Gazeta de Antropología, 2004, 20, artículo 07 · http://hdl.handle.net/10481/7258 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 19 febrero 2004    |    Aceptado 29 marzo 2004    |    Publicado 2004-04
Identidad y migración. Imágenes y expectativas de algunos mazahuas en la ciudad de México
Identity and migration: the images and the expectations of some Mazahuas in Mexico city



RESUMEN
El objetivo de este documento es mostrar la relación rural-urbana como una experiencia de participación de los pobladores de una comunidad indígena del Estado de México en la vida urbana de la ciudad de México, a partir del ejercicio del comercio ambulante como alternativa de subsistencia económica y como forma de vida que expresa y objetiva imágenes y expectativas que los sujetos tienen acerca del progreso y del bienestar. La investigación referida se llevó a cabo en la comunidad de San Antonio Pueblo Nuevo del Municipio de San Felipe del Progreso, Estado de México, así como en la ciudad de México con originarios de este lugar que trabajan en el comercio ambulante, durante diversos períodos de 1993 a 1999.

ABSTRACT
This paper seeks to demonstrate the rural-urban relationship as an experience of participation of a native community of Mexico inhabitants in the Mexico City's urban life. In particular, the exercise of itinerant trade is taken into account as an alternative means of economical subsistence, as well as a way of living that expresses images and expectations that subjects keep towards progress and well-being. The above-mentioned research spans 1993 to 1999, among the community of San Antonio Pueblo Nuevo in the Municipio de San Felipe del Progreso, Mexico, and among the inhabitants of this place that moved to Mexico City in order to work in itinerant trade.

PALABRAS CLAVE
migración | indígenas | México | comercio ambulante
KEYWORDS
migration | natives | Mexico | itinerant trade


Introducción

Este documento es parte de una investigación antropológica que se realizó en una comunidad indígena, acerca de las formas de arraigo e identidad étnica. Entre las características más sobresalientes de la comunidad en cuestión podemos señalar: su cercanía con el Distrito Federal (150 km aproximadamente), pertenece al municipio con mayor población mazahua, además, de ahí se originan la mayor parte de los indígenas mazahuas que se dedican al comercio ambulante en la ciudad de México y, últimamente, de algunas zonas conurbanas del oriente y del norte del DF.

La región mazahua se localiza al noroeste de lo que ahora es el Estado de México, específicamente y de manera principal en los municipios de Atlacomulco, Temascalsingo, El Oro, San Felipe del Progreso, Jocotitlán e Ixtlahuaca. En municipios como Almoloya de Juárez, Villa Victoria, Villa de Allende, Donato Guerra y una parte de Amanalco también se hallan algunos grupos de mazahuas pero en menor número, así como un pequeño grupo en Zitácuaro, Michoacán (1).

La ubicación espacial que formalmente se hace de los mazahuas tiende a identificarles como un grupo homogéneo, a partir de un territorio con límites política y administrativamente establecidos: el estado, el municipio y el pueblo, como ya se ha señalado arriba. Este grupo étnico, ocupa una parte importante del noroeste del estado de México, no obstante, de acuerdo con las referencias etnográficas revisadas, así como con la experiencia de campo durante la realización de esta investigación, es posible confirmar que existen diferencias de organización política y religiosa entre los pueblos y regiones específicas (Cortés 1972; Gómez 1972, 1986). Por esta razón, no he de referirme a los mazahuas del Estado de México, sino específicamente a los mazahuas de San Antonio Pueblo Nuevo como forma de delimitar un ámbito físico y cultural concreto, cuyos pobladores, si bien comparten territorios, lengua y algunas formas de vida, mantienen relaciones económicas, de amistad y de parentesco con pobladores de otros pueblos e inclusive de otros municipios mazahuas, merecen una mención particular con respecto de su tierra de origen.

Pueblo Nuevo, como le llaman los lugareños, se caracterizó, desde principios de siglo, por ser un centro comercial importante y un lugar de paso y reunión de los pobladores de esa zona, de tal suerte que esto fue motivo para el establecimiento de comercios que con el tiempo se fueron consolidando en su plaza.

Pueblo Nuevo no es ya el centro comercial de tanta importancia que fuera a principios del siglo. De hecho existen a la fecha otros centros comerciales grandes como el de Santa Ana Nichi y la gran mayoría de la gente acude a sus compras directamente a San Felipe. Sin embargo, aún sigue siendo concurrido por gente de los alrededores especialmente los domingos en que hay “plaza”. Los días de fiestas importantes como el 13 de junio, el día de muertos o el 15 de agosto, son también motivo de reunión de una gran cantidad de gente en la plaza del pueblo.

Sobre el comienzo de la migración de mazahuas a la ciudad existen variadas explicaciones. Gómez por ejemplo señala que la emigración mazahua de la región de San Felipe del Progreso, tiene sus índices más altos a principios del siglo actual, entre otras cosas debido a que “el comercio ambulante era una actividad en los hombres mazahuas que no estaban ligados a una hacienda: consideramos que a través de esta actividad se iniciaron los primeros movimientos migratorios, ya que los hombres, aprovechando los tiempo muertos que les dejaban los trabajos agrícolas … recorrían a pie grandes distancias para vender mercancías características de la región” (Gómez 1986:128). No obstante, se sabe que la primera emigración masiva de habitantes de Pueblo Nuevo hacia México fue debido a un conflicto entre líderes por el control del Ejido. Este acontecimiento tuvo lugar en 1949 cuando en el pleito entre dos cabecillas, de la contienda mueren 110 personas y el gobierno tiene que enviar al ejército para contener la lucha. La mayoría de la gente del bando perdedor sale entonces hacia la ciudad de México y las mujeres (las “Marías”) comienzan a dedicarse a la venta de frutas en las calles y los hombres de cargadores en el mercado de la Merced (Yhmoff 1977). Existe una demanda de 1943, hecha por algunos pobladores del lugar, en la cual se acusa a tres personas por haber asesinado a algunos indígenas en diferentes fechas: de 1938 a 1943. Se argumentó que los crímenes de tales personas no fueron castigados debido a la situación económicamente privilegiada de los agresores (2). Este conflicto, se prolongó durante varios años después, de tal suerte que algunos de nuestros informantes han señalado que hay personas que tuvieron que vivir fuera del pueblo por mucho tiempo pues mataron a otros por problemas en la posesión de tierras.

A partir de entonces ha habido un constante ir y venir de los mazahuas de la región noroeste del Estado de México hasta formar parte del paisaje citadino. No obstante haber sido innumerables veces víctimas de la represión policial en diferentes momentos, los mazahuas se mueven constante y fluidamente de la ciudad a sus pueblos y de sus pueblos a la ciudad y a otros lugares que también se han convertido en sus residencias permanentes como algunas poblaciones al oriente y al norte del mismo Estado de México (Nezahualcoyotl, Tecamac, Ecatepec) e incluso zonas de la frontera norte del país según lo señala el trabajo de Pérez Ruiz (1991).

Hasta hace un tiempo la migración de los mazahuas era exclusivamente “estacionaria” es decir, había una relación con el ciclo agrícola, durante el cual la migración a la ciudad disminuía pues la gente regresaba a sus labores en el campo (Arizpe 1975). Con el tiempo este tipo de migración se ha diversificado, si bien no ha desaparecido del todo: parece haber una tendencia por irse a la ciudad y permanecer allá por muy largos períodos independientemente de las labores agrícolas. En muchos casos, las nuevas generaciones no muestran interés por volver, más bien han sido las personas mayores y especialmente las mujeres (muchas de ellas viudas) quienes han regresado a su lugar ya que no había nadie que cuidara de su casa, la casa de sus padres, de sus tierras y de sus santos. Estas personas a veces viven con una hija o un hijo y sus yernos o nueras, quizás los nietos más pequeños, pero siguen manteniendo la relación constante con la ciudad ya que sus otros hijos e hijas u otros parientes viven de manera permanente en México y se les visita con cierta frecuencia. Es muy posible que la mayoría de esos nietos, aun niños, pronto o en algún momento decidan irse a la ciudad a trabajar con sus conocidos. Además es pertinente hacer notar que sigue presente el arraigo que tienen algunos originarios de Pueblo Nuevo, que ya no viven ahí, por causa de las aún vigentes mayordomías que se heredan de generación en generación y les obliga a volver cada año a la fiesta, aun cuando la o el mayordomo ya no tenga casa en el pueblo. La cercanía de la zona mazahua con el Distrito Federal ha dado a este grupo una serie de características importantes de resaltar especialmente en lo que se refiere a su movilidad constante de su pueblo a la ciudad, de las formas de apropiación de los espacios urbanos, de la lucha por sus espacios para el ejercicio del comercio ambulante en la ciudad, del uso y “desuso” que hacen de su propia lengua y del español.

Originalmente su lugar de residencia en la ciudad fue en la zona centro en Tepito y el rumbo de Merced. En años más recientes, tanto sus lugares de trabajo como de habitación se han ampliado. Muchas familias de origen mazahua, sobretodo de generaciones jóvenes están ahora establecidas en Pantitlán, Iztapalapa, Ciudad Nezahualcóyotl, Ecatepec o Xochimilco. Su principal actividad comercial no se reduce ya a la venta de frutas sino que ahora comercian dulces, jugos, tacos y variados artículos, también en puestos ambulantes que se hallan en los alrededores de diferentes estaciones del metro como Pantitlán, Zócalo, Pino Suárez, Toreo.

La calle resulta el lugar primordial de trabajo de algunos migrantes mazahuas, es uno de los espacios de acción cotidiana en donde los vendedores de Pueblo Nuevo realizan un trabajo que no les ha excluido por completo de ser parte de su pueblo y de ser reconocidos como tales por la gente que vive allá. De acuerdo con Fernández-Martorell (1997), la ciudad y la calle están pensadas en este contexto como un espacio de convivencia en cuyo seno convergen los nuevos procesos socioculturales de diferentes culturas que se organizan para su vida diaria.

 

Metodología

La realización de la investigación en su conjunto se basó fundamentalmente en un trabajo etnográfico que trató de recoger las expresiones culturales y de vida tanto en el Pueblo de origen como en la ciudad y específicamente en los lugares donde los mazahuas ejercen el comercio ambulante, como actividad principal de subsistencia. Sin embargo, se utilizaron también una gran cantidad de técnicas tanto documentales como de campo. En este caso, se recurre a algunos registros etnográficos y algunos testimonios que se han considerado pertinentes para el análisis del caso.

Como resultado del avance en el trabajo etnográfico y el uso de diversas técnicas como entrevistas en profundidad, cuestionarios dirigidos, etc. se delimitaron lo que yo llamé “espacios de socialización mazahua”: familia, eventos religiosos, comercio ambulante urbano, dentro de los cuales fue posible identificar varios referentes identitarios. (ver esquema)

 

Los mazahuas y la ciudad de México

1. Una de las características más evidentes de los mazahuas es el estrecho vínculo que tienen con la Ciudad de México. No son, por supuesto, el único grupo étnico que tiene miembros en la ciudad, sin embargo, si es un grupo importante tanto en número, como por los tipos de actividad a que se han dedicado a largo de su relación con la ciudad, a saber, la venta de frutas, de dulces, de “peluches”, las actividades domésticas remuneradas y la albañilería. Particularmente, los originarios de Pueblo Nuevo, se caracterizan por tener al comercio ambulante como ocupación principal y muy esporádicamente se ocupan como empleados en casas particulares o en la construcción. De hecho, algunos que se emplean en estas actividades (empleados), sólo las ven como un momento de “transición” para su establecimiento en la ciudad de México como comerciantes. Quienes no logran afianzar su estancia por este medio, suelen regresar al pueblo y hacer visitas a la ciudad de manera esporádica.

La movilidad hacia las ciudades y la elección del comercio ambulante como medio fundamental de subsistencia resultan elementos sustanciales en el análisis de la relación campo- ciudad, no sólo como un continuo de desplazamiento físico o de cambio de formas de vida, sino como una forma de participación de los sujetos en procesos complejos de la vida actual.

En la búsqueda de respuestas a por qué los indígenas salen de sus lugares e invaden las ciudades, la respuesta obligada ha sido “porque se mueren de hambre”. Una explicación la proporciona sin duda el factor económico que ha sido altamente significativo y determinante en la salida temporal y permanente de la gente hacia otros lugares donde buscar una residencia alternativa. Otra explicación, está en la sobrecarga demográfica que provoca la pulverización de la superficie agrícola por familia o grupo doméstico, como lo señalan algunos trabajos sobre migración en esta región (Ramírez 1985, 1986) (Santos 1991) (3).

Sin embargo, las decisiones de los sujetos a veces sobrepasan el nivel de necesidades básicas y responden tambiéna una serie de imágenes y expectativas creadas por las experiencias compartidas a través de diferentes medios y flujos culturales propios de las sociedades complejas.

El caso de los mazahuas de Pueblo Nuevo resulta muy ilustrativo en este sentido ya que sobresalen algunos aspectos que permiten identificar la forma en que la gente opta y justifica su salida o permanencia en el pueblo, de manera temporal o definitiva, así como la jerarquización de acciones que le llevan al logro de una “mejor forma de vida” que generalmente no está asociada a la vida en el pueblo.

En el transcurso de la investigación identifiqué dos tipos de migrantes: a) aquellos que han hecho de la ciudad y sus zonas conurbanas su lugar permanente de residencia y continúan sus lazos con el pueblo a través de parientes o el compromiso de un cargo religioso heredado (4); b) aquellos que salen por temporadas a realizar algún trabajo o a visitar familiares, especialmente hijas o hijos que ya no viven en el pueblo.

2. En comparación con gente de otros grupos indígenas, una característica importante entre los mazahuas es su preferencia por el comercio antes que por cualquier otro tipo de actividad. Es reiterado encontrar que aun cuando muchas mujeres salen de su pueblo para ir a “trabajar en casa” – como ellas dicen -, o los hombres en alguna actividad de la construcción, la mayoría ha abandonado estas actividades para dedicarse a vender. Uno de los más importantes investigadores del grupo mazahua, Raúl Gómez Montero (1972, 1986), destaca también la actividad comercial y la migración de los mazahuas desde inicios del presente siglo, cuando se supone que la mayor parte de la población eran peones acasillados. Se considera, sin embargo, que había hombres que no se hallaban ligados a una hacienda y que tenían como actividad continua el comercio ambulante (según testimonios recogidos por Montero en los ochenta), especialmente durante el tiempo que dejaban las actividades agrícolas, lo cual a su vez propició los movimientos migratorios tan propios de este grupo. Durante el período 1930 a 1950, como una consecuencia de “la desaparición del trabajo en las minas de El Oro y Tlalpujahua y el desmantelamiento de todas las haciendas” resultó en que los entonces trabajadores del campo, regresaran al comercio ambulante en pequeña escala, con la consabida movilidad física que esto implicaba. Solían recorrer grandes distancias a pie y llevaban y traían diversas mercancías que después ofrecían en sus pueblos.

En el caso del poblado de San Antonio Pueblo Nuevo, aún se encuentran testimonios de lo importante que resultaba el lugar como centro comercial, ya que era el paso obligado de todos en esa zona, hacia Michoacán o México. Esto contribuyó al establecimiento de comerciantes fuereños en este pueblo, pues la demanda de mercancías era alta y el éxito del negocio era promisorio. Muchos de estos son los que están actualmente establecidos en el centro del pueblo con grandes tiendas.

En fin, que el espacio en donde se realiza la actividad comercial en el medio urbano no es uno que pueda identificarse como “el conjunto de comercios mazahuas”. De hecho están en variados puntos del centro y de otras zonas de comercio ambulante y mezclados con los demás comerciantes. Algunas personas entrevistadas señalan que están en el lugar que actualmente ocupan desde hace aproximadamente 20 años (desde inicios de los setenta), porque estaba cerca de donde llegaron a vivir originalmente y fueron ocupando los espacios libres-por decirlo de alguna manera- que sus mismos organizadores asignaban.

Actualmente, la lucha por conservar su espacio para el desempeño de la actividad comercial es parte de su vida diaria. Las conversaciones entre ellos, tienen como uno de sus temas centrales las amenazas constantes a su negocio, a su mercancía, la relación con la policía, con los recaudadores de cuotas fuera de su grupo. Pero además destaca la constante vigilancia y atención hacia las posibilidades de obtener otro tipo de apoyo por parte de las autoridades de la ciudad, tales como casa y atención médica gratuita.

3. Las personas de la “primera generación” que fueron entrevistadas, son personas mayores, generalmente matrimonios mazahuas que comparten la actividad a veces en el mismo puesto o en puestos diferentes pues cada familia puede tener a veces más de un negocio. Todos son originarios de Pueblo Nuevo en donde la mayoría conservan casa y tierras de cultivo, algunos familiares, principalmente padres o hermanos y en menor grado hijos. Pero hay algunos casos de mujeres viudas y que no tienen casa en su pueblo, pero si algunos familiares, así como compromisos religiosos: la mayordomía por ejemplo.

Las mujeres de esta generación aun pueden ser fácilmente identificadas como mazahuas tanto por su forma de vestir, como por su uso primordial de la lengua y el poco dominio del español, lo cual no se vuelve un obstáculo para su desempeño en el comercio. Su forma de vestir es una mezcla del traje “tradicional” (el rebozo para cargar criaturas, zapatos de plástico) y la ropa adquirida en la ciudad, pero que las distingue como procedentes del medio rural y vendedoras ambulantes.

Todas se declaran pertenecientes a la primera generación que en su familia vinieron a trabajar a la ciudad. Algunas directamente al comercio y otras como trabajadoras domésticas “en casa” como ellas mismas señalan, pero siempre llegaron a la ciudad a través de un vínculo previamente establecido (amigas o parientes). Para algunos hombres la situación no es distinta, la motivación a la migración ha sido en muchos casos la experiencia de alguien más que ya había vendiendo en las calles aunque pudiera ser peligroso.

La expectativa creada por la gente que regresaba al pueblo con la idea de que en la ciudad se ganaba “hartísimo dinero” fue fundamental en la decisión de las demás para iniciar la aventura en la ciudad.

En algunos casos, esta generación de migrantes constantemente va a su pueblo y continúan con la relación de su gente por las mayordomías o la fiesta patronal. En muchas ocasiones los hijos e hijas, especialmente los adolescentes o algunos mayores, ya casados en la ciudad, no visitan el pueblo o lo hacen ocasionalmente. Su apariencia física incluso los acerca más a las formas de vida urbana: se pintan mechones de pelo amarillo o de color, usan aretes, pelo largo, ropa de mezclilla con estoperoles y zapatos toscos o tenis, a pesar de lo cual, la relación intrafamiliar puede ser estrecha al compartir no sólo espacios sino actividades. A veces, el grupo doméstico tiende a crecer de la misma manera que sucedía y sucede con la gente que aun vive en pueblo, es decir, los hijos que se casan comparten con los padres la vivienda y comida, llevan a vivir consigo a la esposa y los hijos de ellos crecen tanto al cuidado de su madre como de la abuela. En el caso de las hijas, estas suelen irse a una casa diferente con su esposo. Muchos de los matrimonios que se realizan actualmente en la ciudad, no son siempre entre gente del mismo origen étnico, de hecho son los menos para, más bien se realizan con gente que se conoce en la ciudad y que están relacionados con su actividad comercial, y es aquí donde la diferencia generacional es más notoria, no únicamente porque los jóvenes se visten distinto, sino porque niegan abiertamente ser de Pueblo Nuevo y por supuesto ser mazahuas.

Si la situación económica no es tan afortunada como producto del trabajo en la ciudad, la relación familiar no necesariamente se da de esta manera. Los padres y los hijos mayores tienden a separarse cuando estos últimos se casan y trabajan de manera independiente. Los lazos de relación se limitan a lo afectivo: allá están mis hijos, viven en x o y lugar, a veces la madre los visita, pero no existe la relación de ayuda mutua o apoyo económico como condición de convivencia, por ejemplo.

A pesar de esto, no es posible afirmar que haya un “patrón” de comportamiento respecto de las relaciones familiares, en tanto que las posibilidades en la ciudad se han ido diversificando con el tiempo. Una diversificación que se manifiesta en las opciones para establecer la vivienda, para encontrar una pareja no mazahua con quien casarse o para decidir que artículos vender.

No hay un solo mazahua de Pueblo Nuevo que trabaje en el comercio ambulante, que no esté identificado por los demás en la ciudad de México o en las colonias suburbanas donde a veces habitan. No todos se reúnen en los mismos lugares ni venden en el centro histórico y la merced: hay algunos que venden por ejemplo en las inmediaciones del toreo o en la estación del metro Pantitlán. El jardín de la iglesia de San Fernando, cerca de la Alameda Central, sigue siendo un lugar de reunión donde un día a la semana se juntan hombres y mujeres (por separado) mazahuas para acordar actividades de organización del comercio y ocasionalmente, actividades del pueblo: las relacionadas con las fiestas.

4. Sobre este grupo indígena, autores como Paradise (1986:140) afirman que el fuerte sentimiento de pertenencia e identidad étnica es lo que le ha permitido su resistencia ante las formas de vida urbana que rodean y amenazan la integridad cultural mazahua, yo me inclino por pensar que esta resistencia tiene que ver mucho más con el proceso de exclusión y marginación a que se ven sujetos los indígenas fuera de su lugar de origen y que permite el surgimiento del sentimiento de pertenencia y de identidad que, en consecuencia, les obliga a demandar la conservación de los espacios (tanto físicos: la esquina o la acera, como sociales: grupo marginalorganizado) que les han permitido una continuidad de su forma de vida rural en la ciudad a la vez que mantener una estrecha relación con su lugar de origen en condiciones de cierto privilegio entre los suyos. En parte, esto se muestra a partir del discurso de la pobreza que estas personas manifiestan en la ciudad en contraste con el discurso de la abundancia y bienestar económico que manifiestan en el pueblo.

En este sentido, la identidad y pertenencia a un grupo y en este caso también a un pueblo adquiere sentido justamente a partir de las condiciones de exilio voluntario en se encuentran, como una estrategia que, de acuerdo con Dubet (1989: 526), “le permite transformarse en un recurso para la acción”, que va más allá de “la internalización de reglas y normas” y apunta a ciertos fines, que en condiciones diferentes no se haría necesaria.

Las condiciones de desventaja en que les coloca el ser indígena, dedicarse a una actividad extra legal, actualmente foco de atención, discordia e incluso pretexto de contiendas políticas, obliga a su cohesión, a su relación tan estrecha como una necesidad defensiva ante la ciudad que les estigmatiza por partida doble: como comerciantes ambulantes y por ser indígenas. Entonces, puede bien señalarse que en la ciudad, su espacio étnico se presenta más cerrado, se acerca más a un espacio privado que se defiende ante la desventaja de la doble marginación que enfrentan: la realización de una actividad “extralegal” y la condición indígena.

Si bien la actividad principal de estas personas es, económicamente por supuesto, el comercio ambulante, resulta pertinente subrayar que también la lucha por esos espacios es actividad cotidiana y me atrevo a señalar que, de alguna manera, se ha convertido en su forma de vida, en su sentido de estar en la ciudad.

 

Imágenes significativas de la vida urbana

Para los mazahuas, las experiencias significativas de la identidad étnica o su reconocimiento y auto-reconocimiento de ser mazahua, más allá del uso del idioma o de la referencia territorial, también tienen que ver con la desventaja social que su condición indígena les obliga a asumir cuando se ven en la necesidad de afrontar las desigualdades fuera de su lugar, especialmente en el ámbito urbano. La experiencia etnográfica demuestra que, pese al origen étnico y territorial común de los mazahuas a que se hace referencia en este documento, las diferencias socio-económicas que se perciben en el pueblo, también se evidencian entre los migrantes en la ciudad de México. Existe, de hecho, una correspondencia entre la posición social que se tiene desde el pueblo con las forma más o menos exitosas de trabajo en ciudad, desde el punto de vista económico. No todos los mazahuas que ejercen el comercio ambulante son extremadamente pobres ni extremadamente ricos. Yo identifiqué familias que se han convertido en poseedoras de varios puestos con diferentes giros comerciales: comida, jugos e incluso misceláneos; así como gente que se ha vuelto proveedora de materias primas para los puestos de sus colegas en las calles. Familias que, dedicadas al comercio ambulante en la ciudad, se han comprado terrenos y construidos sus viviendas en diversos suburbios del Distrito Federal como Iztapalapa o municipios ubicados en el norte y oriente, como Tecamac, Ecatepec, Nezahualcoyotl. Igualmente identifiqué gente que cuenta con puestos muy pequeños de dulces o refrescos en donde el capital no rebasa por lo general los 400 ó 500 pesos.

En el marco de estas diferencias, resulta significativo que los mazahuas se definen a sí mismos como pobres a partir de una serie de referentes que tienen que ver más con su condición y origen rural e indígena, que con su verdadero poder adquisitivo en términos económicos. No obstante, como parte de una cultura indígena cuyo referente inmediato es el idioma, también forman parte de una cultura nacional que tiene lugar en una país occidentalizado, con alta dosis de modernización tecnológica y con miras a la modernidad, pero que a la vez se caracteriza por una serie de formas de organización social y económica que responden poco a la racionalidad occidental: ejercicio patrimonial del poder, el compadrazgo, las redes sociales de acción que se tejen alrededor de afectos y compromisos.

La definición de sí mismos como pobres, más allá de lo económico, es recurrente entre no sólo entre los migrantes, sino entre la gente que vive en el pueblo, pese a las diferencias económicas que son más o menos evidentes, ya sea por la construcción de sus casas o por la adquisición de bienes e, incluso, por pertenecer a familias que por muchos años han ocupado un lugar privilegiado en la organización social de su lugar al pertenecer a familias que han ejercido diferentes tipos de poder político o religioso. En este punto, he coincidido con la definición de Dubet (1989) y por tanto he tomado su idea acerca de la identidad como estrategia en tanto que, si bien podría verse como un caso extremo de utilitarismo de la identidad, que sólo tiene sentido cuando existen luchas políticas, ciertamente refleja la forma en que, en este caso, se acude tanto a la adscripción indígena como a la adscripción de clase “pobre” como recurso que puede otorgar beneficios y concesiones económicas, como lo expuesto en el caso de los comerciantes ambulantes.

Existen puntos de convergencia respecto de las referencias de pertenencia e identidad mazahua: el idioma es uno de ellos. Tanto para los que no han salido del pueblo como para los que viven y trabajan en la ciudad, ser mazahua se define invariablemente por el hecho de hablar mazahua. Señalar a quien se ha alejado del pueblo, pero sobre todo al que no habla el idioma o niega entenderlo, como que “ya no es mazahua”, lleva también implícito el sentimiento de una ausencia de experiencias comunes que aparta a la gente y anula la posibilidad de hablar el mismo idioma, de manera real y metafórica. El hecho de que los hijos o los yernos o las nueras ya no puedan entenderse del todo con los padres, significa que más adelante aquellos serán vistos como no mazahuas por sus paisanos, pero que también ellos ya no se reconocerán como tales por no hablar el idioma. Por lo tanto, la definición y auto-definición de lo indígena mazahua, tiene como referente fundamental el conocimiento y uso corriente del idioma mazahua. Se es mazahua si se habla el idioma, de lo contrario “ya no son mazahuas”, alusión reiterada acerca de aquellos que no hablan el idioma y no lo entienden a pesar de haber nacido de padres mazahuas.

No obstante, a pesar de la situación de desventaja económica y laboral que viven en la ciudad de México, los mazahuas de Pueblo Nuevo, participan también de los significados de la vida urbana y de los llamados beneficios que el mundo desarrolladoles presenta y ofrece por medio de las imágenes de la televisión, los videos, la escuela y las experiencias de la migración. Evidentemente la participación de estos significados es una participación diferenciada en la medida que el acceso real a sus formas objetivadas no es el mismo que para otros sectores de la población, como tampoco es igual para la gente del pueblo que no ha tenido contacto directo con el exterior o para aquellos que, en distintos momentos y durante periodos de variable duración, han estado viviendo lejos de su lugar de origen. Podría decirse que en el caso de aquéllos que no salen del pueblo, los beneficios del desarrollo se viven con menos impacto y de manera menos directa, sin estar al margen de ellos, por lo menos a nivel de expectativas o imágenes, como algo realmente existente y posible, aunque a veces lejano. Para aquellos cuya experiencia directa con la alteridad étnica y urbana les ha impactado más directamente, su participación de los significados y formas objetivadas de la modernidad es cercana, hay, por decirlo así, una serie de necesidades creadas por la urbe que dirige sus acciones de consumo hacia la adquisición de bienes idealmente necesarios (en términos de Godelier) para su vida en la ciudad y su reconocimiento en el pueblo (como cuando cumplen con sus compromisos religiosos en la celebración de una fiesta comunal). Estas experiencias variadas sin embargo, no anulan la posibilidad de pensar en qué medida y en cuáles situaciones específicas se presentan los referentes de identidad étnica y se identifican las formas de cohesión que permiten a esta gente reconocerse y ser reconocida como indígenas mazahuas. Hay una relación más o menos directa entre el nivel de reconocimiento a la pertenencia mazahua como grupo étnico y el contacto con la alteridad étnica y urbana. Es decir, a mayor permanencia en el lugar de origen, menor reflexión de pertenencia étnica. Y, por el contrario, en tanto mayores han sido los contactos con el exterior, hay un mayor reconocimiento de la pertenencia étnica. Un reconocimiento que se va haciendo necesario para enfrentar las formas de vida que se generan en la ciudad y por la forzosa convivencia con la pluralidad urbana.

La apropiación de los “beneficios” del progreso vía la adquisición de bienes de consumo, son las manifestaciones a través de las cuales uno puede percatarse de cómo la gente, desde sus recursos no sólo económicos, sino especialmente culturales, habituales y biográficos, se apropia de aquello que le sirve, le interesa, le gusta y está a su alcance para incorporarlo a su vida. Tal sería el caso de los autos o camionetas que adquieren para transportar la mercancía que venden, la televisión, las máquinas de video juegos, las cámaras de video o simplemente la forma de vestir, la comida y las formas de consumo en general.

En la ciudad, la convivencia es forzosa en las calles en tanto que ésta es el lugar de trabajo diario. Los paisanos, los compadres, los padres, madres e hijos se pueden buscar en la casa, pero es mucho más común y más fácil si se encuentran en sus puestos de venta o en un jardín público. Los hijos y los nietos han crecido en el espacio destinado al puesto ambulante, asisten a la escuela más cercana al lugar de trabajo. Después de todo, la ciudad representa una posibilidad de diversidad cultural y anonimato que les permite recrear su muy particular adscripción y formas de vivirla, ya sea porque comparten vivienda o porque se reúnen en un jardín público.

El ejercicio del comercio informal tanto como la migración, han sido, por tanto, para estas personas formas alternas de vida, formas que les han permitido, por lo menos hasta las generaciones actuales, vivir en el pueblo y fuera de él como parte de su comunidad y de su adscripción indígena.

Para las generaciones que han nacido y vivido siempre en la ciudad de México o en cualquier otro lugar fuera del pueblo, el significado que el pueblo, las fiestas o el idioma han tenido para sus padres o abuelos, se percibe muy distante. Ellos mismos no se consideran ya del pueblo ni se asumen como mazahuas. La gente que aun vive en la comunidad los considera maleados y extraños. Se identifican más como urbanos y pertenecientes al gremio de los comerciantes ambulantes del centro de la Ciudad de México cuyas expectativas presentes y futuras están puestas en la lucha por los espacios para vender y continuar con la forma de vida netamente urbana que les pertenece. Este significado, especialmente para los migrantes de la primera generación, se evidencia porque siempre se vuelve al lugar, se respetan las fiestas y los oratorios familiares, se continua hablando en mazahua entre ellos aunque no lo hayan enseñado a sus hijos. Es decir, se conservan los vínculos con el lugar y con el origen.

 

A manera de conclusión

De acuerdo con lo señalado, desde fuera, ser mazahua se evidencia como una abstracción teórica de clasificación étnica que permite la ubicación de la otredad con una carga negativa e incluso estigmatizante. Pero, ser mazahua también adquiere un sentido de reivindicación cuasi artificial para aquellos que pueden, con los hechos, demostrar que han puesto distancia física y simbólica con los verdaderos “indios”, ya sea por su aspecto físico (especialmente al usar ropa urbana) o por su poder económico (demostrar que le “va bien” trabajando en México, corriendo con los gastos de una celebración ostentosa, colaborando para la construcción de una casa al estilo urbano o aportando para la conservación de la iglesia).

Creo firmemente que el proyecto modernizador trasciende todos los ámbitos de la vida humana y hace a cada individuo y a cada sector partícipe de ella, en razón de lo cual adquiere sentido enmarcar las expresiones culturales de un grupo indígena sin que necesariamente se opongan al contexto nacional a partir de la resistencia cultural -en este caso mazahua- como una expresión obligada.

Bajo el principio de dejar de ser atrasados, ha habido un constante desplazamiento de prácticas culturales. Si lo “tradicional” se asocia con el atraso, se busca el consumo de productos modernos que representen lo urbano, lo moderno y que por supuesto den cierto prestigio. Sin embargo, yo me planteo aquí la validez de pensar en el sentido o idea de progreso en su acepción occidental, es decir, como aquel avance escalonado de la humanidad, producto del dominio de los seres humanos sobre su mundo material y de su realidad palpable a través del conocimiento positivo y su expresión racionales, especialmente entre miembros de sociedades como la nuestra en donde, por todos es sabido, no se han seguido los mismos derroteros históricos que las sociedades industriales, en sociedades cuyo enorme mestizaje se objetiva en la mente y sentimientos de su gente, en las formas de organización y funcionamiento político y aun económico. En sociedades que como señalara Laplantine (1996:95), tienen esa “capacidad de estar a la vez planamente en el occidente y fuera de él, de ser intelectual y sensual, cristiano y pagano, razonable y sentimental, crítico y lírico, de poder vivir las evoluciones más rápidas del mundo, pero también las permanencias coloniales …”

En el caso de los mazahuas, como grupo indígena especialmente marginado, las posibilidades que representan el progreso y el desarrollo, se dan dentro de los límites que su misma condición les marca: como comerciantes ambulantes en diversos grados exitosos o como representantes políticos locales en busca del beneficio de sugente. Debe reconocerse que el acceso a los beneficios del progreso en sentido económico y a los significados culturales de las sociedades siempre son diferenciados, tanto para ellos como grupo en relación con otros sectores de la sociedad, como hacia el interior de su grupo, es decir, entre los mismos pobladores mazahuas de Pueblo Nuevo. Pero también es importante darle a esta idea de lo que significan el progreso, el trabajo, lo urbano, la dimensión que adquiere en las expectativas de quien las persiga.

Los mazahuas, como muchas personas que pertenecen a alguna etnia o cuya filiación a las clases subalternas o dominadas les define por su desventaja social y económica, participan activamente de la modernización de este país y de sí mismos a través de sus demandas inmediatas de servicios cuando es el caso, de sus elecciones de consumo alimentario, de las mercancías que van incorporando a sus puestos ambulantes y que han desplazado a la venta de fruta: refrescos de lata, muñecos de peluche, lencería importada, con su forma de vestir, con el desuso de su idioma, con el uso de televisiones, videos, “maquinitas” de juegos, en fin, con su expectativas de progreso económico, con la incorporación de formas novedosas de organización social y participación política y hasta con la posibilidad de nuevas formas de interacción entre géneros.

En el caso de culturas indígenas, caracterizadas comúnmente como tradicionales en el sentido desarrollista del término, la paradoja de pertenecer al mismo tiempo a una sociedad occidentalizada, no sólo en su proyecto de desarrollo económico sino fundamentalmente occidentalizada en sus formas de pensamiento y proyectos vitales (5) es sólo aparente. Y no es aparente porque no exista, de hecho, la contradicción que resulta de lo que Laplantine (op. Cit.) llama “traumatismo de la aculturación”, se convierte también en una forma de vivir multiplicidad de momentos y situaciones como cada uno de ellos lo exige. Aun dentro de su invariable condición marginal como parte de una sociedad indígena o como migrantes rurales en las grandes ciudades, los mazahuas se saben y se reconocen pertenecientes a una comunidad más amplia de ser mexicano o de ser de su pueblo, adscripción que a veces resulta más importante que el ser indígenas mazahuas. En este sentido es pertinente también apuntar que las comunidades indígenas, en este país, no pueden ser más que parte de una sociedad compleja, si bien como una de las partes más desfavorecidas de esta sociedad, pero que participa activamente de su movimiento.

 



Notas

1. Los datos físicos, geográficos y de población se obtuvieron de las monografías de Atlacomulco, de la de San Felipe del Progreso y de los censos de población levantados en 1990 y publicados por INEGI en 1991. Para una bibliografía más amplia sobre los mazahuas, ver Chávez (2001).

2. Expediente 2152, Registro Agrario Nacional.

3. En el primero de estos trabajos, Ramírez identifica a niños mazahuas que llegaron a la ciudad de México a trabajar porque sufrían maltrato familiar o por pobreza. Actualmente, algunos niños del Pueblo que han salido solos a trabajar en la ciudad, tienen como razón principal el maltrato familiar o el abandono, ya que hay casos en que el padre y la madre se han ido del pueblo, no sólo a trabajar, sino a vivir o visitar por períodos muy largos a los hijos o hijas que viven en México. En casos como estos, las mujeres suelen llevar consigo a los hijos muy pequeños, de pecho o que están en una edad en que dependen de la madre de manera absoluta para su alimentación: hasta los 8 o 9 años, tal vez. Cuando los niños (generalmente varones) sobrepasan esta edad, pueden quedarse en la casa del pueblo, a veces al cuidado de una hermana mayor o cuñada que supuestamente se encargará de ellos. Sin embargo, esto es relativo y los niños suelen desligarse de la casa, en el mismo pueblo, permaneciendo todo el día en la plaza sin actividad escolar o laboral y ocasionalmente deciden irse a trabajar fuera.
Santos, por su parte, propone que hay dos tipos de factores que van a influir en las movilizaciones migratorias de la gente de las zonas rurales hacia las ciudades. Estos factores son tanto objetivos como subjetivos, donde los objetivos tiene un carácter fundamentalmente económico ya que la ciudad ofrece -al menos idealmente-posibilidades de mejorar las forma y calidad de vida. No obstante, me parece justo subrayar que la mención que hace este autor de los factores subjetivos, es particularmente interesante, en tanto que se ocupa de las percepciones que la gente tiene respecto de estas mejoras económicas que la vida urbana representa.

4. En Pueblo Nuevo, los cargos religiosos o mayordomías son hereditarios y sólo por circunstancias extremas, como el cambio de religión, es posible eludir el compromiso. Ver: Chávez Arellano, op. cit.

5. Aquí resulta fundamental aclarar que el concepto de occidentalización no es un sinónimo de modernización. Por supuesto, no es mi intención proponerlo como tal, pero debe subrayarse que el proyecto de modernidad (Europa occidental del siglo XVI) y modernización (como una manifestación de la primera) surge y se consolida en las sociedades capitalistas del mundo occidental, por esta razón “… se ha confundido, efectivamente, con el fenómeno de la occidentalización, entendida como la simple expansión de los valores y modelos culturales occidentales y, por tanto, ‘modernos’ por definición, en oposición a los valores y modelos autóctonos tradicionales, no modernos o incluso ‘antimodernos’.” (Savarino 1997:20). En este sentido decir que una sociedad está “occidentalizada” es una alusión a las aspiraciones que los países -como México- se forjan para reconocerse como parte del gran proceso histórico hacia la modernidad y la modernización.

 



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Gazeta de Antropología