Introducción
La sociología de la desviación, de la que el estudio de la prostitución ha dependido tradicionalmente, se enfrenta a serias dificultades cuando tiene que pensar tanto la “consistencia colectiva” de las poblaciones por las que se interesa como la especificidad de las lógicas y dinámicas que las atraviesan. Algunos de los marcos de análisis más utilizados en este dominio resultan con frecuencia inapropiados para captar la dimensión propiamente colectiva de los universos marginales, ya sea por la adopción de una perspectiva centrada solo en el individuo desviado (como algunos enfoques etiológicos psicologizantes o los modelos que postulan una racionalidad del comportamiento desviado), o bien, desde la óptica de la labeling theory, por una focalización en los procesos de designación que contribuyen a que se forme el estatus de contraventor de las normas dominantes. Si este último enfoque ha demostrado su fecundidad en numerosos terrenos (1), tiende, no obstante, al focalizarse en las “agencias de control social” (Cicourel 1995) que contribuyen a instituir el referido estatus, a dejar en la sombra las especificidades del comportamiento desviado y de los individuos que lo adoptan (Cusson 1992: 396, Scull 1988: 669). El enfoque en términos de “subcultura”, tal y como ha sido desarrollado en particular por algunos representantes del interaccionismo, constituye sin duda una de las aportaciones más significativas para entender esta cuestión. Al fijarse como objetivo tratar “el modo de existencia de los desviados, desde el punto de vista de estos” (Becker 1985: 189) y al desarrollar para ello un aparato conceptual diversificado (carrera, modo de vida, moral, oficio, etc.), los autores que se inscriben en esta perspectiva pudieron poner al día algunas de las propiedades específicas de los grupos marginales o estigmatizados, en las que se funda en particular la identidad colectiva de los individuos que los componen. No obstante, este enfoque se caracteriza por una tendencia a conferirle a los universos desviados una coherencia y homogeneidad a veces excesivas.
Uno de los objetivos de este artículo es rastrear algunas pistas de análisis de este problema mediante la propuesta de los elementos empíricos de una comprensión del mundo de la prostitución en términos de espacio social. Esta noción parece en efecto capaz de dar cuenta del modo de existencia de los colectivos que forman los individuos que comparten un mismo estatus desviado, así como de las lógicas específicas en las que estos se encuentran de algún modo “atrapados” y que orientan sus conductas, representaciones e incluso relaciones con su condición o con sus iguales. Considerar el mundo de la prostitución –y, por supuesto, también el de la drogadicción, el de la delincuencia organizada, etc.– como un espacio social permite no presuponer a los universos desviados una cohesión y una homogeneidad elevadas mediante la atribución a sus miembros de una “subcultura” uniformemente compartida y de un sentimiento de identidad común; y así permite integrar tanto la heterogeneidad constitutiva de los universos desviados (en especial su segmentación (2) y jerarquización internas) como la indeterminación de sus fronteras y las dinámicas que contribuyen a organizarlas o a hacerlas evolucionar. Para decirlo de otra manera, se trata de tomar en serio el hecho de que las poblaciones marginales están dotadas –incluso a los ojos de sus miembros– de una forma de existencia colectiva comprobada, pero que es en realidad muy fluida, informal e inestable. Ni colecciones de individuos atomizados, ni comunidades homogéneas y coherentes, los espacios sociales desviados pueden considerarse como configuraciones de interdependencia (Elias 1991) que vinculan mutuamente, y de manera más o menos tensa o distendida, a individuos que, aunque sometidos a un proceso similar de estigmatización que induce modos específicos de gestión de la identidad (Goffman 1975), tienen propiedades y ocupan posiciones sociales diferenciadas. Sin embargo, para construir la noción de espacio de la prostitución, será necesario afinar el concepto de configuración de interdependencia, recurriendo para ello a marcos teóricos pocas veces movilizados en sociología de la desviación –lo que, por otro lado, ofrece un medio para delimitar mejor su dominio de validez y de pertinencia–.
La prostitución como espacio de interdependencia
Lo que inmediatamente llama la atención a cualquier observador que se ocupa del mundo de la prostitución es la cohesión y unificación débiles de este,inherentes a su diferenciación interna. El mundo de la prostitución aparece de hecho como compuesto de múltiples “subunidades”, las cuales mantienen entre sí relaciones ante todo de hostilidad y de competencia exacerbadas. Esta dimensión fragmentada del mundo de la prostitución se ve, por así decirlo, redoblada por la multiplicidad de principios de clasificación que las mujeres y los hombres que ejercen la prostitución emplean para distinguirse entre sí: identidad sexual (mujeres, muchachos, transgéneros…), lugar de ejercicio (calle, piso, local clandestino…), tipo de prácticas que se ofrecen a la clientela, relación con la drogadicción, dependencia o no de un proxeneta, relación (asumida o negada) con el estatus de prostituta, etc. Por eso es necesario, para estudiar este universo de fronteras borrosas y que no parece estar verdaderamente unificado por algún principio común, proveerse de instrumentos conceptuales adecuados para darcuenta tanto de su heterogeneidad interna como de su modo de existencia dentro del mundo social.
A esta necesidad pretende responder la noción de espacio de la prostitución, la cual permite tratar el universo de la prostitución como un espacio de interdependencia y de autorreferencia –relativas– de las diferentes personas que ofrecen y realizan servicios sexuales. Este espacio –del que conviene no excluir a priori a los clientes ni a los proxenetas (3)– se presenta como una red de posiciones relativas entre sí, es decir, definidas de modo relacional, y no como un conjunto de categorías estabilizadas para las que sería posible establecer una tipología. Cada una se define por un conjunto de propiedades pertinentes que permiten situarla en relación con las demás y que caracterizan individualmente a sus ocupantes. Todas dependen, en las determinaciones que imponen a quienes las ocupan, de su situación en la estructura del espacio, es decir, en la estructura de la distribución de recursos (o “capitales”) eficientes en este universo. Esta estructura está en constante movimiento, pues el espacio de la prostitución está permanentemente atravesado por conflictos que oponen a sus diferentesocupantes, conflictos en los que uno de los principales intereses y objetivos es la conservación o la mejora de las respectivas posiciones.
Así esbozada, la noción de espacio de la prostitución se aproxima a la de campo elaborada por Pierre Bourdieu y se inspira en esta. Sin embargo, hay varias razones para no mantener aquí la idea de un “campo de la prostitución”. En primer lugar, la débil unificación y la elevadísima heteronomía del universo de la prostitución –y en particular su fuerte subordinación al sector policial o al jurídico, así como el débil dominio que las personas agrupadas en la categoría“prostituta/prostituto” tienen sobre las condiciones de su designación– impiden concebirlo como un campo autónomo y claramente diferenciado. El espacio de la prostitución carece del grado de objetivación propio de los campos verdaderamente constituidos y es muy vulnerable a las influencias externas. Además, si los límites de este espacio, como los de un campo, son efectivamente objeto de enfrentamiento entre las personas que ejercen la prostitución, las cuales tienden a establecer fronteras y a imponer una definición de la práctica legítima de la prostituciónque les sean más favorables, estos intentos de delimitación tienen –como se verá más adelante– poco peso frente a las definiciones oficiales y a las prácticas, dotadas de una eficacia superior, de los universos jurídico y policial o incluso de los universos sanitario y social.
El bajo grado de objetivación de las relaciones sociales dentro del espacio de la prostitución nos lleva también a descartar la idea, asociada a la de campo, de un núcleo o un interés central estructurador y unificador. En efecto, parece difícil relacionar todas las prácticas o representaciones que se dan en el universo de la prostitución con tales principios generadores, que serían la continuidad de un tipo específico de capital o la intervención de una “illusio de la prostitución”, y esto tanto más cuanto que los agentes presentes en este espacio están en él a menudo contra su voluntad (ya sea por falta de una alternativa percibida como plausible o bien por la coacción de proxenetas). Además, las condiciones de un acuerdo mínimo sobre lo que es el campo y sobre el núcleo relevante de este, lo que Bourdieu (1984: 115) llama una “complicidad objetiva (…) subyacente a todos los antagonismos” que lleva al conjunto de los agentes de un campo dado a compartir la creencia de que vale la pena jugar el juego social propio del campo, distan mucho de cumplirse en el caso de la prostitución. Así, es difícil encontrar una creencia mínima compartida por todas las personas que ejercen la prostitución sobre el valor del juego de la prostitución y sobre lo que puede ganarse o perderse en él, incluso sobre el valor de la existencia misma del espacio de la prostitución. Prueba de ello es la relación sumamente compleja y ambigua –ya señalada por Goffman (1975) en otros grupos estigmatizados, y sobre la que volveremos– que quienes ejercen esta actividad mantienen con su condición, y que les lleva con frecuencia a adoptar presentaciones de sí que tienden a distanciarse de las representaciones comunes de la prostitución más desvalorizadas. Más que presuponer la existencia de una illusio, o de una tendencia unificadora, específica del universo de la prostitución e irreductible a las illusionis o tendencias unificadoras que rigen en los otros universos sociales, parece más pertinente considerar que una multiplicidad de lógicas prácticas, difusas y en constante evolución atraviesan el espacio de la prostitución.
Desde este punto de vista, entender la prostitución como un espacio social permite señalar una tensión que se encuentra presente en la teoría de los campos construida por Bourdieu, tensión entre, por una parte, su ambición de interpretar las prácticas, las representaciones y los posicionamientos de los agentes a través del juego combinado entre el habitus y el campo (Bourdieu 1992: 102-103), y, por otra parte, la exigente definición que da de este concepto –exigiendo, en particular, el análisis previo de las condiciones históricas de constitución y autonomización de cada campo–, que precisamente impide que cualquier espacio social pueda ser considerado como un campo en sentido estricto. Si, por eso, todos los grupos sociales o todas las configuraciones de interdependencia no constituyen verdaderos campos, ¿cómo y con qué instrumentos contemplar las prácticas que, no obstante, se generan en ellos? Esta dificultad se ve, por así decirlo, redoblada en el análisis de universos sociales que, como la prostitución, son espacios de relegación con poca autonomía. Se constata, así, que la mayoría de los campos a los que Bourdieu se dedicó y en cuyo análisis se apoyó para construir su teoría tienen en común que se trata de universos relativamente institucionalizados y socialmente dominantes, presentes en lo que él mismo denomina el “campo del poder”: los campos literario, científico, empresarial, etc. Al hacerlo, ha tendido a descuidar las especificidades de los universos sociales más dominados o débilmente constituidos, cuyo análisis requiere, en consecuencia, instrumentos conceptuales distintos.
Esta ausencia de un núcleo central y estructurante del universo de la prostitución lleva también a desechar una comprensión de este como mercado. Si la prostitución constituye efectivamente una forma particular de comercio y la acumulación de beneficios económicos es el motor más poderoso que impulsa la práctica de los miembros del espacio de la prostitución, sin embargo, no es el único. Tratar a las personas que ejercen la prostitución solo como casos particulares de homo oeconomicus sería reduccionista, e impediría captar todo lo que las luchas entre los segmentos en competencia deben a las lógicas identitarias, ya sean estas de negación o bien de gestión de ese capital simbólico negativo que son los diversos estigmas vinculados al ejercicio de la prostitución.
Como metáfora espacial, el espacio de la prostitución tiene además la ventaja de dar cuenta del “comercio del sexo” en su dimensión propiamente territorial (Redoutey 2005). La estructura de las posiciones tiene, en efecto, una traducción práctica en la geografía urbana –cartografía que las prostitutas dominan en la práctica y en la que se apoyan para efectuar sus evaluaciones y jerarquizaciones–. En consecuencia, en el espacio de la prostitución las luchas por la clasificación toman con frecuencia la forma de luchas por la ubicación. La impugnación de la legitimidad de ocupar tal o cual lugar (o, por el contrario, la afirmación de esta legitimidad: “yo he creado mi lugar”), la acusación de usurpación (“no tiene nada que hacer aquí, esto siempre ha sido de las mujeres que trabajaron aquí, no queremos travestis”) o incluso las estrategias de desvalorización de los lugares en competencia (“en la calle X, roban a los clientes”, “en esa esquina, están las drogatas; son sucias”) ocupan un lugar central en las disputas que surgen entre las personas que ejercen la prostitución, mientras que cualquier aparición de nueva competencia lleva inmediatamente a intentos de expulsión del espacio, como atestigua esta joven travesti:
“Ir a la calle ya es un tremendo y jodido problema, porque, entre las chicas que tienen chulo, los travestis que ocupan una zona… entonces, si intentas conseguir un sitio… a veces negocias, a veces no ceden y realmente se convierte en… un follón completo. (…) Me puse en un sitio, me dije: van a venir a joderme, lo sé. No me equivoqué; desde la primera noche: ‘qué coño pintas aquí, no tienes que estar aquí, lárgate, vete más lejos’”.
Estas luchas suelen ser tanto más crueles cuanto más se acerca uno a las zonas donde las relaciones sociales son más inestables y están fuera de la influencia de esos agentes reguladores que son los “protectores”.
Principios de jerarquización internos
Antes de describir las diferentes posiciones constitutivas del espacio de la prostitución, es necesario presentar las principales propiedades que se les atribuyen y en las que las personas que ejercen la prostitución basan sus clasificaciones prácticas. Estas propiedades, que confieren legitimidad o, por el contrario, indignidad a quien las ostenta, se movilizan con frecuencia en el transcurso de las disputas entre prostitutas competidoras; constituyen recursos de justificación que se utilizan en el transcurso de las pruebas (4) orientadas a gestionar (siempre provisionalmente) las rivalidades definiendo la “grandeza” relativa –es decir, en particular, el prestigio, la autoridad y la legitimidad de ejercer– de cada protagonista. Estas pruebas constituyen otras tantas formas de actualización y consolidación de la estructura del espacio de la prostitución.
Entre estas propiedades, la experiencia, medida por la edad (5) o por el tiempo que se lleva en la prostitución (a más tiempo, mayor legitimidad) es una de las más importantes. La experiencia puede referirse también a elementos biográficos particulares (paso por la cárcel, dependencia en el pasado de un “proxeneta poderoso”, etc.) que confieren una forma específica de autoridad: las “veteranas”, las que “conocieron la época de los chulos”, cuando ”las decisiones se tomaban entre hombres”, nunca dejan de recordar a las más jóvenes el respeto que les deben. La autoridad y la legitimidad que confiere la experiencia están estrechamente vinculadas al conocimiento y al respeto de las “reglas del oficio” (6), así como a la pertenencia, pasada o presente, a una “red” de proxenetismo (es decir, al grupo de agentes encargados específicamente de que esas “reglas” se respeten). El incumplimiento de las mismas (o más bien la acusación de que no se han respetado) se sanciona con una denuncia de ilegitimidad en el ejercicio de la prostitución, o incluso con un intento de expulsión del espacio. Es frecuente escuchar, en conversaciones entre prostitutas, indignadas acusaciones contra competidoras ilegítimas a las que se estigmatiza por sus prácticas transgresoras: “la de la calle X, la vi en el coche, estaba besando a su cliente, le dije: ¡qué bonito!”; “subió con el tipo del Volvo rojo, el que siempre pide sin condón, seguro que lo hace sin [condón]“.
El tipo de prácticas sexuales ofrecidas a la clientela es un segundo criterio de clasificación. Las prácticas más legítimas son las que se perciben como más acordes con el orden “natural” de la heterosexualidad (el “hacer el amor”, es decir, la penetración vaginal), o sea, las que más se ajustan a los esquemas de la división sexual del mundo social y de la división del trabajo sexual, organizados en función de las oposiciones jerarquizadas activo/pasivo, arriba/abajo, dominante/dominado, masculino/femenino (Bourdieu 1998: 23-28). En este sentido, la “naturalidad” de sus prácticas constituye un recurso del que disponen las mujeres que se consideran tanto más legítimas en la calle cuanto que sus servicios se distinguen de las prácticas juzgadas como “desviadas” de sus competidoras transgéneros. Por el contrario, las prácticas que transgreden más netamente este orden “natural” son más ilegítimas o estigmatizadoras. Así, la sodomía está oficialmente prohibida (lo que no significa que nunca se practique) entre las mujeres; la reconocen con mayor frecuencia, aunque a veces se presenta como minoritaria, los transgéneros y los muchachos que se prostituyen, los cuales, por el contrario, resaltan que a menudo son los clientes quienes piden ser sodomizados. La felación la hace una amplia mayoría de las personas (hombres y mujeres) que realizan servicios sexuales en los coches de sus clientes, pero es minoritaria entre las personas que ejercen la prostitución en estudios (De Vincenzi y otros), las cuales la desprecian con frecuencia en tanto que se ofrece a un precio inferior al de la penetración. Por su parte, las “especialidades”, como las prácticas sadomasoquistas, tienen un estatus ambiguo. Se valoran porque se pagan a un precio más alto que los servicios sexuales ordinarios y porque, la mayoría de las veces, suponen ausencia de contacto con el cuerpo del cliente y el ejercicio de una relación de dominación –que puede implicar violencia física– sobre el cliente. Sin embargo, su carácter “sucio” (sangriento o escatológico), violento y desviado –pues también rompe con el orden naturalizado de las relaciones de dominación entre hombres y mujeres– contribuye a que quienes se especializan en ellas sean percibidas con una mezcla de aversión y respeto: “En la prostitución (…) yo era marginal porque tenía una clientela especial en la medida en que eran masocas. (…) [Las prostitutas] no ven eso normal, ¿sabes? Un hombre no se deja hacer eso; pega, pero no se hace pegar” (exprostituta).
El lugar de ejercicio y las condiciones de trabajo marcan positivamente las posiciones dominantes del espacio de la prostitución cuando permiten una relativa comodidad, acceso a la higiene y seguridad. A este respecto, las personas que cuentan con un piso en el que reciben a sus clientes son las más favorecidas, pues se benefician de condiciones de comodidad satisfactorias, aunque se exponen, por su aislamiento en un lugar cerrado, a formas específicas de inseguridad: como la cita para el servicio sexual se concierta generalmente por teléfono, no tienen modo de “testar” y eventualmente rechazar a un cliente potencialmente peligroso (Mathieu 2002). Lo mismo ocurre con las que reciben a los clientes en habitaciones de hotel (a menudo tras haber puesto un pequeño anuncio en una web de citas), lo que explica que puedan recurrir a hombres a sueldo para que las socorran en caso de que surja algún “problema”, los cuales se encuentran así en la posición de proxenetas. Las empleadas de los salones de masaje, como suelen trabajar en grupo, pueden apoyarse entre sí en caso de agresión, al tiempo que se benefician de unas comodidades mínimas (agua, calefacción, mobiliario, etc.).
Las que, por el contrario, no disponen de ningún local y efectúan los servicios sexuales en los coches de los clientes, en las entradas de los edificios, en los váteres públicos o incluso entre la maleza, tienen que ejercer en las condiciones más desfavorables, sobre todo dado que no disponen de ningún equipamiento sanitario y son particularmente vulnerables en caso de agresión. La realización de servicios sexuales en un vehículo (en un coche o, lo que es aún más frecuente, en una furgoneta) estacionado al lado de la carretera o en un aparcamiento representa en este plano una posición intermedia. Este modo de ejercer la prostitución, que es antiguo, ha conocidoun notable desarrollo en Francia con el restablecimiento del delito de racolage en 2003 (7): al estar este dirigido contra la presencia visible de las prostitutas en el espacio urbano, la compra de furgonetas en las que esperar discretamente a los clientes ha constituido una protección al tiempo que ofrece, aquí también, una comodidad mínima. Las furgonetas constituyen, de manera desigual según su antigüedad, un espacio privado (y por tanto inaccesible a la policía) en el que es posible instalar una litera y almacenar agua y productos de higiene, así como esperar a los clientes al abrigo del mal tiempo. Si bien la concentración de este tipo de vehículos en un mismo espacio tiene tanto ventajas (los clientes identifican inmediatamente que allí se ejerce la prostitución y favorece su convergencia) como inconvenientes (quejas de los vecinos por las molestias y la mala reputación del barrio), quienes los aparcan en caminos de paso están más expuestas a la violencia.
En un universo en el que las agresiones ocurren con elevada frecuencia y en el que las disputas toman rápidamente una deriva agresiva, la posesión de medios para ejercer la violencia física es un instrumento particularmente disuasorio para consolidar posiciones y reducir la competencia. Se trata de un recurso que existe bajo dos formas distintas, según se disponga de medios para defenderse o hacerse respetar, o se delegue en otros el ejercicio potencial de la violencia, en “protectores” especializados en ofrecer seguridad (oferta que a veces obligan a aceptar). La capacidad de ejercer la violencia tiene que ver con la reputación de la persona, es una marca positiva de su capacidad para resistir agresiones o intentos de extorsión y para imponer su voluntad a la del cliente. La afirmación de la fuerza física forma parte, pues, de las estrategias de autopresentación de las prostitutas. Por el contrario, la carencia de medios personales de defensa marca negativamente a las más débiles, a las enfermas y a quienes el consumo de drogas psicotrópicas les altera las percepciones.
La “belleza” también forma parte de la reputación y de la consideración de las que se benefician las personas que ejercen la prostitución. Este aspecto es especialmente agobiante para los transgéneros, en cuyo caso la “verosimilitud” femenina y el éxito de la transformación corporal se evalúan no solo según criterios estéticos, sino también en función del poder de seducción sobre los clientes que les otorgan. Evidentemente, los criterios en que se basan esas evaluaciones mutuas distan mucho de estar estabilizados y de ser homogéneos. La denuncia del mal gusto de los clientes (“son los monstruos los que más trabajan”) cuando una competidora tiene más éxito que otra es un tema recurrente en las conversaciones que entablan las personas que ejercen la prostitución que están disgustadas por el escaso número de servicios sexuales efectuados. Este aspecto no es tan insignificante como pudiese parecer, ya que puede tener graves consecuencias para la salud de los transgéneros: la exacerbación de la competencia puede llevar a una sobrepuja en la feminización y ocasionar un consumo excesivo de hormonas o el recurso a la cirugía estética (transformación de la cara o colocación de prótesis mamarias), con efectos secundarios a veces dramáticos (accidentes cardiovasculares o trastornos psicológicos de la identidad) si no hay un seguimiento médico. El recurso a hormonas o silicona (Silva 2018) se da cuando la prostitución deja de ser una fuente de ingresos ocasional y se convierte en una actividad habitual que implica la adhesión plena al estatus de prostituta. La feminización es un proceso que implica tanto la apariencia física como la identidad de los individuos, y conlleva diferentes etapas (atuendo femenino que se lleva solo en la calle cuando se ejerce, luego de forma permanente con la exigencia de que se la llame por el nombre de pila femenino, toma de hormonas, eventualmente cambio de sexo anatómico) que no todos los individuos están igualmente dispuestos a recorrer. Dado que los hombres que piden ser penetrados son un sector importante de su clientela, un buen número de personas transgéneros combinan la apariencia femenina con la afirmación de una potencia sexual viril (8); esto da lugar al tráfico y al consumo –a veces importantes– de productos tipo Viagra. La feminización está inducida principalmente por las lógicas económicas (los servicios sexuales de los transgéneros son más caros que los de las prostitutas con vestimenta masculina, y su clientelaes más numerosa) y por el objetivo y el reto de emular la apariencia femenina. No obstante, su culminación puede venir inducida por la reivindicación del estatus de transexual, en cuyo caso puede racionalizarse, con una lógica próxima a la descrita por Prieur (1998), como cumplimiento de un destino inexorable escrito desde elnacimiento; “Siempre me he sentido mujer” es, así, una frase habitual entre los prostitutos, la mayoría de los cuales comenzó su carrera “como muchachos”.
En el espacio de la prostitución el capital económico está estrechamente asociado al capital simbólico que contribuye a producir. Las ganancias obtenidas (lo que en Francia, en el ámbito de la prostitución, se refiere como la comptée) se comparan al final de cada día o noche de trabajo y forman partede las lógicas de clasificación internas. Sin embargo, las personas que “trabajan mejor” y que son las más envidiadas no son necesariamente las que tienen más clientes, sino sobre todo las que cobran más caros los servicios o consiguen sacarles más dinero a sus clientes en la negociación. Las frecuentes prácticas de “ostentación” (gastos ostentosos cuya finalidad es sobre todo que las demás vean que los hacen), son tanto más eficaces cuanto que parecen desprovistas de utilidad, comoen el caso del travesti que invitaba a cenar a su perro (“le compraba un steak tartare; me parecía chic”) en un restaurante frecuentado por muchos de sus colegas. El éxito comercial también asegura una posición favorable en forma de “ahorros” que permiten hacer frente a los imprevistos de la vida (sobre todo al abandono temporal del trabajo en caso de enfermedad cuando se carece de cobertura social, como es el caso de muchas de las personas que ejercen la prostitución) o incluso participar en un proyecto de reconversión a más o menos largo plazo. Afirmar que uno se prostituye voluntariamente para ahorrar dinero, en pos de un objetivo preciso (la mayoría de las veces con el fin de poner un negocio o, en el caso de los transexuales, para costear una operación), permite entonces distanciarse de las connotaciones más degradantes de la prostitución, que ya no se considera impuesta por la falta de alternativas, sino como un instrumento temporal al servicio de un proyecto de vida controlado y racional.
La acumulación de capital simbólico, sobre todo en forma de fama o “buena reputación”, es tanto más crucial cuanto que se produce en un universo social muy estigmatizado. Lleva a algunas de las personas que ejercen la prostitución a intentar distanciarse de las representaciones que más desvalorizan la promiscuidad sexual que esta actividad implica, mostrando, al menos mediante un discurso discordante con la realidad de las prácticas, valores conservadores en sus opiniones políticas, costumbres o modo de vida (en particular en lo que se refiere a la educación de los niños, generalmente escolarizados en centros privados) (9). Puede constatarse también que en el espacio de la prostitución el capital simbólico es un capital incorporado, en el sentidode que es la forma en que se muestra y reconoce un conjunto de propiedades esencialmente físicas (salud, belleza, fuerza, edad).El capital simbólico, antes que estar dotado de una realidad material externa que se impone por igual a todos al modo de lo que se presupone como obvio, normal y natural, es portado directamente por las personas y como tal es susceptible de variaciones considerables, sobre todo porque su valor depende de que sea percibido y reconocido por los demás. Y precisamente en la medida en que esto ocurre el capital simbólico constituye también un indicador de la débil objetivación y de la labilidad de las relaciones sociales que se dan en este universo social.
Last but not least, el origen “étnico” se ha convertido en un significativo criterio de clasificación con la importante internacionalización de la prostitución que ha tenido lugar en Francia y otros países desde finales de la década de 1990. Ciertamente, esto no es nuevo. En Francia, por ejemplo, la llegada de “brasileñas” en la década de 1970 (seguidas al poco tiempo por otras latinoamericanas) ya tuvo un profundo efecto en la prostitución ejercida por personas transgéneros (Silva 2018) y, desde la década de 1990, podían encontrarse en la prostitución mujeres originarias del África francófona y de la Europa del Este. La importancia actual de la presencia de mujeres y hombres que se dedican a la prostitución procedentes de países tan diversos como Nigeria, Perú, China, Rumanía o República Dominicana ha contribuido a una estrecha asociación entre migración y prostitución en los imaginarios, especialmente en los imaginarios políticos. El propio medio de la prostitución no se queda al margen, y los estereotipos culturalistas, los prejuicios sobre el color de la piel (Pourette 2005) y otras creencias racializadoras son algunos de los criterios de clasificación más utilizados, atribuyendo a tal o cual origen particular propensiones al robo, a no respetar los lugares asignados, a no emplear el preservativo, a la dependencia de proxenetas e incluso a la brujería –al mismo tiempo que los vínculos de solidaridad basados en una comunidad lingüística o nacional son recursos frente a la adversidad y la competencia.
Un espacio diferenciado
La distribución de las propiedades referidas conforma la estructura del espacio de la prostitución, cuyas principales posiciones voy a exponer a continuación. Pero antes es necesario recordar que esta estructura está en constante cambio, que siempre puede ser cuestionada, ya sea por la evolución de las relaciones de fuerza internas (por ejemplo, un enfrentamiento entre proxenetas por el control de un grupo de prostitutas) o por la intervención de elementos externos (principalmente la policía). También conviene tener en cuenta que no se trata de categorías estabilizadas, sino de posiciones por las que un individuo puede pasar sucesivamente en el transcurso de su carrera (de la prostitución en un estudio a la prostitución de carretera, o de muchacho que efectúa servicios sexuales a travesti, por citar casos frecuentes).
Cuando a principios de la década de 1990 tuvieron lugar las primeras elaboraciones de este marco analítico (Welzer-Lang y otros 1994), las posiciones dominantes estaban ocupadas por mujeres que ejercían en barrios tradicionales de prostitución del centro de las ciudades (como la calle Saint-Denis en París), que a menudo llevaban varios años en ellos y que eran propietarias de los estudios donde efectuaban los servicios sexuales. Estas prostitutas, que se autodenominaban ”tradicionales”, se veían favorecidas en varios aspectos: tenían una clientela de “habituales” fieles, realizaban las prácticas más legítimas a precios relativamente elevados en condiciones sanitarias satisfactorias y rara vez eran drogadictas o estaban afectadas por el VIH. Estaban relativamente bien integradas en la sociedad, asumían plenamente –si no la reivindicaban– su condición de prostitutas y tenían un conocimiento preciso de los distintos recursos sanitarios y sociales a su disposición. Al haber ejercido la prostitución durante muchos años, tenían la experiencia que, a los ojos de sus colegas jóvenes, confiere autoridad y legitimidad; constituían un grupo de reconocimiento mutuo relativamente cohesionado, que se encontraba en lugares de sociabilidad como los bares de las “calles calientes”. El hecho de que ya no fueran reclutadas (debido sobre todo al declive o la caída de las redes criminales de las que podían depender), y también los procesos de gentrificación de los barrios en los que a veces eran figuras centrales, pusieron fin a esta forma de prostitución, de la que las ciudades francesas conocen ya solo expresiones residuales.
De hecho, el envejecimiento siempre ha conllevado el declive de las “tradicionales”. Cuando no han sabido, o no han podido, preparar su reconversión, se han visto abocadas a incorporarse a los segmentos relativamente dominados y marcados por la decadencia que representa para ellas la prostitución en furgonetas al lado de la carretera (a veces también un castigo infligido por un proxeneta a una mujer rebelde) o en los bulevares periféricos, o incluso la ejercida en zonas específicas de los barrios de prostitución. La práctica más frecuente (la felación), así como la inseguridad y las condiciones de higiene precarias, eran entonces, y han sido siempre, indicadores de la desvalorización que supone este tipo de prostitución.
Los dos segmentos que he presentado están mayoritariamente formados por mujeres y son principalmente diurnos. Por su parte, la prostitución nocturna callejera (o en parques y entre la maleza) la ejercen tanto hombres como mujeres, a menudo más jóvenes que sus colegas de los estudios o de la carretera. Corresponde a una posición relativamente dominada y concierne a fracciones más precarias del espacio de la prostitución. Por lo que a los hombres se refiere, esta prostitución incluye dos formas distintas: la de jóvenes vestidos de hombre que se prostituyen para una clientela homosexual (llamados en francés tapins o garçons de passe, o más raramente gigolos) y la de travestis y transexuales, hombres de nacimiento que se prostituyen con apariencia femenina para una clientela que se declara heterosexual. Al ejercer en la calle –en el caso de los primeros, con frecuencia cerca de las zonas de ligue gay–, padecen las condiciones de trabajo más precarias y peligrosas. Como juegan con las fluctuantes fronteras entre prostitución y liguegay, los tapins rara vez asumen la identidad como prostitutos, menos aún cuanto que su actividad es a menudo ocasional, destinada por ejemplo a satisfacer una necesidad inmediata de dinero impuesta por una situación de vagabundeo (Mai 2011 y 2012).
Tanto en las formas femeninas como en las masculinas de este tipo de prostitución, la felación es la práctica más común. Los servicios sexuales tienen lugar generalmente en el coche del cliente, las entradas de los edificios o los aseos públicos, o, más raramente y cuando el cliente está dispuesto a pagar más, en un hotel. Quienes ejercen la prostitución al lado de carreteras que atraviesan parques o bosques levantan a veces refugios precarios o colocan lonas para que los servicios sexuales escapen a las miradas de posibles paseantes. “Asistentes” de redes de proxenetas o marginales modestamente remunerados por las propias personas que se prostituyen, vigilantes y otros prestadores de servicios menores (suministro de bocadillos y de preservativos, desplazamientos en coche, etc.) gravitan generalmente a distancia y garantizan un mínimo de seguridad. Lo cierto es que las malas condiciones de ejercicio, la inseguridad permanente o incluso la posible adicción a drogas hacen que estos segmentos se encuentren entre los más frágiles y precarios de la población de prostitutas. Los espacios en los que se ejerce este tipo de prostitución suelen distinguirse en función de la nacionalidad. Las personas que ejercen la prostitución, como dependen a veces de los mismos circuitos migratorios y/o de las mismas redes de proxenetismo, comparten experiencias (de migración, adicción, endeudamiento, etc.) y referencias culturales similares y hablan el mismo idioma, tienden a reunirse en grupos de reconocimiento mutuo y de solidaridad, asegurándose un mínimo de apoyo mutuo en caso de dificultad –lo que no excluye conflictos ni explotación (Amaouche 2010, Lévy y Lieber 2009, De Montvalon 2018).
En el límite de estas poblaciones se encuentran las (más raramente los) comúnmente llamadas “ocasionales”, que son generalmente jóvenes drogadictas que se prostituyen para ganar el dinero que necesitan para comprar estupefacientes, por lo común heroína, derivados de la morfina o crack (Ingold 1993 y 1994). Sus condiciones de vida son las más inciertas: a menudo sin domicilio fijo y en un estado de salud con frecuencia muy degradado, intentan sobrevivir a corto plazo prostituyéndose a bajo precio y se ven más tentadas que el resto a aceptar las prácticas sexuales sin protección que los clientes muchas veces proponen. Como a menudo no llevan ropa que pueda indicar que ejercen la prostitución (sobre todo por razones de extrema precariedad económica), no se distinguen en el paisaje urbano y llaman la atención de los clientes solo por el hecho de permanecer paradas en la calle. Las zonas en las que ejercen no se encuentran en los barrios tradicionales de prostitución, sino a menudo a lo largo de las carreteras principales, donde las condiciones de ejercicio de la prostitución son mucho más precarias y peligrosas. Están particularmente expuestas a las agresiones de clientes, de narcotraficantes y de otras prostitutas que las acusan de “reventar los precios”. Como generalmente no se reconocen como prostitutas, sino más bien como drogadictas, y como apenas tienen contactos (salvo de carácter conflictivo) con “veteranas” que puedan transmitirles su experiencia, suelen desconocer las “reglas –y muy probablemente se desinteresan de estas– de lo que para ellas no es un oficio ni un elemento central de su identidad personal, sino el único medio de obtener de modo rápido el dinero que necesitan para adquirir la sustancia a la que son adictas.
Al margen de la prostitución callejera, se practican otras formas de “comercio del sexo” más discretas por su carácter clandestino inherente a la ilegalidad de su organización (la mayoría dependen del proxenetismo hotelero). Así, un tipo de prostitución femenina es la que tiene lugar en algunos bares cuya clientela está compuesta casi exclusivamente por inmigrantes aislados, o incluso en albergues de trabajadores o cerca de obras de construcción (Moujoud 2005). Estas prostitutas, que a veces se encuentran bajo la dependencia de un proxeneta y que a menudo son extranjeras en situación irregular, tienen que hacer sus servicios sexuales generalmente en un cuarto trasero del bar o en una habitación del albergue por la que van pasando un gran número de clientes, de ahí que en Francia se utilice el antiguo término de abattage (matanza, sacrificio) para denominar a este tipo de prostitución. Una variante más favorable de este tipo son las “giras” de prostitutas de ciudad en ciudad. Un anuncio en Internet (principalmente en páginas de encuentros) informa al cliente potencial de que puede concertar una cita con una prostituta que se aloja durante unos días en un hotel o en un apartamento determinados. Esta forma de prostitución, que suele estar organizada por proxenetas que gestionan la reserva de habitaciones, el envío de anuncios y la seguridad durante las relaciones sexuales, se ve obstaculizada por la vigilancia policial. Si la policía se ve a veces impotente ante la rapidez de los desplazamientos de las prostitutas, en cambio actúa contra los sitios de Internet y contra los hoteles en cuanto se demuestra que estos conocen la naturaleza de las actividades que alojan.
Los salones de masaje constituyen otra forma de prostitución en establecimientos, aunque debilitada por la vigilancia policial. Bajo la fachada oficial de establecimientos de relax, las mujeres allí empleadas (a menudo chinas “sin papeles”) proporcionan servicios cuya frontera con la prostitución no está clara. Las empleadas de estos salones (así como sus clientes) basan su rechazo a que se las categorice como prostitutas en el hecho de que sus servicios se limitan a “masajes eróticos” que concluyen con una masturbación y en que se niegan a ser penetradas (según ellas el dejarse penetrar caracteriza a las “verdaderas prostitutas”). Sin embargo, estas autodefiniciones tienen poco peso cuando la policía, que considera que la referida actividad es de hecho prostitución, inicia un procesamiento por proxenetismo hotelero (y cuando las “masajistas” son remitidas, tras el cierre del salón que las empleaba, a los servicios sociales específicos para prostitutas). Queda así demostrado en la práctica la superior eficacia que las definiciones oficiales o “externas” de los límites del espacio de la prostitución tienen sobre los intentos de definición o delimitación “autóctonos”. Lo mismo ocurre con los “bares de alterne” (conocidos en Francia como bars à hôtesses y bars à champagne), donde las empleadas pueden proporcionar algo más que compañía a los consumidores que les pagan. Pagar por mantener relaciones sexuales con una camarera en un bar está prohibido en Francia y los establecimientos en los que esto ocurre se vigilan en el marco de la lucha contra el proxenetismo hotelero. En cambio, el alterne está permitido, entre otros países, en la República Checa (Darley 2007), España (Solana y López 2012) y Suiza (Chimienti 2009), donde los establecimientos cuentan con espacios separados en los que tienen lugar los servicios sexuales.
Esta presentación del espacio de la prostitución que he realizado tiende a perder de vista lo que la estructura de este le debe a su evolución en el tiempo; lleva a reunir en un plano sincrónico a diferentes generaciones de personas que ejercen la prostitución y a formas de prostitución históricamente heterogéneas. Así, como se ha dicho, la prostitución femenina en zonas urbanas a veces especializadas en esta actividad desde hace varios siglos ha experimentado durante los últimos treinta años un declive imparable, liberando para el comercio y la especulación inmobiliaria espacios a menudo céntricos y patrimonializables. Las actividades de los transgéneros experimentaron un desarrollo considerable y sin precedentes a principios de la década de 1990, pero su “exotismo” se vio superado por el que ofrecían las inmigrantes de distintos continentes, que llegaron a Francia a finales de la misma década. Estas mujeres, como consecuencia de la hostilidad de las competidoras que se habían establecido desde hacía más tiempo, así como del acoso policial y de las transformaciones urbanas, convirtieron determinados barrios en nuevas zonas de prostitución. La evolución experimentada por el consumo de drogas (fuerte presencia de la heroína en la década de 1990, a la que sucedieron las drogas de síntesis, como el crack) modificó las interacciones entre la venta de servicios sexuales y la adicción o los estados alterados de conciencia. Por último, es muy evidente que las nuevas tecnologías de la comunicación han transformado completamente la forma de encuentro entre las personas que ejercen la prostitución y sus clientes: el teléfono móvil (bajo la forma paradigmática de una pegatina con un nombre y un número puesta en las señales de circulación) y, sobre todo, Internet han favorecido el desarrollo de una forma de prostitución que no necesita exponerse públicamente para prosperar.
Estas facilidades de comunicación han beneficiado en especial a lo que comúnmente se conoce como escorting (acompañamiento). Los estudios de Rubio (2013) y de Lavergne (2021) sobre el escorting homosexual señalan un perfil relativamente privilegiado de hombres jóvenes, a veces estudiantes e integrados socialmente, que no recurren a la prostitución por penuria económica y que se cuidan de distinguir la prostitución que ellos ejercen de las formas de prostitución más desvalorizadas. Como entran en contacto con sus clientes a través de anuncios en Internet, llevan a cabo un meticuloso trabajo de autopresentación y de selección que tiende a lograr un emparejamiento social, es decir, aelegir prioritariamente a clientes con un estatus social o cultural similar al suyo y a descartar a aquellos cuyos mensajes dejan entrever una condición más modesta. Sin embargo, esta selección no libra a las scorts, ni a los scorts, de agresiones ni, más en general, de relaciones de poder. Los y las scorts también deben aprender a imponer su voluntad para dominar una relación que pueda degenerar en violencia (el caso más frecuente) o bien (más excepcionalmente) tomar un rumbo afectivo, incluso amoroso (Bigot 2009, Bernstein 2007). En Francia, el caso llamado “del [hotel] Carlton”, en el que se vio implicado el exministro Dominique Strauss-Kahn, dio una idea de este tipo de prostitución; atestiguó su uso en algunos círculos económicos y políticos, pero también mostró la indeterminación de sus fronteras con el libertinaje. Por otro lado, dicho caso demostró que ni la riqueza económica de la clientela ni la consideración eufemística de la venalidad de los servicios eximían a las scortsdel estigma de la prostitución y del riesgo de agresión.
El déficit de cohesión de un grupo de destino
Queda por tratar la relación que las personas que ejercen la prostitución mantienen con la condición y la identidad de prostituta/o, así como cuál es para ellas la “consistencia” y la forma de existencia de ese “grupo” del que nunca han elegido realmente ser miembros. Si utilizo aquí comillas para referirme a las prostitutas como grupo es porque esta noción dista mucho de ser evidente para ellas. Ya he mencionado los antagonismos, las tensiones y las competencias permanentes que atraviesan a los distintos segmentos del espacio de la prostitución y que los oponen entre sí. Además, algunas de las lógicas propias del universo de la prostitución contribuyen a que este tenga una cohesión de las más débiles. Como indica una prostituta, la competencia entre redes de proxenetas es una de estas lógicas, de las más agobiantes de ellas: “Cuando trabajaba en la carretera de X, trabajaba con chicas con las que… con las que me habían prohibido hablar; no sabía por qué, porque yo con esas chicas…. Pero pasaba algo similar entre ellas: no se hablaban. Y era mejor no hablarse”.
El peso de estos antagonismos y competencias exacerbadas lleva a que generalmente se instauren una sospecha generalizada y una guerra latente de todos contra todos, que pueden dar lugar a prácticas de exclusión del espacio (en el sentido material, territorial, del término) de la prostitución o a agresiones físicas, prácticas que podrían calificarse de conductas de desagregación colectiva. Los imperativos de salvaguarda de la autonomía del mundo de la prostitución y de preservación de este de cualquier mirada exterior se invocan muchas veces, pero no depende de ellos que no puedan transgredirse con fines de gestión interna. Nos encontramos, así, con formas de instrumentalización de la policía, a la que puede recurrirse en secreto para resolver disputas propias del espacio o para obtener la regularización de la residencia. Los servicios especialmente dedicados a la represión del proxenetismo (a veces todavía llamados en Francia, en la calle, brigades des moeurs) (10), según han declarado sus mismos responsables, tienen mucho interés en que persistan las divisiones y competencias referidas, que les permiten reprimir los casos de proxenetismo que se ponen en su conocimiento: no es infrecuente que personas que se prostituyen denuncien como proxeneta, sometido a un protector o revendedor de drogas a un competidor o a una competidora a cuyas actividades desean poner fin. En consecuencia, en el espacio de la prostitución suelen expresarse solo formas mínimas de solidaridad, por ejemplo, en forma de ayuda en caso de agresión.
Del mismo modo, entre las personas que ejercen la prostitución –y principalmente entre quienes ocupan las posiciones dominantes del espacio– puede constatarse una constante inquietud por la realidad y los límites del colectivo que forman, lo que las lleva a recordar e invocar permanentemente las modalidades legítimas de ejercicio de la prostitución como base de la “buena forma” (Boltanski 1982) en la que querrían mantener la actividad. En las conversaciones que las personas que ejercen la prostitución mantienen entre sí abundan estas referencias –de algunas de las cuales ya he dado una idea anteriormente– a lo que se hace o no se hace, a los incumplimientos de las reglas y a su sanción, a la falta de “conciencia profesional” que se supone que, aquí como en muchos otros universos, caracteriza a las nuevas generaciones, etc. Las personas que ejercen la prostitución forman una población cuya existencia colectiva es incierta y frágil, lo que las lleva a invocar constantemente las “reglas” que rigen su actividad, demostrando con ello la labilidad y la escasa capacidad para imponer las reglas y los códigos de conducta, así como la débil objetivación de las relaciones sociales dentro del espacio. El mínimo de cohesión interna y de autonomía con respecto al resto del mundo social, indispensable para la supervivencia del espacio como tal y para el mantenimiento de las posiciones relativas que lo componen, puede garantizarse y salvaguardarse solo mediante un trabajo de mantenimiento y consolidación que, por ser eminentemente frágil y precario, ha de ser continuo y siempre debe recomenzarse.
El peso de la estigmatización y de la indignidad interiorizadas aporta su propia fuerza a este déficit endémico de cohesión. Cuando se escucha a las personas prostitutas hablar entre ellas de su situación o durante las entrevistas, es como si un doble movimiento contrario las llevase, en una dirección, a intentar distanciarse de las representaciones más desfavorables de su condición (“yo nunca me he drogado”, “cuando estoy en la esquina no hablo con las otras chicas, tienen una mentalidad sucia”) y, en otra dirección, a reconocer el fracaso de ese intento, lo que las lleva inexorablemente a adoptar una visión de sí mismas desfavorable y resignada (“de todas formas somos solo putas”, “siempre seremos unas marginadas”) y a desvalorizarse. La relación de las personas que se prostituyen con su identidad y condición aparece ante todo marcada por la ambivalencia (Goffman 1975: 128-130): o bien exhiben su identidad mediante una bravata agresiva y afirman la respetabilidad de su estatus (“es un trabajo como cualquier otro”), o bien, a la inversa, adhiriéndose a su indignidad, proclaman su exclusión y la ignominia de su condición –las mismas personas pueden adoptar sucesivamente cada uno de estos dos registros según las circunstancias y los públicos. Al no tener a menudo otra opción que la de integrar los prejuicios negativos y las representaciones más despreciativas que el mundo social produce de ellas, terminan por reapropiarse de los términos más injuriosos con que se las designa, para movilizarlos en estrategias de distinción individual mediante la desvalorización de los demás. Llamarse mutuamente “puta” o, en el caso de los hombres, “maricón” (los insultos más graves y frecuentes), es una de estas estrategias ambivalentes de distanciamiento a la par que de reconocimiento resignado del peso del estigma. Divisiones e intentos de desmarque entre prostitutas “veteranas” y “ocasionales”, mujeres y travestis, travestis y chaperos, abstemios y drogadictos, franceses y extranjeros, etc., se combinan para hacer que el espacio de la prostitución se parezca más a un paisaje de individuos perpetuamente antagónicos que a un verdadero “grupo” unificado.
Esta heteronomía de la identidad, en la que las personas que se prostituyen no pueden evitar reconocerse, se ve sin duda más reforzada aún por la lógica propia de su actividad, que, al exigirles saber atraer la mirada masculina y suscitar el deseo masculino, las lleva a percibirse constantemente a través de los ojos de sus clientes –o de la mirada que les presuponen a estos–. Para que su estrategia comercial sea exitosa han de responder a las expectativas socialmente constituidas de lo que es la seducción: además de un capital simbólico, la apariencia física es también condición de la acumulación económica. La constante preocupación que las personas que se prostituyen tienen por su apariencia física, incluso la emulación que se establece entre ellas y ellos respecto a la seducción (“admítelo, cuando hago la calle tengo buena presencia”) o, en el caso de los transgéneros, respecto a su verosimilitud femenina, inducen una forma de alienación de la percepción que tienen de sí mismas y de la relación con su propio cuerpo, el cual se convierte realmente en un cuerpo-para-los-otros. Así, las palabras de este travesti (que utilizó hormonas para obtener un pecho de aspecto femenino durante el tiempo que se prostituyó, sufriendo los efectos secundarios de ello en su propia sexualidad, y que se hizo una ablación de los senos cuando decidió dejar la calle) son paradigmáticas de esta sumisión a la mirada y a las expectativas eróticas de los otros: “Es una cadena; bueno, empezamos como mujeres y es verdad que la clientela siempre pide un poco más, siempre es un poco más exigente, y finalmente dije: ‘¿Por qué no? ¿Por qué no las hormonas?’ (…) Tus testículos disminuyen de tamaño, no produces absolutamente nada de esperma”. Utilizando el vocabulario de Merleau-Ponty (1945), cabría decir que la prostitución induce una degradación del cuerpo propio (punto de anclaje o de inserción en el mundo desde el que este se percibe) que lleva a dejar de percibir el cuerpo individual como el fundamento de la propia subjetividad y a pasar a percibirlo como un objeto relativamente externo, aprehendido a través de categorías de percepción ajenas al yo.
La interrogación sobre el modo de existencia del colectivo que forman las prostitutas conecta con las preocupaciones de una corriente de investigación –de la que el trabajo de Boltanski (1982) sobre los directivos es emblemático– que cuestiona las concepciones sustancialistas de los grupos sociales para demostrar, por el contrario, su carácter socialmente construido, la borrosidad de las fronteras y la variabilidad de los grados de cohesión. Este tipo de cuestionamiento sociológico se ha centrado principalmente en los grupos profesionales plenamente legítimos y muy pocas veces se ha aplicado a las poblaciones desviadas, cuya dimensión colectiva a menudo se da por sentada. Una primera consecuencia de la falta de interés por esta cuestión es que se favorecen –como por ejemplo ha mostrado Catanzaro (1991) en su estudio de la criminalidad mafiosa– las visiones excesivamente estabilizadas de universos que, de hecho, son en gran medida informales y están débilmente estructurados. Una segunda consecuencia es que se tiende a descuidar la experiencia que los propios actores tienen de su pertenencia a estos universos. A este respecto, parece posible sostener, a modo de conclusión, que si la prostitución, bajo una determinada forma, constituye efectivamente un grupo, se trata ante todo, para quienes forman parte de él, de un grupo de relegación en el que nunca se elige de manera totalmente deliberada integrarse, como tampoco se elige a los “compañeros” o “colegas” (y la dificultad de elegir un término apropiado para designar a quienes comparten el infortunio es en sí misma significativa). Lo que contribuye a producir formas mínimas y siempre frágiles de sentimiento de identidad es, ante todo, el sentimiento de una comunidad de estigma y de marginalización, así como el sentimiento de impotencia e incapacidad para resistir al estigma y a la marginalización. En consecuencia, podemos considerar que el colectivo que forman las personas que ejercen la prostitución constituye ante todo para ellas, y sin duda mucho más que para los homosexuales estudiados por Pollak (1988), lo que este denominó como un grupo de destino.
Notas
El presente artículo se publicó en el nº 38 (2000, pp. 96-116) de la revista Sociétés contemporaines con el título de “L’espace de la prostitution: éléments empiriques et perspectives en sociologie de la déviance”. El texto ha sido revisado por el autor para su publicación en Gazeta de Antropología. Traducción de José Luis Solana Ruiz.
1. En cuanto a la prostitution, hay que señalar que algunos historiadores (Corbin 1982, Walkowitz 1980), sin pretender vincularse con la labeling theory, coincidieron con el enfoque de esta en su descripción de cómo el sistema reglamentarista (que en el siglo XIX obligó a las jóvenes que vivían de la venta de servicios sexuales a someterse a una reglementación restrictiva: fichaje, inscripción en registros oficiales, control sanitario obligatorio, etc.) contribuyó a que dichas jóvenes interiorizasen indefinidamente el degradado estatus de prostituta y a aislarlas de su medio social de origen.
2. La noción de segmentación aplicada a la prostitución puede, en alguna medida (es decir, en el límite en que la prostitución no es una profesión reconocida), asemejarse a la que propusieron Bucher y Strauss (1992), para quienes los segmentos son “agrupaciones que emergen en el interior de una profesión” (p. 68).
3. Hay que señalar que un corte radical entre personas que ejercen la prostitución y proxenetas carece de pertinencia: las relaciones de explotación entre las personas que ejercen la prostitución no son infrecuentes, sobre todo cuando alguna de ellas impone a sus compañeras o colegas el pago del derecho a ejercer en un lugar que se ha apropiado.
4. Utilizo esta noción en un sentido próximo al que le dan Boltanski y Thévenot (1991: 58), con la salvedad del siguiente matiz: las pruebas a las que aquí hago referencia no cumplen con las mismas imposiciones de publicidad y generalidad que las referidas por estos autores.
5. No obstante, la edad es un criterio de evaluación ambiguo: aunque es un indicador positivo de la experiencia y conlleva la exigencia del debido respeto a “las veteranas”, se convierte en un estigma negativo cuando la prostitución continua ejerciéndose en una edad avanzada. En este caso, la prostitución no puede legitimarse ya apelando a un objetivo a largo plazo, sino que se convierte en actividad de pura sobrevivencia; entonces, se percibe negativamente como reveladora de una incapacidad para preparar la reconversión. Por otro lado, la edad presiona mucho antes, y de manera más aguda, a los hombres prostitutos que a las mujeres prostitutas, bajo el efecto de una transposición de normas de seducción propias del medio gay (véase, por ejemplo, Lavergne 2021).
6. Las reglas invocadas con mayor frecuencia entre las que forman parte del corpus informal de las “reglas del oficio” son las prohibiciones de besar al cliente, de “subir” con varios clientes y de sentir placer en los servicios sexuales, así como la limitación de la duración del servicio sexual e incluso la obligación de practicar sexo sin preservativo.
7. El término francés racolage significa solicitar, reclutar, enganchar. En el marco de la prostitución se utiliza para referir a la captación de clientes en la vía pública por parte de las trabajadoras del sexo, y se distinguen dos tipos de racolage: el activo, en el que la trabajadora del sexo se dirige a posibles clientes para ofrecerles sus servicios, y el pasivo, en el que la trabajadora del sexo se limita a estar en la vía pública a la espera de que los clientes se dirijan a ella. La Ley de Seguridad Interior (LSI o “ley Sarkozy”) fue aprobada por el Parlamento francés en marzo de 2003. En lo que a la prostitución concierne, introdujo el delito de racolage passif. El Código Penal francés, en su artículo 225-10-1, estableció lo siguiente: “El hecho de proceder públicamente por cualquier medio, incluyendo una actitud incluso pasiva, a la solicitud [racolage] de una persona con el fin de incitarla a tener relaciones sexuales a cambio de una remuneración o de una promesa de remuneración se castiga con dos meses de prisión y 3.750 euros de multa”. [N. del T.]
8. Las apelaciones a la capacidad para repetir las prestaciones sexuales y a un tamaño de pene excepcional se utilizan con frecuencia en las discusiones entre iguales como argumentos para autovalorizarse.
9. Reuno aquí las críticas de Sykes y Matza (1957) a las teorías de la subcultura que postulan un corte neto, incluso una inversión, entre los valores propios del grupo desviado y los que están presentes en el mundo social “normal”: lejos de ser radicalmente extraños a las personas “normales”, los desviados generalmente comparten con estas las concepciones morales, a la vez que legitiman sus propias transgresiones mediante “técnicas de neutralización”.
10. Literalmente “brigadas de las costumbres”. Podría traducirse como “brigadas antivicio” o “policía de las costumbres. [N. del T.]
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