Gazeta de Antropología, 2008, 24 (2), artículo 52 · http://hdl.handle.net/10481/6965 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 13 octubre 2008    |    Aceptado 16 diciembre 2008    |    Publicado 2008-12
Fronteras estatales y relaciones sociales en la frontera hispano-portuguesa. El caso de Barrancos y Oliva de la Frontera
State frontiers and social relations in the borderline between Spain and Portugal. The case of Barrancos and Oliva de la Frontera



RESUMEN
Los estudios de las zonas fronterizas muestran una clara oposición entre la lógica del Estado y la lógica de las populaciones locales. En la frontera hispano-portuguesa las relaciones sociales entre los pueblos de Barrancos y Oliva de la Frontera, a lo largo del tiempo, permiten identificar las ambigüedades entre la "frontera política", definida y vigilada por los Estados Ibéricos, y la "frontera cuotidiana", cruzada, transgredida y reinventada por las gentes. A pesar de su abolición, la frontera reconfigurase hoy como materia de patrimonio identitario.

ABSTRACT
Studies conducted concerning borderlines demonstrate a clear opposition between State logic and the logic of the local populations. In the Spanish-Portuguese frontier, the social relations established between the villages of Barrancos and Oliva de la Frontera have over the years, permitted the identification of the existent ambiguities that cross the "political borders", defined and watched over by the Iberian States, and the "daily border", transposed, transgressed and reinvented by the local people. In spite of its abolition, the border is now reconfigured as a matter of identity heritage.

PALABRAS CLAVE
frontera hispano-portuguesa | identidad | relaciones fronterizas | contrabando
KEYWORDS
Spanish-Portuguese frontier | identity | border relations | smuggling


Introducción

Este trabajo es una reflexión sobre los cambios en la zona fronteriza entre Extremadura y Alentejo, confrontando la frontera estatal, impuesta por los Estados Ibéricos, con las relaciones sociales entre las populaciones de Barrancos y Oliva de la Frontera a lo largo del tiempo. Relaciones marcadas por contextos socio-económicos y políticos que cambiaran hasta nuestros días, pero permanecen en la memoria colectiva de las gentes rayanas.

Para los antropólogos, los estudios de las zonas fronterizas muestran una clara oposición entre la lógica del Estado y la lógica de las populaciones, en lo que concierne à la frontera, porque las fronteras no se marcan únicamente en mapas civiles o militares, pero sí al nivel de la vida social y cultural de las comunidades (Sahlins 1996). Sin embargo las fronteras representan espacios de cambios culturales, y conjuntamente de construcciones dicotómicas entre “nosotros” y “ellos”, revelando “nacionalismos” a través de símbolos y rituales (Donnan y Wilson 1998).

Etimológicamente, frontera deriva de frontero que a su vez viene de frente, que significa en primer lugar, que está enfrente. Los diccionarios nos presentan un incipiente campo léxico con dos núcleos conceptuales; “frente a, y limite, y dos líneas de fuerza: función referencial, término divisorio de Estados, grupos, geografías y posesiones; proximidad a la línea diferenciadora, y sentido metafórico” (Lisón Tolosana 1994:77). Los geógrafos políticos establecerán una distinción entre “línea de frontera”, que tiene una particularidad linear y rigurosa, y “zona fronteriza”, que tiene una connotación espacial más imprecisa y un significado social más lato, que el concepto legal y restringido de “línea de frontera”. Por otro lado, las modernas definiciones de soberanía territorial acentúan las fronteras políticas como expresión de la competencia territorial de los estados nacionales (Sahlins 1996).

La idea de soberanía nacional y de inviolabilidad de las fronteras se debe principalmente al nacionalismo político moderno, además la definición política e ideológica del territorio constituye la palabra de orden del nacionalismo. Donnan y Wilson (1998) establecerán una dialéctica entre nacionalismo y fronteras defendiendo que sin fronteras físicas o simbólicas el nacionalismo no podría existir, ni las fronteras podrían existir sin nacionalismo. Nacionalismo vinculado a un concepto de Nación: “una comunidad política imaginada -que es imaginada como intrínsecamente limitada y soberana” (Anderson 2005: 25).

Los estados soberanos dibujan “fronteras políticas”, pretendiendo enmarcar y controlar las poblaciones fronterizas e imponer “fronteras culturales”. Paradójicamente, convierten la frontera en una columna vertebral que articula y une la zona fronteriza, configurando un área cultural peculiar (Uriarte 1994). En esta perspectiva podemos identificar la existencia de una “frontera política” y de una “frontera cotidiana” (Moncusí Ferré 1999), en donde la transgresión como forma de vida, y la tensión entre la lógica estatal/local se convierten en una “cultura de frontera” (Uriarte 1994).

“En la Raya, junto a la frontera política y conflictiva de las reyertas o contiendas se desarrolló una frontera osmótica, permeable, llena de encuentros y de oportunidades. Esta es la frontera del comercio y del contrabando tradicional, de los cotos mixtos y los povos promiscuos; es la frontera mágica y festiva, del entendimiento y de las alianzas tácitas, la frontera de la vida cotidiana” (Medina 2006: 719).

Así se identifican las ambigüedades de las fronteras, que a lo largo de la historia siempre fueran definidas, remarcadas, reforzadas y vigiladas por los Estados, pretendiendo imponer la “diferencia”, pero simultáneamente cruzadas, transgredidas, imaginadas y reinventadas por las populaciones locales. En este sentido la frontera hispano-portuguesa representa un espacio estructurado, demarcado, ratificado, trazado y patrullado, y simultáneamente, un lugar liminal, marginal, periférico y transgredido (Sidaway 2002).

 

La dialéctica entre fronteras e identidades

Durante los siglos XI y XII, las fronteras políticas entre los reinos de Portugal y Castilla se parecían a los límites feudales del interior de los propios reinos, solamente a partir del siglo XIII, pasaran a ser diferentes de sus límites internos. Otra particularidad de los tratados territoriales del siglo XIII es la ausencia de una línea de delimitación precisa (Sahlins 1996). El Tratado de Alcañices de 1297 confirma la ausencia de una línea de delimitación cuando se refiere a plazas como: Riba-Côa, Olivença, Campo Maior, Ouguela, Noudar, Moura y Serpa, delimitando el territorio portugués, y Aroche, Aracena, Valência, Ferreira, Esparregal y Ayamonte, delimitando el territorio de Castilla. Así, la distinción entre “frontera” y “limite” se funda sobre connotaciones militares, recuperando los dos conceptos durante el siglo XVII, cuando se impone la idea de división entre jurisdicciones o territorios (Sahlins 1996).

La frontera hispano-portuguesa, la más antigua y estable de las fronteras europeas, se ha mantenido con pocas alteraciones desde el Tratado de Alcañices (Basto 1923). Estas líneas dibujadas en mapas como instrumento del poder estatal, apartando realidades políticas y culturales, siempre fueron atravesadas por las poblaciones locales, representando a lo largo del tiempo “un espacio de clara confrontación y de fricción, un verdadero espacio de intercambios, un lugar permeable, dinámico por el que fluyen personas, ideas y mercancías” (Montaña Conchiña 2005: 82). La frontera tiene un doble sentido y significado oponiendo intereses nacionales a intereses locales, aunque las poblaciones locales contribuyen para la construcción de la frontera nacional, creando sus identidades, pero nunca sacrificando sus intereses, ni abandonando sus sentimientos de pertenencia local (Sahlins 1996).

La visión de la frontera entendida como una simple “línea”, delimitando realidades políticas y militares, territorios, realidades sociales y económicas ha quedado ampliamente superada, aunque se le deba seguir otorgando la significación que posee, pues, efectivamente desarrolló esa función. En el caso de la frontera hispano-portuguesa, ésta puede llegar a delimitar espacios fraccionados, separar amplias franjas territoriales, y en ocasiones además de su contenido político y administrativo implicaba una demarcación artificial y el establecimiento de serias cortapisas, a la hora de que las comunidades allí asentadas trataran de compartir un espacio económico considerado común (Montaña Conchiña 2005).

La frontera hispano-portuguesa fue durante siglos el teatro bélico donde se dirimían las contiendas entre las monarquías ibéricas y europeas, que han contribuido para la construcción de la imagen del enemigo, “del otro castellano” o “del otro portugués”. Como escribió Eusebio Medina: “el vecino se convirtió en el enemigo, se acentuaron las oposiciones, se desencadenaron nuevos pleitos y un rosario de fortificaciones remodeladas y nuevas se erigió en la frontera” (Medina 2006: 717).

Los historiadores construyeran la Historia de sus naciones sustentada en batallas y capitulaciones militares, en ocupaciones territoriales, resaltando la topología del poder e identidades diferenciadas. Localmente, el discurso histórico perpetúa y enfatiza la dicotomía entre “nosotros” y “ellos”: “La Guerra de Secesión Portuguesa, que comienza en 1640, tiene desastrosas consecuencias para Oliva por su situación fronteriza, pues en 1653 la villa es arrasada por los portugueses, quedando totalmente despoblada (1). También la página de Internet del Ayuntamiento de Oliva de la Frontera refuerza este acontecimiento histórico: “Dada su proximidad con Portugal, Oliva fue destruida y reconstruida dos veces: una en la guerra de Secesión de 1654, y otra con la de Sucesión de 1704-1714 (2). Por otra parte, los historiadores portugueses refieren que en 1641 el pueblo portugués de Barrancos fue arrasado por los portugueses, ya que mayoritariamente sus habitantes procedían de Castilla, con la que mantenían estrechas relaciones de parentesco (Franco 2000; Cosme 2001).

La historia y su enseñanza, así como la lengua, desempeñan un papel central en la afirmación de una “comunidad imaginada” (Anderson 2005). Las historiografías nacionales sirven a los intereses de los estados-nación en la construcción de las identidades nacionales, aun que los fenómenos identitarios resulten de procesos históricos, que remiten a la situación social, ideológica y simbólica de cada momento.

La identidad alude a un sistema cultural de referencia y a un sentimiento de pertenencia. No existe grupo sin cultura, y la cultura, como expresión de la identidad étnica, se transmite y reproduce mediante los procesos de enculturación-socialización y educación. Una etnia es un grupo de personas que comparte un sustrato cultural común, caracterizado por los demás de forma diferenciada. El grupo étnico es identificable por su lengua, tradiciones y costumbres localizadas en el tiempo y en el espacio. En cualquier caso, el grupo étnico se distingue por las similitudes culturales entre sus miembros y por sus diferencias, que se acentúan o manipulan, con respecto a otros grupos (Barth 1969).

Históricamente Extremadura ha sido definida por su situación periférica y fronteriza con Portugal, como un espacio de acusada despoblación, de repoblación mitad castellana, mitad leonesa, que desde la “reconquista” perteneció a la corona de Castilla. Los relatos de viajeros de los siglos XVIII y XIX, por ejemplo, muestran una región a caballo entre Andalucía y Portugal, más que propiamente castellana. Estas narrativas, cuyo denominador común acentuaba el subdesarrollo de la zona, contribuirán para la construcción de estereotipos sobre un supuesto carácter específico de sus gentes, y todas las imágenes tenían en común resaltar el estado de no desarrollo (Marcos Arévalo 1998).

Desde la perspectiva histórica, los pueblos fronterizos han sido un laboratorio de fusión/fricción de culturas. Las gentes de Alentejo y de Extremadura han vivido una historia compartida, basada en condiciones políticas, socioeconómicas e ideológicas, que han originado expresiones culturales concretas. El mundo árabe-musulmán, la reconquista, la repoblación castellano-leonesa, la actividad de las órdenes militares, el sistema de vida pastoril, los procesos de concentración de la propiedad y su reflejo social, el caciquismo, el subdesarrollo, los fenómenos de emigración, todos ellos en conjunto modelarán los comportamientos, las actitudes y los valores, configurando sistemas socioculturales específicos (Marcos Arévalo 1998). Además, las afinidades entre poblaciones de diferentes configuraciones socioculturales son perceptibles en algunas fronteras culturales o políticas, como por ejemplo en la frontera hispano-portuguesa.

La porosidad de la frontera entre Alentejo y Extremadura, en cuanto espacio de movilidad, se ratificó históricamente en flujos migratorios de ambos lados, así como en un conjunto de relaciones sociales y económicas materializadas en el contrabando (Pires 2006). Del proceso de interacción social entre populaciones fronterizas nació lo que los juristas y diplomáticos del siglo XIX, que trazaron la frontera actual entre Portugal y España, denominarán de “povos promiscuos” (González Jiménez 1980: 197).

Los registros parroquiales de Barrancos, a partir del siglo XVII, prueban una gran diversidad en el origen de sus habitantes, tanto españoles como portugueses. Los habitantes de origen español eran de poblaciones vecinas: Encinasola, Jerez de los Caballeros, Fregenal de la Sierra, Oliva de la Frontera y otras. En el siglo XIX la desamortización de tierras contribuyó para atraer a la burguesía andaluza, que se estableció como grandes propietarios rurales, hasta finales del siglo XX.

La permeabilidad del espacio fronterizo edificó históricamente un conjunto de características que confieren a Barrancos una identidad cultural de carácter híbrido:

“Podíamos expresar sobre Barrancos que, en el espacio osmótico de una frontera que no separa, mas funde, el tiempo sedimentó una estructura cultural, social y económica con un cuadro de vida y una memoria que se reparten por dos sociedades de referencia” (Capucha 2001: 24).

Las llamadas “hablas fronterizas” de las áreas limítrofes, representan una miscelánea lingüística, como por ejemplo el barranqueño, mezcla de las hablas “alentejana, andaluza y extremeña que lo rodean, como de ciertos arcaísmos, leonesismos y mozarabismos” (Navas Sánchez-Élez 1992: 233). Por otra parte, la cultura popular como cultura de autoafirmación, el tributo o culto que se rinde cíclicamente en rituales religiosos o paganos, reafirma las identidades locales frente a una cultura nacional hegemónica, como, por ejemplo, los toros de muerte en Barrancos.

“Los rayanos son percibidos como tales más por la gente de fuera que por ellos mismos. Aunque pueden haberse visto condicionados por la existencia de la frontera política más que el resto de los nacionales de ambos países, no parecen haber desarrollado símbolos identitarios propios y tienden a reacomodar su identidad social a las identidades locales y nacionales respectivas” (Medina 2006: 722).

A lo largo del tiempo los flujos y reflujos migratorios han sido una constante en estos lugares fronterizos, consolidando las relaciones entre las gentes rayanas. No obstante, debemos considerar la diversidad de elementos y la complejidad de los procesos de interacción social que conforman una situación en momentos históricos determinados.

 

Relaciones sociales entre barranqueños y oliveros

Barrancos es una comarca portuguesa del Distrito de Beja, provincia de Alentejo con una superficie de 168 kilómetros cuadrados y una población residente de 1.806 habitantes, en 2004. Está limitada por los municipios españoles de Valencia de Mombuey y Oliva de la Frontera, provincia de Badajoz, y Encinasola, provincia de Huelva. Y por los municipios portugueses de Moura y Mourão.

Oliva de la Frontera pueblo extremeño de la provincia de Badajoz, orilla con Portugal y la provincia española de Huelva. Su término municipal tiene 149 kilómetros cuadrados y tiene una populación de 5.751 habitantes, en 2004.

Las poblaciones fronterizas de Barrancos y de Oliva de la Frontera, separadas por el río Ardila, evidencian múltiples pertenencias, forjadas en la dialéctica entre lo local, lo regional y lo nacional. Los dos pueblos fronterizos se han caracterizado por su marginalidad económica y aislamiento en relación a sus respectivos Estados. Los modos de vida en la zona fronteriza; el pastoreo y la trashumancia, los trabajos a jornal en la agricultura y el contrabando, contribuyeron para fortalecer relaciones entre los grupos sociales subalternizados, como los jornaleros.

Por otro lado, la guerra civil de España (1936-1939) que ha representado un conflicto político-ideológico marcador de la memoria colectiva en ambos los lados de la frontera, demostró las ambigüedades del espacio fronterizo. Si por un lado la zona fronteriza fue transgredida por fuerzas militares sublevadas, apoyadas por el Estado portugués, por otro, también fue un refugio y un lugar de protección para centenas de españoles republicanos.

El 21 de Septiembre de 1936, después de la ocupación de Oliva de la Frontera por los nacionalistas, centenas de Oliveros, huyendo de una muerte cierta, procuraron protección entre los vecinos portugueses de Barrancos. Frente a una “frontera política” cerrada, vigilada y reforzada por militares portugueses, la “frontera cotidiana” permaneció abierta, y las relaciones sociales entre populaciones fronterizas se sobrepusieron a la lógica represiva del Estado Novo portugués.

La acción de los militares y vecinos de Barrancos, principalmente del teniente António Augusto de Seixas, comandante de la Guarda Fiscal de Safara, salvó a centenas de Oliveros, contrariando la política de Salazar. Gentil de Valadares, hijo del teniente Seixas, escribió en sus Memorias de la Guerra Civil:

“Las autoridades españolas no se cansaban de entregar a las congéneres portuguesas, inclusive a la Guarda Fiscal, las célebres listas negras con los nombres de los condenados a muerte, aflictivamente pedido para que los prendieren y entregaren en Badajoz. Todavía una cosa yo puedo garantir, de concreto, es que ningún fue incomodado en las Russianas. Sólo estaban autorizados, por mi padre, para salir, si quisiesen regresar a España por libre voluntad de ellos, de los propios… Mas ninguno salió, ni fue preso, ni entregado!” (Simões 2007: 87).

Protegidos en campos de refugiados en las fincas de Coitadinha y Russianas 1.020 refugiados extremeños y andaluces fueran repatriados por el gobierno portugués, hasta la zona republicana de Tarragona. En las fincas de Barrancos se reavivaron las relaciones fronterizas, y hombres, mujeres y niños permanecieron escondidos por amigos y familiares.

Manuel Méndez García fue uno de los supervivientes de Oliva de la Frontera, refugiado en la finca de Coitadinha y testigo de la solidaridad de las gentes de Barrancos en tiempos de violencia y de ruptura social, en que la vida humana había perdido cualquier valor.

“Estaban disparando tiros, y el teniente, de la Guardia Republicana, montó a caballo diciendo para que no disparasen tiros para allí. E con ese teniente se fueran, y pararan de a tirar. (…)Cuando acabaran los tiros mandaran nosotros más para atrás, y había guardas a cercarnos (…)Esa fuerza que estaba allí se portó bien con nosotros, mas hube otras que no se portaran bien. En Barrancos salvaran mucha gente, mas en otros sitios no salvaran” (Manuel Méndez García) (3).

En los años 1940, algunos de los refugiados republicanos, como Manuel Méndez, regresaron a su pueblo después de combatir por la II República, de sufrir la derrota de la democracia, la prisión, los trabajos forzados y la humillación en campos de concentración. Manuel abrió una taberna, rehaciendo su vida, se casó, fue padre, pero todos los días tenía que presentarse delante en el cuartel de la Guarda Civil.

Por otra parte, el teniente Seixas de la Guarda Fiscal portuguesa empeñó su carrera militar, cuando decidió proteger a centenares de refugiados sin conocimiento oficial del Estado portugués, en la finca de Russianas, siendo penalizado con dos meses de suspensión y jubilación anticipada.

Más tarde, terminada la guerra, algunos refugiados republicanos permanecieron en Portugal temiendo la represión franquista, y se casaron en Barrancos. Otros regresaran a Oliva rehaciendo sus vidas, y otros partieron para el exilio forzado y nunca más regresaron a sus pueblos.

Fermín Velázquez Vellarino, cabo carabinero republicano, fue uno de los refugiados que volvió a Oliva, después de combatir en el ejército republicano, de pasar por los campos de concentración de Mérida y de Castuera y por las prisiones de Bilbao, Orduña, entre otras. En 1939, fue condenado a la pena de muerte por un Consejo de Guerra, como “cabecilla de las turbas rebeldes de Oliva”. En 1940, un indulto del Ministerio del Ejército conmutó la pena de muerte por 30 años de reclusión mayor. En 1943, otro indulto permite su regreso al pueblo, pero será desterrado para Almendralejo por decisión de las autoridades civiles y militares de Oliva. En 1947, vivía escondido en las fincas de Barrancos protegido por propietarios rurales, comerciantes de café, con los cuales mantenía relaciones de amistad y comerciales, mediante el contrabando de café. “Un tío muy inteligente” -me comentó un vecino de Oliva-; “un hombre muy justo, muy leal” -me comentó el hijo de un propietario de Barrancos.

 

El contrabando de supervivencia

La actividad económica en la zona fronteriza entre Alentejo y Extremadura se ha basado en la agricultura y la ganadería. El sistema latifundista configuraba la estructura social de las poblaciones locales y pautaba las relaciones sociales entre propietarios y jornaleros en ambos los lados de la frontera. “Las actitudes y creencias respectivas pueden explicarse a partir de las relaciones de producción, es decir, de las relaciones que los hombres establecen para producir” (Martínez Alier 1968: 333). Las sociedades estaban polarizas en ricos y pobres a causa de la gran desigualdad en la distribución de la tierra, “la piedra angular de la estratificación social” (Cutileiro 2004: 23). El sistema latifundista provocaba permanentes crisis de desempleo rural, agudizando las condiciones de vida de los jornaleros y sus familias. Las estrategias de resistencia, individuales y colectivas, trataban de satisfacer intereses inmediatos como trabajo y subsistencia, “incluso con la transgresión de la ley” (Baumeister 1997: 374).

La Segunda República en España creó espacios de libertad para que se pudiesen manifestar muchos conflictos sociales que hasta entonces habían estado latentes. Los campesinos se radicalizaron, y los pequeños arrendatarios de Extremadura se convirtieron en el grupo más politizado del campesinado español (Malefakis 1972). La Reforma Agraria se transformó en una esperanza para los campesinos, y simultáneamente en una amenaza para los terratenientes, convirtiéndose en una de las causas de destrucción de la propia República (Espinosa 2007). Según varios historiadores españoles el golpe militar constituyó una respuesta de los grupos más conservadores de la sociedad española, apostados en defender sus “derechos ancestrales”, y entre ellos estaban los terratenientes (Beevor 1989; Espinosa 2003; Preston 2004). Además, no fue casualidad el hecho de que la represión nacionalista y la política de exterminio incidieran más violentamente en regiones donde las estructuras republicanas y la Reforma Agraria estaban más implantadas, como Extremadura y Andalucía (Cobo Romero 1998; Espinosa 2007).

A partir del golpe militar de 1936, y la consiguiente guerra civil, se inició una coyuntura en la que el contrabando se convertirá en un elemento central para la subsistencia de un porcentaje importante de la población, y para el enriquecimiento de una minoría. La transgresión como forma de vida y la tensión entre la lógica estatal/local crearan una área cultural peculiar que tenía como eje medular la complementariedad y la interdependencia transfronteriza (Uriarte 1994).

La escasez de un gran número de productos en España, hasta los años cincuenta, hizo del contrabando una actividad fundamental para los pueblos fronterizos. Fueron numerosos los productos comercializados en esta época, pero los más emblemáticos serán: la harina, el pan y el café.

El contrabando, además de una actividad económica, ha sido una forma de vida vinculada a la frontera (Medina 2000). Además, a través de diversas formas de contrabando se generaron sistemas de relaciones diferenciadas, en función de los distintos sectores soecioconómicos que realizaron esta actividad. El contrabando tiene, de esta forma, una doble lectura: primero, puede ser considerado como una estrategia de subsistencia de los actores locales frente a las imposiciones del Estado; pero también puede ser entendido como “un trabajo” más, por las personas que se especializaron en este tipo de comercio al margen de la ley (Cáceres y Valcuende del Río 1996). No obstante, el contrabando entendido como estrategia de subsistencia puede también ser interpretado como una forma de resistencia cotidiana, “la arma de los flacos” (Scott 1985).

En los años cuarenta y cincuenta el contrabando era la principal actividad económica de Barrancos y de los pueblos vecinos, estructurada en distintas formas de participación y de relaciones entre grupos sociales. Una vez más se manifiesta el antagonismo entre la lógica local y la lógica estatal, interpretada por el antropólogo Valcuende del Río de la siguiente manera:

“El período de la posguerra española es precisamente una de las etapas más interesantes en la que se produce un importante recrudecimiento de la actividad contrabandista. En unos momentos en que el Estado tenía una mayor necesidad de controlar el intercambio de bienes y personas, es cuando las necesidades de las poblaciones fronterizas se traducen en una intensificación de las actividades comerciales al margen de la ley” (Valcuende del Rio 1998: 301).

La actividad del contrabando implicó a cerca de trescientas personas de Oliva de la Frontera, organizadas en cuadrillas, o solos. La confianza y la lealtad eran valores fundamentales entre los grupos, compartiendo las pérdidas y los beneficios, sobre todo dentro de los grupos o cuadrillas del contrabando. Aunque no siempre era así, también había conflictos, denunciantes, desigualdades sociales, rivalidades y traiciones. Todavía, se constituyó una especie de “hermandad” entre los hombres que todas las noches arriesgaban la vida atravesando la “frontera política”, en busca de sustento para sus familias. Los “guardiñas” portugueses aún son hoy recordados como más tolerantes, comparativamente con la Guarda Civil; pero ambos los cuerpos militares fueran sobornables. La diversidad de relaciones y de estrategias individuales, y de grupos, no permite generalizar sobre la actividad del contrabando, ya que refleja la complejidad de la estructura social. Mas estamos seguros al afirmar que fue un trabajo determinante para la supervivencia de las familias de obreros y fortaleció las relaciones entre portugueses y españoles principalmente hasta los años sesenta.

En los años sesenta un sinnúmero de extremeños y alentejanos se vieron obligados a emigrar dentro y fuera del territorio nacional.

“Los años de mayor movimiento corresponden a la década de los sesenta, siendo la sangría humana claramente importante tanto en Extremadura (que ocupa la cabecera de toda España en el proceso, porcentualmente por número de habitantes) como en Alentejo. Su efecto se hace notar en una bajada de la población regional, en tanto España y Portugal experimentan un crecimiento global” (Cayetano Rosado 2006: 1170).

En la actualidad alrededor de un millón de personas se encuentran en la diáspora, regresando a sus pueblos por las fiestas para visitar a sus familiares y amigos, y otros han regresado, una vez jubilados, para quedarse por temporadas. Los hijos, y los nietos nacidos en otros lugares, han perdido, en muchos casos, los vínculos con los pueblos de sus padres y de sus abuelos. Por otra parte muchas familias de exilados políticos no regresaron nunca más a España. Los mayores que permanecen en sus pueblos recuerdan bien los tiempos de la guerra, del hambre y del contrabando, en los que el contrabando era una actividad fundamental para la subsistencia. Aunque las dificultades económicas sufridas reflejan un tiempo de represión, de miedo y sufrimiento, permanece latente una nostalgia por aquel tiempo pasado en que la solidaridad y la reciprocidad representaban valores fundamentales, como formas de resistencia cotidiana, dando sentido y significado a sus vidas.

 

La abolición política de las fronteras

El nuevo interés político de Extremadura hacia Portugal surge con su acceso a la autonomía, plasmado en el Estatuto de Autonomía a principios de los años 1980. El poder político incorporó como objetivo de los poderes públicos extremeños la necesidad de mantener relaciones preferenciales con Portugal. Este objetivo estaba en plena sintonía con lo que sucedería sólo unos años más tarde, cuando los dos países ibéricos se incorporaron como asociados de pleno derecho a la Comunidad Europea, en 1986. Tras la incorporación de Portugal y España, y con la entrada en funcionamiento del Mercado Único en 1993, las fronteras perdieron su tradicional significado político y territorial. La cooperación transfronteriza dejó de ser exclusivamente una política particular de los poderes públicos radicados en territorios limítrofes, erigiéndose en uno de los ejes básicos de la propia construcción europea.

En el año 2002, el Gabinete de Iniciativas Transfronterizas y el Instituto Camões firmaron un Protocolo de Cooperación destinado a asegurar la calidad de los cursos de portugués y la evaluación de dicha enseñanza, ya que la tendencia mostrada en los últimos años hacía prever una demanda de cursos aún mayor en el futuro. La Universidad de Extremadura y el Instituto Camões suscribieron en la misma fecha otro Protocolo de similares características, que ha dado como principal fruto la creación de una delegación del Instituto en Cáceres.

En diversas emisoras de radio fronterizas se están emitiendo programas radiofónicos centrados tanto en la difusión de la lengua, como de los distintos aspectos de la cultura, la economía y sociedad del otro lado de la frontera. El idioma portugués se oferta en todas las Escuelas Oficiales de Idiomas de la región extremeña, donde los últimos datos indican que ha desplazado al francés como segunda lengua más estudiada. En total hay unos 700 alumnos que reciben formación en lengua portuguesa en la Universidad Extremeña (Corrales Romero 2006).

Durante los últimos años se ha producido un incremento de los flujos comerciales entre Extremadura y Portugal, acompañado por un crecimiento del mercado de trabajo transfronterizo. Ahora, portugueses y extremeños se desplazan diariamente a ambos los lados de la frontera para realizar sus compras, o para conocer mejor la cultura, la gastronomía y/o los espacios naturales, “Portugal pasa a ser una referencia clara para nosotros” (Corrales Romero 2006:1297). Además, cada día son más numerosos los empresarios de uno y otro lado de la frontera que se desarrollan todas o una parte de sus actividades en “el país vecino”, animados por las crecientes oportunidades de negocio que les brinda la cercanía física y las ventajas que conlleva el Mercado Único y el Euro. La inversión en el cultivo de olivos y cría porcina constituyen las principales actividades económicas de españoles en tierras del Alentejo. Hoy, los casi 300 kilómetros de frontera compartida constituyen, según Corrales Romero:

“una línea de partida, una oportunidad para enriquecer mutuamente con una realidad contigua, diferente y, por ello, con un enorme atractivo económico, turístico y cultural. La comprensión mutua y el esfuerzo de todos han permitido que nos conozcamos mejor y que finalice un largo periodo de aislamiento y de desencuentro” (Corrales Romero 2006: 1312).

Algunas de las principales actividades culturales que se celebran anualmente en Extremadura, como el Festival Ibérico de Música, los Festivales de Teatro de Mérida, de Alcántara o de Badajoz, el Festival Ibérico de Cortometrajes, etc., cuentan habitualmente con la participación de artistas portugueses. Por otra parte, cada vez se producen con más regularidad intercambios de grupos y encuentros culturales entre municipios rayanos, al mismo tiempo que han surgido formaciones mixtas compuestas por músicos extremeños y portugueses en las que se realiza una fusión de las respectivas tradiciones musicales.

 

Patrimonializando el espacio fronterizo

Hoy, los poderes políticos y las elites locales y supralocales buscan superar su situación periférica reinventando prácticas culturales, patrimonializando el espacio fronterizo. Lo paradójico es que son los mismos Estados que erigieron las fronteras por causas políticas quienes acuerdan su abolición por causas económicas; mientras que las poblaciones rayanas, que siempre han negado y transgredido la frontera de los Estados, ahora reinventan la frontera como patrimonio cultural e identitario.

“Actualmente, en la frontera hispano-lusa encontramos, junto a las identidades locales múltiples, dispersas y/o fragmentadas, procesos en los que la propia frontera se configura como un referente de gran magnitud y como fuente de inspiración para indagar en la esencia de esas nuevas formas de ser y estar en la frontera” (Medina 2006: 722).

Las fincas se convierten en espacios de turismo rural, donde los habitantes de las ciudades disfrutan de los placeres del campo, ahora aséptico y despojado de vida propia. Se crea la “Feira dos Enchidos e dos Presuntos” en Barrancos, en la que los productores locales y supralocales, de ambos lados de la frontera, procuran certificar la genuinidad de sus productos. La “Ruta del Contrabando”, entre Barrancos y Oliva, reactiva la memoria social de una actividad oculta, peligrosa, e incierta, ahora patrimonializada mediante una caminata campestre. La construcción de museos locales, como ejemplo el Centro de Interpretación de Fronteras de Oliva de la Frontera, sirve para reconstruir y preservar la historia y la memoria colectiva de pueblos olvidados, de una frontera ahora reinventada.

Las fiestas locales permanecen como lugares de reencuentro entre familiares y amigos, dispersos por otras regiones o naciones extranjeras. Con sus rituales religiosos y lúdicos las fiestas celebran y festejan la vida, reafirmando identidades culturales y exaltando el imaginario de las gentes rayanas.

 


 

Notas

1. En Internet: http://www.todooliva.es/historia/index.htm

2. En: http://ofrontera.dip-badajoz.es/index.php/mod.pags/mem.detalle/idpag.4/idmenu.1019/
chk.93fb05b9ef85bea8ee88009e5403d675.html

3. De la entrevista realizada en casa de Manuel Méndez García, Oliva de la Frontera, 16 de junio de 2006.

 


 

Bibliografía

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Gazeta de Antropología