite horizon that escapes us at every moment, order and disorder synthesised, dislocated fragment diluted in history, in life, in our being.

PALABRAS CLAVE
complejidad | conciencia | dialéctica | agonía | existencia | muerte
KEYWORDS
complexity | conscience | dialectics | agony | existence | death


                                                                               “La muerte es demasiado exacta; todas las razones se encuentran de su lado. Misteriosa para nuestros instintos, se dibuja, ante nuestra reflexión, límpida, sin prestigios y sin los falsos atractivos de lo desconocido.”
                                              E. M. Cioran, Breviario de podredumbre.

1. Introducción

El hombre es el ser más complejo y complicado de este mundo, su mundo y él, se encuentran en una constante diferenciación y enredo. Su constitución biológica y la variabilidad de su medio ambiente, han conllevado al desarrollo y transformaciones fisiológicas y neurológicas con niveles de complejidad inconmensurables. Tal complejidad teje una red sobre todas las esferas y ámbitos del hombre de la cual no escapa nada. Bajo este pathos, la muerte se ha vuelto cada vez más complicada, ya no es un simple acontecimiento, como lo pensaban nuestros antepasados neandertales (Morin 2000: 113-115), ahora es algo que se encuentra inserto en la misma consciencia y constitución bio-ontológica del hombre. Hay un reconocimiento de la mortalidad y la trascendencia, en cualquiera de sus formas. Esto es, la vida del hombre, desde el instante en que se volvió consciente -verdadero pecado original-, ha girado en torno a la muerte, incluso, hasta afirmar, como nos dice Heidegger, que el ser-es-para-la-muerte (Heidegger 1987: 276).En este sentido, podemos decir junto con Camus, que todos los problemas fundamentales y serios de la Filosofía y la Antropología se refieren a la muerte. Todo intento filosófico (y Antropológico) por encontrarle sentido a la vida y al hombre recae en una reflexión sobre la muerte (1) (Camus 1996: 9). El siguiente trabajo intenta dar algunos acercamientos sobre las distintas transfiguraciones de la muerte que han acaecido hasta nuestros días. La muerte no deja de ser un fenómeno constitutivo de nuestra realidad, aunque se banalice y se la vea como el simple término de una vida, como una avería o una enfermedad, tal como lo hacen nuestras sociedades de consumo. Sin embargo, las consecuencias de “vivir” la muerte e interpretarla bajo la lógica del consumismo y del mercantilismo hegemónico son autodestructivas, perniciosas y en muchos casos, irreversibles. La muerte se ha reducido a un hecho científico, un simple dato positivo sujeto a observación y experimentación. Estas representaciones de la muerte son intrínsecas a los movimientos subjetivos de las sociedades, nuestra era posindustrial irradia y le confiere signos y significados particulares a la muerte. La muerte se convierte en la representación de la máquina que no funciona, que esta averiada, se convierte en el límite y falla de la producción y de la re-producción del ser humano, de los sistemas sociales y de la gran maquinaria económica.

 

2. El último límite antropológico de la existencia humana

                                                   “Si me mato no será para destruirme sino para reconstruirme.”
                   A. Artaud, Van Gogh: el suicidado por la sociedad.

A lo largo de la historia, la muerte ha estado presente de una u otra forma en el pensamiento del hombre, ya sea como acontecimiento (social, religioso, político, etc.) (Evans-Pritchard 1973), como registro en la memoria, como abstracción o como reflexión filosófica o científica. En la Antropología convergen estas diferentes formas de pensar la muerte, en conjunto con las diferentes ciencias del hombre. En este sentido, la muerte, por ser un fenómeno pluridimensional inherente al hombre, es estudiada desde la perspectiva antropológica. Es decir, todo fenómeno se estudia desde su unidad fundamental, y el hombre es esta unidad fundamental. Para poder comprender qué somos, tenemos que estudiar la muerte, y para poder entender la muerte, tenemos que estudiar al hombre. La muerte, entonces, se nos presenta como “objeto-sujeto” de estudio, para que, de esta manera, podamos comprender todo el pathos por el cual la humanidad ha trazado su existencia.

La Antropología pretende ser la ciencia más ambiciosa por excelencia, quiere abarcar al hombre desde todos sus ángulos, viéndolo desde una infinidad de primas; pero como todo proyecto ambicioso, se quedó corto. El conocimiento, la ciencia, la Antropología, no pueden ir más allá de nuestra vida, de nuestros sentidos, de nuestro lenguaje, de nuestro mundo, y sólo a través de esta combinación de elementos, podemos conformar cualquier sistema de pensamiento o representación. La muerte se presenta como ese límite del cual no podemos eludirnos. No podemos saber, conocer, ni mucho menos explicar, que hay después de la muerte. Pregunta ancestral, bíblica, prehistórica, que sigue y seguirá retumbando en nuestras cabezas, revoloteando caóticamente como mariposa en el fondo de nuestras mentes. Tal vez será muerte egoísta que no nos quiere revelar los secretos de la vida, o vida compleja que no quiere que sepamos los secretos de la muerte. Sin embargo, muerte inscrita en la vida, pero que además, la desborda, que se expande tan rápidamente como el tiempo. Muerte codificada en el hombre (Morin 1999), parte del componente primordial que sustenta, fundamenta y forma la vida. Interminable ciclo fundamental del cual parten todos los ciclos.

La muerte es el gran proyecto, es el fin totalizador. En la muerte acaba la conciencia del hombre, diluyéndose en lo desconocido. La muerte es, en parte, metafísica, pero también es acontecimiento, aleatoriedad, focalización, accidente, la muerte es hegeliana, pero también es nietzscheana; es dialéctica y eterno retornoa la vez. Es el punto cero de nuestro mundo, es el momento que no podemos aprehender, del que habla Ernst Bloch. La muerte es el infinito horizonte que se nos escapa a cada instante, desorden y orden sintetizados, fragmento dislocado que se diluye en la historia, en la vida, en nuestro ser.

La muerte se nos presenta como biológica, pero también como cultural, es dato empírico, pero también simbólico, es el rasgo más humano(Morin 1999: 13) diría MORIN. Somos los únicos seres vivos en la Tierra que reflexionamos acerca de la muerte, y no sólo de La muerte, sino,- y esto es más importante-, de nuestra propia muerte, es el siguiente paso que nos lleva a una nueva madurez, saber que nos estamos muriendo y que otros también se van a morir. Ningún animal tiene la capacidad de hacer consciente su propia muerte, sólo muere, no existe la muerte para los animales, sino aquel instinto, que igual que nosotros, esta instaurado biogenéticamente: el instinto de supervivencia. Pero el animal no está consciente que se está muriendo instante a instante, que cada día que pasa se acerca inevitablemente, que en cualquier momento puede irrumpir inesperadamente en nuestra vida, ¿irónico? o ¿también la vida puede irrumpir en la muerte?

La vida irrumpe en la muerte a todo momento, en el constante eterno retorno del instante y del irrepetible acto creador; así, unos mueren para que otros puedan vivir. En la antigüedad, los muertos son los que tenían la vida, preceptores, consejeros y guías de lo vivos. Vivo o muerto, el hombre sirve y servirá a la vida.

“El hombre no sólo se apropia míticamente de la ley de muerte-resurrección para fundamentar su propia inmortalidad, sino que se esfuerza también por utilizar mágicamente la fuerza engendradora de vida que constituye la muerte, para sus propios fines vitales” (Morin 1999: 121)

La muerte que nos da vida, nos hace conscientes de nuestra finitud, de nuestro estado efímero y transitorio (2), mantiene y delimita la existencia, la muerte nos particulariza, sin ella no somos nada ni nadie. Otorga la principal característica la de ser humano: nuestra dignidad. En este sentido, toda subjetividad está atravesada por la muerte, así como todas las limitaciones objetivas de la práctica del ser humano.

Desde que el hombre se hizo consciente de este fenómeno, aparecieron los grandes mitos, las majestuosas leyendas que le dieron vida a la historia homínida. La muerte es, duplicación, imagen del otro. Los muertos, en las sociedades prehistóricas, poseen alimentos, armas, ropas, deseos, pensamientos, motivaciones; los muertos son dobles de los vivos y viceversa. La muerte es renacimiento, ciclo interminable, como en las religiones cristiana y budista, aunque cada una de ellas interprete la muerte-renacimiento de diferente manera, incluso de manera contradictoria.

Es evidente que no se sabe acerca de la muerte, sólo se sabe acerca de la actitud que se tiene ante ella. Sólo sabemos acerca de dolores, agonías, procesos, fases, etapas, no de la muerte en sí, sino del morirse; muerte absoluta, muerte repentina, muerte aparente, qué más da, no sabemos nada. Entonces, la agonía es la condición médica, psicológica, sociológica de las personas que se encuentran en la fase final de una enfermedad o trauma severo, es el último instante de la existencia. Sabemos que pasa justo antes de que irrumpa en la conciencia y lo desvanezca todo. Únicamente conocemos el dato biológico inmanente al cuerpo material.

De esta manera, debemos ver a la muerte en su completa desnudez, descontaminada de nosotros, desenmascarada; tenemos que quitarle esa “personalidad”, o más bien, dejarla de concebir como persona (máscara). Mascara construida por la sociedad y el superyó. Hay que dejarla de ver fuera de nosotros, y verla dentro, no como aquel fantasma, doble, espíritu o alma que refleja nuestro propio ser, sino como una realidad, como elemento constituyente de nosotros y nuestro mundo. Esta máscara nace de la imposibilidad de hacer consciente la experiencia de la propia muerte, por tanto, la conciencia tendrá que adoptar una representación de la muerte dada por la sociedad en la que el sujeto se encuentra inserto. En este sentido, sólo conocemos nuestra muerte gracias a la muerte de los demás ya que la muerte aniquila los medios y los sentidos que disponen los seres humanos para verificar su existencia. Para la conciencia, la muerte es el último límite antropológico de la existencia.

 

3. Dialéctica y transformaciones culturales sobre la muerte

                                               “Lo finito no sólo se cambia, tal como algo en general, sino que perece; y no es simplemente posible que perezca, de modo que pudiese también existir sin tener que perecer, sino que el ser (existir) de las cosas finitas, como tal, consiste en tener el germen del perecer como su ser-dentro-de-sí: la hora de su nacimiento es la hora de su muerte.”
                                   G. W. F. Hegel, Ciencia de la lógica.

Los primeros hombres que habitaron el globo terráqueo sepultaban a sus muertos con piedras, ramas y tierra, después los enterraban con sus armas y osamentas. Otras culturas practicaban la actividad funeraria de conservación del cadáver, algo que implica la pura prolongación de la vida (los egipcios, sumerios, andinos, son un ejemplo). Así, la práctica cristiana de no abandonar a los muertos (velorio), implica también su supervivencia. Estas prácticas de conservación en nuestra época posmoderna son representadas por la cirugía plástica (Baudrillard 1980). El cirujano plástico hace el rol de embalsamador egipcio y sus pacientes juegan una suerte de rol morboso, son como muertos en vida. De esta manera, la prolongación de la vida se instaura en la vida misma, no ya en la muerte, sino antes de esta. La conservación del cadáver pasa a convertirse en conservación del cuerpo y así, la creencia de inmortalidad se difunde a lo largo y ancho de nuestra cultura moderna, hacia todos los niveles societales, desde los nuevos medicamentos, que tienen como fin el antienvejecimiento, hasta los nuevos métodos de criogenia. La vida es congelada; se perpetua la vida (en un estado de no-vida) para luego esperar el momento adecuado para vivir, la muerte transmuta en una especie de vida que se prolonga.

Esto era impensable, o incluso demoniaco e infantil para las sociedades arcaicas. Para ellas, la muerte nunca es natural, la muerte no se puede dar por accidente o azar, siempre hay un culpable, un causante, un malhechor que la causó o un sujeto responsable; la muerte se da por maleficio. En este sentido, podemos ver como los intereses de los muertos y los vivos están entrelazados unos con los otros:

“El vivo puede ir en ayuda del muerto, proveerlo de alimentos y de otros objetos necesarios; el muerto puede mostrarse no menos generoso dando a los vivos medicamentos dotados de virtudes mágicas, amuletos y talismanes de todas clases para ayudarles en su trabajo” (Levy-Bruhl 1972: 73) .

Por eso no hay accidentes, el azar no existe, siempre se quiere saber y siempre se tiene que saber, o por lo menos simular, la pesquisa del evento, ya que los muertos lo hubieran querido al igual que los vivos, a saber, que la verdad sea revelada. En este sentido, nuestros antepasados tenían una mayor relación con sus muertos, tenían una muerte vivida, llena de vida, y vida llena de muerte. Como nos muestran las siguientes palabras de Levy-Bruhl:

“Los muertos son parte integrante del grupo social, y el individuo no se siente enteramente separado de ellos. Tienen obligaciones para con los mismos, y de las que no se extrañan como tampoco de las que tiene con los vivos” (Levy-Bruhl 1972: 76).

Vivían en mundos intercomunicados, indisociables; muertos y vivos convivían o trataban de convivir armónicamente, sus interese están relacionados y mezclados (Levy-Bruhl 1972: 80) se influían los unos a los otros. Entre ellos engendran tipos de comunicación, de rituales, de socialización; gracias a la muerte y gracias a los muertos, los vivos se cohesionaban, se adherían socialmente.

Al igual que nuestros predecesores, tenemos una conciencia realista de la muerte, ya que la muerte existe, la muerte acontece, más no tenemos una conciencia de la esencia de la muerte, nunca se tuvo, ni se tendrá, la muerte no tiene ser, solo ocurre. La muerte y la inmortalidad, que en ella se inscribe, nos “ayuda” a vernos como mortales. De esta manera, se dicotomiza, se le acepta y niega a la vez, se nos presenta como signo ambivalente lleno de contradicciones y síntesis. Sin embargo no debe entenderse como algo real de un sujeto o de un cuerpo solamente, la muerte es una formaen la que se pierde la determinación del sujeto y del valor que a este se le da. La muerte, se entiende como reversibilidad. Reversibilidad no por que se pueda detenerla o pararla, sino porque se encuentra en lo más profundo de la vida misma, se pierde en ella, se diluye y difumina, es reversible porque es indisociable. Lo opuesto a la vida entendiéndola de ésta manera, es lo no-vivo.

Fue el homo sapiens el que se hizo por primera vez consciente del hecho antropológico de la muerte. Este primer acontecimiento traumático fracturó la mente de nuestro antecesor llevándolo a percibir su vida, y su mundo, de una manera nueva y para siempre inquietante. Como diría el gran filósofo Voltaire: La especie humana es la única que sabe que va a morir y no lo sabe más que por experiencia. En este sentido, Morin nos expone de una manera brillante y reveladora la irrupción de la muerte en la conciencia del homo sapiens:

“El enlace de una conciencia de transformaciones, de una conciencia de coacciones, de una conciencia del tiempo indican en el sapiens la emergencia de un grado más complejo y de una calidad nueva del conocimiento consciente (…) Todo nos indica que la conciencia de la muerte que emerge en el sapiens está constituida por la interacción de una conciencia objetiva que reconoce la mortalidad, y de una conciencia subjetiva que afirma, si no la inmortalidad, por lo menos una trasmortalidad. A la vez los ritos de la muerte expresan, reabsorben y exorcizan un trauma que provoca el aniquilamiento. Los funerales, y esto en todas las sociedades sapienciales conocidas, traducen al mismo tiempo una crisis y la superación de tal crisis, por una parte del desgarramiento y la angustia, y por la otra la esperanza y el consuelo. Todo nos indica que el homo sapiens es atacado por la muerte como por una catástrofe irremediable, que va a llevar en él una ansiedad específica, la angustia o el horror a la muerte, que la presencia de tal muerte se convierte en un problema vivo, es decir, que ocupa su vida. Todo nos indica igualmente que ese hombre no solamente rechaza la muerte, sino que la recusa, la supera, la resuelve en el mito y en la magia” (Morin 2000).

La muerte surge de la misma naturaleza como de la cultura; por tanto, la muerte es social y cultural. Los muertos servían (en algunas sociedades todavía lo hacen) como medio de comunicación y trasmisión de información entre los antepasados y los descendientes, forman parte de un dialogo colectivo en forma de ritual entre los muertos y los vivos. Tenían la función de ayudar a mantener el poder a los responsables de ostentarlo; la muerte abarca todos los ámbitos sociales, desde el ritual mágico-técnico (Frazer 1974), hasta el político-económico, pasando por el ámbito terapéutico, en donde el muerto, ayuda a recuperar la salud o curar algún mal. Gracias a que los muertos son investidos con poderes sobrenaturales, por su cercanía y similitud con los dioses o héroes antepasados, pueden, ya sea el caso, ayudar y proteger a los vivos o, atemorizar y proferirles algún mal o inconveniente.

Para la cultura del mundo capitalista-mercantil, la muerte “es la nada”, es sólo un obstáculo que atenta contra la productividad, por sustraer un medio de producción y reproducción del mercado laboral, es utilizada directamente para fines mercantiles (Godelier 1972). De la muerte de unas personas se saca provecho en el mercado, en este sentido, los riñones, los pulmones, el corazón, la piel, el pelo, se convierten en mercancías, en valores de cambio. El cuerpo humano muerto y muchas veces vivo, entra en el ámbito del consumismo, es una cosa, un objeto más del mercado, es un producto con precio y descuentos que se atiene a las alzas y bajas de la economía y de la industria médica.

Este tipo de sociedades se beneficia de la muerte, en cuanto esta se presenta como transacción, en prácticas en las cuales los vivos integran su conciencia consumidora. De esta manera, se deja, de ser un destino para convertirse en simple intercambio y consumo de mercancía. La muerte se convierte en estado de no-intercambio, de no-consumo, de no-producción.

“Toda nuestra cultura no es más que un inmenso esfuerzo para disociar la vida de la muerte, conjurar la ambivalencia de la muerte en beneficio exclusivo de la producción de la vida como valor y del tiempo como equivalente general” (Baudrillard 1980: 170-171).

Un ejemplo de tal disociación, del desprecio e indiferencia hacia la muerte es el caso de los moribundos de la sala de emergencias de un hospital, es un ejemplo de este tipo de sociedad mercantilista, nihilista, llena de miedos, codicias y sordera. El moribundo no tiene palabra, no significa nada, lo que él quiera o diga no tiene ningún valor, en su lugar otros hablan por él, se adueñan de lo que creen es su discurso, le inventan deseos y pensamientos, inclusive, cuando ni si quiera a formulado ningún discurso explícito. Por otro lado, los otros, doctores, médicos, enfermeras, técnicos, su familia y demás deciden por él, lo que ellos creen que es dignidad. De esta forma, se convierte en un objeto de una práctica medico-racional que es completamente ajena a él.

El hombre mercancía es la realidad de este mundo, reducido a simple objeto de estudio, de intercambio, de productividad, de funcionalidad, su dignidad intrínseca se desaparece poco a poco, se diluye y difumina en las conciencias. Deja de ser un fin, pierde su muerte, y se convierte en un medio.

 

4. Muerte democrática, muerte clasista

                                                   “La muerte, en cuanto supuesto universal de la condición humana, no existe sino desde que hay una discriminación social de los muertos.”
                                  J. Baudrillard, El intercambio simbólico y la muerte.

No hay igualdad (3) ante la muerte (Aguilera 2007: 15-49). En el seno de una sociedad de clases, la muerte no es democrática, no se reparte equitativamente, al contrario, nacer en algunas partes del mundo como en Bangladesh, Palestina, Sierra Leona, Irak, entre otras localidades, significa estar destinado a una muerte prematura y muchas de veces, horrible. Solamente cuando se está muerto, cuando se oponen dos cadáveres de distinta procedencia y clase, cuando se presentan como cuerpos inertes es cuando son totalmente iguales entre sí.

La clase imperante (en este caso la capitalista-consumista) impone su sistema de significaciones, de lo que es la realidad. En este sentido, la muerte es usada como instrumento simbólico, para persuadir, influir, intervenir, engañar a la clase oprimida para su control y consecuente dominación. Incluso la muerte es usada como medio de dominación, no es más que otro instrumento utilizado por los capitalistas-mercantilistas para permanecer con el control, para seguir acumulando riquezas y obtener más poder. Los cementerios son un ejemplo muy representativos acerca de este fenómeno, los grandes mausoleos y las lujosas lapidas están separadas y sólo son usadas por la clase dominante, por aquellos que se pueden pagar una muerte “rica”, una “muerte dorada”, como si en el cielo existieran las clases sociales y se quisiera asegurarse un estatus en el más allá. Mientras que los pobres, aquellos marginados, “no tienen ni donde caerse muertos”. Así dicen cada vez que una persona no tiene ni una sola posesión y dinero para poder asegurarse una vida en este mundo terrenal y celestial. Frase equivoca, en verdad si tienen en donde caerse muertos, pero ese lugar no es el lugar acostumbrado y común al que los demás van a parar. Los ricos gastan una fortuna en un ritual majestuoso, con lujos exorbitantes con los cuales se les podría asegurar una vida digna a miles de personas. En cambio, para los pobres marginados, su lugar está en las fosas comunes, los anfiteatros, las universidades o cualquier lugar; definitivamente los pobres tienes infinidad de lugares donde caerse muertos y eso es lo reprochable, que ni si quiera les dan un lugar digno donde yacer. La dignidad no es respetada ni protegida en la muerte. Ahora, un animal cualquiera, en especial las mascotas, tienen una muerte más digna que cualquier hijo nacido en la Sierra chiapaneca mexicana o en Sierra Leona. A los animales se les inyecta, se les aplica la eutanasia, se les entierra, incluso incinera, mientras tanto, a los desdichados sin suerte predestinados a morir cruelmente, se les deja podrir donde sea, claro, siempre y cuando, no interrumpan la vida cotidiana de aquellos que se consideran más importantes, les causen problemas de conciencia y conflictos morales, o simplemente les parezca poco estético. “Los moribundos no tienen ya estatuto y en consecuencia no tienen dignidad. Son clandestinos, marginal men cuya angustia se empieza a adivinar” (Ziegler 1976: 280-281).

Hay que traer de vuelta a la muerte, quitarle toda su máscara simbólica, desclasarla y hacerla universal, democrática, que sea equitativa, que la mayoría, y no sólo los que se consideran más poderosos, tengan el derecho a una vida digna y por consecuencia, a una muerte también digna. Se olvida que existe una identidad biológica que une a todo ser humano, a toda persona una con otra (Bastide 1973). Esta identidad es pre-social, esto quiere decir que no está manchada y contaminada por signos o símbolos especiales predeterminados por una clase y tipo de personas. Esta identidad biológica nos pone ante nuestros ojos una igualdad irreductible con todos los seres existentes, que perecieron y que están por venir. Es una igualdad que es anterior a todos los procesos sociales complejos.

Adueñarse de nuestra propia muerte, es una de las tareas que debemos de realizar, recuperarla para nosotros y para los demás, como Sócrates diría, y que después veríamos que también hizo coherentemente: el procedimiento de morir es una fase esencial de la vida. Si la vida es la búsqueda de la verdad, la muerte vendría a revelar esa verdad.

“La muerte abre la puerta del saber absoluto. El alma, por fin liberada del cuerpo, puede llegar al conocimiento puro” (Ziegler 1976: 243).

Debemos de conquistar nuestra muerte, arrebatarla de la indiferencia, entrenarnos en el arte de morir y de la muerte, adquirir las libertades del espíritu y de la vida misma, educarnos para la muerte como se nos educa para comer o para nuestra profesión. Debería de ser una tarea de todos para nuestra súper-vivencia. Ya que todos vamos a morir, o mejor dicho, todos debemos de morir, es urgente el aprendizaje y la instrucción del morir, de la “muerte feliz”.

La muerte es nuestro único destino seguro, es la única certeza, por no decir verdad, de nuestra vida, sin la muerte el hombre no tendría un destino o un fin. La vida no tendría sentido si se la privara de la muerte. En este sentido, nuestros fines, límites y destinos le dan significado a nuestra vida. Por lo tanto, nuestra libertad, no existiría sin la presencia de la muerte.

 

5. A manera de conclusión: El fin de la muerte, conciencia y voluntad de vivir

                                                 “Si la muerte sólo tuviera facetas negativas, morir sería un acto impracticable.”
                                  E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido.

La muerte irrumpe en nuestra consciencia de distintas maneras y formas, por lo general se nos presenta como enfermedad y consecuentemente como agonía (4), es un choque para nuestro “yo”, el cual, se aferra a la “realidad” (Hegel 1966: 24) entendida como aquel mundo exterior a ella que la conforma ontológicamente. Por tanto, en esta fase, no podemos incorporarla a la vida, la conciencia se mantiene fracturada sin poder asimilar este fenómeno. El mundo sólo existe a través de nuestra conciencia como diría Schopenhauer.

Después de que la muerte se asienta en la conciencia, produce un cambio radical en nuestra personalidad causado por la misma radicalidad de la muerte que se inserta en contra de nuestra voluntad. De esta manera, tratamos de darle un sentido a la muerte. La muerte nos otorga un sentimiento de otredad hacia con los demás, nos sentimos distintos a todo lo exterior, y no por una cualidad subjetivada que ocasiona la muerte, sino porque la muerte misma, al hacernos conscientes de ella, nos transforma radicalmente en nuestra misma constitución ontológica.

Al adentrarse la muerte en nuestra condición subjetiva nos separamos de ella, el mundo del cual nos hemos separado por sentirnos diferentes y distintos se nos presenta como amenazante y peligroso, como el extraño y el enemigo, lo exterior a nosotros, gracias a la “muerte consciente”, nos parece aterrador (Hegel 1966: 349), inseguro y amenazador. El sentimiento de separación, por el cual nos sabemos “irretornables”, nos pone en un plano de participar en el mundo; este proceso se agudiza y nos produce un sentimiento de desesperación kierkegaardiano. Esta desesperación es acompañada de una depresión causada por la angustia de no ser-ahí-con-el-otro, lo cual produce una caída y un malestar profundos. Sin embargo, la esperanza que siempre se presenta como potencia, o dicho en otros términos, el horizonte de la esperanzaproduce un resurgimiento de la conciencia con la propia muerte. Esta insurrección de la conciencia trae consigo un momento de paz, a esto podría llamársele la aceptación, la calma y la tranquilidad del moribundo. Muerte y mundo se unen en uno solo por la esperanza o el pensamiento de trascendencia de la existencia. En este sentido, la agonía, se presenta como el progreso de la conciencia. Después de toda una lucha y confrontación con lo extraño, lo oculto y lo místico, la conciencia se encuentra activa, tal vez más activa que nunca, como si la conciencia, se viera inmersa en un mar de lucidez interminable. Esta presencia tan cercana con la muerte nos permite ver las invisibles cualidades de la vida. Todo ser humano posee una percepción de su propia muerte, de su propia agonía, única e irreparable, así, como ya hemos visto, vida y muerte se presentan como si fueran una sola cosa.

La muerte es un trauma irreparable, es una catástrofe biofisiológica, que sin embargo, no destruye la voluntad de vivir, la conciencia se niega a concebir su propia abolición, su propia destrucción, rechaza contundentemente su muerte. Toda conciencia nunca envejece, no se encuentra al borde de la muerte física, no existe para ella, se mantiene en un estado de transformación, en un constante encuentro, como un eterno permanecer. Mientras la conciencia adquiere su mayor progreso y sus más radicales transformaciones, el cuerpo humano se halla en una etapa de decadencia celular. Así es como, en las sociedades primitivas, mientras más se envejece más se acerca a la muerte, a los antepasados, quienes otorgan poder y sabiduría.

Toda conciencia persevera como si estuviera destinada a eternizarse. Así es cuando pensamos en los muertos, quienes después de esta vida siguen actuando en la muerte. El cuerpo podrá diluirse en la tierra y desaparecer en la nada, pero la conciencia tiene otro destino, un destino social que prosigue entre los vivos de las sociedades. Desde la antigua Grecia la conciencia de los hombres ha querido y ha permanecido eterna en el corpus social, la gloria de los guerreros helénicos y espartanos, las obras maestras de literatura, filosofía y ciencia han atravesado y marcado la historia del hombre. La conciencia se mantiene viva por medio de las obras y actos que realiza. Así diría Engels en una oración fúnebre el 17 de marzo de 1883 a su colega, maestro y amigo, Karl Marx: “Su nombre perdurará a través de los siglos, lo mismo que su obra” (Fromm 1962: 269). En este sentido, todo hombre está dotado de un sentido social después de haber muerto.

Para la conciencia, la muerte es un asesinato, un atentado, no es una necesidad, ya que no envejece. El cuerpo, que es el único sostén de la conciencia, cuando enferma, envejece o se acerca a la muerte, prefigura como un escándalo a la conciencia, para ella es simplemente una agresión. Para esta conciencia inmarcesible, la muerte sólo se le presenta como una necesidad existencial, ya sea por el destino que le da sentido a la vida, o por la sensación de finitud, con la cual la vida acontece como única e irrepetible, como la única oportunidad. En este sentido, la muerte como destino, es la que completa el proyecto inacabado del hombre (Hegel 1966: 120), el hombre no está completo si no es por el advenimiento de la muerte.

Otra característica de la conciencia por la cual no quiere la muerte, la niega, y se espanta de esta, es como la muerte se presenta como su límite, es hasta ahídonde esta pueda llegar. Mientras la muerte quiere seguir conociendo, quiere seguir sabiendo, la voluntad de saber se opone a la muerte, porque es esta la interrupción del saber, del seguir conociendo. “El entendimiento, pues, ignora a la muerte, dado que sólo conoce el devenir. Se encuentra así en la misma ignorancia de la muerte que caracteriza el ello, de tal forma que ignorándola, la niega, creyendo negar la cosa negando el concepto” (Morin 1999: 271).

Por otro lado, la muerte de uno siempre va a ser el nacimiento de otro, “unos mueren para que otros puedan vivir”. Como diría Bataille: “La vida es siempre producto de la descomposición de la vida. Es tributaria, en primer lugar, de la muerte, a quien deja el lugar; después de la corrupción, que sigue a la muerte y vuelve a poner en circulación las sustancias necesarias para la incesante llegada al mundo de nuevos seres” (Bataille 1979: 62).

La muerte, entonces, le permite a la vida continuar, realizarse una y otra vez, nacer infinitamente. La muerte es indispensable para que la vida siga, la muerte de los individuos es asegurar la permanencia de la especie. Sin la muerte de los individuos la vida de este planeta ya estuviera agotada, no habría recursos con los cuales subsistiera la especie. La muerte asegura la vida. Esto significa que la muerte es la posibilidad de vida a los que están por llegar. Los hombres vivos se postran sobre sus antepasados muertos, en consecuencia, viven gracias a sus muertos. Es la dialéctica de lo particular y universal (Hegel 1966: 299), el individuo muere o mata a otro para asegurar la universalidad de la especie (Hegel 1966: 266) (Kojeve 1972). La muerte es la semilla, lo que mantiene en movimiento a la vida.

 


 

Notas

1. El gran existencialista francés Albert Camus realiza una audaz reflexión y obra literaria magnifica sobre el tema de la muerte, el cual es central para comprender su pensamiento: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” (Camus, El mito de Sísifo, Madrid, Alianza, 1996: 9).

2. A este respecto Voltaire dice en una de sus grandes obras: “Se necesitan veinte años para conducir al hombre del estado de planta en el que está dentro del vientre de su madre, y del estado de animal puro que es la suerte de su primera infancia hasta aquel en que la madurez de la razón comienza a apuntar. Se han necesitado treinta siglos para conocer un poco su estructura. Se necesitará la eternidad para conocer su alma. No se necesita sino un instante para matarlo”.

3. Para una análisis concienzudo y una panorámica amplia y clara sobre la igualdad desde los ámbitos normativo, axiológico y político ver: Rafael Enrique Aguilera Portales, “La igualdad como valor normativo, axiológico y político fundamental”, en Ángela Figueruelo (coord.), Igualdad ¿para qué?, Granada, Editorial Comares, 2007: 15-49.

4. La agonía y el dolor se encuentran entrelazadas con la muerte, el dolor físico, mental y emocional nos acompaña a través de toda la vida. El dolor, la agonía y la muerte se mantienen en una traída indisociable. El dolor, como la muerte son características puramente humanas, personificadas como alteridad, alteridad que unida al yo. El dolor y la muerte nos hacen saber humanos, nos confieren autoconciencia. La conciencia de estar vivos. Véase: Rafael Enrique Aguilera Portales, “Apuntes sobre el dolor (una reflexión sobre Diario del dolor de María Luisa Puga), en Elizabeth Sánchez y Roberto Sánchez (coord.), Literatura, imaginación y fantasía, México, Ed. Plaza y Valdés, 2007.

 


 

Bibliografía

Aguilera Portales, Rafael Enrique
2007 “La igualdad como valor normativo, axiológico y político fundamental”, en Ángela Figueruelo (coord.), Igualdad ¿para qué? Granada, Editorial Comares: 15-49.
2007 “Apuntes sobre el dolor (una reflexión sobre Diario del dolor de María Luisa Puga), en Elizabeth Sánchez y Roberto Sánchez (coord.), Literatura, imaginación y fantasía, México, Ed. Plaza y Valdés.
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Gazeta de Antropología