1. Introducción
Uno de los principales retos socioeconómicos en España es la despoblación rural (Collantes y Pinilla 2019). En el caso de la provincia de León, una provincia que atesora una rica herencia histórica y cultural, observamos que la tendencia se cumple. Con anterioridad a 2024, la provincia de León ha experimentado una pérdida continuada de población, manteniendo una tendencia demográfica regresiva durante varias décadas. No obstante, a partir de 2024 únicamente se ha podido observar una ligera tendencia al estancamiento demográfico, según los datos del Censo anual de Población 2025 (INE 2025), evolución que se sitúa muy por debajo de la media nacional, donde la población ha seguido una dinámica de crecimiento positiva. En concreto, si lo comparamos con el contexto de la comunidad autónoma de Castilla y León, nos encontramos con que la población ha crecido en la comunidad un 0,39 por ciento, pero por debajo del aumento nacional que ha experimentado un crecimiento del 1,0 por ciento. En el caso de León el aumento ha sido de un 0,05 por ciento, lo que supone un crecimiento prácticamente nulo, pero sin la pérdida de población que ha sido una constante en los últimos años. Este aumento se ha producido por el saldo migratorio positivo y se explica por la llegada de población foránea procedente de otros países, según el informe de Migraciones y Cambios de Residencia del Instituto Nacional de Estadística (INE 2025). Esta llegada de población extranjera es lo que está amortiguando la sangría demográfica de la provincia de León. La única excepción a esta tendencia dentro de la comunidad autónoma de Castilla y León es la provincia de Zamora, que pierde un 0,4 por ciento. Este incremento generalizado de la población en la comunidad autónoma es debido a un repunte de la población extranjera del 10,33 por ciento, principalmente de países como Marruecos, Colombia, Rumanía, Bulgaria o Venezuela.
La consecuencia de esta pérdida de población afecta a la reducción de servicios, al envejecimiento demográfico y a la erosión del capital social según un informe de la OECD (2020), que realiza una evaluación integral de cómo las regiones y ciudades de la OECD progresan en una serie de aspectos relacionados con la salud, el desarrollo económico, y el bienestar de la población entre otros. A pesar de ello, el territorio dispone de recursos que habría que aprovechar y que pueden convertirse en motores de desarrollo sostenible, como son el patrimonio histórico, la diversidad natural, la gastronomía y las tradiciones entre otros.
Bourdieu (1991) señalaba que los discursos sociales influyen en la acción colectiva, y en este sentido, mientras las narrativas pesimistas refuerzan la inacción, las perspectivas optimistas provocan todo lo contrario, es decir, abren espacios para la innovación social y la resiliencia comunitaria (Bock 2015).
En este trabajo, planteamos por lo tanto un objetivo doble: por una parte, analizar las percepciones sociales locales sobre el futuro del medio rural en la provincia de León; y, por otra parte, proponer estrategias de desarrollo sostenible basadas en la innovación social, el turismo responsable y la valorización del patrimonio cultural y natural.
Para la consecución de estos objetivos, es necesario identificar y caracterizar los discursos predominantes, pesimistas y optimistas en las comunidades rurales leonesas, poniendo el foco principalmente en los propios habitantes del medio rural, y vinculándolos con actitudes frente al cambio y la innovación. En este tema, entran en juego los diferentes factores socioculturales que explican la resistencia al cambio y el inmovilismo en determinados sectores de la población rural. Así mismo, es necesario explorar las diferentes iniciativas sociales que incorporan innovación social, turismo sostenible y economía colaborativa, para poder evaluar su impacto en la resiliencia comunitaria. Por último, hay que analizar el papel del patrimonio histórico, tanto cultural como natural como recurso estratégico para el desarrollo económico y la preservación de la identidad rural.
2. Marco teórico
La despoblación rural en España es uno de los fenómenos más investigados en las últimas décadas, y dentro de España, Castilla y León es uno de los territorios más afectados por la pérdida de población, sobre todo desde mediados del siglo XX, tal y como afirman Collantes y Pinilla (2019). La gravedad de este fenómeno radica en que la pérdida de población no solamente implica una disminución demográfica, sino que lleva asociada la reducción de servicios básicos, el envejecimiento poblacional y la erosión del capital social. En este sentido, la literatura es recurrente en destacar que la despoblación genera un círculo vicioso, ya que menos población implica menor inversión y oportunidades, y esto a su vez provoca una aceleración de la migración (Giménez 2024). Y esta migración hacia áreas urbanas ha generado territorios con baja densidad de población y escasa inversión. Por lo tanto, se puede afirmar que la despoblación rural no es solamente un fenómeno demográfico, sino que como señala Acosta Naranjo (2022) es también un fenómeno cultural y simbólico, ya que se puede comprobar de qué manera las representaciones del mundo rural han cambiado, transformándose en territorios percibidos como “vacíos” o periféricos cuando antes eran espacios productivos. En este sentido, se debe identificar quién produce esas narrativas, desde dónde y con qué efectos. Entre los emisores de dichas narrativas podemos considerar los que se detallan a continuación: las instituciones del Estado y políticas públicas, que funcionan como marcos legitimadores de intervención; los medios de comunicación que difunden el discurso principalmente urbano-hegemónico; la academia y los expertos que de forma más sutil son emisores de representaciones que en ocasiones reducen el medio rural a variables demográficas o económicas; el mercado y el turismo que en ocasiones invisibilizan el trabajo agrícola, ganadero y reproductivo con narrativas para “consumir” experiencias turísticas frente a prácticas cotidianas locales; los nuevos emisores emergentes contrahegemónicos como retornados rurales y emprendedores sociales; y por último, y lo fundamental en este estudio, las narrativas de las propias comunidades rurales, que no son en absoluto homogéneas y que reflejan los discursos pesimistas interiorizados, los optimistas basados en orgullo rural y los ambivalentes. Precisamente estas narrativas pueden generar tensiones entre las propuestas de revitalización y los discursos nostálgicos, ya que influyen en la identidad y las políticas públicas.
Ante este panorama, hay que aludir al concepto de resiliencia rural, que se entiende como la capacidad de las comunidades para adaptarse y generar respuestas innovadoras frente a la adversidad (Wilson 2012). Ampliando el concepto, la resiliencia rural es especialmente importante en reorganizarse frente a crisis como la despoblación y el cambio climático. Esta resiliencia no está solamente limitada a la dimensión económica, sino que incluye múltiples factores culturales, simbólicos y sociales que pueden fortalecer la cohesión comunitaria. Adam Hernández (2023) señala que la resiliencia se basa en la auto organización, la creación de redes sociales y el aprovechamiento de los recursos endógenos. Autores como Bock (2015) señalan en este sentido, que la resiliencia se potencia mediante la diversificación económica, la cooperación y la valorización de recursos endógenos. Estos recursos endógenos son decisivos en el desarrollo económico local y son potencialidades propias de cada territorio que ayudan a afrontar el problema de la despoblación (González 2019). Esta vuelta al aprovechamiento de este tipo de recursos ha podido minimizar los efectos de algunas reconversiones industriales o mineras, ya que este potencial productivo puede impulsar una dinámica de empleo social sostenible, donde se recurre más a las personas y a sus relaciones sociales más que grandes capitales financieros.
La innovación social se entiende como la creación de soluciones colaborativas que responden a necesidades sociales no cubiertas por el mercado o por el Estado. Estas soluciones fomentan además la cohesión y el desarrollo (Moulaert y otros 2013). Algo inherente a la innovación social es su capacidad para provocar pequeños o grandes cambios futuros, económicos o tecnológicos, y diseñada para establecer futuros desarrollos de las prácticas sociales, la economía y la tecnología (Abreu 2011). Si este término lo trasladamos al contexto rural, debemos incluir cooperativas, proyectos culturales, turismo comunitario, modelos de economía social y plataformas digitales específicamente encaminadas a responder a las necesidades del medio rural. La importancia de la innovación social radica en que transforma dinámicas sociales y fomenta la resiliencia a la que se aludía anteriormente. Además, la innovación social introduce cambios tecnológicos. Neumeier (2017) apunta que este tipo de iniciativas deben combinar tradición e innovación. Para algunos autores (Vercher y otros 2022) estas iniciativas suelen combinar tradición e innovación, integrando saberes locales con herramientas digitales. La innovación social se puede considerar por lo tanto como un valor compartido, puesto que el valor creado va a parar, sobre todo, a la sociedad en su conjunto y no a manos privadas (Phills y otros 2008).
Otro apartado, del que se viene hablando desde hace tiempo pero que no es ni mucho menos desdeñable es el turismo sostenible y el patrimonio. La organización mundial de turismo (UNWTO 2021) señala que el turismo basado en identidad cultural y recursos naturales es vital para general empleo local y también para preservar las tradiciones, algo que es fundamental para la salvaguarda del patrimonio inmaterial que es muy vulnerable, siempre y cuando se evite la sobreexplotación y se promueva la participación local. En este sentido, Lane y Kastenholz (2015) advierten del riesgo de la “turistificación” del medio rural, entendida como un proceso que puede derivar en la pérdida de autenticidad cultural y territorial cuando el desarrollo turístico no se acompaña de mecanismos adecuados de regulación y especialmente, de gestión participativa por parte de los actores locales. Asimismo, Viñals y otros (2017) enfatizan la necesidad de modelos participativos que promuevan experiencias auténticas, respetuosas con la identidad cultural y compatibles con la sostenibilidad social del territorio.
3. Metodología
La metodología se inscribe en el método cualitativo, adoptando como estrategia el método etnográfico de manera principal. A través de este enfoque podemos comprender las dinámicas sociales, los discursos y las prácticas culturales que configuran la vida en el medio rural leonés, así como las percepciones locales sobre su futuro. La etnografía nos ofrece una mirada holística sobre la interacción entre tradición, innovación y sostenibilidad (Hammersley y Atkinson 2007) que nos permite captar la dimensión simbólica y relacional de los procesos sociales.
El trabajo de campo se desarrolló a lo largo de un periodo total de tres años (2023-2025), de forma discontinua, lo que permitió contrastar discursos y prácticas en diferentes momentos. El ámbito de estudio se circunscribe a la provincia de León. El trabajo de campo se desarrolló en varias comarcas de la provincia de León, principalmente en la zona de la Ribera del Órbigo, Bierzo Alto y Sur de León, seleccionadas por su diversidad en términos de población, riqueza patrimonial y presencia de iniciativas de desarrollo local, y, además, para responder a un criterio de heterogeneidad territorial que permita analizar las distintas trayectorias rurales. Se realizó un muestreo intencional complementado con la técnica de la bola de nieve y donde se incorporaron perfiles heterogéneos como residentes permanentes, visitantes discontinuos, emprendedores rurales, representantes institucionales y agentes culturales, con el objetivo de incorporar perfiles diversos que reflejaran la pluralidad de posiciones sociales y experiencias en el medio rural.
Con respecto a las técnicas de recogida de información, se realizaron en total 30 entrevistas semiestructuradas con la participación en 5 eventos comunitarios, concebidos como espacios de discusión colectiva e interacción social (grupos de discusión que se desarrollaron en la provincia de León en forma de filandones, Jornadas sobre el medio rural o asambleas vecinales), en localidades como Páramo del Sil, Carrizo de la Ribera y Boca de Huérgano. Es necesario aclarar que el término “filandón” se corresponde con una práctica tradicional del ámbito rural leonés que consiste en reuniones comunitarias nocturnas, en torno al trabajo doméstico y al fuego, donde se comparten relatos, experiencias, memorias y saberes de forma oral, en un contexto de sociabilidad informal y que forma parte del patrimonio cultural inmaterial leonés. En la actualidad, haciendo una similitud con los grupos de discusión, se utiliza en el marco de esta investigación como herramienta social y metodológica, funcionando como un espacio de conversación colectiva muy útil para la recogida de narrativas locales y la producción compartida de significados. El filandón ha sido analizado desde una perspectiva etnográfica como una institución fundamental de sociabilidad y transmisión cultural en el medio rural leonés (Puerto 2024).
Las entrevistas semiestructuradas estuvieron orientadas a explorar percepciones sobre despoblación, oportunidades de desarrollo, innovación social y sostenibilidad. La observación participante en estos contextos permitió acceder a discursos informales, dinámicas sociales y prácticas simbólicas que difícilmente emergen en entrevistas individuales. Las entrevistas fueron mayoritariamente abiertas y flexibles, y el trabajo de campo se estructuró en torno a unos conceptos analíticos clave que orientaron tanto las entrevistas individuales como los grupos de discusión.
Los principales conceptos analíticos clave del guion fueron los siguientes: despoblación, respuesta institucional a los problemas del campo, acceso a servicios, memoria, relevo generacional y expectativas de futuro, identidad, orgullo rural, innovación social, turismo sostenible, patrimonio rural, sostenibilidad ambiental y choques intergeneracionales.
Estos ejes permitieron recoger narrativas heterogéneas para poder realizar el posterior análisis. El análisis temático del material etnográfico permitió identificar diferentes categorías discursivas basadas en las percepciones locales, entre las que destacan las narrativas de declive, de nostalgia, esperanza, identidad y ambivalencia, que coexisten y se entrelazan, evidenciando la complejidad del campo social rural contemporáneo.
En el siguiente listado se realiza una agrupación por bloques de la tipología de informantes-colaboradores y colaboradoras con sus características principales, sin detallarlos individualmente y para preservar debidamente su identidad:
- Jóvenes rurales: personas menores de 35 años residentes o vinculadas al medio rural; incluye tanto población que permanece como jóvenes en proceso de salida o retorno.
– Personas mayores: población de edad avanzada, generalmente con trayectorias laborales ligadas al sector agrario, ganadero o forestal, portadora de memoria social y saberes tradicionales.
– Habitantes permanentes: residentes estables en el medio rural, independientemente de la edad, con una vinculación cotidiana al territorio.
– Retornados/as: personas originarias del medio rural que, tras periodos de residencia urbana, han decidido regresar de forma permanente o semipermanente.
– Visitantes ocasionales: personas con vínculos familiares, laborales o emocionales con el territorio, pero con presencia discontinua (fines de semana, vacaciones).
– Población extranjera: residentes de origen extranjero establecidos en el medio rural, con trayectorias migratorias diversas y distintos grados de inserción comunitaria.
En relación con las consideraciones éticas, la investigación se ajustó a los principios de la American Anthropological Association (2012): consentimiento informado, anonimato y confidencialidad y respeto cultural.
4. Resultados
El análisis etnográfico realizado en diversas comarcas de la provincia de León pone de manifiesto una notable polarización en las percepciones sobre el futuro del medio rural. Estas percepciones no son homogéneas ni cerradas, sino que se inscriben en una diversidad de marcos narrativos y representaciones locales, los cuales expresan expectativas, experiencias y posicionamientos diferenciados. Las dos tendencias principales de este entramado que nos encontramos son: una orientación marcada por el pesimismo, asociada a la idea de declive y abandono, y otra de carácter más esperanzador, vinculada a la capacidad de transformación y a la innovación social. Sin embargo, las dos tendencias conviven con ambivalencias y contradicciones internas que en definitiva no reflejan más que la complejidad del fenómeno rural contemporáneo. A continuación, se analizan ambos discursos, atendiendo a sus matices y a las tensiones que se producen desde las miradas locales sobre el futuro del territorio.
4.1. Discursos pesimistas: abandono, incertidumbre y migración
Los discursos pesimistas se fundamentan en la percepción por parte de los habitantes del medio rural de un abandono institucional y un déficit de servicios públicos básicos (sanidad, educación y transporte) que refuerzan la idea de que el medio rural carece de condiciones para garantizar una vida digna. De hecho, no son infrecuentes las manifestaciones en las calles que aglutinan a los habitantes del medio rural, a lo largo de todo el territorio nacional en torno a esta problemática, exigiendo una transformación en las políticas que afectan a estos territorios rurales y la adopción de medidas que garanticen la protección de sus ecosistemas.
Esta situación se vincula además con la falta de oportunidades económicas y laborales que impulsan a la población juvenil hacia entornos urbanos y generan un marcado envejecimiento poblacional. Algunas de las personas participantes en la investigación más jóvenes señalan que les gustaría quedarse en el pueblo “si hubiera más trabajo” pero el principal problema es que en muchas localidades existe también la falta de viviendas para vivir, ya sea para comprar o alquilar, al igual que sucede paradójicamente en las grandes ciudades. Frente a esto, se debe recordar que la tendencia en las últimas décadas es que la sociedad urbana ha sido fomentada como ejemplo de país moderno en contraposición a una sociedad rural que tradicionalmente había sido asociada al atraso o al inmovilismo, hecho que de alguna manera ha calado en la mentalidad de las gentes (González y Fernández 2022). Una de las quejas habituales al respecto, es que el medio rural ha sido tradicionalmente utilizado para cualquier necesidad de la población urbana sin recibir a cambio ninguna contraprestación, y este sentimiento está bastante generalizado en las narrativas de los pobladores rurales. Baste como ejemplo el hecho de que cada día más, se ubican en zonas rurales cada vez más despobladas parques aerogeneradores, parques solares y vertederos, así como embalses o centrales de biomasa. Este hecho, a juicio de la mayoría de las personas entrevistadas, supone una degradación de su entorno y una amenaza a sus formas de vida. De hecho, existe la idea generalizada dentro del mundo rural, de que en ese intercambio de productos y servicios campo-ciudad, la gente del campo siempre sale perjudicada y que dan más a la ciudad de lo que reciben. Muchas de las personas informantes insisten en que “si nosotros no trabajamos el campo no come nadie, y además hay que comer todos los días”.
Además, emergen preocupaciones sobre amenazas ambientales como son el cambio climático y las prácticas agrícolas insostenibles que incrementan la sensación de vulnerabilidad. Este punto es especialmente significativo y se ha puesto de manifiesto con los grandes incendios que ha sufrido principalmente el oeste de España en el verano de 2025 y que ha afectado especialmente a la provincia de León que ha sido la más afectada con 114.000 hectáreas consumidas por los incendios en tres semanas (Castellanos 2025). En este caso, los relatos son coincidentes en las entrevistas realizadas en distintos puntos de la provincia como Boca de Huérgano o Páramo del Sil, zonas afectadas por los incendios. Aunque el incremento de masa combustible en los montes no se debe a una sola causa, los y las informantes participantes en la investigación se decantaban mayoritariamente en sus testimonios en la idea de que se debe principalmente a la pérdida de gestión forestal y ganadera y al abandono de usos tradicionales, y todo ello ligado a la despoblación rural. Además, el abandono de actividades tradicionales como la extracción de leña y el pastoreo extensivo, que durante décadas desempeñaron una función clave en la gestión del monte, ha contribuido a la acumulación de biomasa, incrementando el riesgo y la intensidad de los incendios forestales. Los habitantes de estas y otras zonas rurales señalan en muchos casos una legislación excesivamente proteccionista que prácticamente les impiden realizar actuaciones como limpiezas del monte, resalveos, podas y quemas controladas que han sido siempre esenciales para la lucha contra los incendios forestales, y señalan además una inversión mínima por las administraciones públicas competentes. En este aspecto, las críticas hacia las administraciones públicas superiores a las locales son casi una constante. A través del trabajo de campo se ha podido constatar que las autoridades locales son muchas veces críticas con las administraciones superiores, ya sea autonómicas o nacionales, incluso si son de su mismo partido, porque muchas veces no encuentran respuesta a sus legítimas demandas y necesidades. En alguna de las reuniones a las que pudimos asistir en diferentes localidades afectadas por los incendios, las críticas a las instituciones competentes y a la legislación vigente en materia forestal eran constantes. La reclamación más habitual era la referida a “no poder hacer desbroces, retirada de árboles porque necesitas pedir permiso para todo”. En este sentido, algunos referían que hay una población urbana que no entiende el mundo rural y que se horroriza por el hecho de cortar un árbol, por ejemplo. Tampoco son infrecuentes las discrepancias entre agricultores o ganaderos con las asociaciones de ecologistas. Uno de los principales temas de discrepancias es el que se refiere al lobo. Desde WWF por ejemplo se insiste en que la fauna salvaje y los ganaderos tienen que coexistir, algo que desde la gente del campo se ve casi imposible. Los ganaderos, por lo tanto, celebran que se permita la caza del lobo mientras los ecologistas están en contra. Un comentario clásico entre los ganaderos y que se repite durante décadas es que “el lobo mata por placer. Mata una o varias cabezas de ganado y solo come una. Además, esconde el resto por todos los sitios”. Así, en muchos sitios de la montaña leonesa, como en Posada de Valdeón o en Oseja de Sajambre, por ejemplo, aseguran que en estos momentos están rodeados de lobos y que si no se hace algo puede acabar en la extinción de las explotaciones ovinas de la zona.
La combinación de todos estos factores produce la narrativa de incertidumbre sobre el futuro, aunque los informantes colaboradores reconocen el potencial del territorio para la sostenibilidad y el bienestar si se implementan políticas adecuadas.
4.2. Discursos optimistas: resiliencia, innovación y orgullo local
En contraste con estos discursos pesimistas, los optimistas se articulan en torno a la esperanza en la repoblación y el relevo generacional. Estos se sustentan en iniciativas emergentes materializados en proyectos de turismo rural, cooperativas agroalimentarias y emprendimientos vinculados a la economía social y otros relacionados con el turismo rural. Los factores que podrían revertir la tendencia demográfica a juicio de algunos informantes son la mejora de las infraestructuras, principalmente la digitalización, la diversificación económica y la mejora de la calidad de vida. La diversificación económica consiste en ir más allá de la agricultura y ganadería tradicionales, incluyendo el turismo rural, la producción ecológica, la innovación y los servicios avanzados. Sobre este tema, Mormont (1990) señala que la ruralidad, más allá de su rol tradicional, es una forma de confrontar la experiencia urbana, una base para formular nuevas demandas de calidad de vida. Algo sin duda relevante para la resiliencia rural es el asociacionismo rural. La unión voluntaria de productores del campo para lograr objetivos comunes como son el desarrollo productivo, el acceso a recursos, el fortalecimiento social y la promoción del interés común son fundamentales para intentar resolver los problemas que les afectan como colectivo. En este contexto, las formas de organización colectiva existentes en el medio rural, como cooperativas agrarias, entidades de producción local o asociaciones orientadas al desarrollo comunitario y a colectivos específicos como mujeres y jóvenes, desempeñan un papel fundamental en la dinamización de los municipios rurales. Estas iniciativas contribuyen de forma significativa a la identificación y atención de necesidades locales y al fortalecimiento del tejido social y económico. Resulta esencial, por tanto, impulsar que estas asociaciones rurales cooperen con las administraciones públicas en el democrático proceso de participación para tratar de solucionar los problemas y necesidades que les afectan. Los beneficios son claves, tanto económicos y sociales como territoriales, contribuyendo a la sostenibilidad y desarrollo integral de las zonas rurales. Aquí, respecto a este tema, también hemos encontrado algún testimonio que alude a la falta de apoyo, cuando no todo lo contrario, por parte de algunos vecinos cuando se intenta realizar alguna actividad pública o privada, ya sea productiva o de mejora para el pueblo o de otro tipo. No son infrecuentes los palos en las ruedas según señalaba una informante y describía este hecho con la frase siguiente: “pueblo pequeño, infierno grande”. Aludía en este caso a las dificultades referidas para sacar adelante un proyecto beneficioso para su pueblo.
Existe un elemento recurrente, especialmente desde el ámbito de la Antropología, como es el orgullo rural y la valoración de la cultura local que se ha encontrado, muchas veces expresada en la preservación de tradiciones y la celebración de la resiliencia comunitaria. Este discurso confirma la literatura sobre innovación social y resiliencia rural que enfatiza la importancia del capital social y la participación comunitaria para afrontar la despoblación (Moulaert y otros 2013, Hernández 2023, Bock 2015). Este término es tan importante, que en algunas localidades de España se celebra el “Día del orgullo rural” e incluso se otorgan premios como el “Premio orgullo rural” que concede la Fundación de Estudios rurales, vinculada a la UPA (Unión de pequeños agricultores y ganaderos) desde el año 2008 y que reconoce las trayectorias vitales y profesionales destacadas en la defensa y progreso del medio rural. A pesar de los problemas que conlleva la vida en el medio rural y que venimos señalando en la investigación, la mayor parte de sus habitantes llevan a gala el hecho de “ser de pueblo”, y sobre todo de “su pueblo”.
Como expresión de este orgullo local, a través del trabajo de campo se ha podido observar su manifestación en la celebración del carnaval de Carrizo de la Ribera (León). En particular, mediante la observación participante desarrollada en el seno de una asociación cultural de la localidad organizadora de los carnavales llamada “La Trepa”, se constató el profundo apego de la población local al “antruejo”, vivido y practicado como una tradición de fuerte arraigo histórico y transmitida de generación en generación, sorteando prohibiciones durante la dictadura franquista y retomándolo después a través de una ingente tarea recopilatoria por parte de dicha asociación preguntando a las personas mayores sobre cómo se celebraba el “antruejo” en tiempos pretéritos. El “antruejo” es una celebración tradicional del antiguo carnaval rural leonés, de origen incierto, vinculada al ciclo agrario y al tránsito entre el invierno y la primavera. Se caracteriza por el uso de máscaras, por rituales de carácter simbólico, por la inversión del orden social y por una gran participación comunitaria, funcionando además como espacio de expresión colectiva y crítica social. En la provincia de León tiene una gran fuerza identitaria y pervive como una de las manifestaciones más significativas del patrimonio cultural inmaterial leonés (Fernández y otros 2026). El hecho de tener que realizar reuniones maratonianas preparando el antruejo, revisando los trajes, las “mázcaras” como denominan a las máscaras en esta zona, y demás objetos para celebrar su carnaval a costa de horas de sueño o descanso, no es óbice para que durante esa semana se haga cualquier sacrificio para que todo salga perfecto. Es una muestra del orgullo que representa para sus habitantes mantener sus tradiciones, que mantiene la cohesión social y que puede servir también como promoción turística para atraer visitantes.
En este sentido, el turismo se ha convertido en un motor de desarrollo rural a nivel local, donde muchas veces el énfasis parece estar puesto en atraer visitantes por encima de cualquier otro criterio. Esta aparente mercantilización del campo parece estar motivada principalmente por la necesidad de generar recursos económicos, aunque también están presentes los factores sociales y culturales (Fernández y otros 2025). La investigación muestra que una buena planificación, una buena logística y una adecuada promoción turística, ha permitido a muchos emprendedores y empresarios aprovechar los recursos naturales y culturales para que los alojamientos de turismo rural tengan viabilidad. Hay que tener en cuenta que Castilla y León es el segundo destino preferido en los alojamientos de turismo rural en España, según los datos de la Encuesta de Ocupación en alojamientos turísticos (INE 2025).
4.3. Discursos contradictorios: nostalgia y pragmatismo
Existe también un hallazgo significativo como es la presencia de discursos contradictorios: habitantes que lamentan la despoblación y la pérdida de identidad rural, pero que simultáneamente prefieren que sus hijos migren a la ciudad para acceder a mejores oportunidades sociales, educativas y laborales. En este sentido, no se deben obviar las iniciativas impulsadas por movimientos sociales que abogan por la soberanía alimentaria y que han puesto de relieve el fenómeno de “retorno al campo” que se refiere a personas, en su mayoría jóvenes, que emprenden iniciativas socioeconómicas relacionadas con actividades tradicionalmente ligadas a las zonas rurales. Aunque en algunos casos es un fenómeno de neorrurales, en otros casos estos jóvenes pertenecían al medio rural y han retornado al origen, muchas veces una vez finalizados sus estudios. (Fernández y otros 2025). El término neorrural designa a personas de origen urbano que se instalan voluntariamente en espacios rurales como parte de un proyecto vital alternativo diferente, pero sin una experiencia campesina previa. Sus motivaciones pueden ser ideológicas, ecológicas o existenciales, siendo distintas de las lógicas agrarias tradicionales. Este término surgió en el siglo XX por parte de la sociología francesa de la mano de Léger y Hervieu (1979).
Esta tensión revela una dualidad entre la nostalgia por el pasado y la aceptación pragmática de éxodo urbano. Este fenómeno ha sido documentado en estudios antropológicos sobre la ruralidad contemporánea (Balazote y Valverde 2018, Gómez y Holl 2024, González y Fernández 2022).
Por otra parte, existe cierta desconexión entre el discurso político de la llamada “España vaciada” y las realidades de los territorios rurales. El primero, normalmente está construido en entornos urbanos y cuasi abstractos, mientras que el segundo mantiene que los habitantes del medio rural tienen que ser reconocidos como actores legítimos de un proceso político y no como meros receptores de ayudas. Por este motivo, hemos encontrado testimonios repetidos en diferentes entrevistas realizadas a las personas informantes colaboradoras, en diferentes lugares distantes unos de otros, donde manifiestan, por saturación, el hecho de que los que deciden no son los que habitan estos lugares, sino que las decisiones vienen de fuera, muchas veces con gran desconocimiento de la realidad rural, puesto que generalmente no se tiene en cuenta la singularidad y la gente del medio rural no es reconocida como actor legítimo. En relación con esto y como señala Gómez Pellón (2012), la propia Unión Europea reconoce que la imagen de la ruralidad ha cambiado, puesto que los valores tradicionales de la agricultura como el abastecimiento y la seguridad alimentaria comparten ahora protagonismo con la idea de patrimonio cultural y natural que dan lugar a otros espacios rurales. Estos nuevos espacios, pueden provocar tensiones que décadas anteriores no se producían, como puede ser el fenómeno de la turistificación.
5. Discusión
La investigación etnográfica nos muestra unos resultados que reflejan una polarización de discursos y producción social del pesimismo y el optimismo. Existe una polarización clara entre las narrativas de declive referidas al abandono institucional, déficit de servicios, escasez de oportunidades, amenazas ambientales y las narrativas de revitalización referidas a la repoblación, el relevo generacional, la diversificación económica y el orgullo rural. Esta dualidad no debe sorprendernos, puestos que los diferentes estudios sobre la “España vaciada” documentan de qué manera las infraestructuras socio asistenciales y culturales refuerzan percepciones de abandono y círculos de desaliento colectivo. Por lo tanto, los resultados nos hacen pensar que el mundo rural no es homogéneo, sino que conviven trayectorias de declive con nichos de dinamismo que abren espacios para narrativas optimistas informadas por oportunidades reales. Se requiere la actuación conjunta de la sociedad rural local y las administraciones públicas para convertir los problemas en oportunidades (García 2023). Precisamente, superar la mirada condescendiente y negativa puede generar oportunidades reales.
La resiliencia rural comunitaria emerge como un eje interpretativo de las voces más optimistas y apuntan a la innovación social como palanca para generar empleo estable, cubrir servicios esenciales y fijar población. La capacidad de auto organización, la vuelta al aprovechamiento de los recursos endógenos (González 2019) y la creación de redes de apoyo permiten absorber impactos y reconfigurar el proyecto comunitario. El marco teórico internacional conceptualiza la innovación social como reconfiguración de relaciones y gobernanza colaborativa para resolver necesidades no atendidas por el Estado o por el mercado (Moulaert y otros 2013, Bock 2015). Además de la dimensión organizativa, hay que tener en cuenta la importancia de los valores relacionales y los apegos emocionales a la naturaleza y al estilo de vida rural como motores de arraigo, incluso en contextos de abandono (López Zayas y otros 2024). Esta lectura ayuda a comprender por qué el orgullo rural y la celebración de tradiciones coexisten con demandas prácticas como el empleo o los servicios.
El turismo sostenible también aparece en los datos como una estrategia de diversificación compatible con la identidad local y la conservación ambiental, especialmente en territorios con un patrimonio histórico, cultural y natural relevante. La gestión participativa es fundamental para aumentar el impacto de este sector en el territorio. Por otra parte, la capacidad de control sobre ritmos y escalas y la autenticidad permiten evitar la turistificación (Lane y Kastenholz 2015), entendiendo este fenómeno como el impacto que el turismo masivo tiene en las poblaciones, transformando de forma notable la vida de los residentes locales, y que, como señala Rescalvo (2021), esa intensificación del turismo produce la apropiación física y simbólica de un territorio, con un impacto significativo en la población local. En este sentido, como señalan Fernández Álvarez y otros (2025) esta idea de las zonas rurales como lugares para visitar no es nueva. El intento de promocionar nuevos lugares por sus paisajes naturales, sus cualidades para practicar deportes o por su patrimonio cultural, distinguiéndolos de otros está generalizado en los últimos tiempos, y el territorio de Castilla y León no es ajeno a esta tendencia. La cuestión es que, en ocasiones, los programas de desarrollo rural suelen centrarse en el alojamiento turístico y descuidan las mejoras en infraestructuras y comunicaciones, que son esenciales precisamente para el desarrollo turístico, con lo que, por ejemplo, podemos encontrarnos lugares “idílicos” sin banda ancha adecuada para los visitantes.
Las narrativas optimistas que emergen del trabajo de campo apuntan a la innovación social como un trampolín para generar empleo estable y fijar población, además de permitir cubrir servicios esenciales. La literatura internacional apunta en este sentido que la innovación social reconfigura relaciones y gobernanza colaborativa para resolver necesidades no satisfechas por el estado o el mercado (Moulaert y otros 2013). Aquí debemos incluir a la economía social, que puede ser un aliado esencial para el desarrollo rural, sobre todo en municipios pequeños porque permite la inclusión de jóvenes, personas con discapacidad, mujeres, personas migrantes o personas de origen extranjero a través de la diversificación económica y la provisión de servicios de proximidad (Fundaciones PRIU 2025). La economía social, a través de las cooperativas, y consorcios público-comunitarios, permite la materialización de nuevos proyectos del tipo agroecológicos o solidarios, que surgen como respuestas transformadoras que promueven la soberanía alimentaria y la sostenibilidad del territorio (González 2017).
Los resultados han revelado también una contradicción entre el lamento por la despoblación y la preferencia porque los hijos migren a la ciudad. Este patrón refleja la colisión entre el habitus, es decir los valores de reciprocidad y arraigo, y las expectativas educativas o laborales en un entorno donde la estructura de oportunidades empuja estrategias familiares de movilidad ascendente fuera del territorio (Gómez y Holl 2024, Acosta 2022). Este discurso lo encontramos especialmente en la Ribera del Órbigo, donde se produce más del 95% del lúpulo de España. El trabajo del lúpulo es complicado, puesto que su cultivo es muy sacrificado. Se caracteriza por su elevada exigencia y fragilidad, ya que requiere una atención constante y un importante esfuerzo físico, con el riesgo permanente añadido de que la cosecha se pierda en las fases finales del proceso. Muchos de los lupuleros y lupuleras comentaban que cuando se jubilen, posiblemente los jóvenes no van a continuar. Sin embargo, recuerdan con mucha añoranza otros tiempos pasados, que, aunque eran más duros desde el punto de vista físico, se mantienen en su memoria colectiva como algo duro pero satisfactorio y por eso los miran con nostalgia. Sobre este tema, se puede afirmar que los nuevos tiempos han provocado cambios personales además de sociales, actualmente existe un mayor individualismo en el cultivo del lúpulo en contraste con el valor que se le daba con anterioridad a la colectividad y al servicio a la comunidad (Alfaro y otros 2024). Paradójicamente no quieren que eso ocurra, pero tampoco lo quieren para sus hijos. Esto sugiere que el discurso mixto del orgullo rural acompañado de la salida del medio rural es adaptativo ante incertidumbre y riesgos percibidos. El hecho de compartir ese sentimiento de orgullo rural y hacerlo colectivo, es fundamental para reforzar la implicación con el territorio, impulsar acciones y políticas valientes y para reconocer el trabajo de los y las que sostienen la vida en los pueblos.
Por último, es necesario señalar que el eje optimismo-pesimismo se ha utilizado en esta investigación como una herramienta analítica destinada a ordenar la diversidad de narrativas locales sobre el futuro del medio rural, y en ningún caso como una categorización moral ni psicológica de los sujetos. Desde la perspectiva antropológica de la que se parte, hay que decir que ambas posiciones deben entenderse como marcos interpretativos situados que expresan distintas formas de relación con la incertidumbre, la agencia y la expectativa. Estas orientaciones coexisten y se entrelazan en los discursos individuales y colectivos, reflejando por otra parte la complejidad social y la pluralidad de experiencias.
6. Conclusiones
Al iniciar esta investigación se planteaba un objetivo doble: analizar las percepciones locales sobre el futuro del medio rural y proponer estrategias de desarrollo sostenible en el marco territorial de la provincia de León. Los resultados confirman que las percepciones locales no son homogéneas, sino que configuran un campo de tensiones entre inmovilismo y apertura al cambio. Mientras los discursos pesimistas refuerzan la idea de declive irreversible, y están anclados en el abandono institucional, la falta de servicios, la migración juvenil o las amenazas ambientales, los optimistas proyectan escenarios de revitalización basados en innovación social, turismo sostenible y revalorización del patrimonio y se sustentan en la esperanza de repoblación, la diversificación económica, la innovación social y la valorización del patrimonio. Esta coexistencia de narrativas contradictorias plantea un desafío para las políticas públicas y las estrategias de desarrollo, que deberían integrar la dimensión cultural y simbólica en sus intervenciones.
La coexistencia en tensión, y a veces en contradicción de ambas visiones evidencia la necesidad de políticas y estrategias que integren tradición e innovación. Los modelos basados en turismo responsable, economía social, digitalización y gobernanza participativa son necesarios para revertir el declive y fortalecer la cohesión comunitaria.
Después de la investigación realizada se puede concluir que la despoblación no puede entenderse solamente como un fenómeno demográfico, sino que también es un proceso complejo que afecta a la estructura social, la identidad cultural y la sostenibilidad territorial. En el caso de León, observamos a la vista de los datos una mayor tendencia a la despoblación que en el resto de España. El estudio contribuye a repensar la ruralidad del siglo XXI, subrayando que, en gran medida, el futuro del mundo rural depende de la capacidad de transformar narrativas en proyectos que articulen la identidad cultural y la resiliencia territorial.
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