Gazeta de Antropología, 2012, 28 (1), artículo 06 · http://hdl.handle.net/10481/19934 Versión HTML  ·  Versión PDF
Recibido 26 diciembre 2011    |    Aceptado 27 marzo 2012    |    Publicado 2012-03
Profesionales frente a la intervención participativa. Comunicación y dimensión subjetiva
Professionals faced with participatory intervention. Communication and the subjective dimension





RESUMEN
La actitud de los profesionales ante la intervención participativa se focaliza habitualmente desde las relaciones de poder que enmarcan toda intervención social. Este estudio propone ampliar ese foco de análisis. La investigación se ha llevado a cabo en el ámbito de un plan de intervención pública en 16 municipios de una provincia andaluza, en el que se pretendían desarrollar formas participativas de intervención social. En este contexto se han estudiado: 1) las construcciones discursivas de los profesionales en referencia a la intervención participativa; 2) la forma en la que los profesionales y los vecinos representan discursivamente los contextos en los que se quiere intervenir; y 3) las propuestas concretas de intervención que hacen unos y otros. El análisis pone al descubierto la necesidad de desarrollar un marco teórico-analítico más amplio para la comprensión de la intervención participativa: sus condicionantes, consecuencias, catalizadores y bloqueos.

ABSTRACT
Studies that analyse the attitude of professionals when faced with participatory intervention tend to focus on the relationships of power that frame the entire social-intervention process. The research context was a public intervention plan implemented in 16 towns of an Andalusian province, which aims to develop participatory forms of social intervention. In this context the following aspects were studied: 1) the discursive constructions of professionals in relation to participatory intervention; 2) the way in which professionals and residents represent the target intervention contexts discursively; and 3) the specific proposals of intervention made by professionals and residents. Analysis reveals the need to develop a broader theoretical/analytical framework for the understanding of participatory intervention: its conditions, consequences, catalysts and blocking factors.

PALABRAS CLAVE
comunicación | conocimientos | intervención participativa | relaciones de poder | sujetos
KEYWORDS
communication | knowledge | participatory intervention | power relations | subjects


1. Introducción

Los profesionales tienen un papel central en los procesos de intervención social. Ocupan una posición bisagra entre los que toman decisiones políticas y las personas a las que van dirigidas las intervenciones, y asimismo, ejercen una notable influencia técnico-estratégica al controlar, en última instancia, la distribución de los recursos en juego. Constituyen, así, la “personificación” de las intervenciones, controlan recursos y conocimiento, mantienen posiciones de poder preeminentes e imprimen carácter a las intervenciones (Chambers 1983). Esta centralidad adquiere una dimensión especial si de lo que se trata es precisamente de transformar las clásicas formas top-down de intervención social hacia modelos más participativos, ya que este cambio hace aún más evidente su protagonismo (Cornwall y otros 2003; Eyben and Ladbury 2000) e implica una notable transformación de sus roles.

La acción profesional despierta un indudable interés analítico en virtud de la complejidad de las intervenciones (Warren 1998) que reflejan tanto la estructura organizacional de las instituciones como la de los programas de intervención concretos (Barret y otros 2005). A esto se le une el creciente interés por conocer las formas, condiciones y estructuras que faciliten la intervención participativa y su sostenibilidad (Nastasi y otros 2000), así como por dilucidar qué es realmente participación y qué cabe esperar de ella en el ámbito de la intervención social. La actitud de los profesionales empieza a ocupar un lugar destacado en estos estudios, considerándose como uno de los múltiples factores que pueden bloquear la intervención participativa, ya sea por su resistencia a perder el poder del que gozan o al eclipse de la hegemonía de su conocimiento (Chambers 1997, 2000, 2005). Como plantea Maritza Montero (2006: 178), “los profesionales pueden, aún inconscientemente, enfrentar la intervención desde la posición de superioridad de sus conocimientos y esto se revelará tanto en sus modos de establecer la relación y de comunicarse como en gestos nimios, pero muy significativos”. Sin embargo, los estudios sobre intervención y participación apenas consideran los efectos de las prácticas participativas sobre los profesionales a nivel subjetivo, y en la mayoría de los casos éstos aparecen diluidos y homogeneizados dentro de las organizaciones para las que trabajan (Eversole 2003, Nastasi y otros 2000). No obstante, los profesionales no son meras piezas de una maquinaria: la lógica de las organizaciones no subsume completamente las lógicas de los que las conforman. De esta forma, más allá de estas circunstancias, difícilmente se hace referencia a la dimensión que como sujetos tienen los profesionales: el profesional se hace y conforma como persona dentro del propio proceso de intervención; por tanto, ese carácter de sujeto debe ser tenido en cuenta para comprender su actuación y, por extensión, el desarrollo de la intervención en general.

La relación entre los profesionales y los usuarios de los servicios que prestan tiene lugar dentro de un marco de relaciones de poder, conocimientos diferenciales y cultura organizativa particular. Pero a todo ello habría que sumar la dimensión subjetiva, desde la que es posible comprender que esa relación profesional/usuario no es consecuencia mecánica, y por tanto predecible, del contexto sistémico en el que se produce. La posición estructural de los profesionales no hace sino reforzar el peso de los mismos como sujetos dentro de la intervención; pero los profesionales no actúan en las intervenciones sólo como profesionales sino antes que eso como personas.

Resulta paradójico que se estén utilizando dos sensibilidades analíticas muy diferentes para profesionales y usuarios; si bien es cierto que ocupan posiciones bien distintas en los procesos de intervención, no lo es menos que son igualmente sujetos de estos procesos, afectados por sus circunstancias comunicativas y subjetivizadoras. Así, habría que aplicar a los profesionales los mismos principios analíticos que aplicamos a los usuarios, esto es: huir de la homogeneización gratuita, considerarlos sujetos y no objetos de los procesos, analizar los efectos sobre ellos de prácticas y discursos ajenos, etcétera.

La investigación que presentamos tiene un formato de estudio de caso (Dalton, Elias y Wandersman 2000: 98), opción metodológica que estaría justificada en virtud de que:

a) El estudio se enmarca en un contexto específico: un plan de desarrollo local en zonas vulnerables, a partir del cual se propone un modelo para evaluar necesidades y recursos comunitarios, incorporando las implicaciones para los profesionales y para los miembros de la comunidad.

b) Sigue una estrategia que permite emplear fuentes de datos diversas, especialmente cualitativas, y describir procesos a modo de datos situados temporalmente para conocer en profundidad las dinámicas de un escenario concreto (en este caso los Diagnósticos Rápidos Participados).

c) Es una opción metodológica que permite describir cambios y relaciones de causalidad al tiempo que realiza propuestas teóricas a partir de una experiencia particular.

Desde esta perspectiva, analizamos la transformación de los roles profesionales en un proceso de Investigación Acción Participativa (IAP) prestando especial atención a las implicaciones del proceso en el propio self del profesional y en sus relaciones con las comunidades y grupos para, y con, los que trabaja. Para ello hemos explorado sus percepciones sobre los procesos participativos (Abram 1998, Arce y Long 1993, Edgar y Russel 1998, Hess 1997, Kaufman 1997, Portier 1993, Stevenson 2003) ya que consideramos que la dimensión discursiva es estratégica para comprender la actitud del profesional ante la transformación participativa de las intervenciones.

 

2. Contexto de la investigación

El Plan de Desarrollo Local, como lo denominaremos de forma genérica, fue iniciativa de una diputación provincial andaluza (2003) para aumentar la calidad de vida y el bienestar social en barrios y zonas vulnerables de municipios rurales. Para ello se pretendía aplicar un modelo de intervención pública que optimizara la coordinación institucional y contemplara la participación ciudadana. En este Plan participaron un total de 16 municipios y la elección de las zonas urbanas específicas en cada localidad fue articulada mediante el trabajo independiente de una consultora que, utilizando información secundaria, determinó qué contextos urbanos en cada pueblo respondían a esa categoría generada ad hoc como “zona vulnerable”.

Los pueblos integrados en el Plan de Desarrollo Local tienen una población media de 15.000 habitantes, y las barriadas objeto de intervención presentan características muy homogéneas. Desde un punto de vista urbanístico es de destacar la ubicación de estas barriadas en la periferia de los núcleos urbanos, en algunos casos incluso separadas espacialmente del resto de la localidad. Mayoritariamente, estas zonas son promociones de viviendas sociales o de protección oficial. Las actividades económicas principales de sus vecinos tienen un carácter estacional, vinculadas preferentemente a la agricultura, la construcción o la venta ambulante. Suelen ser zonas con bajos niveles de ingresos y altas tasas de paro, se detecta una notable incidencia de la economía sumergida y, en algunos de los casos, de otras actividades ilegales (venta de drogas). Especialmente reseñable resultan las altos índices de absentismo escolar y analfabetismo. En muchas de estas barriadas se detecta un aumento de la presencia de población gitana e inmigrante entre su vecindario.

 

3. Proceso de la investigación

El plan se inició con la elaboración de diagnósticos rápidos participados en cada uno de los municipios seleccionados. Dichos diagnósticos, encomendados a un equipo con experiencia en intervención-acción participativa, se realizaron durante cinco meses de trabajo de campo en cada localidad y tuvieron una estructura homogénea.

Tabla 1: Estructura de los diagnósticos rápidos participados

Fase 1

Autoformación y presentación

Autoformación del equipo investigador.Primeros contactos con los mediadores del Plan de Desarrollo Local.Presentación del estudio (metodología y objetivos) a los políticos y técnicos de referencia de los pueblos.

Planificación en cada ayuntamiento para poner en marcha el proceso.

Al final de esta primera fase se comienzan a realizar entrevistas en profundidad a informantes clave en cada ayuntamiento, conjunto de la sociedad local y zona de intervención; así como a emplearse la técnica de observación participante.

Fase 2

Talleres técnicos

Realización de talleres y sesiones de trabajo (una media de 5 en cada municipio) con los técnicos y políticos de los municipios en torno a:1. Análisis/reflexión sobre los modelos de intervención, coordinación, organización y comunicación que utilizan cotidianamente.2. Realización de autodiagnóstico sobre las zonas de intervención.

Cada una de estas sesiones de trabajo culminaba con la devolución a los participantes de la información recabada que daba pie al inicio de la siguiente sesión.

Fase 3

Talleres vecinales

Realización de talleres y sesiones de trabajo con las asociaciones, colectivos no formales y vecinos de los barrios, para que ellos realizaran su propio autodiagnóstico de la zona en que vivían. Al igual que en la fase anterior, cada una de estas sesiones (una media de 3) culminaba con la devolución de información que daba pie al inicio de la siguiente sesión.

Fase 4

Plan de actuación integral para la zona

Elaboración conjunta (políticos, técnicos, asociaciones, colectivos no formales, vecinos…) del plan de actuación integral para la zona.Una vez elaborado este plan, se redacta el informe final del diagnóstico rápido participado.

Los diagnósticos rápidos participados reunieron a unos doce profesionales en cada localidad adscrita al plan (en total unos 180 técnicos). La participación de áreas y técnicos específicos fue designada por los responsables administrativos y políticos municipales, y las actividades (talleres y reuniones) se encuadraban dentro del horario laboral. Las áreas de intervención que mayor presencia tuvieron en los talleres técnicos fueron servicios sociales, desarrollo local, juventud, mujer y urbanismo (vivienda, obras), participando profesionales de dichas áreas en la práctica totalidad de los pueblos en donde se ha llevado a cabo el Plan de Desarrollo Local. Un segundo bloque de áreas serían seguridad ciudadana, salud, educación, deportes, formación y empleo, cultura, participación ciudadana, medio ambiente y economía, cuya presencia quedó reducida a un tercio de los pueblos. Los técnicos participantes -que conforman el universo de nuestra investigación- son en su mayoría titulados universitarios con formación en ciencias sociales, economía y derecho, adscritos principalmente a los ámbitos ‘de lo social’ dentro de la gestión local, aunque habría que destacar la presencia de otras áreas muy relevantes para la administración municipal como el urbanismo. Para el presente estudio lo más interesante es que se dispone de un abanico amplio de profesionales que intervienen desde áreas distintas y con formaciones académicas variadas, cubriéndose así un heterogéneo perfil técnico.

Por su parte, los talleres vecinales estaban abiertos al conjunto de la población de los barrios seleccionados para la intervención. Las formas de convocatoria fueron diversas y adaptadas a los tamaños, costumbres y coyunturas en cada barrio. Así se recurrió tanto a la invitación personalizada puerta a puerta, como a la convocatoria mediante circular, e incluso a la invitación formal enviada desde la alcaldía de la localidad. Estos talleres reunieron a un total de 253 vecinos (una media de 25 personas por barrio). El perfil de los asistentes fue muy variado, incluyendo, por supuesto, a los líderes vecinales y a muchos de aquellos que tienen un hábito de participación asociativa. Pero, sobre todo, habría que destacar una notable presencia de mujeres que no suelen tener una participación activa en las asociaciones del barrio.

El objetivo del diagnóstico rápido participado era doble. Por un lado, pretendía establecer una especie de consenso entre los políticos locales, los técnicos y los vecinos sobre un plan de actuación integral para cada zona. Esta era la intención manifiesta del Plan, base del interés por participar para los tres sectores implicados. Por otro lado, buscaba abrir cauces a otra forma de intervención pública, en la que la comunicación entre sectores tradicionalmente distantes se intensificara. Era en el contenido (la determinación de dónde y en qué intervenir), pero también en la forma (cauce participativo), en donde residía el valor del diagnóstico rápido participado y el sentido transformador para la intervención pública del Plan de Desarrollo Local. Después de determinarse el plan de actuación integral para cada barrio, el Plan de Desarrollo Local continuaría con la ejecución de todo o parte del mismo bajo la supervisión de los vecinos.

Los talleres que conformaron el diagnóstico rápido participado -y de donde se extraen los datos principales de este estudio- fueron coordinados por pares de facilitadores que utilizaron distintos recursos técnicos y de animación según la temática específica de los mismos. En todos los casos se tomaron notas sobre el desarrollo de las sesiones, información que se complementa con los materiales generados por las actividades colectivas de los talleres, así como por los diarios de campo de los investigadores. Al inicio del proceso se decidió no grabar las sesiones para no coartar la libre expresión de los participantes. En cualquier caso, cada taller generó un informe-acta que fue sometido a las matizaciones, puntualizaciones y final aprobación de todos los participantes (devolución). Estos resultados, junto a las entrevistas y las notas de campo, contribuyeron a la elaboración de un informe en cada fase del diagnóstico rápido participado que sirvió de base para la discusión del conjunto del equipo conforme avanzaba la elaboración del mismo.

De forma más precisa, en la investigación que aquí presentamos nos hemos centrado en la fase segunda y tercera de los diagnósticos rápidos participados. En la fase segunda el objetivo era convertir la cotidianidad de los profesionales en objeto de debate para, desde ahí, analizar en profundidad los efectos que los profesionales esperan del desarrollo de modelos de intervención participativa. Durante los talleres, los técnicos manifestaron cuales eran los aspectos positivos o ventajas y cuales los negativos o desventajas de incluir la participación en las intervenciones que llevaban a cabo. Desde el punto de vista de la investigación esto nos permite penetrar en las construcciones discursivas mediante las cuales los profesionales afrontan su trabajo y las eventualidades de la transformación participativa del mismo.

Por su parte, en la fase tercera (y parte de la segunda para los profesionales) se pretendía caracterizar la problemática de la zona en la que se iba a intervenir (autodiagnóstico) y posteriormente elaborar propuestas de solución a los problemas expresados. El análisis de la forma y el contenido de los discursos de técnicos y vecinos en estos talleres sirven de marco para profundizar en la dimensión comunicacional de la intervención participativa. La sistematización, codificación y categorización de contenidos fue realizada progresivamente por los propios participantes (que agruparon en principio sus opiniones), por los miembros del equipo del diagnóstico rápido participado (que sistematizaron los resultados de los talleres de forma homogénea para todas las localidades), y finalmente por los autores de este estudio que establecieron categorías analíticas más allá del ámbito y de las intenciones de los diagnósticos rápidos participados. Hay que tener en cuenta que fueron los técnicos los que primero realizaron sus autodiagnósticos y que, desde éstos, el equipo del diagnóstico rápido participado categorizó grandes áreas temáticas (espacios públicos, vivienda, salud, convivencia vecinal y formación-empleo) que sirvieron para agrupar los resultados del conjunto de los talleres en cada localidad, incluidos los de los vecinos.

 

4. Resultados

Los resultados que a continuación mostramos son fruto del análisis y la sistematización de los informes elaborados por los facilitadores que llevaron a cabo los talleres en los distintos pueblos. De esta forma, establecemos categorías de análisis a partir de los discursos de los participantes (profesionales y vecinos), utilizando incluso sus propias formas literales de expresión como estrategia más adecuada para plasmar, de manera precisa, sus percepciones.

 

4.1. Sobre intervención participativa

Sistematizando la información obtenida mediante técnicas de análisis del discurso y las consiguientes categorizaciones del mismo, encontramos notables diferencias en cómo los profesionales han planteado las ventajas de la intervención participativa y cómo han planteado las desventajas. Las percepciones sobre las ventajas de la participación son sorprendentemente homogéneas y se agrupan en torno a tres ejes:

1) El acuerdo (orden): la participación es el camino o la herramienta para llegar al “consenso”. Se parte de la idea de que la participación va a facilitar la “coordinación entre las partes”, la “negociación en la toma de decisiones”, y por tanto la “resolución de conflictos”. En última instancia la “integración” evitando la “exclusión”.

2) Los valores comunitarios: frente al individualismo creciente, lo comunitario aparece como reminiscencia idílica del pasado que ahora se intenta recuperar; la participación se concibe como una estrategia para alcanzar ese “sentido comunitario”. Así aparecen expresiones tales como “intervención conjunta”, “consecución de intereses colectivos”, “responsabilidad compartida” o el enriquecimiento de considerar diferentes puntos de vista, todo sin perder de vista la importancia de crear una “conciencia de grupo”.

3) Aumento de la eficacia: la participación se concibe también como herramienta para aumentar y mejorar los resultados de las intervenciones. Así se argumenta que la participación, entre otras cosas, “mejora la información y la comunicación”, lo que, unido a una “mayor implicación” y un “mayor compromiso”, “facilita la consecución de objetivos”, y de esta manera, “garantiza el éxito en las intervenciones”.

Estos tres ejes argumentales responden a ideas incluidas habitualmente en los discursos ‘políticos’ sobre la participación. Ello, en cierta manera, explica la homogeneidad discursiva de los técnicos. Las argumentaciones permanecen en el ámbito de lo deseable, lo abstracto, lo teórico… y apenas aterrizan en la práctica de la intervención diaria; evocan, en cierta medida, al theoretical reasoning (Bruner 1986) caracterizado por unos modos de pensamiento lógico-paradigmático que tienen como objetivo la categorización de los objetos y eventos a los que se refieren (Billig 1987). No obstante, no podemos dejar de considerar sus implicaciones. En definitiva el producto positivo de la participación tiene que ver, en última instancia, con la reducción del conflicto, la homogeneización y la eficacia. Todo ello se conecta con los análisis que presentan a la participación como una nueva tecnología del poder que no pierde en absoluto su hegemonía sino que, antes bien, la refuerza muy sutilmente (Green 2000, Gusttafsson y Driver 2005).

En cambio, las desventajas o factores problematizadores que los técnicos reconocen en la intervención participativa son muchos más heterogéneos y diversos, atendiendo, en cierto sentido, a la práctica cotidiana, a la experiencia personal y menos circunscritos al ámbito de lo abstracto y lo formal; en definitiva, vinculados al practical reasoning (Bruner 1986) que se basa en modos de pensamiento más experienciales y que se orienta hacia una particularización del razonamiento (Billig 1987). El análisis y codificación de los resultados de estos talleres en torno a las desventajas y factores problematizadores de la intervención participativa, sugiere seis ejes discursivos:

1) Politización/manipulación: esta categoría de factores problematizadores alude a efectos perversos o no deseados, contraindicaciones de la participación en cuanto al uso del poder:”perseguir objetivos individuales”, “perpetuación de liderazgos” o “desviación de intereses” para beneficios individuales. Implica, en el fondo, el riesgo de manipulación política de estos procesos participativos por parte de los distintos líderes políticos temerosos de “perder status”, lo que podría tener como consecuencia “problemas de representatividad”, “desigualdad de participación de los distintos miembros” y “exclusión de determinados grupos” del proceso.

2) Conflicto: responde al temor a la diversidad, al miedo de que aparezca una amplia “diversificación de opiniones” que pueda conllevar “falta de acuerdo” y, por tanto, la “generación de conflictos y tensiones”. La necesidad de “conjugar distintos intereses” hace que la “negociación” aparezca como un eje fundamental, lo que implicaría un trabajo más lento e incluso, en algunos momentos, la “paralización del proceso”. En definitiva, se percibe que el conflicto y la necesidad de más tiempo para manejarlo son los principales factores de bloqueo a la intervención participativa.

3) Expectativas/decepciones/frustraciones: Incluye, por un lado, la “desconfianza de la ciudadanía”, en general, ante cualquier iniciativa que venga desde el poder. Por tanto, si la iniciativa que se plantea desde las instancias del poder es participativa, también va a existir la “incredulidad ante la participación”, pero no por el proceso en sí, sino por su origen. Por otro lado, una vez superado este primer obstáculo y aceptado el proceso, venga de donde venga, nos podemos encontrar con que la participación crea una serie de “falsas expectativas” que terminan en “decepción”, “desmotivación” e, incluso, en “frustración individual”, porque “no se han cumplido los objetivos” o “no se dan los resultados esperados”.

4) Ritmos distintos/lentitud: Trabajar de forma participativa supone aumento de tiempo, es un proceso “más largo” que requiere “mucho tiempo” de trabajo en la medida en que, al unirse administración y ciudadanía, es necesario “conjugar los distintos ritmos” de unos y otros. A esta necesidad de conjugar distintos ritmos se le unen las “resistencias al cambio” o los “obstáculos al avance” que nos podemos encontrar, en parte, por la pasividad que existe en muchos casos y que aumenta la exigencia de más tiempo.

5) Esfuerzo: Esta categoría responde a la “mayor complejidad” que supone el llevar a cabo un proceso participativo, complejidad que refiere a varios aspectos interrelacionados: una “mayor organización”, ya no sólo entre técnicos, sino entre técnicos y vecinos, e incluso entre los propios vecinos; y una “mayor información, comunicación y coordinación”. Hay que alcanzar un nivel notable de compenetración entre técnicos y vecinos, circunstancia que en otras formas de intervenir no sería necesaria puesto que ambos sectores no trabajan conjuntamente. Se genera también un “mayor gasto económico” en la intervención, por las exigencias de organización, reunión y coordinación. Asimismo, la necesidad de un “mayor esfuerzo” y un “mayor compromiso” por parte de los profesionales que van a llevar a cabo las intervenciones, ya que los procesos participativos requieren adaptarse a nuevas formas de hacer a las que no se está acostumbrado en el campo de la intervención y la administración. De todo ello se deduce que la intervención participativa es “un trabajo más laborioso”, con “más dificultades para llevarlo a cabo” que otros modelos de intervención y que puede ser “menos operativo” que la intervención tradicional. Todos estos aspectos pueden llevar a la “saturación de los profesionales” que deben participar en este tipo de procesos.

6) Concienciación/capacitación: Este conjunto de factores problematizadores refieren, en primer lugar, a la necesidad de concienciación, convencimiento y compromiso con los procesos participativos, algo que se tiene poco en cuenta. Se entiende que los profesionales, actitudinalmente, deben confiar y creer en las posibilidades y ventajas de la participación para mejorar la eficacia de sus intervenciones. La falta de concienciación trae como consecuencia la “falta de implicación y colaboración”, lo que afectará al desarrollo de todo el trabajo posterior. Por otro lado, pero vinculado a lo anterior, aparece también la “falta de formación y capacitación” de los profesionales en habilidades y técnicas participativas y el “bajo nivel cultural y socioeconómico” de los vecinos. Como consecuencia de todo lo anterior surgen “barreras para la comunicación” entre profesionales y usuarios.

Los factores problematizadores señalados son exclusivos de las intervenciones participativas, pero es fácil detectar una incidencia diferenciada de algunos de ellos. Las primeras cuatro categorías (politización/manipulación, conflicto, expectativas/decepciones/frustraciones, y ritmos distintos/lentitud), se encuentran con prácticamente igual nivel de incidencia en cualquier tipo de intervención social; no aparecen, por tanto, como consecuencia de la intervención participativa, sino que más bien sufren una intensificación al ampliarse los participantes activos en dichos procesos. Acostumbrados a una forma de trabajo que ya incorpora estos problemas, parece que los profesionales tienden a identificar la intensificación de los mismos como si de factores ex-novo se tratara. Además, resulta interesante señalar que todo este conjunto de factores, aquí categorizados en cuatro grupos, parecen responder -según son expresados por los profesionales- a casuísticas ajenas a los propios profesionales. Las relaciones de poder, los procedimientos organizacionales e incluso las pautas culturales de los usuarios, son factores de los cuales se mantienen al margen. ¿Cómo es que ellos mismos no se representan como sujetos del interés político? ¿A qué tiempos y ritmos se vinculan? ¿Qué papel juegan en los conflictos generados?

En general, los profesionales han identificado un amplio abanico en cantidad y calidad de factores bloqueantes, coincidiendo en gran medida con lo que la literatura apunta. En la mayoría de ellos los profesionales se autoexcluyen, pero en otros reconocen su protagonismo. Este es el caso del esfuerzo y la concienciación/capacitación, que tienen un carácter más específico sin ser exclusivos tampoco de la intervención participativa. El esfuerzo y la concienciación/capacitación que requiere la intervención participativa responden a una nueva forma de hacer y de proceder para la cual no están preparados ni los profesionales, ni sus organizaciones, ni los propios vecinos. En definitiva, la participación requiere tiempos, espacios y sobre todo una intensificación de la comunicación entre técnicos y vecinos, e incluso entre los propios técnicos. Si bien los procesos comunicativos se vinculan siempre con un sobreesfuerzo cognitivo de sus sujetos activos (Reddy 1979), el contexto participativo acentúa esta circunstancia más allá de lo asumido como ‘normal’ por los sujetos comunicativos. En este punto es donde de forma más clara se evidencia la dimensión comunicativa y, asimismo, se agudiza el protagonismo de los profesionales en el conjunto del proceso participativo, por eso hemos de prestarle mayor atención.

La necesidad de profundizar en la dimensión comunicativa como factor problematizador de las intervenciones participativas recomienda atender a los contextos en los que la comunicación adquiere una dimensión más estratégica, esto es: las percepciones diferenciales. Curiosamente, aquí estudiamos un contexto de intervención en el que las distancias culturales entre vecinos y profesionales no son tan amplias como cuando pertenecen a dos culturas completamente distintas (por ejemplo, en contextos de cooperación internacional). Por otra parte, el nivel local y el protagonismo de la administración municipal reducen la distancia socio-político-cultural entre los profesionales de la intervención y los ciudadanos. Al mismo tiempo, los ayuntamientos (organizaciones en las que trabajan los profesionales estudiados) son instituciones estables de gobierno local que intervienen en todos los campos de la vida pública de forma consistente y permanente, a pesar de que en gran parte se rijan por “programas” de intervención particulares. Esto reduce al mínimo el clásico efecto coyuntural y temporal de las intervenciones y la acción profesional. Por tanto, el contexto de estudio está caracterizado por la cercanía cultural, el carácter local, y la estructura estable de intervención social. Así, teóricamente, los problemas comunicativos deberían ser muy limitados, lo cual nos llevaría a desestimar la relevancia de este factor problematizador frente a otros sólidamente establecidos en la investigación sobre estos temas. No obstante, desde la perspectiva de la comunicación interpersonal, el análisis de los intercambios comunicativos que se producen en los contextos de la intervención participativa debe tener un cariz mucho más microanalítico. En este sentido, debe prestarse atención, por un lado, a los discursos disciplinares que obedecen predominantemente a una racionalidad formal y un pensamiento paradigmático en el caso de los profesionales; y por otro, a los discursos cotidianos de los vecinos basados en la narración, la particularización y la experiencia (Bajtin 1987, Bruner 1986, Wertsch 1990).

 

4. 2. Sobre problemas y soluciones

Técnicos y vecinos tienen dos formas prioritarias de acercarse a la realidad: realidad sobre la que unos trabajan (transitan) y realidad sobre la que otros viven (habitan) (De Certau 1990). El estudio muestra dos lógicas diferenciadas que se manifiestan tanto en los diagnósticos sobre el barrio (percepción de los mismos) como en la propuesta de soluciones (propuestas de intervención). Asimismo, estas dos lógicas se articulan en una doble dimensión: por un lado, en cuanto a los contenidos (qué se considera problema y qué solución); y por otro, en cuanto a la forma (cómo se conceptualizan los problemas y las soluciones). En el fondo, esta dualidad, estas dos lógicas, responden a dos conocimientos diferenciados: conocimiento experto y conocimiento popular. Estos dos conocimientos están obviamente vinculados a las dos formas distintas de ubicación, implicación y situación que tienen los profesionales y los vecinos respecto a los barrios objetos de reflexión; esto es, dos formas de vivir la cotidianidad del barrio: sólo objeto de trabajo para unos, escenario de la vida para otros. Todo ello constituirá un marco comunicativo básicamente polarizado.

Con respecto a ‘qué se considera problema’ podemos encontrar temáticas a las que los técnicos son muy receptivos y que sin embargo no aparecen en el diagnóstico de los vecinos, y viceversa. Esta circunstancia es especialmente ilustrativa, con carácter general, para los Espacios Públicos, un campo en el que los vecinos son muy sensibles mientras que los técnicos denotan una percepción más extensiva. Por el contrario, estos últimos perciben con nitidez problemas en torno a la Formación y el Empleo que, sin embargo, son apenas nombrados por los vecinos. Igualmente, resulta destacable en qué aspectos específicos se fijan unos y otros dentro de las mismas temáticas. Por ejemplo, y para un caso concreto, en relación a la convivencia vecinal de uno de los barrios estudiados, los técnicos hablan de “ruidos de motos” y los vecinos se refieren a “críticas y cotilleos” o a la “ineficacia de la vigilancia y actuaciones policiales”.

Resultan especialmente llamativas las diferencias de las percepciones en uno de los casos de estudio. Embarazos adolescentes, adicciones, malos tratos y delincuencia juvenil, son problemas evidentes y preocupantes para los profesionales pero no así para los vecinos. ¿Se trata de un desenfoque por parte de los primeros o de una naturalización de la situación para los segundos? Vemos también cómo los profesionales no atribuyen a los vecinos responsabilidades, y que sin embargo los propios vecinos reconocen sus responsabilidades cuando describen los problemas. En este caso la lectura abstracta y estructural de los profesionales disuelve al sujeto, a la agencia, que sin embargo sí aparece de forma palpable cuando son los vecinos los que “nombran” los problemas (siempre refiriéndose explícitamente a padres, jóvenes, niños…) y atribuyen responsabilidades a las autoridades y poderes locales (policía, ayuntamiento…), todo ello está ausente del discurso de los profesionales.

De forma general, se encuentran casos en que técnicos y vecinos identifican los mismos problemas para un mismo barrio, pero los categorizan de distinta forma; y otros casos en que identifican problemas de naturaleza completamente distinta. Que ello se dé en localidades que rondan escasamente los 15.000 habitantes, en las que ambos conviven, debe ser motivo de reflexión. Hay que tener en cuenta que no estamos analizando percepciones de profesionales desplazados coyunturalmente de su contexto social y que intervienen en un ámbito cultural extraño, sino de convecinos de pequeñas localidades que hacen descripciones muy diferentes sobre zonas específicas de la misma.

Con respecto a la forma en la que se articula la reflexión sobre esos problemas se detectan varias circunstancias no menos interesantes. Los profesionales tienden a establecer “grandes problemáticas” ya suficientemente definidas desde el punto de vista teórico y que podrían servir para cualquier barrio con características similares, utilizando en la mayoría de los casos un lenguaje técnico-administrativo, propio de unos modos de razonamiento lógico-paradigmáticos (Bruner 1986) o del género discursivo de la racionalidad formal (Werstch 1990). En este sentido las definiciones que hacen de los problemas se adaptan más a los requisitos de los programas de intervención con los que suelen trabajar que a un análisis específico de la realidad de los barrios en cuestión. Por su parte, los vecinos, establecen sus diagnósticos en base a apreciaciones más concretas, del día a día, derivadas de habitar el barrio, recurrentes en el pensamiento narrativo (Bruner 1986); y en la mayoría de los casos se refieren a circunstancias que sólo se pueden conocer si se vive en la zona que se analiza. Se trata de cuestiones, por lo general, no extrapolables de unas zonas a otras.

Estas formas tan diferenciadas de establecer las problemáticas se repiten a la hora de proponer soluciones. Los profesionales establecerán “grandes soluciones” para esos “grandes problemas”, evocando implícitamente los programas de intervención que ya están implementando desde el sector público (“dotar a las zonas de infraestructuras”, “descentralización de servicios municipales”). Los vecinos -desde el conocimiento local (Geertz 1994)- propondrán actuaciones muy concretas que dan respuesta a sus problemas sentidos y expresados desde la cotidianidad (“que no se hagan candelas”, “pintar el muro de la piscina”, “eliminar ratas, culebras, insectos”). Si nos fijamos, los profesionales hacen propuestas de actuación en las que de forma directa e indirecta mantienen su protagonismo, no enfrentando directamente los problemas sino más bien demandando infraestructuras. Por su parte, los vecinos apuestan principalmente por cambios de actitud propia en torno a aspectos muy concretos, y difícilmente reclaman la intervención de los profesionales como tales.

Los resultados evidencian de manera clara esas dos lógicas, esas dos formas de acercarse a la realidad y conceptualizarla: nos encontramos ante lenguajes, visiones, percepciones distintas. Se trata de un problema de conocimiento (o al menos de percepciones) entre gente que -aunque ocupando posiciones distintas- comparte los mismos patrones culturales generales y reside en la misma localidad. No obstante, esta dualidad de lógicas y por tanto de conocimientos no es plana ni uniforme, sino antes bien polifónica. Encontramos casos en los que estas diferencias se dan de una forma más pronunciada en virtud del ámbito de la realidad al que se haga referencia; esto es, que hay temáticas en las que las percepciones de técnicos y vecinos sí se diferencian mucho (en el cómo y en el qué), pero hay otras temáticas en que las percepciones son muy parecidas. Así, en relación a la formación-empleo las percepciones de técnicos y vecinos coinciden en gran parte, y además establecen los diagnósticos usando curiosamente una terminología similar (Ramírez, Sánchez y Santamaría 1996). Sin embargo, dentro de los mismos municipios, las diferencias en torno a otras temáticas son abismales (en cuanto a espacios públicos o convivencia vecinal, por ejemplo). Estas últimas temáticas implican referencias a lo inmediato, a la cotidianidad, habladas desde el mismo lenguaje con el que se vive. Por su parte, la temática en torno a la formación-empleo constituye un ámbito abstracto, generado desde la propia administración, que se manifiesta en la cotidianidad pero no es, como tal, parte constituyente de la misma. Lo relevante, en este caso, es cómo los vecinos son capaces de ‘hablar’ ese lenguaje administrativo (con mayor o menor habilidad), mientras que los técnicos no llegan a articular de facto el lenguaje de la cotidianidad de los barrios sobre los que han de intervenir. El profesional parece estar más lejos de los vecinos de lo que los vecinos están del profesional. Por todo ello, ambas lógicas, la de los profesionales y la de los vecinos, son, en el fondo, dos formas de “decir” la realidad, y por tanto, de construirla (Berger y Luckmann 1995, De Certau 1990, Ruiz y González 2006, Tulviste 1991) manteniendo discursos muy diferenciados sobre las zonas y sobre la categorización de sus problemas. Así el habitar (de los vecinos) y el transitar (de los profesionales) por la cotidianidad del barrio, toman cuerpo en formas de conocimiento distintas.

En la intervención social, según el modelo tradicional, son los profesionales los que hegemónicamente crean la realidad sobre la que intervenir (Chambers 1997), pero cuando hablamos de intervención participativa esto cambia, ya que los usuarios también pueden construir esa realidad (Ruiz 2005). En este nuevo escenario surge una insoslayable necesidad de coordinación y puesta en común de conocimientos expertos y conocimientos populares. Es coherente pensar que esta circunstancia es la que, en el fondo, da contenido específico a ese “esfuerzo” y a la “concienciación/capacitación” especial que han sido detectados como factores de bloqueo a la intervención participativa por los profesionales, y cuya propia percepción ahora nos los revela. El escollo de la comunicación parece estar identificado: si se utilizan lógicas diferentes y se tienen percepciones/conocimientos distintos la comunicación puede bloquearse -o al menos problematizarse-. En estos casos, la comunicación implica un claro esfuerzo (Reddy 1979) y se necesita concienciación/capacidad para mantenerla, sobre todo con un objetivo transformador.

 

5. Distintos conocimientos, distintas percepciones

Los conocimientos siempre son plurales y difusos, no unifican racionalmente, sino que constituyen una práctica de diversidad. Cohen (1993) muestra las dificultades intrínsecas de la comunicación ya que, a pesar de que se comparta un ámbito cultural y demográfico muy limitado, existen muchas formas segmentadas de conocimiento. En última instancia los modos de conocimiento son inextricables de los modos de identidad (Cohen 1993: 39). No sólo existen formas de conocimiento distintas entre expertos y no expertos (Purcell 1998), sino también entre los no expertos propiamente. E incluso hemos de tener en cuenta las diferencias de conocimiento entre los propios técnicos, así como entre éstos y los políticos (Morris y Bastin 2004, Perkins 1995). En definitiva, si bajamos a niveles microanalíticos, los modos de conocimiento y, sobre todo, sus procedimientos, se difuminan, haciendo prevalecer la heterogeneidad y la diversidad (Bruner 1986, Tulviste 1991).

No obstante, y desde un punto de vista colectivo, la relativa homogeneidad de nuestro ámbito de estudio no propicia precisamente una proliferación y diversidad de formas de conocimiento, aún así surge una vez más el problema del conocimiento profesional/conocimiento popular (Chambers 1997, Purcell 1998, Strober 2005). Como ya advertía Cohen las diferencias de conocimiento se pueden convertir en una obviedad, siempre hay conocimiento diferencial. Sin embargo, el cuestionamiento de la utilidad de estos planteamientos alcanza su máximo grado cuando se duda de la existencia de esos conocimientos diferentes, o al menos de la utilidad de tomar esas diferencias en consideración. Green (2000) y Minsa y Obrist (2005) cuestionan abiertamente el mito del conocimiento indígena/conocimiento local, ya que éste está ampliamente afectado por el conocimiento técnico, y proponen que quizá sea mejor referirse a una simple percepción local (Green 2000:74). Con todo esto, el conocimiento como eje analítico se nos termina diluyendo entre las manos. En estas circunstancias no podemos hacer del conocimiento en sí mismo un factor de bloqueo para la participación, sino que hemos de centrarnos más bien en la actitud de los sujetos ante los conocimientos ajenos que con frecuencia se presentan como diferentes.

El conocimiento sirve para ordenar el mundo, extraer información de él y actuar en consecuencia. Poseemos ideas, pero las ideas terminan también, en un cierto sentido, poseyéndonos a nosotros en tanto en cuanto nos abren menos expectativas de las que nos cierran (Morin 1991). La acción colectiva precisa de conocimientos (ideas) compartidas, y en este sentido, la intervención social es una acción sustentada en conocimiento; pero en realidad conocimiento y acción están inextricablemente unidos (Bruner 1986, Rorty 1982, Wertsch 1998). La intervención social es un ejercicio de poder que impone acción y conocimiento, y en el que, en la mayoría de los casos, los profesionales obvian el conocimiento y las opciones de acción de los beneficiarios de las intervenciones (Ruiz 2005).

¿Qué ocurre en la intervención participativa? Los conocimientos y las propuestas de acción deben ante todo comunicarse, compartirse. Los espacios participativos rompen con la separación entre ambos tipos de conocimientos, puesto que socializan los que provienen de la ciencia e incorporan los que aportan los agentes de la comunidad, de esta forma se enriquecen ambos campos y lo que es más importante, se producen nuevos conocimientos alimentados por las dos vías (Montero 2006:174). Podemos decir que cada grupo es especialista en una forma de saber que se someten a crítica en la intervención participativa. Pero ese compartir, ese someter a crítica no es un fenómeno discreto o placentero. ¿Qué efecto tienen en el sujeto las formas de conocimiento ajenas? Este proceso afecta de forma novedosa a los profesionales; los usuarios ya están suficientemente acostumbrados a esta dinámica: comprobando recurrentemente que sus formas de conocimiento y percepción no se toman en cuenta, cuando no se desconsideran abiertamente. A los profesionales este proceso comunicativo les afecta especialmente por la posición (de poder) que ocupan en las intervenciones; pero les afecta como personas, más allá de la posición de poder que se les atribuya. No es el poder el que marca exclusivamente su afección, sino su subjetividad. Desde aquí es desde donde habría que intentar comprender el ‘esfuerzo’ y la ‘concienciación/capacitación’ a los que aluden los profesionales de nuestro estudio como factores de bloqueo de la intervención participativa.

Así, el foco de análisis, junto a las consabidas relaciones de poder que se establecen para imponer el conocimiento, debería incluir también la afección subjetiva producida al confrontarse conocimientos y percepciones propios con conocimientos y percepciones ajenos. El efecto íntimo de los procesos participativos tiene su base en el cuestionamiento argumentativo individual que desata la aparición de perspectivas no consideradas previamente. Estos procesos no son ajenos a nuestra vida cotidiana ya que estamos, mal que bien, habituados a padecerlos en relaciones de carácter horizontal. Lo que afecta es el esfuerzo cognitivo, emocional y afectivo que suponen el diálogo y la toma de decisiones (Reddy 1979), circunstancia que queda especialmente constatada en los procesos participativos (Ottosson 2003). Desde el punto de vista analítico hay que recurrir necesariamente a esta esfera subjetiva para contextualizar los factores que condicionan las intervenciones participativas, y ello emerge, sobre todo, al considerar el papel de los profesionales en las mismas. En concreto es desde aquí desde donde hay que encarar las alusiones al esfuerzo y la concienciación/capacitación como factores negativos o de bloqueo para las intervenciones participativas. Son los profesionales los que más padecen estas ‘contraindicaciones’ del proceso participativo que no parece pueda reducirse a las posiciones institucionales o a las relaciones de poder que protagonizan.

 

6. Considerando a los profesionales como sujetos en procesos comunicativos

En algunos estudios sobre intervención participativa en el campo de la salud encontramos inquietudes paralelas a las aquí expuestas. En vez de participación se usan conceptos asociados que vienen a focalizar, de forma más precisa y en contextos más personalizados, el interés por cambiar las formas clásicas de intervención: la implicación de los usuarios (Tritter y McCallum 2006), la decisión compartida (Stevenson 2003) o la potenciación de familias y profesionales (Strober 2005) son diferentes estrategias para propiciar la participación en los procesos de intervención. Estos estudios, sin abandonar la referencia al poder y a la potenciación, abundan en la capacidad comunicativa de los profesionales respecto a los usuarios y la desazón de los primeros al confrontar discursos diferentes y actitudes no esperadas. Desde estas perspectivas, tanto el conocimiento como el poder pueden adquirir dimensiones distintas a las usadas habitualmente en estudios sobre participación. Así, por ejemplo, se manifiesta que los conocimientos no deben entenderse sólo jerarquizadamente, inmersos en relaciones asimétricas, sino también como complementarios; que el poder puede incrementarse de manera general, y que no debe entenderse de forma reduccionista: unos lo pierden para que otros lo ganen. Todas estas circunstancias permitirían compartir colectivamente el conocimiento y el poder, siempre diferenciales, segmentados y asimétricos, de forma más fluida. En definitiva, se trata de perspectivas analíticas que acentúan el papel de la comunicación para el desarrollo de la participación (Strober 2005).

Los profesionales realizan su trabajo en virtud de unas limitaciones no sólo de actuación o competencias, sino fundamentalmente de pensamiento que les impiden ser permeables a lo que piensan los demás, o simplemente a sus percepciones (Cornwall y otros 2003:32). Estas barreras limitan las posibilidades de comunicación. No comunicarse, comunicar tan sólo en un sentido, impermeabilizándose al exterior, no es en sí mismo una muestra de poder, puede ser igualmente una estrategia de protección. Salir de los límites comunicativos marcados es abrirse a la inseguridad y la incertidumbre. Y para valerse fuera de los límites hay que aprender otros lenguajes sociales y géneros discursivos (Bakhtin 1987). Este aprendizaje implica no sólo el dominio del lenguaje en sí, sino de la capacidad para determinar operativamente cuando su uso resulta relevante y para discernir sobre los escenarios que privilegian unos discursos u otros. Para todo ello es imprescindible contactar, aproximarse de algún modo a esas realidades de las que se habla. Aproximación a otra realidad y aprendizaje operativo de su lenguaje constituyen un fenómeno claramente recursivo, de modo que aprender otros lenguajes es, al mismo tiempo, capacidad para aproximarse a los mundos en los que ese lenguaje se habla. En este sentido, y para articular esta reflexión con el análisis de la intervención participativa, son especialmente indicados analíticamente los conceptos de heterogeneidad de los modos de pensamiento y de interanimación de voces (Wertsch 1991). Desde este enfoque, la construcción conjunta de conocimiento -una de las pretensiones fundamentales de las prácticas participativas- adquiere una base analítica y comprensiva firme, que nos permite evaluar sus procesos de forma integral. Esto es, atendiendo tanto a factores estructurales (poder, cultura organizacional…) como a las subjetividades en interacción.

Paradójicamente, si esa capacidad de comunicación se incrementara (si se aprenden otros lenguajes) no habría que pensar en pérdida de poder de los profesionales, sino quizá todo lo contrario. Se trataría de hablar más lenguajes de los que los profesionales son capaces habitualmente de hablar. Por tanto la tradicional resistencia a formas de intervención participativa de los profesionales no tendría porqué provenir exclusivamente de estrategias para mantener el poder (porque éste podría incluso incrementarse), de la inadecuación organizativa, o de la rivalidad entre organizaciones, sino también de la dificultad subjetiva para la comunicación: habilidad comunicativa y manejo de lenguajes y registros discursivos distintos a los aprendidos y usados habitualmente. En definitiva, a un fenómeno mucho más simple y radical: la protección del sujeto ante la incertidumbre externa.

No es arriesgado aventurar que un incremento en la capacidad comunicativa aumentaría el liderazgo de los profesionales sobre las intervenciones antes que minimizar sus papeles. Pero una situación que no aumente la capacidad comunicativa de los profesionales en medio de un proceso participativo lleva inexorablemente al bloqueo del mismo y/o a la pérdida de prestigio y autoridad de los profesionales. Por eso probablemente reaccionan defensivamente (por inseguridad y desconfianza) no siendo proclives a aventuras, que en principio lo que aseguran son situaciones incomodas e ingratas, hasta que se incremente la capacidad comunicativa (esto es: se aprendan otros lenguajes, se usen otras lógicas, se aproximen con garantías otras realidades).

En el desarrollo del Plan de Desarrollo Local se comprueba que las actitudes de los profesionales han marcado la intervención en cada una de los barrios, y que esto se relaciona con su capacidad comunicativa. En concreto, la localidad donde se alcanzó mayor grado e intensidad de participación fue descrita de esta forma por los facilitadores implicados:

“El elemento principal para comprender esta fase está en la actitud tomada por los profesionales pues su grado de implicación fue tal que construyeron ellos todos los talleres, que querían estar presentes en todos los talleres y además desde el primer día fueron llevándolos ellos, primero los grupos pequeños y después en su totalidad”.

En este contexto los profesionales estaban claramente abiertos a la comunicación con los vecinos, a diferencia de otros casos en los que abiertamente rehuían esa posibilidad. En otra localidad los facilitadores afirman que

“en un principio estaba planteada la realización de talleres con vecinos y un encuentro con profesionales, políticos y vecinos, para tejer propuestas de acción conjunta. Sin embargo, muchos eran los impedimentos que los profesionales argumentaron para no realizar tal encuentro. Los profesionales no estaban dispuestos a un encuentro con vecinos sin conocer el respaldo al nivel político, ni la viabilidad de las propuestas. También argumentaban la falta de tiempo para desarrollar más talleres con ellos”.

La literatura ha prestado escasa atención a esta dimensión del problema, que sin plantearse aquí de forma reduccionista o monoexplicativa, sino precisamente con una vocación complementaria, es muy relevante para comprender de forma más completa los procesos participativos. Es necesario considerar apropiadamente a los profesionales frente a la intervención participativa y esto pasa por tener en cuenta las dimensiones más primarias de estos procesos: la comunicación y la subjetivización.

 

7. Conclusiones

Para comprender las intervenciones participativas debe superarse la visión mecanicista y homogeneizadora con la que abordamos normalmente la actuación de los profesionales. Ya se reconoce la capacidad táctica y de negociación, incluso el poder, de los usuarios, pero los profesionales se consideran principalmente como peones en el tablero a expensas de los movimientos de otros y sobre todo sujetos a la lógica del ‘sistema’. Los resultados de la investigación muestran que los profesionales:

1. No se ven como partícipes ni responsables de muchos de los comúnmente admitidos factores de bloqueo a la intervención participativa, especialmente de aquellos que tienen que ver con las relaciones de poder y la cultura organizacional de la que forman parte.

2. Perciben de manera diferencial y usan lógicas de intervención distintas a la de las personas beneficiarias de esas intervenciones, todo ello a pesar de su cercanía al ámbito socio-cultural en el que intervienen.

3. Señalan que las intervenciones participativas requieren un esfuerzo y concienciación/capacitación especial de parte de los profesionales, y asocian ambas cuestiones a las nuevas necesidades comunicativas que requiere la participación.

Estas tres cuestiones -más allá de su novedad o relevancia científica- deben ser tenidas en consideración y animar una exploración complementaria al habitual abordaje de la actuación profesional en las intervenciones participativas.

La consideración del poder como el eje básico de la reflexión sobre la participación ha sufrido una notable complejización y refinamiento desde los trabajos de Arnstein (1969) a los de Chamber (2005), con un creciente tinte foucaultiano (Inda 2005) que le añade una considerable sutilidad (Gustafsson y Driver 2005, Strober 2005). No obstante, la conclusión sigue yendo en la misma dirección: “La participación, como proceso potenciador, implica pérdida de control central y proliferación de diversidad local. Los poderosos se ven amenazados con la pérdida de poder” (Chambers 2000: 33). A pesar de que la literatura identifica reiteradamente un efecto negativo de las intervenciones participativas sobre los profesionales -porque estos forman parte de los poderosos-, en nuestra investigación no se detecta en ningún caso que eso sea percibido por ellos como un efecto colateral no deseado, sino que más bien se apunta al uso perverso que otros (políticos, líderes vecinales…) hacen del poder. Así los profesionales estudiados no advierten, o al menos no manifiestan, que su pérdida de poder sea un factor de bloqueo de la participación: ¿no son conscientes?, ¿no quieren reconocer la evidencia?, ¿se trata de una ilusión emic que sólo podrá ser resuelta desde un análisis etic?, ¿será que realmente no pierden poder?

Sin embargo, esta pérdida de poder de los profesionales es un factor comúnmente asumido como principal razón del bloqueo de las intervenciones participativas, y muy probablemente se tiene gran parte de razón al considerarlo así. Para justificar esta conclusión se esgrimen razones sistémicas, estructurales y de carácter corporativo, pero no se analiza qué supone específicamente esa supuesta pérdida de poder o, mejor dicho, con qué significación se produce. Si no se explora intensamente esta dimensión, el fenómeno en general queda sólo parcialmente analizado y se corre el peligro de entenderlo de forma incompleta. A lo que se recurre habitualmente, a través de la cita explícita o implícita de Foucault, es a vincular ese poder con el conocimiento (Foucault 1981).

¿Qué intentan imponer los profesionales con sus percepciones y actitudes? ¿Cómo ejercen el poder? ¿Están los profesionales especialmente interesados en imponer una forma de funcionar, o habría que pensar también que se parapetan y reconfortan bajo una forma de pensar que no les produce fisuras ni dudas? ¿Es un problema de ejercicio de poder consciente o de incapacidad comunicativa? ¿Estamos ante una cuestión de poder corporativo o de comodidad individual? ¿Se puede considerar sin más como ‘ejercicio del poder’ el preferir subjetivamente la certeza a la incertidumbre, la comodidad de lo conocido al esfuerzo de lo por construir? Es evidente que la exploración aquí emprendida genera más preguntas que respuestas, pero son las preguntas las que abren caminos que precisan ser estudiados con mayor detenimiento. El sujeto (en este caso el profesional) no debe reducirse a la red de relaciones en las que está inmerso y que lo constituye; sino que más bien debe considerarse analíticamente como emergencia, como sistema dentro del sistema (Morin 1982). Si bien no parece lógico obviar el sistema para comprender a sus partes integrantes, tampoco podemos disolver completamente al sujeto en el medio del que forma parte. Pero ¿qué nos aporta aquí el sujeto? ¿Por qué concluimos en la necesidad de recurrir al sujeto? ¿Por qué es necesaria analíticamente la dimensión subjetiva?

En el contexto de la investigación, el poder de los profesionales viene de dos fuentes: de la organización a la que pertenecen y del conocimiento que practican. En última instancia sabemos que conocimiento y organización son dos caras de la misma moneda. De esta forma se articula el triangulo desde el que se pretende comprender la casuística de los procesos participativos: organización-conocimiento-poder; y desde el que se explica la actitud y acción profesional. Sin embargo, esta aproximación analítica parece negar al individuo, a la agencia que tanto se reclama a otros niveles. La agencia no es una dimensión considerable sólo para los que ocupan una posición desventajosa en el sistema de poder global, sino que también debe ser considerada para los que ocupan posiciones intermedias e incluso preeminentes, a los cuales los análisis les reservan -paradójicamente- un papel pasivo y mecánico sólo explicado en virtud de su inserción como piezas inanimadas en el triángulo antes aludido. Los profesionales son los más afectados por esta tendencia analítica, circunstancia que provoca cierta incomprensión de los procesos participativos (procesos que, precisamente, pretenden recuperar al sujeto en la acción social).

Como se pone de manifiesto en este artículo, el sobreesfuerzo que los profesionales adivinan en las intervenciones participativas tiene que ver en última instancia con problemas de comunicación y conocimiento segmentado respecto a los vecinos. La razón para la persistencia del efecto negativo de este fenómeno no parece exclusivamente atribuible a una pérdida de poder (desde luego los propios profesionales no lo vinculan a eso en absoluto), sino que puede ser imputable también a la afección subjetiva que supone el contraste de percepciones y conocimientos diversos, obligado por la intensificación comunicativa que implica la participación: en definitiva, a una dimensión que tendría que ver con la seguridad cognitiva y emocional del sujeto.

La confrontación e imposición de conocimientos no puede ser enfocada únicamente como parte de una estrategia corporativa para mantener el poder, o como un mecanismo sutil en el que el poder omnipresente, que tan acertadamente retrata Foucault, se manifiesta a través de los individuos aun sin éstos ser conscientes de ello. Merece la pena que se analice también como una respuesta defensiva a la incapacidad comunicativa, a la habilidad para el uso de diferentes géneros discursivos. El carácter heterogéneo del pensamiento verbal nos indica que el ser humano no es monolítico en las formas de pensar, conocer o argumentar; que experimentamos, principalmente, una hibridación en las formas de conocer, entre las que no se establece una jerarquización o sustitución, sino simultaneidad y solapamiento (Wertsch 1991). Este es el proceso fundamental que se activa en cualquier práctica de intervención participativa, y los profesionales -por la posición que ocupan- parecen ser los más afectados por él.

Es incuestionable que la investigación sobre los modelos participativos de intervención necesita analíticamente de Foucault (1981) porque su visión capilar del poder y la conexión de éste con el conocimiento son muy relevantes. Pero en estos procesos concurren, además, las personas como sujetos: la participación envuelve a personas. Por tanto, los efectos de las prácticas participativas sobre ellas deben ser estudiados si aspiramos a comprender qué ocurre a nivel colectivo: la actitud y percepción de los profesionales en los procesos de intervención participativa no puede ser soslayada, sino analizada aún con mayor atención.

Agradecimientos. Los autores reconocen el valioso trabajo de R. Alcón, M. A. Ávila, R. Caraballo, A. Delgado, M. Fernández, B. Gallardo, S. García, M. García, A. Gómez, M. Hernández, Y. Jurado, A. Leo y A. Spring, que con la coordinación de M. Rosa y la dirección de E. Ruiz, conformaron el equipo de la Universidad Pablo de Olavide que realizó los diagnósticos rápidos participados. Asimismo agradecen a Macarena Hernández y José Luis Solana sus valiosos comentarios y sugerencias al texto.

 


 

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Gazeta de Antropología