Gazeta de Antropología, 2019, 35 (1), artículo 05 · http://hdl.handle.net/10481/58861 Versión HTML
Recibido 20 mayo 2019    |    Aceptado 30 julio 2019    |    Publicado 2019-07
La figura del mediador en los mercados del sexo. ‘Cafetinas’ brasileras, ‘traductoras’ francesas y ‘peşte’ rumano
The role of the Intermediary in the Sex Markets. Brazilian ‘Cafetinas’, French ‘Translators’ and Roman ‘Peşte’




RESUMEN
Este trabajo es una aproximación etnográfica a la figura de los intermediarios en los mercados del sexo. Utilizando contextos tan diferentes como son las ‘cafetinas’ brasileñas, las ‘traductoras’ francesas o el ‘peşte’ rumano trataré de mostrar la realidad social de la prostitución en su heterogeneidad y complejidad implícitas, proyectando una mirada empírica hacia los vínculos que las trabajadoras del sexo mantienen con estos actores. Los resultados indican que la intermediación prolifera precisamente en aquellos escenarios donde existe mayor riesgo para la práctica de la prostitución, con lo que vendría bien replantearse las supuestas bondades del discurso hegemónico de la criminalización/victimización, así como esforzarse para encontrar criterios más claros que delimiten el trabajo sexual de la trata de personas.

ABSTRACT
This work is an ethnographic approach to the role of intermediaries in the sex markets. Using contexts as different as the Brazilian ‘cafetinas’, the French ‘translators’ or the Romanian ‘peşte’, I will try to show the social reality of prostitution in its implicit heterogeneity and complexity, projecting an empirical look towards the bonds that sex workers maintain with these actors. The results indicate that intermediation proliferates precisely in those scenarios where there is a greater risk for the practice of prostitution, and therefore would do well to rethink the supposed benefits of the hegemonic discourse of criminalization/victimization, as well as strive to find clearer criteria that delimit the sex work of human trafficking.

PALABRAS CLAVE
Trabajo sexual | intermediarios | prostitución | victimización
KEYWORDS
Sex work | intermediaries | prostitution | victimization


1. Introducción

Cuando se aborda cualquier análisis de la prostitución a partir del discurso hegemónico invariablemente se reproduce la clasificación dicotómica entre buenos y malos. Desde esta perspectiva, tan solo mujeres prostituidas y burócratas de la industria de la salvación (1) tienen el privilegio de integrar el primer grupo, mientras que clientes, proxenetas, empresarios en los  mercados del sexo, mamis, reclutadores, proveedores y trabajadoras del sexo no redimidasson relegadas al segundo.

Es así como el fenómeno de la prostitución adquiere relevancia en la esfera mediática y en el debate público, pero una relevancia falaz que no es más que el producto de un artefacto ideológico abolicionista crecientemente burocratizado, desde donde se insiste en mostrar la prostitución exclusivamente en clave de explotación sexual y violencia de género, restando importancia a la cotidianeidad de las personas así como a las consecuencias reales de unas políticas públicas criminalizadoras burdamente sazonadas de tan buenista discurso victimizador. Y es sabido que toda salvación requiere de sus particulares demonios. En el contexto que nos ocupa todos los actores son demonizados salvo el arquetipo de la víctima (y por lo tanto también sus redentores), quintaesencia del paradigma de la victimización. Pero esta forma de aproximarse a la realidad no por errónea deja de influir en el ámbito académico de las ciencias sociales, y prueba de ello es la existencia de una cada vez mayor y preocupante producción “científica” que paradójicamente adolece de cualquier fundamentación empírica o mínimo rigor metodológico. Frente a esta visión unidimensional y a estas prácticas esencializadoras, este trabajo es un intento de aproximación hacia aquellos actores sociales que tradicionalmente son criminalizados y/o invisibilizados en los estudios sobre prostitución. Al decantarme por un abordaje etnográfico y una mirada empírica sobre los fenómenos sociales ya de entrada me estoy distanciando de visiones totalizadoras de la realidad, lo que también  a priori constituye un desafío al paradigma de la victimización así como una reivindicación de la complejidad de las acciones/relaciones de los actores que se ven involucrados en los mercados del sexo y de los contextos de sociabilidad que se producen, muchas veces confrontando la ley. Para ello he seleccionado tres casos concretos, cada uno con sus propias singularidades: las cafetinas brasileñas que, además de gestionar los burdeles, intermedian y supervisan parte del proceso migratorio de mujeres y travestis a la hora de viajar a Europa; las traductoras que posibilitan la negociación en Francia entre clientes y trabajadoras del sexo sin conocimientos del idioma; y finalmente, el peşte rumano, que ejerce ambiguamente funciones de protección a cambio de un porcentaje en las ganancias. Una tentativa, en suma, de mostrar la compleja realidad social, sin pretensiones magistrales de objetividad, pero con el firme convencimiento que otorgan tanto la aproximación empática hacia los sujetos como la construcción de contextos de convivencia e intimidad durante el seguimiento biográfico con los sujetos en el marco de una experiencia etnográfica longitudinal y multisituada, aportando de este modo resultados que refutan el discurso hegemónico sobre la cuestión.

 

2. Métodos

Desde finales de los noventa he sido testigo de algunos de los principales vaivenes que se han experimentado en los mercados del sexo, la intensificación de los flujos migratorios, la ralentización y la crisis, la sucesión étnica, las sucesivas reformas legales, el enfrentamiento ideológico y político en torno a la problematización de la prostitución, la victimización, la imbricación de los mercados del sexo y matrimonial, etc. Este intenso recorrido me ha conducido algunas veces, paradójicamente, hacia la hostilidad de las instituciones y a encontrar en cambio actitudes más abiertas y empáticas en los sujetos, las personas, aquellos quienes muchas veces transitan entre la economía informal y algunas actividades claramente ilícitas.

Siendo los mercados el sexo hoy una realidad transnacional, global, no he tenido más remedio que deslocalizar también la investigación, asumiendo como esencial la recomendación metodológica de Marcus (1995) de aplicar a las prácticas sociales la etnografía multisituada. La otra sugerencia epistemológica que creo he seguido fielmente se la debo a W. Thomas y F. Znaniecki (2006) en cuanto a las enormes posibilidades que nos brinda el método biográfico para nuestra aproximación a la realidad.

La mayor parte del material utilizado para la elaboración de este trabajo ha sido extraído de las decenas de relatos biográficos, historias de vida y cientos de entrevistas que he venido realizando durante estos años en diferentes lugares de España, Brasil y Rumanía. Existe desde luego un diálogo con los resultados e investigaciones de otros colegas, que enriquece las ideas surgidas en el trabajo de campo y permite el avance teórico. En particular, y para el caso de las cafetinas, ha sido relevante mi estancia en Campinas (Brasil) en noviembre de 2012, a donde acudí invitado por el estupendo equipo de investigación de Adriana Piscitelli en  la UNICAMP. En ese período coincidió además que algunas trabajadoras sexuales y agentes de la zona de Jardim Itatinga se estaban organizando políticamente y eso sirvió para extender la observación a otros escenarios. En cuanto a mi estudio etnográfico del peşte, aún en curso, ha resultado fundamental mi previa aceptación y posterior convivencia en una brigada (expresión emic que define a un grupo informal de delincuentes cuyas actividades principales son los delitos contra la propiedad) rumana durante los meses de julio-agosto de 2015, tiempo durante el cual investigador y miembros del grupo permanecimos juntos en una localidad de Prahova: Patria Hoţilor, que literalmente significa País de los Ladrones (se trata de una expresión coloquial e irónica que aprovecha la coincidencia de la abreviatura del distrito de Prahova, PH, utilizada en las matrículas de los vehículos, para simbolizar el alto grado de delincuencia y corrupción en la región). Esa experiencia etnográfica me permitió aprender algunos de los códigos imprescindibles en la interacción social de los grupos dedicados a la delincuencia transnacional y a la explotación de la prostitución. Mi investigación etnográfica fue nuevamente deslocalizada en diciembre de 2017, al trasladarme entonces al barrio romaní de Brăila en el noroeste de Valaquia, para convivir durante un tiempo con esta comunidad y observar allí mejor los cambios sociales que se producen a consecuencia de la movilidad transnacional.

 

3. Resultados

3.1. Cafetinas brasileras

El cafetinagem es el término que equivale en portugués al proxenetismo. En sus dos acepciones, cafetâo (masculino) y cafetina (femenino), se emplea generalmente para designar a aquellas personas que, por lo común al margen de la ley, intermedian como empresarias y/o dueñas de negocios de prostitución, arrendando locales y obteniendo un lucro de esta actividad, al mismo tiempo que ejercen funciones de acogida y posibilitan el trabajo sexual, ofreciendo protección a las trabajadoras sexuales frente a posibles agresiones de clientes o intromisiones del Estado. No obstante, aquí es la acepción femenina la que más nos interesa, la cafetina, por ser hoy quizás la más frecuente y compleja.

Aunque existen referencias en variada literatura, son precisamente recientes estudios antropológicos realizados desde Brasil los que vienen mostrado la relevancia de la figura de la cafetina. “Desde Brasil” porque con el advenimiento de las corrientes migratorias brasileñas hacia Europa, sobre todo a partir de principios de este siglo, se consolida el carácter transnacional del trabajo sexual, ampliando así el campo de actuación de las cafetinas que, de esta forma, ven deslocalizadas sus actividades, extendiéndose a países como Francia, España, Italia, Portugal o Suiza. Desde el ámbito académico, contamos con dos tipos de estudios. Por un lado, con las etnografías llevadas a cabo en las zonas principales del país, como Vila Mimosa (Silveira 2010) o Jardim Itatinga (Tavares 2014), donde la cafetina es una mujer o una travesti que cuenta con experiencia previa como trabajadora sexual y que incluso puede simultanear en algunos casos sus tareas como propietaria del negocio o dona de casa y las de trabajadora sexual strictu sensu. Y, por otro lado, tenemos los estudios realizados con las travestis, donde la figura de la cafetina incorpora otros elementos de corte menos técnico y organizativo, como el acompañamiento y apoyo psicológico durante todo el proceso de transformación corporal, lo que las convierte en auténticas mâes para las travestis que trabajan en los mercados del sexo. Entre estos estudios, de mayor tradición, destacan los de Silva (1993), Kulick (1998), Pelúcio (2007), Patrício (2008), Teixeira (2009) y Vartabedian (2012).

Al margen de mi trabajo de campo, me apoyaré entonces en los resultados de estos estudios, algunos de los cuales conozco bien a raíz del diálogo académico mantenido con los autores y de la colaboración interdisciplinar establecida con algunos de ellos. Fue  por ejemplo, de la mano de Tavares (2012) como pude acceder al barrio de Itatinga y conocer personalmente a Beta, trabajadora sexual, cafetina y líder comunitaria que mantiene y gestiona una casa de citas de mujeres en la zona; y gracias a Teixeira y Goulart (2012) pude introducirme en las calles de Uberlândia donde trabajan las travestis que sueñan con viajar a Europa y que establecen redes con Italia.

No es frecuente el caso de mujeres que reivindiquen públicamente su condición de trabajadoras del sexo. Los casos de Paula Vip, Montse Neira y Marga Carreras son de los pocos que se han producido en España. Todas ellas han participado en eventos y actividades académicas donde reivindican la legitimidad del trabajo sexual y algunas además han publicado sus autobiografías: El blog de Paula (2009) y Una mala mujer (2012). Pero menos frecuentes aún son los casos de mujeres que, además, defiendan el proxenetismo o cafetinagem se hace aún más raro y transgresor. Dependiendo del escenario donde se muestren este tipo de reivindicaciones el atrevimiento puede tener también un alto coste simbólico. Una de las primeras en defender públicamente el cafetinagem fue Gabriela Leite (1951-2013). Leite ejerció la prostitución en Sâo Paulo y Rio de Janeiro, estudió ciencias sociales en la Universidade de Sâo Paulo y en 2010 llegó a ser candidata a diputada federal por el Partido Verde. Fue fundadora de la Rede Nacional de Prostitutas en Brasil, de la ONG Davida y de la marca Daspu. Dedicó gran parte de su vida al activismo político a favor de los derechos de las trabajadoras del sexo, colaborando también con numerosas investigadoras del mundo académico. Dejó dos obras de marcado carácter autobiográfico: Eu, Mulher da Vida (1992) y Filha, Mâe, Avô e Puta (2009), que hoy se consideran ya una referencia teórica en los debates y estudios sobre prostitución. Gabriela Leite es muy crítica con la legislación criminalizadora de la prostitución:

“La visión de la explotación, recurso marxista para explicar las relaciones, siempre aparece cuando se habla de la prostitución. Y la primera figura mentada, invariablemente, es la del cafetâo. Pero la cuestión es sencilla: nadie saca nada de alguien que no quiera” (Silva Leite 1992: 58).

“Es una hipocresía de la legislación y de la sociedad considerar el proxenetismo como delito. Al revés de proteger a la prostituta, esa ley en realidad nos perjudica. En la clandestinidad todo es posible; mas existiendo algunas normas que aseguren derechos, el patrón y el empleado se tienen que entender. Esa ley hipócrita solo sirve para impedir esos derechos” (Silva Leite 1992: 75).

Más recientemente, el caso de Beta es paradigmático; ella compagina el negocio en una de las áreas de prostitución más importantes de América Latina con su papel de líder comunitaria en Campinas-Sâo Paulo:

“El cafetinagem no debe ser ningún delito. La cafetina no hace más que desempeñar un rol contractual en el ámbito del sexo comercial. Lo que sí debe perseguirse es el tráfico y la trata, pero no la prostitución. La prostitución es un trabajo como cualquier otro, todo el mundo depende de alguna institución, todo el mundo recibe un salario. Yo me identifico como ´puta` ante la sociedad, a pesar de que ya he realizado antes otros trabajos: educadora social, cuidadora, ama de casa, auxiliar de enfermería, etc. Para mí ser trabajadora sexual no significa asumir una objetivación de mi identidad, pues no hago otra cosa que desempeñar una actividad económica en la sociedad capitalista” (Beta, intervención durante la reunión con activistas y líderes comunitarias que tuvo lugar en Campinas, el 10 de noviembre de 2012).

Para Beta el principal problema reside en que amplios sectores del feminismo continúan enfocando la prostitución bajo el prisma de la opresión, sin establecer apenas diferencias teóricas entre las trabajadoras del sexo y las víctimas de trata, y obviando de forma sistemática la capacidad de agencia de las personas. Según ella, la diferencia entre trabajadoras sexuales, trabajadoras domésticas o cualquiera otra trabajadora no es más que la decisión que cada una hace acerca de qué parte de su cuerpo prefiere vender. En sustancia, se trata del mismo discurso que mantienen la mayoría de activistas pro derechos para el trabajo sexual, desde donde se critica la pérdida de valor social que se asigna a la prostitución cuando en nuestra sociedad capitalista todas las relaciones sociales guardan vínculos monetarios y la cosificación del ser humano se ha generalizado. Pero, según Beta, es precisamente su condición de mujer y de trabajadora del sexo lo que la convierte en una cafetina con habilidades sociales y capacidad de empatía, cualidades por otro lado difícilmente compartidas con otros empresarios del sector.

Sin pretender generalizar tales condiciones a todas las cafetinas, lo que constituye un denominador común en la práctica es la capacidad organizativa y de gestión del negocio, a la que suele sumarse una dimensión más humana y experta que se materializa luego en toda una serie de labores de ajuda: resolución de conflictos entre las trabajadoras, involucración en sus problemas, asistencia social y financiera, participación en el proyecto migratorio, etc. Tavares (2014: 28) describe de este modo a las cafetinas en la zona de Jardim Itatinga como una figura paradójica, “que cuida, pero a la vez explota; que protege, pero también agrede”, y donde las fronteras entre las cafetinas y las trabajadoras sexuales son fluidas y porosas, siendo frecuente el tránsito entre ambas ocupaciones en una misma persona. Esta situación también la he observado en los pisos de contactos en España, donde las trabajadoras del sexo alternan períodos ejerciendo de dueñas y encargadas, de mamis, con otros en los que trabajan para terceros o bien de forma autónoma. Segregación de roles en una misma persona, dependiendo de las oportunidades y las expectativas económicas. El cafetinagem se configura, entonces, como una posibilidad de promoción profesional en la trayectoria de algunas trabajadoras sexuales, sobre todo a medida que las trabajadoras acumulan años y experiencia en el sector. Las cafetinas, en cualquier caso, guardan una menor distancia social con las trabajadoras si comparamos con otros casos de mediación, y esto puede traducirse en ciertas ventajas a la hora de gestionar el negocio.

A partir de los flujos migratorios hacia Europa es cuando algunas cafetinas comienzan a participar en el patronazgo de otras trabajadoras y la intermediación con empresarios al otro lado del Atlántico. Así es como el cafetinagem se globaliza y se produce la “deuda”, quintaesencia del discurso hegemónico de la prostitución y pretexto para la intervención estatal. Todo ello al margen de que esa deuda se aplique efectivamente con intereses de usura y condiciones abusivas o consista tan solo en un adelanto del precio del billete de avión. Pero, en el momento en que las trabajadoras sexuales abandonan la “casa” y la cafetina pierde el control personal sobre el cumplimiento de horarios y sobre las condiciones de trabajo, muchas veces por delegación en terceros, la cafetina intenta reproducir parcialmente ese dominio gracias a los intereses o al porcentaje en las ganancias. Es aquí cuando la “deuda” logra eclipsar a la “multa” como elemento central simbólico en el paradigma de la victimización. Y es al otro lado del Atlántico, en Europa, donde algunas trabajadoras del sexo con más arraigo social comienzan a reciclarse y a jugar el papel de intermediarias, aprovechando sus redes y contactos, su capital erótico y social, en ambas orillas y ejerciendo entonces de reclutadoras para los clubes y pisos de contactos europeos a cambio de una contraprestación económica y de un posible ascenso en la escala social.

Conocí a Josimar a principios del presente siglo. La visité en su domicilio en España en un par de ocasiones. Mujer con carisma y don de gentes, llegó a España a finales de la década de 1990 y trabajó al principio como trabajadora sexual para más tarde dedicarse a la peluquería, sin abandonar el ambiente y aprovechando sus contactos en el sector con el fin de consolidarse profesionalmente. Más adelante se casa con un gallego y consigue la nacionalidad española. Josimar intermedió entre algunas de sus vecinas, amigas y familiares en Brasil y determinados clubes de Galicia donde la conocían como peluquera. Fue el caso de Fernanda y Bia, sus amigas y vecinas del barrio en Sâo Paulo, que recurrieron en su día por diferentes motivos a esa ajuda que les ofrecía Josimar para viajar a España. Su “modus operandi” no es muy diferente del utilizado por otras migrantes que aprovechan su experiencia y el arraigo en el país de destino como oportunidad de obtener un lucro extra. Muchas veces esta actuación es espontánea y esporádica, y no guarda relación alguna con organizaciones delictivas más allá de la consabida rotulación que se ejerce desde las instituciones de control social y los medios de comunicación. Sin embargo, lo que quiero destacar aquí es el hecho de que, aun en estos casos, la perspectiva de las migrantes continúa siendo generalmente favorable a la intermediación, imperando connotaciones de ayuda, protección, amor o amistad en la relación que mantienen con las migrantes, que vienen a añadir complejidad y ambigüedad a estos actores, como así lo atestiguan otros estudios (Piscitelli 2007 y 2008, Kastner 2008, Majuelos 2008, Teixeira 2008, Silveira 2010 y Tavares 2014)  cuyos resultados cuestionan seriamente las supuestas bondades del discurso de la victimización sobre las migrantes. Transcurridas casi dos décadas, y a pesar de ciertas desavenencias por el camino, Fernanda, Bia y Josimar comparten hoy amistad y redes sociales, vínculos que no pueden interpretarse en clave de vulnerabilidad.

Pero, si hay un contexto en el que aflora la intermediación de las cafetinas es, desde luego, en el travestismo. Desde que Hirschfeld acuñase el término “travestismo” en 1910, la comunidad transgenérica ha generado un interés académico multidisciplinar con una corriente de estudios propia que ha venido abandonando paulatinamente el paradigma esencialista de la psiquiatría para adentrase en el análisis socio-cultural de las varianzas de género. A partir de aquí se han ido sucediendo también desde las ciencias sociales algunos interesantes estudios acerca del fenómeno del travestismo en Brasil y, más en concreto, de las dinámicas migratorias de las travestis hacia Europa (Teixeira 2008 y Vartabedian 2012). En esta línea, el proceso de transformación se convierte con frecuencia en un permanente proyecto de feminización o pseudofeminización que va más allá de la simple modificación corporal, abarcando también aspectos morales y simbólicos (Pelúcio 2007). Esta transformación corporal se produce también frecuentemente en convergencia con una transmigración espacial, y ambas dimensiones construyen y dan forma a lo que hoy se conoce como migración trans (Vartabedian 2014), conectando así  la idea de movilidad geográfica con el paulatino proceso de transformación identitaria al que las travestis someten su propio cuerpo. De ahí que el consabido deseo de ser europeia de la mayoría de las travestis brasileñas que viajan a Europa, posea un significado, tal y como atestiguan diversos estudios (Pelúcio 2007, Teixeira 2008 y Patrício 2008), que guarda relación con el refinamiento, la sofisticación y, en síntesis, con el éxito en su proyecto de transformación, convirtiéndose el destino “Europa” no solo en un lugar donde poder ascender en la escala social, sino en un símbolo de prestigio y glamour.

Gracias a los relatos de las travestis, sabemos que las cafetinas que han pasado anteriormente por esos procesos y que cuentan con experiencia en la prostitución son una pieza muy importante tanto durante la transformación identitaria como para la reproducción social. Trabajadoras sexuales y cafetinas se solidarizan compartiendo el estigma y reforzando los lazos de  intimidad que caracterizan al grupo endogámico y singular de las travestis. Ello no significa que en el mundo travesti todo sean sintonía y relaciones de reciprocidad, pues los abusos y desencuentros son frecuentes. Por ejemplo, en el relato de Marcela observamos  reiteradamente y en toda su crudeza la figura mediadora de la cafetina en su versión más leonina:

“Fue cuando una cafetina de la calle allá en Brasil donde yo trabajaba descubrió que estaba en España. Esa cafetina me multó en mil euros. Allí en Brasil comanda la prostitución de travestis en el barrio donde yo estaba trabajando. Ella fue la misma persona que me trajo para Suiza en el año 1996. Las cafetinas son mafia. Yo nunca había tenido problemas con ella, pero no aceptaba así como así que yo viniese para España sin contar con ella” (Marcela, en López Riopedre 2015).

Por su parte, Patrício (2008) describe la persistencia de una rede de cafetinagem agenciada por cafetinas de Recife para la ruta hacia Italia, donde las informantes llegan a pagar cantidades que oscilan entre los 13.000 y 14.000 euros, y las ganancias se reparten al cincuenta por ciento. Aunque esta autora descarta ese esquema para el caso de España, sí que hemos observado igualmente este tipo de vínculos tanto aquí como en otros países europeos, lo que tampoco debe interpretarse en rigor como un indicador de trata y ello dependerá de cada situación.

Pero, lo cierto es que entre las travestis los nexos de unión con las cafetinas suelen ser más sólidos que con las mujeres, y las experiencias amargas no deben, sin embargo, generalizarse, pues, como he podido observar y asimismo confirman otros estudios (Kulick 1998 y Teixeira 2008), la colaboración de la cafetina en el marco de la prostitución se desarrolla en aquellos espacios de sociabilidad donde las travestis la perciben más bien con el carácter de ajuda o acolhimento que proporciona una mâe, y como un conjunto de prácticas que trascienden el mero hecho de agenciar recursos para el viaje y organizar la inserción en los mercados del sexo en destino, cobrando un especial significado a lo largo de todo el proceso de transformación identitaria.

Además, debemos de tener en cuenta que con las travestis el trabajo sexual no se vivencia con sentimientos de vergüenza o culpabilidad, sino que, como afirma Vartabedian (2014), se trata de una actividad que las empodera y que se convierte en un elemento fundamental del propio itinerario identitario y migratorio de las travestis. La práctica totalidad de las travestis ya se prostituían en Brasil o bien trabajaban en la industria porno, con lo cual las posibilidades de coerción son más limitadas.

3.2. Traductoras francesas

Si hay un buen ejemplo de la globalización y del creciente carácter transnacional de los mercados del sexo ese es el de las traductoras. A medida que las trabajadoras del sexo amplían su espectro de acción, viajando cada vez más a otros países para ejercer sus plazas (2) y transnacionalizando su actividad, se hace necesaria la intermediación de esta figura.

Ciertamente, los problemas derivados del aprendizaje de un nuevo idioma para las migrantes siempre han existido. Durante los años del boom de los mercados del sexo en España, coincidiendo con la intensificación de los flujos migratorios desde la década de 1990 hasta mediados de la primera década del presente siglo, las trabajadoras del sexo extranjeras se iniciaban con sus primeras frases en español con la ayuda de  compañeras más experimentadas y gracias no pocas veces a pequeños trozos de papel donde anotaban expresiones coloquiales elementales en castellano con el fin de conseguir hacerse entender con los clientes. Esta es una práctica rudimentaria que ha existido y que posiblemente pervivirá, aunque tampoco es exclusiva de los mercados del sexo.

Sin embargo, con el advenimiento de la crisis económica en España a partir del año 2008 se produce un éxodo masivo de trabajadoras del sexo hacia otros países europeos, donde a pesar de contar con normativas más estrictas en relación con la prostitución, las expectativas de conseguir mayores beneficios económicos terminan por movilizar a las migrantes. La primera cuestión a responder sería: ¿quiénes son en realidad estas trabajadoras del sexo? Y la respuesta es que se trata de migrantes latinas y europeas que cuentan con suficiente arraigo social en España como para disponer de un permiso de residencia permanente o de tarjeta comunitaria, incluso de la nacionalidad española, todo lo cual les facilita el acceso, el tránsito y la permanencia en terceros países del entorno europeo.

Esta legión de migrantes con su residencia regularizada en España viajando ahora por Europa es una de las consecuencias directas de la crisis. No obstante, las situaciones particulares varían y, así, mientras la crisis ha provocado que algunas mujeres abandonasen la prostitución al perder su rentabilidad, otras que ya la habían dejado o que nunca la habían ejercido han optado precisamente ahora por prostituirse tras perder sus empleos en la hostelería u otros sectores. No obstante, son las que continuaban ejerciendo en nuestro país y que más se habían profesionalizado las pioneras en esta nueva ola migratoria hacia Europa.

La segunda cuestión a resolver es cuáles son los países de destino. La respuesta es: Francia, Suiza, Reino Unido, Bélgica, Alemania, Holanda, especialmente y entre otros países, y también algunos lugares culturalmente tan distantes como los Emiratos Árabes. Lo verdaderamente importante son las expectativas de mejores beneficios económicos, aunque no hay que desdeñar otras motivaciones secundarias como la atracción por lo desconocido y los deseos de aventura, que no dejan de ser patrimonio del alma migrante.

Para viajar, las trabajadoras del sexo se sirven, como hicieron otras veces, de las redes informales, de cadenas migratorias implantadas en esos países, y también en algunos casos de agentes online que median en los lugares más insospechados, como es el caso de Emiratos Árabes. El problema es que muchas de esas migrantes que acuden a desempeñar trabajo sexual en el exterior carecen de competencias lingüísticas. De ahí que surja la necesidad de encontrar un interlocutor válido a fin de que trabajadora sexual y cliente lleguen a entenderse y poder negociar. Es así como aparece con fuerza en los mercados del sexo europeos la figura de la traductora. Se trata, por lo común, de una mujer, cuyo papel se limita a recibir telefónicamente las llamadas de los clientes y a traducir para las trabajadoras del sexo, cobrando una cantidad fija o bien un porcentaje de las ganancias por los servicios prestados.

Si bien carecemos de datos globales y contrastados por países, pues se trata de un fenómeno relativamente reciente, sí podemos afirmar que Francia es uno de los países donde ya lleva tiempo asentada esta práctica, que de alguna manera se ha institucionalizado. Las ciudades del sur de Francia y la capital de este país son destinos destacados:

“Decidimos ir con el sistema mitad por mitad. Aline tenía el coche y también pagaba los gastos de la traductora. Fuimos para allá y la verdad, nos fue muy bien. Solo durante la primera semana de trabajo me saqué dos mil setecientos euros para mí, y otros dos mil setecientos euros para Aline. La traductora es una africana, ella se queda en su habitación y sólo atiende el teléfono. El negocio funciona así” (Silvia, entrevista 22/09/2012).

“Córcega es un sitio genial. Al principio solo estuve una semana en la isla y ya me traje limpios unos tres mil euros. Pagaba unos ochenta euros de diaria en el hotel, como los del hotel saben que trabajamos el precio es más caro…, para el resto de los huéspedes son cincuenta euros. Luego, le pago veinte euros por cada cliente a la traductora, Claudia, que es una colombiana que habla muy bien francés. Pero, imagínate, que ella no solo me tiene a mí, sino que trabaja para otras tres o cuatro chicas, con lo que en total se saca un buen salario y solo por hablar con los clientes” (Sandra, entrevista 22/04/2015).

Que Francia se haya convertido en destino principal de muchas de las trabajadoras del sexo que ya ejercían en España se debe tanto a su proximidad geográfica como a su mejor situación económica. Silvia, al igual que otras muchas migrantes que he conocido, permanece ahora durante más tiempo en Francia que en España, aunque sigue  manteniendo el vínculo legal con nuestro país. El poseer pasaporte comunitario le ha facilitado el poder transnacionalizar su actividad, y con el transcurso de los años ha ido aprendiendo el idioma, lo que le ha abierto asimismo la puerta al trabajo de traductora:

“Ahora ya no gano solo dinero como garota de programa, sino que también trabajo de traductora. En Francia la mayoría van al cincuenta por ciento con la traductora o bien pagan un porcentaje de las ganancias, pero en este último caso los gastos son de cuenta de las chicas. Yo cobro el veinte por ciento, pero hay quien cobra más, el treinta o hasta el cuarenta. Muchas prefieren por mitad porque así también reparten los gastos, además no puedes saber lo que vas a ganar. Por eso yo solo les dejo una semana de prueba porque si no es imposible” (Silvia, entrevista 23/09/2014).

En estos momentos Silvia estudia inglés porque quiere dar el salto a Dubai. El conocer idiomas se revaloriza en el capitalismo globalizado y los mercados del sexo no son una excepción, constituyendo un activo añadido del capital erótico (Hakim 2011). La posibilidad real de ejercer como traductora también resulta atractiva, aunque no está exenta de riesgos a partir del momento en que la intermediación lingüística obtiene sus ingresos de la prostitución ajena con lo que choca también frontalmente con los sistemas penales de la mayoría de los países.

3.3. Peşte rumano

La crisis estructural rumana junto a las actuales facilidades de transporte está detrás de  la consolidación de cadenas migratorias y de una densa movilidad, que son características del migrante transnacional y de la movilidad circulatoria (véase a este respecto el trabajo de Marcu y Gómez 2010 para la Comunidad de Madrid, donde los autores sugieren la oportunidad de un nuevo marco teórico de análisis para la movilidad de los rumanos en el siglo XXI). En este sentido, y desde hace tiempo, escuchamos hablar en España del fenómeno de una progresiva rumanización (Viruela 2002 y 2006) en buena parte del territorio y en particular en algunos sectores ocupacionales como el forestal, el empleo doméstico, la hostelería y, muy significativamente, los mercados del sexo, donde la comunidad rumana va ocupando el espacio que dejan otros grupos étnicos, como las brasileñas, ecuatorianas o colombianas.

Esta movilidad de las trabajadoras del sexo rumanas se gesta ya en el comunismo tardío  y la consiguiente apertura de fronteras tras la caída del régimen de Ceauşescu, acelerándose luego durante la etapa de transición democrática y la crisis económica que aún sufre el país (López Riopedre 2017). A las primeras oleadas de migrantes hacia Turquía y Grecia sucedieron a continuación fuertes flujos migratorios con destino a Italia y España, corrientes que recientemente han variado de destino a causa de la crisis económica en el sur de Europa, dirigiéndose sobre todo a Reino Unido, Francia, Suiza, Alemania u Holanda.

Uno de los temas más polémicos en torno a las migrantes rumanas que se ocupan en los mercados del sexo es su supuesta vinculación con el crimen organizado. Casos mediáticamente famosos como el de Ioan Clamparu, más conocido como “Cabeza de Cerdo”, detenido en 2011 por trata y explotación de rumanas en la Casa de Campo y el Polígono Marconi, han terminado por consolidar esa imagen estereotipada de la prostituta rumana, que es representada invariablemente como una víctima. Sin embargo, se observa que muchas de las migrantes rumanas que viajan a otros países europeos lo hacen sin recurrir a organizaciones criminales strictu sensu y se ocupan voluntariamente en los mercados del sexo. Muchas de ellas cuentan además con experiencia migratoria previa y se ocuparon anteriormente en la prostitución en otros países, como Turquía, Italia o Alemania. Algunas viajan solas mientras otras recurren a intermediarios. En cualquier caso, el hecho de optar por el trabajo sexual transnacional no impide la posibilidad de sufrir luego precariedad y abusos en el lugar de destino.

En todos estos circuitos las regiones más empobrecidas de Valaquia y Moldavia destacan como lugares de origen de muchas de estas transmigrantes. No es una casualidad. En una sociedad abducida abiertamente por la era del capitalismo globalizado, donde las identidades y los vínculos sociales se moldean en aras de un consumo creciente, el hedonismo y el gusto por las marcas, la población joven se enfrenta a una falta de expectativas laborales o a las precarias condiciones laborales que imperan en las fábricas textiles, lo que genera incertidumbre y frustración. Esta situación ha incentivado una floreciente industria del sexo rumana en el exterior, al igual que ha incrementado exponencialmente la economía sumergida en el país. En estos contextos el deslindar el grado de vulnerabilidad de las migrantes, tal y como indicara Pajares (2006) en su estudio, no es tarea fácil, como tampoco lo es discriminar los lazos afectivos y/o contractuales que algunas migrantes establecen con los intermediarios.

El peşte en Rumanía es, hoy por hoy, una figura tan popular y simbólica como puedan serlo el padrote en la cultura mexicana o las cafetinas en Brasil. Aunque literalmente el término significa pescado, en la viaţa de noapte (el ambiente) adquiere un significado muy particular, esto es, el de aquella persona que obtiene un rendimiento del trabajo sexual ajeno a cambio de prestar servicios de protección. Estos pueden ser de muy variada condición, y pueden incluir desde la mediación con clientes y cobertura con la policía a la ayuda y supervisión para viajar y transnacionalizar la actividad. Apenas existen estudios sobre esta figura en la literatura académica. Uno de los pocos trabajos de los que disponemos es el de la socióloga rumana Elena Tariceanu (2014) realizado con mujeres que trabajan en las calles de Bucarest, que dedica parte de su contenido a analizar la intermediación del peşte con las mujeres. En sus conclusiones, Tariceanu llega a restarle importancia al peşte frente a los principales problemas que ella observa en la prostitución, esto es, la violencia institucional y, en particular, la corrupción policial.

Aunque se trata de roles tradicionalmente desempeñados por varones, también existen mujeres que ejercen de mămică, como es el caso de María, joven natural de Prahova que se inició en la prostitución en Turquía y que más tarde la compaginó con el proxenetismo, primero en Rumanía y luego en España. De hecho, estuvo presa durante tres años a causa de una condena por proxenetismo, al haberle denunciado entonces una joven menor de edad que trabajaba para ella. María refiere ese episodio con jactancia:

“No quiero que cambies tu opinión acerca de mí por lo que te voy a contar… A aquella chica la jodí bien… Yo entonces tenía unas cinco mujeres trabajando para mí, las tenía en una casa, y con una de ellas tuve un día un problema. Eso fue hace ya bastantes años y yo era entonces mucho más loca, no como ahora. La desnudé, la obligué a meterse en un cubo de agua fría, y era en octubre, imagínate que en Rumanía ya en esa época hace mucho frío, y le dije que no se moviera hasta que calentara el agua. Claro, ¿cómo iba a calentar el agua? Solo la calentó cuando comenzó a mearse encima… Y también le quemé las muñecas con cigarrillos. Luego, ella se marchó y fue a la policía. Y así fue como terminé en prisión. Como no pude pagar a un buen abogado y encima el que era entonces mi pareja me echó toda la culpa a mí, terminé condenada. Si hubiese tenido dinero no hubiera ni entrado, porque no tenía antecedentes y con un hijo pequeño… Pero yo era muy loca, tenía más cojones que varios hombres juntos; tanto a la policía como al juez les grité que sí lo había hecho, que qué pasaba, y la policía me pegó. Mi estancia en prisión me hizo aún más fuerte, aprendí muchas cosas, a ser más lista, etc. Al final, no fue del todo una mala experiencia para mí” (entrevista 01/05/2015).

Por el contrario, María ejerce hoy su autoridad fundamentalmente a través de la persuasión y de algunas argucias. Desde que se estableció en España en el 2006 ha mantenido a varias mujeres trabajando para ella. Dos de estas jóvenes, Tereza y Ángela, trabajan en la calle y esporádicamente hacen plaza en algunos clubes. Si bien cumplen un horario laboral, tienen cierto margen de libertad para escoger su lugar de trabajo. María les ofrece protección y un hogar familiar a cambio de la mayor parte de sus ganancias, lo que ha generado también codependencia y unos lazos afectivos muy sólidos entre ellas. Para añadir complejidad a la situación y al contrario de lo que sucede con otras mujeres del grupo, Tereza y Ángela trabajaban ya de manera autónoma en España cuando fueron reclutadas por María.

Por su parte, la percepción que Tereza y Ángela tienen de su situación y de los lazos que las unen a María son favorables. Ambas la consideran una buena amiga que les ayuda, y  ninguna de ellas se plantea cambiar su situación por el momento.

“Llegué de Galaţi a España en 2008 con una pareja. Luego, estuve trabajando con una amiga en varios clubes en Galicia. A partir de 2012 comencé a trabajar en la calle, como soy allí la más joven trabajo muy bien. Con María llevo trabajando desde el año 2010, ella es como mi madre, me cuida y no tengo que preocuparme de nada” (Tereza, entrevista 31/10/2014).

Cuando María y sus mujeres permanecen separadas geográficamente, María se preocupa de mantener regularmente el contacto telefónico. No hace falta que llame la mămică. Esto pude verificarlo durante mi estancia en Prahova, pues quienes llamaban eran invariablemente Tereza y Ángela. Ante mis muestras de asombro por cómo puede mantener el control durante tanto tiempo, María responde que ella tiene “muy buena mano con las mujeres” y que sin esa cualidad sería más difícil trabajar. Sin embargo, al mismo tiempo trata de justificarse explicándome que lo que en realidad mueve a las mujeres rumanas a trabajar en la prostitución es la posibilidad de una vida “fácil” y de obtener un dinero rápido: “En Rumanía los salarios son bajos, sí, y apenas hay trabajo, pero las mujeres prefieren la opción más fácil y trabajar en la prostitución para ganar dinero. Es por eso que hay tantas rumanas en la prostitución por Europa. Es como si lo llevásemos en la sangre” (entrevista 01/05/2015).

A pesar de ser hermanas, el caso de Dana es bien diferente. Ella se inició en la prostitución en Istambul (Turquía) en la década de los noventa de la mano de su amiga Raluca y del peşte Petre. Contactó con Petre a través de su amiga, a quien acudió solicitando ayuda para poder viajar a Turquía y desempeñar un mandat en ese país (mandat es una expresión emic con la que se alude al trabajo efectivamente realizado por las trabajadoras del sexo durante un período de dos meses en que tiene vigencia el visado para permanecer legalmente en Turquía). Dana reconoce las artimañas que utilizan frecuentemente los peşti con las mujeres (seducción, promesas, amenazas, uso de la violencia, etc), pero también sabe distinguir entre unos y otros. Cuando durante las entrevistas menciona a Petre, sus recuerdos se reviven con evidente afecto, sentimiento que no comparte en otros casos, como sucedió con su propio esposo, quien le obligó a trabajar para él a tiempo completo y sin remuneración alguna, explotándola sexualmente y sometiéndola a vejaciones y malos tratos:

“Petre nos dijo un día que lo sentía mucho, pero que era casi seguro que él no iba a volver [a Turquía]. A mí aquello me dio pena, sabes, y lloré por eso (…). Era un hombre precavido, podías ir con él a cualquier sitio con los ojos cerrados que no te pasaba nada; y si él te mandaba ir con un cliente, era también de entera confianza. Sabía manejarse muy bien (…). Para mí Petre, su mujer y Raluca eran como una familia, me habían mostrado su afecto y me habían cuidado como antes nadie lo había hecho” (Dana, entrevista 30/12/2013).

A fines de la década de 1990 Petre realizó varios viajes a Turquía, obteniendo ganancias del trabajo de dos mujeres, Dana y Raluca. Su intermediación se hacía entonces necesaria dado el clima de persecución y clandestinidad de la prostitución, pero no por ello impuso sus condiciones a base de coacciones o violencia. Podríamos tal vez clasificarle como un peşte de perfil blando, que fundamentaba su vínculo con las trabajadoras en una mera relación contractual. Petre, al igual que otros rumanos que he podido conocer durante estos años, no era un hampón, sino más bien un avispado que ante la falta de expectativas se reinventó temporalmente “en el negocio de las mujeres”.

El caso de María, aunque parecido, no es exactamente igual. La mămică acumula una dilatada experiencia en la prostitución y durante décadas esta actividad ha sido su negocio. Además, ella y Marcus, su actual esposo, constituyeron en su día una brigada en Rumanía con el fin de maximizar los beneficios en el exterior, combinando así el trabajo sexual de las mujeres con el robo:

“Ioan Clamparu era al principio un ciudadano normal. Él comenzó solo, a robar, de chulo, solo que él también era fuerte y, entonces, otros comenzaron a trabajar con él. Pero no era una organización criminal, como dicen. En la prostitución, cuando la chica trabaja en la calle, ella tiene su sitio. Entonces el chulo puede tener un control territorial, o la misma chica; si luego llega otra, deberán negociar: tú me pagas una parte por estar aquí… Y en caso contrario habrá una pelea para ver quién tiene el control del territorio. Ese es el funcionamiento normal, y no significa que haya una mafia o una organización (…). Siempre hay algún loco por ahí que les pega a las chicas o que hace cosas malas, pero son excepciones y no la regla. Sí, la televisión afirma lo contrario, pero solo lo hace para ganar audiencia en los reportajes de prostitución” (Marcus, entrevista 28/07/2015).

En realidad, se trata de grupos pequeños que poco o nada tienen que ver con el crimen organizado. Inmersos en actividades irregulares o ilícitas, su cohesión grupal depende de muchos factores, como los avatares de la economía informal y los conflictos con la ley. Los lazos se mantienen con grandes dosis de ambigüedad moral, sin que por ello se resienta la reciprocidad y un clima de relativa familiaridad.

Entre los grupos más pequeños encontramos también a las parejas, desde relaciones convencionales a vínculos de auténtica explotación, donde el peşte se transmuta en un lover boy que seduce, gestiona información, prepara psicológicamente a su partenaire y le ofrece su protección. En algunos de estos casos, un compañero/novio puede llegar a resultar más letal que una organización netamente delictiva. Fue lo que le sucedió a Dana con su esposo. También puede suceder que el lover boy trabaje para terceros o más frecuentemente en el contexto de un grupo familiar o clan, aunque muchos de los casos de explotación sexual observados ocurren en el marco de una relación aparentemente convencional, lo que dificulta a priori la delimitación entre prostitución y trata.

Como ejemplo citaré el caso de Verónica, una joven del distrito de Brăila que se sirvió de un conocido para salir del país y que terminó sometida a condiciones de trata. Si bien Verónica era plenamente consciente de que viajaba a España y de que allí desempeñaría un trabajo sexual, una vez en destino se encontró con una realidad muy diferente, viéndose obligada a trabajar sin remuneración alguna bajo la omnipresencia de amenazas y malos tratos:

“Durante aquel tiempo yo estaba aterrorizada. Cada vez que subía con un cliente tenía que llamarlo [a Alexandru] por teléfono, y no valía que lo llamase desde el móvil, sino que debía de usar el teléfono fijo del club. Era su manera de controlarme. Y si no hacía suficiente dinero, ya me entraba el pánico porque sabía lo que me esperaba luego en casa, que Alexandru me iba a inflar a hostias. Él ya me lo advertía por teléfono: ‘Qué, Fa, ¿no has hecho nada? Ya verás cuando llegues a casa la paliza que te voy a dar…’. O si me quedaba más tiempo con un cliente y tardaba en salir de la habitación: ‘Fa, ¿qué pasa, es que te gusta ese tío?, ¿te lo pasas bien follando con él? Ya verás la que te espera, te voy a matar…’. Y así todos los días. Mientras estuve con Alexandru a mí se me notaba la tensión; algunos clientes se dan cuenta enseguida y perciben la situación. Es normal, todas las mujeres que están con peste se comportan igual: desconfiadas, nerviosas, en tensión permanente, preocupadas por no llevar suficiente dinero a casa. Si ves a una que se mueve con entera libertad por el salón, mostrándose desenfadada, charlando con los clientes y bromeando, es fijo que esa no tiene peste” (Verónica, entrevista 01/07/2017).

Afortunadamente, Verónica es una mujer con gran capacidad de resiliencia y consiguió sustraerse a esa situación. El hecho de que Verónica más tarde decidiese regresar al mismo club pero para, a partir de ese momento, ejercer la prostitución de manera autónoma, es una prueba más de que el problema no está en el trabajo, sino en las condiciones.

Diametralmente opuesto es el caso de Sonia, joven de un barrio humilde de Ploieşti que convive con su esposo Ioan. Ambos conforman una relación convencional y frente a las adversidades optaron por subsistir a través de la economía subterránea, alternando la prostitución con otras actividades ilícitas. Sonia, además, ha transnacionalizado su ocupación, viajando a España o a Reino Unido. Aunque aquí las circunstancias sean diferentes y Sonia desempeñe el trabajo sexual de forma voluntaria y consensuada, el hecho de convivir con Ioan les supone a ambos igualmente la carga del estigma y una presunción de culpabilidad.

En el otro extremo, encontramos a los grupos de mayor tamaño. Por un lado, las estructuras piramidales comandadas por un jefe visible y bien conocido en la comunidad de origen, donde suele existir un clan o grupo familiar detrás. Pueden mover decenas de mujeres por Europa y suelen transnacionalizar actividades como la prostitución, los delitos contra la propiedad o la compraventa irregular de vehículos, ocupaciones que irán combinando según sus necesidades y la coyuntura social. He podido encontrarme con estos grupos en diferentes lugares de Rumanía y, aunque en teoría procuran la discreción y son lógicamente reacios a conceder entrevistas, sus actividades son fácilmente rastreables a través de los signos externos de riqueza (viviendas ostentosas, coches de alta gama, etc.) en medio de comunidades populares o mediante las redes sociales online como Facebook donde hacen alarde de sus celebraciones. Los nombres de quienes comandan la prostitución transnacional a gran escala son sobradamente conocidos en ciudades como Brăila, Ploieşti o Galaţi, pero al mismo tiempo generan un reconocimiento social difícil de entender para un foráneo.

De la mano de mi informante Verónica observo un par de edificaciones que sobresalen en un mar de casas humildes. Nos encontramos en el barrio de Lacu Dulce en Braila: “Estos construyeron las dos casas porque estuvieron en España, Italia, Inglaterra, por ahí llevando mujeres. Son peşti de tamaño intermedio, no tan pequeños como X ni tan grandes como C o G. Y también estuvieron robando fuera, como hacen aquí la mayoría” (Verónica, entrevista 21/12/2017).

Por otro lado, y junto a los anteriores, encontraremos a los peşti más tradicionales con grupos reducidos de mujeres, pero que se agrupan en los lugares de destino. Esto sucedía ya en Turquía en la década de 1990, cuando diferentes peşti compartían recursos en hoteles que disponían de cierta cobertura por parte de la policía. También se observa más recientemente en España, donde los peşti coinciden en determinados clubes con sus respectivas mujeres. A pesar de que suelen cohesionarse en relación a su localidad de origen, la rivalidad es incesante y los conflictos son frecuentes. En estos contextos, indagar acerca de la aquiescencia de las trabajadoras del sexo es tarea delicada, pero es lógico pensar que el mero hecho de trabajar en el seno de este tipo de organizaciones patriarcales acrecienta la vulnerabilidad de las mujeres desde el momento en que su capacidad de negociación se halla muy reducida:

“Al final nos conocemos todos, porque todos nos encontramos fuera, en otros países, los ladrones, todos, los peşti, las mujeres que trabajan, etc. De alguna manera todos nos conocemos y también competimos entre nosotros. Somos Patria Hoţilor. El que consiga más dinero y mayor éxito será el mejor. Aquí en Rumanía, como en todas partes, el dinero es el que manda. Aquí, si tienes dinero, tendrás éxito y poder, serás respetado. Y, desde luego, nadie va a preguntarte de dónde viene ese dinero” (Marcus, entrevista 26/07/2015).

Ante la persecución policial, una estrategia muy utilizada por el peşte en el club es colocar en el interior a una mujer de su confianza. De esta forma, delegando las funciones de información y control, puede pasar más desapercibido. A Verónica en su día le ofrecieron ese puesto de confianza y ella declinó la oferta. Era el peşte más popular de su ciudad. Desde entonces mantiene cierto recelo, pues, aunque se trata en realidad de un pariente, al peşte nunca le agradan las negativas.

Se trata de un universo complejo; las situaciones que podemos encontrar son bien dispares. Los peşti establecen sus circuitos bajo criterios de economía global. Mujeres que hace poco trabajaban en España hoy, en cambio, se han trasladado a Francia, Reino Unido o Suiza:

“Allí [en Suiza] te sacas un carné y puedes trabajar durante un tiempo sin problemas. La mayoría están trabajando en la calle y eso es lo peor por el frío (…). Muchas van con peşti y estos se quedan en los hoteles, como hacían antes en Turquía, mientras las chicas trabajan. Para la gente desde fuera ellos son vistos como chulos, pero esto es muy diferente desde el otro lado, desde el punto de vista de las mujeres: para ellas no se trata de chulos, sino de novios. Muchas mujeres rumanas quieren tener a un hombre a su lado a cualquier precio, y están dispuestas a trabajar o a hacer lo que sea; y a muchas también la prostitución les parece un camino fácil, por el dinero, los coches, las cosas que muestran y que se pueden comprar con el dinero. En Rumanía es así, aunque te parezca mentira, y eso sucede sobre todo con las más jóvenes” (Dana, entrevista 05/04/2015).

A vueltas con la ambigüedad moral, la realidad social muestra sus múltiples caras, raramente blanca o negra, y por lo regular de variados matices de grises. Lo que es una realidad más bien diáfana es la desintegración comunitaria en el marco de un capitalismo global que en el este de Europa ha terminado expulsando a millones de personas. En el caso de Rumanía, este drama ha supuesto la pérdida del referente utópico de la Romania Mare y su sustitución por la mucho menos ambiciosa Romanica. Como ya afirmara Robert Kaplan (2016: 93), Rumanía es una nación de supervivientes, donde los individuos se adaptan sin estándares mínimos en cuanto a conductas públicas o privadas.

 

Conclusiones

Tal y como ya han puesto de manifiesto otros autores (Bernstein 2007, Tavares 2014 y Majuelos 2014), los mercados del sexo constituyen importantes espacios de sociabilidad donde interactúan un muy variado elenco de actores. El observar empírica y atentamente esa rica efervescencia social nos prevendrá frente al consabido pensamiento dicotómico (prostituta/cliente, buenos/malos), que sustentan los ideólogos de la victimización, y ante muchos de los estereotipos y prejuicios que acompañan al discurso hegemónico sobre la prostitución.

Personajes próximos a otras figuras popularizadas y altamente simbólicas como el coyote norteamericano, la serpiente china, el sutenior moldavo o el padrote mexicano, el considerar a los mediadores simplemente como hampones, criminalizarlos, en nada facilita la tarea de comprender sus especiales motivaciones y su forma de actuar. El peşte o la mămică (versión femenina) se mueven ciertamente en el terreno de la ambigüedad moral y lejos de un perfil o tipo ideal. Lo que nos encontramos más bien en el escenario son diferentes formas de desempeño profesional de un rol contractual, así como una variable vinculación emocional con las mujeres. El denominador común es la puesta en escena de rituales de mediación/negociación tanto con las instituciones de control social (funcionarios, policía, etc.) como con los clientes, que suelen extenderse a prácticas de protección y auxilio personal sobre todo en aquellos contextos más criminalizados o donde la prostitución se halla más perseguida. No suele tratarse de grandes organizaciones criminales o estructuras mafiosas, sino que se corresponde mejor con un desempeño profesional artesanal en el marco de las relaciones contractuales cara a cara. Como contrapartida, la percepción subjetiva que en relación con el peşte tienen las trabajadoras sexuales es, al igual que sucede en el caso del cafetinagem, muchas veces favorable (a veces con matices) a su intermediación, considerándolo como un agente necesario con el fin de poder cumplir sus propias expectativas y sus proyectos migratorios.

En el caso de las traductoras, exponente del carácter transnacional que han ido adquiriendo con el tiempo los mercados del sexo, se evidencia asimismo la notable capacidad de adaptabilidad que muestran los actores, así como las estrategias e innovaciones a las que recurren las trabajadoras del sexo en aras de acceder a la movilidad y maximizar los beneficios.

Por último, este trabajo pretende contribuir también a una llamada de atención a la comunidad científica tradicionalmente interesada en el ámbito de la desviación y la diversidad social, y ello en el sentido de alertar ante el fenómeno creciente de la afiliación dionisíaca, desde donde los mensajes políticos y las campañas ideológicas están suplantando muchas veces el espacio que debería ser reservado estrictamente a las propuestas epistemológicas. No resulta admisible el establecimiento de políticas públicas y el intervencionismo estatal sin una mínima fundamentación empírica que los respalde. De ahí que las necesidades de investigación y de colaboración multidisciplinar en este terreno sean verdaderamente apremiantes.


 

Notas

1. Expresión acuñada por la antropóloga Laura Agustín (2007) para referirse al conjunto de actores que  defienden el discurso de la victimización atendiendo a beneficios de tipo económico y simbólico.

2. Expresión emic muy utilizada por las trabajadoras del sexo para referirse al período de tiempo pactado con los dueños y empresarios de los negocios durante el cual pueden permanecer trabajando en el local.


 

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