Gazeta de Antropología, 2015, 31 (1), recensión 01 · http://hdl.handle.net/10481/34367 Versión HTML  ·  Versión PDF
Publicado 2015-01
Ruben Andersson:
Illegality, Inc. Clandestine Migration and the Business of Bordering Europe.
Oakland, University of California Press, 2014.

Luca Sebastiani


RESUMEN
Recensión del libro de Ruben Andersson: Illegality, Inc. Clandestine Migration and the Business of Bordering Europe. Oakland, University of California Press, 2014.

ABSTRACT
Book review of Ruben Andersson: Illegality, Inc. Clandestine Migration and the Business of Bordering Europe. Oakland, University of California Press, 2014.

PALABRAS CLAVE
ilegalidad | migración clandestina | fronteras | Unión Europea
KEYWORDS
illegality | clandestine migration | borders |European Union

Illegality, Inc. Clandestine Migration and the Business of Bordering Europe es un libro-ensayo basado en la etnografía realizada por Ruben Andersson, periodista e investigador afiliado a la London School of Economics and Political Sciences y al departamento de Antropología Social de la Universidad de Estocolmo. Esta obra se basa en un extenso trabajo de campo realizado a ambos lados de la frontera sudoccidental europea, el cual se aproxima a las principales rutas de la migración “ilegal” hacia la UE y abarca localizaciones ubicadas en algunos países de África Occidental, del Maghreb y en territorios fronterizos españoles. Está fundamentada en una cantidad impresionante de entrevistas y conversaciones en profundidad (más de doscientas) que han tenido lugar con migrantes; con representantes de organizaciones no gubernamentales, humanitarias e internacionales; así como con dirigentes y funcionarios de las policías fronterizas. Igualmente, el autor ha desarrollado numerosas observaciones participantes en distintos contextos: entre migrantes repatriados en la zona de Dakar, en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta, con activistas transnacionales con ocasión de movilizaciones y hasta en algunos centros de mando de operaciones de vigilancia policial.

En la introducción, Andersson observa que la relevancia numérica de las entradas “ilegales” en tierra europea, ya sea vía tierra o vía mar, es tan escasa como para preguntarse por qué razón existe una “obsesión” tan fuerte hacia la migración “ilegal” (p. 12), sufragada por gastos exagerados en medidas de seguridad y tecnologías de control. Asimismo, se plantea analizar las representaciones subyacentes en la construcción social de la inmigración “ilegal” o “clandestina”, focalizándose especialmente en las y los (sobre todo varones) migrantes subsaharianos/as que en diferentes puntos cruzan o se dirigen hacia las fronteras comunitarias. Cabe aclarar que el uso de adjetivos tan controvertidos como “ilegal” y “clandestino” no se hace con propósitos excluyentes, sino más bien desde una perspectiva emic: en efecto, tal y como veremos, uno de los argumentos del autor es que estas categorías, bajo ciertas circunstancias, son reivindicadas y utilizadas estratégicamente por los propios actores (y es por estas razones que a partir de este momento dejaré de escribirlas entrecomilladas).

A mi modo de ver, la naturaleza innovadora de este libro reside no tanto en la temática elegida, sino en el marco analítico adoptado -particularmente original y sugerente- y en el acercamiento metodológico propuesto. Lejos de limitarse a emprender un análisis crítico de las políticas migratorias elaboradas desde la UE, o por el contrario, a presentar una contra-narración migrante de las distintas trayectorias y vivencias, el autor integra bajo un único prisma analítico al conjunto de los protagonistas (y de sus diferentes visiones) implicados, de variadas maneras, en la por él llamada “industria de la ilegalidad”. Industria en la que, además de los citados actores políticos, policiales, migrantes y de la sociedad civil, están plenamente insertas empresas productoras de tecnologías, periodistas, exponentes del mundo académico y no por último -porqué no decirlo- antropólogos y antropólogas.

Al hablar de “industria”, el autor quiere resaltar que los actuales controles sobre movimientos de población están caracterizados, entre otros aspectos, por una naturaleza productiva -de saberes, representaciones y también prácticas materiales- . En otras palabras, se propone analizar las políticas migratorias también en tanto que conformadoras de subjetividad y no simplemente represivas. En este sentido, Andersson se plantea “explorar etnográficamente cómo la migración clandestina ha sido constituida como un campo para la intervención y para reunir conocimiento en las últimas décadas” (p. 12) (todas las traducciones del inglés son propias), así como analizar “el sistema en el que la migración ilegal es tanto controlada como producida -su configuración, su funcionamiento, y sus a menudo preocupantes consecuencias” (p. 12). Intenta entonces “agarrar el funcionamiento diario de la frontera” (p. 13), entendiendo esta última como una categoría, amén de geo-política, también socio-cultural, para así desentrañar el conjunto de intervenciones que, a su alrededor, se dan por lo menos a lo largo de tres ejes -la vigilancia y el patrullaje, la solidaridad y el rescate, la observación y el conocimiento” (p. 13). Ejes diferentes el uno del otro, pero en cierto sentido complementarios y recíprocamente constituyentes.

El libro se compone de tres secciones, en las que se entremezclan de manera muy equilibrada fragmentos etnográficos y consideraciones de carácter más teórico. La primera parte se llama “zonas fronterizas” (borderlands) y está integrada por tres capítulos. En el primero, nos encontramos en un pueblo costero senegalés particularmente afectado por la emigración en cayucos hacia Tenerife y Gran Canaria (2006), sede de una asociación de migrantes repatriados y de otra dirigida por la madre de un joven muerto en el mar, ambas activas en la sensibilización sobre los riesgos de la inmigración ilegal. Aquí la productividad del régimen fronterizo se manifiesta mediante dos aspectos: 1) la capacidad de “poner a trabajar” a los propios repatriados en la industria de la ilegalidad, constituyendo asociaciones y contando la historia de sus propias desventuras, convirtiéndolos así en el testimonio viviente del “fracaso” de la empresa migratoria y otorgándoles el papel de “disuasorios humanos” para con otros potenciales migrantes (p. 41); 2) el hecho de que la constitución de las susodichas asociaciones se convierta en una opción practicable, especialmente para las madres de jóvenes migrantes potenciales, como estrategia económica alternativa al envío de remesas. Estos dos aspectos, observa Andersson, contribuyen a subjetivar a los propios repatriados en el sentido de las políticas hegemónicas, invitándolos a reivindicar su propia condición de ilegalidad y clandestinidad y a producir narraciones victimizantes en aras de ser reconocidos como interlocutores válidos para la obtención de fondos para la cooperación. Interesante contradicción: la condición de migrante ilegal, considerada estigmatizadora en Europa, es utilizada en el país de origen como elemento de subjetivación y herramienta para la articulación de demandas concretas a los actores políticos.

El segundo capítulo empieza en Madrid, en el cuartel general de la Guardia Civil desde donde se coordinan las operaciones de vigilancia en la frontera española, para terminar en Varsovia en la sede de la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembros de la Unión (Frontex). Sostiene el autor que la principal aportación de esta agencia a la industria de la ilegalidad no se da en términos de intervención policial, sino desde la perspectiva del “trabajo intelectual” (thought-work) (p. 76). En efecto, Frontex ha sido capaz de proporcionar un marco común para pensar la frontera, mediante el uso de un lenguaje empresarial donde las policías fronterizas de los estados miembros son definidas “clientes” -a los que la agencia aporta “soluciones” y “buenas prácticas”-, los “traficantes” de personas son llamados “facilitadores” (pp. 76-78) y los migrantes ilegales se convierten en una figura homogénea y totalmente operacionalizada que, en medio de la parafernalia tecnológica desplegada para su control, aparece como una anomalía gráfica que debe ser correctamente interpretada en la pantalla por alguien sentado en una sala de control a cientos de kilómetros lejos de donde acontecen los hechos (p. 86). Parafraseando a Marcuse, bien se podría hablar de “migrante unidimensional”.

El tercer capítulo aborda el tema de la externalización de las fronteras de la UE, y lo hace centrándose en las vicisitudes de las fuerzas de seguridad africanas “subcontratadas” por el gobierno español con el objetivo de realizar controles migratorios a cambio de ayudas al desarrollo -aquí el autor rescata el concepto antropológico de “don” para interpretar las relaciones establecidas entre el gobierno español y sus colaboradores africanos-. Las prácticas policiales aquí emprendidas, al igual que por el lado europeo de la frontera, no son simplemente represivas sino que también contribuyen a la construcción social del migrante ilegal y de sus avatares. Así pues, a partir de la pregunta: ¿Cómo detectar si una persona es un inmigrante ilegal?, se construye todo un conjunto de representaciones arquetípicas. Por ejemplo: si para los policías senegaleses era fácil reconocer a los que se aventuraban al mar por llegar en grupo a la playa, rápidamente, todos con mochilas, en las rutas desérticas que pasan por el Sahara el migrante ilegal es desenmascarado por la “idea en su cabeza”, el “secreto” que llevaría oculto, la “mentira” encerrada en su mente (p. 111); en Marruecos, en cambio, se produce una racialización de su figura, y la negritud se convierte en el marcador más evidente de la condición clandestina (p. 125).

La segunda sección, “Cruces” (Crossings), está compuesta por un único capítulo (el cuarto), en el que el autor recurre a Debord para describir el “espectáculo de la frontera” que tiene lugar en Ceuta y Melilla. Aquí es donde se condensan los “trabajadores de las fronteras” (p. 139): periodistas, cámaras y fotógrafos, equipos de emergencia, ONG, Guardia Civil, etcétera. Si en la frontera marítima española prevalecía un imaginario humanitario, donde la prioridad era “salvar vidas” y los migrantes “desesperados” a punto de ahogarse en el mar eran objeto de una abundante victimización, en la terrestre se materializa una narrativa de la amenaza. Aquí la ilegalidad se convierte en algo mucho más grande de lo que era a lo largo de las rutas africanas, para dar lugar a las bien notas narraciones guerreras y acuosas sobre los “asaltos” y las “avalanchas” de las “hordas espantosas” (p. 170).

Los últimos tres capítulos del libro dan lugar a la tercera parte, titulada “Confrontaciones” (Confrontations). El quinto empieza en el CETI de Ceuta, una institución peculiar y parcialmente diferente de un CIE, en la que el migrante a pesar de disfrutar de unas cuantas mínimas libertades ya no depende sólo de si mismo, sino que es “objeto de intervención estatal en la incómoda mezcla de coerción y caridad” (p. 183) llevada a cabo por trabajadores sociales, guardias y otros protagonistas de la industria de la ilegalidad ceutí. A continuación, la narración recorre las manifestaciones realizadas por los migrantes del centro en 2010, por las calles de la ciudad, contra la decisión de dejar de enviar a la península a los migrantes solicitantes de asilo, formalmente libres de circular por todo el territorio español y, sin embargo, imposibilitados a hacerlo bajo el pretexto de la crisis económica. Para el autor, si esta actuación vuelve a despertar en parte de la población la narrativa de la amenaza y desencadena clasificaciones instrumentales entre “buenos” y “malos” migrantes por parte de los responsables del CETI, también los constituye como sujetos activo, protagonistas del escenario público y por tanto alejados del papel apolítico de los “clandestinos”, deseosos de pasar desapercibidos e invisibles.

El sexto capítulo desarrolla interesantes observaciones con respecto de la particular experiencia espacio-temporal vivida por los migrantes retenidos en el CETI, así como en los enclaves más amplios de Ceuta y Melilla. Finalmente, el séptimo aborda la cuestión del activismo transnacional, que “crecientemente está convergiendo en la frontera Euro-Africana, enfrentándose a fuerzas de seguridad y poniendo en tela de juicio las narrativas estatal y mediática sobre la migración” (p. 246), centrándose especialmente en una movilización en Malí y en el caso del Foro Social Mundial de Dakar. Aquí aporta consideraciones muy acertadas y especialmente útiles para quienes apostamos por unas ciencias y una praxis sociales situadas del lado de los/las subalternos/as, al resaltar ciertos límites ínsitos en el enfoque de los grupos activistas, como: 1) la oscilación entre un imaginario “romántico” y “heroico” sobre el/la migrante internacional y otra representación (a veces complementaria y no menos nefasta) victimizante, que se acerca peligrosamente a los cánones utilizados por las policías occidentales y los trabajadores humanitarios; 2) la dificultad a la hora de construir un marco común de comprensión entre activistas europeos y migrantes de origen africano, no por último debido a los supuestos etnocéntricos de los primeros, por ejemplo en su afán por trasplantar de manera descontextualizada formas organizativas propias en las luchas autóctonas; 3) la dificultad de localizar la frontera en un lugar concreto, y por tanto de poner en escena actuaciones que permitan detectar y cuestionar simbólicamente a los enemigos de la libertad de circulación. El capítulo concluye con una paradoja inquietante: aquélla por la cual los activistas, para poder criticar el régimen fronterizo comunitario -un régimen que, recordémoslo, es también inmaterial y simbólico-, necesitan primero evocarlo, y por tanto reforzarlo. Con lo cual volvemos al carácter performativo de la migración ilegal y del régimen fronterizo europeo: “La oposición a la industria de la ilegalidad podía tener lugar sólo sobre la ‘planta de producción’ de la propia industria” (p. 270).

En las conclusiones, el autor recapitula sus principales argumentos y resalta que la industria de la ilegalidad funciona de una manera “absurda”. En efecto, necesita primero producir (entre otras cosas jurídicamente) la ilegalidad para luego poderla presentar como algo objetivo y existente, y a continuación establecer medidas de control, las cuales no hacen otra cosa que reforzar y producir aún más ilegalidad. Teniendo además la consecuencia de racializar las migraciones con fines (entre otros) electorales, impulsar una lógica de la emergencia cargada de espectacularidad y desresponsabilizar a los representantes políticos mediante un discurso tecnológico-humanitario-empresarial y la externalización de las fronteras.

Un último apartado metodológico en apéndice explicita el tipo de acercamiento utilizado por Andersson. El autor considera que la etnografía multisituada propuesta por Marcus, no por multiplicar los contextos de observación se escapa del riesgo del nacionalismo metodológico (Glick Schiller y Wimmer). Así pues, aboga por una antropología que no se limite a los territorios, sino que también se centre en las redes y en la agencia no humana de los aparatos tecnológicos (Latour), así como en las materialidades y los elementos geográficos que son constitutivos del actual régimen fronterizo, y no simplemente epifenómenos. Discute la propuesta de Feldman de “etnografía no local”, observando en ésta la pérdida de cierta profundidad etnográfica, con el riesgo de que el/la antropólogo/a termine apareciendo “en todas partes y en ninguna” (p. 284). Rescata un concepto de campo “extendido” a la manera de Gluckman y de la Escuela de Manchester, conceptualizando los dispersos escenarios de su estudio como un único sitio y también retoma el interface analysis de los estudios sobre desarrollo, cuya ventaja considera ser la capacidad para reunir en un único marco analítico a los diferentes actores implicados.

Para concluir, este volumen constituye indudablemente un libro a leer, aconsejable para cualquier persona interesada por las migraciones transnacionales y la globalización. Recapitulando los aspectos positivos, diré que a pesar de no ser una etnografía colaborativa propiamente dicha, incorpora interesantes elementos de co-teorización con algunos de los interlocutores, marcadamente los migrantes ilegales, sin por eso renunciar a un marco interpretativo coherente que otorga cierta homogeneidad al trabajo. Desde este punto de vista, Andersson resuelve brillantemente la disyuntiva teórico-metodológica que se puede presentar entre la opción de realizar etnografías deconstructivas y críticas hacia las políticas hegemónicas -pero con un papel “epistemológicamente autoritario” por parte del autor- y la de dar un giro colaborativo total estudiando “junto a” nuestros interlocutores, el cual requiere de difíciles condiciones previas y no siempre puede darse en todos los contextos. Andersson, sin hacer exactamente ninguna de las dos cosas, incorpora preocupaciones procedentes de ambas y consigue un resultado de muy alta calidad, diferente de la mera suma de las opciones. También cabe resaltar la amplísima bibliografía utilizada en un diálogo teórico constante con la literatura que se da a lo largo de toda la obra, el cual constituye una fuente de referencia valiosa para quien lea este volumen con la intención de profundizar ciertos aspectos. Como añadido, el libro resulta de fácil y apasionante lectura a pesar de tener más de trescientas páginas.

Si cabe hacer alguna observación crítica, ciertamente de menor calado, podría decirse que las imágenes, la gráfica y hasta el título no exento de espectacularidad que aparecen en la portada (probablemente decididos por la editorial con objetivos comerciales) también forman parte a pleno título de la industria de la ilegalidad. Pero el autor es plenamente consciente de ello, y lo somos también nosotros/as que, con fines más o menos elevados, también participamos de esta paradoja colectiva. En este mismo sentido, me plantea cierta resistencia el tener que asumir en mi discurso categorías como “migrante ilegal”, las cuales, a pesar de ser a veces utilizadas estratégicamente por los propios afectados y de ser retomadas por Andersson desde una perspectiva reflexiva y crítica, no dejan de remitir a un horizonte seguritario y a un discurso hegemónico bien establecido, corriendo el riesgo de generar peligrosos equívocos si usadas de manera descontextualizada. También podría observarse que la ausencia de cierta perspectiva de género, que el autor justifica en virtud de la preponderancia masculina entre los protagonistas de la ruta migratoria analizada, aun no queriendo podría contribuir a una construcción aún más homogeneizadora y unidimensional de la migración ilegal.

Finalmente, podría preguntarse hasta qué punto es oportuno empujar la metáfora de la “industria de la ilegalidad” con todas sus “absurdidades”. Metáfora que recoge muchísimos elementos verdaderos y consistentes, y que sin duda representa una intuición fascinante y novedosa, pero que si es convertida en paradigma interpretativo, quizá termine poniendo en un papel demasiado secundario otras interpretaciones, más prosaicas pero igualmente eficaces -por ejemplo, todas aquéllas que relacionan más directamente la producción jurídica de la ilegalidad y la construcción de un régimen fronterizo de inclusión diferencial con las tendencias actuales del capitalismo neoliberal y el gobierno de la movilidad-. Interpretaciones que, en todo caso, el autor muestra conocer profundamente y que no son necesariamente contradictorias con respecto de su personal lectura. Además, en ningún momento Andersson muestra la intención de convertir su brillante elaboración en un nuevo paradigma interpretativo.

En conclusión: un trabajo excelente, interesante y original.


Gazeta de Antropología