Gazeta de Antropología, 2026, 42 (1), artículo 02 · https://hdl.handle.net/10481/113020 Versión HTML
Recibido 27 marzo 2026    |    Aceptado 18 abril 2026    |    Publicado 2026-04
Y sin embargo se mueve. La vitalidad de la España que dicen vacía
And yet it moves. The vitality of the so-called Empty Spain




RESUMEN
La popularización de la idea de la España Vacía supuso la visibilización del incesante fenómeno de retroceso demográfico en la mayoría de zonas rurales de España. Sin embargo, el propio término ha inducido el imaginario de unos territorios decadentes y muertos. Tras indagar en las razones de la visión negativa de la vida en el mundo rural y los problemas a que se enfrentan los pueblos en el contexto de la sobremodernidad, se toma como referencia una comarca del sur de la provincia de Badajoz para mostrar la vitalidad de sus pueblos en la actualidad.

ABSTRACT
The popularization of the idea of Empty Spain brought to light the relentless phenomenon of demographic decline in most rural areas of Spain. However, the term itself has fostered the image of these territories as decadent and lifeless. After exploring the reasons for the negative view of rural life and the problems faced by villages in the context of hypermodernity, a region in the south of the province of Badajoz is used as a case study to demonstrate the current vitality of its villages.

PALABRAS CLAVE
dinamismo rural | despoblación | ruralidad | España Vacía | Extremadura
KEYWORDS
rural dynamism | depopulation | rurality | Empty Spain | Extremadura


Sobre el origen del estigma

De unos años a esta parte ha encontrado acomodo en la agenda política y el imaginario social la idea de la España Vacía. Este hecho supone la visibilización y conceptualización de un proceso de decadencia demográfica iniciado mucho tiempo atrás, en cuyos inicios y devenir no vamos a extendernos. Lo que conviene retener para los intereses de este artículo es que el momento más drástico de cambio en el medio rural español lo podemos situar en los años sesenta del pasado siglo, con la emigración masiva a las ciudades, el fin de la agricultura tradicional y el brusco descenso de la población. Todo ello terminó conformando lo que se llamó la crisis social rural, de la que he tratado en diversas publicaciones (Acosta 2008).

De manera resumida, el desarrollismo impulsado por el franquismo supuso el tránsito de una sociedad rural y agraria a otra urbana e industrial y de servicios en un espacio de tiempo increíblemente corto. La agricultura pasó a ser una rama de la agroindustria. Su forma de manejo de los recursos y el conocimiento local asociado a ello quebró. Se mecanizó el campo, las explotaciones agrarias pasaron a depender de los suministradores de insumos y de las cadenas de distribución de alimentos. La rentabilidad de todo el agro descendió y la crisis pasó a ser casi permanente (Acosta Naranjo 2008). En definitiva, desapareció el campesinado y sus formas de vida y de gestión de los recursos. Acentuada luego por el proceso de globalización, fue perdiendo nitidez la diferencia entre cultura rural y urbana (Roserman y otros 2013, Acosta Naranjo 2010).

Lo drástico y violento del proceso, y máxime en un contexto de falta de libertad, hizo que todo lo que tuviera que ver con lo rural chapoteara en el descrédito, el desprecio o el desdén, ante el relumbre de neón de la urbe. Las expresiones de la cultural rural y campesina fueron cediendo antes las nuevas formas. Para mí hay un libro magistral desde el punto de vista literario y de la sociología comprensiva que nos hace ver de qué estamos hablando. Se trata de El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina, una auténtica autopsia de la sociedad rural, en el que se presenta el universo del pueblo como algo rechazable y sin comparación con la enunciación de modernidad y libertad de lo urbano, lo que supone la justificación vivencial e ideológica del triunfo de las ciudades y el ocaso de los pueblos. Esa imagen de supremacía de unos e inferioridad de otros es la que, a través de diversas maneras, patentes o latentes, sutiles o descaradas, se ha asentado en el imaginario de la contemporaneidad en España (Acosta Naranjo 2022).

Evidentemente, esto no es algo exclusivamente español. En efecto, el proceso tiene una dimensión planetaria, como la tiene también el decrecimiento demográfico de los pueblos y la urbanización creciente de la población mundial. Ahora bien, en España el proceso ha sido más acusado por razones diversas, como lo brusco de la dinámica de modernización que hemos mencionado antes, el bajo potencial de producción de biomasa debido a las características de suelo y clima en la mayor parte del territorio o las características del proceso de transición del Antiguo Régimen y la Desamortización, que tanto daño al campesinado y al proletariado rural español. Estamos ante un escenario de carencias endémicas y de fuerte brecha entre lo rural y lo urbano y todo ello ha conformado una visión del agro como pobre y atrasado. Finalmente, si lo comparamos con el caso francés, por ejemplo, aquí el campesinado no ha sido un referente en la conformación de la identidad nacional. Además, España es un país en el que la ostentación, el pertenecer a un grupo de estatus más alto que el propio, ha sido una característica constante, incluso hasta el hecho de que cada cierto tiempo se actualice el léxico con el que designar el fingimiento, como lo demuestra lo reciente de la palabra postureo.

Convendría trazar el recorrido de términos que orbitan sobre este asunto, desde el concepto de honor al del farde, de la hidalguía y el Lazarillo de Tormes hasta nuestros días. En nuestro caso la dimensión del estatus es la que tiene que ver con el lugar en el que se reside. Hay una jerarquía en cuanto a vivir en el pueblo, en la cabecera comarcal, en un capital de provincia, en una gran ciudad española o en una metrópoli global. Dónde se vive marca quién se es, y vivir en un pueblo o ser de pueblo señala negativamente en el escalafón de la imagen social.

En esa misma línea se inscribe la normatividad de lo rural y sus expresiones, que se pueden considerar bastas, catetas, anticuadas, tomando de ellas solo algunos elementos que pueden interesar separándolo de su contexto social y simbólico para, una vez liofilizados, ponerlos en el mercado. Es el caso de la arquitectura popular, las artesanías, los alimentos y las muchas formas del aparataje del turismo rural, experiencias inmersivas en lo proyectado como salvaje del medio natural puesto al servicio del disfrute foráneo, cuya expresión más señera es el quad, el todoterreno o las bodas y su catering en cortijos. Hoy en día, el glampling es el paradigma de todo ello. Yo denomino a este tipo de cuestiones como pitarrismo, tomando como referencia el gusto de ciertas personas por algún elemento suelto propio del lugar, supuestamente singular y epítome de lo vernáculo, como el vino de pitarra.

La vivencia puntual y acotada de lo rural se muestra claramente en las estancias de visitantes fugaces, en alojamientos rurales de distinto tipo. Si hacemos un repaso diacrónico, lo que antes era campo pasó luego a ser naturaleza, posteriormente paisaje y ahora deviene en croma, una proyección visual como fondo de una serie de escenas, relaciones, conversaciones que tienen que ver con el mundo urbano pero que se desarrollan en un escenario rural del que se está casi totalmente desvinculado. Si recordamos la película Los amigos de Peter tendremos un ejemplo bastante gráfico de a qué nos estamos refiriendo.

Pero incluso todo esto no es necesariamente un proceso arrollador y alienante. En las culturas hibridas de nuestro tiempo (García Canclini 1989), en la modernidad desbordada (Appadurai 2001), las gentes del medio rural, como hacen las de cualquier otro lugar, gestionan esos imaginarios y esas demandas para manejarse en sus vidas, y sacan partido de los recursos de que disponen y ahora se hacen deseables (Hernández y otros 2024). Los puristas juran en arameo por todo ello, y parecen preferir pueblos inmaculados y muertos.

Entiendo que el problema de partida es pensar que, para que sea deseable vivir en los pueblos, estos tienen que ser ciudades en pequeño, que deben disponer de las mismas infraestructuras, servicios y actividades económicas de la ciudad. Pareciera que no hubiera otra manera de legitimar las formas de la vida que homologar sus expresiones, validarlas, aplicar una norma ISO a lo rural. En los pueblos, microciudades idealmente, han de vivir personas que adopten el urbanismo como modo de vida, siguiendo la clásica definición de Louis Wirth. Esas formas de economía, sociedad y personalidad son las de la sobremodernidad, modernidad reflexiva, modernidad radicalizada, modernidad líquida o como se la denomine según el autor de referencia que tomemos (Bauman 2004, Giddens 1994, Auge 1993). Medir la vitalidad es medir el grado de urbanización: compras, viajes, espectáculos, etc. Una prueba de ello son los pueblos que quieren conseguir el label de modernos celebrando acontecimientos propios de las ciudades, como los macroconciertos, festivales anuales de referencia en el país.

El proceso de desarrollo del capitalismo ha dado lugar a la globalización de la modernización, en términos de Giddens. Vamos a enumerar a continuación una serie de características a las que tiende esa modernidad y que están en el lado opuesto al de aquellas de la sociedad tradicional y rural. Estamos hablando de individualización, quiebra de los lazos comunitarios, nomadismo, ruptura de la vinculación espacio-tiempo, espacio de los flujos frente al de los lugares, no lugares, tiempo intemporal, desanclaje, individualización, anonimato, contractualidad, mercantilización, reflexividad, desconexión con los ciclos de la naturaleza, revolución reproductiva, movilidad continua, velocidad de rotación de los capitales y los procesos sociales, innovación incesante, destrucción creativa, afinidades electivas, reducción de la familia, rechazo de la tradición, economías de concentración y de aglomeración, TIC, sociedad de la información y el conocimiento, flexibilidad, sociedad de consumo continuo y economía de servicios. Estamos hablando de una dinámica de la homogeneización.

Una cuestión fundamental, que para mí es la que decide el cariz de los asentamientos poblaciones, es la de que, en una economía de consumo y servicios, la concentración es un asunto fundamental, y la tendencia es que los sectores y prácticas vinculados a ello cobren creciente importancia. Si la producción puede ubicarse a grandes distancias y no es tan problemático el emplazamiento, habida cuenta del desarrollo de los medios de transporte y comunicación, el consumo favorece y se ve favorecido por la concentración y la especialización. No se trata ya de su dimensión instrumental, de los requerimientos materiales para llevarlo a cabo. Estamos hablando de las prácticas concretas de consumo como actos simbólicos fundantes de la realidad cotidiana contemporánea, de la identidad social de las personas en la sobremodernidad, de las opciones (teóricas, no reales, si se quiere, como señala Bauman) de compra, de la oferta en un espacio cercano de una plétora de productos y servicios.

En la sociedad de consumo, el hecho de comprar tiene una dimensión expresiva, ritual, es la forma en que se compra, los espacios solo de consumo, centros comerciales, calles comerciales. La demanda de presencialidad, de tacticidad en el consumo, está en lo rural solo parcialmente, falta el contexto de espacios para el consumo per se, la inmersión en ellos. Tener que desplazarse lejos marca distancias a la pertenencia al mundo del consumo, supone cierta exclusión de ese mundo. Si desde la ciudad se va a un factory, ello no se ve conceptualmente como desplazamiento, aunque sea desplazamiento físico, porque es un apéndice de la metrópolis. Se pertenece a los ámbitos de consumo, a la ciudad como ámbito por excelencia del consumo, privado o colectivo, de bienes o servicios, de ocio o de restauración. Se está junto a la amplitud de la oferta, que da la sensación de opulencia, de bienes ilimitados a disposición del consumidor. No estar en la ciudad es estar excluido, aunque se obvia la exclusión social del consumo de grandes capas de la sociedad, la marginación inherente al hecho urbano, que continuamente produce segregación espacial y social.

En ese sentido, el medio rural siempre estará en desventaja. Como sostenían Harvey y Castells hace décadas (Newby y Sevilla 1983), el fenómeno urbano se explica por las lógicas espaciales para el consumo colectivo, y eso no ha cambiado, ni siquiera con las compras online y el reparto a domicilio. O por el momento eso no es así, porque el futuro tiene más imaginación que los profetas.

Pero dicho esto, hace ya tiempo que sostengo que para entender las razones de la despoblación rural no hay que poner el foco principalmente en la falta de infraestructuras, empleo o servicios. El medio rural cuenta con más infraestructuras y servicios de los que ha tenido nunca, por ejemplo, la dotación de carreteras, saneamientos, centros educativos, casas de la cultura, instalaciones deportivas y de ocio o centros asistenciales. En lugares donde hay empleos, cualificados y no cualificados, la gente que los ocupa no vive en los pueblos, sino fundamentalmente en ciudades próximas. Véanse si no los casos del Espacio Natural de Doñana, Atapuerca, las cárceles ubicadas en el rural o los centros de investigación agraria de muchas comunidades autónomas, por no hablar del empleo en ayuntamientos, centros sanitarios y educativos. A diario son miles los profesionales que se desplazan desde sus domicilios urbanos a sus lugares de trabajo en el medio rural. Incluso en el empleo agrario sucede lo mismo, con población permanente o flotante que va a trabajar al campo desde áreas urbanas, con un número creciente de inmigrantes que lo hacen. Son muchos los jóvenes que prefieren un empleo precario en la ciudad a un trabajo fijo en el medio rural. Muchas explotaciones agrarias tienen problemas para encontrar trabajadores (Acosta Naranjo 2020 y 2021).

Por ser innumerables, no vamos a detenernos a hablar de las manifestaciones del estigma que arrostran los pueblos en nuestro país, que van desde las expresiones en el habla cotidianas (no me seas de tu pueblo), hasta la aparición de lo rural en los medios de comunicación, casi exclusivamente relacionada con crímenes o cuestiones chocantes o, si acaso, anecdóticas. Recordemos que el concepto de estigma de Goffman refiere a inadecuación a la personalidad social ideal, en nuestro caso, a la inadecuación al modelo ideal urbano. Como expuse un mi repaso al auge de la literatura de tema rural en el arranque del siglo XXI (Acosta Naranjo 2022), el tono de la mayoría de las obras transita de la nostalgia o de la idealización del universo rural perdido, a la España trágica, al drama rural. Es difícil encontrar obras en que se trate un pueblo desde la normalidad o la cotidianeidad desprejuiciada. Excepciones valiosas son, por ejemplo, la novela de Jesús Carrasco Llévame a casa, el libro Feria, de Ana Iris Simón o la película Alcarrás.

Entiendo que la batalla que hay que librar es la del imaginario social, la de la construcción de un relato alternativo que dignifique la vida en el pueblo, que se imponga a la narrativa, explícita, pero sobre todo subrepticia, de su desdén. Es en la lógica de ese batallar en la que están escritas las páginas que siguen, y en ellas se intenta arrojar luz sobre la vitalidad del medio rural a través del caso de una zona del suroeste español, la que más conozco. Estamos hablando principalmente de la comarca pacense de Tentudía y su entorno próximo, de donde soy originario y donde llevo a cabo investigaciones desde hace más de treinta años. En ellas se encuentran las localidades de Fregenal de la Sierra, Bodonal de la Sierra, Fuentes de León, Segura de León, Cabeza la Vaca, Calera de León, Monesterio, Fuente de Cantos, Bienvenida, Montemolín, Pallares y Santa María de Navas. Por su cercanía, fuerte conexión con los pueblos de la comarca y por el conocimiento que tengo de ese pueblo, hago referencias también a Puebla del Maestre. Así mismo, habrá alusiones a comarcas colindantes, como la de Rio Bodión, Llanos de Llerena o Sierra de Huelva. Para algunas cuestiones concretas que era preciso saber de cara a este artículo, sobre todo las relativas a la vida asociativa y los eventos anuales, he realizado entrevistas en cada uno de los pueblos durante el verano de 2025.

Conviene avisar de que no se pretende que esta comarca sea representativa de la España rural, ya que esta es muy diversa (Roserman y otros 2013, Acosta Naranjo 2010). En efecto, tenemos áreas profundamente despobladas, en gran decadencia, y pueblos abandonados en muchos casos, como por ejemplo la Serranía Celtibérica o el norte de Aragón. En la Baja Andalucía nos encontramos con el sistema de poblamiento de agrociudades, de grandes núcleos de población antes agraria y que suponen una red urbana sólida y que resiste mejor que la media el retroceso poblacional. Finalmente, existen espacios agrarios sumamente dinámicos, con agricultura intensiva de invernaderos o bajo plástico, que atraen una población creciente, sobre todo inmigrante, que en nada se parecen a las imágenes de abandono rural que tanto se prodigan en los medios en otros territorios. En el caso de Tentudía nos encontramos en una situación a medio camino entre la de los territorios rurales dinámicos y los que están en franca decadencia (Molinero 2017).

 

La España Vacía, o las trampas de las buenas intenciones

Hay una base común a las perspectivas rurófobas y a una buena parte de las rurófilas en la contemporaneidad. Se trata de una visión jerárquica de lo urbano y lo rural, de una perspectiva de inferioridad este último, bien sea por desdén, en las primeras, o por paternalismo, en alguna de las segundas. Sería necesario un ingente trabajo de inventario y análisis de las formas en que lo rural es denostado, explícita o subrepticiamente, en algunas de sus manifestaciones. Puesto que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, conviene ir mirando cómo se ha ido pavimentando la senda de la España Vacía. 

Evidentemente, es digna de elogio la labor de los autores que dieron nombre y materialidad a esa realidad, empezando por quien acuñó el término, Sergio del Molino (2016), siguiendo por otros como Paco Cerdá (2017), Virginia Mendoza (2017) o Alejandro López Andrada (2017). La denominación inicial de Sergio del Molino transmutó en la de España Vaciada, en un intento de no cargar la responsabilidad de la crisis en el propio medio rural. Sin embargo, el mismo concepto nos hacía ver que ya no quedaba nada, que el rural se había vaciado. 

Julio Llamazares propuso otra designación mejor que, sin embargo, no hizo fortuna, la de España Menguante, mucho más ajustada a la realidad, ya que visualizaba un proceso evidente en muchos casos pero que no daba por cerrado el futuro. Sea como fuere, lo que aparece ante la opinión pública como España Vaciada es un mundo rural decadente, de pueblos semiabandonados y donde se enseñorea la ancianidad y la decrepitud física y moral, la falta de servicios, trabajo y dinamismo económico. Como ya he dicho en otros sitios (Acosta 2021) es bastante frecuente en reportajes de televisión la imagen de un pueblo desmedrado, solitario, salvo por la aparición de alguna persona mayor e, inevitablemente, un gato que de manera despreocupada deambula por calles desiertas.

No quiero decir que sea lo único que se sepa de la España Menguante, porque también aparece de cuando en cuando, sobre todo con el estiaje informativo y la murria veraniega de las redacciones, alguna iniciativa que se presenta como exótica contra la despoblación. En no pocas ocasiones tiene el aire de aquel anuncio de un detergente con los pueblos de Villarriba y Villabajo haciendo una competición de macropaellas. 

Es en esa clave en la que quiero plantear los términos de este ensayo, en el del decrecimiento de gran parte del vigor de lo rural, pero del mantenimiento todavía de una vitalidad que no trasciende las más de las veces las lindes de los propios pueblos. Aunque esté herido, el medio rural no está muerto, aún resiste y es noble y merece la pena luchar por su pervivencia. 

El mayor problema es que las constantes vitales que nos hablan de su salud se miden en referencia a parámetros externos, los de las ciudades y los del ideal urbano, el de esa personalidad ideal goffmaniana que reparte laureles o estigmas a las gentes o las tierras, que pretende hacer entrar la realidad de los territorios y sus pobladores en el lecho de Procusto de la urbe global. Pero incluso en esos términos, aún quedaría partido por jugar. Es difícil reivindicar la vitalidad de lo rural y, aun así, esa vitalidad existe, y es de esos ríos subterráneos de lo que pasamos a hablar a través de unos cuantos ámbitos que hemos escogido. 

Antes de empezar el curso expositivo del artículo quiero advertir de dos cuestiones. La primera es que, como es sabido, hace ya mucho tiempo, décadas, que no podemos hablar del mundo rural como sociedades parciales con culturas parciales, como decía Redflield, puesto que está integrado en la sociedad general, mucho más aún con el proceso de globalización. En ese sentido, a pesar de una evidente brecha digital rural, las tecnologías de la información y la comunicación han roto aún más el aislamiento de antaño. Es un mundo interconectado con otras gentes, con diferentes instituciones y sistemas expertos y con el mercado. Todo ello permite también la pertenencia a la comunidad desde la distancia, con grupos en redes sociales de los que participan los que no viven en el pueblo.

El segundo asunto es que no voy a tratar de las cuestiones económicas como, por ejemplo, de la resistencia del sector agrario a pesar de su situación de dominación estructural por otros sectores, últimamente el financiero. No hablaremos de la invisibilidad de la discreta producción industrial en zonas rurales, especialmente de la multitud de polígonos industriales en los pueblos, sobre todo los de mayor tamaño. No nos pararemos a desglosar la proliferación de huertos solares o molinos eólicos por todo el territorio y la actividad económica en torno a ello. O de la existencia de no lugares, como la autovía que atraviesa la comarca y las áreas de servicio, alguna de ellas de unas dimensiones enormes. Finalmente, no abordaremos detenidamente los casos de especialización inteligente en la producción agrícola, industrial o de servicios, cual es el caso de las cárnicas en torno al cerdo ibérico, tan importante en este territorio. Dicho todo esto, sin dejar de considerar algunas de estos temas, me centraré en asuntos que tienen que ver sobre todo con la vida social y cultural.

 

La vida asociativa

Una de las fortalezas de un territorio es una sociedad civil robusta y uno de los recursos fundamentales para su desarrollo, contar con un relevante capital social. Su ausencia se señala como gran deficiencia del sistema social español, y resulta especialmente problemáticos en las regiones del sur (Acosta Naranjo y otros 2022, Alberich 2007). En ellas, no es que no exista sociabilidad y asociacionismo, que como veremos no es el caso, sino que es débil el tejido asociativo formal. En efecto, hay poca tradición de participación en los asuntos públicos a través de estructuras formales, estables y con capacidad de autoorganización, acción social colectiva e interacción con otros grupos y con las instituciones. Sin embargo, en la comarca existe un importante entramado de relaciones sociales informales, familiares, de amistad, vecindad o paisanaje. Son importantes las peñas o reuniones, es decir, los grupos de personas que a lo largo del año y durante toda su vida se reúnen en ocasiones señaladas, y en otras no fijadas de manera sistemática, para disfrutar de diversas maneras en común, como veremos más adelante en otro apartado.

Históricamente, las asociaciones que más raigambre y predicamento han tenido en la zona han sido las que tienen fines socioceremoniales. Hablamos de las hermandades encargadas de la organización de cultos y fiestas de carácter, en principio, religioso en los que participa la mayoría de la población, aunque a veces solo sea con la mera presencia y con fines de entretenimiento. Hay que tener en cuenta que las imágenes concitan adhesión más allá de lo espiritual, siendo referentes de identidad local, y las fiestas religiosas dan lugar a situaciones de sociabilidad o diversión.

No obstante, en los últimos tiempos podemos ver cómo se ha avanzado también en el asociacionismo formal en torno a entidades legalmente constituidas para otro tipo de fines. En los pueblos más grandes el número es exponencialmente mayor, ya que para algunas se requiere una cantidad mínima de personas para las que tengan utilidad. En ese sentido, si tomamos como ejemplo Monesterio, con unos 4200 habitantes, cuenta con 56 asociaciones. En el caso de Fuente de Cantos, con unos 4600, hay registradas 57. Pero, incluso en los pueblos más pequeños, existen en un número significativo. Por ejemplo, Pallares, con unos 340 habitantes, tiene siete. No quiere decirse que las personas inscritas en muchas de estas tengan una participación efectiva y continua, o que asuman responsabilidades en ellas, pero estas entidades tienen funcionalidad, independientemente de la intensidad de su actividad.

En casi todos los pueblos existe AMPA, sociedad de cazadores, de mujeres, de pensionistas, además de hermandades del patrón o patrona y, salvo en uno, de San Isidro. Es frecuente que haya hermandes de otras advocaciones importantes en cada localidad, dependiendo el tamaño. En los que no hay una cooperativa agraria, agricultores o ganaderos del pueblo pertenecen a la de algún pueblo vecino. Los mismo sucede con las Agrupaciones de Defensa Sanitaria. A ello hay que sumar en la inmensa mayoría alguna asociación cultural y en varios de ellos, de caballistas. Dependiendo del tamaño van apareciendo entidades de otro tipo. Así, el listado de toda la comarca incluye los siguientes tipos: peñas futbolísticas, asociaciones de senderismo, pesca, corales, amigos de los pastores alemanes, de los galgos, bandas de música, agrupaciones de teatro, asociación de minusválidos, inmigrantes, empresarios, comerciantes, autónomos, vecinos, viudas, Cruz Roja, Protección Civil, Cáritas, Manos Unidas, Ayuda al Pueblo Saharahui, Hermandad de donantes de sangre, equipos de fútbol, de baloncesto, tenis, tenis de mesa, ciclismo, motorclub, pesca, sociedades gastronómicas, grupos ecologistas, protectora de animales, peñas flamencas, peñas taurinas, ateneo, asociaciones musicales, juveniles, micológicas, de apoyo contra el Alzheimer, contra el cáncer o de discapacidad. La mayoría cuenta con un local propio, pero en algún caso los Ayuntamientos le ceden sus instalaciones, como sucede en Pallares o en Segura de León, que incluso tiene un centro de asociaciones.

Además de las actividades que atienden a sus objetivos específicos, otras de las que realizan tienen que ver con la captación de fondos. En este sentido, es muy frecuente que celebren actos alrededor de la comida y la bebida, en los que participa toda persona que lo desee, lo que jalona el calendario anual de los pueblos de una gran cantidad de acontecimientos.

Sumando los eventos que encontramos en los diferentes pueblos, fuera parte de las fiestas religiosas y de los eventos temáticos de las que hablaremos más tarde, los otros que hemos registrados en toda la comarca son estos o de este tipo: mercado medieval, mercado artesanal, noche en blanco, ciclo de conferencias, excursiones turísticas, festival de teatro, festival de cine, feria del huerto, catas y maridajes, carrera ciclista, concentración motera, presentación de libros, rutas senderistas, ruta teatralizada, caminos nocturnos, maratón de fútbol, además de diversos conciertos y recitales. Como vemos, el listado es amplio y diverso y nos da una idea de la continuidad e innovación en la vida social.

 

El mundo festivo

El dinamismo del medio rural puede ponderarse a través de distintos indicadores, que pasan desapercibidos para la sociedad general y las ciudades, ya que no suelen trascender a los medios de comunicación de masas y a las gentes que no tengan una relación directa con los pueblos. El fenómeno de las fiestas es una de las evidencias de vigor (López y Espeso 2024), y tiene al verano como estación de referencia por excelencia. El estío es para el mundo rural un tiempo muy singular, donde cobran vida los pueblos. Es cuando regresan por vacaciones, aunque sea por unos días, las personas nacidas allí y sus familias. Especialmente desde la pandemia se percibe la presencia de gente de la ciudadque alquila casas en verano o que las han comprado para todo el año, y que engrosa el número de los participantes en todos los acontecimientos. Eso permite visualizar una comunidad, ahora translocal, que sigue viva, aunque sea a través de una pertenencia intermitente. Es el momento de programar actividades culturales, festivas y de ocio que tienen más lucimiento en cuanto que asiste más gente, los retornantes y los de los pueblos vecinos, residentes o también retornantes. 

La proliferación de piscinas municipales en todos los pueblos supone un atractivo adicional, y este espacio público se convierte en un centro de disfrute, sociabilidad y también de actividades de todo tipo. Los campeonatos deportivos tienen ahora también su mejor momento. 

Si en los años ochenta y noventa fue el auge de las fiestas del emigrante, ahora se mantienen esos eventos festivos con otros nombres y se amplía el calendario estival con otros muchos acontecimientos. Basta echar un vistazo a las redes sociales, emisoras locales y periódicos digitales de los pueblos y comarcas para comprobar la efervescencia de que hablamos. No falta algún que otro personaje típico y recurrente de la época, lo que en algún pueblo ha sido definido y etiquetado como alcalde de verano. Se trata de un veraneante, un retornante, que sienta cátedra sobre lo que se debe o no debe hacer en el pueblo.

No suele ser el caso del suroeste ibérico, pero en muchos lugares de España, sobre todo en las localidades de menor tamaño, las fiestas patronales se trasladaron al verano, y especialmente a agosto, para poder contar con los efectivos demográficos mínimos para poder llevarlas a cabo. En otros, puede haber una celebración en torno a algún santo o virgen que tiene su día en otra fecha del año. Es el caso de Pallares que, aunque celebra la fiesta de su patrona en septiembre, hay una pequeña procesión de Santa María Madalena en julio. Santa María de Navas ha acercado la celebración de su patrona a mediados de agosto, cuando más veraneantes hay, y siempre en fin de semana.

La forma de expresión de la alegría, la vitalidad y el sentido de comunidad por excelencia en el estío festivo es la verbena. La música y el baile al son de una orquesta en la plaza del pueblo, las gentes bailando o sentada en veladores, comiendo, bebiendo, charlando y viendo a quienes bailan, los niños corriendo y saltando o montándose en los cacharritos, y los puestos de turrón o churros son todo un acontecimiento del ciclo anual que da cuenta de la vida, la tradición y la modernidad. Es ocasión de encuentro y reencuentro, de disfrute en común donde tienen su espacio niños, jóvenes, adultos y mayores. Es el alma del lugar, son los raudales del gozo al compás del pasodoble, amores de ayer y hoy meciéndose al son de un bolero y el júbilo que marca la rumba.

La música folk también tiene su momento cumbre en verano, con innumerables actuaciones de por toda la geografía española, y es en entonces cuando brotan los festivales folks, como Festisierra en Fregenal de la Sierra, que surgió en torno al grupo folklórico Los Jateros, con 43 ediciones a sus espaldas. En toda Extremadura hay actuaciones de grupos que cantan y bailan en escenarios móviles, como es el caso del ya legendario camión-escenario de la Junta de Extremadura que recorre los pueblos de la región.

En otras regiones de España, a finales de verano, por ejemplo, se celebra el Bicifolk, actuaciones de grupos de músicos que interpretan música de raíz de manera voluntaria y que recorren cada año una comarca distinta en bicicleta actuando en plazas de pueblos y a los que se suman intérpretes de la zona. En Andalucía es el momento de los festivales flamencos en incontables localidades. Sería interesante llevar a cabo un estudio especifico de economía de la cultura en torno a lo que supone la música folk para el medio rural español. Hay que tener en cuenta que, en las dos últimas décadas, sobre todo, está teniendo lugar un resurgir de las sonoridades de raíz, y una actualización de estas, con nuevos temas, instrumentos, formas de interpretar, acercamiento a otros tipos de música. Extremadura cuenta con más de un centenar de agrupaciones folclóricas, 80 de ellas pertenecientes a la Federación Extremeña de Grupos Folklóricos, a las que se suman las no federadas y grupos de folk. En el caso de Tentudía, el gran referente es el grupo frexnense Los Jateros, al que hemos referencia anteriormente. A ello se unen formas musicales de origen folclórico muy vivas y dinámicas, y así tenemos los grupos rocieros, de sevillanas, sobre todo, de los que hay varios en la comarca. El folclore vivo, no el de actuaciones para el público, sino el que se ejecuta en el contexto de rituales bien enraizados en la identidad tiene su mejor representación en la música y danzas al son de la flauta y tamboril de los danzantes del Corpus de Fuentes de León o los de la Virgen de la Salud de Fregenal.

En toda España es creciente el surgimiento de grupos de folk creados en los pueblos, o grupos de este estilo que se van al medio rural. En Extremadura nos encontramos casos muy relevantes, como los de Aulaga Folk, Acetre o Milo Ke Mandarine, pero otros muchos en el resto del país han hecho bandera de las raíces culturales y la vida en los pueblos y desde ellos son un referente de la reivindicación rural. Aunque no viva en él, Rozalén organiza cada año en su pueblo, Letur, un festival de músicas de diverso tipo que lleva ya unas cuantas ediciones. Eliseo Parra en su momento, y ahora El Naam, en Castilla y León o Casa Palma en Cantabria, son otros exponentes de músicos de folk que viven en el medio rural. Recientemente, un ejemplo muy llamativo y mediático es el de Rodrigo Cuevas, todo un fenómeno musical y cultural. Desde el pueblo asturiano de Piloña en el que ha se ha asentado activa la vida rural a través de una fundación. Joaquín Diaz alumbró hace tiempo ese camino, y hoy en día Urueña se ha posicionado en el mundo como el pueblo de las librerías y como lugar de referencia en la investigación en archivos sonores y escritos sobre música española de raíz. 

Pero para nuestro caso de reflexión, la referencia más sonora es la de Sanguijuelas del Guadiana. No se trata de un grupo de folk, aunque su primer álbum lo cierre una jota. Estamos hablando de música pop, con fuerte querencia a la rumba al estilo Estopa y que irrumpió con fuerza con un disco que lleva por título Revolá. El nombre refiere a un giro radical, el que dieron cuando decidieron volver de Madrid a su pueblo, Casas de Don Pedro, en la Siberia Extremeña, para grabar el disco. En él reivindican el mundo rural, la vida en el pueblo y las raíces extremeñas. Incluso se atreven a hacer una versión de un pasodoble de Los Cabales, un grupo de rumbas y pasodobles de los años ochenta y noventa que hizo furor en la región, aunque fuera de ella fueran unos totales desconocidos. En el panorama nacional han supuesto una sorpresa, siendo para algunos medios el disco del año y la voz de la España Vacía. En Extremadura, y en nuestra comarca en concreto, ha tenido una enorme acogida que pone en evidencia la receptividad sus gentes a estos mensajes y esta música. 

También en verano bulle la música más contemporánea por todos los pueblos, con actuaciones de diverso tipo, en vivo o con DJ. En Monesterio, por ejemplo, ha encontrado un hueco en el ciclo anual el Monesterio Rock Fest, pero hay otros encuentros musicales de este tipo sin fecha fija en otros lugares.

En definitiva, y volviendo al verano, en él se da una situación peculiar, una suerte de inversión simbólica de la realidad anual. Como hemos dicho, se visualiza la comunidad translocal, compuesta por los que residente permanentemente y los retornantes. Si el principal problema del mundo rural, y el marcador innegable de vitalidad, es el declive demográfico, el número de personas en el pueblo ahora repunta, y sirve de reservorio simbólico el resto del año, es una suerte de resurgir de la vida y del ambiente, una especie de primavera y renacimiento que se da sin embargo en el estío.

La otra estación emblemática del rebrotar de la vida y la fiesta es precisamente la primavera. El ciclo primaveral principia con la Semana Santa, y con la singularidad de las jiras, encuentros campestres en torno a la comida que se celebran en el campo, variando los días entre el Domingo de Resurrección y el Lunes de Pascua, seguido en abril por algunas romerías, como las de la Virgen de los Milagros en Fregenal. Pero es mayo el mes más colmado de celebraciones, empezando por la fiesta de las Cruces, que tiene su mejor exponente en las de Cabeza la Vaca, con cruces engalanadas y celebración de música, comida y sociabilidad en diversas cruces de las calles. 

Aunque nos salgamos de la comarca, no quiero dejar de pasar la ocasión para hablar del ciclo ritual para mí más hermoso, poético y hondo de todos los que conozco, las fiestas de las cruces en la vecina Sierra de Huelva y el Andévalo. Se trata de un universo mitopoético (Del Campo y Corpas 2005) en que se expone de manera dramatizada la interpretación que el mundo campesino ha hecho de la reproducción biológica y social, de la fusión del mundo de la cultura y la naturaleza y la renovación esplendente de ambas cada primavera (Acosta Naranjo 2002). Como canta el grupo Azarbe al hablar de mayo, “Bienvenido sea, alegrando valles, alegrando aldeas”. Con dos variaciones en el modelo, el de Berrocal y el de Almonaster y sus aldeas, podemos gozar de la sensualidad y la fuerza vital de pueblos que en el ritual condensan y expresan la continuidad del universo rural en los tiempos de la contemporaneidad.

En nuestra comarca de referencia son las romerías de San Isidro las que suponen el culmen festivo primaveral, algunas de las cuales duran hasta cinco días, a lo que se suma en todas ellas la realización de un camino la semana previa. Para no solaparse con las de pueblos de mayor tamaño, las de los más pequeños se van acomodando a fines de semana de ese mes. El Corpus cierra las celebraciones primaverales y el esplendor, y tiene su mejor exponente en Fuentes de León.

Como vemos, nos encontramos con celebraciones que suponen una fe de vida de los pueblos, y un esfuerzo de adaptación a los tiempos y los contextos sociales contemporáneos. Tradición y cambio, singularidad y homologación conforman la dinámica festiva. En ese sentido, el mayor prestigio de las celebraciones tradicionales es el espaldarazo institucional y mediático de su etiquetado como fiesta de interés turístico, al menos regional, como es el caso de la Romería de Fuente de Cantos, las Capeas de Segura de León, las Cruces de Mayo en Cabeza La Vaca, la Fiesta de la Chanfaina de Fuente de Cantos, el Dia del Jamón de Monesterio o el mencionado festival Festisierra. En Fregenal y Fuentes de León dos fiestas con esta categoría, la de la Virgen de la Salud y el Corpus respectivamente, tienen asociada otra expresión cultural con reconocimiento de patrimonio cultural, la de sus músicas, danzas y vestimentas. Ambas muestran el vigor de un folclore vivo y la persistencia de instrumentos (flauta de tres agujeros y tamboril), melodías, indumentaria y pasos de baile enraizados en la banda leonesa de Castilla-León, Extremadura y Huelva.

Dicho esto, nos detendremos en la revitalización del fenómeno festivo y las celebraciones colectivas. En efecto, la comunidad local es un sistema en permanente cambio. Siempre lo ha sido, pero la aceleración del tiempo histórico, o su compresión si se prefiere, hace que en épocas recientes ese dinamismo sea más evidente. El fin de la dictadura franquista supuso un renacer de la vida en España en todos los sentidos, y en los pueblos se tradujo en una revitalización de las identidades locales, empujado todo ello por las nuevas corporaciones democráticas y favorecido a su vez por el Estado de las Autonomías y el desarrollo el Estado de Bienestar en el medio rural en los años ochenta. Con la aceleración del proceso de globalización, las comunidades locales se reconfiguran no solo económica y territorialmente, sino también desde el punto de vista simbólico. En la era de la Información y la Comunicación cobra gran relevancia la imagen exterior, también la de los pueblos.

Surgen así eventos, o se reconfiguran otros, que quieren ser testimonio de la existencia de la comunidad local, que ahora pasa por la presencia en el mundo global. Uno de los ejemplos más vistosos son las fiestas y eventos locales. Hoy en día el ciclo anual de todos los pueblos de nuestra zona está colmado de fiestas, no solo en verano y primavera, de lo que ya hemos hablado. Con la crisis social rural de los años sesenta, algunas de las festividades desaparecieron, pero parte de ellas renacieron en los ochenta y posteriormente, ahora en parte como una reivindicación identitaria local. Así tenemos la celebración de la Candelaria y sus hogueras, la recuperación de los carnavales o la referida ampliación de días en las romerías de San Isidro. En Puebla del Maestre se ensalza ahora la fecha de la llegada de las Sagradas Reliquias al pueblo en el siglo XVIII, con una celebración en el campo, en la Encina de las Reliquias. Montemolín hace tiempo recuperó la celebración de San Benito en su ermita o Cabeza la Vaca ha reactualizado Santa Ana y la ensalada de papas. En Fuentes de León, el Martes del Tambor, hasta hace no mucho mortecino, tiene una fuerza social y simbólica rediviva, y en Bienvenida, la procesión del viernes Santo presume del resurgir de los Benedictos y sus cantos.

Es muy significativo el fenómeno de las nuevas fiestas civiles, que persiguen singularizar a cada pueblo, mostrarse al exterior a partir de alguna referencia identitaria idiosincrásica, o que pretender serlo. Es el caso de eventos que giran en torno a algún plato o producto típico. Tenemos por ejemplo el Día del Guarrito en Montemolín, La fiesta de la Chanfaina en Fuente de Cantos, la Probaílla en Santa María de Navas, la Fiesta de la Castaña en Cabeza la Vaca, la del Piñón en Calera, el día del Jamón en Monesterio, la Gastrorruta Jamón y Dehesa en Pallares o las Jornadas Gastronómicas del cerdo y la vaca en Segura, además de días de la matanza en diferentes pueblos. En otras ocasiones, son rememoraciones teatralizadas de acontecimientos históricos, como la representación de la Batalla de Tentudía en Calera de León, siguiendo la estela de dramatizaciones como las de El Alcalde de Zalamea en Zalamea de la Serena, la de Fuenteovejuna, o la Batalla de la Albuera. En Pallares, un acontecimiento de ámbito regional es el rali Culebrín-Pallares, puntuable para el campeonato de Extremadura.

Lo que se pretende con estos eventos es que sean algo único, refieran a la identidad local si es posible y puedan tener por su unicidad o singularidad proyección exterior. La lógica de los nichos de mercado posfordista se repite de manera fractal también en lo lúdico-festivo. Ahora ya no se trata de un día fijo en el calendario, sino que se ubica en fines de semana para conseguir atraer más público.

En Pallares, por ejemplo, el evento del año que más relevancia ha conseguido en los últimos tiempos es el de las dos gastrorrutas por la dehesa que en otoño y primavera organiza la Hermandad de San Isidro con el fin o conseguir fondos para la romería. Se da el hecho paradójico de que a esas caminatas acude más gente que a la propia romería, ya que en cada una de ellas concurren participantes de diversas provincias y ha tenido que ponerse un límite de 800 participantes, cuando en el pueblo están censadas 368 personas. El acontecimiento es muy significativo además porque en su organización, intendencia y desarrollo colabora desinteresadamente con su trabajo y saberes una gran cantidad de personas del pueblo.

Pero no se puede dejar de consignar que todos estos acontecimientos que acabamos de repasar comportan a veces una dimensión agónica, sobre todo en las poblaciones más pequeñas, en las que se pretende emular eventos de este tipo, pero sin contar con el mínimo de habitantes. Ya sabemos que los rituales son portadores de información sobre la vitalidad, también y sobre todo demográfica, de una comunidad y que la poquedad de la participación es un reflejo claro de la decadencia. Un ejemplo de ello lo tenemos cuando se trata de pueblos que celebran una fiesta en un día fijo del mes y que, por ello, la más de las veces cae entre semana. Así, en una celebración de la Candelaria, el 2 de febrero, en pleno invierno y entre semana en un pueblo pequeño, pudimos escuchar de labios de una mujer este comentario: “Nos estamos quedando en nada, como las espinacas”. Pero esa evidencia de decaimiento se contrapone en ese mismo pueblo con otros eventos anuales en fin de semana a los que acuden centenares de personas un año tras otro.

Venimos diciendo que el número de acontecimientos festivos en los pueblos ha aumentado de una manera muy significativa, y para explicarlo hay que tener en cuenta que la generalización del uso del coche y la mejora de nivel de vida han tenido un efecto multiplicador sobre las fiestas, ya que las gentes de pueblo asisten a fiestas en muchos otros. Si hace décadas se desplazaban a las de las localidades vecinas, hoy en día el radio es muchísimo mayor.

Aunque son frecuentes fiestas organizadas por hermandades, asociaciones, clubes, etc., los ayuntamientos son los que más las promueven. Es habitual la crítica, sobre todo de los grupos en la oposición, a las corporaciones municipales por el dinero que gastan en diversión, en detrimento según ellos de otras necesidades como, por ejemplo, el arreglo de caminos públicos. Con ocasión de las recientes oleadas de incendios forestales lo hemos podido comprobar.

Pero la diversión colectiva no se limita a eso. En los pueblos del sur de Extremadura un aspecto fundamental de la vida social es la comensalidad. Ello es evidente en las romerías, jiras y fiestas patronales, pero es un fenómeno muy frecuente a lo largo del año. Grupos de amigos que se reúnen, que en algunos sitios llaman peñas, en otras reuniones, tienen en la mayor parte de las ocasiones la comida como centro, en sus casas, pero sobre todo en las casetas de fiestas, en el campo, o en las edificaciones de las parcelas en este. En Segura de León, por ejemplo, nos dicen que entre septiembre y Navidad esa es la dinámica general los fines de semana, en este caso en pequeñas casas o naves en las parcelas del campo. Hay que tener en cuenta que construir una pequeña casa o una edificación de una sola nave, un salón corrido, es algo frecuente, sobre todo donde hay un estrato de pequeños propietarios que dispone de algún terreno. Estos se convierten en lugares de entretenimiento y reunión de allegados y es sumamente común en todos los pueblos de la comarca, en el ruedo del pueblo o no lejos de este por lo general.

Las antiguas calderetas que se daban en el campo para celebrar algún acontecimiento extraordinario y que congregaban a un grupo de amigos, exclusivamente hombres, han pasado a la historia. Ahora las comidas grupales, en el campo o el pueblo, no precisan de esa excepcionalidad, y de ellas participan hombres y mujeres.

Las matanzas tienen una dimensión que va más allá de la comida, que es fundamental en ellas. Aunque el número de personas que hacen matanza ahora es reducido, todavía persisten, y a ellas asiste el grupo social más cercano: familia, vecinos y amigos, que revalidan así su condición y estrechan lazos de una manera muy eficiente simbólicamente.

Asimismo, algunas de las asociaciones tienen como actividad común casi exclusiva la comida, como es el caso de alguna asociación cultural y de todas las de jubilados. Como ya dijimos anteriormente, las asociaciones y hermandados con frecuencia organizan actos para recaudar fondos y en muchos casos lo que hacen es preparar platos que luego se sirven en espacios públicos acompañados de bebida. Así tenemos las garbanzadas, paellas o migas que se prodigan en diferentes estaciones. También en eventos como las ferias del huerto se ofrecen platos preparados con productos de estos, como el pisto o la boronía en Calera. Los ayuntamientos promueven los eventos con comidas, al igual que hemos visto con las fiestas.

En ocasiones pudiera parecer que el problema es que la única acción social colectiva que resulta social y psicológicamente eficiente es la comensalidad, como se suele decir por aquí caundo es mucha la cantidad de lo que se come, la jartanga. Es muy ilustrativo de este fenómeno de la importancia de la comida en grupos lo que sucedió hace décadas durante una huelga de trabajadores eventuales del campo que, al no tener práctica en acciones de reivindicación, se limitaron a cortar alguna carretera y a hacer migas o calderetas.

Por su parte los jóvenes hacen botellonas los fines de semanas a lo largo de todo el año o con ocasión de fiestas locales y es frecuente que se desplacen a otros pueblos en busca de la fiesta, a veces alquilando furgonetas o incluso autobuses. 

 

Actividades culturales y de ocio

Más que nunca, pero evidentemente menos que en la ciudad, en los pueblos se da un buen número de actividades culturales y deportivas, tanto por iniciativa pública como privada y de las asociaciones, hermandades etc. Teatro, bailes, actuaciones musicales, exposiciones, cine, competiciones deportivas de diverso tipo, son algo frecuente. Si no en cada pueblo, al menos en las cabeceras comarcales hay academias de música o baile, artes marciales o similares. Se cuenta con biblioteca y gimnasio en cada pueblo, por pequeño que sea, y cada año hay talleres de temáticas variadas promovidos por instituciones públicas, ayuntamientos, Mancomunidad, diputación o consejerías. Los pueblos más grandes, como Monesterio, Fuente de Cantos o Fregenal, tienen casas de la cultura con salones de actos de gran capacidad. En el de Monesterio, por ejemplo, se realiza todos los años un ciclo de teatro, así como en Segura. Montemolín ha recuperado su antiguo corral de comedias para actuaciones de diverso tipo.

Fregenal de Sierra cuenta con el Premio internacional de Pintura Eugenio Hermoso, además de otro de pintura al aire libre. Fuente de Cantos, cuna de Zurbarán, tiene un concurso de pintura de alcance fundamentalmente regional. La pintura mural ha aparecido también últimamente en las paredes de los pueblos, reflejando la vida y la identidad local, como es el caso de Monesterio o Puebla del Maestre. Segura de León financia también residencias de creación de artistas de diverso tipo. Muy relevante por la especialización temática y el nivel de bastantes de los conferenciantes es la actividad del Ateneo Frexnense.

Si estamos atentos a la información de medios locales como la plataforma Tentudía al Día, o de diversos grupos de Whatsapp o Telegram que difunden la agenda cultural de la comarca, es incesante la cantidad de convocatorias que a lo largo del año aparecen en ellas en los diferentes pueblos. Tomando como referencia cercana lo que ocurre en la comarca colindante de Río Bodión, el escritor e investigador de Zafra José María Lama ha acuñado el concepto de ciudad extendida, con el que quiere resaltar la existencia de una vida cultural y una programación relevante en su zona, no concentrada en un núcleo urbano sino distribuida por todo el territorio. Si es habitual desplazarse en la ciudad a distancias a veces considerables cuando el evento no es en el barrio en que se vive, también lo está siendo hacerlo entre pueblos vecinos, a veces en menos tiempo real que el que se emplea en las ciudades para llegar al lugar del evento.

Igualmente, el deporte tiene más vigor que nunca, con gimnasios, pistas deportivas y polideportivos en todos los pueblos, por pocos habitantes que tengan. En ellos se llevan a cabo competiciones diversas, sobre todo de futbol, fútbol sala, pádel y tenis. Los ayuntamientos y particulares también programan cursos relacionados con el deporte o la salud, como yoga, pilates, gimnasia, mantenimiento, aquagym o zumba. Las actividades extraescolares de los colegios amplían asimismo la vida cultural, en este caso de los niños. Se da el caso paradójico de que mientras menos población hay, más instalaciones deportivas existen, al igual que sucede con los parques infantiles. La dotación de infraestructuras de este tipo por habitante se puede decir sin ambages que es mayor que en las ciudades de la región.

El ciclismo es un deporte que practica un número reducido de personas, pero que cuenta con la ventaja de disponer de muchas carreteras con poco tránsito y de caminos rurales para la bicicleta de montaña.

Una actividad de gran relevancia en las zonas rurales es la caza, y ello por razones de diverso tipo. Por una parte, está la que tiene que ver propiamente con el ocio. Es una forma de entretenimiento, exclusivamente masculina, eso sí, durante una parte del año. A ello se añade la dimensión de sociabilidad, pues en todos los pueblos han nacido sociedades locales de cazadores que se organizan para conseguir y gestionar áreas de caza. Aunque los miembros cacen en solitario muchas veces, gran parte de la actividad se realiza en compañía, sobre todo en las monterías y, además, se dan batidas en grupo para el control de zorros. También existen cotos privados que arriendan grupos de cazadores. Por otra parte, la caza y el formar parte de la sociedad local de caza es una manera de pertenencia al pueblo, pues en ella participan no solo los vecinos, sino también los originarios del pueblo u hombres casados con mujeres de la localidad. Por otra parte, la caza es un medio de mantener la relación con el territorio y el conocimiento de él, una apropiación cognitiva del espacio y una reivindicación simbólica del derecho a su disfrute (Acosta Naranjo 2008: 108-116).

La pesca, aunque sin tantos practicantes, también es una actividad de ocio histórica en la zona, alentada sobre todo por la existencia de dos embalses relevantes, el de El Pintado sobre el río Viar, y el de Tentudía sobre el Bodión, además de algunos ríos. Los aficionados se desplazan a lugares cada vez más lejanos para practicar su afición, especialmente a embalses en la provincia de Badajoz y Sierra de Huelva.

Es también muy relevante la recolección de espárragos silvestres, en la cual concurren también vertientes que tienen que ver con la identidad local, el género, la apropiación cognitiva del territorio, la sociabilidad, la economía moral, el ocio y la alimentación. Podemos decir que es un hecho social total y un fenómeno de primera magnitud en estos pueblos, del que he dado cuenta en diversos escritos. (Acosta y Guzmán 2022 y 2025, Acosta Naranjo y otros 2020).

En áreas de relativa humedad, como es el caso del este de la comarca desde Monesterio a Fuentes de León y Fregenal, el fenómeno social más relevante de la recolección es de los hongos: níscalos, gurumelos, tontullos, tanas y muchas otros, donde vemos elementos parecidos a los de los espárragos y la caza. Este interés por las setas es la base de una economía de recolección y una gastronomía singular, destacando en ello Monesterio, donde se creó un museo micológico y existen unas jornadas gastronómicas de las setas. En este último pueblo hay también una afición singular a la recolección y consumo de los rabiacanes (llamados en otros pueblos espárragos de caña), tallos tiernos de una planta querenciosa de las lindes.

A la gente le gusta recoger diversos frutos, cultivados o silvestres, de los campos, propios o de familiares y amigos, y así es un entrenamiento y placer coger higos, almendras, azofaifas, higos chumbos o aceitunas para aliñar, además de los referidos espárragos, a los que se suman otras especies silvestres como las tagarninas, collejas, romanzas o berros (Reyes y otros 2015, Acosta Naranjo y otros 2022). 

El cultivo de huertos de ocio es también una tarea de algunos hombres jubilados, como hemos dejado escrito en otro texto (Acosta Naranjo y Rodríguez 2025) y ocupa una buena parte de su tiempo, sobre todo en primavera y verano. En Monesterio y Calera se celebra en verano una Ferida del Huerto, con concursos de productos, charlas y degustaciones. Entre las personas mayores, los paseos son una actividad recurrente, por razones tanto de entretenimiento como de salud, y una ocasión de sociabilidad en bastantes casos. El gran inconveniente en muchos de los pueblos es que los caminos públicos y vías pecuarias han sido ocupados por propietarios privados y dificultan o impiden el tránsito de los vecinos por ellos. 

 

Visibilidad y medios de comunicación

En la era de la sobremodernidad el mundo rural tiene evidentemente las de perder. Ello está relacionado con las ventajas comparativas de los grandes núcleos en cuanto a procesos de concentración, economías de escala, consumo de masas, economía de servicios y generación de procesos de innovación. En el caso que ahora nos ocupa, los generadores de contenidos y las empresas de los producen no se encuentran en el mundo rural. Pero no solo se trata de una cuestión económica, sino que también versa sobre los imaginarios. Los creadores hablan de sus entornos, de lo que conocen, de lo que les resulta relevante, de lo que creen que es importante realmente, de aquello que consideran que puede interesar a sus consumidores. Hoy en día mucho de los contenidos, los digitales sobre todo, es posible consumirlos en casa, sea en el medio rural o el urbano, pero la cosa cambia si nos ponemos no en el bolsillo de quien consume, sino en la cabeza de quien crea. 

Si las grandes cadenas de televisión y radio, las redacciones de los periódicos y las productoras cinematográficas están en la ciudad, hablarán de y desde la ciudad. La inmediatez del material que la urbe y sus aledaños ofrece es muy tentadora. Difícilmente se entiende el rural por parte de esa constelación de gentes de la ciudad o emigrada a ella.  Sin embargo, también hay una producción desde los pueblos y un público que disfruta contenidos de temática rural, tanto en la urbe como en el pueblo. 

Si empezamos por la radio y la televisión, nos damos cuenta, a poco que nos paremos a ver y oír, de que las televisiones y radios autonómicas tienen espacios de temática rural en una cantidad mayor que la que se emite en las grandes cadenas nacionales. Así, Canal Extremadura, tanto en radio como en televisión, programa un buen número de contenidos netamente rurales, o en los que los pueblos ocupan una considerable proporción del minutaje del programa. No vamos a entrar en la discusión de la calidad de los contenidos de las cadenas generalistas. Según mi solo criterio personal y parcial, programas de televisión del canal autonómico extremeño, actuales o pasados, como El campo es vidaTerritorio ExtremaduraEl lince con botas El huerto de Renato, no desmerecen en nada de lo que se ve en la media de las emisiones generalistas. 

Más allá de espacios específicos, hay que consignar que buena parte de los contenidos refieren al medio rural cuando se trata de la programación general de cadenas autonómicas de regiones con menor porcentaje de población urbana o donde las grandes ciudades tienen un peso relativo menor. Lo mismo podemos decir de las radios de ámbito autonómico, no necesariamente públicas. En el caso de nuestra comarca, son muchas las personas que siguen la programación regional y, específicamente, la de temática rural, que está entre sus preferidas. Aunque con menos conocimiento personal del caso, también Teleonuba, con una delegación en Aracena, en la comarca lindera con Tentudía, es muy seguida en la Sierra de Huelva y emite contenidos sobre ella. Esta normalidad y cotidianeidad de los contenidos y las audiencias que estamos refiriendo es lo que falta cuando pasamos a ámbitos mediáticos mayores en España.

En el mundo rural también existen otros medios de comunicación y, así, las radios comarcales y locales permiten un acercamiento a la realidad del día a día en los pueblos y dan visibilidad a los intereses de sus gentes. Ya se trate de emisoras de cadenas nacionales o bien hablemos de las municipales, la cercanía entre comunicadores y población rural es mucho mayor, y evita caer en tópicos, estigmas o imágenes distorsionadas. En nuestro caso concreto, el de la zona de Tentudía y los Llanos de Llerena, tenemos tres emisoras de ámbito comarca: Radio Monesterio, Onda Cero Sur de Llerena y COPE Fregenal. 

Conviene en este punto recordar que los primeros sociólogos que abordaron el tema de la crisis social rural y el descrédito de su cultura en los años sesenta apuntaban como uno de los elementos diferenciales respecto a otros países precisamente la ausencia de una prensa local y comarcal en el mundo rural. Como hemos dicho antes, en España el proceso de modernización del franquismo tuvo lugar de manera muy acelerada y traumática, a la vez que entraba en crisis el modelo de agricultura tradicional (y esto es lo más relevante para lo que ahora tratamos) y en el momento en que se desarrollaban los medios de comunicación de masas, sobre todo la televisión, que abrumaban con contenidos urbanos, exaltaban las maravillas de la urbe y presentaban a las gentes del campo como catetas. La ausencia de medios de comunicación propios impidió contrarrestar la embestida y agravó el autodesprecio rural. 

Los medios digitales han venido en parte a suplir la carencia secular de prensa escrita. En la comarca existen hoy portales que recogen las noticias y eventos de los diversos pueblos casi en tiempo real como, por ejemplo, Tentudía Directo. La cercanía al territorio suple la frecuente falta de noticias en los medios regionales sobre algunas zonas, especialmente de los pueblos más pequeños. A eso se une la existencia de canales de Whatsapp o Telegram, como Bodión Informa, que da cuenta de asuntos diversos en la vecina comarca de Rio Bodión.

Algo innegable es la ausencia de salas de cine, pero, eso sí, hay dos concursos de documentales en la zona, el Festival Internacional de Cine Documental Andrés Oyola, de Segura de León, que lleva el nombre del recordado investigador y divulgador local, y el Certamen Internacional de Cortometrajes El Pecado, que surgió en Llerena a partir del trabajo de una productora local.

 

Los visitantes 

El turismo rural es un sector que cada vez tiene más presencia. Casi todos los pueblos cuentan con una casa, hotel rural o apartamento turístico, en algunos municipios son varios de ellos. Hay municipios que son referencia en ese sector, como Monesterio que, además de hoteles cerca de la autovía o la carretera nacional, tiene dos hoteles en pleno campo que aparecen en diferentes guías entre los diez mejores hoteles de lujo de España. Más allá de los alojamientos, la gastronomía también es pujante en la comarca, con algunos restaurantes con excelente reputación en los alrededores y en la zona de Sevilla. Esta área metropolitana es uno de los principales alicientes para el sector hostelero, como lo es también la Autovía de la Plata y el que el camino de la antigua Ruta de la Plata, de Sevilla a Astorga y Santiago de Compostela, se publicite como uno de los atractivos turísticos de Extremadura y de España. Es frecuente ver a lo largo de este itinerario caminantes o ciclistas a lo largo de él, a los que se ofrece en los bares lo que llaman Menú del Peregrino.

Las dehesas y los pueblos con importante patrimonio histórico-artístico como Llerena, Zafra, Calera de León, Montemolín, Fuente del Arco, Segura de León, Fregenal o Fuentes de León conforman un área de interés para los turistas. En Monesterio, por ejemplo, existe el Museo del Jamón y la Matanza, además del Centro de Interpretación de los Caminos de Santiago. En Fregenal está en proceso de creación el Centro de Interpretación del Humanismo. El monasterio de Tentudía y el conventual santiaguista en Calera de León son los monumentos emblemáticos del patrimonio y el turismo en la comarca, pero también son relevantes las cuevas de Fuentes de León, los castillos de Segura de León, Fregenal y Montemolín. En las proximidades de la zona, en la vecina comarca de los Llanos de Llerena, el casco de esta localidad, el teatro romano de Reina, la Mina La Jayona y el santuario de la Virgen del Ara, al que publicitan como la Capilla Sixtina de Extremadura, son ahora mismo uno de los grandes motores del turismo en el entorno y en la Baja Extremadura. La hostelería genera así en la zona ingresos a los propietarios y empleo a los trabajadores, pero igualmente da lugar a unos servicios que, además de los turistas, en algunos casos disfrutan también los vecinos. El sector da vida a los pueblos y está en auge.

Otro tipo de visitantes son los que tienen una segunda residencia en la zona, y a los que aludimos más arriba. Desde los tiempos de la emigración a las ciudades a partir de los años sesenta, bastantes naturales del pueblo vuelven a él en vacaciones. Unos mantuvieron la casa familiar y algunos otros compraron vivienda al cabo de los años. En los últimos tiempos parejas de jubilados han regresado para quedarse a vivir. Hay también un colectivo de personas jubiladas que pasa una temporada que suele ir de Semana Santa a noviembre, normalmente hasta el Dia de los Difuntos. A ellos se unen todas las personas que tienen casa o se alojan en la de sus padres los fines de semana y vacaciones. Por último, hay que destacar un fenómeno relativamente reciente, el de gente que, no teniendo previamente relación ninguna con el pueblo, o siendo muy escasa antes, ha comprado y rehabilitado una vivienda. Este fenómeno es especialmente significativo tras la pandemia del COVID, en que el confinamiento y cómo se sufrió en las ciudades hicieron mirar al medio rural como sitio deseable para vivir. Este hecho es muy relevante en Puebla del Maestre, a trasmano de carreteras, con un declive demográfico muy pronunciado y un número de casas vacías bastante llamativo y a muy bajo precio. Allí están comprando casas bastantes personas de Sevilla sin ninguna relación previa con la zona.

El fenómeno de las segundas residencias, que hace que no cunda el abandono y la ruina como en otras áreas rurales españolas, tiene sin embargo algunas consecuencias negativas en ciertos pueblos, en cuanto que supone una competencia para las personas jóvenes que quisieran acceder a la vivienda.

 

Rayos de luz

Como caso paradigmático de vitalidad en la Baja Extremadura, queremos hacer referencia a Valverde de Burguillos, en la comarca vecina de Rio Bodión, un ejemplo de éxito en la lucha contra la despoblación. Este pueblo, que cuenta actualmente con 265 habitantes, se ha posicionado como referencia en innovación social frente al reto demográfico. La clave de todo ello ha estado en la estrategia de cuádruple hélice para el desarrollo territorial representadas por la asociación ciudadana Activa Valverde, la Universidad de Sevilla, las pequeñas empresas y una cooperativa de consultoría, el Ayuntamiento, la Diputación Provincial, la Junta de Extremadura, el Gobierno de España y la Comisión Europea (Acosta Gijón y otros 2024 y 2025). El primer objetivo fue crear un campus rural, un concepto de universidad rizomática que saliera de los muros de la Academia y desarrollara actividades en el medio rural. Desde 2015, han sido 16 los TFG y TFM que se han llevado a cabo allí, además de una tesis doctoral y dos becas Campus Rural de la Universidad de Sevilla que financian conjuntamente el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. 

Con el resultado de todos estos trabajos se ha ido nutriendo el proyecto de desarrollo contra la despoblación y ha habido logros importantes: un centro de día para personas mayores y aula matinal; la construcción de una residencia de estudiantes con capacidad para 14 personas; la consecución de una Agenda urbana, única en la provincia para un pueblo menor de 5000 habitantes; el inicio de una comunidad energética; la designación de Valverde como sede rural del Festival europeo de la Nueva Bauhaus Europea que se ha celebrado allí en 2024 y 2025 y la referida radicación de la Fundación Repoblación. Valverde ahora se presenta en España como un lugar deseable para vivir en el medio rural, y son 14 los nuevos residentes en los últimos cinco años.

A partir de esa experiencia se ha iniciado en Pallares un proceso dinamización frente al reto demográfico. Pero aquí no se trata de una asociación contra la despoblación, sino que se trabaja para potenciar las ya existentes, fomentar la colaboración entre ellas y adquirir juntas capacidades de organización y gestión. En el proceso están implicadas las siete asociaciones del pueblo, pero la suma de todas ellas es mucho más que las partes. Como propiedad emergente del sistema, tienen capacidad para representar a la sociedad civil, ser su expresión y su herramienta, un instrumento de construcción de lazos y capital social y de lucha contra la despoblación.

Se trató en principio de la recuperación de caminos públicos y vías pecuarias ocupadas por fincas privadas, para conformar un itinerario que pudiera disfrutar la ciudadanía. Los incendios forestales en la zona en 2024 y 2025 hicieron surgir también la Red de Asociaciones Río Viar, en la que se integra la red de Pallares, junto a otras asociaciones de pueblos vecinos. A partir de todo esto han empezado a surgir otras iniciativas, como la realización de un documental que sirva como herramienta para reflexionar sobre la despoblación y el futuro del pueblo; la reconversión en obrador comunitario de la plaza de abastos que nunca funcionó; la reforma de una vivienda municipal para alojamiento turístico o albergue; la recuperación de las variedades locales; o la potenciación de la gastronomía local de cara a la hostelería. Todo ello forma parte de un Plan Estratégico de Dinamización contra la Despoblación que se está gestando en el pueblo.

 

Conclusiones

La comarca de Tentudía es una muestra de que el mundo rural está vivo y es dinámico. Incluso si para evaluar la vitalidad utilizamos parámetros urbanos, podemos ver que esta existe. Se han desarrollado infraestructuras, se ha avanzado en sanidad, servicios sociales, educación (incluso las escuelas con pocos niños son una ventaja para el aprendizaje), se ha dotado a la ciudadanía de servicios como nunca antes, se ha diversificado la economía, hay nuevos sectores de actividad y nichos de empleo, las prácticas de consumo propias del mundo urbano también penetran, aunque más modestamente en lo rural.

La vinculación con las ciudades y los mundos virtuales es evidente, y con ello las formas de ocio asociadas. El territorio se ha disciplinado siguiendo las lógicas de la modernidad avanzada, en bastantes cuestiones nuestro medio rural se ha vuelto deseable para la sociedad general. aunque sea para inmersiones o disfrutes puntuales. Se han puesto en valor activos del territorio y la cultura, se ha recuperado y fortalecido el patrimonio. El asociacionismo formal ha ido creciendo a lo largo de los años. 

Pero además de eso, se han mantenido formas de relación social y de interacción con el entorno específicas. La pertenencia, la proxemia, el sentido del lugar persisten, se han fortalecido formas culturales y rituales propios.  No sostengo que las dinámicas de la sobremodernidad no estén trabajando las bases de la vida en los pueblos. Si nos centramos en el mundo virtual y online, en el ocio televisivo o los contenidos digitales, o en las compras online, todo ello es una realidad también en los pueblos, y amplía los actividades y recursos de que se dispone.

Frente al supuesto de la escasa movilidad rural, tenemos la evidencia contraria, con frecuentes desplazamientos desde los pueblos a los campos, entre pueblos, de la propia localidad a las cabeceras comarcales y a las ciudades. Son movimientos por razones laborales, de compras, de gestiones o de ocio. El commuting rural es una constante (Camarero y Oliva 2023).

Pero, insistimos, el universo social local retiene dimensiones de proxemia, identidad y vinculación con los ciclos de la naturaleza. En ese sentido, suponen un reducto de resistencia a la modernidad radicaliza. Sería arriesgar demasiado si decimos que quizás por ello, por no ir en la onda de las rupturas sobremodernas, el mundo rural es denostado, explícita o implícitamente. Estaríamos ante una forma de aguante o contestación silente ante el arrasamiento cultural, social y ecológico de los nuevos tiempos y su vanguardia que es la ciudad.

Todo lo expuesto en este artículo nos lleva a plantear que es preciso construir una narrativa que contrarreste los discursos derogatorios de la ruralidad y reforzar la realidad de que la nueva ruralidad es también vitalista, pero con formas propias. Frente a la aceleración y el desanclaje, la cercanía y la quietud. Julio Llamazares, uno de los grandes baluartes de esa filosofía de lo rural, escribió que no es un error la lentitud y que el tiempo no tiene otra grandeza que su propia mansedumbre. También la ecología política se revela como una política del tiempo. Antonio Machado o Claudio Rodríguez, desde la poesía, nos hablan igualmente del mundo visto desde la cadencia del paseante y el remanso del tiempo. 

La pandemia y el apagón fueron un apagón de la cultura, dejaron en evidencia las estructuras y procesos desnudos, los contrasentidos de la sobremodernidad, pusieron en valor lo rural, fundamentalmente del espacio, por la reclusión y las fuertes servidumbres de lo urbano. Las dinámicas de concentración y especialización propias del capitalismo avanzado no se avienen con las características del poblamiento rural. La aglomeración de la población para atender las lógicas de consumo individual y colectivo chocan con una estructura de pequeñas poblaciones, pero estas se mantienen, se adaptan y reconfiguran.

 La cuestión final será si esta forma de vida perdurará en el futuro. No estamos ante el caso de los sistemas de poblamiento de baja densidad como los de Noruega o Finlandia, en que históricamente núcleos de pequeño tamaño o población en disperso han existido secularmente y lo siguen haciendo, manteniendo la funcionalidad del territorio. Lo que está por ver es si el proceso de regresión de la población continuará hasta la reducción al mínimo de los núcleos rurales españoles, de si los actuales van a mantener algún tipo de funcionalidad territorial que permita que sigan existiendo o no.

Muchos son los factores que pueden conducir a ello, pero creo que una de las razones fundamentales que pueden llevar a su aniquilación es la consideración de la de los pueblos como una forma de vida no deseable. Para abordar esta cuestión hay que partir de la consideración de que toda valoración tiene un patrón y un eje de respectividad, y toda enunciación, un contexto de plausibilidad. En nuestro caso, la valoración y la enunciación de un ideal de vida parte del eje y el contexto de lo urbano como lo ineludiblemente correcto, se explicite o no esa petición de principio. Jugamos por tanto con cartas marcadas. Si midiéramos la economía atendiendo a criterios de biodiversidad, sostenibilidad, renovabilidad, captura de CO2, probablemente el ranking de los territorios no sería el mismo que el imperante, que atiende sobre todo a la crematística más que la economía, en términos aristotélicos. 

Si lo aplicamos al ideal de vida, veremos que hay una sobreexposición a las narrativas de deseabilidad urbana. Es preciso abandonar la idea de atraso o inferioridad de la vida rural, de la negación de su contemporaneidad en términos de igualdad. Hace poco, en una crítica a la película Alcarrás, Carlos Boyero, paladín del rechazo a lo rural en el cine, decía que no entendía o no le afectaba la poética de ese costumbrismo rural. Es decir, todo lo rural es costumbrista, cosa que difícilmente se aplicaría a una película de temática urbana. En el polo opuesto, para Rodrigo Cuevas el folclore musical español es un elemento más de la contemporaneidad que él utiliza para conformar sus creaciones.

Hemos visto cómo en nuestra comarca de referencia hay acceso, aunque evidentemente más reducido, a las amenidades que el que se tiene en las ciudades, más aún cuando mucho de todo ello es ahora online. Pero igualmente vemos que hay unas formas de relación, de entretenimiento y de vida, en suma, que son diferentes y que blindan contra bastantes patologías sociales e individuales del mundo urbanoindustrial global. Desde la perspectiva de los individuos más que del sistema, hay que tener en cuenta que uno de los principales problemas de la vida en los pueblos es el menor grado de libertad personal, y es el precio que hay que pagar por mantener los vínculos comunitarios, cuya falta es una de las razones de la actual crisis civilizatoria y de los grandes peligros para la sociedad. Cómo conciliar libertad y pertenencia es el gran desafío, tanto en el pueblo como en la ciudad, ya que no hay pertenencia sin obligaciones. Mientras tanto, el medio rural español aún está vivo, ha perdido población e importancia económica, se representa generalmente como paralizado y, sin embargo, se mueve.


 

 

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