Gazeta de Antropología, 2001, 17, artículo 07 · http://hdl.handle.net/10481/7468 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 15 febrero 2001    |    Aceptado 10 marzo 2001    |    Publicado 2001-03
Tatira y Sap'achuri, dioses de la mitología chipaya
Tatira and Sap'achuri, the gods of the Chipaya mythology



RESUMEN
Tatira es el nombre con el que se conoce al dios de la venganza. Raptó a Elisión para persuadirla de que se desposara con él. Sap'achuri, la deidad protectora, la rescató y esto provocó una pelea a muerte entre ambos dioses. Tatira, considerándose ganador sobre su enemigo, se recogió. No imaginó nunca que la degollada cabeza de Sap'achuri se convirtiera en un halcón, cuyo pico extrajo los dos ojos de Tatira. Así le tocó morir a Tatira. La descripción del mito nos manifiesta la relación directa del hombre y la deidad protectora, a cuya generosidad se atribuye la bendicion de la salud otorgada a la comunidad.

ABSTRACT
In Chipaya mythology the god of vengeance is known by the name Tatira. He abducted Elision to persuade her to marry him, but Sap'achuri, the protective deity, rescued her, causing a fight to the death between the two gods. After the battle Tatira got up, thinking he had won over his enemy. He never imagined that the beheaded head of Sap'achuri would become a hawk, plucking out his eyes and killing him. This myth manifests the direct relationship between humanity and its protective deities, whose generosity grants the blessing of health to the community.

PALABRAS CLAVE
mitología chipaya | amerindios | dioses protectores | Bolivia
KEYWORDS
Chipaya mythology | Amerindians | protective divinities | Bolivia


Introducción

La etnia chipaya, comunidad de la provincia de Atahualpa, departamento de Oruro, Bolivia, tiene una población de 1.550 habitantes. El grupo étnico chipaya se desarrolla dividido en dos comunidades: chipaya y ayparavi. Cada una de estas comunidades a su vez está dividida en dos ayllus. En el caso chipaya, éstos se denominan tuanta y tajata. Es una extensión de 430 km2, en la confluencia del rio Lauka, Laka Jahuira, Chollqan, Khota, Sabaya a 3.940 m. de altitud sobre el nivel del mar, a 188 km que separan de Oruro. El clima frío, en la época de invierno, se registran temperaturas de 30 C bajo cero. Limita al norte con la provincia Litoral, al este con la provincia Carangas, al sur con el pueblo de Coipasa, al oeste con el pueblo de Sabaya. En su primitivo asentamiento los chipayas ocuparón toda la parte norte del antiguo lago de Coipasa y gran parte del cauce y desembocadura del rió Laka Jahuira. La humedad del río Lauka permite el incentivo de la actividad agrícola. Dedicados a la pesca y a la agricultura. En esto último, son eximios productores de la quinua, la cañahua, la ajata. Su lengua propia es el chipaya. Esta lengua es de ascendencia uru. Los chipayas son ciertamente una realidad étnica de origen uru, que dio origen a su vez a familias como la etnia Moratos, Tahoa, Yura, Capillu. Sin embargo afirman ser descendientes de la cultura chullpa, principio del que arrancan para explicar su legendario origen.

La palabra chipaya proviene de la chipata (diminutivo de chipada, que es una especie de paja torcida, destinada a la construcción de la casa). Según los estudios arqueológicos que se han realizado, la antigüedad de esta cultura chipaya se remonta a por lo menos 2.500 años atrás de la era cristiana, fecha en que arrancó el desplazamiento de grupos urus de la costa del Pacífico. Básicamente uno es el mito recopilado en el grupo étnico chipaya, aunque se conocen varios mitos. De hecho los mitos deambulan a través del tiempo. El lugareño lo crea y muchas veces lo transforma. De una forma u otra lo mantienen de generación en generación. De esta forma justifican su cultura, su ritual, aunque en la actualidad los mitos y leyendas de la etnia chipaya sufren continuos cambios. El lugareño, invadido por nuevas corrientes culturales, lo amolda a su nueva condición de vida. De alguna manera esto también se refleja en sus casas de tipo colonial.

En las primeras horas de la tarde, el cielo de chipaya, comenzó a cubrirse de nubes densas, pero el viento de giros torpes ponía resistencia a las primeras gotas de la lluvia. Pronto los pescadores apretaron la marcha, con el objeto de buscar protección del impasible viento. Al final los indígenas echaron a correr con rumbo hacia su comunidad. Una vez en el interior de sus k’juyas (viviendas chipayas sobre una base circular y acilindrada, está construida de las propias raíces de adobe, cortado del suelo en trozos y puesto el uno al lado del otro, sin ningún otro elemento que este adobe de raíz, llamado tepes). Bajo el pródigo calor de un brasero de barro, velan el sueño agitado y febril de sus enfermos que yacen sobre el piso, cubierto de apichusi (especie de edredón de trapos usados), en una superficie irregular de trozos de madera de k’koka(cactus). Allí el enfermo no cesa de lanzar ayes de agudo dolor. Para la aflicción de muchos moradores, el viento había traído a la comunidad un cúmulo de plagas, de enfermedades desconocidas y pronto este cúmulo de plagas se impuso ante toda señal de alivio. De este modo los chipayas eran presa de la más profunda desesperación, atados de impotencia. Los próximos días, el número de enfermos se acentuó. Tampoco los animales se libraban de esta plaga; peces, ovejas, llamas, eran fácil presa. La plaga misma perduró mucho más de lo que se temía.

Entre la masa de yatiris(aymara, persona que practica un tipo de medicina en base a elementos naturales y practica magia) no surgió cura alguna, para contrarestar el origen de las enfermedades. Muy pronto la plaga cobró su primera víctima mortal. Esto ocasionó un tremendo alboroto en sus moradores. El morazón de los chipayas entonces se cubrió de luto, dando lugar al llanto y al dolor, por la pérdida de un ser querido. Muchos chipayas se preguntaron hasta cuándo duraría la plaga. Obviamente la plaga mortal era algo que nunca se había visto y padecido, por lo que tuvieron que recurrir al río Lauka, para realizar el viejó ritual de la lojtaña (consiste en elaborar una mezcla con harina y expandirla en cuatro direcciones con relación al espacio cósmico). Se lojtaña al río Lauka por constituirse éste en su primer dios y por considerarse en el verdadero origen de las corrientes y los depositos acuáticos. Sin embargo, también se realizó el ritual de la lojtaña al río Warrasa, Laka Jahuira y otras fuentes, como la laguna Coipasa. El ritual lo llevaba a cabo el yatiri, usando la clásica peluca ritual y pluma de parina(pariguana) en el sombrero. Cooperado por el awatuir auki, awatir tayca(pastor de la comunidad). Después del ritual de la lojtaña, la comunidad esperó el alivio de sus dioses, como quien espera la última esperanza. Acababa de ponerse el sol, cuando la mayoría de los chipayas despertaron con un sabor amargo en la boca. Ese día no hubo respuesta de parte de sus dioses, ni los proximos días. Aun así, en sus ojos se iluminaba el resplandor de la esperanza, en medio de la aflicción. Entonces, un terrible presentimiento asaltó el corazón del yatiri, cuando dijo: “El dios Lauka, el dios Samiri y el Tata Sajama Mallku están enojados con sus hijos, por esa causa sus hijos están sufriendo; lejos está la medicina a nuestros males”.

Las palabras del yatirillenaron de profunda inquietud el ánimo de sus moradores, al punto de realizar el ritual de la wylancha lojtaña (consiste en el sacrificio de sangre de tres ejemplares de los ganados que sostienen la comunidad de chipaya: una llama, una oveja y un cerdo). Este sacrificio de sangre y ceremomia ritual es una invitación a sus dioses, dedicada en honor del dios Samiri (piedra de forma irregular, que se conserva en agujeros especiales u oculta en la naturaleza de paja; del espíritu de este dios depende la salud, la prosperidad de la comunidad). Grande multitud de hombres, mujeres y niños, provenientes de ambas comunidades, chipaya y aypari, acudieron al ritual de la wylancha lojtaña. Esta ceremonia ritual estaba completada por imploraciones repetidas, pidiendo fervorosamente a sus dioses alivio a su dolor, porque juzgaba que, de persistir la plaga mortal en la comunidad, no tardaría en ofrecer una especie de extinción humana de la etnia.

A medida que transcurrían los días, en toda la comunidad de chipaya, la falta de vital remedio se hizo urgente. Sin distinción de sexo, ni edad. Entonces comenzó el verdadero sufrimiento para sus moradores, porque los primeros efectos que ocasionó la plaga fueron la muerte lenta de los niños y los aukis(persona de avanzada edad) que, dotados de un cuerpo febril, pronto cayeron abatidos ante el azóte de la enfermedad. En aquel momento todos los moradores de la comunidad estaban al borde de la locura. Aunque en vano acudían al patio mallku (espíritu protector de la familia, se halla representado en cada casa por aves, vicuñas, rapaces disecados). Allí el morador ora e implora en profunda concentración religiosa: “Pachamama huahuamaba (Oh Tierra, yo seré tu hijo, o tómame o tenme por hijo).

En aquel momento en que todos los habitantes se resignaban a morir en manos de la enfermedad, una negruzca sombra volátil surcó el cielo, hiriendo los tímpanos. Por un par de minutos la gente confundió aquella sombra volátil con el vuelo de un águila. Poco después la sombra volátil cobró cuerpo y forma, cuando se posó encima del techo de la k’juya. Era un ave rapaz, con busto de hombre y cuerpo de cóndor, poseía el lomo negruzco, el pico levemente curvado, el vientre grisáceo, con tenues manchas, de grandes plumas, las alas negras, la cola cenicienta en forma de abanico, su talla como de medio metro de altura. Su aspecto no podía confundirse con ninguna otra ave rapaz. Era única en su clase. Al ver aquella ave rapaz, el corazón de la gente dio un violento latido, empezarón a sudar de miedo. En sus rostros se veía pintado el pánico. Sus ojos mismos no acababan de dar crédito a lo que veían. Su pecho oprimido apenas podía respirar, a causa del estupor. Nadie tuvo el valor de aproximarse hacia aquella ave rapaz. El asombro de la muchedumbre subió al último grado, cuando esta ave rapaz procedio hablar: “Soy Tatira, el dios de la medicina, padre del río Lauka”. Aquella voz soberbia sacó a mucha gente de su estado inmóvil: “La comunidad de chipaya y ayparavi quedará desde hoy sujeta a una sola autoridad, que vendra únicamente al través mío”.

Casi todos los habitantes de la comunidad de chipaya escucharón con atención las palabras de Tatira, porque la fe se había apoderado por completo de este dios, sin dar tiempo a la más leve reflexión. De manera que se postraron de rodillas, en señal de reverencia. A un mismo tiempo su boca no cesaba de lanzar frases de lisonja: “Oh gran dios Tatira, eres grande en poder y gloria, vive mil años gran Tatira”. Sus rostros revelabán el sentimiento de humildad, pero no por ello dejaban de manifiestar su más grande desesperación, pidiendo a voces remedio a sus males, porque la urgente necesidad se hizo más grande, cuando la multitud vio en Tatira un medio de aliviar su enfermedad: “Oh dios Tatira, permite regalarnos la bendición de tu medicina, sobre tu pueblo enfermo, ten piedad de nosotros, líbramos de estas plagas”, dijo el awatir auki. En medio de su altivez, Tatira sintióse dueño y señor de cada una de estas vidas humanas: “Yo, dios Tatira, deseo desposarme con la tortakha (denominación que se le da a una joven mujer chipaya) más hermosa que habita en la comunidad, solo entonces derramare la medicina sobre los enfermos”, dijo. “Se hará tu voluntad, gran dios Tatira, mañana cuando se oculte el sol te traeremos a la tortakha más hermosa”, dijó awatir auki. A este punto, Tatira se sintió halagado y satisfecha por completo su vanidad: “Entonces se hará como tú digas, gran dios Tatira”. Apenas dijo esto, emprendió el vuelo y la gente lo siguió con la vista, hasta perderlo de vista.

A los pocos minutos, el awatir aukihizó correr la noticia de que el dios de la medicina había ordenado buscar la tortakha más hermosa que habita en las dos comunidades, para que ésta sea la esposa del dios de la medicina. La orden que había dado Tatira era muy sagrada. A la cabeza de hacerla cumplir públicamente estaba el awatir auki, el awatir tayca y el yapukamayo (jefe encargado del cuido de las sementeras) y también todos los habitantes de la comunidad de chipaya, sin excepción alguna. Si esta orden sagrada no se cumpliera, la comunidad entera no tendría la medicina por el resto de los años. De manera que el awatir auki y su séquito se esmeraron en hacerla cumplir fielmente. De pronto acudió una idea a la mente del awatir auki: La Elisión es la tortakha más joven y hermosa de la comunidad. Movido por esta idea, se encaminó un grupo de diez personas a la morada de Elisión. Una vez allí, el awatir auki y su séquito se presentó ante los padres de Elisión, para explicar punto por punto lo ocurrido. Sin descuidar ni el menor detalle. Al final, los padres de ésta aceptaron la orden de Tatira, empero ni se dignaron reflexionar ni un solo instante. En consecuencia, solo entre ellos se arregló el futuro casamiento de Elisión con el dios de la medicina. La voluntad de Elisión para nada se tomó en cuenta: “Si el dios Tatira ha elegido a mi hija para ser su esposa, sea bien aventurado”, dijó bajando la cabeza con humildad. “¿Entonces no pones ninguna resistencia a la voluntad del dios Tatira?”, inquirió el awatir auki con un dejo de autoridad. “Tendremos que obedecer lo que el dios ha ordenado”, agregó su interlocutor. “Haces bien en obedecer la voluntad del dios Tatira”, respondio el aypukamayo. En ese preciso momento se abrió la puerta, construida de un pedazo de madera de koka, armada con ataduras de cuerdas de cuero de llama, en cuyo marco se asomó una hermosa chipaya: “Ah, Elisión”. Efectivamente era Elisión.

Era la joven mujer dueña de una belleza verdaderamente admirable. El cutis moreno-mate, suave como la seda, la frente lisa y transparente, el delicado cabello copioso y de color negro, los ojos grandes del mismo color tenían el brillo de dos hebras de oro, las cejas tupidas, formaban una suave línea, las pestañas como dos graciosas avecillas que baten sus alas, los labios menudos de color de la púrpura natural, de largos y bien torneados dedos, de igual modo el brazo y el cuello. El dibujo prodigioso de su perfecto rostro de mujer no podía rivalizar con la delicada forma de las orquídeas, que se hallaban empequeñecidas ante el resplandor de su hermosura. Lucía una vestimenta llamada la ira (consiste en una pieza tejida de lana en lista blanca y parda de forma rectangular, usada a manera de poncho cosido en sus extremos laterales, que deja sólo la corrrespondiente abertura para dejar libres los brazos y la cabeza), cubre la cabeza con la tarilla (especie de pequeño mantel). Lo más singular en este tocado lo constituye su peinado, que se manifiesta en una serie de delgadas trenzas, cubierta integramente la cabeza, dando aún mayor realce a su belleza. En resumen, Elisión se complacía de ser la mujer más hermosa de toda la comunidad, el encanto juvenil resaltaba en ella a simple vista, con toda la gracia y el atractivo que le había otorgado la naturaleza a un alma verdaderamente noble. Su edad no excedia de los dieciocho.

Al ver aquel grupo de personas en el interior de su morada, Elisión quedóse prontamente sorprendida, con los ojos azorados. El awatir auli, se apresuró a explicar el motivo de su visita. Ante lo cual la hermosa chipaya se extremeció a cada palabra del awatir auki, perdiendo a menudo el color natural de sus facciones. “¿Viste al dios Tatira?”, inquirió, con acento efusivo. “Oh, sí… sí -titubeó-, pues tu hermosura halló gracia a los ojos del dios Tatira”, agregó el awatir auki, “El dios quiere desposarse con una mujer hermosa como tú, y por hermosa has sido elegida por el gran dios Tatira, por cuanto estamos todos sujetos a su voluntad”. “Él es un dios yo soy pura y sincillamente nadie”, respondió confundida y con acento tenue. Entonces el yapukamayuhabló: “Pues siendo tú tan hermosa como eres, puedes considerarte una diosa, siendo la esposa del gran dios Tatira”. “Oh, yo esposa del dios Tatira”, dijó sobresaltada. Elisión sentía enfriarse la sangre en las venas. Su garganta, oprimida por el miedo, apenas podía articular palabras, dando lugar a la defensa. “Sí, tú”, agregó con una nota de autoridad. “En verdad te digo que tu gracia y tu hermosura le ha cautivado y el gran dios Tatira ahora desea desposarse contigo y mañana”. En la mirada de la hermosa chipaya se hallaba la revelación del miedo en que se encontraba su ánimo, y sus piernas mismas temblaban de miedo. Parecía no poder sostener el peso de su cuerpo. Entonces un sudor frío, parecido al de la muerte, bañó su hermoso rostro, al ver que todos la acosabán: “Tienes que desposarte con el dios Tatira. Así es, tienes que hacerlo, no puedes rehusar la orden de un dios tan poderoso como es Tatira. Elisión, sin saber qué decir, ni qué hacer, sin saber adónde dirigir la vista, fue blanco de la atención de todas las miradas. Para huir de aquel miedo que le causaban esas voces, dio un giro sobre su talón y se marcho violentamente del lugar: “Ah, no puedo casarme, no puedo”. Aquella actitud irregular de Elisión causó profunda extrañeza a sus padres. Lo mismo causo al awatir auki y su séquito, quien miraban en silencio, como si quedara adherido a la tierra.

El alba se asomó por el horizonte, cuando la mayoria de los moradores estaban sumamente preocupados por la negativa de la hermosa chipaya. Vanos fueron los intentos de hacerla entrar en reflexión. Elisión se negó rotundamente a desposarse con el dios Tatira. En consecuencia, la hermosa chipaya había buscado asilo en la morada de las loctrinas (grupo de mujeres jovenes bajo la tutela de una anciana o mujer madura). La loctrina era un recinto inviolable. En este punto, nadie se animó a sacar a la fuerza a la hermosa chipaya de aquel refugio. De manera que el awatir auki, asistido por un enorme grupo de personas, acudió resignado al borde del rio Lauka, lugar donde Tatira se presentaría al ponerse el sol. Y así lo hizo. Tatira se presentó engreído y altivo. “Oh gran dios Tatira, te traemos malas noticias”, dijó el awatir aukiconsternado. “La hermosa joven que hemos elegido para que te desposes con ella se ha refugiado en la casa de las loctrinas“. La noticia que le trajo sonó en los oídos de Tatira con tal indignación que le produjo una agitación general de nervios. Luego exalto su alma de pura cólera y encendió sus ojos de ira, la misma que miro a la multitud con gran desprecio: “Huuum”, gimió de rabia. Se sentía humillado y enardecido en presencia de su poder. Ni su más cercano sirviente podía acercarse a hablar sin ser herido. Tal era el instinto de repulsión que sentía en contra de la gente. De su pico, entonces, salió un dejo de amenaza, que muchos atinaron en comprender en seguida: “Vendrá mayor enfermedad y muerte sobre la comunidad, no seré flexible”. Al oír la amenaza, la gente sintió un estremecimiento de hielo que le sacudio el cuerpo, destrozando las entrañas. “Oh, piedad. Oh gran dios Tatira, piedad”, dijo la multitud en coro de voces. Mientras tanto, cayeron de rodillas, exclamando frases de imploración y también de alabanza, al objeto de aplacar su colera. Pero luego de un momento de reflexión, Tatira ahogó su cólera y volvió a confiar de nuevo en la comunidad: “Entonces afanense a cumplir con lo que he ordenado”. Al recibir esta palabra, la multitud sonrió esperanzada y aflojó visiblemente su temor.

De nuevo el awatir auki se presentó ante Elision, pero esta vez el número de personas que le siguió era mucho mayor. El temor de verse bajo presión de amenaza había hecho que muchos moradores abandonaran sus faenas para incorporarse a la muchedumbre y deliberar tal semejante asunto, que ciertamente interesaba a toda la comunidad de chipaya. La gente misma se estremecía con el recuerdo de aquella sentencia de muerte que había dictado Tatira, de no ser atendida su petición. La muchedumbre ya se hallaba frente a la morada de las lotrinas. Su único proposito era desposar a Elisión con el dios de la medicina, porque juzgaban que solo a través de este casamiento Tatira retiraría el castigo a la comunidad. Cuando la hermosa chipaya advirtió a la muchedumbre asentada frente a la morada, sintió que una corriente eléctrica le recorria el cuerpo. De nuevo el miedo voraz le desgarró el vientre, de nuevo ese torbellino de voces vino a atormentar su sentido y de nuevo esos ojos lanzaron centellas de persuasión. Ante sus ojos tenía la imagen impasible del awatir auki y su sequito. “No puedo casarme con el dios Tatira -dijó con un entrecortado acento-.Quién sabe qué vida tendría a su lado”. “Sin duda mejor que ésta”, agregó el awatir auki, con la boca amarga, aunque sin perder la esperanza de salir airoso de su empresa. “Piensa en todo el oro que tendrías en tus manos, piensa en las ricas y preciosas prendas que vestirían tu cuerpo. Al convertirte en la esposa del dios Tatira, tú serás la diosa y como tal serás enzalzada junto con el dios de la medicina, tú llegarás a ocupar el sitio que muchos ambicionan”. “Yo no preciso esas cosas”, exclamó. Su boca dio a entender la indiferente disposición en la que se encontraba su corazón ante tales ofrecimientos: “Aquí tengo todo cuanto puedo desear”. Elisión no apartaba los ojos del grupo de hombres, advirtiendo nuevas tentativas cada vez que éstos abrían su boca: “Piensa, te ruego, en la comunidad, en la riqueza en que vivirás a la altura de los dioses Tatira y Lauka”, dijó el yapucamayu. Alma cándida e ingenua, nunca había tenido semejante ambición de riqueza. Aquella tan súbita como sorpresiva proposición era muy ajena a la sencillez en que se había criado: “Aquí sin duda no viste otro sufrimiento como el que está viviendo la comunidad a manos de la muerte y por culpa tuya”, gimió con un acento tan acusador. “No olvides que todas las cosas en la tierra las ordenan los dioses”. El ánimo de la hermosa chipaya sufría enormemente, cada vez que el acento de aquellas voces acusadoras hería las fibras más delicadas del corazón. La voz acusadora halló eco en el tumulto de la muchedumbre, cuando agrupados en gran masa frente a la morada de la loctrina, empezaron a gritar, lanzando un sin fin de blasfemias: “Elisión debe desposarse con el dios Tatira. Así acabará el castigo”, decía la voz unánime.

Al oír el rugido de la muchedumbre, la hermosa chipaya se arrimó estupefacta hacia el liwi(instrumento de caza de parinas), como si buscara desesperadamente la protección del liwi, al ver que se cernía sobre su cabeza un gran peligro. “Me casaré con el dios Tatira”, dijo el débil acento de su voz, que se agitó al impulso de su corazón herido. Cuando Elisión aceptó desposarse con Tatira, la muchedumbre sonrió alegremente. La sola idea de ver realizado el deseo de su dios de la medicina les llenaba de profunda satisfacción, porque la gente vio, por medio de la hermosa chipaya, todas las ventajas de llegar a coronar sus ambiciones, sin importarle para nada los sentimientos de la hermosa chipaya.

Rápidamente se difundió la gran noticia por la comunidad, causando un verdadero acontecimiento de satisfacción entre sus moradores. La noticia decia: “Mañana se llevará a cabo el majestuoso casamiento del dios Tatira con la hermosa Elision”. Esta noticia aportó aún mayor alegría por cuanto los habitantes de la comunidad vieron a través de este matrimonio el fin de sus sufrimientos.

La noche tendió su negro manto y a la mañana siguente sorprendio a Elisión sentada sobre una piedra. Sus mejillas estaban palidas como la muerte, su boca ya no sonreía, ahora tenía el rictus de la amargura. sus ojos estaban nublados con la nube de la tristeza de ánimo. De pronto las lágrimas nacidas del fondo del corazón herido se asomarón a sus ojos al través de sus pupilas, de brillo apagado. Miraron en derredor suyo. No bastó toda la fuerza de su voluntad para calmar el miedo de alejarse para siempre de aquellas tierras, compañeras de su niñez. Al respecto su madre se apiadó de su dolor y se lamentaba gravemente. Por más que quisiera correr en su auxilio y dejar sin efecto ese forzado casamiento, que podía ella hacer en contra de la terrible multitud. En ese preciso instante el llanto convulsivo de la hermosa chipaya, fue interrumpido por la presencia de un grupo de personas, precedido por el awatir auki. Entonces éste dijo: “Ven a la casa del dios Tatira, tu cuerpo allí vestirá las prendas más preciosas y ricas que no has imaginado jamás”. Apenas manifestó esto, la hermosa chipaya echo a andar, junto con ellos. Elisión había abandonado su humilde y pobre morada para entrar en la fragante habitación, preparada especialmente para recibirla. Allí la hermosa chipaya fue entregada a manos de los cuidados de las loctrinas, para que en base al sólido conocimiento de estas mujeres sabias, instruidas en el pensamiento del grupo étnico. Apenas estuvo en la habitación, una sala de más o menos 8 por 4 metros. La mirada de la hermosa chipaya se resbaló por todos los preciosos objetos que la adornaban. Era aquella sala de una extraordinaria pomposidad. La imagen venerada de lauraki (estatuilla metálica como ídolo de fertilidad), adornado con diminutas piedrecillas de oro, bien labrada k’analla(fragmento de cerámica usada) incrustada con cintillas. Velludas pieles de zorro cubrían delicadamente gran parte del piso. El olor que allí se respiraba era de fragantes flores que perfumabán el ambiente en la quietud silencio. La fragancia se confundía con el rico olor de las esencias olorosas que se expandían de los braseros, trabajados a mano.

Al contemplar todo aquello, la hermosa chipaya se mostro indiferente, porque nada de esos preciosos objetos le llamó la atención. Sin embargo su boca se abrió para dar salida a un profundo suspiro, que más que de impresión, era de honda tristeza. Una, dos y tres mujeres maduras se pusieron al servicio de Elisión para vestirala y adornarla. Entonces la joven novia fue vestida. Las mujeres cuidadosamente la despojaron del andrajoso vestido, para luego cubrir su cuerpo con un precioso vestido llamado urku (se trata de una prenda cuadrangular con la que se envuelve el cuerpo, cerrando la pieza a la altura de los hombros) y cubre la espalda una tarilla (especie de pequeña mantilla de tejido de finísima lana de alpaca ), con un par de ojotas (quechua uxuta, sandalia de los indios suramericanos); seguidamente un rico topos (especie de alfiler grande especial) embellece su busto, contrastando con preciosos metales bruñidos que adornan su cuello, y también otros adornos, denominados kits, cubren sus torneados brazos, dejando al descubierto sus perfectas formas. Manos hábiles peinaron su cabellera para arreglar su peinado, una horquilla prendió el cabello sobre una sien. Elisión, al ver esa lujosa prenda y esos metales preciosos que cubrían su cuerpo se sintió intranquila. Jamás su ambición había aspirado a unos objetos de oro como los que lucía. En verdad su sencillez era mayor que su inocencia.

La esperada aparición de la novia tenía impacientes a todos los moradores de la comunidad. Las mujeres ya lucían sus mejores prendas, reservadas para este día de fiesta. Los hombres también lucían su mejor almilla (semejante a camisa, un pantalón negro). Desde la víspera los hombres se ocuparon del arreglo del lago Coipasa, lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia matrimonial. Pétalos de flores se veían derramados por doquier. Un manto guarnecido de vivos colores cubrían el borde del lago Coipasa. Todo el resplandor que allí se exhibia daba un marco de solemnidad. La gente misma se afanaba en adornar con gran esmero, temiendo no poder complacer al dios de la medicina.

Cuando Elisión estuvo completamente vestida, se presentó a los ojos de la muchedumbre, cuyos ojos quedaron verdaderamente admirados por la extraordinaria belleza de Elisión. A pesar de que conocía muy bien la belleza de la joven, nunca la vio tan hermosa como ahora. El cortejo se encaminó hacia el lago Coipasa. La joven fue en primera fila. Su talla tan esbelta se distinguía entre la multitud.

La claridad del cielo se veía extraordinariamente bella ese día. El río Lauka y también el cerro Tata Sajama Mallku parecía reír de felicidad. En verdad la comunidad estaba viviendo un gran día de fiesta, porque comenzó a sonar la música de los ojchchis (primitivo instrumento que sirve para interpretar música ritual o festiva, instrumento de música hecho de forma ovoide, con solo dos agujeros, el uno para la embocadura y el otro para la modulación para un dedo) y acompañado por los maisho (pequeño instrumento de caña hueca de dos y tres tubos de diferentes dimensiones). En consecuencia, música y danza alegraban el ambiente. Unos y otros entonaban cánticos de alabanza en honor a Tatira. La fiesta de boda que allí se estaba por celebrar gozaba desde ya la fama de ser única en grandeza, muchas lenguas a la redonda. A este punto, el awatir auki y su cuerpo de séquito no había descuidado ni un solo detalle de la boda. Abrigaba la esperanza de que a los ojos se encontrara agradable la joven. En el recinto del lago Coipasa se veía a jóvenes agraciados formando una hilera hasta el borde, que no cesaban de entonar los cánticos. Todo el ambiente que le rodeaba a la joven se vestía de fiesta. Solo la luz de sus ojos se empañaba de tristeza porque su corazón sufría cruelmente en medio de aquella multitud de personas.

Durante el trayecto hacia el lago Coipasa la joven a menudo tuvo que apoyarse en el hombro de su servidora, le faltaba poco para caer desfallecida. Parecía que su cuerpo cubierto de metales no podía sostener el peso. Apenas llegó la joven al recinto de la ceremonia matrimonial, la muchedumbre que aguardaba allí la recibió con grandes muestras de alegría. Cuando la joven se aprestaba a subir sobre las primeras gradas de tepes, de pronto apareció en el aire un ave rapaz, que tenía la misma complexión física de Tatira, de busto de hombre y cuerpo de cóndor, pero de menor talla. Era esta ave rapaz de hermoso plumaje amarillo, de dorso negro, de cabeza pequeña, de pico curvo, de uñas pardas. En fin era esta ave rapaz de alto vuelo. La aparición repentina de esta ave rapaz fue para la muchedumbre una confusión mucho mayor que el asombro del momento. Entonces la muchedumbre se vio envuelta en una ola de murmuraciones: “Oh, ¿que es esto? ¿Qué está pasando? ¿Dónde está el dios Tatira?, se preguntaba la gente. Elisión quiso gritar de pura alegría, mas no pudo. El ave rapaz lentamente descendió sobre la plataforma de tepes: “Oh, pueblo sufrido de chipaya, no se pongan al yugo de Tatira. Él no es un dios benévolo, digno de ustedes”-dijo, poniendo al descubierto el malvado plan de Tatira-. “Hoy están sacrificando una inocente joven mujer, mañana sin duda les exigirá mayores sacrificios, y no podrán satisfacer su ambición. Soy Sap’achuri, que les ha revelado esta gran verdad.” Aquella revelación halló crédito en mucha gente, cuando vio que los ojos de Sap’achuri (danza de la briza empequeñecida) indicaban que él había revelado un secreto muy bién escondido por Tatira. Sin embargo, mucha gente dudó de su palabra, cayendo en caos absoluto. Una de esas personas era el awatir auki, quien se puso a la cabeza y se lanzó a la defensa de Tatira, con toda la blasfemia que fue posible hallar en su boca: “Tatira es nuestro único y verdadero dios de la medicina, usted no es más que un dios falso, un impostor”. Esta última blasfemia parecía haber herido una parte delicada del corazón de Sap’achuri, porque reaccionó lanzando sus ojos una centella de viva luz. La misma que se estrello sobre la kjjatsd(pequeña bolsa para la coca), provocando una llama fosforescente. Aquella acción sobrenatural hizo retroceder a la muchedumbre de miedo. Al igual que el awatir auki, la gente temía el castigo, al contemplar atónitos aquel acto de prueba del inmenso poder de Sap’achuri. En concecuencia, la gente no podía dejar de murmurar, dando lugar a diversos comentarios. A este punto el corazón confundido de la gente luchaba desesperadamente entre la creencia de dos dioses. Su corazón mismo no daba fuerza a su ánimo para definir con claridad. Al cabo de un rato Sap’achuri salió del recinto, merced a su vuelo raudo. En pocos minutos la confusión subió al punto del desorden. En ese preciso instante apareció la imagen arrogante de Tatira. Su vuelo amenazador sembró temor entre la muchedumbre, cuyo tumulto al verlo se dispersó, dando muestras de un recibimiento desagradable, contrario al interés de Tatira. Entonces el corazón de Tatira se llenó de un odio profundo hacia la gente que le recibió de esa manera desagradable. Su indomable ferocidad acababa de ponerse al descubierto, cuando el pico de Tatira lanzó un rugido amenazador, como una fiera herida. Elisión, presa de panico, no pensósino en huir del lugar, como mucha gente que no podía resistir el daño de la amenaza. Atravesó la sayaña(especie de tierra para usufructo familiar), luego un racimo de thola(leña) y después el río. En su huida desesperada la hermosa chipaya no advirtió que gran parte de su vestimenta se desgarraba. Al cabo de un instante, su cuerpo quedó exhausto y su pecho respiraba con profunda satisfacción.

Pensaba encontrarse a salvo de todo peligro. Sin embargo no era así. Tatira había rastreado su paso, como el lobo al cordero. Cuando la hermosa chipaya vio a Tatira volar hacia ella, sintió desaparecer el color de su rostro y todo su cuerpo en aquel instante se vio asaltado por un estremecimiento general. Su corazón mismo palpitó con extremada violencia, ahogando la respiración en la garganta, sensaciones jamás experimentadas en ella. Entonces se arrimó al p’utuku (casa de campo, similar al k’juya, solo que en lugar de techo de paja tiene un acabado de tepes en punta) en busca de protección, viendo que la amenzaba un peligro inminente. Pero fue inútil. El peligro ya se ventilaba encima de su cabeza. A este punto, de su garganta broto un agudo grito y luego cayó sin sentido. Al ver que la hermosa chipaya estaba desfallecida, Tatira la cogió en sus garras, para luego emprender el vuelo y perderse en la penumbra de la noche. En verdad no había descripción posible para el desmayo del que fue presa la hermosa chipaya.

Elisión, al recobrar el conocimiento, abrio los ojos lentamente y después lanzo una mirada despavorida en derredor suyo. Al contemplar aquellos objetos extraños que la rodeaban, no pudo menos que sobrecogerse de miedo. Saltó del lecho en el que se hallaba recostada. El asombro del momento la dejó muda e inmóvil, con los ojos azorados. Aquellos ojos mismos se negaban a dar crédito de lo que estaban viendo. Por lo que tocó con sus dedos todos aquellos objetos que se hallaban presentes, como para cerciorarse de si estaba despierta o dormida. Entonces sus ojos recogieron esta visión . Un riquísimo lecho, tallado en madera maciza, adornados sus margenes de oro y plata. A los cuatro costados se alzaba una sutil vara, bañada en oro, velando el rico lecho una finísima seda, a manera de un mosquitero. El suelo, cubierto de velludas alfombras, bordadas con hebras delgadas de oro. Pulidas pieles de zorro y carnero abrigaban la pared, bien trabajadas antorchas de oro y plata, colocadas sobre un acilindrado bloque de piedra. Braseros de bronce no cesaban de lanzar ricas esencias, perfumando el ambiente. De piedra y granito era el acilindrado pilar que sostenía el techo. Una enorme puerta a modo de arco daba entrada a un amplio salón. Preciosos eran los objetos que adornaban su contorno, pues manos hábiles habían hecho de cada rincón de la suntuosa sala una singular obra de arte. Igual decoro tenía la parte externa, edificada sobre una tierra elevada, de plataforma lisa. Todo el lujo y la riqueza que allí desbordaba era digno de un dios. Este era el suntuoso palacio de Tatira, dueño y señor de todo el oro y la plata que allí se observaba. Su riqueza bien podía contrastarse con todo el poder de la fuerza que éste poseía.

Apenas contempló el extremado lujo del palacio, la hermosa chipaya se llevó ambas manos a la cabeza, como queriendo concentrar el pensamiento en lo que había sucedido. Su mente entonces se afanó en recordar lo sucedido. Tras un esfuerzo de voluntad, los recuerdos acudieron rápidamente a su mente, desde que la comunidad de chipaya la obligó a desposarse con Tatira, hasta que perdió el conocimiento. A este punto, helóse de miedo. Había despertado de una pesadilla para entrar en otra. En aquel momento de crítico trance, la hermosa chipaya no pensó en otra cosa que en huir de aquel lugar. Entonces apresuró sus pasos. Atraveso el umbral del palacio, luego la sinuosa loma, al final la playa le cerró el paso, corrió en dirección opuesta, mas todo fue en vano. Entonces Elisión gritó con una suplica: “¡Auxilio… auxilio!” La solitaria isla de Panza calló su grito. No había respuesta alguna. Se desesperó al punto de perder la calma. Ciertamente la desesperación se había apoderado por completo de su corazón y por más que se desesperaba por huir, al final tuvo que caer de rodillas y rompió a llorar amargamente. La sola idea de vivir en cautiverio la aterrorizaba profundamente. Toda la fuerza de su voluntad no fue lo suficiente para ahuyentar tal pensamiento.

Elisión se hallaba cautiva en la isla de Panza. Toda su libertad había sido privada en aquel lugar temebroso, del cual no había escapatoria alguna. Una vez muertos todos los habitantes de la isla, merced a la ferocidad de Tatira, éste resultó el único dueño de toda la isla de Panza. Allí Tatira había plantado su palacio. Las aves que allí habitaban estaban sujetas a su sola autoridad. La fama enorme de sus batallas y conquistas se había extendido desde tiempo inmemorial. Ningún dios se atrevía a batirse en duelo con Tatira, por temor a ser herido mortalmente. Los dioses que conocían a Tatira, temido por sus hechos y por su figura, estaban muy bien enterados de los salvajes crímenes cometidos por éste.

En ese momento penetró Tatira en el palacio. Elisión se hallaba con la cabeza sobre el pecho, por el grave peso de su dolor, y sus ojos no cesabán de verter lágrimas. Eran dos fuentes inagotables que, por más que su ánimo se esforzaba, no bastaba para enjugar el llanto. Tatira adelantó su paso hacia la hermosa chipaya y fijó la mirada en el rostro bello de la joven. La luz plateada de la luna bañaba suavemente el semblante, prestando un singular atractivo a su hermosa figura juvenil. Aquí Tatira se entregó a la contemplación de la joven, con la mayor muestra de admiración, quedando maravillado por su preciosa juventud. Los ojos fijos no se apartaban ni un solo instante de las hermosas facciones. Sus ojos nunca habían visto tan perfecto rostro de mujer hermosa. De esta suerte el corazón de Tatira se enamoró con toda la fuerza que podía un dios en aquella época. Su corazón mismo no se podía explicar el por qué del súbito interés por la hermosa chipaya, que tan espontáneamente había brotado en su corazón. Lo que había embelesado el sentido de Tatira fue precisamente la belleza de Elisión.

En tal circunstancia, Tatira se prometía a sí mismo adorarla en su corazón, como a un altar. Por espacio de un buen momento, Tatira estuvo contemplándola y al cabo habló: “Tus lágrimas me desgarran el alma”. Aquella frase súbita causó un sobresalto inusitado en el ánimo de ella. La presencia de Tatira le inspiraba temor. Sin embargo hizo un esfuerzo por cobrar valor. Entonces dijo: “Mi corazón no se explica por qué me tienes en cautiverio, dios Tatira. ¿Qué hice para merecer semejante castigo?” En aquel momento Tatira se hallaba demasiado deslumbrado por la belleza de la joven, lo cual no le permitía advertir en ella las señales del sufrimiento del alma: “Eres joven y hermosa”-dijo con acento indiferente-. “Tu corazón pronto superara el dolor que estás viviendo.” Elisión fijó sus húmedos ojos en los de Tatira y, al advertir en sus esféricas pupilas señales de maldad, devió bruscamente la vista . Al mismo tiempo, el sentimiento de dolor ahogó su voz. Sintiéndose en tal estado, era imposible contener las lágrimas. Volvió a llorar y de su boca volvieron a salir gemidos de dolor. La hermosa chipaya había llorado y suspirado hasta que la tenue aurora la sorprendió acudiendo a enjugar sus hermosos ojos. Las abundantes lágrimas que derramó en nada habían podido aliviar el sufrimiento del alma. Elisión nunca se vio tan sola y tan herida. Su comunidad estaba muy ajena a su infortunio.

En este punto su mente se atormentaba, buscando la forma de estar libre. Movida por esta sola idea, deambulaba por la isla, con la esperanza de encontrar alivio. No se resignaba a vivir en cautiverio.

Al cabo de una semana, Elisión había perdido toda esperanza de huir. Entonces se entregó al sufrimiento del alma con mayor intensidad que lo demostrado hasta ahora. Cómo se pintaba de dolor su corazón, cómo iban regando la senda sus lagrimas. Su dolor era tan vivo que apenas podía sostener su corazón herido. En verdad no había alivio alguno para sus males. Hacía cuatro días que la hermosa chipaya se negaba a comer, a no ser una pequeña porción de p’hisara(grano de quinua cocida), y al quinto día se entregó por completo al llanto y al ayuno. Muy pronto asomaron en su rostro las primeras señales de la falta de alimento y su soledad era cada día más grande.

Un día Tatira se presentó en su palacio con una serie de regalos, desde una finísima yak’ota(una especie de manto con el que se envuelve uno en casos de extremado frío) hasta un rico pendiente de oro pulido: “Acepta estos presentes, son muestras de mi más profunda admiración” -dijo Tatira con solemnidad-. Elisión, profundamente debilitada por la falta de alimento, atravesó en silencio la suntuosa sala del palacio. Sus pasos eran menudos y débiles. A menudo tuvo que apoyarse en la pared, a fin de no caer desfallecida. Tatira aguardó largo rato su respuesta. Al final no hubo respuesta. Entonces se aproximó hacia la joven, hasta quedar muy cerca uno del otro. En esas circunstancias sus ojos advirtieron que Elisión sufría de una enfermedad grave, la enfermedad del alma, mucho más intensa y cruel que la herida de la carne. La hermosa chipaya en su caminar en vano se esforzaba en aparentar valentía, cuando el corazón apenas latía con debilidad: “Todo cuanto preciso es que me lleves de vuelta a la comunidad de chipaya. Es allí a donde pertenezco” -dijo con acento entrecortado-. La frente palpitante de frío sudor, sus ojos extraviados, pedían alivio a su dolor. A menudo la frase quedaba cortada en la garganta, a causa de la debilidad, quedando al final desmayada sobre el suelo.

Tatira quedóse completamente atónito ante aquella escena y corrió en seguida en socorro de la hermosa chipaya. Cuando Elisión fue llevada para ser auxiliada, Tatira se afanó en dar un cuidado digno de su belleza, por lo que ordenó a sus sirvientes expandir delicadas esencias olorosas. Al mismo tiempo, brindar apropiados remedios, para reanimar su fuerza. Colocada Elisión en el lecho, Tatira se preguntó cuál era el motivo de su desmayo. Al cabo de una honda reflexión, comprendió que la causa de su debilidad se debía a la falta de alimento y también al dolor del alma que estaba sufriendo.

Habían pasado un par de horas y la joven no volvía en sí. El desmayo, poco después, pasó a convertirse en un sueño profundo. Tatira, recogido en su rincón, velaba el sueño de la joven, alerta a la más ligera señal de movimiento. En esta circunstancia la contempló en silencio. Su alma se hacía más inocente a los ojos de Tatira: Marchitos sus labios como la flor abatida, empañada la frente, imprimiendo en aquel momento una expresión de palidos lirios. Tatira se alarmó, al ver que la hermosa chipaya no salía del profundo sueño. En consecuencia, se interesó por su salud. Se retorcía de inquietud. Mandó traer un sin fin de plantas que tenían propiedades medicinales. Con ellas la enferma fue sometida al más sabio y pródigo cuidado. Todo cuanto le interesaba en estos momentos a Tatira era la salud de la hermosa chipaya, sin que la mente ni los sentidos pudieran dar explicación de este súbito interés por la joven. Solo cuando ella volvió en sí y recobró la fuerza gradualmente, solo entonces Tatira pudo respirar con satisfacción. Lo primero que sus ojos vieron fue la figura de Tatira, y exclamó: “Oh, Tatira”. “No temas -se apresuró a decir-, soy yo quien te ha cuidado estos días”. La hermosa chipaya agregó entonces: “Estoy muy agradeciada por la hospitalidad que me has brindado”. “Pide las prendas más ricas y los manjares más suculentos, que te serán concedidos de inmediato”. Tatira se mostró amable, inspirado por el cariño que sentía por la hermosa chipaya. “Mi corazón está más que agradecido por las atenciones que he recibido, pero mi alma sufre al no hallar alivio a mi mal” -dijo con voz apagada-. No pudo evitar una afección de pena en su acento .

De esta suerte la comunicación quedó establecida a partir de entonces. También desde aquel instante él se mostró cada día más amable y siempre retornaba con algún regalo, hallando oportunos detalles para alegrar el corazón de la hermosa chipaya. A su vez, la constumbre de verlo todo los días disminuía el temor en su corazón, aunque sus ojos no perdían en ningún momento la expresión de tristeza. A menudo el sollozo se ahogaba en su garganta y su pecho suspiraba de pena. Cuando Tatira se ausentaba de la isla de Panza, la hermosa chipaya quedaba sola. Allí siempre reinaba un silencio absoluto, como el de la tumba, por nada alterado, a no ser por el vuelo fugaz de algunas aves, que mostraban gran simpatía por la hermosa chipaya. Revoloteaban en derredor suyo. Por su parte, ella les retribuía el cariño con el ritmo melodioso de su voz. Atraídos por ese tierno gesto, los pájaros acudían para recibir granos de quinua. De esta manera, Elisión se hizo amiga de los pájaros. El recuerdo de la comunidad acudía a su mente, no podía contener los impulsos de la nostalgia, poco a poco desfilabán los recuerdos gratos de su infancia. Por más que hacía esfuerzos no podía borrar estos recuerdos. Movida por esta nostalgia, dejó correr las lagrimas.

Hacía ya un buen rato que la joven se hallaba sumergida en sus recuerdos, cuando le sorprendio Tatira, a la orilla de la isla, llevando consigo un racimo de frutas: “¿Qué mal te aqueja, hermosa Elisión? -interrogó apenado-. “Son los recuerdos la causa de mi llanto” -agregó-. La joven enjugó sus lágrimas con su mano y reprimio su sollozo: “Pide lo que quieras, que yo he de complacerte con agrado e incluso el tesoro de mi reino, con solo una palabra será tuyo” -musitó conmovido-. En la sensibilidad de Tatira, ella halló contornos extraños, porque había descubierto un ángel oculto en él. Nunca imaginó que el corazón de Tatira fuera más bello que sus palabras, tales virtudes embellecían su alma: “Bien complacida estoy con todos los presentes que he recibido” -bajó la cabeza con desaliento- “pero la pena que sufro es grande y no hay alivio a mi mal”. “¿Qué mal es ése que yo no pueda remediar? Tatira vio en aquellos ojos empañados por las lágrimas la señal del sufrimiento: “El cautiverio en el que se halla mi corazón es la causa de mi mal”-hizo una pausa-. Elisión tenía pleno conocimiento de que su belleza había hallado plena gracia a los ojos de Tatira y este punto ella juzgaba que ya nada podía negarlo, por lo que consideró la idea de que algún día Tatira pudiera llevarla de nuevo a sus tierras. Echaba de menos a su gente. Entonces prosiguió: “Abrigo la esperanza de que algún día me lleves de vuelta a la comunidad de chipaya.” “Si eso alegra tu corazón, tomaré en cuenta tu solicitud” -dijó-. Ante la sola idea de esta esperanza, el corazón de la joven saltó de alegría. De hecho estas palabras fueron como si de nuevo el sol iluminara sus ojos y bebiera la luz rosada de su más divina esperanza: “Bien me decía mi corazón que tus sentimientos también son nobles y bondadosos, como los que abriga la gente buena” -añadió-.

En sus preciosos labios se dibujó el claro brillo en una sonrisa de esperanza, brotada de la profunda alegría de su tierno corazón. Este fue el primer gesto de alegría que en su rostro se difundió: “Conociendo la bondad de mis sentimiento, entonces ¿por qué te niegas a desposarte conmigo? -su voz vibró al impulso de su sentimiento de amor-. “Cierto es que tu bondad me inspira carino y respeto” -añadio- “pero mis sentimientos no están maduros. Permítele a mi corazón estar segura de lo que siente en verdad”. En efecto, Elision todavia era niña por naturaleza. Al respecto Tatira empleó un sin fin de argumentos para hacerle ver que sus sentimientos tenían una enorme dosis de sinceridad. Al final, comprendió que estaba muy lejos de ser dueño de su corazón. Esta inseguridad de la joven, al parecer, hería las cuerdas más escondidas: “Toma el tiempo que precises y ten siempre presente la sinceridad de mis sentimientos”. Tatira la amaba con ese súbito sentimiento y, al no ser correspondido por la joven, se rompían las fibras más delicadas de su ser: “Recorre y sé dueña del palacio en su magnitud, pero solo una cosa te pido, no entres por ningún motivo al aposento que está a un costado del palacio”-finalizó diciendo-. Elision notó en las palabras de Tatira otra causa secreta, al parecer muy inviolable, a juzgar por la manera cautelosa con que lo expresó.

La joven esa noche se durmió plácida, llena de esperanza, sin la intranquilidad del ánimo. Su despertar también transmitía felicidad. Ya no se veía una lágrima en sus ojos, ni se oía un lamento en su boca. El dulce beso de la esperanza hacía que el corazón se durmiera con la esperanza de que los proximos días pudiera estar libre de su cautiverio.

El rubio sol iba a esconderse en el ocaso, cuando los comunarios emprendían su faena. Otros en cambio recibieron la visita de un grupo de comunarios de la etnia urus, que acababan de llegar. A la llegada de estos surgió un enorme comentario. Multitud de chipayas se agolpaban para ver en la orilla del Lauka .El grupo de hombres fue quien trajo la noticia de que la hermosa chipaya estaba cautiva en la isla de Panza, merced a la autoridad de Tatira. La noticia causó enorme impacto en sus moradores. Arrastrados por esta noticia, de los ojos de muchos mujeres brotaron lagrimas. La mala acción cometida por Tatira, era considerada como causa de muchas desgracias en la comunidad de chipaya. En ningún momento se borró de la memoria todo un pasado lleno de sacrificios, de humillaciones y de muerte, de cuyas heridas no se podía fácilmente recuperar la comunidad. En consecuencia, el nombre de Tatira fue recibido con verdadera repugnancia. De Tatira, la comunidad no tuvo noticias desde que raptó a Elision, y menos se atrevió a presentarse en la comunidad . Muchos moradores concebían la idea de que Tatira era un dios falso, por lo que la gente se volcó en contra del dios falso, para apoyar su creencia religiosa en el dios Sap’achuri.

Cuando llegó a los oidos de Mayrani y Kalamaru la noticia de que su hija Elision estaba viva, los padres de la joven desde aquel momento se mostraban con vida. El grupo de urus les relató, punto por punto, el martirio que estaba viviendo la joven en su cautiverio y a este punto los padres no podián evitar un aguda punzada en el corazón, cada vez que sus oidos tenían noticia de las atrocidades de Tatira. La comunidad entera se reconocía culpable del cautiverio de la joven. Los padres de la joven se retorcían de impotencia, sufrían horriblemente con esa noticia. Aquí entonces desahogaron su llanto en presencia de Sap’achuri, a quien hicieron conocer la causa de su infortunio y por último le suplicaron que les ayudara a recuperar a su hija de las garras de Tatira: “Oh, poderoso y benévolo dios Sap’achuri” -dijo Mayrani con lágrimas-”te imploro que liberes a nuestra hija Elisión de su cautiverio en la isla de Panza. Bondadoso dios, derrama la medicina que curará la herida de mi corazón, herido desde el día que Tatira raptó a Elision. Durante su ruego infinito, Mayrani tuvo que hacer varias pausas para enjugar las lagrimas que cegaban sus ojos: “Mi alma se retuerce de desesperación, sabiendo que mi débil condición de humano se muestra impotente ante la maldad de Tatira, pero tu poder y tu bondad es suprema ante el falso dios Tatira, inmensa es tu grandeza y tu gloria” -exclamó Kalamaru, bajando su cabeza sobre su pecho, rendido por el peso de un dolor irresistible-. Sap’achuri se sintió abrazado por una ola de alabanza y lisonja, no solo por estas dos personas, sino por un grupo de chipayas, que no cesaban de vitorear: “Dios de la benevolencia, dios de la protección, libera a Elision, mi corazón te pide con humildad, apiádate de mi corazón que sufre a causa del dolor de Elision, privada de todo libertad” -suplicaban-. Se postraron de rodillas con gran humildad y tocando con la frente el suelo, para dar muestras de extremada reverencia.

El dolor que los hería debió pintarse en cada uno de aquellos rostros, porque Sap’achuri los miró sumamente conmovido. Entonces dijo: “En verdad me ha conmovido vuestro dolor y me compadezco de su sufrimiento. Salvaré a Elision de su cautiverio y no os ofendáis si os digo que esto lo hago por toda la comunidad chipaya. El corazón de Sap’achuri, tan humilde en medio de su grandeza, había aceptado de buen grado rescatar a la joven, aunque Sap’achuri tenía pleno conocimiento de que invadir un terreno como la isla de Panza estaba considerado, según Tatira, territorio prohibido para él, fuera de su autoridad.

A la mañana del siguente día, la hermosa chipaya se paseaba por la isla y por un momento se olvidó del cautiverio en que vivía. Sin embargo, se abrió ante sus ojos un nuevo horizonte, el de la esperanza. En consecuencia, sus ojos brillaban con un haz de viva luz y su boca lanzaba un suspiro de infinita felicidad, que alivió la pena que sufría. Aunque de vez en cuando las señales del llanto asomaban a su ojos. Todos los días se paseaba por la orilla de la isla y por las sinuosas lomas. Esto ocupaba un sitial importante en la vida de la joven, porque en el día se dedicaba a recolectar las flores más fragantes, para luego llegar al palacio de Tatira y ornamentarlo con su natural belleza.

De esta suerte, todas las mañanas dedicaba su tiempo a esa actividad; pero, de pronto, sus ojos se tropezaron con el aposento ubicado a un costado del palacio. El aposento, siempre cerrado, traía a su mente un misterio indescifrable. Entonces recordó las palabras de Tatira: “No entrarás por ningún motivo al aposento”. Resonaban en sus oídos esas palabras con insistencia: “¿Por qué?”. La interrogación de su mente no tardó en despertar la curiosidad. Al principio no pudo adivinar el sentido de ese secreto. Sin embargo, a medida que se aproximaba al aposento, sintió una enorme curiosidad por saber lo que se escondía en el interior. Sintióse dominada por una fuerza misteriosa que la arrastró más y más hacia el aposento. Cuando estuvo al umbral del mismo, quedó como envuelta en la más completa vacilación. Pero al instante recordó que Tatira hacía un momento que se había alejado de la isla y no retornaría hasta muy entrada la noche. Aquí el rostro de la joven fue adquiriendo una expresión de valentía e hizo un ademán de cabeza que parece señalar que tomaba una decisión grande. En seguida abrió de par en par las puertas del gran secreto de Tatira.

Atravesó pausadamente hacia su interior. La penumbra que allí reinaba no le permitía divisar con exactitud lo que había en el fondo. Pero luego el haz de luz que se filtraba al través de la celosía permitía contemplar alrededor y, de pronto, ante sus ojos tenía el cuadro de la más horripilante matanza. Multitud de cuerpos de hombres, mujeres y niños yacían sin vida, mutilados y degollados, envueltos en sangre que a borbotones había brotado de sus venas. El olor que allí se respiraba era de carne podrida: “¡Ah, ay!” -un grito ronco salió de la garganta de la joven, exteriorizando el tremendo terror del que fue presa-. Sus ojos se tornaban grandes de miedo, saliéndose de las órbitas. Su cabello, erizado de horror. Las manos temblorosas dejaron caer las flores. Pero luego quedó inmóvil, porque el excesivo terror había paralizado los movimientos de su cuerpo. Adherida a la tierra, era incapaz de gemir palabra alguna. Allí de pie, fijó los ojos sobre aquella masa de cuerpos mutilados. El terror que le hería era tan vivo que no podía sostenerse más y por momentos temía que su cuerpo se desplomara al suelo, si no buscaba pronto apoyo. Sin embargo hizo un esfuerzo sobrehumano, y movida por ese esfuerzo abandonó el aposento.

Rápido pasó de aquel estado de terror a la más completa desesperación y no halló sosiego a su desesperación, sino cuando echó a correr hacia la orilla del lago. Una vez allí, sin la menor vacilación se lanzó al agua. En tal desesperacion ya nada podía detener su huida. El agua fría del lago Poopo pronto enflaqueció su fuerza física y fue alejando la valentía del alma. Por más que hacía esfuerzos extenuantes, el agitado vaivén de las ondas oponía resistencia a su desplazamiento sobre el agua. En tal situación, el corazón de la joven desfallecía pausadamente, cubriendo el cuerpo de un frío glacial. Entonces cayó desmayada en brazos del lago Poopo. En aquel preciso instante se asomó en el cielo la noble figura de Sap’achuri, quien contempló con lástima a la joven, que luchaba por sobrevivir. Sin más contemplación, se apresuró a brindar socorro. Una vez socorrida la joven, Sap’achuri se aprestaba a emprender el vuelo, en dirección opuesta a la isla de Panza, cuando los servidores de Tatira, en un número de dieciocho, desafiaron a Sap’achuri. El tamaño y la fuerza de éstos era inferior a la talla de Sap’achuri. En concecuencia, no prestó mucha atención, aunque ellos revoloteaban en torno suyo agresivos, impidiendo de algún modo que se llevara a la joven chipaya.

Elisión permaneció desmayada un buen espacio de tiempo y, cuando volvió en sí, merced al generoso socorro que le prestó Sap’achuri, la joven abrió sus ojos azorados y en aquel momento carecía de fuerza hasta para dar crédito a lo que sus ojos miraban. Iba a salir de su boca un torbellino de palabras, pero la voz se le anudó en la garganta. Sap’achuri entonces se apresuró a relatar lo sucedido en las últimas horas amargas: “Estás a salvo de la isla de Panza y por ende de Tatira”. Sap’achuri la contempló con verdadera lástima, conociendo el profundo dolor que estaba atravesando su corazón. “¿Dónde estoy? -exclamó con voz desfalleciente-. “No temas, te encuentras en tu comunidad”. En efecto, Sap’achuri y la joven se hallaban en la comunidad de chipayas, a una distancia muy considerable de la isla de Panza. Herida por la situación presente la joven habló de su dolor a Sap’achuri, entre sollozos, informándole de que gran parte de su sufrimiento consistía en la brutal matanza que había descubierto en la isla de Panza, cometida vilmente por Tatira. Al respecto Sap’achuri estaba tan estupefacto de oír las barbaries de Tatira. Aquí hizo un esfuerzo de voluntad para dominar su indignación, al objeto de que la joven no viera señal de enojo. Entonces dijo: “La comunidad y tus padres me han enviado por ti, para llevarte a tu hogar. Tus días de suplicio han terminado. Mi corazón ruega que nada malo te pase desde hoy en adelante”.

No bien había penetrado en el cielo de los chipayas, la joven sintióse satisfecha de ver a la gente que la aguardaba. En su bello corazón, la joven no guardaba ni una señal de rencor hacia ellos. Alma por naturaleza amable, no cabían en su corazón esos malos sentimientos de rencor. Entonces, la joven se arrojó al cuello de su madre y la estrechó contra su pecho, en el tierno abrazo de su reencuentro. A un mismo tiempo rompieron a llorar, pero sus lágrimas no fueron esta vez de dolor, fueron de purísima alegría que bañó el corazón palpitante de emoción: “¡Elision!” “¡Mamá!” Un buen espacio de tiempo permanecieron así confundidas, abrazándose y llorando. Al igual que la joven y su madre, mucha gente soltaron lagrimas y su corazón bailaba de alegría. Ante los ojos de la comunidad, ese acto noble de Sap’achuri fue reconocido como muy humano y así se le hizo conocer, cuando los moradores inclinaron su frente en señal de gratitud: “Oh, generoso dios Sap’achuri, grande es tu poder y tu gloria, vive una eternidad”. El corazón noble de Sap’achuri había cumplido con los chipayas.

Cuando Tatira tuvo noticia de que Sap’achuri se había llevado a la joven chipaya, lanzó un tumultuoso gemido, cuyo acento desgarrador hirió las entrañas de la isla de Panza. Pero luego se golpeó la cabeza, al impulso del fuego en que ardía su corazón, y después arrasó con todo a su paso, destruyó flores, braseros y jardines. Le castañeteaba el pico de ira. Tatira no halló otro medio de desahogar la rabia que hervía en su pecho, el amor propio herido y el orgullo humillado. Muy pronto el sentimiento de amor se mudó por el sentimiento de venganza, porque en su corazón no demoró en despertar un gran odio hacia Sap’achuri. De esta manera su odio creció y creció hasta empañar el cielo. Ahora sus ojos brillaban con la furia del amor herido, también su entraña se agitaba de cólera. El odio que invadía el corazón de Tatira no se aplacó en el acto, sino más bien convulsionó con ímpetu el ánimo, en contra de Sap’achuri, cuya buena reputación en la comunidad chipaya le atormentaba cruelmente. Tatira tenía, para llevar a cabo con exito la empresa, uno de los principales elementos, el poder de la fuerza y por otra parte el terror que sentía la gente ante su presencia. Con ello comenzo a preparar la primera ofensiva para derrotar a su enemigo Sap’achuri.

Desde hace un tiempo, un presentimiento había asaltado el corazón de la hermosa chipaya y este presentimiento posteriormente cobró vida, cuando presintió la funesta desgracia que le aguardaba a la gente de la comunidad y también a Sap’achuri, a causa de su huida de la isla de Panza. Había conocido muy bien a Tatira en el lapso de su cautiverio; no se resignaría fácilmente a perderla. La gente ignoraba la matanza cometida por él. Solo la hermosa chipaya sabía de lo que era capaz. Elisión no se había equivocado cuando le asaltó aquel funesto presentimiento, porque Tatira no tardó en presentarse en la comunidad chipaya, lleno de rabia. La gente retrocedió de temor ante su presencia. Algunos que otros dieron grandes muestras de reverencia. Sin embargo este gesto no aplacó la rabia de Tatira, sino más bien aumentó con la sola idea de que la joven había huido merced al auxilio de Sap’achuri. El primer efecto de este odio fue buscar a su enemigo Sap’achuri. Al no hallarlo, se aprestó a divulgar por toda la comunidad, y mas allá, la falsa noticia de que Sap’achuri era un dios de la plaga. Esta noticia de inmediato fue desmentida por una gran mayoría de personas, que no prestaron ni el menor crédito a las palabras de Tatira. Al respecto, éste se encolerizó más de lo que ya estaba. Toda su talla ofrecía una ferocidad que no conocían los chipayas. Entonces sintió una enorme repugnancia hacia las personas que se negaban a entregar a la hermosa chipaya. Bramó de rabia y de colera, y de pronto toda su furia se descargó cuando se lanzo sobre la gente, para tumbarla, dejándolos sin vida. La masacre cometida por Tatira duró toda una mañana. Pronto se oyeron los primeros ayes de los heridos.

Nadie se atrevió a desafiarlo y menos a salir de sus moradas. La masacre cometida por Tatira era para la comunidad chipaya un acto imperdonable. Entonces el nombre de Tatira fue maldecido de mil maneras. En su condición de niña-mujer, Elision había temido que se cometiera con su gente uno de esos actos de barbarie de que los dioses perversos se valían. Por esta causa la hermosa joven no dejaba de llorar. La muerte de los chipayas no calmó en manera alguna la cólera de Tatira. Corazón que no sabe amar era incapaz de sentir piedad, porque él llevaba en sí el germen de toda la maldad. Cuando Sap’achuri entró en la comunidad chipaya, se perdió en una confusión a causa de la masacre que se había cometido y que aún se seguía cometiendo. En ese momento, el único propósito de Sap’achuri era salvar a la joven, porque juzgaba que esa furia de Tatira iba más allá de lo que ellos imaginaban. En aquel momento, Tatira, cegado por la cólera, le cerró el paso a Sap’achuri y éste sospechó que había sido víctima de una trampa. El gemido estremecedor de Tatira exaltó en intranquilidad a su enemigo, quien reparó en seguida en lo que éste intentaba. En consecuencia, Tatira se apresuró a cometer el primer ataque contra Sap’achuri y éste apenas intentó la resistencia porque le tomó de sorpresa. Los efectos del primer ataque se vieron en seguida, con resultados muy favorables para Tatira. Pero luego comenzó a prepararse Sap’achuri, que en el segundo ataque se defendió mejor. La lucha feroz de ambos dioses se libraba en el aire. Pero la pelea violenta no se definió en el primer, ni en el segundo ataque; duró toda una tarde.

A medida que transcurían las horas, la lucha se hacía más encarnizada y pronto inundó de sangre el suelo. La comunidad chipaya, al tener noticias acerca del resultado de la pelea, lanzó un grito de estupor, quedando asimismo los que presenciaban . Era enorme el temor del final de la lucha. La gente permaneció indiferente ante la pelea, porque no tomó parte en la lucha por temor a ser agredidos físicante.

Continuó la pelea entre ellos parte de la noche. Lejos de aplacar su colera, Tatira se arrebató, atacando más a su enemigo y, en el momento que le era favorable, Tatira se adelantó en coger con sus dos agudas garras el ala de Sap’achuri, causándole luego la pérdida total de la misma. Saboreaba su triunfo anticipado, consideraba que el mutilamiento que había sufrido Sap’achuri no era suficiente, por lo que volvió para coger a su enemigo, pero esta vez degollandole la cabeza, con más violencia que lo demostrado hasta ahora. Viendo que este brutal golpe era mortal y favorable a su proposito, Tatira se juzgó a sí mismo victorioso. En cambio Sap’achuri en esta pelea no era tan afortunado, porque cayó al suelo sin vida. Sap’achuri se había reconocido empequeñecido ante su poder, con esa derrota humillante, y se sentía completamente abatido ante Tatira, al ver que no había logrado vencerlo.

Los chipayas corrieron para ver el triunfo de Tatira y la derrota de Sap’achuri, pero al mismo tiempo retrocedieron de miedo al ver el cuerpo de Sap’achuri, desparramado por el suelo, en varios trozos de carne. Por su parte, la joven chipaya, deseando saber lo que había pasado con la vida de Sap’achuri, se aproximó al lugar de los hechos. Pero en su trayectoria, su pie desnudo tropezó con la cabeza degollada de Sap’achuri. Se sobresaltó, no pestañeó, ni movió los ojos fijos en la cabeza degollada y, por más esfuerzos que hacía, no podía apartar la vista. La infausta suerte que había corrido Sap’achuri había roto dentro de su ánimo no sé qué encontradas emociones, habia paralizado los latidos de su corazón, porque vio destruido el triunfo de Sap’achuri en aquella pelea, en la que tanta esperanza había depositado. En ese instante, su bello corazón comprendió que debía corresponder a la hospitalidad que recibió de Sap’achuri en vida, por lo que tomó la cabeza degollada de éste entre las manos y luego la envolvió en un lienzo, con la idea de darle una sepultura digna de su grandeza.

Tatira mal herrido, pero henchido el pecho de pura satisfacion por su grande y exitoso triunfo en la derrota de su peor enemigo, Sap’achuri, se consideraba dueño absoluto de la voluntad de los habitantes. Su poder de acero era cuando menos hacer ver que él tenía la vasta autoridad sobre la comunidad chipaya, ahora que Sap’achuri estaba derrotado. En esta circunstancia, Tatira se creía capaz de conducir a la comunidad con tan solo una orden. Por su parte, los moradores, por temor a recibir un daño, se sometían a su voluntad y todo lo que Tatira decía o hacía se antojaba natural, a pesar de que unos cuantos mostraron grandes señales de indignación por el daño que habían recibido. No obstante, la mayoria de los moradores se postraron a los pies de Tatira. Los jóvenes elevaron cánticos de gloria y ofrecieron t’hinkas(obsequio que uno realiza en forma voluntaria para animar ciertas celebraciones religiosas y que consiste en una porción de coca y bebida). Dicha muestra de lisonja alimentaba la vanidad de Tatira, porque el triunfo que había obtenido coronaba una más de sus grandes victorias y aumentaba de este modo a tal punto su poder y su orgullo.

A las pocas horas, Tatira hizo correr la voz de que en la pelea Sap’achuri habia muerto. Adoradores de Tatira confirmaron la noticia: “Ha muerto Sap’achuri… Ha muerto Sap’achuri”. Cómo disfrutaban de este momento de triunfo. La infausta noticia en otros moradores produjo una gran tristeza. Se guardó el luto desde ese momento, dando lugar al llanto.

La hermosa Elisión paso la noche en vela, pensando qué suerte le esperaría a ella y también a los habitantes de la comunidad, ahora que Sap’achuri había muerto. No había quien los defendiera de los bárbaros actos de Tatira. Se atormenteba profundamente, sin poder remediar qué haría para poder otorgar el aliento de vida a Sap’achuri. A su mente se le ofrecían, al cerrar los parpados, las imágenes más dolorosas y más crueles, producto de la muerte de Sap’achuri. Su memoria entonces retenía en su imaginación estas imágenes y a este punto se torturaba su mente. Sumergida en sus pensamientos la tomó desprevenida el primer rayo de la mañana. La transcurrida triste noche fue muy penosa para la mayoría de los moradores, como fue para la hermosa chipaya, cuando volteó los ojos a la reciente pasada noche y arrojó una mirada al lienzo que cubría la cabeza de Sap’achuri. Conmovida por estos recuerdos, de sus ojos brotaron lágrimas de agua cristalina y sus labios color de rosa no cesaban de arrojar ayes agudos. Un nuevo dolor se había apoderado del corazón sensible de la hermosa chipaya. Dolor que hacía estremecer su cuerpo, porque era tan vivo que no permitía articular palabra alguna, sin que su amargura ahogara su voz y diera solo lugar a grandes suspiros. Elisión, esa mañana, vestía un modesto vestido, color negro, sin adorno alguno. El color de su prenda se mostraba solidario con el sentimiento de su dolor. El detalle provocó aflicción en ella. Juzgó que nunca había estado tan triste como ahora. Al respecto nada mitigó su tristeza, ni en momentos que escucho la voz de consuelo se sentía aliviada. Entonces dijo: “Toda la gente de la comunidad lamentamos profundamente la muerte del dios Sap’achuri”. Obedeciendo a la voluntad que manda el corazón, la hermosa chipaya tomó descanso, continuó en la tierra húmeda del rio Lauka. Allí sus menudas manos escarbaron la tierra, con el propósito de enterrar la cabeza de Sap’achuri, aún cubierta por el lienzo. Mientras que realiza esta labor, ella no puede evitar que sus ojos nuevamrnte derramen lágrimas, bañando rápidamente las mejillas. Apenas finalizó de escarbar la pequeña fosa, ella se dispomía a dar la última mirada a la cabeza de Sap’achuri, para lo cual levantó el lienzo que la cubria. Pero grande fue su sorpresa, cuando solo encontró en su interior un halcón vivo e inquieto.

Aquella transformación de Sap’achuri en un halcón era un acto verdaderamente increíble, sobrenatural. La joven no podía dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. En vano procuró enjugar las lágrimas y agitar la cabeza. Sus ojos redondos revelaban el enorme asombro de su corazon. Este asombro rebosó a pesar suyo en su tono de voz: “¡Oh! Sólo cuando tendió la mano y acarició la cabeza del halcón pudo dar crédito a sus sentidos. No tardo en comprender que el mismo halcón estaba privado del habla. Luego, el ave, con cierta vivacidad, se sacudió sus alas. En el corazón de la joven no tardó en nacer el sentimiento de la esperanza. Merced a ello, en su boca se dibujó una sonrisa. La joven gozaba de la más lisonjera de las dichas, volviendo la paz a su alma. Este suceso fue considerado como milagroso por ella.

Después de un breve instante, el halcón levantó vuelo. Con mucha facilidad había alcanzado alturas sorprendentes. En su vuelo raudo se revelaba un carácter resuelto, porque volaba con la segura esperanza de la victoria. Pocas horas después, se encontraba volando en la isla de Panza. Sus alas no dejaban de batirse con fuerza superior, merced al objeto que había adoptado. Entonces sus agudos ojos advirtieron la talla de Tatira, reposando sobre una quebrada. Volo hasta llegar a Tatira, con una rapidez verdaderamente extraordinaria, y se arrojó sobre sus ojos, hundiendo su agudo pico hasta extraerle un ojo, allí, sin dar tiempo a que volviera de su asombro. Tatira con dificultad emprendió el vuelo, mientas en sus venas ardía la sangre de la ira. En tanto, el halcón, sin dar tiempo a la defensa, nuevamente se arrojó sobre Tatira para extraerle el segundo ojo, con esa rapidez verdaderamente admirable. Tatira, privado de la vista, daba vuelo en el aire, vacilante e inseguro. Quiso sostenerse en el aire, pero necesariamente tuvo que caer en el precipicio, dando un giro. Poco después fue aplastado por el peso de una enorme roca. Todo el dolor que sufrió en aquel momento Tatira era un castigo a sus crímenes, eran espinas agudas a su consciencia. Finalmente, un tremendo gemido hizo temblar los pilares del palacio. En un momento, se venía abajo todo el palacio, como azotado por un golpe de mazo. Aquel gemido fue el último reflejo de la vida de Tatira, que se apagó para siempre. Con ella, también se apagó la maldad de Tatira, semilla de todos los males. Tatira yacía cadáver. Así le tocó morir. Pasado el momento de destrucción del palacio, la isla de Panza quedóse en el más completo silencio.

No transcurrieron muchas horas sin que llegara a los oídos de la comunidad la noticia de que Tatira había muerto a manos de Sap’achuri. Los indígenas quedaron asombrados y admirados a la vez por esta heroica acción de Sap’achuri, que no esperaban en ningun momento- Es más no creyeron que el dios de la protección hubiera resucitado. Solo la joven sabía con certeza que Sap’achuri había resucitado, para convertirse en un halcón. La incredulidad del hombre indígena. Procedieron a la celebración con bailes de máscaras y auquilas(musica interpretada con el más primitivo instrumento musical registrado en el área andina) de la muerte de quien fuera su mayor tirano.

En cambio, personas fieles a Tatira se reunieron para tratar de dar honrosa sepultura a su dios. El entierro se llevó a cabo a vista de todos los moradores de la comunidad, y él concurrieron casi una docena de indígenas. Sus restos fueron depositados a la orilla del río Lauka. En ningún momento los indígenas desconocieron la elevada maldad de Tatira. En cambiom Sap’achuri, el dios de la bondad, en vida estaba precedido de la virtud en alto grado, unido a las benévolas obras que realizó en vida. Ahora que no estaba entre ellos, produjo un profundo vacío que con nada podía llenar. Por esta causa se dolía el alma de los chipayas.

 


 
Mapas e ilustraciones

Mapa de Bolivia.

 


Mapa de Oruro, Bolivia.



Chipaya.


 

VOCABULARIO

Almilla. Semejante a una camisa.

Apichusi. Especie de edredón de trapo usado.

Auki. Persona de avanzada edad.

Auqila. Música interpretada con el más primitivo instrumento musical registrado en el área andina.

Awatir tayca. Pastores de la comunidad.

Chunpi. Soguilla delgada que se ciñe a la altura de la cintura en lo que cuelga el liwi.

K’analla. Fragmento de cerámica usada.

K’uyas. Vivienda chipaya sobre una base circular y acilindrada. Está construida de los raíces de adobe, cortando del suelo en trozos y puesto el uno sobre el otro, sin ningún otro elemento que este adobe de raíces, llamado tepes.

La ira. Consiste en una pieza tejido de lana en lista blanca y parda, de forma rectangular, usada a manera de poncho, cosido en sus extremos laterales, que deja solo la abertura para dejar libres los brazos y la cabeza.

La kjjats. Pequeña bolsa para la coca.

Liwi. Instrumento para la caza de parinas.

Loctrinas. Grupo de mujeres jóvenes, bajo la tutela de una anciana o mujer madura.

Lojtaña. Consiste en elaborar una mezcla con harina y expandir en cuatro direcciones con relacion al espacio cósmico.

Maisho. Pequeño instrumento de caña hueca, de 2 y 3 tubos de diferentes dimenciones.

Ojchchis. Primitivo instrumento para interpretacion de música ritual o festiva. Instrumento de música hecho de forma ovoide, con solo dos agujeros, el uno para la embocadura y el otro para la modulación con un dedo.

Ojotas. Quichua uxuta, sandalia de los indios suramericanos.

P hisara. Grano de quinua cocido.

Parina. Pariguana.

Patio-mallku. Adoradores, espíritu protector de la familia. Se halla representado en cada casa por aves, vicuñas, avez disecadas.

Putuku. Casa de campo, similar a k’juyas, solo que en lugar de techo de paja tiene un acabado de tepes en punta.

Samiri. Piedra de forma irregular que se conserva en agujeros especiales u oculta en la naturaleza de paja. Del espíritu de este dios depende la salud y la prosperidad de la comunidad.

Sayaña. Especie de tierra para usufructo familiar.

Tarilla. Especie de pequeño mantel.

T’hinkas. Obsequio que uno realiza en forma voluntaria para animar cierta celebración religiosa y consiste en una porción de cosa y bebida.

Topos. Especie de alfileres grandes especiales.

Tortakha. Denominación que se le da a una mujer joven chipaya.

Urku. Se trata de una prenda cuadrangular con la que se envuelve el cuerpo, cerrando la pieza a la altura de los hombros.

Wylancha lonjtaña. Consiste en el sacrificio de sangre de tres ejemplares de los ganados que sostienen la comunidad de chipaya: una llama, una oveja y un cerdo.

Yak ota. Especie de manto con el que envolverse en caso de excesivo frío.

Yapukamayu. Jefe encargado del cuidado de las sementeras.

Yatiris. Aymara, persona que practica un tipo de medicina en base a elementos naturales y practica magia.

 



Informantes

He aquí el listado de las siguentes personas, que nos fueron relatando la versión oral del mito.

Escara: Macario Quenaya, pastor de la comunidad.

Ancokala: Demetrio Mayrana, médico que practica magia en base a elementos naturales.

Sabaya: Nicolás Barco, persona de avanzada edad, jefe encargado del cuidado de las sementeras.

Pallca: Doroteo Huayllani.

Ayparavi: Narciso Ñeqi.

Jose Mamani, Jilakata mayor del ayllu de Tuanta)

Juan Condori.

 



Bibliografía

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Gazeta de Antropología