Gazeta de Antropología, 2012, 28 (2), artículo 07 · http://hdl.handle.net/10481/22428 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 15 junio 2012    |    Aceptado 10 octubre 2012    |    Publicado 2012-11
Figuraciones y prácticas del cuerpo en el siglo XXI. 'Bio-drags' y jovencitas en el capitalismo avanzado
Figurations and body practices in the 21st century. Bio-drags and girls in advanced capitalism




RESUMEN
El presente trabajo pretende realizar un recorrido teórico por las diferentes figuras teóricas de la biopolítica actual. Figuras teóricas que se corresponden a las formas en las que el cuerpo y la cultura del capitalismo avanzado han dado forma a los sujetos actuales. 'Bio-drags', sujetos endriagos -hijos del capitalismo gore- y jovencitas vienen a relatar las formas en las que un contexto social, basado en las dinámicas del consumo-producción, la cultura biopolítica del cuerpo construido -modificado directamente-, y la cultura de la violencia dan forma al sujeto del siglo XXI, a sus figuraciones y a sus prácticas del cuerpo, dando lugar nuevas dinámicas biopolíticas anteriormente no dadas.

ABSTRACT
This paper aims to make a theoretical survey of the different theoretical figures in current biopolitics. Theoretical figures that correspond to the ways in which the body and culture of advanced capitalism have shaped the current subjects. Bio-drags, endriago subjects —sons of the gore capitalism— and girls are in a social context based on production-consumption. Body-built biopolitics culture and the violence culture create the 20th century subjects, as well as, their figurations and practices of the body, leading to a new biopolitical dynamic previously unknown.

PALABRAS CLAVE
cuerpo | capitalismo caliente | biopolítica | capitalismo gore | necropoder
KEYWORDS
body | hot capitalism | biopolitics | gore capitalism | necro-empowerment


“A medida que la familia «artesanal» se transforma en una familia postindustrial, las tareas que antes se llevaban a cabo en el interior del núcleo familiar se confían cada vez más a especialistas externos: cuidadores de niños y de personas mayores, enfermeros, profesores de colonias de verano, psicólogos y animadores de fiestas de cumpleaños. Así, producimos menos cuidado familiar pero lo consumimos más. El amor y el cuidado, cimientos de la vida social, suscitan hoy verdadero desconcierto” (Russell Holchschild 2008: 13).

 

- I -

Para comprender el cuerpo actual, un cuerpo enmarcado en la cultura del agotamiento y el consumo, deberíamos comprender las figuraciones teóricas que dan forma a esos cuerpos y sus construcciones culturales.

La biopolítica, que dejo atrás su maniobra anatomopolítica y demográfica para pasar a mediar y moldear cuerpos de manera explícita y directa, se ha trasformado en un escenario hábil para el capitalismo caliente (Preciado 2008), un sistema económico, social y político que no solo se centra en la espiral de consumo-producción, como formas y estilos de vida, sino que condiciona a los sentimientos, a los cuerpos y a las hormonas, cercando incluso al ADN y a la genética. La biopolítica que traspasa la frontera de lo político y se encarna, se cristaliza en los propios cuerpos, sin dejar lugar a duda de su poder moldeador.

Una cultura como la del capitalismo caliente (Preciado 2010), que deja atrás al capitalismo disciplinario, propio del siglo XIX, por el capitalismo farmacopornográfico que nace en la sociedad norteamericana después de la II Guerra Mundial. Este capitalismo se caracteriza por sustituir la figura del trabajador-proletario por la del consumidor. Una etapa donde placeres y fármacos, penalizados y considerados tabú en etapas anteriores, pasan a formar parte del consumo cotidiano, considerándolos más que aceptables: imprescindibles para el día a día. Preciado llama a este periodo capitalismo caliente no solo en transposición al periodo de Guerra fría que se vivía durante esos años, sino por que ese capitalismo estaba dispuesto a sacar beneficios de un capitalismo al que “le interesan los cuerpos y sus placeres, y que saca beneficio del carácter politoxicómano y compulsivamente masturbatorio de la subjetividad moderna” (Preciado 2010: 113). Este, el capitalismo caliente, se erige como un nuevo régimen de control de los cuerpos y de la producción de la subjetividad acaecida tras los avances científico-técnicos, el descubrimiento de nuevos materiales, los avances en cirugía estética y prostética, la nanomedicina, los descubrimientos y avances en genética, las mejoras en la farmacología y el desarrollo de fármacos de control químico del cuerpo, las hormonas y la sexualidad, y la comercialización -por excelencia- de todos estos avances, desarrollos y descubrimientos. Sin olvidar la trasformación de la pornografía en un elemento de consumo y cultura de masas. El placer, el cuerpo y sus efectos no son penalizados como lo eran en la sociedad puritana del capitalismo disciplinario, son y sirven como elementos de la cultura de masas y como elementos del consumo y por ello flujos imprescindibles de un capitalismo que trabaja directamente sobre el cuerpo y su subjetividad.

Este capitalismo caliente, también denominado farmacopornográfico, demuestra las bases de la cultura existente, las estructuras de la sociedad actual y por ello las bases sobre las que se constituyen los sujetos-cuerpos: “trabajo inmaterial, espacio posdoméstico, regulación psicotrópica de la subjetividad, producción sexopolítica, vigilancia y consumo de la intimidad” (Preciado 2010: 205).

Otro marco social que no podemos olvidar, sobre todo para desentrañar nuestro cometido, es el marco social de la mercantilización de la vida íntima (Russell Hochschild 2008), donde los sentimientos y el cuidado cotidiano y doméstico se externaliza para mantener, por un lado, el equilibrio entre países pobres y ricos -puesto que la mayor parte de las personas que se dedican al cuidado de terceros son inmigrantes procedentes de países menos privilegiados- y por otro lado la función productiva de la mujer -deja de cuidar a sus hijos, como función tradicional, para pasar a cuidar su trabajo, delegando la primera función en “profesionales”-, pero la mercantilización de la vida íntima no solo muestra la construcción de la vida en Estados Unidos, tal y como nos relata la autora de la obra La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y del trabajo Anne Russell Hochschild (2008), sino que es exportable a toda Europa y poco a poco a todos los países de Oriente y Asia. Este contexto que en principio se centra en la vida y estilos de vida norteamericanos ha ido expandiéndose, tal y como lo ha hecho el capitalismo caliente, mezclándose con este y construyendo un marco social y cultural aún más biopolitizado. Las emociones, los sentimientos y la intimidad pueden ser, y de hecho son, objetos de consumo y producción enfocadas a un comercio final y/u objetivo: el sujeto-cuerpo, una suerte de nuda vida que se deja llevar por su carácter como sujeto paciente, un sujeto sin capacidad propia y que todo lo que es y significa lo es por su condición como consumidor, persuadido por las leyes del mercado de la producción-consumo. Su condición de sujeto-cuerpo esta fijada por su condición como sujeto de consumo y sujeto de trabajo -producción-.

Al marco social del capitalismo caliente y de la mercantilización de la vida íntima hay que sumarle las influencias del contexto del consumo, sobre exposición y veneración de la violencia, proyectada como un estilo y forma de vida y enmarcada en una cultura de necropoder y exaltación de la violencia por violencia de manera continuada, cotidiana y exhalada como un valor social y cultural en alza. El capitalismo gore (Valencia 2011) que en un primer momento Sayak Valencia, autora de la obra Capitalismo gore, lo contextualiza en su México natal es una marca cultural y social que se extiende y propaga por todas las sociedades.

Sayak Valencia comprende por capitalismo gore “al derramamiento de sangre explícito e injustificado, al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con la precarización económica, el crimen organizado, la construcción binaria del género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta del necro emponderamiento” (Valencia 2011: 15).

En su obra Capitalismo gore no solo explica los entramados por lo que la cultura de la violencia se va apoderando de parte de los sujetos actuales a favor del necropoder alimentado por un capitalismo de consumo exacerbado y centrado en ciertos pilares de producción-consumo y exacción de sexo, violencia y drogas.

El necropoder viene a ser los procesos que permiten cambiar situaciones de vulnerabilidad y/o sub-alteridad por situaciones de acción y autopoder, transformaciones reconfiguradas desde prácticas distópicas y desde la autoafirmación de las prácticas violentas que son a su vez rentables al sistema capitalista de producción y consumo.

En el necropoder, los cuerpos y la vida misma se conciben a modo de meros productos de intercambio capital, moneda de cambio o elementos de consumo en sí, sin más, ya no son elementos de la cadena de producción, son elementos de consumo directo, todo ello a través de tecnologías y técnicas de violencia. En este sentido Valencia habla de ejemplos del capitalismo gore como son los secuestros, el mercado de órganos, la tortura, el asesinato por encargo, el transporte de droga dentro de los cuerpos, la venta de humanos para explotación laboral y sexual, etc… Ejemplos de vida violentada que nos permite concebir al contexto social del capitalismo gore como un contexto que vive inmerso en una cultura de la violencia extrema, basada en la transvalorización de prácticas, ya sean estas económicas, políticas, sociales, culturales, folclóricas, simbólicas, etc., y llevadas a cabo en zonas fronterizas, pauperizadas, precarias y vulnerabilizadas. Pero no solo es el hecho de que México -contexto referido por Valencia- sea un territorio de fronteras, por el que se le catalogue a este país de icono contextual del capitalismo gore. El concepto de frontera no es un hecho territorial, no es la frontera territorial a la que nos referimos aquí, sino la frontera alterglobal: la porosidad social de cambios continuos, todo es frontera, todo puede ser frontera, los cuerpos pueden perpetuarse en fronteras, la precarización de la vida esta fabricando fronteras donde los otros son inapropiables, los otros son marginados que colonizar y consumir, puesto que sus vidas son elementos de consumo, compradas y consumidas por los mismos marginados, eso sí, arrastrados por las ansias de poder económico-social-consumista del denominado primer mundo. En este sentido existiría una especie de nudo gordiano donde no se sabe si el que paga es el que mueve los hilos de poder o el que ejecuta la acción: “¿Qué formas convergentes de estrategia están desarrollando los subalternos -los marginados-, centradas en definir formas de conciencia y práctica que puedan ser efectivas bajo las fuerzas transnacionalizadoras del Primer Mundo?” (Sandoval 2004). El panorama del capitalismo gore se percibe como una manera de establecer tensiones y distensiones entre vulnerables-vulneradores y las necesidades de consumo y capital del primer y segundo mundo, un panorama que se aleja en demasía del modelo marxista de producción-consumo, ya que la situación va más allá del mero consumo-producción, incluye factores que si bien estaban presentes de forma remanente ahora lo están explícitamente. Estos factores, no son otros que las demandas excesivas de hiperconsumo, dictadas por la economía global, la demarcación y re-construcción binaria del género y el sexo; los remanentes coloniales y neo-coloniales, el triunfo de la corrupción en el ámbito social, político y económico, la comercialización de la vida corporal, de la vida íntima y de las emociones y la exaltación de la violencia como un valor en alza a considerar.

Este capitalismo nos muestra cómo la excesiva convivencia y, la exacerbada violencia en nuestras vidas, ha sido el engranaje perfecto para producir riqueza y poner la vida y el cuerpo, en el epicentro del capitalismo gore. Un contexto que se dibuja entorno a la violencia y al poder, el sexo y la sangre, el cuerpo como objeto puro, como elemento sin valor más que el que el mercado le otorga, puesto que en el capitalismo gore los cuerpos son “concebidos como productos de intercambio que alteran y rompen las lógicas del proceso de producción del capital, ya que subvierten los términos de este al sacar del juego la fase de producción de la mercancía, sustituyéndola por una mercancía encarnada literalmente por el cuerpo y la vida humana, a través de técnicas predatorias de violencia extrema” (Valencia 2011: 115).

Junto a estas descripciones marginales de la sociedad -marginales por estar poco tratadas, desde los espacios más ortodoxos de lo académico, no por su peso e importancia-, su contexto, sus individuos y sus relaciones con el capital no podemos obviar las muy similares descripciones contextuales que se derivan de “la teoría de la jovencita”, categorización expuesta por primera vez en la célebre publicación francesa Tiqqun), y que va mucho más allá de nombrar a un nuevo hombre, o una nueva mujer; “la jovencita” se construye más allá de las meras formas corpóreas, de los conceptos sexuados, añadiendo un nuevo sentido a los verbos consumir y amar, gestados desde la biopolítica. Su descripción de una realidad basada en un sistema de economía de mercado que ha colonizado la vida íntima e idiosincrásica de los sujetos, atrapando a la subjetividad, a la intimidad, a las emociones, a las pulsiones, al deseo y al amor en las redes de la espiral de consumo-producción. Su control, el de los sujetos, no es ejercido desde afuera, sino que es ejercido dentro de los propios sujetos, los cuales asumen un control de sí mismos con el fin de poder adaptarse a un deseo que no es el suyo.

En esta construcción del deseo, que no es suyo, entran en juego los factores propios del capitalismo de mercado actual: la publicidad, la medicina contemporánea -que se alza más como un mercado que como una institución de salud y bienestar-, los medios de comunicación, las tendencias y modas, entre otros muestran en qué consiste biológica, genética y socialmente los sentimientos, las emociones, las pulsiones y el amor, siendo el mercado el que vende esos “productos” subjetivos e íntimos y siendo los sujetos los que consumen esos sentimientos “prefabricados por el control”. En este contexto se puede ver como la lógica capitalista del consumo-producción se interioriza en las vidas de los sujetos desposeyéndolos de su autenticidad: lo subjetivo, su cuerpo y sus emociones, que ahora pueden comprarse a un módico, o no tan módico, precio.

La cultura, en este marco social, no difiere en demasía de las bases de esa sociedad que la abraza y la ve nacer. Su predisposición biopolítica enmarca a un sujeto que comparte los rasgos de unos sujetos teóricos, traspuestos paralelamente en esos marcos sociales, entre los que nos encontramos: la ya citada “jovencita”, el bio-drag (Preciado 2010) y el sujeto endriago del capitalismo gore (Valencia 2011).

 

- II - 

“No hay nada que desvelar en la naturaleza, no hay un secreto escondido. Vivimos en la hipermodernidad punk: ya no se trata de revelar la verdad oculta de la naturaleza, sino que es necesario explicar los procesos culturales, políticos, técnicos a través de los cuales el cuerpo como artefacto adquiere estatuto natural” (Preciado 2008: 33).

 

Todas estas figuras sirven para analizar el biopoder contemporáneo y sus representaciones corporales. En esta era el biopoder ha reducido la vida humana a nuda vida (Agamben), a simple carne que es necesaria vigilar, controlar, gestionar y gobernar según unos parámetros estándares de belleza, placer, violencia y consumo. En este entramado los poderes médicos, militares, el mercado de las sensaciones y el consumo de ocio entran en juego, construyendo la vida desde lo más íntimo a lo más público y visible. Son los “expertos” de esos poderes, sujetos igualmente sujetados pero representantes de los poderes, los que nos van a indicar, pautar y marcar lo que los cuerpos han de sentir y cómo han de vivir, así como hacia que direcciones han de “correr”.

Una nueva biopolítica para un nuevo orden, el orden del capitalismo avanzado que cosifica los cuerpos y las subjetividades, que invade las emociones y los sentimientos y los capitaliza, los materializa y los comercializa. Las relaciones de poder se introducen en los cuerpos, en el interior, en lo íntimo y más “sensible”. Fue tras la década de los años setenta cuando Foucault deja de lado la idea de la representación del poder entendido este como una relación de fuerzas para acoger la idea de poder comprendido este como conducción de conductas y ejercicio de sujeción del sujeto. Un modelo de gobierno del sujeto que se basaba en las disciplinas biopolíticas y las tecnologías del poder, ejercicios de dominación y control del sujeto desde la anatomopolítica -inicial- y la biopolítica -posterior- (Foucault 1981). En este modelo el gobierno es entendido como una técnica, acción concebida como conducción de conductas enfocadas al sometimiento de las acciones de los otros y de uno mismo. Un arte de gobierno que se cristaliza en la conducción de las conductas dentro de unas coordenadas históricas y sociales concretas. Por ello este arte de gobierno hoy en día ha cambiado respecto al analizado por Foucault, el cual vio como el arte de gobierno de los sujetos-vivientes se basaba en una biopolítica no intrusiva de manera directa sobre el cuerpo. Lo moldeaba, lo manejaba pero no lo modificaba. La biopolítica de hoy en día se caracteriza en primer lugar por su plasticidad sobre el cuerpo, la carne y la subjetividad. La cultura del cuerpo pasa a ser una suerte de plasticidad corporal caprichosa de las tendencias del consumo y del mercado.

Foucault en su intento por explicar los entresijos de la biopolítica identifica las disciplinas de poder, que son contempladas como los primeros dispositivos biopolíticos (Foucault 2000). Estos dispositivos fueron desarrollados durante los siglos XVII y XVIII en las instituciones de poder -escuelas, cuarteles, hospitales, cárceles, iglesias, etc.,- el ejercicio del encierro y de las prácticas disciplinarias en dichas instituciones hacían de la conducta del sujeto, una conducta conducida mediante la disciplinarización de las operaciones del cuerpo, cuya función principal no era otra que la del aumento de la utilidad del individuo mediante el control minucioso de cada cual sobre su propio cuerpo. Todo ello mediante el análisis y examen, continuado, de gestos, actitudes, posturas, acciones, etc., el fin último de las disciplinas era el de normalizar a los sujetos, por razón de la maximización de la obediencia y la utilidad del sujeto.

En las instituciones de poder, a demás de gestarse todo el engranaje disciplinario y de control, por obediencia, del sujeto y la consecución de las conductas “normalizadas”, se desarrollaron un conjunto de saberes/poderes, tales como son la medicina moderna, la psiquiatría, la demografía, que permitieron legitimar dichas disciplinas. Por otro lado, a finales del siglo XVIII surgen otros de los componentes de la biopolítica: los mecanismos reguladores, también denominados dispositivos de seguridad. Es en este momento, en el que la biopolítica comienza a centrarse en el cuerpo especie. Foucault identifica estos dispositivos como conjunto de estrategias políticas que están destinadas a ordenar toda una serie de procesos biológicos, indicadores demográficos o índices de conjunto -indicadores de natalidad, mortalidad, nupcialidad, morbilidad, etc.- con el objetivo de poder aumentar las fuerzas del Estado. Es en este periodo de tiempo en el que surge la idea de seguridad y normalidad del conjunto. Unas tecnologías centradas en la vida, basadas en el control de los efectos masa y los procesos bio-sociológicos propios del conjunto general de la sociedad masa -poblaciones-. Un paso en la teoría del poder que sitúa a la biopolítica como ejercicio de poder coextensivo con la vida, permitiendo entrar a la vida -entendida aquí como concepto político- en el cálculo del gobierno- entendido como conducción de conductas-. En este sentido y desde esta perspectiva, la biopolítica está compuesta por dos dispositivos de poder: por un lado los dispositivos disciplinarios y por otro lado los mecanismos de seguridad. Lo cual permitiría observar a los biopoderes como conjunto de técnicas que se orientan a controlar la vida.

Dispositivos biopolíticos de poder que han ido cambiando, en función de la sociedad que los ve nacer. Sus técnicas, objetivos, instituciones y disciplinas han ido transformándose, ajustándose y adaptándose a las diferentes racionalidades de gobierno -conducción de las conductas-. En consecuencia si el orden de las sociedades cambia, estos, los dispositivos de poder, se adaptan a los nuevos principios que rigen la vida y que constituyen la “normalidad” del conjunto. En este sentido nos damos cuenta de cómo las figuraciones teóricas de la jovencita, el/la bio-drag, y el endriago del capitalismo gore no son más que productos de un nuevo orden, un orden cultural y social que se basa en unos principios anteriormente narrados, fundados en una serie de factores que los hacen construir unas disciplinas, unas tecnologías y unos “gobiernos” específicos del tiempo que vivimos.

Si nos damos cuenta, este biopoder y su relación en la constitución de sujetos basados en las figuraciones teóricas ya mencionadas, se erige como una suerte de farmacopoder, de porno-poder, de violencia y dominio del cuerpo, siguiendo un poco en la línea de Beatriz Preciado (Preciado 2000, 2008 y 2011). El poder, el gobierno -entendido siempre como conducción de conductas- se aplica de manera directa al cuerpo, la biopolítica de hoy en día -aún manteniendo sus anteriores espacios de acción/poder- ha superado sus espacios; más que superar, los ha sobrepasado, convirtiéndose en la acción coextensiva del cuerpo, de las emociones, de los sentimientos y de las conductas.

 

- III -

Nuestro lenguaje, el de la jovencita, el de el/la bio-drag o el del endriago, será un lenguaje que no será creado y emanado desde sus propias y reales emociones y/o situaciones. Más bien se dará merced a las emitidas, transmitidas y pautadas por los “expertos” de los poderes. En este contexto, el del nuevo biopoder los sujetos no solo no poseen el lenguaje, tampoco son capaces de hablar por sí mismos, ni sentir sus propios deseos, sentimientos, ni tan siquiera actuar por sí mismos. Todos esos deseos, impulsos y actos son materializados por los deseos creados, confeccionados y codificados por otros -los “expertos de los poderes” – para esa situación determinada.

El cuerpo-sujeto pasa de ser sujeto a paciente, padece y se deja padecer, un mero autómata en todos los sentidos y sobre todo en lo emocional, lo cual nos recuerda a otra figura teórica de esta contemporaneidad, el hombre-máquina (Tiqqun 2012, Pedraza 1994). Son “cuerpos extranjeros a sí mismos y sometidos a la tiranía del buen funcionamiento (en la salud, el amor o el sexo)” (Tyqqun 2012: 7).

Si en su momento el biopoder se alzaba como el constructor de sujetos, demográfica y anatomopolíticamente hablando, conducentes a políticas de sujeción de los sujetos vivientes, sin mediar en demasía en la constitución paciente de las emociones de los mismos, en la actualidad este biopoder se ha sobredimensionado, se convierte en el poderoso conversor de sujetos a cuerpos pacientes, a cuerpos sentimentales, a cuerpos con carne pero sin emociones propias, solo las constituidas desde el espacio de poder capital-consumo. La espiral consumo-producción desatada tras la II Guerra Mundial y que marcaría el inicio de la clase media norteamericana, un modelo y estilo de vida exportado de inmediato a Europa y que desde hace poco se ha extendido al oriente más tradicional y menos accesible, este neocolonialismo de la vida consumo-producción se ha instalado en las vidas de los sujetos hasta hoy en día, perpetuándose y manteniéndose como el único estilo de vida posible y plausible.

Pero no solo esa manera de vivir, conectados siempre a algo, a una máquina, a un producto, a un medicamento, a la información, a la moda, a las tendencias, a las emociones de los demás, al ocio, a aquello que cuesta dinero y que te permite continuar en la espiral abierta de consumo paciente -no nace de unas necesidades realmente reales, sino que son construidas o “edulcoradas”, sino que el sujeto se instala en unas estrategias de la biopolítica mucho más agresivas y corporalmente materializables. La biopolítica de hoy, no solo incide en los indicadores demográficos y en la forma en la que las instituciones y tecnologías de poder alteran esos indicadores, sino que incide, y de manera directa, en la corporalidad misma. El farmacopoder es un hecho, la nuda vida se supera y se moldea, ya no es un cuerpo sin ningún tipo de “escritura y lectura” sino que esa escritura y lectura comienza a materializarse a través de química, cirugía y prostética.

Como vemos, los cuerpos de hoy en día son figuraciones carnales de jovencitas, endriagos y bio-drags. Cuerpos moldeados, maleables, sometidos y sometibles, cuerpos que significan demasiado como para ser dejados a su libre albedrío. Cuerpos superados por una cultura hija de una sociedad que se basa en unos principios extremadamente materiales, pensados para el agotamiento y consumo continuado, con fecha de caducidad -ampliable por la farmacología y la cirugía-, efímeros, pensados para el ahora.

Son figuraciones teóricas que se han ido trasladando y desplazando a través de las nuevas instituciones de poder y sus tecnologías: el consumo y el ocio -y sus grandes técnicas de disuasión como son las tendencias, el mercado de la moda, la publicidad y las estrategias de marketing, etc., – los medios de comunicación y entretenimiento -incluyendo en este apartado al cine, la radio, la televisión, la prensa e Internet -; la mercantilización de la vida íntima, la vida simulada e hiperreal -como forma y estilo de vida-; la necesidad de vivir en una sociedad profiláctica y distópica -la seguridad de los más pudientes y el incremento de las diferencias sociales -, entre muchas otras tecnologías de poder, a las que debemos de incluir las técnicas propias del necropoder (Valencia 2011).

En este necropoder el mercado y el consumo, como marcadores de tendencias y estilos de vida, se orientan a una vida y corporalidad unida a arquetipos y estilos de vida propios del mundo de la violencia. Un contexto donde valores como la humillación del otro, el machismo y la violencia ejercida sobre las mujeres, la sobrevaloración de la virilidad y la masculinidad tradicional, el aprecio por una vida ostentosa y adinerada, la escasa valoración del trabajo y salario, la atracción por el dinero rápido y el consumo de lujo, la necesidad continuada de placer, el triunfo de la corrupción sobre el esfuerzo y el mérito, construyen arquetipos propios de un mundo y una cultura, característica de esos espacios de consumo-producción cercanos al mercado de la muerte -tráfico de estupefacientes, armas, personas, órganos, etc., -. Estilos de vida que en principio solo se proyectan en poblaciones del segundo mundo (Valencia 2012) pero que, merced a las instituciones, técnicas y tecnologías del biopoder actual, se empaqueten y venden como entretenimiento, ocio y negocio, proyectando en los medios de comunicación y entretenimiento, unos estilos de vida, ejemplos a seguir y, una cultura del necropoder. Una muestra de ello lo tenemos en multitud de series de ficción televisiva, y películas de cine, donde los actores del hampa suelen ser ejemplos a seguir; una idea de éxito por violencia, encadenados a un consumo-mercado de la muerte, series de ficción como Los soprano, The Wire y películas como Machete, Pulp fiction, Snatch o Kill Bill entre otras.

El impacto sobre el cuerpo es evidente, no solo lo comercializa y lo aniquila sino que lo encamina a la imposición de unos valores, ideas y “formas” que se encaminan a la perpetuación de una cultura de la violencia, la muerte, el dinero y el placer, todo ello inmediato.

 

- IV -

Como hemos explicado, estas figuraciones teóricas, sus contextos socio culturales y su representación sujeto-corporal, son productos de las biopolíticas actuales, muy diferentes a las que durante los tres últimos siglos han actuado sobre la población. Sí poseen rasgos en común: siguen utilizando las mismas instituciones de control y disciplina, aunque si bien se añaden algunas instituciones tales como los medios de comunicación y entretenimiento, los centros comerciales, las multinacionales y centros económico-laborales y las zonas de ocio y placer. Esta adaptación contextual incluye nuevas tecnologías de control y domesticación: al hospital y al psiquiátrico hay que añadir la acción del farmacopoder y, los desarrollos en materia quirúrgica, plástica, hormonal, genética y química farmacológica que permiten modificar los cuerpos de manera inmediata, como es el caso de los/as bio-drags. A la cárcel -institución por excelencia de retiro y disciplina- hay que incorporarle las tecnologías, los medios de comunicación y entretenimiento, las tecnologías de la información y las comunicaciones (a partir de ahora TIC) y las propias disciplinas y tecnologías propias del comercio-producción del necropoder o capitalismo gore. Al ejército se le incorporará todas las tecnologías propias del hospital junto con las TIC y los medios de comunicación y entretenimiento. A la escuela se le incorporan las tecnologías y disciplinas de las TIC, los medios de comunicación y entretenimiento y la influencia de los centros comerciales y de ocio, así como toda la disciplina de adiestramiento de sujetos corporales genéricos, abriendo paso a las técnicas de impacto e influencia directa sobre el cuerpo. Las instituciones religiosas se han hecho acopio de disciplinas y tecnologías tales como son las TIC, los medios de comunicación y entretenimientos y de los centros comerciales o del poder de la comercialización de emociones y sentimientos. La fábrica da paso al centro de negocios y zona económica, donde los sujetos-cuerpos se mimetizan con la idea de abusar de fármacos y drogas que mantengan sus niveles de producción, que les permitan estar en el mercado de la alta o elevada productividad, excesivamente competitiva, sin dejar de lado la compra-venta de estímulos, emociones, sentimientos, etc. Vida íntima dispuesta para el mejor comprador, las tecnologías y disciplinas que en esta institución de poder, renovada por el propio sistema capitalista avanzado, se nutre de tecnologías que sujetan al sujeto muy acordes con las ya mencionadas en las demás instituciones, en todas ellas -las instituciones de poder y disciplina- el cuerpo es un elemento enteramente modificable y comercializable. Tanto que pasa de ser un elemento autónomo, a no poseer ninguna autonomía, solo la que el sistema de biopoder, altamente capitalizado, quiera darle.

Por bio-drag comprendemos el travestismo somático, producto de la acción farmacopornográfica sobre el cuerpo, una ficción somática de feminidad y masculinidad, imitaciones o sobre-representaciones farmacológicas, quirúrgicas y químicas-médicas de esas subjetividades corporales: lo masculino y lo femenino en esos cuerpos no son solo cuestión de cultura, actuación de género o vestimenta; son procesos biológicos creados o recreados “artificialmente” e intencionalmente. Los casos más notables son los de los cuerpos sometidos a la píldora anticonceptiva, y sus menstruaciones químicas, los cuerpos expuestos a la viagra, y sus eyaculaciones provocadas químicamente, y los cuerpos genéricamente hiperreales, morfoseados por la cirugía plástica ampliando senos, reduciendo celulitis, incrementando glúteos, labios, pómulos, genitales masculinos, incorporando bíceps y musculatura. En definitiva, construyendo una ampliación de los rasgos corporales de la masculinidad y la feminidad sobre dimensionada. Su inscripción corporal se basa en la seducción por una transformación químico-quirúrgica del género y el sexo: todos queremos ser una proyección carnal, de los iconos sexo-genéricos proyectados en los medios de comunicación de masas. Desde la aparición de las Pin-ups, pasando por Jane Fonda hasta llegar al avatar de Lara Croft, los cuerpos físicos-sujetos han querido emular esas ficciones corporales, algunas reales y otras figuradas. La masculinidad y la feminidad se miden por la química y plástica que moldea los cuerpos. Una cultura del culto al cuerpo de intervención rápida y directa sobre el cuerpo, marcando y sosteniendo la normalidad biopolítica de los géneros/sexos: dos posibles y sobre-dimensionados, muy femeninos y muy masculinos.

El/la bio-drag no se queda en lo meramente estético del cuerpo, es un hijo/a de la biopolítica farmacopornográfica, y como tal bebe de las fuentes de la misma. Pero este bio-drag, tal y como lo expone Preciado puede volverse en contra de esa normalización biopolítica del género. En su obra Testo yonki (Preciado 2008) hace una profunda revisión de esa ruptura, utilizando las mismas herramientas y tecnologías: la química y la corporalidad. El hecho de que ella misma sea su propio experimento -consumiendo testosterona- permite afirmar que el bio-drag puede ser una figura teórica de ruptura y transgresión de la normatividad genérica. El cuerpo del bio-drag y su maleabilidad fármaco-quirúrgica hace que este -el bio-drag- se sitúe en los márgenes del biopoder, pero unos márgenes que son manipulados por el otro, la voluntad del otro o la acción de los otros, lo cual da paso a una relativa posibilidad de desestabilizar los límites de la biopolítica, instituyendo un poder autónomo del sujeto sobre su cuerpo. “Nuestra disposición a deshacernos en relación con otros constituye la oportunidad de llegar a ser humanos. Que otro me deshaga es una necesidad primaria, una angustia, claro está, pero también una oportunidad: la de ser interpelada, reclamada, atada a lo que no soy, pero también movilizada, exhortada a actuar, interpelarme a mí misma en otro lugar y, de ese modo, abandonar el “yo” autosuficiente considerado como una especie de posesión” (Butler 2009).

En este régimen posindustrial, global, mediático de producción y consumo, conforme a sus principios, ya muy mencionados en este texto, el cuerpo es un cuerpo excitable y objeto de la gestión estatal que ha terminado siendo, materia fundamental del capitalismo. El cuerpo y su reducción como indicadores de consumo -excitación, control, placer, sentimientos, autocomplacencia, etc.-, materiales del régimen de la farmacopornografía que construye los cuerpos del siglo XXI y que se sitúan en el sistema de producción/consumo de sustancias químicas, elaboración de nuevos psicotrópicos sintéticos y la difusión de imágenes pornográficas que morfosean el cuerpo y las subjetividades.

El cuerpo y su representación, desde esta perspectiva, se vería representado como una “potencia (actual o virtual) de excitación (total) de un cuerpo” (Preciado 2008: 38), un cuerpo que no solo está sometido a una anatomopolítica y biopolítica de gobierno -conducir conductas- sino que está sometido directamente por una lógica de mercado y consumo basada en esos indicadores de consumo, indicadores que hacen que el cuerpo sea un objeto completamente moldeable, manejable y re-codificado directamente. Un hecho que traspasa la lógica de la biopolítica anterior, donde el cuerpo era ese objeto intocable puesto que no se podía interferir sobre su materia. Ahora, el régimen producción actual esta moldeado por la matriz farmacopornográfica, la cual explota, reproduce y produce una intensificación molecular que no es otro que el deseo corporal. En este sentido podemos contemplar diversos tipos de sujeto-cuerpo, en función de las técnicas y tecnologías de biopoder que lo modifican comprendiendo: estatización virtual del sujeto-cuerpo -efecto Photoshop-, transformación del espacio interior subjetivo en un afuera expuesto públicamente -efecto Facebook o redes sociales virtuales-, incremento de las técnicas de autovigilancia o el “ojo absoluto” -efecto dieta y libros de autoayuda- y la difusión y creación ultrarrápida de la información -efecto Twitter-.

El régimen que permite que estos sujetos-cuerpos sean lo que son, no se encamina únicamente, a la producción de placer, sino que se orienta al control, mediante la gestión del circuito excitación-frustración; de hecho es lo que de pornográfico tiene este sistema biopolítico, una “temporalización masturbatoria de la vida” (Preciado 2008: 37) y “de su capacidad de desear, de correrse, de excitar y excitarse” (Preciado 2008: 213).

Un contexto donde la tarea de la sexopolítica y de la narcopolítica, es el de la producción de subjetividades, a través del control tecnobiológico del cuerpo. Un gobierno -no entendido como conducción de conductas, sino como conducción de cuerpos- basado en procesos bio-molecular -fármaco- y semiótico-técnicos -pornográficos-, que dan lugar a subjetividades definidas por “las sustancias que dominan su metabolismo, por las prótesis cibernéticas a través de las que se vuelven agentes, por los tipos de deseos farmacopornográficos que orientan sus acciones” (Preciado 2008: 33).

El cuerpo bio-drag es fruto de un capitalismo caliente, basado en esas semióticas y procesos bio-farmacológicos que se cristalizan en la excitación-frustración, y que se orientan a la constitución de bio-machos y bio-hembras genéricamente marcados. Sus cuerpos serán sometidos a todos los procesos disciplinarios necesarios, como para trasvestir la carne, y constituir un cuerpo adaptado a ese mercado del capitalismo caliente: ya sea hipermasculinizado o hiperfeminizado por procesos químicos, quirúrgico-médico-estéticos, semióticos, virtualizado y convertido en información, etc. Cuerpos que son sometidos a la re-codificación directa de sus carnes: la química, la cirugía, la virtualización, etc., alteran el estado originario del cuerpo dejándolo a merced directa de la biopolítica del capitalismo caliente.

El sentido de la jovencita, como figuración teórica, es un tanto diferente al del/la bio-drag, si bien es cierto también comparten un nexo importante en común, ambos son hijos del capitalismo y ambos son fruto de la biopolítica actual -esa que altera el cuerpo de manera directa y hace que las emociones, sentimientos y vida íntima sean materias primas de consumo-. La jovencita, sobre todo, enfatiza el hecho de ser un sujeto masa, un ente abstracto que se define como el sujeto que está en el circuito masa-social, no solo es fruto de la modificación-químico-corporal, sino de la modificación del ser y estar del sujeto social, en la promesa que representa el capitalismo.

La jovencita no es ni hombre, ni mujer, ni mayor, ni joven, es una representación, una imagen, un modelo, un ideal de la eterna juventud, un juego de la seducción ilimitada, del placer indiferente, del amor consumible y asegurado, representa el control de las apariencias eliminando del sujeto cualquier atisbo de defecto. La jovencita representa una sociedad hedonista a extremos, donde lo social se diluye por lo individual “comercializable y comercializado”, puesto que la vida de la jovencita está basada en el capitalismo de las emociones y en el capitalismo de la vida íntima en busca de la eterna felicidad, aunque esta, la felicidad, no sea auténtica. “Hoy en día, no sufrir no es un lujo, es un derecho” (Tiqqun 2012: 66).

Los rasgos propios de esta figura teórica de la actualidad son su impersonalidad, implacabilidad frente al dolor de los demás, su impecabilidad, impermeabilidad y falta total de empatía y como no su imposibilidad de ser, puesto que la jovencita representa el espíritu ganador que tanto se nos ha vendido en el consumo moderno (Bauman 2010).

La vida de la jovencita responde a una eterna batalla, librada entre el sujeto y la aseguración del amor verdadero. No un amor entendido en el sentido romántico del término, sino comprendido como aquello que es querido y que genera felicidad. En este sentido, las armas de la jovencita son los productos a los que puede acceder, en un mercantilismo imperante de la vida íntima y de los sentimientos. Esas armas serían un bolso, unos músculos, unos senos prominentes, una bonita cara y una brillante sonrisa; elementos vacuos alejados del concepto amor y sentimiento, pero que hoy en día son los pasos, para conseguir esa felicidad tan anhelada y, tan fácilmente comprable. Una guerra que se libra entre el amor-artificial y el verdadero amor.

La jovencita es un reclamo y suerte de paraíso, felicidad, plenitud vital, amor y sentimientos de postín, que esconden una realidad que no es otra, que la de la vulgaridad de sus actos y hechos; la angustia por su perfección y, la soledad por su capacidad de consumir emociones. Es por ello por lo que esta figura teórica del poder biopolítico, del capitalismo avanzado actual, necesitaría una reeducación y pedagogía completa sobre los sentimientos y las emociones, lejos del consumo y del dinero; de un capitalismo que se viene erigiendo como un paraíso en la tierra, una idea continua de éxito, realización y poder de fascinación.

El panorama social en el que habita la jovencita no es otro que el de un capitalismo decrépito ya que, “un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad” (Sennett 2006: 155).

La jovencita es una suerte de biopolítica, una figuración teórica no solo construida desde y por el cuerpo. Su construcción responde más a un ejercicio capitalista que al biopoder foucaultiano, es otro tipo de biopoder. No se ciñe estrictamente a las influencias ejercidas sobre lo que social, política y económicamente hablando significa un cuerpo, sino que además de influir directamente sobre el cuerpo modificándolo y trastocándolo, -tal y como lo hace el/la bio-drag-, lo va capitalizando, lo transforma en moneda de cambio del sistema económico, lo transmigra a unas modas y modos de ser consumo y formar consumo.

Acaso la jovencita, ¿no es la materialización por excelencia, de la mercantilización de la vida misma? En este contexto y con estas nuevas figuraciones teóricas, contemplamos como el mercado ha colonizado lo más íntimo e idiosincrásico del sujeto humano: su subjetividad, sus emociones, sus deseos y pulsiones así como todo aquello que hasta la fecha parecía imposible de ser mercantilizado y consumido.

Si bien es cierto en esta suerte de biopolítica, que personifica la jovencita, el control de los sujetos no es ejercido desde un afuera, como si lo era en la biopolítica foucaultiana del panóptico, sino que es ejercido desde el interior mismo de los sujetos: el amor. Curiosamente el amor que controla las vidas de los/as ciudadanos/as jovencitas no es un amor autónomo, que emana de sus propias impresiones, sentimientos y/o emociones. Es un amor que se ve afectado por la influencia de la publicidad y la medicina, quienes ejercen de autoridad a la hora de indicar en qué consiste biológica, genética y socialmente el amor, construir un producto y venderlo para que sea consumido. Una interiorización de la lógica capitalista en algo que parecía “auténtico”. En este sentido la biopolítica ya no solo es cuerpo modificado sino sentimientos construídos, publicitados, embalados y puestos a la venta para ser consumidos y por ello asimilados. Es por ello por lo que la jovencita no está adscrita a un cuerpo determinado, ni a un tipo de sujeto específico, se haya en todos/as aquellos/as que consumen y producen esos sentimientos carentes de “autenticidad”, sentimientos derivados de la lógica capitalista de las emociones y de los sentimientos convirtiendo al sujeto en un cuerpo-valor de cambio.

La jovencita viene a vivir lo cotidiano de la “nuda vida” (Agamben 2003), una vida vacía, sin sentido, sin compromiso con los demás, vacua de sentimientos no comerciales. Ella es una “modesta empresa de depuración” (Tiqqun 2012: 41), una depuración tanto de lo negativo como de lo positivo, un sujeto que únicamente se quedará con una de esas partes, parte adquirida de un mercado que vende esos sentimientos y emociones, lo negativo, lo positivo, la soledad, la amistad, la belleza y la fealdad, el peligro y la seguridad e incluso la muerte son productos adquiridos en el inmenso bazar capitalista que, a golpe de anuncio televisivo o cualquier otra estrategia de publicidad mediática, da forma a la jovencita, crea sus humores como si de un avatar o un autómata se tratara (Pedraza 1999), lejano a lo humano pero con forma humana. Sus movimientos, voces, sentimientos y emociones son fruto de una programación, un lenguaje de programación derivado de las dinámicas del mercado.

Ella no sufre, siempre y cuando el mercado no se lo imponga, y cuando sufre se convierte en más humana, en este sentido el sufrimiento está de más en su persona, se pretende erradicar, puesto que es lo único que no se adapta a su canon de vida alegre y juvenil. El sufrimiento no entra dentro de las estanterías del bazar, del centro comercial, de la boutique, de la tienda on-line, de la película o programa de televisión que está viendo, no entra dentro de la prensa y/o revistas que lee, ni siquiera de las novelas que hojea, no es un producto atractivo, puesto que la hace más auténtica y sobre todo porque el sufrimiento no se adapta, deshace la fantasía que supone ser un sujeto omnipotente, algo en lo que cree firmemente la jovencita.

La jovencita viene a ser un sujeto más masa y más heterogéneo, que las demás figuraciones teóricas del sujeto biopolítico actual; es puro consumo de superficialidades, hijas de unos sentimientos mercantilizados y creados para un mayor consumo de una felicidad eterna. Ella es “animador y vigilante del entorno en la gestión dictatorial del ocio” (Tiqqun 2012: 113).

Esta jovencita puede que esté contemplando, el ocaso del inicio de una segunda era biopolítica de la jovencita, guiada por otra etapa del consumo de emociones enlatadas, tendencias creadas por la lógica del mercado y que hace que siga siendo un cuerpo-valor del consumo. Ella “mortifica su cuerpo para vengarse del Biopoder, de las violencias simbólicas a las que el espectáculo lo somete” (Tiqqun 2012: 147). Ese sufrimiento (un sentimiento que antes hemos podido observar que ella evita), hace que siga en esa espiral biopolítica de adaptación corporal a unos cánones impuestos, desde las tendencias “emocionales artificio” de una cultura dada, dentro de un sistema consumo-mercado específico.

El deseo y su proyección como elemento de consumo-producción constituye la biopolítica de la jovencita. Este, el deseo, es a su vez el arma que atenta contra ella, siendo posible su destrucción y producción del mismo foco o fuente, siempre diferenciada por el consumo y la mercantilización del cuerpo-valor.

“Al convertirse en caballo de Troya de una dominación planetaria, el deseo se ha despojado de todo lo doméstico, hermético y privado que lo flanqueaba. El preludio a la redefinición totalitaria de lo deseable fue, en efecto, su autonomización de todo objeto real, de todo contenido particular. Al aprender a dirigirse hacia las esencias, se ha convertido sin saberlo en un deseo absoluto, en un deseo absoluto que nada terrestre puede saciar. Esta insaciabilidad, es el resorte central tanto del consumo como de su subversión” (Tiqqun 2012: 147).

 

Conclusiones

Los paisajes de lo humano y lo social en la era del capitalismo avanzado, definido como capitalismo gore, capitalismo salvaje y/o capitalismo de la vida íntima, han dado lugar a una nueva forma de biopolítica que invade y actúa de forma directa sobre lo corporal y sobre las emociones y sentimientos. Como resultado, se han creado una serie de figuraciones entre las que destacamos la jovencita y el/la bio-drag. Si bien es cierto, que la biopolítica ,a la que se refería Foucault, fue hija del cambio del orden del mundo (el paso a la modernidad, el paso a la sociedad de producción), el tránsito a una nueva era, dio pié a la existencia de diversos poderes que gobiernan todos los aspectos de la vida y de la población. Un poder que produce saber al ser social al ser coextensivo al cuerpo y que hace al sujeto participe de la vida, tal y como describen Francisco Ávila Fuenmayor y Claudia Ávila Montaño, aludiendo a los postulados de M. Foucault: “La consideración de la vida por parte del poder; (…) un ejercicio del poder sobre el hombre en cuanto ser viviente, una especie de estatización-de-lo-biológico o al menos una tendencia conducente a lo que podría denominarse la estatización-de-lo-biológico” (Ávila 2010). Desde este prisma, la biopolítica hace explícita referencia a procesos relativos a la mortalidad, natalidad, longevidad, un tratamiento del sujeto y de su cuerpo desde fuera, sin que estos poderes y sus tecnologías puedan modificar al sujeto viviente en su estado más puro: el cuerpo. No es hasta el desarrollo de la ciencia médica y quirúrgica posterior a la II Guerra Mundial, cuando se inicia un gran cambio al respecto; cambio tímidamente iniciado a principios del siglo XX, sobre todo con el nacimiento del término género y con los estudios de Moore y los bebés intersexuales. Tras este periodo de tiempo y la posterior puesta en marcha de las dinámicas del capitalismo avanzado, se crean nuevas dinámicas corporales desde las que capitalizar cualquier aspecto de la vida humana, -desde un riñón, hasta un óvulo pasando por las emociones de amor y odio- (Russell 2008).

En el panorama actual, el sujeto y sus figuraciones se han tornado en una suerte de corporalidad, de vida-nuda y de sujetos deseantes de consumo, jovencitas, endriagos y bio-drags que son sometidos a las posturas e imposturas del nuevo contexto biopolítico: la invasión y acción directa del poder, sus herramientas y tecnologías, sobre los cuerpos de los sujetos y sus voluntades. Son ejemplos vivos de lo importante que es para el poder establecer ejercicios de control y dominación corporal sobre los sujetos, unos ejercicios que en el/la bio-drag son más que evidentes, pero que en las jovencitas se añaden a la comercialización, manipulación e invasión del capital en la vida íntima, ya no se tienen sentimientos “reales” sino que se compran los sentimientos, la felicidad, el amor, la compañía, la tristeza, el sentir sentimental no es un terreno del sujeto en sí, sino que es terreno del mercado que lo vende y comercializa.

La jovencita, figuración por excelencia de la corporalidad y la personalidad del sujeto actual, no es más que un producto de este biopoder enmascarado por el capitalismo avanzado. Las dinámicas del mercado y del consumo afinan los cuerpos que se van a consumir, estos a su vez serán consumidores de no solo productos, prótesis, modelaciones quirúrgicas, productos farmacológicos, etc., sino que serán consumidores de estilos de vida “empaquetados” y listos para ser consumidos. Vidas vacuas, vacías de sentimientos reales, como las vidas de las jovencitas, máximo exponente de este capitalismo avanzado.

El cuerpo, ese vaso del alma, se convierte en una de las mejores armas del biopoder actual. Él, que durante siglos fue arrinconado, considerado pecaminoso, abyecto, desdeñable y como no intocable, se convierte tras la eclosión de las tecnologías actuales del cuerpo, -el farmacopoder, el capitalismo gore y la mercantilización de la vida íntima-, en un trozo de arcilla a moldear por las manos de un interés mayor: el sistema de producción-consumo, de objetos, cuerpos y sujetos.

Todas estas figuraciones son fruto de los afectos estándar, lo que se supone que los sujetos deben sentir y lo que se supone que deben ser corporalmente con el fin de poseer una adecuada vida. El cuerpo y las emociones, vienen a ser los dos objetivos de las tecnologías del biopoder del siglo XXI, poderes que harán que “la humanidad futura debe ser funcional y funcionar en todos sus aspectos, incluso si a veces opone resistencia. Cada disfunción representa una falta de eficacia que debe ser corregida. Empalmarse cuando toca o desaparecer” (Tiqqun 2012: 92). Fruto de un determinismo biológico apoyado en un capitalismo de producción-consumo voraz. El sujeto desde este prisma, ve condicionada su existencia a la de un conjunto de células, órganos, reacciones químicas y estímulos que en su conjunto conforman un elemento corpóreo-emotivo que consume y que será consumido. Ideología que determina cánones sentimentales y de belleza, al son de unas reglas del mercado: los libros de autoayuda, los fármacos del “deseo” y la contracepción, las cirugías de la belleza, las prótesis de la normalidad, etc., productos que se comercializan y que venden un estilo de vida figurativo encaminado a “zombificar” sujetos y convertirlos en jovencitas y bio-drags, felices, sin emociones reales, avatares de unas directrices marcadas por una normatividad comercial del sujeto.

Sé uno/una más del grupo de los fantásticos/as muchachos/as anuncio gracias a una ciencia médica y farmacológica capitalizada, un capitalismo gore -del disfrute de la violencia, las drogas y la delincuencia como moral- y una comercialización y mercantilización de los sentimientos y la vida íntima. Estas tecnologías de poder han sustituido al hospital, la escuela, la cárcel, etc., antiguos reductos de la biopolítica, y han derivado en tecnologías excesivamente invasivas y poderosas, globales y veloces en la transmisión del mensaje y la propaganda: las TIC y los medios de comunicación de masas actuales, son los mejores transmisores de estos ideales normativos, que encarnan las figuraciones corporales aquí descritas.

Son vidas sometidas y mercantilizadas, vidas invadidas por las dimensiones de un nuevo biopoder que sobrepasa los límites de la inmutabilidad del cuerpo y la autenticidad de los sentimientos. Unos sujetos, unas figuraciones teóricas que nacen en el seno de unas dinámicas de un contexto social arrasado por el consumo-producción-consumo de vidas, hechos, acontecimientos y sentires.

Si el sujeto hasta hace no más de dos siglos se contemplaba como un “algo” cerrado, ahora el sujeto está sometido a miles de puntos de fuga, que hacen que su morfología sea cambiante, tanto como cambian los imperativos del sistema de consumo y producción que lo enmarcan.

 


 

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Gazeta de Antropología