Gazeta de Antropología, 2008, 24 (2), artículo 50 · http://hdl.handle.net/10481/6955 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 2 octubre 2008    |    Aceptado 13 noviembre 2008    |    Publicado 2008-12
De la antropología a la antropología urbana
From anthropology to urban anthropology



RESUMEN
El artículo trata de poner en relieve que, desde la antropología urbana, se puede estudiar cómo se viven cotidianamente las situaciones actuales de mezcla y contacto intercultural en los diferentes espacios sociales de la ciudad, generando importantes cambios de todo tipo en la vida de los individuos y de los diferentes grupos que conforman.

ABSTRACT
The article attempts to show, from the perspective of urban anthropology, that it is possible to study the day-to-day experience of present situations of intercultural mix and contact in social spaces within the city, generating all kinds of major changes in individuals' lives and in the range of groups that make up our cities.

PALABRAS CLAVE
antropología urbana | ciudad | contacto intercultural | etnicidad
KEYWORDS
urban anthropology | city | intercultural contact | ethnicity


Evolución de la investigación antropológica

A medida que nos adentramos en el siglo XX, se puede observar que desde dentro de la antropología se prestará una mayor atención a las relaciones existentes entre los fenómenos que a sus causas. Este cambio de perspectiva unido a la constante ampliación de su terreno de estudio, lleva a que las y los investigadores conduzcan sus exploraciones abandonando progresivamente la idea de poder elaborar teorías de totalidad como las que habíanmarcado el comienzo de la reflexión antropológica (Mercier 1979). En su lugar, los estudios intensivos sobre el terreno darán lugar a teorías parciales extraídas de realidades concretas.

Dentro del conjunto de las ciencias humanas y sociales, por motivos de naturaleza diversa, el proceso de consolidación de la disciplina antropológica conlleva que, en la práctica, las investigaciones tiendan hacia la especialización, tanto por regiones geográficas, en cuyo caso las y los autores adoptan la denominación de “africanistas”, “oceanistas” o “americanistas”, como por dominios de estudio que se han ido definiendo, en base a los trabajos realizados en periodos anteriores, como niveles de conocimiento diferenciados pero también interrelacionados: tecnología y arte, economía, parentesco, organización política, creencias y religión, etc.

Al mismo tiempo, para comprender de una manera integrada la dinámica sociocultural de las sociedades y los grupos estudiados, muchos investigadores e investigadoras han considerado necesario profundizar en sus análisis utilizando conceptos, métodos y teorías que tradicionalmente estaban en manos de psicólogos/as, sociólogos/as, economistas, lingüistas, etc. De este modo, la antropología se ha ido construyendo como una ciencia interdisciplinaria que recibe aportaciones teóricas y metodológicas de otras ciencias, más o menos próximas, cuyos intereses y análisis van más allá de lo propiamente etnológico.

Durante algún tiempo, mientras el conjunto de ciencias humanas y sociales trataba de definirse académicamente y de repartirse el trabajo, la progresiva desaparición de las sociedades tribales hizo temer por el futuro de la disciplina antropológica. Sin embargo, el alcance de los resultados de sus investigaciones interdisciplinares desarrolladas en “nuevos” campos de estudio fue lo que, sin duda, favoreció que muchas personas dejaran de entenderla restrictivamente como el saber acerca de los “primitivos” y, de manera progresiva, se abandonara la idea de que la extinción de estos pueblos también llamadas salvajes, ágrafos, bárbaros, sin historia… reduciría drásticamente el objeto de estudio de la antropología y, en cierta medida, su razón de ser. En realidad, sucedió todo lo contrario. La mayoría de antropólogos y antropólogas, atendiendo a las prioridades que marca toda investigación sobre la cultura, no se ha limitado al campo de estudio que tradicionalmente se les venía asignando, el definido como “aquellas sociedades que no contaban ni con archivos ni con monumentos materiales, y donde la información se constituía, casi exclusivamente, a partir de la observación participante” (Contreras 1983:108).

A partir de los cambios socioculturales que se desencadenan con el colonialismo y la industrialización ya no se puede hablar de sociedades “primitivas”, al menos en el sentido etnocéntrico que se puede percibir en muchas de las antiguas elaboraciones teóricas sobre este tipo de sociedades, en un alto porcentaje, aisladas. Precisamente, interpretándose más bien como su esencia o disposición “natural” hacia el retraso, que como el efecto variable de su situación de aislamiento, una de las características definitorias que se les solía atribuir era su mayor inmovilismo o estabilidad sociocultural frente a las sociedades modernas. A pesar de que todavía existe una cierta tendencia a alimentar este tipo de representaciones dicotómicas para diferenciar a unas sociedades de otras, en realidad, y más aún cuando nos aproximamos a nuestra historia reciente, pocas veces se han podido encontrar sociedades completamente aisladas o ajenas a lo que sucedía en el resto del mundo. Evidentemente, esto no quiere decir que, con la progresiva expansión del sistema económico capitalista en el transcurso de los dos últimos siglos, hayan dejado de existir contrastes culturales, diferencias o distancias de toda índole entre unas sociedades y otras, unos grupos y otros, unas familias y otras, o a escala individual, entre unas personas y otras. Pero, a medida que las investigaciones antropológicas aportan un mayor y más riguroso conocimiento sobre “los otros”, tales contrastes, diferencias o distancias que, de hecho, existen se pueden interpretar mejor, de manera más flexible y afinada, a partir de la comprensión de los procesos de interacción y del cada vez más extenso abanico de posibilidades culturales, de modos de vivir y de pensar. Se trata de un conocimiento que intenta abarcar, en su mayor amplitud, la diversidad cultural y los mestizajes que se dibujan entre las distintas sociedades, desde las más simples a las más complejas.

El desarrollo económico que se alcanza en Occidente a raíz del rápido despegue industrial y progreso tecnológico se extenderá desigualmente hacia las distintas regiones del mundo, generando un gran aumento de las interdependencias y del contacto entre culturas. Este contacto es cada vez más generalizado entre pueblos y culturas no sólo diferentes, sino también económica y políticamente desiguales. De hecho, si el proceso que se ha llamado globalización, por un lado provoca una marcada tendencia a la estandarización cultural, que toma como patrón a los países más poderosos e industrializados, por otro, conlleva también inevitables y continuas trasformaciones socioeconómicas, políticas y, por supuesto, ecológicas que afectan al conjunto de la humanidad. En consecuencia, es esta multiplicidad de procesos sociales y culturales acarreados por esa nueva situación internacional lo que se va conformando como objeto de estudio de la antropología contemporánea.

Ya a partir de la Segunda Guerra Mundial, entra en escena una corriente de investigación denominada “dinamismo”. La representación de estabilidad y armonía que se había construido sobre las sociedades más tradicionales es reemplazada paulatinamente por una visión antropológica, más realista e interdisciplinar, que echa luz sobre los conflictos y las tensiones subyacentes a determinados procesos de cambio sociocultural que, aunque distintos ritmos y con matices específicos, sufren todas las sociedades. Dicha corriente es representada por antropólogos y antropólogas que trabajan sobre el terreno, prestando un especial interés al aspecto dinámico de las sociedades que estudian y concediendo una mayor importancia a la dimensión temporal y a los procesos de desarrollo. Desde esta perspectiva, el factor histórico vuelve a considerarse como una de las claves para explicar las situaciones actuales. Al mismo tiempo, sus reflexiones sobre el significado de los hechos sociales y culturales se basan, fundamentalmente, en trabajos de micro-antropología en los que “los hechos son abordados bajo todos los ángulos posibles, en todos los niveles, y conjugando el mayor número de métodos, para terminar en una toma de contacto total, en una apreciación de sus múltiples significaciones” (Mercier 1979:161).

Junto a Pierre Bourdieu y Jean Guiart, uno de los principales representantes de la corriente dinamista es Georges Balandier quien, preocupado por las mutaciones y el desarrollo de los países más pobres, investiga sobre la situación colonial y los desequilibrios ligados a las relaciones dominantes-dominados. De este modo, se contribuye de manera extraordinaria a liberar a la antropología de su arcaísmo y a construir una Sociología dinámica de la modernidad que alcanza a desvelar todos los juegos de poder y obliga a interpretar todos los factores de desorden en todo sistema social (Rivière 1995). A partir de ese momento, se empezará a estudiar la realidad sociocultural de los diferentes grupos desde un punto de vista menos normativo y más centrado en lo que Balandier, investigando sobre los procesos de cambio social y cultural, vio como “las diferencias y contradicciones entre la teoría que la sociedad se da de sí misma y los comportamientos efectivos de sus miembros”. Se trata de un aspecto del análisis de la realidad social que, a través de las discordancias entre las prácticas sociales y las estructuras oficiales, muestra las diferentes posiciones de poder de las personas y los grupos estudiados, informando al mismo tiempo sobre sus distintas disposiciones socioculturales.

En definitiva, la segunda mitad del siglo XX nos deja numerosos estudios antropológicos basados en trabajos de campo de larga duración, muchos realizados en sociedades que atraviesan situaciones particulares vinculadas a mutaciones y cambios socioculturales en todas las dimensiones de la vida humana (socioeconómica, política, educativa, religiosa, etc.) y que, en gran medida, resultan más explicables cuando se atiende de manera detallada a los procesos de la dinámica cultural y social, a saber: la aculturación, la estratificación, la segregación, la exclusión, la marginalización, la integración, el mestizaje, etc.

Conscientes de dichos procesos, algunos antropólogos y antropólogas optan por el estudio de comunidades culturales pequeñas que, conservando sus tradiciones, se encuentran viviendo de un modo particular en el interior de las sociedades más amplias y modernas. Son las folk-societies de Redfield (1). Otros y otras volcarán su interés hacia las comunidades campesinas o rurales que coexisten con otras comunidades urbanas industriales formando parte de un sistema social más amplio. Y, en este marco de reflexión, aprovechando las contribuciones que llegan desde la sociología, la psicología y el resto de ciencias sociales, el estudio de la ciudad se llevará a cabo desde diferentes enfoques. Siendo un espacio de interacción social y cultural por excelencia, el interés prioritario que despierta el análisis y la comprensión de las relaciones sociales en el contexto urbano hace que una gran parte de antropólogos/as emprenda y desarrolle sus etnografías en el interior mismo de las instituciones modernas (centros de salud, empresas industriales, escuelas, universidades, etc.).

 

De las sociedades arcaicas a las sociedades urbanas

En principio, la perspectiva teórica y los métodos de la investigación etnográfica parecían más idóneos para el estudio de sociedades pequeñas y tradicionales que se desenvolvían de manera diferente y a un ritmo más lento que las sociedades más grandes y modernas. Sin embargo, con el impacto del colonialismo y la revolución industrial, este panorama cambia y las sociedades tradicionales remodelan sus propias estructuras en función de los procesos socioculturales que se desencadenan con el urbanismo y la modernización. Los métodos de la etnografía clásica (estancia prolongada en el campo, observación participante, entrevistas en profundidad, etc.), utilizados tradicionalmente para el estudio antropológico de los pueblos “primitivos” en sus lugares de origen, se utilizarán cada vez más para aproximarse a lo que sucede ahora en los lugares de origen de los estudiosos, en las ciudades, que como agregados de población de distinta procedencia que interactúan cotidianamente, ofrecen la interesante oportunidad de analizar hechos nuevos y nuevas relaciones entre los hechos. Con esta introducción en el terreno de la ciudad, las y los antropólogos urbanos atraviesan frecuentemente con éxito las fronteras que desde antaño separaban los estudios cuantitativos macrosociológicos, considerados más propios de la Sociología, de los estudios cualitativos desarrollados a escala “micro” que se han llevado a cabo prioritariamente en el seno de la antropología.

La expansión de las sociedades modernas sobre las más tradicionales y la reflexión crítica que dicha expansión suscita en el ámbito de la antropología contemporánea provocan que muchos antropólogos y antropólogas opten de manera decisiva por explorar lo que sucede en las múltiples situaciones de contacto intercultural. De este modo es como se abre un amplio campo de investigación que, al destapar una gran cantidad de realidades socioculturales diversas, e inevitablemente mezcladas en algún sentido, requiere cada vez más una metodología de estudio necesariamente cualitativa e interdisciplinar.

Tanto en los países del llamado “Tercer Mundo”, como en los países más modernos e industrializados, gran parte de la gente de los pueblos que vive de un modo tradicional en sus lugares de origen se va trasladando a la ciudad. Así, el creciente desarrollo urbano y los procesos socioculturales que atraviesan estos nuevos urbanitas en contacto con “los otros” (la población que encuentran asentada en la ciudad) continúan despertando un gran interés antropológico. En un momento dado, a la preocupación que suscitaba entre la mayoría de las y los antropólogos el urbanismo como una parte de la civilización, se unió la ambiciosa pretensión de que la antropología llegara a ser “la ciencia de la humanidad” y parece que, en buena medida, la suma de ambas cosas fue lo que en hizo que vieran el estilo de vida urbano como uno más entre un número casi infinito de posibilidades (Hannerz 1993). En definitiva, mientras el contexto urbano sigue absorbiendo grandes contingentes de población inmigrante que llega de otros mundos culturales, los aspectos dinámicos de la vida que se desarrolla cotidianamente en la ciudad, en su conjunto, están ampliando el objeto de estudio antropológico. Entre tales aspectos, cabría destacar la organización política, los elementos de la estructura urbana, la formación de los barrios, la construcción de los grupos étnicos y de todo tipo de agrupaciones sociales (que se constituyen en función no sólo del parentesco sino también de la clase social, la edad, el sexo, la ayuda mutua, la vecindad, las profesiones…), así como el contacto intercultural, los procesos educativos, las relaciones sociales en general, y las de género, en particular, etc.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la antropología urbana ya se estaba perfilando como una especialización dentro de la disciplina. Muy vinculada desde sus orígenes a la Sociología, puede considerarse heredera tanto de las orientaciones teóricas y metodológicas de los etnógrafos de Chicago, representados por sociólogos de la talla de Robert Ezra Park, Robert Redfield, Nels Anderson o Louis Wirth, por citar sólo a algunos, como de las del Rhodes-Livingstone Institute fundado en 1937 y la escuela antropológica de Manchester, cuyos estudios urbanos desarrollados en las ciudades mineras de las colonias de África Central por antropólogos como Godfrey y Mónica Wilson, Max Gluckman, Clyde Mitchell, o A. L. Epstein, entre otros, harán de la investigación británica una de las pioneras a escala mundial en antropología social (Hannerz 1993).

En la trayectoria seguida por la antropología urbana, la noción de cultura como un conjunto de rasgos o particularidades que se crean y se recrean en función de las interacciones sociales de los individuos y de los grupos sembrará un fértil campo de investigación. Muchos son los estudios que se desarrollan en la ciudad sobre grupos sociales y culturas diferentes que se encuentran y se relacionan en sus diferentes espacios. La mayoría de las etnografías toman uno o más barrios como unidades de análisis para ilustrar y explicar, de manera detallada, las relaciones humanas que se producen en la vida cotidiana de los individuos y de los diferentes grupos en contacto. Especialmente, por el interés que entrañan para el estudio de las minorías culturales, me parece oportuno señalar aquellas investigaciones realizadas en el entorno de la ciudad sobre los procesos de interacción social cotidiana, los cuales, condicionados por factores de toda índole (económicos, políticos, simbólicos, etc.), generan y reproducen la diversidad étnica entre los distintos grupos de población como forma de organización social.

En cuanto a la dinámica de los procesos de construcción de la identidad social y cultural, los estudios de autores como Norberto Elias y Fredrik Barth son importantes referentes teóricos que facilitan la comprensión de su lógica. Barth, en particular, considera que, para entender los procesos de construcción de los grupos étnicos, hay que dejar de verlos como unidades orgánicas con características propias que permanecen separadas del resto del cuerpo social. A partir del conjunto de prescripciones y prohibiciones que regulan las situaciones de contacto intercultural y estructuran la interacción social, elabora el concepto de “frontera étnica”, pero no para definir la sustancia cultural de los diferentes grupos, sino para mostrar cómo sus miembros definen el ámbito y el alcance de sus relaciones recíprocas en situaciones de contacto. De este modo, al comprobar que las fronteras étnicas persisten aunque exista un flujo de personas que se mezclan y las atraviesan, observa que las distinciones de las categorías étnicas no dependen de una ausencia de movilidad, contacto e información, sino que implican procesos sociales de exclusión e inclusión mediante los cuales se mantienen categorías distintas entre los diferentes grupos, a pesar de que a escala individual se verifiquen cambios en la participación y en la condición de los miembros. Con frecuencia, aún cruzando las fronteras étnicas, las relaciones sociales estables y persistentes se basan, precisamente, sobre estatus étnicos dicotomizados (2). Finalmente, Barth llega a la conclusión de que, en un sistema social que funciona de tal manera, la interacción no conduce a la desaparición de las fronteras étnicas a través del cambio y la aculturación. De este modo, su reflexión contribuye en gran medida a explicar la persistencia de las diferencias culturales a pesar del contacto interétnico y la interdependencia (Barth 1976).

Desde esta perspectiva, que rechaza las representaciones culturales esencialistas y estáticas en favor de una noción de cultura modificable y dinámica, los procesos de construcción de la cultura y su funcionamiento en cuanto a las repercusiones en las relaciones sociales, no sólo se pueden analizar atendiendo a la diversidad de aspectos o elementos culturales observables entre los individuos y los grupos a escala macrosocial (costumbres y modos de vida, usos y hábitos sociales, códigos de comunicación y lenguajes, útiles y herramientas…), sino también dando prioridad a la dimensión subjetiva, es decir, a la forma en que los sujetos sienten, interpretan y representan las diferencias culturales con respecto a los “otros”. En este sentido, es cierto que, como apunta Terrén en su trabajo sobre el contacto intercultural en la escuela, existen muchas formas de sentir la diferencia:

La “diferencia sentida” de la que habla Weber puede variar en su forma e intensidad tanto entre diferentes grupos como entre los individuos de un mismo grupo según el mayor o menor peso de las estereotipias vigentes, el nivel de hostilidad intergrupal, la presencia o no de grupos o individuos de referencia, que esta referencia sea una muestra de movilidad ascendente e integración, o de subordinación y segregación laboral o cultural, etc. (Terrén 2001a:31).

Utilizando una concepción relacional de la etnicidad, elaborada a partir de la variedad de situaciones que surgen en base a las muy diferentes combinaciones de los factores apuntados, este investigador explica cómo los sujetos construyen su identidad personal, social y cultural. Desde tal óptica, la etnicidad se interpreta como un complejo proceso de construcción sociocultural que se desarrolla generalmente asociado a la conciencia que los individuos y los grupos tienen de la diferencia cultural y los mecanismos de identificación. Terrén observa particularmente que dicha toma de conciencia es, al mismo tiempo, lo que pone en marcha la “lógica diferenciadora” que suele operar en las relaciones interétnicas (Terrén 2001b).

Teniendo en cuenta que la revista Gazeta de Antropología constituye un espacio de reflexión sobre aspectos de diferente temática que tienen en común su absoluta actualidad, con esta breve aportación he intentado poner en relieve que, desde la antropología urbana, se puede estudiar cómo se viven cotidianamente las situaciones actuales de contacto intercultural en los diferentes espacios sociales de la ciudad, generando importantes cambios de todo tipo en la vida de los individuos y de los diferentes grupos que conforman. Y, por último, sólo me gustaría añadir que la comprensión de estas nuevas realidades urbanas y de los actuales procesos de interacción social e hibridación cultural exige cada día más que las y los etnógrafos, partiendo del conocimiento antropológico aportado por anteriores estudios, y atendiendo a nuestros propios trabajos de campo, no renunciemos a realizar nuestras investigaciones entrando y centrándonos en aquellos terrenos considerados ya “clásicos”, tales como el económico, político, religioso, educativo, etc. Significativamente, todos ellos son terrenos que no escapan a las desigualdades sociales, de género y de toda índole. Y parece que es hoy en día cuando, más que en ningún otro momento de la historia, se evidencian las múltiples consecuencias del contacto intercultural.

 

 

Notas

1. Para indagar en el debate que suscita la traducción del inglés del término folk-societies, ver Hannerz 1993.

2. Considero que esta reflexión teórica de Barth resulta muy valiosa para la investigación etnográfica del fenómeno educativo, ya que ayuda a comprender y explicar uno de los aspectos fundamentales del contacto interétnico entre grupos socioculturales diversos y, de manera muy significativa, el tipo de relaciones que la infancia suele mantener en la escuela.

 


 

Bibliografía

Barth, F. (comp.)
1976 Los grupos étnicos y sus fronteras. México, Fondo de Cultura Económica.

Contreras, J.
1983 “La antropología cultural en España”, en J. Frigolé (y otros), Antropología, hoy.Barcelona. Teide.

Hannerz, U.
1993 Exploración de la ciudad. Hacia una antropología urbana. Madrid, Fondo de Cultura Económica.

Mercier, P.
1979 Historia de la antropología.Barcelona, Península.

Rivière, C.
1995 Introduction à l’anthropologie. París, Hachette Livre.

Terrén, E.
2001a “La conciencia de la diferencia étnica: identidad y distancia cultural en el discurso del profesorado”, Papers 63/64.
2001b El contacto intercultural en la escuela. Servicio de Publicaciones de la Universidad de La Coruña.


Gazeta de Antropología