Gazeta de Antropología, 2019, 35 (1), artículo 07 · http://hdl.handle.net/10481/62966 Versión HTML
Recibido 24 junio 2019    |    Aceptado 25 junio 2019    |    Publicado 2019-06
El activista, el ideólogo y el investigador
The activist, the ideologist and the researcher




RESUMEN
Se muestra y analiza el modo como determinados autores, defensores de la ideología abolicionista sobre la prostitución, producen, reproducen y utilizan estimaciones sobre el número de víctimas de trata con fines de explotación sexual. Dichos autores establecen sus estimaciones a partir de una absoluta carencia de datos científicamente verificados y de la alteración de las fuentes que copian. De ese modo, actúan de manera irresponsable, adolecen de falta de honradez intelectual, cometen una falta profesional y desencaminan las políticas y acciones contra la trata, las cuales terminan teniendo consecuencias negativas para las personas que ejercen la prostitución. Además, esos autores, que pasan por expertos sin en realidad serlo, recurren a la censura para evitar el debate, la crítica y tener que responder de sus afirmaciones: temen que su impostura y la estafa intelectual que cometen se pongan de manifiesto. Para desenmascarar a esos pseudoexpertos y revelar sus falsedades y vilezas, urge desarrollar un programa de investigación en el que sus discursos y actuaciones se tomen como objetos de estudio.

ABSTRACT
It shows and analyzes how certain authors, defenders of the abolitionist ideology of prostitution, produce, reproduce and use estimates of the number of victims of trafficking for the purposes of sexual exploitation. These authors establish their estimates based on an absolute lack of scientifically verified data and the alteration of the sources they copy. In this way, they act irresponsibly, suffer from intellectual dishonesty, commit professional misconduct and mislead anti-trafficking policies and actions, which end up having negative consequences for people who practice prostitution. In addition, those authors, who pass as experts without actually being one, resort to censorship to avoid debate, criticism and having to answer for their claims: they fear that their imposture and the intellectual swindle they commit on will be revealed. To unmask these pseudo-experts and reveal their falsehoods and vileness, it is urgent to develop a research program in which their speeches and performances are taken as objects of study.

PALABRAS CLAVE
trata | prostitución | activistas | pseudoexpertos
KEYWORDS
trafficking | prostitution | activists | pseudo-experts


Introducción

Hace unos meses, una amiga cuyo compromiso social respeto desde hace mucho tiempo me invitó a unirme a una sección local del movimiento ATTAC [Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana]. En el contexto actual, esta propuesta me pareció tanto más digna de interés cuanto que mi amiga me presentó la filosofía del movimiento como basada en una verdadera comprensión de los mecanismos económicos y de sus consecuencias. Sin embargo, debo confesar que no entiendo mucho sobre la situación actual de la economía y que esta falta de comprensión paraliza mi capacidad de emitir un juicio y, por lo tanto, de tomar partido. En consecuencia, le respondí que, inicialmente, seguiría las actividades formativas que el movimiento prodiga a sus miembros.

Si confieso abiertamente mi ignorancia en temas de economía, en cambio me atribuyo alguna capacitación en un tema que ha constituido mi principal área de investigación en los últimos diez años, a saber, la trata de mujeres y la prostitución. Y, precisamente, el movimiento ATTAC ha asumido posiciones muy firmes sobre ese tema, que se han publicado en una breve obra titulada Mondialisation de la prostitution, atteinte globale à la dignité humaine (1). En este texto, algunos juicios me parecen relevantes. Cito: “En resumen, el sistema de la prostitución se apoya en la explotación de las grandes relaciones de dominación que testimonian las relaciones desigualitarias de sexo, de clase y entre el Norte y el Sur. Se trata de factores estructurales que cuestionan en alto grado la idea de una ‘elección’ en el caso de la prostitución” (ATTAC 2008: 15). ¿Cómo no suscribir este juicio? Si ejercer la prostitución en el extranjero fuera una elección en el sentido pleno del término, veríamos a tantas jóvenes francesas, alemanas o belgas emigrar a Moldavia, Nigeria o Camboya como jóvenes moldavas, nigerianas o camboyanas vemos en las calles o en los burdeles de los países más ricos. Yo también encuentro indignante que tantas jóvenes de esos países lejanos no encuentren en estos mejores opciones para sobrevivir –y, muy a menudo también, para mantener a sus familias– que prostituirse. Estoy totalmente de acuerdo con que ese hecho es uno de los muchos posibles indicadores de las graves desigualdades estructurales que el movimiento ATTAC denuncia, creo que con razón. No obstante, adviértase que lo mismo ocurre con las mujeres que migran para convertirse en nuestras servidoras domésticas, amas de cría, cuidadoras, etc., cuyo número es cada vez mayor; en definitiva, con todas esas mujeres cuyas capacidades de “care” importamos masivamente (Gendebien 2005 y Glenn 2010). Aquí también la asimetría es completa y la elección está intensamente forzada por las necesidades económicas.

En apoyo de sus denuncias, las autoras del texto presentan datos empíricos. Es normal: el movimiento y sus activistas no se comprometen exclusivamente por razón de sus principios. De hecho, es el estado actual del mundo lo que les preocupa. Su indignación tiene sus raíces en realidades y es importante conocerlas para combatirlas con eficacia. Por eso se han procurado la ayuda de expertos; y los activistas de ATTAC reconocen honradamente su deuda con ellos (2). De nuevo, solo puedo alegrarme de que las investigaciones científicas inspiren a los activistas. Suscribo plenamente, de hecho, la opinión de Luc Van Campenhoudt (2000: 102), según la cual, como investigadores universitarios, “nuestra responsabilidad es producir una visión reflexiva del mundo, de la sociedad y de la experiencia humana, es decir, elaborar tematizaciones de los problemas que los actores sociales puedan discutir y de las que puedan extraer recursos cognitivos para evaluar las situaciones a las que se enfrentan y para elaborar sus proyectos”.

Entre las tareas asignadas a la investigación se encuentra ciertamente la responsabilidad de medir la dimensión cuantitativa de los problemas; ardua tarea, pero indispensable, que requiere competencias específicas, en especial de Estadística. Así, el documento de ATTAC menciona numerosas estimaciones. Me fijo en una, que me parece particularmente sorprendente si queremos darnos cuenta del alcance y la gravedad de la mundialización de la prostitución. Cito: “Según la Oficina de la ONU para el control de drogas y la persecución del crimen, en la década de 1990, solo en el sudeste asiático hubo 3 veces más víctimas de la trata con fines de prostitución que en toda la historia de la trata de esclavos africanos: 33 millones de víctimas en una década frente a alrededor de 11,5 millones en 400 años” (ATTAC 2008: 8). Es, sin duda, una comparación elocuente: los casos de trata de negros, que reconocemos hoy como un crimen particularmente vergonzoso e intolerable, son ampliamente “superados” por los hechos de trata contemporáneos: 33 millones de víctimas frente a 11 millones y medio. Pensábamos que la trata y la esclavitud solo existían ya como restos excepcionales de un pasado felizmente superado: los expertos y los activistas nos obligan a abrir los ojos a la realidad de un mundo en el que se está volviendo aún más imperativo llevar a cabo reformas en profundidad, incluso revoluciones.

 

En busca de las fuentes

Pero, de todos modos, 33 millones de víctimas en diez años, incluso en el sudeste asiático, son muchas, y un reflejo profesional hace que me pregunte de dónde procede esa cifra. Dejo por un momento el documento de ATTAC e indago, pues, en la literatura científica y, como recomiendo a mis alumnos, empiezo por consultar una enciclopedia académica. En este caso, un Dictionnaire de la violence que acaba de publicar la editorial Presses Universitaires de France me parece un buen punto de partida. Entonces, abro mi diccionario por la página 1330, por la entrada “Traite”. Es un artículo sustancial, pues no tiene menos de seis páginas. Lo firma Malka Marcovich –una de los autoras que inspiraron el documento ATTAC– y en seguida encuentro la confirmación de que los activistas no se equivocaron al comunicar la referida estimación (3). Cito: “Pino Arlacchi, director de la UNODC [United Nations Office on Drugs and Crime], afirmó que la trata con fines de prostitución había causado 33 millones de víctimas en la década de 1990 en el sudeste asiático, es decir, tres veces más víctimas que las cifras establecidas para la trata de esclavos africanos durante un periodo de cuatrocientos años, estimadas en 11,5 millones de personas” (Marcovich 2011: 1331). Dado que en el texto consta el autor de la estimación, miro en la bibliografía del artículo de Marcovich –que es presentada como historiadora y, por tanto, deduzco, debe ser especialista en la crítica de las fuentes–, en busca del escrito de Pino Arlacchi donde ella encontró esa estimación, que consideró suficientemente fiable como para reproducirla en un artículo de síntesis de una enciclopedia.

La bibliografía no contiene título alguno firmado por Pino Arlacchi, pero, no obstante, sí tres publicaciones de la UNODC que son accesibles en Internet. Voy a verlas. La primera, “Global initiative to Fight Human Trafficking” (2008) (4), es una presentación de una campaña internacional; la segunda, “Global Report on Trafficking in Persons” (2009) (5), contiene cifras sobre 155 países, pero ninguna mención a los 33 millones; la tercero, “Trafficking in Person: Analyses in Europe” (2009), no corresponde a ningún título en la web de la UNODC y supongo que debe tratarse de la parte del informe anterior dedicada a Europa. Pero, entonces, ¿de dónde vienen los 33 millones?

Vuelvo a la bibliografía de Marcovich y encuentro allí una referencia que creo que me ayudará en mi búsqueda: es la obra de Richard Poulin –profesor de sociología de la Universidad de Ottawa, como he señalado en la nota dos– titulada La Mondialisation des industries du sexe. Prostitution, pornographie, traite des femmes et des enfants. Él también es uno de los inspiradores de los activistas de ATTAC. Su introducción me inspira confianza; el autor escribe con franqueza: “En algunos aspectos, este libro puede parecer árido, pues he optado por dar mucha información, por cuantificar la realidad de la prostitución, de la trata de mujeres y niños con fines de prostitución, de la pornografía, del turismo sexual, de los matrimonios a distancia, de las migraciones internacionales, etc. Esta elección se debe a que mi argumentación y mi análisis se basan en datos. Considero que conocer los hechos permite una mejor comprensión y que un discurso meramente ideológico o político, que, dicho sea de paso, es frecuente en este dominio, es improductivo en el mejor de los casos, si no normalizador” (Poulin 2004: 45). Esto me tranquiliza y sigo leyendo. Bien hecho, porque, apenas veinte páginas después, me encuentro con lo que estaba buscando… Helo aquí: “Según Pino Arlacchi, de la Oficina de las Naciones Unidas para el control de las drogas y la prevención del crimen, durante la década de 1990, solo en el sudeste asiático, ha habido tres veces más víctimas de trata que en toda la historia de la trata de esclavos africanos. Este autor estima que la trata de esclavos africanos, que se extiende durante un período de 400 años, se cobró 11,5 millones de víctimas, mientras que la trata con fines de prostitución se cobró solo en la región del sudeste asiático 33 millones de víctimas” (Poulin 2004: 67). Si yo fuese Richard Poulin, me preguntaría seriamente si no me ha plagiado un poco la autora del artículo del Dictionnaire de la violence. Pero, bueno, no es asunto mío. Lo único que me importa es encontrar la base de la estimación. Desafortunadamente, Richard Poulin tampoco cita texto alguno firmado por su fuente original (es decir, por Pino Arlacchi); pero, al menos, nos indica una fuente: escribe en una nota que esas palabras son citadas por Demir (2003).

La publicación de Jenna Shearer Demir a la que se refiere también está disponible en línea (6). Se titula Trafficking of Woman for Sexual Exploitation: a Gender Based Well-founded Fear? An Examination of Refugeee Status Determination for Trafficked Prostituted Women from CEE/CIS Countries to Western Europe. Es, pues, un informe sobre la obtención del estatus de refugiado por parte de las mujeres víctimas de trata con fines de prostitución procedentes de países miembros de la CEE o la CIS (antigua URSS). Es poco probable que encuentre aquí las informaciones que busco sobre el sudeste asiático, pero reanudo la lectura. La suerte aún me acompaña, pues la mención de los 33 millones de víctimas aparece en el primer párrafo del resumen del informe: “Cada año, alrededor de 120.000 mujeres y niños son víctimas de trata en la Unión Europea. A escala mundial, las estimaciones del número de mujeres y niños víctimas de la trata varían entre 700.000 y unos estupefactivos 4.000.000. Para poner esta cifra en perspectiva, solo en el sudeste asiático ha habido en el último decenio tres veces más víctimas de lo que se llama ‘la esclavitud moderna’ que en toda la historia de la esclavitud en África” (Demir 2003: II). Una nota a pie de página viene a apoyar esta afirmación: “Declaración de Pino Arlacchi, de la Oficina de las Naciones Unidas para el Control y la Prevención de las Drogas: 400 años de esclavitud en África produjeron 11,5 millones de víctimas; las víctimas de la trata en la década de 1990 en el sudeste asiático se estiman en 33 millones. Cita extraída de Refugee Reports, vol. 21, nº 5, 2000” (Demir 2003: nota 3). Como era de esperar, dado el diferente propósito de Demir, luego no se hace referencia alguna a esta estimación, que no aparece en el informe propiamente dicho.

Sin embargo, de repente me sorprende un “detalle”: el “statement” [la declaración] de Arlacchi citado por Demir hace referencia, ciertamente, a 33 millones de víctimas de la trata, pero Demir no especifica que se trate, como escribieron Marcovich y Poulin, de una “trata con fines de prostitución”. Sin embargo, Demir es la fuente de Poulin y, en la frase siguiente de su resumen, escribe que “la trata de seres humanos adopta diversas formas, entre ellas la explotación sexual en el extranjero”. Dado que Demir no dice nada de esto y que, en ausencia de otras precisiones, debemos creer que los 33 millones mencionados incluyen todas las formas de trata, ¿qué permite a Poulin afirmar –y a Marcovich repetir luego– que todas esas víctimas estaban destinadas a la prostitución? Si se puede sospechar que Marcovich ha plagiado un poco a Poulin, una sospecha más grave surge ahora: no solo la fuente de Poulin no es en absoluto una especialista en la trata en Asia, sino que, además, Poulin le hace decir lo que ella no dice. O Poulin es incompetente (por no saber leer correctamente), o carece de honradez (por truncar la información), o es ambas cosas a la vez, y empiezo a inquietarme seriamente con respecto a la credibilidad que conviene concederle.

Demir, en su nota, también nos da una referencia: la del informe del año 2000 donde se citó a Pino Arlacchi. Llegados a este punto, no sorprenderé a nadie si digo que este informe también se encuentra en Internet: es un documento de ocho páginas titulado Trafficking in Women and Children: A Contemporary Manifestation of Slavery (7), cuya autoría ni siquiera consta. Alojado en la web de la ACNUR [Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados], proviene de una ONG estadounidense de ayuda a los refugiados, el United States Committee for Refugees and Immigrants, y consiste en una presentación global de la trata de mujeres y niños. No contiene ninguna referencia bibliográfica. De ninguna manera es un texto científico.

En la cuarta página, bajo el título “Trafficking on the Rise”, el primer párrafo es el siguiente: “Según la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeline Albright, la trata de seres humanos es, a escala mundial, la empresa criminal que con mayor rapidez crece y la tercera fuente de ganancias para el crimen organizado internacional, precedida solo por el narcotráfico y el tráfico de armas. Arlacchi, de las Naciones Unidas, explicó que ‘en cuatro siglos, cerca de 11,5 millones de africanos fueron esclavizados, mientras que en el último decenio más de 30 millones de mujeres y de niños podrían haber sido víctimas de trata con fines sexuales y de trabajo clandestino’”.

He aquí, pues, la fuente de Demir: parece que ella misma agregó tres millones de víctimas a los 30 millones estimados por Arlacchi (víctimas de trata “con fines sexuales y de trabajo clandestino”, según este especificó). Al menos tenemos la confirmación de que, en una proporción indeterminada, los más de 30 millones de Arlacchi, convertidos en 33 por Demir, incluirían, al parecer, la trata con fines sexuales y otras formas de trata, pero nuestra pista termina aquí, pues no se indica ninguna referencia.

Recapitulemos: Demir en 2003 reproduce (inexactamente) un documento anónimo que data del 2000 y que procede de una ONG; Poulin en 2004 reproduce (inexactamente) a Demir; Marcovich vuelve a copiar a Poulin, y es así como se encuentran los 33 millones en 2011 en el Dictionnaire de la violence de Presses Universitaires de France. Ninguno de estos autores procedió a verificar la estimación propuesta: se contentan con reproducirla sin la más mínima crítica. Pero las sorpresas no terminan aquí…

Pino Arlacchi es parlamentario europeo (8). Le escribí directamente, de sociólogo a sociólogo (9), para preguntarle cómo había realizado su estimación. Al día siguiente, me respondió muy amablemente que sus investigaciones las había llevado a cabo a finales de la década de 1990 y que no se acordaba de cómo obtuvo la estimación. Pensaba que la había encontrado en “una publicación de la OIT o, más probablemente, en la Far Eastern Economic Review” (correo del 7 de octubre de 2011).

Desde entonces, he obtenido su libro. Se titula Esclavos. La nueva trata de seres humanos. En el primer capítulo, destinado también a abrirnos los ojos a las realidades esclavistas contemporáneas, escribe: “Las dimensiones de la esclavitud contemporánea hacen palidecer las cifras del pasado: según los cálculos muy exactos producidos por investigadores estadounidenses que han examinado los registros y documentos sobre la trata de seres humanos desde África hacia el Nuevo Mundo, las víctimas de esta trata no han superado los 12 millones de personas en cuatro siglos. En menos de treinta años, desde principios de la década de 1970 hasta hoy, solo la venta de mujeres y niños destinados a la esclavitud sexual en Asia se estima en alrededor de 30 millones de individuos” (Arlacchi 1999: 14).

Esta cita merece algunos comentarios. En primer lugar, comprobamos que Arlacchi es de hecho el autor de la comparación entre las cifras de la trata de negros y las de la trata contemporánea. A continuación, constatamos que ha relacionado dos estimaciones que no han sido producidas por él: no es responsable de la primera ni de la segunda. En tercer lugar, en el jueguecito de repeticiones de sus palabras, varios errores se deslizaron. El número de esclavos negros pasó de 12 millones a 11,5 millones, mientras que el número de víctimas contemporáneas ha aumentado de 30 millones a 33 millones; en cambio las coordenadas espacio-temporales de referencia se han reducido: de tres décadas a una década en relación al período de tiempo y de Asia al sudeste asiático con respecto a la región. Señalemos también que, para Arlacchi, se trata de hecho de víctimas de la trata con fines de explotación sexual; entonces, o bien quizás añadió oralmente las víctimas de “sweatshop labor” (trabajo a menudo clandestino y forzado), o bien fue un añadido de la ONG que lo cita en 2000. Por último, y sobre todo, vale la pena detenerse en la fuente misma que Pino Arlacchi refiere lacónicamente: “U.S. News & World Report, 30-4-97”. Es un semanario, hoy readaptado en la clasificación de las universidades, y no me resultó fácil hacerme con el artículo en cuestión (más aún en tanto que no se encontraba en el número citado por Arlacchi). Pero Myriam Lodeweyckx, del Center for American Studies de Bruselas, me encontró una copia electrónica. Firmado por las periodistas Victoria Pope y Margaret Loftus, es un artículo titulado “Trafficking in Women. Procuring Russians for Sex abroad – even in America” (publicado el 7 de abril de 1997). Como su título indica, está dedicado a la situación de la trata de mujeres en Rusia, pero las periodistas, para dar una idea de la amplitud creciente del fenómeno de la trata, escriben lo siguiente en el cuarto párrafo del artículo: “En bares, salones de masajes y burdeles de todo el mundo, estas jóvenes se incorporan a los serviles puestos de la industria del sexo globalizada. Los grupos de vigilancia estiman que alrededor de 30 millones de mujeres y niños han sido víctimas de los traficantes de carne humana desde principios de la década de 1970. Muchas proceden de Tailandia, Filipinas y otros países asiáticos”.

En otras palabras, una estimación explícitamente identificada en 1997 como proveniente de “watchdog groups” (grupos de vigilancia) indeterminados se encuentra catorce años después, algo modificada en cada nueva reproducción (10), en un diccionario universitario y en un trabajo de ATTAC. Ninguna investigación científica la ha establecido nunca. Todo esto no es serio, mientras que los problemas en cuestión (la prostitución forzada, la prostitución infantil…) son, por el contrario, muy graves.

 

Los efectos de estimaciones absurdas (11)

El proceso que he narrado podría resumirse en unas pocas líneas, diciendo simplemente que las cifras fueron tratadas con una ligereza que constituye una verdadera falta profesional para investigadores o personas reputadas como tales (Arlacchi, Demir y Poulin en este caso), a las que, sin embargo, se les paga para que proporcionen datos y análisis fiables (¿de qué otro gremio podríamos fiarnos, si no, para llevar a cabo esa tarea?). Ruego que se me perdone si mi narración de ese proceso ha sido tediosa, pero era necesaria para demostrar mi conclusión y dotarla de credibilidad. Quisiera ahora exponer las razones por las que esa falta profesional me parece muy preocupante, primero desde el punto de vista de los activistas y, luego, desde el punto de vista de los investigadores.

Dada la vaguedad completa que rodea a la estimación examinada (¿a quién afecta?, ¿qué tipo de víctimas incluye?; ¿dónde?, ¿en Asia?, ¿en el sudeste de Asia?, ¿en algunos países de Asia?; ¿cuándo?, ¿en tres décadas?, ¿en una década?), resulta imposible someterla científicamente a verificación. Pero, en cambio, la verificación sí es posible en el caso de estimaciones más circunscritas y los investigadores han llevado a cabo ese ejercicio. Thomas Steinfatt y sus colaboradores han hecho tres intentos en los últimos diez años para estimar el número de víctimas de trata en Camboya. Remito a sus textos (2002, 2003 y 2011), disponibles en Internet, para la justificación de las metodologías que han utilizado y me detengo aquí solo en sus resultados. Hay que saber que la estimación que generalmente se divulgó desde la década de 1990 –según el mismo proceso de repetición mecánica que acabamos de reconstruir con respecto a los 33 millones– era una horquilla de 80.000 a 100.000 “esclavas sexuales”. Al término de sus investigaciones y tras haber tomado mil precauciones, Steinfatt y sus colegas concluyen que en 2001 habría alrededor de 20.000 prostitutas en Camboya, de las cuales 2.500 serían víctimas de trata. Las estimaciones realizadas posteriormente (en 2002 y sobre todo en 2008) ofrecen cifras menores, pero permanecen en el mismo orden de magnitud. En otras palabras, comparando la estimación más alta a la que llega Steinfatt y la más baja de la horquilla, fielmente reproducida hasta entonces por los “expertos-activistas”, ¡llegamos a una cifra 32 veces inferior (80.000 dividido por 2.500 = 32)!

Imaginemos por un momento cuál sería nuestra reacción si oenegés u organizaciones internacionales como la OIT estimasen para Bélgica un número de beneficiarios de subsidios por desempleo 32 veces mayor que el real: para 2009, esto daría 1.309.930 (12) multiplicado por 32, es decir, 41.917.760, ¡varias veces la población total del país! El desgraciado imbécil que se atreviese a publicar esa cifra quedaría desacreditado de por vida y, si fuera un funcionario contratado como estadístico, habría sobradas razones para despedirlo a la vista de una incompetencia tan patente. Dicho sin rodeos, ¡le preguntaríamos si se burla de nosotros! Imaginemos ahora la situación inversa, que la cifra proporcionada oficialmente tenga que dividirse entre 32: entonces, en realidad el número de personas con prestación por desempleo no sería de algo más de un millón trescientas mil, sino de alrededor de cuarenta mil… A la vista de esta cifra, consideraríamos que el problema del desempleo se encuentra casi resuelto en Bélgica, país que se convertiría en un modelo indiscutible para sus vecinos cercanos y lejanos. Todo esto para recordar que las cifras importan. El activista que, confiando en los llamados “expertos”, anunciase cifras tan absurdamente erróneas no sería ya tomado en serio por nadie y el conjunto de su discurso quedaría descalificado: si se equivoca tan ampliamente en este punto concreto, ¿cómo podemos confiar en él con respecto a cualquier otro punto? Imaginemos, además, que el error no fuese corregido y que las absurdas estimaciones inspiran las políticas públicas: si las estimaciones son 32 veces más altas o 32 veces más bajas –lo mismo da– estas políticas estarían ineluctablemente condenadas a estrepitosos fracasos –fracasos que serían debidamente sancionados, esperemos, por los votantes, legítimamente furiosos por el despilfarro del dinero procedente de los impuestos que han de pagar–. Más allá del pernicioso impacto en la credibilidad de los activistas, si los diagnósticos de situaciones problemáticas se basaran en dichas estimaciones, lo que se vería socavado sería la relevancia y eficiencia de la acción colectiva, sea esta pública o privada. Sé bien que ya no es admisible el satisfecho optimismo que pudo prevalecer en determinadas épocas sobre la capacidad de las ciencias sociales para guiar las políticas públicas. Pero apelo a un elemental sentido común: es evidente que ninguna acción colectiva, pública o privada, puede orientarse adecuadamente si existen tamañas discrepancias entre las representaciones y las realidades.

Concluyo de ello que los “expertos” que proporcionan tales estimaciones a los activistas adoptan comportamientos completamente irresponsables y que, lejos de ser sus verdaderos aliados, desacreditan las causas que los activistas defienden y descaminan su acción.

 

Investigadores y pseudoexpertos: una denuncia necesaria

Pero los investigadores también tienen motivos para preocuparse por las elucubraciones de quienes a partir de ahora designaré como pseudoexpertos (mantengo la denominación de “expertos” porque esta condición se les reconoce en muchos ámbitos influyentes) (13). Si fuera evidente para todos que su discurso es puramente ideológico, no sería necesario llevar a cabo el ejercicio que estoy realizando: un sociólogo que trabaja sobre la brujería no necesita demostrar la falsedad de esta, ello no es su problema (14). Del mismo modo, aquí habría cuestiones más interesantes que tratar. Tomando a esos pseudoexpertos como objetos de investigación, uno se preguntaría cómo funcionan, si ellos mismos creen en lo que escriben, qué explica su audiencia, etc. Ya en 1929, Erich Fromm y Max Kreutzberger habían pedido que ese programa de investigación se emprendiese: Fromm invitaba a investigar las razones psicológicas de la persistente creencia en la existencia de una trata de mujeres masiva, mientras que Kreutzberger sugería un estudio sociológico sobre las personas comprometidas con la cruzada moral contra la trata. Desafortunadamente, ese programa permanece sin cultivar por la sencilla razón de que nunca se ha dejado de creer en la existencia de una trata masiva y de que así la cruzada contra ella aparece siempre como justificada. Más bien, quienes siguen la estela de Fromm y Kreutzberger son sospechosos, para los pseudoexpertos, de defender un nuevo “negacionismo o revisionismo histórico” (según el título del capítulo IV del mencionado informe de 2003 de Malka Marcovich). Y de ese modo son los investigadores quienes deben justificarse y casi disculparse por hacer su trabajo correctamente. Ya es hora de revertir la tendencia y de exigir que sean los pseudoexpertos quienes respondan por sus afirmaciones y “datos” constantemente repetidos (15). Esa exigencia es la suerte cotidiana de los investigadores y, ya que los expertos-activistas se hacen pasar por tales, no hay razón alguna para que estén exentos de ella.

Mientras tanto, los medios que los pseudoexpertos utilizan para reducir la crítica no son los propios del debate científico. Thomas Steinfatt (2011) relata en un artículo reciente cómo una poderosa ONG antitrata ejerció continuas presiones sobre las autoridades estadounidenses e internacionales (como la Unesco) para evitar la difusión de su informe. Más cerca de aquí, durante la investigación sobre la prostitución en París en 2003, Malka Marcovich fue uno de los dos referentes que el Ayuntamiento de la ciudad impuso a los investigadores; de ese modo, ocupaba una posición desde la que podía condicionar el trabajo de los investigadores (16). Lo más preocupante no es que estos pseudoexpertos sepan cómo hacerse oír por los políticos –después de todo, ser unos propagandistas eficaces forma parte de la profesión de los ideólogos–, sino que seducen y prosperan incluso en el mundo académico. Lamentablemente, Malka Marcovich, autora de los artículos “Traite” y “Prostitution” en una enciclopedia publicada por las Presses Universitaires de France, no es un ejemplo aislado. En los Estados Unidos, pseudoexpertos de la trata logran infiltrarse incluso en las universidades más prestigiosas (17).

Por lo tanto, conviene identificarlos y denunciarlos como impostores antes de reanudar las formas más benévolas de la caridad hermenéutica. Cuando haya quedado claro para todo el mundo que sus discursos surrealistas deben tomarse como objetos de estudio y no como descripciones serias de la realidad, la denuncia ya no será necesaria y será ventajosamente reemplazada por un enfoque comprehensivo, que corresponde mejor a nuestro ethos de trabajo. Pero, si antes no son desenmascarados, existe el riesgo de encontrarlos, por el contrario, en posiciones desde las que pueden censurar a los investigadores. No creo que por ahora haya que temer una ley que penalice la “negación” de la trata de blancas, pero, antes de llegar a ese extremo, existen muchas otras modalidades de censura y –lo hemos vislumbrado– ya han sido practicadas.

Hay, además, otra razón importante por la que la impostura debe ser denunciada: el discurso de los pseudoexpertos tiene consecuencias concretas (véase Weitzer 2010). Por razones que no resulta difícil analizar (véase Soderlund 2005), su discurso fue particularmente bien acogido durante la administración Bush –lo que, dicho sea de paso, hace que su apropiación por parte de la izquierda europea sea bastante cómica– y determinó varias decisiones consecuentes. De manera destacada, se prohibió dar subvenciones federales a asociaciones, estadounidenses o extranjeras, sospechosas de “apoyar” la prostitución y, por tanto, la trata, ya que, según nuestros pseudoexpertos, ambas están indefectiblemente ligadas. Muchas asociaciones que prefieren trabajar en la reducción de riesgos antes que por la abolición de la prostitución se vieron así privadas de financiación. Por el contrario, las acciones represivas –como las redadas en los burdeles para “salvar” a las víctimas– (18), tan espectaculares como ineficaces, son generosamente apoyadas. En la mayoría de los casos esas acciones tienen como resultado o conllevan arrestos y expulsiones de prostitutas extranjeras, pero esto en modo alguno impide que los pseudoexpertos pretendan representar los intereses de esas víctimas de la trata que no se reconocen como tales, pues, a ojos de los pseudoexpertos, todas las prostitutas son por definición víctimas de trata.

Varias causas –y no todas dependen de la historia de las representaciones, ni mucho menos– permiten sin duda explicar la sorprendente audiencia de la que gozan los pseudoexpertos. Entre las principales, están las causas históricas: nuestros pseudoexpertos contemporáneos logran aún engañarnos especialmente porque los pseudoexpertos del pasado no fueron desenmascarados. Estos lograron que su impostura tuviese éxito y por ello sus epígonos se benefician del capital de credulidad así acumulado: dado que se supone que la existencia de una trata de blancas masiva fue “científicamente” demostrada en el pasado, ¿por qué dudar de que el fenómeno pueda reproducirse hoy? Pero, justamente, ya en el pasado, la demostración era falsa y encontré una mezcla similar de buenas intenciones, incompetencia y falta de honradez intelectual en el decisivo informe del comité especial de expertos de la Sociedad de Naciones sobre la trata de mujeres y niños publicado en 1927. Malka Marcovich no deja de mencionarlo, pues, como ella escribe (2011: 1332), esta vez con razón, fue como continuación de ese informe que “nació la idea de una nueva convención internacional sobre la trata y la explotación de la prostitución”. Dicho de otro modo, esta convención, finalmente votada en 1949 en la ONU, se basa en una estafa intelectual más sutil en sus operaciones que la aquí analizada a propósito de las cifras, pero no menos evidente (véase Chaumont 2009). La estafa llevada a cabo por los expertos de la Sociedad de Naciones no ha sido denunciada, ni siquiera se ha sospechado de ella. Los pocos investigadores (como M. Kreutzberger en 1929) (19) que se atrevieron en la época a criticar el trabajo de ese comité de expertos no lograron desacreditarlo; e incluso hoy, a pesar de las numerosas pruebas en contra del comité que pude exhibir gracias a los archivos de este, imprudentemente legados a la posteridad, no hay garantía de que no continúen pasando por intelectuales serios y comprometidos al servicio de los derechos humanos (así ocurre, por ejemplo, en Metzger 2007). Fortalecidos con ese crédito científico y moral, dejaron una huella duradera en las representaciones sobre la trata y descaminaron las políticas contra esta. Sería una pena que la historia se repitiese.

 



Notas

Artículo publicado originariamente, como “Le militant, l’idéologue et le chercheur”, en la revista Le Débat, nº 172, 2012, pp. 120-130. Agradecemos a Jean-Michel Chaumont su amable y desinteresada autorización para traducir al español su texto y publicarlo en Gazeta de Antropología. Traducción, adaptación y resumen (abstract) de José Luis Solana Ruiz, Universidad de Jaén (España).

Jean-Michel Chaumont es Doctor en Filosofía por la Universidad de Lovaina y Doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS-CNRS, París), investigador del Fonds National de la Recherche Scientifique de Bélgica y Profesor de Sociología en la Universidad de Lovaina. Entre sus libros destacan La Concurrence des victimes. Génocide, identité, reconnaissance (La Découverte, París, 1997), Le Mythe de la traite des blanches. Enquête sur la fabrication d’un flèau (La Découverte, París, 2009) y Survivre à tout prix? Essai sur l’honneur, la résistance et le salut de nos âmes (La Découverte, París, 2017); este último recibió en 2019 el prestigioso premio literario del Parlamento de la Federación Valonia-Bruselas.

1. Me referiré aquí al documento preparatorio Mondialisation de la prostitution (http://www.rinoceros.org/IMG/pdf/ Mondialisation_de_la_prostitution.pdf) presentado “por la Comisión de Género para introducir el debate en el Consejo Científico [de ATTAC-Francia] el 3 de marzo de 2007”. Está firmado por Claudine Blasco, Esther Jeffers, Huayra Llanque, Christiane Marty, Jacqueline Pénit-Soria y Stéphanie Treillet. La obra fue reseñada muy críticamente por Lilian Mathieu, lo que dio lugar a un intercambio posterior con las autoras (véase http://www.contretemps.eu/socio-flashs/ce-que-melange-entre-expertise-militantisme-peut-produire-pire). Pero me parece que quienes se merecen las críticas de L. Mathieu, por otra parte justificadas, son los “expertos” que inspiraron la obra, más que los activistas de ATTAC.

2. Así, entre los autores en los que se han inspirado, citan a Richard Poulin, Elaine Audet, Malka Marcovich, Claudine Legardinier, Yolande Geadah, Judith Trinquart y Janice G. Raymond. No los conozco a todos, pero el primero fue profesor de sociología en la Universidad de Ottawa y M. Marcovich es historiadora (más adelante volveremos a hablar de ambos).

3. Podría temerse, en efecto, que los activistas exagerasen los datos comunicados por los expertos con el fin de conferirle mayor legitimidad a su causa. Esto sucede a veces. Así, en otro texto accesible en la web de ATTAC, titulado “Lutter pour l’égalité hommes-femmes”, no son 33 millones, sino 70 millones las víctimas de la trata en el sudeste asiático que se indican (véase http://www.france.attac.org/articles/fight-for-galit-men-women, consultado el 19 de noviembre de 2011).

4. Véase http://www.unodc.org/pdf/gift%20brochure.pdf, consultado el 7 de octubre de 2011.

5. Ver http://www.unodc.org/documents/human-trafficking/Global_Report_on_TIP.pdf, consultado el 7 de octubre de 2011.

6. http://jha.ac/articles/a115.pdf, consultado el 7 de octubre de 2011.

7. http://www.unhcr.org/refworld/publisher,USCRI,COUNTRYREP,,3c58099b8,0.html, consultado el 6 de octubre de 2011.

8.  Según Wikipedia, fue miembro del Parlamento Europeo para el sur de Italia entre 2009 y 2014 [N. del T.]

9. Según su biografía en Wikipedia, Pino Arlacchi seguía siendo profesor de sociología en la Universidad de Sassari (http://fr.wikipedia.org/wiki/Pino_Arlacchi, consultado el 7 de octubre de 2011).

10. Adviértase que el mismo Pino Arlacchi no resistió la tentación de modificar su propia fuente: según las dos periodistas, la estimación de los “watchdog groups” no concierne específicamente a Asia (en cualquier caso, nada especifica que así sea). ¿Se referiría quizás al mundo entero? Las periodistas solo precisaron que “muchas” de las víctimas provenían de países asiáticos.

11. El término que Chaumont utiliza es farfeleu (extravagante, estrafalario, excéntrico, raro, extraño, disparatado). He optado por traducirlo como absurdo. Como puede comprobarse en el Diccionario de la RAE, este término español integra todos esos significados y, además, añade los de contrario a la razón, sin sentido, chocante y contradictorio, acepciones que también describen el carácter que tienen las estimaciones que el autor critica. [N. del T.]

12. Ver http://www.belgium.be/fr/actualites/2010/news_onem_rapport_année_2009.jsp. Fuente ONEM, consultado el 11/12/2009. Precisemos que esta cifra no corresponde a la del número de personas que tienen el estatus de solicitantes de empleo a tiempo completo y que reciben una prestación por desempleo.

13. Así, es en calidad de relator de la Subcomisión Prostitución y Trata de Seres Humanos con Fines Sexuales como Malka Marcovick firmó en 2003 un informe titulado El sistema de la prostitución: una violencia contra las mujeres.

14. Estoy plenamente de acuerdo con Milena Jaksic (2011: 181) en que “desvelar ‘lo falso’” no es el único fin del enfoque sociológico; no obstante, mantengo que en el caso que nos ocupa sí es el fin prioritario.

15. Así, Marcovich ya había copiado a Poulin en 2006 con un comentario diferente; en su contribución al Livre noir de la condition des femmes (editado por Christine Ockrent, XO, 2006), escribió: “Pino Arlacchi, director de la Oficina de las Naciones Unidas para el control de las drogas y la prevención del crimen, afirmó que la trata con fines de prostitución había ocasionado treinta y tres millones de víctimas en el sudeste asiático durante la década de 1990, o sea, tres veces más víctimas que las cifras establecidas sobre la trata de esclavos africanos durante un período de cuatrocientos años, valoradas en once millones y medio de personas. Sin duda, esas proyecciones no son exageradas cuando sabemos que en 2003 dos mil mujeres, en busca de una vida mejor en el extranjero, abandonaron cada día las Filipinas” (el texto está disponible en línea en http://storage.canalblog.com/38/54/412709/23124823.pdf, consultado el 7 de octubre de 2011).

16. Debido a las presiones que Marcovich ejerció desde esa posición, Catherine Deschamps, cuya financiación provenía de otro presupuesto, se negó a asociarse a la redacción del informe remitido al Ayuntamiento, como explica en Le Fait sexuel (memoria de habilitación para dirigir investigaciones), Université Paris Ouest-Nanterre-La Défense, marzo de 2012, p. 37. Yo también podría referir experiencias similares.

17. La Universidad de Harvard confió su primer curso sobre la trata de seres humanos a Siddharth Kara, cuyo libro Sex Trafficking. Inside the Business of Modern Slavery es uno de los últimos ejemplos hasta la fecha que ilustran todas las incompetencias analizadas aquí. Obviamente, ello no le impidió obtener el Premio Frederick Douglass y ser recomendado por el nuevo director de la UNODC… (véase el artículo de Wikipedia dedicado a S. Kara: http://en.wikipedia.org/wiki /Siddharth_Kara, consultado el 4 de febrero de 2012).

18. Por ejemplo, las redadas realizadas entre 2002 y 2004 en Svay Pak (Camboya), sobre las que un informe de Frédéric Thomas (2005) para la COSECAM (Coalition to Address Sexual Exploitation of Children in Cambodia) concluyó que “las nuevas condiciones de vida de los niños víctimas de trata y sexualmente explotados son peores que antes y su explotación comercial se ha vuelto completamente clandestina”.

19. Sobre el modo como Samuel Cohen, otro “pseudoexperto” de la época, intentó desacreditar a Kreutzberger, véase Majerus 2008.

 


 

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