Gazeta de Antropología, 2023, 39 (2), artículo 07 · https://hdl.handle.net/10481/84348 Versión HTML
Recibido 15 mayo 2023    |    Aceptado 31 mayo 2023    |    Publicado 2023-07
Diferencias de género en el trabajo sexual
Gender differences in sex work




RESUMEN
La perspectiva de género y su estudio como variable aparece escasamente incluida en las investigaciones sobre prostitución o trabajo sexual. Por ello, este estudio analiza las diferencias de género en una muestra de 553 trabajadoras/es sexuales en España, situada en un estrato medio de la prostitución, y que fue recogida mediante métodos etnográficos, con entrevistas, encuesta y diario de campo. El comienzo en el trabajo sexual fue por coacción para el 13,4% de la muestra y la principal motivación fue la necesidad económica. Los resultados muestran diferencias importantes entre los géneros, que quedan invisibilizadas al no incluirlos en los estudios.

ABSTRACT
The gender perspective and its study as a variable is scarcely included in research on prostitution or sex work. Therefore, this study analyses gender differences in a sample of 553 sex workers in Spain, located in the middle stratum of prostitution, and which was collected through ethnographic methods, interviews, survey and field diary. The beginning of sex work was due to coercion for 13.4% of the sample, and the main motivation was economic necessity. The results show important differences between the genders that are made invisible by not including them in the studies.

PALABRAS CLAVE
género | trabajo sexual | prostitución | prestaciones sexuales | gestión del trabajo sexual
KEYWORDS
gender | sex work | prostitution | sexual services | management of sex work


1. Introducción

El trabajo sexual o prostitución ha sido objeto de debate y controversia tanto en el siglo pasado como en la actualidad, dominado principalmente por un enfoque moralista e ideológico y escasamente por el conocimiento de la actividad en sus diferentes aspectos (Oliveira 2020). Este trabajo quiere contribuir a llenar ese vacío, uniéndose a un sector reducido de investigadores e investigadoras españolas que aportan datos sobre una realidad desconocida y estigmatizada. 

Un volumen importante de estudios sobre prostitución se ha centrado en la cara más visible de esta, la que contacta con los clientes en la vía pública, y se dispone de menos información del trabajo sexual en espacios cerrados. El crecimiento de internet y las posibilidades para conectar de manera discreta e íntima con los usuarios y usuarias del sexo de pago ha aumentado el volumen de la actividad en los contextos menos visibles. Se ha documentado que las condiciones de ejercicio de la actividad, los riesgos que se han de enfrentar (enfermedades, violencia del cliente o de la policía) y las consecuencias difieren si se desarrolla en espacios públicos o en espacios cerrados (Adriaenssens y otros 2016). Un sector de estudios se ha focalizado en la prostitución de calle, especialmente estudios de enfoque abolicionista, sin señalar que este tipo de trabajo sexual es un pequeño sector del comercio sexual y el más vulnerable (Sanders 2004, Williamson y Baker 2009). El trabajo sexual no es una actividad homogénea, sino que se desarrolla en contextos diferentes situados en los distintos niveles de la estructura socioeconómica de las sociedades contemporáneas. Heyl (1979) distinguía dos tipos de categorías de mujeres en el trabajo sexual en espacios cerrados, en función del prestigio y de las condiciones económicas. Por una parte, se encontraban aquellas que podríamos denominar un estrato medio, que desarrollaban la actividad en hoteles, prostíbulos, cafeterías o bares y casas de masajes. Por otra, con más altos ingresos, quienes se ubicaban en agencias de escorts o chicas y chicos de compañía para una clientela más selecta. Ambos casos difieren de la prostitución que se ejerce en la calle (Murphy y Venkatesh 2006). La muestra que analizamos en este trabajo pertenece al nivel medio con características diferentes a la que se produce en el sector más visible y de calle. También debemos señalar que en todos los contextos podemos encontrar personas que ejercen la actividad de manera independiente, sin intermediarios (Willman 2010), y que existe una gran movilidad tanto territorial como entre sectores (Siegel 2011).

Este trabajo se propone mostrar las diferencias de género en el trabajo sexual, así como: (1) visibilizar y describir el perfil de las personas que ejercen el trabajo sexual, a partir de una muestra amplia ocupada en esta actividad; (2) identificar el inicio en el trabajo sexual y las circunstancias que motivaron el comienzo; y (3) señalar las características y condiciones del trabajo sexual y de su gestión. Antes de abordar los objetivos propuestos, revisaremos los estudios similares realizados en los ámbitos nacional e internacional. 

1.1. Revisión de estudios

A continuación, exponemos una revisión de los estudios que han utilizado muestras similares a las utilizadas en este trabajo, así como los tres aspectos que aborda este estudio.

1.1.1. Perfil de las personas en el trabajo sexual

Los estudios en España sobre población en el trabajo sexual con amplias muestras son escasos salvo cuando se abordan desde la epidemiología y la salud. Podemos encontrar muchos más trabajos con un enfoque cualitativo, los cuales, como es lógico, estudian muestras pequeñas, salvo el estudio de Acién (2022). Son escasos los estudios que ofrecen un perfil de las personas que ejercen el trabajo sexual en España; y tampoco se realizan comparaciones entre mujeres y hombres en el desarrollo del trabajo sexual. 

Belza et al. (2004) analizan una muestra de mujeres inmigrantes (n=579) que acudía a un centro sanitario en Madrid, de las que el 95% se dedica a la prostitución. Su equipo señaló que el 96% procedía de América Latina, con una media de edad de 29 años, el 80% tenía estudios primarios o secundarios y el 73% era madres. El trabajo de Palacios Pico y otros (2018) analiza una muestra de 147 trabajadoras sexuales en Castilla León cuya edad media era de 30 años, en un intervalo de 19 a 53 años, con un 81% de mujeres y un 19% de personas trans; además, el 77,4% eran extranjeras, el 51% se encontraban ilegales, y el 58% solteras. La Asociación In Género (2021) recogió una muestra de 300 personas en prostitución en cinco áreas geográficas de España para estudiar el impacto del COVID, encontrando que la media de edad era de 38 años, de origen latinoamericano preferentemente, dado que las españolas eran en torno al 6%. En otro trabajo realizado (Meneses y otros 2022), en una muestra de 380 personas para también valorar el impacto del COVID, solo el 15,5% era española, el 92% era mujeres, con una media de edad de 38 años, en un intervalo de 20 a 70 años, con una permanencia media de casi 8 años en España, el 70% era madres, y el 53,1% tenía permiso de trabajo. Ninguna de las muestras estudiadas era representativa, pero no es posible obtenerlas metodológicamente con los muestreos estadísticos clásicos y, a falta de estudios de estimación rigurosa de la prostitución en España, este tipo de muestras nos pueden acercar a los perfiles más habituales de personas ejerciendo el trabajo sexual en España, permitiéndonos hacer comparaciones.

Si nos detenemos en algunos estudios cuantitativos internacionales en los últimos años, tampoco hallamos trabajos que realicen diferencias entre los trabajadores y las trabajadoras sexuales, centrándose en las mujeres. Podemos destacar dos de estos estudios porque utilizan amplias muestras y señalan las consecuencias para las trabajadoras sexuales dependiendo del contexto de la actividad. Uno es el trabajo de Seib, Fischer y Najman (2009), cuyo objetivo era estudiar la salud mental, analizaron una muestra de 247 trabajadoras sexuales en una ciudad australiana que pertenecen a tres contextos diferentes: las que trabajan en un prostíbulo, las que eran independientes, y las que contactaban en la calle y eran ilegales. Encontraron cuatro veces peor salud mental en las que trabajaban en la calle, pero también era peor su salud mental antes de comenzar en el trabajo sexual, a diferencia de los otros dos sectores. Además, presentaban mayores porcentajes en el uso de drogas inyectadas, en ser agredida en los últimos 12 meses por algun cliente y en ofrecer sexo sin protección a cambio de más dinero. El otro trabajo es el de Duff y otros (2017), que investigaba sobre violencia, en una muestra de 545 trabajadoras sexuales en Vancouver, pertenecían a tres contextos de trabajo sexual diferentes, las que atendían a sus clientes en espacios interiores informales (41%), las situadas en espacios públicos (37%) y aquellas que se ocupaban en espacios interiores formales (22%). En esta muestra, el 50% había tenido algún evento violento físico o verbal por parte de algún cliente, jefe o policía. Los autores encontraron peores situaciones y mayor estrés en las mujeres que se ocupaban en los dos primeros espacios de trabajo sexual.

1.1.2. Inicio en el trabajo sexual

El comienzo y la elección del trabajo sexual han sido dos de los aspectos más estudiados en los trabajos de investigación y, por tanto, disponemos de una amplia información. Tanto en estudios clásicos como en actuales se ha relacionado el inicio con la necesidad económica (Goldstein 2010, Sihna 2014 y Zhang y otros 2015), especialmente cuando se convierte en una situación urgente o límite. Esa necesidad de ingresos puede estar motivada por sufragar los gastos cotidianos, los proyectos personales, por adicción a sustancias psicoactivas (Cusick y otros 2003) o por una deuda contraída (Piscitelli 2008). Otras razones que se han señalado han sido una iniciación precoz en la etapa adolescente, siendo menor de edad y con un ambiente familiar desestructurado (Clarke y otros 2012), marcándose importantes diferencias en el comienzo cuando se era menor o adolescente y cuando se era adulta y con diversos niveles de coacción (Martin y otros 2010, Footer y otros 2020). Una diferencia importante es el comienzo en el trabajo sexual por decisión propia, sin presiones ni coacciones, que posee características y circunstancias muy diferentes a cuando la iniciación en la actividad es forzada, ya fuera por la pareja afectivo-sexual (Merodio y otros 2020), por un proxeneta o por una red de prostitución o de trata (Colinda y otros 2017), siendo poco riguroso confundir o plantear ambas situaciones como sinónimas (Aronowitz 2014). 

La gran mayoría de las mujeres comenzaron la actividad con la pretensión de que esta supusiera un periodo corto de tiempo, pero una serie de características asociadas al trabajo sexual ha conducido a muchas de ellas a vivirlo como una profesión, una actividad a más largo plazo para sufragar los proyectos de vida y el sostenimiento de la familia (Murphy y Venkatesh 2006). 

Por último, se ha señalado que en las mujeres migrantes el comienzo de la prostitución está muy relacionado con dos circunstancias. En primer lugar, con la situación de indocumentación, cuando ha caducado la visa turística y las leyes migratorias marcan exigencias imposibles de cumplir para muchas mujeres migrantes (Rodríguez y Lahbabi 2002). En segundo lugar, con la falta de ofertas de empleo, en un mercado laboral precario que conduce a las mujeres migrantes al ejercicio de la prostitución (Carmona 2000). El mercado laboral destinado a las mujeres es en general inestable, mal pagado e inseguro, y las ofertas de empleo que tienen podrían calificarse de explotadoras (Alcañiz 2017), especialmente en el servicio doméstico, la agricultura y la hostelería, trabajos todos ellos de los que han tenido experiencia previa muchas de las trabajadoras sexuales.

1.1.3. Condiciones y gestión del trabajo sexual

Cuando la elección del trabajo sexual es por decisión propia, las condiciones de desarrollo de la actividad difieren de cuando existe coacción o amenazas. En una situación de intimidación las mujeres no pueden tomar las decisiones sobre muchos de los aspectos implicados en el desarrollo de la actividad (prácticas sexuales, clientes, horas invertidas, ingresos, seguridad y protección, etc.). Por tanto, la gestión del trabajo sexual es muy diferente si las mujeres son independientes, ya sea sin o con intermediarios, de cuando no lo son. En este caso deben negociar o aceptar las condiciones que posea el local o contexto donde se desarrolla la actividad. Sin embargo, la movilidad entre sectores y lugares es alto dentro del trabajo sexual (Sander 2002). Las trabajadoras sexuales se mueven en distintos contextos de sexo comercial para obtener mejores condiciones, autonomía y seguridad (Adriaenssens y otros 2016), y esta movilidad las lleva a atravesar fronteras. En ocasiones, el ser migrante les supondrá peores condiciones de ejercicio del trabajo sexual, con una mayor estigmatización y criminalización (Oso 2010). Por otra parte, las legislaciones sobre prostitución que adopte cada país determinarán también las circunstancias para desarrollar el trabajo sexual sin riesgos. Existe una extensa literatura sobre el modo como el régimen legal que tenga un país afecta a las condiciones de ejercicio del trabajo sexual (Platt y otros 2018, y Oliveira 2020). Se ha puesto de relieve que las condiciones de ejercicio pueden afectar a la salud, a la posible explotación y al incremento de la estigmatización. 

El impacto en la salud de las trabajadoras sexuales se ha relacionado con el tipo de legislación y con las condiciones en que se desarrolla el trabajo sexual. Más en concreto, Shannon y otros (2015), en una revisión sistemática, señalaron que la despenalización del trabajo sexual tendría el mayor efecto en el curso de las epidemias de VIH en todos los entornos, evitando el 33-46% de las infecciones por VIH en la próxima década. Deering y otros (2014), quienes también realizaron una revisión sistemática, pusieron de relieve que la violencia hacia las trabajadoras sexuales se reducía hasta siete veces cuando la prostitución no estaba criminalizada de alguna manera. La criminalización del trabajo sexual supone una barrera para la seguridad física y de salud de las trabajadoras sexuales. 

La explotación que viven las mujeres en el sexo de pago hace referencia, desde una perspectiva emic, a un tipo de explotación laboral, dado que estas mujeres consideran al trabajo sexual como un tipo de trabajo. Como hemos mencionado con anterioridad, cuando las mujeres son independientes sus situaciones de trabajo son mejores que cuando desarrollan la actividad en establecimientos, prostíbulos o clubs, pues dependen de las condiciones que les impongan los dueños y dueñas de estos locales (Adriaenssens y otros 2016). En esas condiciones de desempeño del trabajo sexual influye en el estatuto de ciudadanía que las mujeres posean, agravándose las condiciones de precariedad y abuso cuando el estatuto de legalidad como inmigrante está ausente (Anderson y O’Connell 2003). En este sentido la presión en la elección de los clientes, de prácticas sexuales y en otras decisiones que deben tomar las mujeres se produce en condiciones clandestinas e inseguras por carecer de derechos. Las trabajadoras sexuales migrantes sin permiso de residencia se concentran en la parte más baja y precaria del trabajo sexual, siendo más dependientes y vulnerables a la explotación. Por otra parte, se ha señalado que, cuando las mujeres no son independientes y dependen de los intermediarios para contactar con los clientes, sus ingresos son menores que cuando son autónomas, de tal forma que la figura del intermediario no aumenta sus ingresos, sino todo lo contrario (Brady, Biradavolu y Blankenship 2015). No obstante, los intermediarios emergen con mayor rol social en contextos de prostitución de mayor riesgo (López Riopedre 2019).

Por último, la estigmatización del trabajo sexual, como la de otros trabajos (por ejemplo, la del servicio doméstico), tiene un impacto y consecuencias negativas en las mujeres que desarrollan esta actividad. Son numerosos los estudios y autores que han abordado esta dimensión del trabajo sexual (Tomura 2009, Koken 2011, Weitzer 2017, Benoit y otros 2018, Acién, 2019 y Sánchez Perera 2022) y han mostrado cómo la investigación social científica ha contribuido a aumentar el estigma a través de la representación de las mujeres que ejercen la prostitución como víctimas o desviadas de las normas sociales (Koken 2011). Las repercusiones del estigma tienen diferentes dimensiones, desde la personal, aumentando los niveles de ansiedad y estrés, a la social o contextual, de mayor repercusión en la vida de las mujeres y sus familias. Link y otros (2001) han señalado varios elementos asociados al estigma, que podemos aplicar al trabajo sexual: la etiqueta negativa que recae sobre las mujeres, cuyo origen encontramos en el patriarcado, que diferencia a las mujeres en buenas y malas; los estereotipos que se asocian con la actividad, muchos de los cuales no son reales y se magnifican para marcan su negatividad; la separación de las trabajadoras sexuales del resto de actividades y de la sociedad, que se concreta en normas determinadas de lo que se permite o no al colectivo de mujeres; y cuando el respeto y la dignidad de las trabajadoras sexuales es quebrantado, estas mujeres pierden estatus social y, por tanto, aparece una mayor discriminación ejercida por distintos actores sociales. Como ha señalado Weitzer (2017), la descriminalización del trabajo sexual reduce el estigma, pero no lo elimina; hacen falta un cambio de actitud y de creencias y una vivencia de normalización y tolerancia hacía el trabajo sexual. Junto con estos aspectos, el otorgar derechos a las mujeres que realizan trabajo sexual mejoraría sus condiciones de vida e incrementaría sus posibilidades de desarrollo.

Pocos trabajos han puesto de relieve cómo el estigma y las condiciones de desarrollo del trabajo sexual difieren por género. Weinberg y otros (1999) señalaron que las mujeres invierten más tiempo en el trabajo sexual y atienden a más clientes que las personas trans o que los trabajadores sexuales; sin embargo, mujeres y personas trans reciben un impacto más negativo que los hombres en el trabajo sexual, ya que estos muestran una menor discriminación y desigualdad. Los escasos trabajos que abordan estas diferencias de género impiden conocer y visibilizar a los diversos colectivos ocupados en el sexo de pago. Este trabajo quiere contribuir a ofrecer una visión comparativa de las características y circunstancias de las mujeres, los hombres y las personas trans en el sexo comercial

 

2. Métodos

Se ha llevado a cabo una metodología etnográfica utilizando distintas técnicas de investigación: observación participante, entrevistas y encuesta mediante la recogida de un cuestionario. Esta última fue realizada en el marco del trabajo etnográfico efectuado en locales y hoteles de sexo comercial. Por tanto, los resultados que se presentaran proceden del análisis de las respuestas obtenidas en la encuesta, de las observaciones realizadas y de las entrevistas mantenidas. Conjugaremos a la vez los resultados de la encuesta con el diario de campo y las entrevistas realizadas. Detallamos cada técnica utilizada.

2.1. Observación participante y entrevistas

El trabajo de observación participante surge como continuidad del realizado con anterioridad en locales de sexo de pago en Madrid, Valencia y el País Vasco. Dicho trabajo comenzó en mayo del 2019 y quedó interrumpido por la pandemia de Covid. Más en concreto, he realizado visitas continuadas a un hotel y un apartamento en Madrid entre enero del 2020 y noviembre del 2022. He realizado 38 estancias de tres horas cada una, en las que llevé a cabo observaciones y entrevistas formales e informales con las mujeres que desarrollaban el trabajo sexual en esos dos espacios de sexo comercial de tipo medio. También entré en contacto con un espacio de trabajo sexual de nivel alto y elitista, pero la pandemia interrumpió el trabajo etnográfico, que quiero retomar en el futuro. 

“Visito un chalet muy selecto en la mejor zona de Madrid. Lo lleva una pareja. Los clientes que llegan allí son de alto nivel. El local está abierto solo por la tarde y cierra a las 23:00 horas; me dice que no quiere problemas con la noche. En el día que lo visito ha tenido más de 30 clientes y dispone de 15 chicas; son todas muy jóvenes, entre 18 o 19 años, muy pocas superan los 25 años. Muchas de estas mujeres vienen con una visa de tres meses, ejercen y luego se marchan. Se mueven mucho; me habla de una que acaba de llegar de Qatar, que viene y va, y otra desde Dubái. Me sigue contando que sus clientes tienen mucho nivel, son altos empresarios, jugadores de deporte de élite, y políticos muy relevantes que vienen con escolta, y que por eso la discreción es fundamental. Me temo que estas razones serán las que hagan que me resulte difícil permanecer en este contexto” (Diario de campo, 19 enero 2021).

Este contexto de sexo de pago es diferente al que se aborda en este trabajo, que hemos calificado como de tipo medio por los ingresos, las condiciones de trabajo y los tipos de clientes. 

Las entrevistas formales se han realizado a diez mujeres que se encontraban en los espacios mencionados. Algunas fueron grabadas en audio y otras se recogieron mediante notas. A todas ellas les garanticé el anonimato y la confidencialidad de la información recogida. He realizado un análisis temático, interpretativo y categórico de las observaciones y de las entrevistas, ayudándome para ello del programa informático Nvivo.

2.2. Encuesta

Realicé una encuesta a personas que se ocupan en el sexo de pago en espacios interiores. Inicialmente se empezó recogiendo los cuestionarios por la autora personalmente en locales y casas de citas, pero la irrupción de la pandemia de Covid llevó a utilizar además la vía on line. El confinamiento y las dificultades de desplazamiento impedían continuar recogiéndolo in situ. El cuestionario comenzó a difundirse en febrero del 2020 hasta abril del 2021, el 45,3% se recogió por internet y el resto (54,7%) de manera personal en locales de tres ciudades españolas: Barcelona (6,7%), Madrid (15,3%) y Valencia (32,5%). Las dificultades de movilidad derivadas de la pandemia no permitieron la recogida equitativa en cada ciudad, como se había diseñado, pues estas ciudades eran de las que más volumen de prostitución presentaban en estudios previos. El cuestionario se respondía en aproximadamente 8 minutos y en su versión on line se utilizó la plataforma Google Forms. Estaba compuesto de 34 preguntas: 10 preguntas sociodemográficas, 4 sobre el inicio en el sexo de pago y el resto sobre el desarrollo de la actividad (clientes, tipos de servicios, gastos, ingresos, percepciones, etc.). Se realizó una prueba pretest a 36 trabajadoras sexuales, que no han sido incluidas en la muestra analizada, unos meses antes para verificar que se entendía y se ajustaba a la población destinataria. Del análisis de esta prueba se modificaron las preguntas que resultaban complejas de responder, puesto que el cuestionario lo cumplimentarían mujeres de distintas nacionalidades y sistemas culturales. Por ejemplo, la manera de denominar la actividad presentó problemas. Las mujeres que habían tomado libremente la decisión de ocuparse en la compra-venta de servicios sexuales decían que ellas no ejercían la prostitución, que ellas eran trabajadoras sexuales y que vendían una prestación o un servicio sexual.

El número de participantes fue 568, pero fueron descartados 15 cuestionarios porque estaban incompletos; por tanto, la muestra final fue de 553 personas que vendían servicios sexuales en España. La distribución por sexo fue la siguiente: el 85% (470) mujeres, 8% (44) hombres y 4,2% (23) transexuales. Al final de la encuesta se les solicitaba el telefono personal para realizar una entrevista posterior si deseaban ofrecer información más detallada sobre los temas del cuestionario. Indicaron su teléfono el 15,2% (83) y diez personas proporcionaron su correo electrónico.

Partiendo de un análisis descriptivo y bivariado con el programa IBM SPSS Statistics 24, analicé todas las variables. Posteriormente, mediante tablas de contingencia, realicé una comparación entre los grupos por sexo/género. Como estadístico de contraste he utilizado el chi cuadrado con un nivel de confianza del 95%. Para la comparación de media, cuando las variables eran de intervalo, he utilizado Anova un factor, con el estadístico F y con el mismo nivel de confianza del 95%.

 

3. Resultados

En las tablas 1 y 2 se presentan las características sociodemográficas de la muestra. Las personas que respondieron la encuesta tenían una media de 30 años, el 85,2% eran mujeres, el 8% varones y el 4,2% trans. Más de un tercio de las trabajadoras/es sexuales nacieron en España; sin embargo, la mayoría eran extranjeros/as, con una media de siete años en España. 

Tabla 1. Características sociodemográficas.

 

Tabla 2. Características sociodemográficas (cont.)

Casi la mitad de las personas de la muestra tenían hijos y más de un tercio vivían con ellos, especialmente destacaban los hombres. No obstante, la atención a los hijos marcaba muchas de las decisiones de las mujeres, tal y como se ha recogido en las entrevistas durante el trabajo etnográfico:

“Gracias a este trabajo mi hija puede estudiar en un buen colegio y gracias a que en este trabajo no tengo jefes ni horarios he podido pasar mucho tiempo con ella y sacarla adelante. Tuve un accidente con 20 años y no puedo realizar un trabajo de muchas horas y no podría tener la calidad de vida que le doy a mi hija y a mi familia si no fuera por esto” (María, madrileña, 33 años, 10 sept 2020).

En cuanto al inicio en el trabajo sexual, los resultados obtenidos se han recogido en la tabla 3. La edad media de inicio al trabajo sexual fue a los 23 años y solo el 5,5% (n=27) comenzó siendo menor de edad (11 españolas y 16 extranjeras). El 38% empezó en su país de origen. Para el 13% su iniciación en el trabajo sexual fue por obligación o coacción; por tanto, la mayoría de los/as encuestados/as se iniciaron por decisión propia. Sin embargo, las razones que estaban detrás de esta elección fueron la necesidad de dinero, la curiosidad y quererlole animaron a ello, y para pagar la deuda que tenía para venir a España, entre las razones más indicadas. Es interesante destacar que en la muestra analizada más personas trans indicaron iniciarse por una deuda para venir a España frente a los otros dos géneros.

Tabla 3. Inicio en el trabajo sexual.

Algunas de las motivaciones para optar por el trabajo sexual fueron expresadas por varias mujeres. Exponemos sus palabras:

“Cuando tenía 19 años estaba estudiando un módulo medio de administración y gestión de empresas mientras mi mejor amiga empezaba a trabajar en un club. Ella me contaba lo que ganaba. Esperé a terminar los estudios y me metí con ella, ya que lo que me pagarían por trabajar en una gestoría no me parecía tan atractivo” (Ester, española, 24 años, 10 sept. 2020).

“Debido a la pandemia tomé la decisión de trabajar como trabajadora sexual, lo cual me ha ayudado a tener un resurgimiento económico. Antes de este trabajo he tenido múltiples trabajos tanto en Estados Unidos como en España. En un mes de trabajo en España no tengo ni la mitad de los ingresos que obtenía en USA con trabajos como camarera de hotel, camarera de restaurante, incluso como valet parking. El único trabajo que sé que puedo tener un mejor ingreso es este” (Susy, venezolana, 22 años, 10 sept. 2020). 

Otro bloque de preguntas se dirigía a la gestión del trabajo sexual. Los resultados obtenidos se exponen en la tabla 4. La media del tiempo ejerciendo el trabajo sexual de la muestra no llegaba a 7 años, pero las diferencias entre los grupos eran significativas, dado que las personas trans llevaban casi 12 años. También eran las que dedicaban más horas diarias a la actividad. Entre los grupos no había diferencias en haber sufrido un episodio violento con el cliente, menos del tercio; sin embargo, más de la mitad tuvo ayuda de sus clientes en momentos necesarios. Casi la mitad de la muestra realizaba la actividad en hoteles, destacando en pisos el grupo de trans mientras que en su casa fueron los hombres, trabajadores sexuales. Resulta llamativo que sean también estos los que más gastaban en pagar la deuda por venir a España y los que mejor valoraban el trabajo sexual. Las personas entrevistadas realizaban una valoración muy positiva de sus clientes, minimizando los problemas que podían tener con ellos, entre los que podemos señalar los episodios o eventos violentos, que eran minoritarios y controlables:

“No solo ofrecemos un servicio sexual. Muchos clientes solo buscan una compañía, que se les escuche y se les dé cariño y atención. No solo vienen hombres en busca de dicho servicio; vienen parejas, mujeres; esto es algo natural. Aparte tienen una idea muy equivocada de nuestros clientes: son personas cariñosas, atentas, buscan tu mayor comodidad. No llego a entender que digan unas personas que no se dedican a esto que nos humillan, escupen y demás vejaciones. Es un dato falso. Si continuamos en este trabajo es porque aparte nos tratan como reinas” (Eva, española, 30 años, 10 sept. 2020).

“Los clientes no son ningunos violadores ni monstruos, como se les acusa. Son personas normales que no quieren complicarse la vida ni involucrarse. Es una mera relación comercial, un servicio; y no solo vienen hombres, vienen parejas que quieren otra persona en su relación, vienen también mujeres. Lo que pasa es que este mundo no lo conoce nadie hasta que está dentro. Yo, incluso cuando no trabajaba, me pensaba que era la peor. Yo elijo con quién subir y con quién no. Faltaría más que alguien me obligara, como se rumorea” (Ester, española, 24 años, 10 sept. 2020). 

Tabla 4. Gestión del trabajo sexual.

 

Tabla 5. Lugar de ejercicio y gastos generados.

Respecto a las prestaciones y prácticas sexuales, estas se exponen en la tabla 6. Se puede destacar que el sexo oral y el sexo vaginal, coito o penetración son las prestaciones sexuales más solicitadas. El 23% de la muestra señaló la demanda de sexo sin preservativo y el consumo de sustancias psicoactivas. Los precios de las prestaciones más habituales eran mayores en el caso de los hombres y menores en el de las mujeres. La dedicación a la actividad supone una media de 10 horas diarias, con unos ingresos medios semanales de 1.100 euros aproximadamente, disponiendo de casi dos días semanales de descanso. Un aspecto recogido en el trabajo etnográfico es la forma de legalizar el dinero obtenido:

“En el hotel recojo el testimonio de Ana. Ella obtiene mucho dinero con el trabajo sexual que realiza, no solo en España, sino por Europa, especialmente en Ginebra. Tenía mucho dinero en su cuenta corriente y le llegó un requerimiento de la Hacienda pública española, porque ese dinero no lo había declarado. Cuando ella plantea a lo que se dedica y que no puede justificarlo como ingresos de su actividad, porque no se lo permite la ley, Ana me comenta que el funcionario le decía que era indiferente, que ella tenía que hacer la declaración del dinero que posee en su cuenta corriente, con indiferencia de donde lo saque” (Diario de Campo, Madrid, mayo 2019).

Tabla 6. Prácticas sexuales.

 

Tabla 7. Precios de las prácticas sexuales y prestaciones que no realiza.

Por último, los servicios que con más frecuencia no estaban dispuestas a realizar las encuestadas fue el sexo con violencia receptivo, no usar preservativo, el sexo anal y el consumo de drogas. 

En las entrevistas se señalaba que ellas no se vendían, sino que lo que vendían era una prestación sexual, que ellas marcaban los limites en la negociación con sus clientes y que dichos límites eran aceptados por ellos. No obstante, cada una de ellas indicaban sus preferencias en los servicios que prestan:

“Estoy en el apartamento, llama un cliente y una de las chicas le responde: Hola, ¿por quién preguntas? Somos cuatro y tenemos el mismo teléfono. Ahh, vale, pues no hacemos griego. No besamos por el Covid y el francés natural sí. Pero tenemos que revisarte, para ver en qué condiciones está el parajito guardado, y si se puede o no se puede. Mantenemos cierta distancia de seguridad por el Covid. Estamos en la calle X” (Diario de campo, 4 enero 2021).

“Intento follar lo menos posible, porque algunas prefieren estar follando con ellos; yo no. Yo prefiero estar chupándosela para que nada más me la meta se esté corriendo. Hay algunos que vienen a correrse y empiezan a ducharse y le hablas en la ducha” (Silvia, 30 años, española, 28 feb. 2020).

En la tabla 8 se presentan algunas cuestiones preguntadas sobre expectativas o conocimientos de su entorno. En este sentido, el 15,8% conocía a mujeres que estaban o estuvieron coaccionadas y el 8,6% a menores ejerciendo la prostitución. El 8% de toda la muestra había recibido una ayuda de una ONG, siendo más elevado en el grupo de personas trans. Por último, casi el 59% tenía intención de dejar el trabajo sexual, mucho más entre las mujeres, y el 84,4% consideraba que era preciso alguna regulación de la prostitución, así como el 67% estaba dispuesta a darse de alta en la seguridad social si se regulaba, en ambos casos sin diferencias entre los grupos.

Tabla 8. Conocimiento, ayudas e intenciones. 

Para este sector medio-alto del trabajo sexual las mujeres entrevistadas ponían de manifiesto, españolas y migrantes, que el trabajo sexual era un medio para lograr sus objetivos y proyectos.

“Llevo 3 años dedicándome a este sector. Gracias a ello he podido estudiar y prepararme un futuro y ayudar a mi familia, cosa que con otro trabajo no podría haber conseguido. Me falta un año para terminar mis estudios y, si no pudiera seguir haciendo este trabajo, no podría seguir construyendo mi futuro y cubrir mis necesidades y las de mi familia. Pienso que deberían de legalizar la prostitución, ya que no hace daño a nadie” (Natalia, 23 años, cordobesa, 10 sept. 2020).

Una gran mayoría de las mujeres entrevistadas, de manera formal e informal en el trabajo etnográfico, señalaron que el dinero que obtenían para cumplir sus metas no lo lograrían con un empleo en el mercado laboral formalizado, donde los salarios son muy bajos.

 

4. Discusión

Este estudio aporta una descripción de una muestra amplia de personas ocupadas en el trabajo sexual. Descripciones de este tipo son escasas en el contexto español y pueden ilustrar aspectos importantes del trabajo sexual y de sus protagonistas. Por otra parte, obtuve la muestra y efectué la encuesta (recogí el cuestionario) en el marco del trabajo etnográfico y de la observación participante que estaba llevando a cabo. En general, en las poblaciones que podemos calificar como “ocultas” resulta más compleja la aplicación de metodologías cuantitativas como la encuesta y, como se ha planteado en otros trabajos, su aplicación es posible gracias al trabajo socioantropológico (Gamella y Meneses 1993).

Los resultados obtenidos nos ofrecen mucha información sobre el trabajo sexual, su comienzo y su gestión entre personas de distintos sexos/géneros.  Resulta difícil la comparación de la muestra obtenida al ser escasos los estudios previos con muestras importantes de trabajadores y trabajadoras sexuales. En este sentido, desconocemos si la distribución por sexo/género obtenida es ilustrativa de la realidad o no. No se han desarrollado estudios recientes de ámbito nacional que estimen y cuantifiquen la implicación en el sexo de pago de los tres géneros. Sin embargo, se puede destacar que más de un tercio de las participantes eran oriundas de España, en mayor medida en los hombres, así como que la mayor proporción de extranjeras se presentaba en las personas trans. En el estudio de Malgesini (2006), las migrantes suponían del 70% al 85%, y otros estudios posteriores plantean también porcentajes similares (Belza y otros 2004, Palacios Pico y otros 2018, In Género 2021). Es posible que dependa del sector o segmento del sexo comercial en el que puedan ocuparse más autóctonas, o que dada la movilidad de la actividad estén fuera de territorio nacional. En los últimos años las trabajadoras sexuales autóctonas se han invisibilizado, dándole más relieve a las que son migrantes y asociándolas al fenómeno de la trata, esto ha llevado a generalizaciones sin datos que lo avalen.  

4.1. Optar por el trabajo sexual

Muchos estudios se han centrado en la iniciación de la prostitución siendo menor de edad, tanto en chicos como en chicas. Otros trabajos han estimado la participación de estudiantes en el sexo de pago, así entre estudiantes alemanes el 7% había realizado trabajo sexual (Betzer y otros 2015) y en estudiantes británicos el 10% en Reino Unido (Roberts y otros 2007). No se ha planteado ninguna encuesta que recoja este dato en España. Los datos obtenidos en este estudio muestran que el 94,5% se iniciaron en el sexo de pago siendo mayores de edad. Es posible que en sectores más vulnerables el comienzo precoz en la prostitución tenga una mayor prevalencia (Cusick y otros 2003, y Footer y otros 2020) mientras que en los segmentos del mercado sexual más acomodados sea diferente.

Otro de los aspectos más controvertidos, especialmente en noticias, medios de comunicación y debates feministas, ha sido la libre elección del trabajo sexual. En este estudio el 86,6% de las personas encuestadas decidió por sí misma comenzar en el trabajo sexual sin coacción; y, aunque no hay diferencias significativas, fueron los hombres los que señalaron en mayor proporción la coacción en el inicio, comparado con los otros dos géneros. Este dato no ha sido puesto de relieve hasta el momento, dado que los hombres y las personas trans suelen ser invisibilizadas en el trabajo sexual y tienen características diferenciadas, así como sufren necesidades que no son señaladas. Entre las personas migrantes más de un tercio ejerció previamente en su país de origen. Por último, entre los motivos para comenzar en el trabajo sexual, fue mayoritaria la necesidad económica, aspecto señalado en muchos estudios sobre prostitución (Heyl 1979, Goldestein 2010, y Murphy y Venkatesh 2006). Pero sí se hallaron diferencias significativas en la razón económica para comenzar entre las personas trans, cuyo porcentaje era menor, y entre los hombres, que era alto. Otros motivos, como la curiosidad o el deseo de implicarse en el trabajo sexual y el tener que pagar una deuda por venir a España, fueron mayor proporcionalmente entre los hombres y las personas trans que entre las mujeres. Llama la atención que en estos resultados no fueran las mujeres las que más destacaran, que son a las que siempre se les adjudica esta razón para iniciarse en la prostitución, asociada a la trata o al tráfico de personas. En el trabajo etnográfico, así como en las entrevistas, se ha puesto de relieve lo atractivo que puede resultar el trabajo sexual para muchas personas, especialmente para las mujeres, por la flexibilidad horaria, los altos ingresos y la autonomía que les permite (Adriaenssens y otros 2016).

4.2. Gestionando el sexo de pago

La antigüedad en el trabajo sexual era mayor en las personas trans y en los hombres encuestados que en las mujeres. En la dedicación sobresalían las personas trans y a continuación las mujeres, dado que invertían más horas, siendo los hombres los que menos horas dedicaban al sexo de pago, aunque sin diferencias en los días de descanso. A pesar de no encontrarse diferencias significativas, las mujeres tenían un mayor número de clientes; eran ellas también las que menos episodios violentos habían vivido con sus clientes. Sin embargo, más de la mitad de los clientes les habían ayudado en momentos concretos, como, por ejemplo, durante el covid, con mayor proporción entre los hombres y las personas trans. Resulta interesante este dato cuando los estudios solo reflejan los episodios violentos por parte de los clientes (Deering y otros 2014) y no la relación de ayuda que se establece en muchas ocasiones con ellos, que resulta menos referenciada (López Riopedre 2012). La violencia sufrida ejerciendo la prostitución es uno de los eventos más señalados en la literatura sobre esta actividad, extrapolándose de situaciones de trata o prostitución, que contacta en la calle, a todo el sexo de pago (López Riopedre 2012). Nuestros datos confirman una vez más que estos eventos dependen del contexto o del sector del sexo de pago, y que mientras en unos contextos, como el estudiado en este trabajo es minoritario, en otros puede alcanzar una mayor extensión. La violencia que se ha recogido en este trabajo es la sufrida por los clientes; sin embargo, otras muchas violencias son vividas por las personas en el trabajo sexual, que no se han incluido en la encuesta (Sanders 2004). 

Entre los lugares en los que desarrollaban el trabajo sexual los hombres señalaron en mayor proporción su casa, las personas trans un piso o chalet y en las mujeres los hoteles. En este sentido es posible que los hombres sean más autónomos e independientes que los otros dos géneros, dependiendo menos de terceros para desenvolverse en la actividad. No obstante, este aspecto deberá ser estudiado con mayor profundidad en el futuro, porque la movilidad dentro del trabajo sexual es muy grande (Siegel 2011).

Otro aspecto fundamental del sexo de pago es los importantes ingresos que se puede obtener de esta actividad. En este estudio la media de ingresos semanales supera los mil euros, siendo los hombres los que más ganaban, aspecto referenciado en el trabajo de Malgesini (2006). Estos ingresos confirmar de nuevo que esta actividad es atractiva por los altos ingresos que conlleva para quien se ocupa en ella, ingresos que, por otra parte, no ofrecen otros empleos en el mercado laboral desempeñando una profesión de tipo medio (un sueldo medio de 4.000 euros al mes solo es alcanzable en ciertas profesiones, por políticos o por cargos de la empresa privada. Ni en la hostelería, ni en el servicio doméstico o la agricultura, por citar algunos de los trabajos previos que han desempeñado algunas de las trabajadoras sexuales, se obtienen esos ingresos). Si comparamos estos datos con otra muestra de personas en el trabajo sexual, en la prostitución, de estrato socioeconómico inferior (Meneses y otros 2022), cuya media de ingresos semanales era de 500 euros, confirmamos que la muestra analizada en este estudio se puede situar en un segmento más alto, como planteamos inicialmente. Las ayudas sociales que se establecen para ofrecer salidas diferentes al trabajo sexual a las mujeres son poco realistas. Mientras que el trabajo sexual las hace independientes, las ayudas sociales generan una dependencia importante, además de no cubrir todas las necesidades ni de empoderarlas, pues apenas permiten sobrevivir. 

El sexo de pago también genera una serie de gastos para las personas ocupadas en esta actividad. Entre los tres grupos analizados, se destacaban gastos diferentes. Los hombres señalaron en mayor medida la deuda contraída para venir a España, las personas trans el gasto de teléfono y las mujeres subrayaron el mayor gasto en peluquería. La gestión de los ingresos y sus gastos es un aspecto fundamental para toda persona, pero especialmente para las trabajadoras sexuales. Necesitan formación y legalizar sus ingresos para evitar sanciones por parte de la administración pública, como constatamos en el trabajo etnográfico. Resulta contradictorio que reciban multas por no declarar sus ingresos cuando no se les otorgan derechos ni se reconoce su actividad como un trabajo legítimo.

Por último, hacemos referencia a la gestión de los servicios y las prácticas sexuales, a lo que dedican mucho más espacio y prioridad los estudios sobre salud. La principal práctica sexual que realizan todos los géneros, porque era la más demandada, es el sexo oral, sin diferencias significativas, algo que ha sido referenciado en algunos trabajos (Monto 2001). A continuación, la penetración era la siguiente, aunque mayor en las mujeres que en los otros géneros, dado que en este caso se refiere al coito. Como tercera opción se señaló la relación con los clientes centrada en la compañía, el desahogo de estos y la escucha de ellos. Estas prácticas son acordes con un estudio anterior centrado en los clientes, en el que se les preguntaba por las prácticas sexuales más demandadas y sus motivaciones; entre ellas destacaba la compañía, que era el primer factor del análisis realizado a una muestra de 138 hombres que pagaba por sexo (Meneses 2010). Podemos señalar dos prácticas de riesgo que suelen ser solicitadas por los clientes: el consumo de drogas y la no utilización del preservativo. Sin embargo, cuando les preguntamos por las prácticas que nunca realizaban, más del 40% no señaló estas dos prestaciones de riesgo. Mientras el consumo de drogas, principalmente alcohol y cocaína, están muy asociadas al sexo de pago no sucede lo mismo con la desprotección, que, si se produce, se realiza en condiciones especiales (Sanders 2002). Un aspecto que cabe destacar es la ausencia de seguro médico en casi el 40% de la muestra. En este sentido, han sido muchos los estudios que han señalado cómo el colectivo de trabajadoras sexuales tiene escaso acceso a los servicios sanitarios (Seib y otros 2009, Shannon y otros 2015, y Platt y otros 2018). 

4.3. Conocimiento y expectativas

Dos resultados obtenidos en la encuesta llaman la atención porque no son frecuentes en otros trabajos. Por una parte, el conocimiento que tenían las trabajadoras y los trabajadores sexuales de su contexto, más en concreto sobre mujeres que estuvieran coaccionadas en la prostitución, que fue señalado por casi el 16%, siendo mayor entre las trans. En el caso de los menores se reducía a la mitad, sin diferencias significativas entre los géneros. Estos datos nos permiten reflexionar sobre el rol que pueden jugar las iguales y los iguales en la actividad del sexo de pago para detectar situaciones de coacción, amenaza y explotación. La denuncia de estas situaciones solo dependerá del clima social y valoración del trabajo sexual, así como las relaciones que se establezcan con la policia, que generalmente han sido de persecución, humillación y violencia hacia las prostitutas (Sanders 2004). Sin embargo, si queremos ayudar a las víctimas de trata o de prostitución coactiva, todos los actores y actrices implicados en el sexo de pago pueden tener un papel importante, tanto en la detección como en la denuncia. 

Que solo el 8% haya conectado con una ONG para solicitar apoyo (aunque este dato sea mucho mayor en las personas trans) nos puede indicar dos cuestiones: primera, que se trata de un segmento del trabajo sexual que no necesita ayuda y pasa desapercibido; segunda, que la implantación de las ONG en los sectores más altos del trabajo sexual sea escasa y, por tanto, solo se mueva en sectores vulnerables y precarios. Esto tiene una gran relevancia porque nos indica que las ONG, que realizan un gran trabajo, tienen una percepción del trabajo sexual y de la prostitución más estrecha y limitada, la que obtienen del sector en el que trabaja, generalmente vulnerable. Por tanto, no deberían extrapolar sus conocimientos a todo el trabajo sexual, como en ocasiones hacen algunas de las ONG que trabajan en prostitución o trata.

Por último, ante las preguntas sobre sus expectativas respecto al trabajo sexual, casi un 60% de las personas encuestadas tenían intención de dejar la prostitución, intención más manifestada por las mujeres y las trans. En general, este dato debería ponerse en relación con otras variables, pues en los primeros años de la actividad se la percibe como una actividad puente para alcanzar otras del mercado laboral menos estigmatizantes (Sanders 2016). Casi 9 de cada 10 encuestadas querían que el Gobierno regulará de alguna manera el trabajo sexual y casi 7 de cada 10 estaban dispuestas a darse de alta en la seguridad social si el trabajo sexual estuviese legalizado. En el cuestionario no se determinó previamente que era regular la actividad, y somos conscientes de que, dependiendo de los colectivos de trabajadoras sexuales, pueden significar cuestiones diferentes, desde modelos tradicionales de regulación a nuevos modelos que promuevan más derechos para las trabajadoras y los trabajadores sexuales y se centren en ello.

 

5. A modo de conclusión

En un momento donde el consentimiento de las mujeres es muy importante para frenar la violencia machista, ese consentimiento debe ser visto como el mismo ímpetu entre las feministas, políticos y activistas para decidir que el trabajo sexual sea una actividad que decidan las mujeres, pues es una forma de satisfacer las necesidades y los proyectos vitales de muchas personas. En esta muestra de 553 personas ocupadas en el trabajo sexual, de las que existen pocas en España que no se centren en aspectos de salud o sanitarios, se pone de manifiesto que 9 de cada 10 eligió sin coacciones el trabajo sexual. La coacción para el comienzo en el trabajo sexual se produce en todos los géneros, como también se ha puesto de relieve en este estudio. No son solo las mujeres las que pueden sufrir la presión o imposición para ejercer la prostitución, sino que personas trans y hombres también la han sufrido, pero han quedado invisibilizados. Si bien es cierto que la prostitución es una actividad que tradicionalmente las mujeres han tenido una gran prevalencia, las personas trans y los hombres han estado siempre presentes, con proporciones diferentes en el volumen de personas dedicadas al sexo de pago en cada momento. La realización de estudios sistemáticos y rigurosos puede poner de relieve muchos de esos aspectos que son desconocidos. Se plantean políticas públicas sin estudios previos que describan y cuantifiquen la extensión del trabajo sexual, de la prostitución. Como se ha mostrado, esta actividad no es homogénea; está segmentado en distintos estratos dentro de la estructura social. No todos los contextos son iguales, ni presentan las mismas condiciones. Cualquier tipo de política sobre la prostitución, sobre el trabajo sexual, debe estar basada en hechos y datos, y este trabajo ha querido recoger la visión de las protagonistas, tanto desde sus relatos como desde el análisis estadístico de una muestra.


 

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