1. Introducción
Hace varias décadas que el medio rural viene siendo objeto de intensos debates en torno a fenómenos como la despoblación, el envejecimiento demográfico y la masculinización de su estructura social. Estos procesos, lejos de ser estáticos, se han ido transformando de acuerdo con los cambios económicos, sociales y culturales que han atravesado el conjunto del territorio. De esta manera, las discusiones acerca de lo rural no solo han puesto de manifiesto los problemas derivados de la pérdida de población, sino que también han evidenciado la diversidad de funciones, retos y necesidades a las que el campo y sus habitantes deben hacer frente. El resultado de estas tensiones es una continua reconfiguración del espacio rural y de las relaciones que se establecen entre este y la sociedad en general, relaciones que se redefinen en cada coyuntura histórica en función de los nuevos modelos de desarrollo y de las expectativas sociales sobre lo que el mundo rural puede y debe aportar.
En este sentido, resulta aún pertinente el argumento planteado por Mormont (1990), quien señalaba que lo rural, más allá de su papel productivo y tradicional, constituye también un marco desde el que confrontar la experiencia urbana. El campo se convierte, entonces, en un referente alternativo para analizar, cuestionar y contrastar el modelo de desarrollo económico dominante, así como en la base sobre la que se articulan nuevas demandas de bienestar, sostenibilidad y calidad de vida. Desde esta perspectiva, el medio rural no se entiende únicamente como un espacio residual o atrasado, sino como un escenario capaz de generar discursos y prácticas que influyen directamente en la configuración del conjunto de la sociedad.
No obstante, aunque la situación actual difiere notablemente de lo que ocurría hace medio siglo, el panorama continúa siendo crítico. Este diagnóstico se hace aún más complejo cuando introducimos la percepción específica de las mujeres en el medio rural. El éxodo de las mujeres, especialmente intenso a mediados del siglo XX, constituye un elemento clave para comprender la evolución demográfica y social del campo español. La salida de miles de mujeres, muchas veces de manera definitiva, no solo modificó la estructura de género en las zonas rurales, sino que también dejó una huella profunda en la organización familiar, en los roles comunitarios y en la sostenibilidad económica y social de estas áreas. La historia migratoria del campo ha mostrado siempre su carácter ambivalente: en ocasiones, como un proceso de ida y vuelta que permitía mantener vínculos con la tierra, y en otras, como una partida sin retorno que debilitaba la base poblacional y social de muchas comarcas.
Hoy, ya bien entrado el siglo XXI y tras atravesar distintas crisis, el campo permanece como un recurso esencial en múltiples sentidos: económico, laboral, cultural y de subsistencia. En particular, la crisis del Covid-19 reavivó debates sobre la importancia del medio rural como espacio de refugio, de resiliencia y de oportunidades frente a la vulnerabilidad de los entornos urbanos. En este contexto, se hace necesario analizar de manera más detallada cómo se producen los movimientos migratorios hacia el campo, en especial cuando estos involucran a mujeres, cuyas experiencias y decisiones están atravesadas por condicionantes de género.
A lo largo de este trabajo presentamos, en primer lugar, las bases teóricas que sustentan el análisis, enmarcando el fenómeno de la migración de las mujeres hacia el medio rural dentro de un conjunto más amplio de discusiones sobre desarrollo territorial, movilidad social y transformaciones de género. Posteriormente, planteamos los objetivos específicos de la investigación y describimos la metodología utilizada para abordar el problema. A continuación, damos a conocer los resultados obtenidos a partir del trabajo de campo, los cuales se interpretan a la luz de la literatura existente sobre trabajo, movilidad y género en las zonas rurales. Finalmente, exponemos una discusión crítica que incorpora la perspectiva de género como eje transversal y, en la parte conclusiva, ofrecemos una serie de orientaciones y reflexiones futuras que esta investigación suscita en relación con las políticas públicas, la sostenibilidad del territorio y la visibilización de las mujeres en el campo.
2. Ruralidad, despoblación y género
Las evidencias de la despoblación rural en España, y también en el conjunto de Europa, no constituyen un fenómeno reciente, sino que se remontan a varias décadas atrás y han sido objeto de un seguimiento constante por parte de la investigación académica y de distintas instituciones (Gómez y Méndez 2009, Espon 2017, Camarero 2009). Este proceso ha adquirido diferentes matices según la región y la época, pero en líneas generales se ha caracterizado por una progresiva pérdida de habitantes en los pequeños núcleos rurales. Tradicionalmente se ha identificado como principal factor explicativo la salida de los jóvenes hacia entornos urbanos, en busca de oportunidades laborales, educativas o sociales que el medio rural difícilmente podía ofrecer. A esta migración se añade, de manera significativa, la salida de mujeres, cuyo papel ha sido señalado de manera tangencial en muchos estudios pero que resulta central para comprender las dinámicas demográficas (Camarero y Sampedro 2008, Leibert 2016). El envejecimiento de la población y su consecuencia más directa, la despoblación, constituyen fenómenos extendidos en toda la comunidad de Castilla y León, aunque su impacto es particularmente intenso en las zonas rurales, donde se combinan con limitaciones estructurales que agravan la situación.
El problema de la despoblación no es nuevo en la agenda política, aunque ha tenido una presencia intermitente y generalmente subordinada a otras cuestiones consideradas más urgentes, como el desempleo o la sostenibilidad de los sistemas de bienestar. En determinados momentos, se ha llegado incluso a conceptualizar como una verdadera “catástrofe” demográfica y social (Pazo y Moragón 2018). Sin embargo, pese a la creciente visibilidad del problema, las administraciones públicas no han logrado diseñar ni aplicar soluciones viables y sostenidas en el tiempo. El análisis de Moyano Estrada (2017) resulta relevante en este punto, ya que sugiere la necesidad de implementar políticas de carácter paliativo, consensuadas y adaptadas a aquellas poblaciones que, de manera inexorable, están destinadas a perder población, de forma que el proceso de declive sea lo menos traumático posible tanto para los habitantes que permanecen como para el territorio en su conjunto.
Los datos de la Federación Española de Municipios y Provincias ilustran de manera clara la magnitud de la problemática: se consideran municipios en riesgo de extinción aquellos con menos de 1.000 habitantes. Según datos del INE, en 2019 había 5002 municipios con menos de esa cifra, lo que supone más de la mitad de los municipios españoles. Si el umbral se reduce a 500 habitantes, se contabilizan 2.652 municipios, de los cuales 1.213 no superan los 100 residentes. Estas cifras, además de su contundencia estadística, reflejan una realidad social y territorial que genera alarma tanto en foros académicos como en espacios ciudadanos y medios de comunicación. El debate público se ha intensificado especialmente en regiones duramente afectadas como Aragón o Castilla y León (Pinilla y Sáez 2017). En este contexto, han surgido incluso reflexiones en clave cultural y emocional, como las recogidas en los denominados “ensayos emocionales” sobre la España vacía (Del Molino 2016), que han contribuido a visibilizar la dimensión humana y simbólica de la despoblación, más allá de los números.
Paralelamente, Oliva y Camarero (2002) han planteado que existen suficientes indicios de transformación en las áreas rurales, que apuntan hacia un proceso de reestructuración rural. Entre los elementos identificados se encuentran la progresiva consolidación de un carácter post-agrario de las áreas rurales, la creciente mercantilización del campo y la aparición de formas diversas y, en ocasiones, contradictorias de entender y practicar la ruralidad. A ello se suma lo señalado por Fernández (2022), quien subraya la paradoja de que, mientras se produce un proceso de desagrarización —es decir, la reducción de la agricultura como actividad económica central—, se registra de manera simultánea un incremento en la productividad agropecuaria. Esto implicaría más un reajuste estructural que un auténtico declive, de manera que la pérdida de peso económico y social de la agricultura no debería ser interpretada únicamente como marginalización del medio rural. Este proceso se acompaña de una nueva articulación de las poblaciones rurales y de los usos del territorio, enmarcada en un contexto de desfamiliarización de las unidades productivas y de movilidad poblacional, factores que han permitido la aparición de nuevas formas socioproductivas adaptadas al territorio (Baptista y Arnalte 2008). En este contexto de reestructuración rural, el turismo y el sector de los cuidados también emergen como dos de los principales vectores de diversificación económica y resignificación territorial, en un escenario marcado por la pérdida de la centralidad de las actividades agrarias tradicionales. Como señalan Ruiz Ballesteros y González Portillo (2024), ambos sectores son necesarios dentro de las políticas de recuperación ante la crisis rural. En este marco, tanto el turismo como los cuidados pueden generar oportunidades económicas y espacios de agencia, especialmente para las mujeres, pero también introducir nuevas formas de dependencia, precarización y desigualdad si no se apoyan en procesos participativos y comunitarios.
La cuestión de género adquiere un papel central en este debate. Las mujeres, en términos generales, han ocupado históricamente una posición subordinada en las sociedades agrarias, organizadas bajo estructuras patriarcales que invisibilizaban su trabajo y limitaban sus oportunidades de participación. Su contribución, aunque esencial, se mantuvo en gran medida en la marginalidad (Fernández 2016). Este hecho explica que, cuando se intensificaron los procesos migratorios campo-ciudad, fueran ellas las primeras en abandonar los pueblos, en busca de horizontes más amplios de desarrollo personal y profesional. Su salida tuvo efectos particularmente negativos en la reproducción de las comunidades rurales, al generar desequilibrios demográficos que dificultaron la formación de nuevas familias. En territorios de montaña o de ruralidad profunda, donde la emigración de las mujeres fue más intensa, se produjo lo que Bourdieu (2004) denominó el fenómeno de los hombres solteros sin mercado matrimonial, situación que Bodoque (2009) también documenta como un factor de aislamiento social y de fragilidad comunitaria.
En lo que respecta al análisis del papel de la juventud, los resultados refuerzan este diagnóstico general. Por lo que hace al análisis del papel que juega la juventud, refuerza este diagnóstico. El estudio de Bjarnason y Thorlindsson (2006) sobre jóvenes en Irlanda evidencia un marcado sesgo de género en las motivaciones para abandonar las zonas rurales. Las mujeres expresan un deseo más fuerte de emigrar que los varones, por tres razones principales: las menores oportunidades de empleo en el entorno rural; la presión social ejercida en comunidades percibidas como cerradas y normativas; y la escasa disponibilidad de actividades de ocio atractivas para su edad. De manera similar, Bednariková (2016) destacan que en regiones remotas el aislamiento territorial constituye un elemento clave en la decisión de emigrar, un aspecto que, en el caso del sur de Europa y especialmente en España, no siempre ha sido objeto de suficiente análisis. En el ámbito español, Camarero y Sampedro (2016) señalan que, pese a las mejoras en las condiciones materiales de vida en las últimas décadas, han emergido nuevas fuentes de frustración vinculadas al género, como la sobrecarga que recae en las mujeres en el cuidado de personas dependientes, en un contexto marcado por el envejecimiento de la población.
A pesar de estas tendencias, existen indicios recientes que apuntan hacia dinámicas más complejas y, en algunos casos, esperanzadoras. Así, mientras proyectos europeos como ESPON (2017) tratan de diseñar estrategias orientadas a recuperar población mediante políticas de retorno juvenil, re-emigración y desarrollo de culturas de acogida con perspectiva de género, estudios recientes muestran que un número creciente de mujeres está regresando al campo. Este retorno, en ocasiones vinculado a decisiones vitales de mujeres jóvenes con formación universitaria, revela que la repoblación rural es posible en ciertos contextos y que puede estar motivada tanto por la mejora de infraestructuras de comunicación y servicios como por proyectos profesionales vinculados directamente con el territorio (Bryant y Pini 2011, Pini y Leach 2016, Baylina 2017, Fernández 2013). De este modo, las mujeres no acuden únicamente al campo como espacio productivo subordinado, sino que lo resignifican como ámbito de proyecto personal y profesional.
La llegada de nueva población al medio rural, atraída tanto por la demanda de mano de obra en el sector agrícola como por la diversificación de ocupaciones vinculadas al sector terciario, ha contribuido en algunos casos a generar saldos demográficos positivos en municipios históricamente acostumbrados a perder habitantes. Se trata de un proceso de repoblación desigual, condicionado por factores territoriales y coyunturales, pero que se intensifica en contextos de crisis económicas o sociales. Así ocurrió con la recesión de 2008, con la recuperación desigual de 2014 y, de manera más reciente, con la pandemia de la Covid-19 en 2020, que supuso una revalorización del medio rural como espacio de refugio y resiliencia (Camarero 2009, Fernández 2022).
Ante este panorama, surgen de manera inevitable dos preguntas de investigación fundamentales: ¿es posible diseñar un modelo de desarrollo rural sostenible sin la participación activa de las mujeres como trabajadoras en el sector agropecuario y como agentes de innovación social? Y, en segundo lugar, ¿cómo se valora y reconoce el papel de las mujeres rurales como factor dinamizador, tanto en la esfera económica como en la cohesión comunitaria y la revitalización cultural de los territorios? Estas cuestiones no solo orientan la reflexión académica, sino que plantean retos políticos y sociales de primer orden para el futuro de la España rural y de los territorios europeos que comparten similares problemáticas.
3. Objetivos y metodología
Bajo el planteamiento de la situación descrita, los objetivos que se plantean en este estudio se estructuran en tres grandes ejes que, aunque diferenciados, guardan una estrecha relación entre sí y permiten una comprensión integral del fenómeno. En primer lugar, se propone analizar las migraciones de mujeres hacia el medio rural. No se trata únicamente de identificar la magnitud del fenómeno o de realizar un recuento estadístico de las mujeres que han decidido trasladarse a vivir al campo, sino de comprender en profundidad las experiencias subjetivas, las trayectorias personales y las motivaciones que impulsan a estas mujeres a emprender un proceso de movilidad tan significativo. Con ello se pretende captar tanto los incentivos positivos que llevan a elegir la vida rural —como la búsqueda de autonomía, la posibilidad de emprender proyectos vinculados a la naturaleza, o la aspiración a una mayor calidad de vida— como las circunstancias contextuales que rodean y condicionan la decisión de establecerse en un entorno rural.
En segundo lugar, examinar el papel desempeñado por las mujeres como agentes activos de desarrollo y modernización en el medio rural. Su presencia no debe concebirse de forma pasiva, como mera incorporación a un espacio ya configurado, sino como parte fundamental en el sostenimiento de instituciones locales, en la dinamización de la vida comunitaria y en la construcción de nuevas formas de relacionarse con el entorno natural y social. Así, se reconoce que las mujeres son estratégicas para la pervivencia de los pueblos, tanto por su participación en la economía productiva como por su contribución a las redes de solidaridad, cuidado y cohesión social. Desde esta perspectiva, no solo contribuyen a mantener el entramado de la ruralidad, sino que aportan innovación, nuevas formas de organización y mayor apertura a la diversidad cultural.
El tercer objetivo consiste en contribuir al debate académico y social sobre las migraciones al campo protagonizadas por mujeres. Este debate se encuentra en plena expansión dentro de la literatura contemporánea, que ha puesto de relieve la importancia de incorporar la perspectiva de género al análisis de los procesos migratorios internos. En este sentido, la investigación no pretende ofrecer conclusiones cerradas, sino abrir nuevas preguntas y alimentar la discusión sobre las implicaciones sociales, económicas y culturales de estas migraciones.
La metodología de este estudio se inscribe dentro del campo de la antropología social y adopta un enfoque cualitativo. La elección de esta metodología responde a la necesidad de acceder a las vivencias, discursos y significados que las protagonistas atribuyen a sus propias experiencias, algo que no puede ser captado por los datos cuantitativos disponibles. En este marco, se utilizaron técnicas como entrevistas abiertas y semidirigidas, que permitieron establecer un diálogo flexible y adaptado a la situación de cada entrevistada. Para la realización de este tipo de entrevistas se realizó un guion temático base que permitiera reconstruir trayectorias de vida, relacionar agencia y estructura, conectar género, economía y territorio y dar espacio a la voz de las protagonistas evitando en lo posible respuestas cerradas. El guion iba dirigido a conocer trayectorias y llegadas al medio rural; motivaciones y expectativas; actividad y vida cotidiana; turismo y transformaciones locales; y despoblación y futuro principalmente.
El recurso a metodologías cualitativas en el estudio de las mujeres rurales se justifica, además, por dos razones fundamentales. La primera, como han señalado diferentes autoras y autores (Casellas 2013, Alario y Morales 2016, Tulla 2018, Baylina 2019), es que la información estadística resulta insuficiente para dar cuenta de la complejidad de los procesos sociales que intervienen en la migración femenina. La segunda razón, puesta de relieve por Hervás (2014), es que cualquier análisis que pretenda ofrecer resultados significativos debe necesariamente otorgar voz a las protagonistas: las mujeres que viven en el medio rural. Sin la recuperación de su perspectiva y sus narrativas, la investigación corre el riesgo de ofrecer una visión parcial y descontextualizada. Precisamente ahí radica el interés central de nuestro trabajo: escuchar, registrar y analizar las experiencias vitales de las mujeres rurales como agentes de conocimiento.
En esta investigación participaron 37 mujeres que habían migrado al campo y residían en diferentes enclaves de Castilla y León. Su perfil sociodemográfico era diverso, con edades comprendidas entre los 21 y los 59 años, lo que permitió recoger testimonios de distintas generaciones. Todas ellas estaban implicadas en actividades vinculadas directa o indirectamente al sector agropecuario, ya fuese como empresarias, pastoras, ganaderas, trabajadoras agrícolas o titulares de explotaciones. En la mayoría de los casos, la explotación agraria se gestionaba de forma compartida, bien con la pareja o con otros familiares cercanos. Este dato resulta de especial interés porque pone de manifiesto que las mujeres rurales no se limitan a desempeñar un papel auxiliar, sino que participan en la titularidad y gestión de las actividades económicas, reforzando así su autonomía y visibilidad.
La heterogeneidad también se reflejó en el nivel formativo: algunas contaban únicamente con estudios de enseñanza obligatoria, mientras que otras habían alcanzado titulaciones universitarias. Sin embargo, todas coincidían en haber tenido que realizar un proceso de aprendizaje adicional o de reciclaje formativo, bien antes de su incorporación al campo o ya una vez instaladas, lo cual subraya el carácter dinámico y adaptativo de estas trayectorias. Cabe destacar que algunas de las mujeres participantes nos habían aportado información desde hacía más de una década, lo que permitió contar con redes de información estable (Hernández 2020) que posibilitaron registrar cambios y analizar la evolución de sus experiencias a lo largo del tiempo.
En cuanto a los procedimientos de campo, se garantizó en todo momento el respeto a los principios éticos de la investigación social. A las participantes se les explicó de manera detallada los objetivos del estudio y la forma en que se llevaría a cabo, facilitándoles un cuestionario abierto con ejemplos de preguntas para que tuvieran un conocimiento previo del proceso. Tras esta explicación, todas las mujeres invitadas aceptaron participar voluntariamente. Se enfatizó la confidencialidad en el tratamiento de la información y se aclaró que no existían respuestas correctas o incorrectas, sino que lo fundamental era su sinceridad y honestidad. Este procedimiento reforzó la confianza y permitió obtener testimonios ricos y matizados, que contribuyeron tanto al conocimiento de las situaciones individuales como a la identificación de patrones generalizables.
En la organización del trabajo de campo se tuvieron en cuenta múltiples factores que podían incidir en las narrativas: las responsabilidades laborales y familiares, la edad, el nivel de formación, el tiempo de permanencia en el medio rural y los condicionantes sociodemográficos que afectan la agencia y el habitus de las entrevistadas (Bourdieu y Thompson 1991). La duración media de las entrevistas fue de 90 minutos, aunque en algunos casos se realizaron varias sesiones con la misma persona para contrastar o ampliar información. Este procedimiento permitió triangular datos y reforzar la validez del análisis.
La información cualitativa recogida fue complementada con fuentes secundarias, incluyendo documentos oficiales, literatura académica y legislación relevante, lo que permitió contextualizar las experiencias individuales dentro de un marco estructural más amplio. De este modo, se combinó la riqueza del dato cualitativo con una base documental sólida, que facilitó profundizar en la dimensión cultural y política de los procesos que están posibilitando la vuelta de las mujeres al campo.
Para el análisis de los datos se empleó el método de análisis temático narrativo propuesto por Riessman (2008), que se centra en la construcción de significados a través del relato. La codificación se realizó de forma inductiva, siguiendo la estrategia de comparación constante descrita por Merriam (1998), lo que permitió identificar categorías emergentes y patrones de sentido compartidos por las participantes. Esta aproximación hizo posible destacar no solo las dificultades a las que se enfrentan, sino también las estrategias de adaptación, innovación y resistencia que ponen en marcha. Entre estas categorías emergentes encontramos entre las principales: la migración al campo como proyecto vital; trabajo femenino, visibilidad y reconocimiento; género, control social y vida cotidiana en el medio rural; turismo y diversificación como oportunidad; conciliación, cuidados y sobrecarga cotidiana; y permanencia, incertidumbre y futuro rural.
Finalmente, cabe subrayar que la investigación se benefició de la disposición y generosidad de las participantes, a quienes expresamos nuestro agradecimiento. Su colaboración no solo permitió obtener datos de primera mano sobre las condiciones de vida y trabajo de las mujeres rurales, sino que también ofreció una ventana a los procesos más amplios de transformación social que atraviesan el medio rural en Castilla y León y buena parte de la España rural. Con el fin de garantizar la confidencialidad y el anonimato de las personas participantes, los nombres de las y los informantes colaboradores han sido modificados o sustituidos por seudónimos a loa largo del texto. Esta decisión responde a criterios propios de la investigación antropológica y busca proteger la identidad de las personas entrevistadas.
4. Resultados
Del análisis de los datos del trabajo de campo emergen cuatro ejes fundamentales que permiten comprender las trayectorias, las motivaciones y los desafíos de las mujeres en el medio rural: Interés por establecerse y desempeñar actividades laborales en el entorno rural; su participación asociativa, capacitación y redes sociales; la legitimación social y la incorporación de prácticas innovadoras, y, por último, la valoración y consideración del contexto rural.
Estos temas no deben entenderse de forma aislada, sino interrelacionada. Cada uno de ellos se vincula con dimensiones más amplias de las transformaciones sociales, económicas y culturales que afectan al mundo rural contemporáneo.
4.1. Disposición para vivir y trabajar en el ámbito rural
Los resultados muestran un abanico amplio de motivaciones, trayectorias laborales y expectativas en torno a la decisión de trasladarse al medio rural. Aunque la mayoría de las mujeres entrevistadas ostentan la titularidad compartida de sus explotaciones agrarias o participan en sociedades familiares, sus itinerarios biográficos muestran procedencias laborales heterogéneas, principalmente del sector servicios, y un tránsito significativo hacia actividades agrarias que exigen una profunda readaptación técnica, económica y vital. Estas trayectorias ponen de manifiesto que la decisión de migrar no responde solamente motivaciones económicas, sino que está atravesada por factores existenciales y estructurales, como pueden ser la búsqueda de una mayor calidad de vida, la conciliación familiar, el vínculo con la naturaleza o la revalorización de historias familiares ligadas a la tierra.
En este sentido, conviene subrayar que la motivación no se reduce a un único factor, sino que emerge de la interrelación de elementos personales, familiares, económicos y socioculturales. Entre ellos destaca la búsqueda de mayor calidad de vida, el deseo de vincularse con la naturaleza, la necesidad de encontrar alternativas laborales viables y la atracción que ejercen determinados programas de ayudas y subvenciones públicas que fomentan la permanencia o instalación en el campo.
Así, Alba, en la comarca de Laciana (León), pasó de trabajar en la hostelería a emprender con su pareja una explotación de caballo hispano bretón, aprovechando las ayudas a razas en peligro de extinción. Su relato conecta el deseo personal con la posibilidad de acceder a recursos institucionales que hacen viable la iniciativa. Elena, en el Valle de Losa (Burgos), siguió una trayectoria semejante, trasladándose desde Madrid para criar caballos losinos, raza autóctona amenazada.
Otros casos, como el de Charo García en Villarino de Sanabria (Zamora), ponen en evidencia cómo factores de exclusión laboral en el medio urbano (despido tras un embarazo) empujaron la decisión de asentarse en el medio rural, aprovechando subvenciones para nuevas incorporaciones. Su historia muestra la intersección de género y trabajo, donde la maternidad actúa como elemento de vulnerabilidad en la ciudad, pero se transforma en motor de búsqueda de alternativas en el campo.
La casuística es amplia: Taty (Cardeñosa, Ávila) dejó la educación infantil para emprender en ganadería de vacuno; María (Medina del Campo, Valladolid) se incorporó a la explotación ovina familiar después de trabajar en el textil; Leticia (Bohodón, Ávila) pasó de la hostelería urbana a la gestión de una granja de porcino; Beatriz (Autillos de Campos, Palencia), con estudios en periodismo, retornó para integrarse en la sociedad ganadera de su familia; e incluso encontramos mujeres jóvenes con estudios universitarios, como Ana (ingeniería informática, Manzanal de Arriba, Zamora) o Nerea (biología, Fornelas, León), que eligieron conscientemente el campo como proyecto de vida y desarrollo profesional.
Estas experiencias ponen de relieve un cambio de tendencia generacional: si en décadas pasadas las mujeres emigraban del campo hacia la ciudad en busca de formación y oportunidades, ahora observamos retornos voluntarios o nuevas incorporaciones donde la formación universitaria se convierte en un capital aplicable a la gestión rural (tecnologías, innovación en explotaciones, diversificación de actividades).
Si añadimos la dimensión reproductiva y social, resulta evidente que las mujeres se constituyen como auténticas mantenedoras y articuladoras de las comunidades rurales. Son garantes de la convivencia, transmisoras de memoria histórica y protagonistas en tareas de gestión municipal y asociativa. En este sentido, no cabe entender su retorno únicamente en clave económica, sino también como un acto de revitalización social que contribuye a la sostenibilidad de los territorios rurales en el largo plazo.
En conjunto, los testimonios muestran que las motivaciones abarcan desde la necesidad y la precariedad laboral en la ciudad hasta la búsqueda de realización personal, la recuperación de una identidad rural heredada o la atracción por modos de vida alternativos. A todo ello se suma la conciencia de las dificultades iniciales, la necesidad de aprender oficios desde cero y el esfuerzo de adaptación a un entorno exigente pero gratificante.
4.2. Participación asociativa, capacitación y las redes sociales
Un elemento fundamental en la inserción y visibilidad laboral señalado por gran parte de las mujeres entrevistadas ha sido su adscripción a diferentes asociaciones.
El tejido asociativo emerge como un factor central en la inserción, visibilidad y sostenimiento de las mujeres rurales. Asociaciones como la Federación de la Mujer Rural (FEMUR), la Federación de Mujeres y Familias del Ámbito Rural (FADEMUR) o colectivos más específicos como Ganaderas en Red cumplen funciones múltiples: ofrecen apoyo formativo y técnico, facilitan el acceso a financiación y asesoramiento jurídico, promueven la cohesión social y el empoderamiento, y contribuyen a generar un sentido de pertenencia en un medio caracterizado por la dispersión geográfica y la falta de servicios.
La importancia de este tipo de estructuras colectivas radica también en su capacidad para fortalecer la cohesión social y generar una red de apoyo mutuo. Las mujeres encuentran en ellas un recurso para compartir experiencias, generar aprendizajes colectivos y reforzar su identidad profesional como agricultoras o ganaderas. Esta dimensión asociativa no puede desligarse de la función de empoderamiento que cumple: gracias a estas organizaciones, las mujeres acceden a recursos materiales y simbólicos que refuerzan su autonomía y les permiten ocupar un espacio de decisión dentro de la comunidad.
Los relatos muestran cómo estas asociaciones no solo proporcionan recursos prácticos, sino que también generan espacios de sororidad y solidaridad que mitigan el aislamiento y refuerzan la autoestima colectiva. La pertenencia a estos grupos confiere legitimidad, identidad compartida y una voz común frente a instituciones dominadas por actores masculinos.
Junto a estas formas tradicionales de asociacionismo, en los últimos años se ha observado un crecimiento exponencial del uso de las redes sociales y de internet como herramientas complementarias de aprendizaje, comunicación y comercialización. Las experiencias compartidas en el espacio digital ayudan a mantener vínculos, a construir redes horizontales de apoyo y a acceder a información técnica de forma rápida y eficiente. En un contexto marcado por la dispersión territorial y las dificultades de acceso físico a determinados servicios, las redes sociales se han convertido en una vía imprescindible para compensar el aislamiento geográfico.
Además, el uso de las redes sociales digitales aparece como otro elemento fundamental. Internet permite mantener vínculos, acceder a formación, difundir productos y articular comunidades transnacionales. Casos como el de Violeta, que desde Omaña depende de la cobertura para comunicarse, o Charo García, que gestiona el Twitter de Ganaderas en Red, ponen de manifiesto tanto el potencial de estas herramientas como las carencias estructurales en materia de conectividad.
María Isabel, la “cabrera de Gredos”, utiliza plataformas digitales para la venta directa de sus productos; Nerea, apicultora en Fornelas, participa en la red Ecocolmena; y Ana, en Manzanal de Arriba, conecta con voluntarios internacionales mediante Wwoof.net. Estos ejemplos ilustran la emergencia de nuevos modelos de emprendimiento rural digital, aunque limitados por la brecha tecnológica que caracteriza a amplias zonas de Castilla y León.
De este modo, las asociaciones tradicionales y las redes digitales se entrelazan, permitiendo tanto la reivindicación local como la proyección global. Sin embargo, las entrevistadas señalan que los programas europeos de digitalización rara vez consideran las particularidades de género en el medio rural, lo que agrava la desigualdad respecto al mundo urbano. Tal como indica Beatriz, de Autillo: “los movimientos feministas de las ciudades están pensados para otro tipo de mujeres, nosotras llevamos nuestra lucha de otra manera, pero la solidaridad entre nosotras parece que es mayor. Creo que las mujeres de la ciudad no saben nada de la situación de las mujeres del campo”. Sus palabras ilustran una tensión persistente entre las agendas urbanas y rurales en torno a la igualdad de género, y refuerzan la necesidad de construir un feminismo inclusivo que contemple la especificidad de las experiencias de las mujeres rurales.
En definitiva, el asociacionismo, la formación y el uso de las redes sociales configuran hoy un trípode fundamental en la inserción, visibilidad y empoderamiento de las mujeres rurales. Estos elementos no solo les permiten adquirir nuevas competencias y ampliar sus horizontes laborales, sino también redefinir su papel en las comunidades y reivindicar un espacio activo dentro de los procesos de cambio social, económico y cultural del mundo rural.
4.3. La legitimación social y la incorporación de prácticas innovadoras
Otro aspecto que nuestras informantes exhiben con cierto orgullo es el reconocimiento al trabajo desarrollado en el campo como mujeres, orgullo por los logros alcanzados y el reconocimiento recibido en distintos ámbitos. A lo largo del territorio de Castilla y León encontramos numerosos ejemplos de mujeres que han visto reconocida su actividad con algún tipo de galardón, visibilidad mediática o invitaciones a foros especializados. Estos reconocimientos, aunque no eliminan las dificultades cotidianas, constituyen un aliciente frente a las numerosas trabas que con frecuencia se señalan, y suponen una forma de legitimar públicamente una actividad que históricamente ha sido invisibilizada. En este sentido, el premio no se percibe solo como un mérito individual, sino también como una reivindicación colectiva que abre camino a otras mujeres.
A lo largo del territorio se registran numerosos ejemplos de mujeres premiadas por su labor innovadora o por la recuperación de razas autóctonas en peligro de extinción. Violeta, pionera en la titularidad compartida en 2012, recibió en 2015 un premio de la Fundación Nueva Zelanda como ganadera emprendedora. María Isabel, de Candeleda, fue galardonada tanto a nivel nacional como europeo por introducir mejoras tecnológicas en la explotación caprina. Beatriz, en Autillos de Campos, obtuvo en 2017 un premio a la innovación por informatizar la gestión de una granja ovina de gran tamaño. Elena, en Burgos, se distingue por su labor de recuperación de caballos losinos.
Estos reconocimientos no solo validan los esfuerzos individuales, sino que también cumplen una función simbólica: visibilizan referentes femeninos en sectores tradicionalmente masculinizados, generan inspiración para otras mujeres jóvenes y legitiman las aportaciones femeninas en la economía rural. Sin embargo, como subrayan varias entrevistadas, persiste la percepción de que estos premios no siempre transforman las estructuras profundas de desigualdad. El reconocimiento suele ser puntual, mientras que las dificultades cotidianas (burocracia, falta de conciliación, invisibilidad en los mercados) permanecen.
Conviene precisar que la diversificación de actividades no constituye una práctica novedosa en sí misma en los contextos rurales, tal y como ha sido ampliamente documentada por la literatura clásica sobre campesinización y estrategias de reproducción social (Van der Ploeg 2008). No obstante, en el contexto actual de reestructuración rural, dichas práctica adquieren nuevos significados, formas de legitimación y visibilidad social, especialmente cuando son protagonizadas por mujeres.
La innovación, tal como aparece en los relatos de las entrevistadas, no se limita a la introducción de tecnologías ni debe entenderse exclusivamente como una ruptura con prácticas existentes. Más bien, remite a la capacidad de resignificar estrategias históricamente presentes en el mundo rural, como la diversificación productiva, adaptándose a nuevos mercados, discursos de sostenibilidad, marcos institucionales y formas de reconocimiento social. En este sentido, las entrevistadas muestran que la capacidad innovadora es inherente a la supervivencia en el medio rural, aunque a menudo se minimiza frente a la innovación tecnológica asociada al mundo urbano.
Sin duda, estos relatos ponen de manifiesto que las ideas innovadoras de las mujeres resultan tan comercializables y competitivas como las de sus contrapartes masculinas. Sin embargo, persiste una falta de reconocimiento estructural, derivada de la escasa visibilidad otorgada a las mujeres en el sector agrario y del predominio de actores institucionales masculinos. Aun así, el proceso de reconocimiento no solo otorga legitimidad profesional, sino que también crea referentes imprescindibles para las generaciones más jóvenes, contribuyendo a reforzar la autoestima colectiva y a visibilizar que la agricultura y la ganadería son espacios en los que las mujeres pueden ser protagonistas.
4.4. Apreciación y consideración del contexto rural
La valoración general que hacen las mujeres de su situación en el campo es ambivalente: reconocen grandes dificultades, pero también expresan satisfacción vital y orgullo por el camino emprendido: tanto las más jóvenes como las mayores coinciden en destacar la satisfacción personal y la calidad de vida que se desprende de trabajar en contacto con la naturaleza, pero al mismo tiempo señalan obstáculos recurrentes, en el plano negativo, como la burocracia excesiva, la escasa rentabilidad económica, la dependencia de las ayudas de la PAC, la falta de servicios básicos (educación, transporte, sanidad, cultura) y la pérdida de vida social en comparación con la ciudad. Testimonios como el de Ana (Zamora), que señala que gana en un año lo que antes en un mes, o el de Almudena (Argañín), que lamenta la carencia de oportunidades para sus hijos, reflejan estas tensiones.
A pesar de estos avances, las condiciones específicas del medio rural, unidas a la persistencia de una mentalidad tradicional, plantean grandes desafíos para lograr la igualdad efectiva de género. Como señala Block (2015), sin garantizar derechos básicos de participación, acceso a recursos y equidad salarial, no es posible construir un desarrollo rural socialmente sostenible. María Isabel lo expresa de manera clara: “si las mujeres rurales estuviéramos integradas equitativamente o fuéramos remuneradas de igual manera, las mujeres podrían ayudar a incrementar los ingresos familiares, mejorar las condiciones de vida y reforzar la cohesión económica, social y territorial, todo lo que nos dicen los políticos”. Sus palabras reflejan un diagnóstico compartido: las mujeres son plenamente conscientes de las necesidades locales y poseen un conocimiento situado que las convierte en agentes clave para el desarrollo comunitario.
No obstante, los discursos también insisten en la calidad de vida, la autonomía personal, el contacto con la naturaleza y la satisfacción por el trabajo bien hecho. Ana lo resume con la definición de Ganaderas en Red: “la tierra en el alma, el viento en el pelo y el ganado en el corazón”. Para muchas, el campo no es solo un lugar de trabajo, sino un proyecto vital que combina esfuerzo, identidad y comunidad.
En términos más amplios, las mujeres entrevistadas evidencian que son pilares fundamentales en la sostenibilidad de las comunidades rurales, no solo en lo económico, sino también en lo social y lo cultural. Su papel como cuidadoras, transmisoras de memoria y garantes de convivencia refuerza la cohesión de territorios marcados por la despoblación y el envejecimiento.
En definitiva, la valoración de la vida en el campo refleja una paradoja: a pesar de las carencias estructurales, las mujeres encuentran en él un espacio de realización personal y colectiva, en el que redefinen las categorías tradicionales de trabajo, familia y comunidad.
4.5. Síntesis analítica de los resultados
En conjunto, los resultados de esta investigación ponen de relieve la diversidad y complejidad de las trayectorias de las mujeres que migran al medio rural en Castilla y León. Sus experiencias muestran que la incorporación al campo responde a una multiplicidad de factores que van desde la búsqueda de alternativas laborales y vitales frente a la precariedad urbana, hasta la revalorización consciente de la vida rural como proyecto personal y colectivo.
Los cuatro ejes analizados permiten identificar dinámicas clave:
En primer lugar, las motivaciones y trayectorias: las decisiones de migrar al campo no son homogéneas, sino que combinan factores estructurales (falta de empleo en la ciudad, políticas de apoyo a nuevas incorporaciones, recuperación de explotaciones familiares) con motivaciones personales vinculadas al deseo de autonomía, identidad y calidad de vida. En segundo lugar, el asociacionismo y redes: la pertenencia a colectivos femeninos y el uso de redes sociales digitales constituyen herramientas fundamentales para el empoderamiento, la visibilidad y la supervivencia económica, aunque persisten brechas estructurales como la falta de conectividad o el escaso enfoque de género en programas de digitalización rural. En tercer lugar, el reconocimiento e innovación: las mujeres son agentes activos de modernización, ya sea mediante la incorporación de nuevas tecnologías o a través de la diversificación de actividades y la gestión sostenible de recursos. Los reconocimientos que reciben legitiman su papel, aunque no siempre se traducen en cambios estructurales en las relaciones de género ni en la redistribución de recursos. Por último, la valoración de la vida en el campo: los testimonios reflejan tensiones entre las dificultades materiales (burocracia, rentabilidad, carencias en servicios) y la satisfacción vital derivada de la autonomía, el contacto con la naturaleza y el sentido de pertenencia. Esta ambivalencia constituye una de las claves para entender la persistencia de las mujeres en el medio rural a pesar de los obstáculos.
5. Discusión
Las biografías y trayectorias de las mujeres que deciden migrar al campo muestran cómo ellas, en tanto mujeres rurales, evalúan y perciben la ruralidad de formas contradictorias y conflictivas (Wright y Annes 2014). Esta ambivalencia está implícita en el proceso de intentar echar raíces, mantener vínculos sociales y familiares, y transferir saberes y prácticas en territorios distintos a los de origen. La ruralidad, lejos de ser un escenario estático, se presenta como un espacio dinámico de resignificación identitaria, en el que convergen trayectorias personales y cambios estructurales más amplios. Dichas movilidades, motivadas tanto por razones laborales como por proyectos vitales vinculados a la búsqueda de calidad de vida, tienen a menudo un efecto perturbador en las estructuras sociales establecidas y en las prácticas tradicionales de las comunidades rurales (Woods 2016). Sin embargo, como plantea Recaño (2017), estas experiencias no se limitan a reproducir patrones urbanos en el medio rural, sino que se construyen “desde dentro”, a través de la ruralidad misma, lo que implica un ejercicio constante de adaptación y proyección de futuro. Esta lectura de la ruralidad como proyecto de vida que trasciende lo estrictamente productivo conecta también con relatos autobiográficos como el de Freixa (2025), quien desde su propia experiencia de retorno al campo subraya que vivir en lo rural implica una disputa cotidiana, más que una mera reorientación económica. Esta disputa se mueve en los tiempos, los valores y las formas de habitar.
En este sentido, además del ámbito productivo, el creciente interés urbano por el medio rural como espacio de vida y como entorno ambientalmente valorado refleja un proceso de transformación social más amplio. La llegada de nuevos residentes, en especial de mujeres con proyectos de innovación, no solo aporta capital humano y cultural, sino que también genera interrogantes sobre el modelo de desarrollo que se pretende impulsar en estas áreas. Se trata de un proceso que involucra a la sociedad en su conjunto y que implica una reconfiguración material, cultural e ideológica de la ruralidad. En comparación, investigaciones en países como Francia o Italia han mostrado dinámicas similares, donde el “neo-ruralismo” femenino se vincula tanto a proyectos de vida sostenibles como a la necesidad de revitalizar economías locales en declive (González 2022). En este proceso, el turismo rural se configura como uno de los vectores más visibles de la reestructuración contemporánea, porque canaliza el creciente interés urbano por el campo. Además, ofrece oportunidades de diversificación económica, aunque, por otra parte, también puede introducir dinámicas de dependencia, estacionalidad y precarización que limitan su capacidad transformadora, sobre todo a largo plazo.
Este proceso puede entenderse también como una refeminización de la ruralidad (Wiest 2016), en la medida en que son mujeres las que protagonizan iniciativas agrícolas y ganaderas, introducen innovaciones técnicas y administrativas, o promueven la titularidad compartida. El fenómeno recuerda a lo ocurrido en Canadá o Suecia, donde las políticas de género han favorecido el surgimiento de empresarias agrícolas que rompen con la imagen masculina tradicional del campo (Sachs 2018). En el caso español, el emprendimiento femenino en el campo ha permitido redefinir los roles familiares y sociales, articulando relaciones complejas con el territorio y forjando lo que Norman y Power (2015) definen como “nuevas subjetividades femeninas”. Estas subjetividades no son solo identidades individuales, sino prácticas colectivas que generan resiliencia comunitaria, capacidad de regeneración y dinamismo innovador frente a las lógicas de abandono y decadencia que parecían inevitables.
No obstante, desde una perspectiva territorial más amplia, todavía no puede afirmarse que estas iniciativas tengan un impacto estadísticamente significativo en la reversión de problemas estructurales como la despoblación, el envejecimiento o la baja densidad poblacional de la España interior (Molinero 2019). Aun así, estas experiencias constituyen nodos de transformación que, si bien pequeños en escala, son relevantes en términos cualitativos. Algo similar se ha documentado en áreas rurales de Alemania del Este, donde la llegada de mujeres emprendedoras ha contribuido a mitigar procesos de despoblación, aunque sin revertir totalmente las tendencias demográficas. En este contexto, Esparcia (2017) señalan la persistente desconexión territorial y la dificultad de transformar dinámicas socioeconómicas históricamente arraigadas, lo que visibiliza la dualidad del campo español: un espacio de innovación y cambio, pero al mismo tiempo de exclusión y precariedad.
Un elemento clave en el territorio estudiado es la recuperación de razas ganaderas autóctonas en peligro de extinción, que se presenta como estrategia productiva y simbólica de resistencia frente a la industrialización agrícola. González (2019b) sostiene que la vuelta a los recursos endógenos no solo tiene un valor económico, sino también cultural, en tanto que reactiva la identidad local y favorece un desarrollo más sostenible. Esta tendencia conecta con debates europeos sobre la “agroecología feminista” (Cruz, 2016), que visibilizan cómo las mujeres ganaderas incorporan una visión integral del territorio, vinculada al cuidado de la biodiversidad y la sostenibilidad social. Sin embargo, tal recuperación se ve profundamente condicionada por la dependencia de la Política Agraria Común (PAC). Como señalan varias informantes, “sin la PAC no podríamos vivir”, lo que evidencia tanto la importancia del apoyo institucional como la vulnerabilidad del sector ante posibles cambios en dichas políticas.
La vinculación entre género y ruralidad revela un panorama de desigualdades persistentes. La desigualdad de género se manifiesta como rasgo estructural y duradero en el medio rural, un ámbito donde la división sexual del trabajo sigue marcando límites simbólicos y materiales (Leach 2015). Sin embargo, las mujeres no son meros sujetos pasivos de tales desigualdades: a través del asociacionismo, la innovación y el activismo se constituyen en agentes activos de transformación social. Ejemplos de asociaciones de mujeres rurales en España, como FADEMUR, muestran cómo el trabajo colectivo amplifica la capacidad de incidencia política y facilita el empoderamiento individual y comunitario. Comparativamente, en América Latina, experiencias similares se han observado en redes de campesinas en México y Chile, donde las mujeres rurales lideran procesos de soberanía alimentaria y defensa del territorio (Siliprandi 2012).
Aun así, la identificación por parte de las informantes de roles de género rígidos y conservadores en entornos rurales coincide con la percepción más generalizada de que el mundo rural reproduce patrones tradicionales más que el urbano. No obstante, como argumentan Little y Panelli (2003), dichas actitudes no dependen únicamente del tamaño del lugar, sino de su historia local y de las dinámicas sociales específicas. Esta afirmación encuentra eco en el estudio de Bourke y Luloff (1997), quienes subrayan que las estructuras de poder en la toma de decisiones han estado históricamente dominadas por varones, perpetuando así un modelo excluyente que aún hoy se mantiene en muchos espacios.
La incorporación de la perspectiva de género en los programas europeos de desarrollo rural constituye un avance, pero todavía parcial y en gran medida simbólico. Como señala Fernández (2018), esta inclusión es residual y se encuentra subordinada a los grandes objetivos de competitividad y productividad agraria. La paradoja radica en que, aunque en teoría el enfoque de género tiene un carácter transformador, en la práctica se ha orientado a adaptar a las mujeres al sistema vigente, en lugar de transformar las estructuras que reproducen desigualdades. Tal como advierte Bock (2014), la transversalización de género se ha despolitizado y no aborda de manera crítica los problemas más urgentes. Frente a ello, muchas jóvenes rurales están incorporando el feminismo como herramienta política y práctica cotidiana para redefinir la ruralidad desde una perspectiva inclusiva y transformadora. En este sentido, algunas de las tensiones identificadas en los discursos de las entrevistas pueden interpretarse a la luz del concepto de urbanormatividad propuesto por Fulkerson y Thomas (2019). Con este término, aluden a la tendencia a tomar las experiencias, valores y demandas urbanas como norma implícita desde la cual evalúan otras realidades. Este enfoque permite comprender de qué manera ciertos feminismos urbanos no siempre dialogan con las condiciones materiales, reales y simbólicas del medio rural, dando como resultados feminismo situados que emergen desde la experiencia cotidiana y no desde marcos normativos externos.
Por último, aunque la sociedad española ha avanzado notablemente en materia de igualdad en las últimas décadas, los progresos en el medio rural son más lentos, especialmente en el plano laboral. La brecha entre lo urbano y lo rural sigue vigente en términos de acceso a servicios, empleo digno y oportunidades educativas. González (2019a) advierte incluso que la precarización puede ser más acusada en las áreas rurales, lo que agrava las desigualdades de género. Además, como señala Donkersloot (2012), las experiencias de juventud rural deben analizarse en su complejidad, considerando intersecciones de clase, género, sexualidad o discapacidad, que condicionan el acceso a recursos y la construcción de subjetividades. Entre los retos más inmediatos destaca la brecha digital, que limita el acceso a la educación, el teletrabajo y la innovación en el campo. En muchos territorios, la inversión en infraestructuras digitales parece un objetivo lejano, lo que amenaza con profundizar la desigualdad territorial y de género a medio plazo. A ello hay que suma un factor escasamente visibilizado pero que es central en la experiencia cotidiana del medio rural como es la movilidad. La dependencia del vehículo privado, la escasez de transporte público y las dificultades para acceder a servicios básicos limitan de forma significativa la autonomía de las mujeres. Esto condiciona de forma significativa su inserción laboral y su participación social. En relación con este tema, la ausencia de políticas integrales de movilidad rural es uno de loso principales obstáculos para se produzca la igualdad efectiva y la fijación de población femenina en estos territorios.
En síntesis, la discusión revela que las mujeres rurales se encuentran en una posición ambivalente: por un lado, como víctimas de desigualdades estructurales y de políticas insuficientes; por otro, como protagonistas de procesos innovadores y transformadores que cuestionan el statu quo. La ruralidad se presenta, entonces, como un espacio de tensiones, donde coexisten tradiciones conservadoras y prácticas feministas emergentes, dependencia de ayudas externas y proyectos de innovación endógena, declive demográfico y nuevas subjetividades femeninas que buscan regenerar el territorio.
6. Conclusión
El análisis realizado muestra que la migración de mujeres hacia el medio rural no constituye un simple retorno al campo, sino un proceso complejo de resignificación social y cultural. Estas mujeres, a través de sus trayectorias vitales, ponen en tensión los modelos tradicionales de ruralidad y de género, introduciendo innovaciones productivas, organizativas y simbólicas que cuestionan el statu quo. Aunque los avances son aún frágiles y se enfrentan a limitaciones estructurales —como la despoblación, la dependencia de políticas agrarias o la persistencia de roles conservadores—, la capacidad de agencia femenina se revela como un motor fundamental de regeneración territorial.
En consecuencia, la ruralidad contemporánea debe entenderse como un espacio en disputa, donde conviven inercias históricas con nuevas subjetividades y proyectos transformadores. Las mujeres rurales, mediante su activismo, asociacionismo y estrategias de innovación, están no solo redefiniendo las dinámicas económicas y sociales, sino también configurando un horizonte alternativo de desarrollo más equitativo e inclusivo. Su protagonismo en este proceso sitúa la cuestión de género en el centro del debate sobre el futuro del mundo rural y exige políticas que reconozcan y potencien estas aportaciones.
Los resultados de la investigación ponen de relieve que los procesos de retorno y asentamiento femenino en el medio rural no pueden evaluarse únicamente en términos demográficos. La capacidad de las mujeres para articular estrategias de diversificación, resignificación del trabajo agrario y construcción de redes comunitarias evidencia que la transformación del medio rural no depende exclusivamente de grandes intervenciones externas, sino también de dinámicas endógenas sostenidas en el tiempo.
De manera transversal, se observa que las mujeres no solo son beneficiarias de políticas rurales, sino protagonistas activas en la transformación de sus territorios. Su agencia resulta estratégica para el mantenimiento de las comunidades, la innovación en las explotaciones y la redefinición de las relaciones de género en entornos históricamente masculinizados.
Finalmente, este trabajo subraya la necesidad de repensar las políticas rurales desde un enfoque que incorpore de manera efectiva la perspectiva de género, atendiendo a aspectos clave como la conciliación, la movilidad, el acceso a servicios y la participación en la toma de decisiones y no solamente atendiendo a la dimensión productiva. Reconocer a las mujeres rurales como sujetos políticos y productivos implica ir más allá de medidas simbólicas y avanzar hacia transformaciones estructurales que sostengan sus proyectos de vida en el territorio.
En suma, las mujeres que migran y se asientan en el medio rural actúan como agentes de cambio social, cultural y económico, contribuyendo a la pervivencia y revitalización de los pueblos, pero también evidencian la necesidad de reformas estructurales que faciliten su trabajo, reduzcan las desigualdades y reconozcan plenamente su papel en la ruralidad contemporánea.
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