El fenómeno de la movilidad humana en el continente americano es peculiar por muchas razones. Por una parte, alberga al destino migratorio más importante del mundo: Estados Unidos. Dentro de sus fronteras habitan más de 50 millones de inmigrantes, es decir, cerca del 15% de su población total –siendo los mexicanos el grupo más numeroso– (véase Stephanie Kramer y Jeffrey Passel, Jeffrey, Lo que dicen los datos sobre los inmigrantes en EE. UU. Washington, 2025). Su posicionamiento como la economía más grande a nivel mundial lo ha convertido en un imán de la migración internacional desde 1970, ocupando de manera sistemática el primer lugar entre los países de origen de las remesas. Mientras tanto, México, su país vecino, guarda el segundo lugar entre los países receptores de remesas –en 2022 se recibieron más de 61 mil millones de dólares– (véase OIM, Informe sobre las migraciones en el mundo 2024, Ginebra).
Por otro lado, en las últimas dos décadas, la región ha experimentado un alto crecimiento en la migración intrarregional. Se trata de movilidades sur-sur, producto de conflictos políticos, violencias, crisis climática y desestabilización económica, siendo la emigración venezolana una de las más importantes. Se estima que en 2023 había 6.1 milllones de venezolanos migrantes y refugiados vivían en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Brasil (véase Simone Cecchini y Jorge Martínez, “Migración internacional en América Latina y el Caribe: una mirada de desarrollo y derechos”, Revista de la CEPAL, nº 141, 2023, pp. 233-250).
Además de las migraciones internacionales, también hay que considerar las diversas movilidades al interior de los países, las mismas que reflejan la histórica tendencia de la migración del campo hacia centros urbanos y de las movilidades laborales inter metropolitanas, así como aquellas atravesadas por violencias, conflictos y desastres naturales. De acuerdo con el Informe Global sobre Desplazamiento Interno 2025 (véase IDMC, 2025 Global Report on Internal Displacement, Genova), en 2024 América registró un récord de 14.5 millones de desaplazamientos internos –22% del total global– siendo los países de Haití, Guatemala, México y Honduras los que concentran al mayor número de personas desplazadas.
Queda claro, pues, que las cifras son impresionantes. Sin embargo, ¿qué hay detrás de cada dígito? Las movilidades no son solo números que aumentan al pasar del tiempo, cada cifra es una historia humana cuyo hilo conductor gira en torno a la esperanza de una vida mejor. Esta obra colectiva, Personas en movilidades. Cuerpos y emociones, fronteras y trabajo, a lo largo de sus nueve capítulos permite conocer más profundamente esta realidad.
Sus capítulos se agrupan en tres grandes apartados: 1) Fronteras, movilidades y condiciones de vida (tres capítulos); 2) Movilidades de trabajo, familias y cuidados (dos capítulos) y 3) Emociones y corporalidades (cuatro capítulos). Una decisión editorial acertada para comprender la complejidad de la movilidad en el continente americano. Y, dicho sea de paso, esta monografía inaugura el sello de calidad (CEA/APQ-Colecciones, Calidad en Edición Académica) que la FECYT, ANECA y la UNE le acaban de conceder en 2025 a la colección de la EDUAL “Migraciones y relaciones interculturales”. Además, con su distinción de Internacionalidad hace bueno que entre sus volúmenes haya cuatro estudios procedentes de autores y autoras latinoamericanos, tres de ellos salidos de universidades mexicanas.
El primer capítulo, titulado “Flujos mixtos y complejidades en las movilidades humanas en dosfronteras latinoamericanas: México-Guatemala y Costa Rica-Panamá”, lo firman Ricardo Monroy y Norma Baca, analiza la dinámica de movilidad en dos zonas fronterizas: México y Guatemala (Ciudad Hidalgo y Tecún Umán) y Costa Rica y Panamá (Paso Canoas). La investigación, de tipo exploratorio, revela cómo la movilidad en zonas fronterizas teje un entremado muy particular de relaciones sociales, económicas y culturales. Para tal fin exploran la construcción sociohistórica de ambas fronteras.
Del segundo capítulo, “Calidad de vida, bienestar y salud en personas dedicadas a la venta informal en dos zonas de frontera”, son autores Aleida Fajardo y Elio L. Pardo. En él se indaga la dimensión de la calidad de vida de quienes se inscriben en la llamada economía informal, en contextos de alta movilidad. Se trata de una investigación de tipo transversal, descriptiva y comparativa, en la que se analizaron las trayectorias de vida de 109 comerciantes informales, procedentes del Departamento de Nariño –en la frontera entre Colombia y Ecuador– así como de Sonora y Baja California –en la frontera entre México y Estados Unidos–. Entre sus hallazgos resalta que los comerciantes han tenido a lo largo de su ciclo vital alguna experiencia migratoria, teniendo apreciaciones más positivas frente a la actividad laboral quienes habitan la frontera México-Estados Unidos. Una de las explicaciones se vincula a factores como la discriminación, la cual, según los autores, produce respuestas de estrés considerablemente intensificadas; aunque también afecta el ciclo vital y el género.
Bajo el título “Impacto ambiental de la movilidad en la frontera México-Estados Unidos. Una discusión necesaria”, Octavio Gutiérrez examina en el tercer capítulo el poco explorado vínculo entre los desplazamientos humanos y sus repercusiones ecológicas. Mediante un análisis documental detalla cómo las corrientes migratorias transforman los ecosistemas en la frontera méxico-estadounidense. No cabe duda de que el objetivo fundamental no solo consiste en aportar experiencias al ámbito académico, sino al mismo tiempo concientizar sobre la huella que las actividades humanas dejan en estos territorios.
El cuarto capítulo inicia el apartado segundo: “Mujeres mexicanas calificadas y migrantes: agencia y estrategias departicipación en el mercado laboral”. Tras explorar 43 trayectorias laborales de mujeres mexicanas que migraron en pareja a Michigan (EE. UU), sus autoras, Lidia I. Munguia y Arlette Covarrubias, evidencian los diversos desafíos que enfrentan en su desarrollo profesional. Con una mirada feminista y a partir del marco teórico del enfoque de capacidades de Amartya Sen, fue posible identificar que, tanto las políticas migratorias como los estereotipos de género son los principales obstáculos para la participación laboral plena; le siguen en importancia la falta de reconocimiento de credenciales educativas y la barrera del idioma. Pese a este duro panorama, la investigación rescata la capacidad de agencia de las mujeres, quienes se abren nuevos caminos consiguiendo oportunidades hacia el emprendimiento o el autoempleo.
¿Y qué pasa cuando las madres migran? A ello responde Evelyn López en el quinto capítulo, “El cuidado transnacional: estrategias para la organización familiar de mujeres mexicanas y colombianas”. En este revela la realidad del cuidado –muchas veces invisibilizado– que reciben las niñas y los niños que permanecen en sus lugares de origen. La investigación, de corte cualitativo, profundiza en las historias laborales de madres mexicanas y colombianas que migraron a Estados Unidos. La autora revela que la distancia no es un impedimento para ejercer el cuidado. A través del concepto de familia transnacional, es decir, desde la reorganización de la vida social y familiar en más de un espacio geográfico, se muestra que es posible entender cómo opera el cuidado. Para el caso de estudio, son las madres quienes gestionan y asignan el cuidado a las abuelas, hermanas, hijas o suegras. De ahí que E. López afirme que la feminización del trabajo de cuidados trasciende generaciones y fronteras.
El tercer apartado se inicia con el sexto capítulo, “Las emociones en la migración México-Estados Unidos. Un acercamiento desde la teoría transnacional”, de Joel Pedraza. El texto ofrece una revisión documental sobre la perspectiva transnacional, es decir, sobre cómo al migrar los vínculos con el país de origen no desaparecen, centrándose en el caso específico de la migración de México a Estados Unidos. El recorrido parte de la década de los ochenta del siglo pasado hasta la actualidad. Se enfatiza el papel de las tecnologías de la comunicación y las redes sociales digitales –que permiten un contacto inmediato y constante– especialmente para la expresión de emociones y sentimientos, detonando, al mismo tiempo, la emergencia de la llamada economía de la nostalgia.
La monografía avanza hacia una lamentable cara de la migración contemporánea en nuestra región: las experiencias crecientes de violencia que padecen las personas provenientes de América Latina y el Caribe en su tránsito hacia Estados Unidos: “Bioanclajes migrantes ante las violencias en las movilidades contemporáneas”, lleva por título este capítulo séptimo, obra de Óscar M. Hernández. A partir del concepto de bioanclajes, el autor propone una explicación desde la antropología de las emociones y el construccionismo social. De tal forma es posible entender cómo, pese a las múltiples formas de violencia, los flujos migratorios continúan. Los bioanclajes son entendidos como procesos subjetivos que permiten aferrarse a la vida. En los testimonios recabados en albergues ubicados en las ciudades mexicanas de Reynosa y Matamoros, se identificaron como bioanclajes a los sentimientos positivos frente a la adversidad –como el amor a la familia–, así como las prácticas de vida a lo largo del camino –como la hospitalidad incondicional que ofrecen ciertas organizaciones–. Las conclusiones invitan pensar la relevancia teórica de los bioanclajes, en el marco actual en el que se experimentan procesos biopolíticos y de vigiancia genética.
Sus páginas no solo concentran las movilidades internacionales, quizá más visibles mediáticamente, sino que también abordan las importantes movilidades que ocurren al interior de los países. Para el caso mexicano, la disciplina antropológica se ha encargado de estudiar las migraciones de poblaciones indígenas hacia centros urbanos; una lectura renovada a dicho fenómeno la ofrece el octavo capítulo, bajo el título “Migración interna en México: el indígena y corporalidades entre lo rural y lo urbano”, del que es autor Joan F. Matamoros. A través de un meticuloso trabajo de campo etnográfico, se indaga en la experiencia migratoria de dos familias purépechas a San Luis Potosí, poniendo especial énfasis en la experiencia corporal determinada por la espacialización y el trabajo. Estos elementos permiten entender, la negociación de la identidad en el tránsito de lo rural a lo urbano.
Continuando en la línea de poner en el centro a la experiencia corporal, en el último capítulo, “Corporalidades, masculinidades y vejez: historia de vida de un trabajador del PTAT”, se aborda cómo el cuerpo expresa una particular forma de migración, la de un programa gubernamental binacional que facilita la movilidad temporal de jornaleros agrícolas a Canadá. Sin duda fue un programa muy exitoso, pues pasó de 203 personas en 1974 a beneficiarse unas 21.000 en 2015. Al explorar el relato de vida de Artemio, un hombre que participó en el programa durante 35 años, Anabel Flores nos permite rastrear la construcción de la identidad masculina a partir de la fuerza física y la resistencia. Ambas cualidades necesarias en la actividad agrícola intensiva, pero que disminuyen al paso de los años. De tal forma que los trabajadores veteranos son marginados al envejecer, poniendo en jaque también su estabilidad laboral y sentido de masculinidad. Se constata que la variable etaria juega un papel importante en la configuración de la desigualdad estructural.
Subrayar, a modo de reflexión final, que este libro, editado por Norma Baca y Ricardo Monroy, resulta una lectura obligada para comprender la movilidad en América Latina y el Caribe, considerando su dinamismo y complejidad. Invita a una reflexión profunda sobre la realidad social y humana de la migración en la región, donde no se pueden obviar las cuestiones estructurales que ponen a las personas migrantes en una situación de vulnerabilidad, pero tampoco la capacidad de agencia guiada por el deseo de una vida mejor.



