Cuando Marc Augé atiende a los “no lugares” lo hace desde la reivindicación de su némesis, los que él llama “lugares antropológicos” sin discriminar si estos pertenecen a la difusa –cada vez más difusa– línea del tiempo, sino a su componente humano (Los “no lugares”. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 2000, pp. 49 y ss.). Los “lugares antropológicos” que, para el francés, crean lo “social orgánico”, pueden pertenecer al pasado y al presente, como bien ocupa la centralidad del libro que aquí reseñamos, obra de Óscar Muñoz Morán. El autor, profesor en la Complutense, es un reconocido antropólogo de reconocida experiencia de campo en México y Bolivia, con bien identificables preocupaciones teóricas en torno a las categorías culturales con las que construimos el mundo, más específicamente las que atañen a eso que llamamos “temporalidades”. Ese bagaje e intereses se vierten ahora en un concejo asturiano, el de Quirós. Si entre los purépechas y quechuas rastreaba la resignificación étnica del territorio, la cosmología y, sobre todo, diferentes formas de percepción del tiempo, en este trabajo central el foco en una antropología del pasado de un territorio del norte de España. En el enfoque hay reminiscencias de Caro Baroja y de Lisón, dos maestros a los que conviene releer, pero también de los clásicos de la antropología histórica (Cohn, Sahlins, Goody y los Comaroff); no obstante, es un libro con ritmo y estilo actuales. Conviene aclarar que Muñoz no pretende hacer antropología histórica –aunque la haga–, sino la etnografía de un paisaje como “lugar antropológico” o, mejor, el análisis de la percepción de la transformación –y memoria– de un paisaje humano. Paisaje que reconstruye en las experiencias de sus protagonistas, con un hábil recurso a documentos diversos, incluyendo el territorio como testimonio de un pasado persistente. Como si de un rostro avejentado se tratase, ese territorio revela la experiencia del pasado en sus pliegues y cañadas, en su arquitectura y en sus prados; o quizá sería mejor decir que en la memoria de sus informantes –aunque no solo–, en una memoria (re)creada de su propia experiencia junto a testimonios históricos igualmente fragmentarios y fragmentados. La experiencia de Muñoz le permite abordar esa memoria social y la historia del paisaje sin caer en eso que se ha definido como “arrogancia de la autenticidad” (Allan Megill, Historical Knowledge, Historical Error: A Contemporary Guide to Practice, Chicago, 2007, p. 57).
El trabajo está articulado en dos partes acompañadas por una necesaria introducción y un sintético pero jugoso epígrafe conclusivo donde se desvela la paradoja del “paraíso en desuso”, esto es, de la conformación de paisaje como un “no lugar” escénico en el que se persiguen experiencias turísticas “auténticas”, pero autistas, ya que en ellas se manifiesta ese narcisismo individualista que caracteriza nuestra hipermodernidad (Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Barcelona, Anagrama, 2006) despojándose de cualquier relacionalidad profunda con quienes habitan un espacio idealizado. Un shangri-la vaciado, pero convenientemente esclerotizado en la instantánea de un selfie y sus necesarios likes. Un espacio de renegociación del pasado reciente y de un futuro incierto por parte de sus habitantes.
El territorio quirosano es explorado en su doble dimensión espacial y temporal en la primera parte del libro, de forma sistemática, sin olvidar ningún aspecto, particularmente el aludido carácter reconstructivo, “interpretado”, de dicho paisaje por sus habitantes. Pasado reciente y presente mediado por su memoria forman, junto al espacio lo que el autor define como “territorio cultural en Quiros”, esto es, esa doble dimensión temporal, arrastrada a la Edad Media, que conforma como si fueran capas superpuestas la geografía, la historia, la intersección de los poderes pasados y presentes (estado e iglesia) y, cómo no, la memoria socialmente construida de todo lo anterior. En un esquema (p. 82) que recuerda a los que hacía Caro Baroja para explicar el sentido espaciotemporal de la cultura saharaui (Estudios saharianos, Madrid, Calamar, 2008), Muñoz resume el autoconcepto de los quirosanos en relación a su propio territorio: “pueblos de arriba” y “pueblos de abajo”, que obvian las coordenadas geográficas, pero delimitan expresamente otras coordenadas, las sociales.
Tanto en esta primera sección del libro, como en la segunda, es recurrente el juego entre pasado y presente, a modo de cortina que separa dos estancias de uno de esos chigres que ni la emigración ni la protección institucional ha despojado de su centralidad ni de su atractivo etnográfico. Si en esa primera parte el territorio es desvelado en capas de sentido, en la segunda son los aludidos “lugares antropológicos” los que son abordados desde la mirada del etnógrafo, el buceador de espacios de socialidad y situaciones sociales de observación realmente significativas. El rito religioso, el baile, las actividades agrarias, la escuela y el colmado se llenan de una vida colmada en un pasado reciente, hoy sujeto a nuevas prácticas y significados. Es la narración de un pasado reciente, donde la minería tiznaba las actividades económicas y las relaciones sociales; un pasado de sabor ambiguo que se identifica con un territorio caracterizado por su “dureza”. A la postre, este territorio del pasado es, paradójicamente, un lugar más habitado que el “paraíso en desuso” que a la postre nos habla de una cierta gentrificación: la de la acumulación de nuevos negocios y servicios turísticos en una parte específica del concejo que atraen y dan cobijo puntual al turista. Un turista que, paradójicamente, no busca el contacto con los “lugares antropológicos” quirosanos sino con el no-lugar de la Senda del Oso, con el “paraíso natural” de la promoción ya clásica de la administración regional. Aquí Muñoz apela expresamente a Augé, con la misma disposición, en el fondo optimista: lo que fue es y será. Hemos de agradecer al autor un libro que, en su apariencia y vocación de estudio clásico, busca desvelar la complejidad de una comunidad humana en su doble dimensión territorial y temporal.



