Gazeta de Antropología, 1992, 09, artículo 01 · http://hdl.handle.net/10481/13666 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 18 junio 1992    |    Aceptado 3 julio 1992    |    Publicado 1992-09
Significaciones simbólicas de las leyendas
Symbolic significances of legends



RESUMEN
El presente artículo recoge el texto de la conferencia de clausura del VIII Curso de Introducción a la Etnología, impartido en el Instituto de Filología del CSIC, Madrid. La conferencia precedente, sobre el mismo tema de las leyendas, fue publicada en el número 8 de la Gazeta de Antropología.

ABSTRACT
This article presents the text of the closing presentation from the VIII Course of Introduction to Ethnology, given in the Institute of Philology in the CSIC, Madrid. A previous presentation, on the same topic, was published in issue 8 of Gazeta de Antropología.

PALABRAS CLAVE
leyenda | estudio de las leyendas | relato simbólico | tradición popular | tradición oral
KEYWORDS
legend | legends study | symbolic stories | folk tradition | oral tradition


Ya hemos expuesto (véase Gazeta de Antropología, número 7, 1990) algunos criterios que, en general, parecen útiles para el estudio de las leyendas.

Habíamos hablado de criterios de localización, de actualización, criterios de la personificación en la misma narración de figuras distintas con interpretaciones de la anécdota o del caso legendario en un contexto histórico-cultural también distinto. En este recuento, para establecer criterios que puedan ser útiles en general, nos encontramos con que hay algunas leyendas, a veces de origen precristiano, mítico, que tienen un valor simbólico en relación con las actividades humanas.

Los historiadores de las religiones clásicas y particularmente de la romana o la latina, han estudiado muy minuciosamente este concepto que tenían los antiguos acerca de los dioses que se llamaban «de acción». Es decir, que cada acción o acto del hombre o de la mujer a lo largo de la vida y también los oficios, tenían una divinidad menor que representaba esta acción desde el nacimiento hasta la muerte.

En las leyendas posteriores se encuentra algo que se relaciona con su significación, que podemos llamar simbólica, desde este punto de vista de una acción. Ustedes saben que hay un mito que corre entre griegos y romanos que es el de Dédalo, el artífice, el hombre hábil por excelencia que, con independencia de las explicaciones de tipo psicoanalítico que se han dado, es la representación del arte con éxito. Al revés, en el caso de Ícaro, el arte fracasa y se convierte en ruina y, a veces, es causa de la muerte.

La palabra , entre los griegos, es algo que indica habilidad, la habilidad en una técnica o en un arte. Resulta que muchos siglos después, como hemos visto en otros casos de transmisión de leyendas, hay una que se aplica al artífice de la sillería del coro de la catedral de Plasencia y que es, punto por punto, la leyenda de Dédalo. El personaje o el artífice se representa como un hombre habilísimo, pero, naturalmente, en circunstancias completamente distintas a Dédalo desde el punto de vista histórico-cultural, puesto que el mito de Dédalo se desarrolla en el paganismo antiguo y esta leyenda, que se localiza y personifica en un ser que existió a comienzos del siglo XVI, tiene otra significación.

La sillería de la catedral de Plasencia es una obra fabulosamente labrada en este estilo germánico-gótico del norte de Europa, y en sus misericordias aparecen temas que se pueden considerar indecentes pero que en el fondo corresponderían a un criterio moralizante: cuentos, fábulas, ejemplos y que se decía servían para rememorar a las gentes que allí se sentaban su condición de pecadores.

De todas maneras, es cierto que la sillería es una maravilla de fabulosa calidad y, al mismo tiempo, es escandalosa, es algo que a la gente piadosa producía inquietud. Según una noticia del padre José de la Cerda, erudito que vivió de 1560 a 1640, en un texto virgiliano sobre Dédalo precisamente, comenta que el autor de la sillería de Plasencia fue preso por la Inquisición como sospechoso de herejía y pudo salvarse haciendo un artefacto para volar y huir, como el mismo Dédalo. Así que vean ustedes la conexión entre el mito simbólico del artífice, del hombre hábil que arrastra una responsabilidad y reta a la naturaleza saliendo victorioso.

Resulta que la tradición ésta ya se recoge, en el siglo XVI-XVIII, sobre el autor de la sillería del coro de la catedral de Plasencia, el maestro Rodrigo Alemán, que debió florecer allá por los años 1496. Ponz en su Viaje por España, al describir la riqueza de esta catedral, cuenta la misma tradición, la misma leyenda recogida en su época. Lo curioso es también que, en algunas cuentas de la catedral, parece que hay unos pagos para la procesión del Corpus en donde este maestro, aparte de hacer estas tallas fabulosas en la sillería, fabricó unos cuantos pares de alas para ángeles; estas alas las hizo con plumas. Así que hay una posibilidad de reinterpretación del mito a base de dos realidades: Una, la realidad fabulosa de Rodrigo Alemán; otra, la construcción de artefactos que se asocian con las nubes y los aires. Como ven ustedes este mito se transmite a la civilización cristiana y se da como una leyenda simbólica de lo que es la posibilidad de la perfección técnica y la posibilidad de personificar, como hemos visto antes, en un hombre del siglo XV o XVI, algo que ya en la antigüedad remota se contaba del constructor del laberinto de Creta y otras maravillas antiguas.

Es una constante la de la transmisión de leyendas a lo largo de distancias grandes. Lo que no sabemos bien siempre es cuál ha sido la vía de la transmisión, si ha sido una pura transmisión oral, la cual es poco probable en muchos casos, o si ha sido una transmisión mixta: oral unas veces, escrita otras, y en un flujo y un reflujo de lo oral y lo escrito.

La transmisión en sí es algo que ha preocupado mucho a críticos y eruditos desde épocas remotas. Ya el mismo padre Feijoo, al que ya he hecho alusión, se ocupó no solamente del cómo se transmitían los hechos tenidos por maravillosos y misteriosos, sino también de la transmisión de chistes, anécdotas y agudezas que, en realidad, parece que tienen un mecanismo en su transmisión bastante semejante. Una expresión que recoge Feijoo en este ensayo agudo y curioso sobre los chistes es un dicho atribuido a un sacerdote español en el momento en que le picaba un piojo al decir la misa. Esta ingeniosidad improvisada del sacerdote español del tiempo de Feijoo, el mismo Feijoo dice que la trae de Plutarco en los Apotegmas, en relación con un rey de Esparta, Ajesilao, cuando sacrificaba en un altar. En el mundo cristiano se adaptan, naturalmente, a la civilización y conceptos del cristianismo cosas que ya aparecen muchas veces en el mundo grecolatino. Feijoo recuerda también otra anécdota que se decía ocurrida a un poeta, Filoxeno, que era comensal del tirano Dionisio, respecto a un pez que el tirano reservaba para sí, mientras al comensal le daba otro menor. El comensal fingía una conversación con el pez que tenía delante y el pez le decía que otro que estaba en la cocina que era mejor que él, podía contestarle. Este es un tópico del que el mismo Feijoo dice que en su época corría como una anécdota de su tierra. Todavía podríamos pensar que el tópico corrió más y más por España.

En una novela de mi tío, Zalacaín el aventurero, la misma anécdota exactamente, se pone en boca de un chistoso o ingenioso personaje de Guipúzcoa, Fernando de Amézqueta, y que en esta tierra corresponde a ese tipo de ingenioso que en Castilla es Quevedo, en la Rioja Samaniego, o en Cataluña el rector Vallfogna, del que ya hablamos antes.

Hay, pues, una misteriosa transmisión, que no podemos determinar más que en cada caso cómo se ha llevado a cabo.

Al final voy a hablar un poco de los medios o forma que hay de transmisión, pero antes de ello quisiera hacer alguna referencia a los ámbitos de las sociedades en que se transmite una u otra clase de leyendas. Porque si hiciéramos un recuento de lo que puede considerarse la leyenda que corre en el ámbito campestre y las leyendas que circulan en ámbitos urbanos, podríamos, y de hecho podemos, observar cómo la transmisión y el interés dominante en el ámbito campesino es bastante distinto al del urbano. En relación con esto se puede aceptar que se transmiten mejor determinadas leyendas en unos ambientes que en otros, y que, obviamente, las que tienen una ambientación por sí mismas silvestre, selvática, pueden ser más imaginables en un ámbito también silvestre. Otras en cambio, necesitan un ámbito determinado que no es ni el silvestre ni el urbano, sino que puede ser en el ambiente marino o fluvial. A este respecto hay un caso, hoy clásico, que nos da el arquetipo para otros y es el de la vieja leyenda relativa a Hero y Leandro, de los que se dice vivían uno en cada orilla del Helesponto, la europea y la asiática. Estas dos personas se amaban. Leandro cruzaba de una orilla a otra por la noche y Hero orientaba a su amante con una luz desde lo alto de su casa. Pero durante una noche de tempestad la luz falló y Leandro murió en el estrecho. Hero desesperada, se lanzó al mar. Es una leyenda que se encuentra en Ovidio y de la que el poeta griego Museo Gramático realizó la versión más completa y conocida: una historia de amor helenística. Era en este caso Hero una sacerdotisa y una mujer que tenía que conservar la virginidad y que, por lo tanto, en estos amores habría una especie de sacrilegio y contradicción en relación con lo que se exigía a las sacerdotisas.

Vamos otra vez a dar unos saltos en siglos y nos encontramos con que, en 1804, el gran filólogo y filósofo alemán Guillermo Humboldt, hermano de Alejandro y, para muchos, más importante que él, hace un viaje por el norte de España y se encuentra con sorpresa que en las cercanías de una isla vasca, la isla de Ízaro, se contaba algo muy parecido a la leyenda de Hero y Leandro, en relación con un fraile enamorado. Esto le dio motivo para pensar que habría otras leyendas de corte similar, clásico o antiguo, aunque cristianizadas, porque en el caso de Ízaro fue, naturalmente, el diablo quien produjo la noche tempestuosa y le dio la señal equivocada. Pensarán ustedes que esto puede ser un caso particular, pero es que hay otras variantes intermedias que son más conocidas que ésta que observó Guillermo Humboldt en su viaje.

La historia del clérigo o el monje nadador enamorado se halla en dos cantigas del Rey Sabio: la número 11 y la 111. Gonzalo de Berceo cuenta algo parecido en el milagro segundo de Nuestra Señora, en el que la Virgen salva al monje pecador por esta constante fuerza de la Virgen, mediadora y salvadora en última instancia de los pecadores. Hay otros ejemplos similares alemanes que ya han sido recogidos y estudiados.

La leyenda, como ven ustedes, se tiene que adaptar al medio fundamental que es un río o el mar, y la interpretación moralizadora tiene en cada época rasgos distintos. Hay leyendas de tipo urbano que en Madrid, por ejemplo, se podrían estudiar haciendo un ensayo bastante curioso, porque en muchas ocasiones la leyenda da la razón del nombre de una calle, como puede ser la leyenda madrileña de la calle de Valgamediós o la de La Cabeza o la de La Almudena, a las que se dan orígenes con fechas y circunstancias muy precisas. A veces es el nombre el que corresponde al protagonista de un hecho legendario, como el caso del Caballero de Gracia que se dice de un personaje donjuanesco, Jacomo de Gratis o de Gratia. Y hay en Madrid, también, otros personajes de corte donjuanesco, como el que dio nombre a la calle del Bonetillo, que se dice fue don Juan Henríquez, al que se le asigna este motivo, ya conocido por nosotros, de que vio su propio entierro en la calle y que luego se vio hecho un cadáver, lo que le hizo arrepentirse y después, en lo alto de la casa donde vivía, puso un bonete como recuerdo del arrepentimiento.

Los varios autores que se han ocupado del origen de los nombres en las calles de Madrid, madrileñistas en general, recogieron y aprovecharon estas leyendas urbanas que, como cabe imaginar, se pueden encontrar en otras grandes ciudades, no solamente en España, sino por Europa. Las leyendas de las calles de Barcelona, las de Sevilla o Córdoba están preñadas de leyendas.

El tipo de leyenda urbana es susceptible de un estudio, ordenación y clasificación importantes, desde el punto de vista sociológico. Tiene también importancia para caracterizar a las personas, el ambiente en que forjó la leyenda, y da otro criterio de clasificación entre estos tantos que hemos analizado.

Vamos a decir algo en relación con los transmisores de las leyendas. En el viejo libro de Van Gennep, al que aludí en otra ocasión, hay un capítulo un poco vago a cerca de los agentes de transmisión de las leyendas. Naturalmente es obvio que hay personajes remotos que son creadores o transmisores conocidos, como los hagiógrafos o los poetas medievales, de los que hemos hablado, como Gonzalo de Berceo. Hay también transmisores que pueden considerarse conocidos en una época más que en otra, como los juglares, sobre los cuales hay estudios innumerables. La leyenda se transmite unas veces por vía oral, otras por la escrita, y el que la dice tiene a veces su base en una lectura. En tiempos más recientes que estos medievales tenemos conocimientos de otro tipo de transmisiones que también usan o usaban las dos vías de un modo alternado y que, en gran parte, han dado lugar a lo que se llama literatura de cordel. Esta literatura se crea desde que la imprenta se puso, en parte, al servicio del público popular, en cuadernillos pequeños o pliegos de cuatro páginas.

Dentro de este mundo tradicional hay un personaje que han tenido una importancia excepcional en la transmisión, no sólo oral, sino también escrita, de leyendas, de relatos, de versos y de prosas, este personaje es el ciego. El ciego, privado de la posibilidad de realizar otros trabajos, usa de la palabra y de la voz como medio fundamental de ganarse la vida, recitando, incluso rezando por encargo o por limosna. Es significativo que, ya en la antigüedad, la representación del poeta por antonomasia, Homero, sea un ciego, y que luego haya bastantes poetas ciegos, conocidos en la historia de la literatura de los pueblos. En España, en Castilla, hallamos ya esta figura del ciego transmisor, no de lo que él haga, sino de lo que hacen otros, hasta en aquellos versos famosos del Arcipreste cuando dice que hizo algunos cantares «de los que dizen los ciegos». Es decir, que, en pleno siglo XIV, se documenta la existencia de poetas que componían para aquellos. Después nos los encontramos ya constituyendo agrupaciones o asociaciones profesionales con el carácter de los gremios.

Así como hay profesiones que se agrupan en la forma gremial clásica, que tienen incluso los Maestros Cantores de Nüremberg, los ciegos formaban, y de hecho han formado hasta el siglo XIX, unas asociaciones con sus estatutos. Salen a relucir muchas obras y muchos textos literarios, que no voy a recordar ahora, pero que al fin se pueden poner como ejemplo. Lope de Vega, en El desdén vengado, tiene unos versos que dicen: «No ha de quedar redomilla, unto, ruda, azeyte, sebo, que no canten mañana niños, fregonas y ciegos». Es decir, que esta idea del ciego que canta y transmite las noticias o los sucedidos y textos conocidos desde épocas remotas, la encontramos documentada muy abundantemente en los poetas del siglo XVI y, sobre todo, en los dramáticos.

Llega el siglo XIX, en el que todavía los ciegos tienen su hermandad, y hay una en Madrid importante. En el momento del liberalismo, la Sociedad Económica Matritense, en otoño de 1834, da lectura de un informe de un político famoso liberal, don Salustiano de Olózaga, acerca de esta hermandad. En él se hace una crítica feroz contra la actividad de la hermandad de ciegos. Olózaga, como liberal que era, consideraba que los gremios, las asociaciones, eran una rémora para el desarrollo técnico de España, porque pensaba que los intereses particulares, formas de monopolio, privilegios, etc., restaban fuerza a la competencia y al perfeccionamiento. Pero resulta que, aunque parezca difícil de imaginar, la corporación de ciegos de Madrid era celosa y pretendía ejercer un poder ilimitado sobre acciones tales como las de cantar pidiendo por la calle, imprimir pliegos con canciones, etc., de suerte que hacía la guerra a los libreros, a los cantores libres que no fueran ciegos, y pretendía ejercer este monopolio que criticaba Olózaga. Pero esto no es todo. Lo curioso es que Olózaga, en un volumen de obras suyas, nos habla también de un problema más importante, desde el punto de vista psicológico y literario: Los ciegos de su época, dice, habían dejado de cantar la antigua poesía heroica, los romances del Cid y de los héroes medievales; abandonaban todo lo que era el acervo tradicional de este mundo fabuloso de los pliegos de cordel, libros de caballería, leyendas, etc., y tenían en cambio una preferencia señalada por las poesías en que se contaban y cantaban las proezas de bandidos, contrabandistas, guapos, chulos y malhechores en general, dando con ello, acaso, más gusto al público infantil y popular del momento, y dando también unos modelos de vidas desordenadas y violentas que, para el político liberal, eran no ejemplares, sino todo lo contrario.

Puede sostenerse así que en el ámbito de lo legendario, de la tradición, de la transmisión ha habido gustos y selecciones realizadas en tiempos distintos con arreglo a intereses dominantes del momento.

También se puede pensar que en ciertos medios se ha puesto siempre más énfasis en cierto tipo de relatos que en otros.

Los ciegos recitadores han llegado hasta la época de mi niñez. Yo he visto vender todavía impresos en una imprenta popular de Madrid, libros de caballerías, romances clásicos, un poco adaptados al momento. Un escritor que dejó unas memorias muy curiosas, don Julio Nombela, en su vida azarosa y ajetreada, contó cómo también él, en un momento dado, estando muy apretado de necesidades económicas, trabajó para los ciegos modificando los textos según el gusto de la época o adaptándolos, transformando un romance antiguo como sucedido en la guerra de Crimea.

Ven aquí ya cómo el mecanismo de la adaptación lo encontramos documentado con estos testimonios del siglo XIX. En otros casos son los folcloristas los que en distintos países han dado la clave de dónde y cómo se transmiten las leyendas.

Los folcloristas asturianos, por ejemplo, en una época reconocen que gran parte de los materiales que recogían se los dieron las mujeres que se reunían las noches de invierno en lo que llamaban filandones, y en donde unas hilaban, los chiquillos estaban allí, los mozos y los hombres también como espectadores, y alguna mujer anciana o más experta contaba lo sucedido, las leyendas, separando también este género de los cuentos. En otras partes esta misma tradición de la mujer como transmisora se realizaba en el otoño, con motivo de labores agrícolas, como la de deshojar y desgranar el maíz, o alguna otra actividad, en un interior protegido de las lluvias. Estos personajes femeninos de tipo rural son los que llevan o llevaban el peso de la tradición, y así es natural que haya habido escultores o artistas que han representado a la tradición como una mujer anciana. Esta es, como si dijéramos, la visión venerable de lo que es tradicional. En otro orden, nos encontramos con la visión despectiva, que no sólamente se usa hoy o se ha usado hasta ahora, utilizando una expresión que todos habremos oído o empleado y que es la de llamar «cuento de la vieja» a una cosa un poco disparatada e inocente, pero la expresión la usa ya San Pablo. La idea de que los cuentos de vieja son algo deleznable la usa San Pablo y luego otras muchas gentes a lo largo de los siglos.

Veo que esto no es un curso completo sobre lo que podría decirse de la leyenda como género, pero sí creo que he tocado, de una manera más sistemática que otros autores, los problemas conceptuales fundamentales en torno a la leyenda, sus clases, sus variaciones, sus motivaciones, podemos decir, dentro de la sociedad, que son muy distintas, naturalmente, a las del cuento o a las de la narración, que se da siempre por imaginaria o por algo que no tiene credibilidad en absoluto. Se distingue en las fórmulas populares un género de otro: El cuento, al que se da una especie de valor ideológico, no moralizador ni ilustrador de la realidad. La leyenda de siempre tiene este otro carácter más vinculado a la experiencia y a la vida. Por eso no se puede hablar de cosas equivalentes a las leyendas españolas en relatos propios de algunos países primitivos, de pueblos como los australianos, o los bosquimanos, que corren o han corrido por unas vías muy distintas en un medio muy distinto. Nosotros estamos en el ámbito europeo, contamos con un fondo o trasfondo histórico muy profundo. Sabemos también mucho acerca de cambios culturales, lingüísticos, contamos con una cantidad inmensa de textos escritos en muchas lenguas y de diversos tipos: prosa, verso, teatro, etc.

Tampoco es posible hacer una división tajante entre lo culto y lo popular marcando fronteras absolutas. Lo escrito y lo hablado se combinan, se interfieren, las leyendas hagiográficas llegan a todos los públicos de muy distintas formas, desde el texto al sermón o al poema, a la interpretación teatral del autor clásico que luego pueden revertir en los espectadores.

Hay que desconfiar, según creo yo también, de algún vocabulario que se empleó en un tiempo por cierta tendencia positivista, según la cual se aplican al estudio de las leyendas algunos conceptos extraídos de las ciencias físico-naturales. Hay por ejemplo, algún autor de final de siglo pasado y comienzos de este que estableció unas pretendidas leyes en el estudio de las leyendas. Y así este autor, Rosières, acuñó conceptos como: ley de los orígenes, ley de las transposiciones, ley de las adaptaciones, que resultan a la postre muy vagas o un poco inútiles. Porque aplicar a un tema en el que se maneja el lenguaje y se está en una sociedad en una condición bastante fluida, el hablar de cosas tales como cristalización de las leyendas parece que es una cosa obtenida como en un laboratorio –obtener cristalizaciones–, pero esto no es más que una metáfora hoy lejana a la realidad. No hay cristalización en las leyendas, hay mil otras cosas, pero estos símiles físico-naturales no creo que tengan gran afinidad. En todo caso, mejor que hablar de leyes, es decir, relaciones necesarias y que sujetan los hechos de una manera absoluta, determinada, será referirse a criterios para emitir un juicio siempre relativo y descriptivo.

Podemos clasificar las leyendas europeas por géneros, podemos fijar el carácter de los tipos fundamentales de personajes legendarios, podemos ver cómo hay personalizaciones, como hablé el día pasado, personificaciones. Vemos también cuáles son los medios más adecuados para que se desarrolle un tipo u otro de leyendas. No hace falta recurrir al lenguaje creado en las ciencias físico-naturales. Es mejor siempre meterse dentro del mundo humanístico, hoy un poco despreciado, pero que tiene una precisión propia, una autonomía particular en todo lo que son criterios. Podremos utilizar acaso un criterio de realidad con cierta facilidad, sin que esto de la realidad nos haga pensar en nada físico-matemático. En todo caso podemos pensar al final que la leyenda ha servido para destacar hechos y caracteres que se perfilan en función de distintas sociedades, pero que tienen un carácter permanente dentro de la variabilidad de la sociedad. Es el caso, por ejemplo, de don Juan. Surge primero un carácter que luego va combinándose hasta convertirse en otro muy distinto. Éste, a su vez, da ocasión a que se observen mejor tipos que se dan en la sociedad propia y, en suma, a que hasta psicólogos, médicos, psicoanalistas hagan un diagnóstico de tipos reales partiendo del esquema legendario. Por último, nos encontramos que se puede llegar a establecer un repertorio de observaciones clínicas a partir del esquema. Esto pasa también en otros casos como los que describimos el día pasado en torno a las interpretaciones metapsíquicas que le han dado a las leyendas sobre casas habitadas, casas de duendes. Es decir, que el personaje a veces en la interpretación, en la significación, sigue el esquema y, al final, nos encontramos con que los elementos antiguos, que para la sociedad que los creó eran los fundamentales, para la realidad moderna no son los mismos ni fundamentales. En el mismo caso de don Juan, para los psicoanalistas, psicólogos y médicos modernos, el contorno religioso, el convite del muerto, la visión del entierro y hasta la redención por la mujer son cosas que no tienen el interés que tiene esta nueva versión u observación que se hace a base del arquetipo.

En suma, pese a los hechos de transmisión, localización, personalización, etc., la leyenda hay que estudiarla dentro de un ámbito histórico-cultural en función de esquemas firmes pero de creencias variables. Esto es lo que, a mi juicio, hace que en el estudio de las leyendas sea fundamental la teoría de la crítica literaria. Pero la verdad es que, cuando los críticos literarios modernos se refieren a las leyendas, no tienen la claridad de juicio ni determinan demasiado bien a qué aluden. De todas maneras, en otras épocas, hubo críticas a don Marcelino Menéndez y Pelayo o don Ramón Menéndez Pidal, los cuales hicieron una labor gigantesca en lo de aclarar qué cosa sea una leyenda. Yo ahora, al terminar, quiero dedicarles un recuerdo admirativo y también dedicar estas palabras mías torpes a su memoria, porque pertenezco a una época en la que los discípulos admirábamos a los maestros. Ahora hay mucha gente que no admira a sus maestros. ¡Peor para ellos!


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